Semana 32
Entrada: «Llegue hasta ti mi súplica; inclina tu oído a mi clamor, Señor»
(Sal 87,3).
Colecta (del Misal anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Dios
omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que bien
dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu
voluntad».
Ofertorio (del Misal anterior): «Mira con bondad, Señor, los sacrificios que te
presentamos, para que, al celebrar el misterio de la pasión de tu Hijo, gocemos
de sus frutos en nuestro corazón».
Comunión: «El Señor es mi Pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace
recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas» (Sal 22,1-2). O bien: «Los
discípulos conocieron al Señor Jesús al partir el pan» (Lc 24,35).
Postcomunión (del Gelasiano, Gregoriano y Misal
de Paris de 1738): «Alimentados con esta eucaristía, te hacemos
presente, Señor, nuestra acción de gracias, implorando de tu misericordia que
el Espíritu Santo mantenga siempre vivo el amor a la verdad en quienes han
recibido la fuerza de lo alto».
Ciclo A
En la
primera lectura se nos exhorta a consagrar las jornadas y las vigilias de la
noche a buscar la Sabiduría que procede de Dios. El Evangelio nos manda que
estemos vigilantes y atentos, siempre preparados para la venida del Señor. Y
San Pablo en la segunda lectura nos afirma que todos aquellos que hayan creído
en Jesús entrarán, cuando Él vuelva, en el mundo de la resurrección, donde
vivirán para siempre en su Reino.
La
Iglesia, según el Vaticano II, es «el sacramento universal de salvación» (LG
1). Pero la salvación de los hombres, que es una invitación gratuita y amorosa
de iniciativa divina, está siempre condicionada por la respuesta de los mismos
hombres ante el llamamiento de Dios. Por eso necesitamos preocuparnos más del
gran problema de nuestra vida: la santificación y la salvación. De ahí la
necesidad urgente de una vigilancia constante.
Sabiduría
6,13-17: Encuentran la Sabiduría los que la buscan. Por Sabiduría
entendemos aquí el designio amoroso de Dios de poner a nuestro alcance su
invitación generosa de salvación, que es encontrada por los que la buscan
sinceramente. La salvación del Dios es un tema hondamente arraigado en la
Sagrada Escritura: Dios salva a los hombres, Cristo es nuestro Salvador. El
Evangelio aporta la salvación a todo creyente. Es, por lo mismo, un término
clave en el lenguaje bíblico, pero su proceso de elaboración ha sido lento.
Toda la historia de Israel es una «historia de salvación» que llega a su culmen
en Cristo Jesús, que precisamente significa: «Dios salva». En Él Dios
re-capitula toda la historia de la salvación en favor de los hombres.
Dios
salva del pecado. Solo Dios puede perdonarlo, absolverlo, eliminarlo. Por eso
es por lo que Israel, tomando más conciencia de la universalidad del pecado, ya
no podrá buscar otra salvación que la que viene de invocar el nombre de Dios
Redentor. El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está
presente en la persona de su Hijo, hecho hombre para la redención universal y
definitiva del pecado. Él es «el cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo» (Jn 1,29).
Por eso
con el Salmo 62 decimos que nuestra alma está sedienta de Dios. Nuestra
carne tiene ansia de Él, como tierra reseca, agostada y sin agua. Solo Él puede
salvarnos. Su gracia vale más que la vida, solo en Él podemos encontrar la
saciedad de nuestra alma. Él es nuestro auxilio y «a la sombra de sus alas»
cantamos con júbilo.
1
Tesalonicenses 4,12-37: A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará
con Él. Hemos sido creados y redimidos para la eternidad. Toda nuestra vida
temporal lleva en sí una responsabilidad permanente para el «día» del encuentro
con el que ha de venir.
El punto
central de esta lectura es la unión constante con el Señor. Nuestra fe en el
retorno del Señor ha de ir a lo esencial: «¡estaremos siempre con Él!» Ésta ha
de ser nuestra alegría constante, nuestra gran solicitud: no separarnos de
Cristo. Y lo único que nos aparta de Él es el pecado. De ahí la gran vigilancia
que hemos de tener para no dejarnos atrapar por el pecado. Con la gracia divina
nosotros siempre podemos salir victoriosos en las dificultades y tentaciones
que podamos encontrar en nuestro camino hacia el Padre. La Iglesia, «Sacramento
universal de salvación», con todos los medios que tiene, es la gran ayuda que
nosotros tenemos y necesitamos.
La
esperanza firme en la vida eterna, lograda por la misericordia de Dios, que es
fiel a sus promesas, da a los cristianos paz en la vida y paz en la muerte.
Oigamos a San Agustín:
«Nos
amonesta el Apóstol a no entristecernos por nuestros seres queridos que
duermen, o sea, que han muerto, como hacen los que no tienen esperanza en la
resurrección e incorrupción eterna. También la costumbre de la Escritura los
denomina en verdad durmientes, para que al escuchar este término no perdamos la
esperanza de que hemos de volver al estado de vigilia. Por ello canta también
en el salmo: ¿acaso no volverá a levantarse el que duerme? (Sal 40,9). Los
muertos causan tristeza, en cierto modo natural, en aquellos que los aman. El
pánico a la muerte no proviene, en efecto, de la sugestión, sino de la
naturaleza. Pero la muerte no habría llegado al hombre si no hubiese existido
antes la culpa que originó la pena» (Sermón 172,1).
Mateo
25,1-13: ¡Que llega el Esposo, salid a su encuentro! La vigilancia
responsable o la irresponsabilidad paralizante son dos modos de vivir la fe cristiana
ante el misterio de la salvación. Pero su desenlace final es irreversible. La
salvación no se improvisa.
La
vocación cristiana es irrenunciable-mente una vivencia profunda, personal y colectiva
de la esperanza escatológica. Sin estas vivencias careceremos del sentido
auténtico de la misión redentora de Cristo. El santo temor de Dios nos libra de
la presunción vana ante la salvación y nos comunica la confianza filial, que
quita de nosotros toda desesperanza paralizante. Es en el tiempo y en nuestro
quehacer diario donde hemos de ser y permanecer vigilantes, esperando el
retorno del Señor con las lámparas encendidas, alimentadas con el aceite de
nuestras buenas obras. La eternidad nos la jugamos a diario en este tiempo que
Dios nos concede para colaborar con su gracia divina realizando bajo su influjo
obras buenas y salvíficas. Oigamos a San Agustín:
«Aquellas
vírgenes simbolizan a las almas. En realidad no son solo cinco, pues simbolizan
a muchas. Y además, ese número de cinco comprende tanto varones como mujeres,
pues ambos sexos están representados por una mujer, es decir, por la Iglesia. A
ambos sexos, esto es, a la Iglesia, se la llama Virgen (2 Cor 11,2). Y si pocos
poseen la virginidad de la carne, todos deben poseer la virginidad del
corazón...
«¿Y
quiénes son las vírgenes necias? También ellas son cinco. Son las almas que
conservan la continencia de la carne, evitando toda corrupción, procedente de
los sentidos... Evitan ciertamente la corrupción, venga de donde venga, pero no
presentan el bien que hacen a los ojos de Dios en la propia conciencia, sino
que intentan agradar con él a los hombres, siguiendo el parecer ajeno...
Evidentemente no llevan el aceite consigo... Las necias encienden ciertamente
sus lámparas; parece que lucen sus obras, pero decaen en su llama y se apagan,
porque no se alimentan del aceite interior... Faltarán las obras a las vírgenes
necias, por no tener el aceite de la buena conciencia» (Comentario al
Salmo 147,10-11).
Ciclo B
La
primera y tercera lecturas nos ponen de relieve la generosidad de una pobre
viuda; con la primera el profeta Elías obra un milagro, y la segunda merece el
elogio del Señor. En la segunda lectura se compara el culto del sacerdocio de
Aarón y el de Cristo, que lo aventaja plenamente.
La
autenticidad de nuestra fe se mide siempre por la autenticidad cristiana de
nuestras actitudes habituales ante Dios y ante los hombres. Más que las obras
externas, aun religiosas, lo que importa ante todo es la profundidad interior y
la sinceridad religiosa de nuestra postura íntima.
1
Reyes 17,10-16: La viuda hizo un panecillo y se lo dio al profeta Elías.
La verdadera religiosidad es la fidelidad a Dios y la generosidad sin medida
del corazón, que supera humildemente todo egoísmo.
El Señor confía la misión de alimentar a su
profeta no a una familia rica, sino a una pobre viuda, que está al límite de
sus pocos recursos. Dios actúa siempre según su plan y se sirve de medios en
los que los hombres no se atreverían a confiar, para que nadie se atribuya a sí
mismo el éxito de la realidad.
De aquí
la confianza que siempre hemos de tener en Dios, aunque nos veamos a veces en
medio de circunstancias muy precarias. Él actúa por las causas segundas. No
podemos quedarnos con los brazos cruzados. Hemos de hacer cuanto esté de
nuestra parte, aunque sea una cosa pequeña, como en el caso de la viuda, que
entrega un poco de harina y un poco de aceite. Hemos de hacer lo que podemos,
lo que Dios nos da hacer, pero ante todo hemos de poner enteramente nuestra
confianza en Dios. No le faltó a aquella viuda pobre ni harina ni aceite en
todo el tiempo de carestía.
El Salmo
145 nos invita a la alabanza divina, pues «el Señor mantiene su fidelidad
perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, libera a los cautivos, abre los
ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos, guarda a los
peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda... El Señor reina eternamente, tu
Dios, Sión, de edad en edad». Tengamos total confianza en Él.
Hebreos
9,24-28: Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de
todos. El Corazón de Cristo Jesús, Sacerdote y Víctima redentora,
representa la más profunda vivencia religiosa del amor al Padre y de su amor
victimal a los hombres. En la Pascua de Cristo encuentran su cumplimiento, «una
vez para siempre», las aspiraciones hacia Dios del sacerdocio aaronítico y de
sus propios ritos: el perdón del pecado. El acceso a Dios ha quedado ya abierto
para siempre, y para siempre se ha realizado la reconciliación. No son
necesarios ya otros sacrificios. El sacrificio de Cristo Redentor en el
Calvario se reactualiza sacramentalmente en la sagrada Eucaristía hasta el fin
de los tiempos. Y Cristo en su segunda venida dará a todos los creyentes la
plenitud de la salvación.
Marcos
12,38-44: Esta pobre viuda ha echado más que nadie. La medida de
nuestra religiosidad ante Dios y ante los hermanos no está en la materialidad
de nuestra obra, sino en la generosidad o tacañería de nuestro espíritu.
Una mujer,
pobre y viuda, en medio de una multitud que aparatosamente hace sus propias
ofrendas en el tesoro del templo, deja caer en él algunos céntimos. El gesto es
señalado por Jesús ante los apóstoles, ya que tal ofrenda, para esa viuda, en
su gran pobreza, representa una verdadera y admirable privación. Lo que cuenta
para Dios es la actitud interior del corazón. Esto vale más que muchas obras
externas ruidosas y brillantes, que carecen de esa sinceridad y generosidad en
lo interior. Dios se complace en aceptar el más pequeño acto interior de
nuestro corazón como el tesoro más precioso que le pueda ofrecer el universo.
Esto ha
de animarnos a la práctica continua de las virtudes cristianas y debe
confortarnos en los momentos de angustia y dolor. Todo lo debemos al Señor y de
todo hemos de darle continuas gracias. También hemos de agradecerle porque
podemos hacer algún bien, pues a Él se lo debemos. El sentido religioso de
nuestra existencia de hijos de Dios nos hace vivir siempre ante el Padre y ante
los hombres «los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5). Oigamos a San
Agustín:
«Ignoro,
hermanos, si puede encontrarse alguien a quien hayan aprovechado las riquezas.
Quizá se diga: ¿no fueron de provecho para quienes usaron bien de ellas,
alimentando a los hambrientos, vistiendo a los desnudos, hospedando a los
peregrinos, redimiendo a los cautivos? Todo el que obra así, lo hace para que
no le perjudiquen. ¿Qué le sucedería, si no poseyese esas riquezas con las que
hace misericordia, siendo tal que se hallase dispuesto a hacerla, si se hallase
en posesión de ellas? El Señor no se fija en que las riquezas sean o no
grandes, sino en la piedad de la voluntad.
«¿Acaso
los apóstoles eran ricos? Abandonaron solamente unas redes y una barquichuela,
y siguieron al Señor. Mucho abandonó quien se despojó de la esperanza del
siglo, como aquella viuda del Evangelio. Y el Señor la elogió... Si examinas
los corazones de quienes dan, hallarás con frecuencia en quienes dan mucho un
corazón tacaño, y en quienes dan poco uno generoso.. Si eres pobre, aunque sea
poco lo que des, se te premiará como si hubieras dado mucho, como aquella
viuda» (Sermón 105, A,1).
Ciclo C
La
primera y la tercera lecturas nos hablan de la resurrección. San Pablo, en la segunda,
aparece abrumado por la perversidad de sus enemigos, pero confía en Cristo y
exhorta a los cristianos a permanecer firmes aguardando el retorno del Señor.
Los hermanos macabeos, San Pablo y Cristo nos enseñan a vivir una vida
diametralmente opuesta a la de los hijos del materialismo, que malgastan su
existencia humana sin más horizontes que el ansia de felicidad en la tierra y
en el tiempo, siendo así, que estamos llamados por Dios a gozar eternamente en
la gloria del cielo.
2
Macabeos 7,1-2.9-14: El Rey del universo nos resucitará para una vida
eterna. Con el lenguaje infalsificable de su sangre los hermanos macabeos
nos ofrecen un ejemplo de su fidelidad a Dios y de su esperanza ciertísima en
la resurrección. En un mundo lleno de materialismo es necesario subrayar la fe
en la resurrección, que constituye el centro de nuestra esperanza cristiana. El
amor de Dios debe manifestarse en nuestro caminar terreno; mas nuestra mirada
ha de estar fija en la gloriosa meta futura, que trasciende toda espera humana
y queda dolorosamente escondida a los
sabios de este mundo. San Pablo, en el punto culminante de su Carta a los
Romanos, escribe: «los sufrimientos del momento presente no son comparables a
la gloria futura que nos será revelada» (8,18). Hemos de mantener siempre viva
esta dimensión escatológica de nuestra fe.
Con el Salmo
16 decimos: «Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor», y le pedimos
que escuche nuestra apelación, que preste oído a nuestra súplica, pues no hay
engaño en nuestros labios, ni vacilación en nuestros pasos. Sabemos que el
Señor, en su bondad misericordiosa, nos escucha e inclina su oído a nuestras
palabras. A la sombra de sus alas nos escondemos y venimos a su presencia con
nuestra apelación.
2
Tesalonicenses 2,153,5: El Señor os dé fuerzas para toda clase de
palabras y obras buenas. El verdadero creyente es el hombre que, consciente
de su destino eterno, hace de su esperanza en la resurrección el móvil de toda
su vida y de toda su conducta en el tiempo. Oigamos a San Juan Crisóstomo:
«El
Apóstol lo anima a ofrecer oraciones a Dios por él, pero no para que Dios le
exima de los peligros que debe afrontar pues éstos son consecuencia inevitable
del ministerio que desempeña, sino para que la palabra del Señor avance con
rapidez y alcance la gloria» (Homilía sobre II Tes. 3,1).
Lucas
20,27-38: Dios no es un Dios de
muertos, sino de vivos. Estamos destinados, como criaturas nuevas en
Cristo, a una nueva y definitiva vida con Cristo en Dios. Él es la Resurrección
y la Vida (Jn 11,25). Comenta San Agustín:
«¿Es que
creemos en vano en la resurrección de la carne? Si la carne y la sangre no
poseerán el Reino de Dios, en vano creemos que nuestro Señor resucitó de entre
los muertos con el mismo cuerpo con que nació y en el que fue crucificado, y
que ascendió a los cielos en presencia de sus discípulos...
«El
bienaventurado Pablo no quería que cayesen en el error de pensar que en el Reino de Dios, en la vida eterna, iban
a hacer lo mismo que hacían en esta vida, es decir, de tomar mujer y de
engendrar hijos. Estas son obras de la corrupción de la carne. No hemos de
resucitar para tales cosas, como lo dejó claro el Señor en la lectura
evangélica que hemos leído hace poco... Niega lo que pensaban los judíos y
refuta los errores de los saduceos, puesto que los judíos creían, sí, que los
muertos habían de resucitar, pero pensaban carnalmente, por lo que respecta a
las obras para las que iban a resucitar. Serán, dijo, semejantes a los
ángeles» (Sermón 362,18).
Años
impares
Sabiduría
1,17: La Sabiduría es un espíritu amigo de los hombres. El Espíritu del
Señor llena la tierra. La Sabiduría consiste en buscar a Dios y huir del
pecado. Está íntimamente ligada con el Espíritu de Dios, que instruye a cada
fiel y llena el universo entero. El medio fundamental para alcanzar la
bienaventuranza última es la Sabiduría, que el autor identifica con el
Espíritu. Esta fuerza divina anima al hombre y al universo, al que confiere su
cohesión y armonía, pero de distinto modo, ya que en el cosmos ese orden es
mecánico y necesario, pero en el hombre se conjuga con su libertad y su
voluntad de comunión con Dios. Se trata, pues, de una colaboración que reviste
diversos aspectos, pero que implica una misma exigencia: ser conscientes de la
presencia de Dios en el corazón y en las palabras, y dejarse llevar por Él sin
resistirle.
A esto
se llama amar la justicia, es decir, comulgar con la voluntad de Dios, tener un
corazón sencillo, orientar la vida únicamente a la búsqueda de Dios. Esto
significa también «prestar fe» a Dios, fiarse de Él, «tomar su mano», la mano
que Dios tiende para conducirnos en medio de los acontecimientos. Y renunciar
al pecado con la ayuda de su gracia.
Pedimos
al Señor con el Salmo 138 que nos guíe por el camino recto. «Señor, tú
nos sondeas y nos conoces, desde lejos penetras nuestros pensamientos y
distingues nuestros caminos y descansos. Todas nuestras sendas te son
familiares... Tu saber, Señor, nos sobrepasa». Es sublime y no lo abarcamos. En
todas partes estás, Señor. Estás en el cielo y en el abismo... en el confín de
la tierra. Hagámonos conscientes de esa presencia continua de Dios. Todo lo
llena el Señor, Él llena también nuestra vida, nuestras obras, nuestros
pensamientos...
Años
pares
Tito
1,1-9: Guardemos el conocimiento de la verdad, según nuestra religión y
la esperanza de la vida eterna. El Apóstol, al organizar la Iglesia en
Creta, tiene como punto de mira «la esperanza de la vida eterna». Escribe San
Juan Crisóstomo:
«¿Qué
discurso podrá representar lo que luego [en el cielo] ha de seguirse: el
placer, la dicha, el júbilo de la presencia y el trato con Cristo? No hay
lengua que pueda explicar la bienaventuranza que goza, ni la ganancia de que es
dueña, aquella alma que ha recuperado su propia nobleza y que puede en adelante
contemplar a su Señor. Y no solo se goza de los bienes que tiene en sus manos,
sino de saber con certidumbre que esos bienes no han de tener fin jamás» (A
Teodoro 1,13).
Señala
también el Apóstol las virtudes que han de tener aquellos obispos y presbíteros
que presiden la comunidad cristiana. Son las cualidades que resume el Concilio
Vaticano II al decir: «abunden en todo bien espiritual y sean para todos un
vivo testimonio de Dios» (LG 41).
El Salmo
23 nos indica quiénes son los que buscan al Señor: «El hombre de manos
inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos». Éstos recibirán la
bendición del Señor, les hará justicia el Dios de salvación. Él los colmará de
sus bienes, pues se han entregado a su amor, en el que siempre han creído, a
pesar de las dificultades en que se han encontrado. Es una gran lección que
todos hemos de aprender y vivir con plenitud. Ahí está nuestra verdadera
felicidad.
Lucas
17,1-4: Gravedad del escándalo y necesidad del perdón. Comenta San Agustín:
«Quien
quiera que seas tú que tienes tu mente puesta en Cristo y deseas alcanzar lo
que prometió, no sientas pereza en cumplir lo que ordenó. ¿Qué prometió? La
vida eterna. ¿Y qué ordenó? Que concedas el perdón a tu hermano. Como si
dijera: tú, hombre, concede el perdón a otro hombre, para que también yo,
Dios, me acerque a ti. Pero, omitamos, o mejor, pasemos por alto aquellas
otras promesas divinas más sublimes, según las cuales nuestro Creador nos ha de
hacer iguales a sus ángeles, para que vivamos eternamente en Él, con Él y de
Él; dejemos de lado por el momento todo esto. ¿No quieres recibir de tu
Dios eso mismo que se te ordena otorgar
a tu hermano? Dime que no quieres y no se lo des. ¿Qué significa esto sino que
perdones a quien te lo pide, si tú mismo pides que se te perdone?... Aunque
nada tengas de qué ser perdonado, debes perdonar, porque también perdona Dios,
que nada tiene que haya de serle perdonado (Sermón 114,1).
Años
impares
Sabiduría
2,23-3,9: Los insensatos pensaban que morían, pero ellos están en la paz.
Dios creó al hombre para la inmortalidad. El pecado es obra del diablo. Las
almas de los justos, que han tenido que sufrir pruebas en este mundo,
resplandecerán en la luz inmortal, en el día del juicio. No se acaba todo con
la muerte y aquel que busca el premio, ha de mirar y confiar en el Señor. Los
justos disfrutarán de la retribución que esperaron, y los perseguidores se
encontrarán delante de sus víctimas, que les perdonaron.
Solo
Dios puede condenar. Podemos ir a la muerte con la confianza de que Dios es
nuestro Padre, que quiere que «todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad». Los que en Él confían conocerán la verdad y los
fieles permanecerán con Él en el amor, porque sus elegidos encontrarán gracia y
misericordia. Seremos examinados en el amor, y si aprobamos ese examen,
moraremos perpetuamente en la mansión del Amor, porque «Dios es Amor».
Con el Salmo
33 bendecimos al Señor en todo momento: su alabanza ha de estar siempre en
nuestros labios, nuestra alma se gloría en el Señor, que los humildes lo
escuchen y se alegren. Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos
escuchan sus súplicas, pero Él se enfrenta con los malvados. Cuando uno suplica
al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias. El Señor está con los
atribulados, salva a los abatidos, que confían en Él.
Es
momento de revisar nuestra vida: ¿nos olvidamos de Dios? ¿vivimos con Él?
¿vamos a veces al margen de Él o contra Él? Es momento también de orar por la
conversión de los pecadores.
Años
pares
Tito
2,1-8.11-14: Llevemos una vida religiosa, aguardando la dicha que
esperamos: la aparición de nuestro Dios y Salvador, Jesucristo. La
educación de la fe urge desde que el hombre despierta a la novedad del cristianismo.
Esta novedad debe iluminar todos los aspectos de la vida personal, familiar,
comunitaria. Y solo desde la Cruz de Cristo, muriendo al hombre viejo, es como
podemos vivir la vida nueva del Resucitado, que nos comunica la gracia divina.
En una época
en la que el hedonismo, el consumismo, campea a sus anchas, hemos de manifestar
con palabras y hechos que somos discípulos del Crucificado. No queremos ser
educados por el mundo, sino que pretendemos educar al mundo en los principios
de la fe vivificada por la doctrina y ejemplos de Cristo. Ésta es la misión que
se ha de realizar en el mundo de hoy y de siempre. Sin esto escamoteamos una de
las dimensiones fundamentales de la vida cristiana.
Con el Salmo
36 proclamamos que el Señor es el que salva a los justos. En Él hemos de
confiar, así es como haremos el bien en torno nuestro, así practicaremos la
lealtad. El Señor ha de ser nuestra delicia. Él nos dará lo que pide nuestro
corazón. Él vela por los días de los buenos, asegura los pasos de los hombres,
y se complace en sus caminos, cuando siguen los principios y normas del
Evangelio, las enseñanzas de la cruz de Cristo. Así es como nos apartaremos del
mal y haremos el bien. Así es como se aniquilará en nosotros el amor propio,
que es la fuente de todo mal. Así es como caminaremos por la mansedumbre y el
fruto será poseer la tierra y heredar luego la gloria eterna.
Lucas
17,7-10: Guardemos la humildad en todas nuestras acciones, a ejemplo de
Cristo, de la Virgen y de los Santos. Somos unos pobres siervos; hemos
hecho lo que teníamos que hacer. Comenta San Ambrosio:
«Vive en
consecuencia con la convicción de que eres un siervo al que han encomendado
muchos trabajos. No te creas más de lo que eres porque eres llamado hijo de
Dios debes reconocer sí la gracia, pero no debes echar en olvido tu
naturaleza, ni ha de envanecerte el haber servido con fidelidad, ya que ése
era tu deber. El sol realiza su labor, obedece también la luna, los ángeles
sirven... Por tanto, no pretendamos nosotros alabarnos a nosotros mismos, ni
nos anticipemos al juicio de Dios, ni nos adelantemos a la sentencia del juez,
antes bien, esperemos a su día y a su juicio» (Tratado sobre el Evangelio de
San Lucas lib.VIII,32).
No
podemos, no debemos glorificarnos a nosotros mismos, sino que hemos de
glorificar a Dios con nuestras palabras y con nuestras obras. Sin Él nada
podríamos haber hecho.
Años
impares
Sabiduría
6,2-12: Aprendamos la Sabiduría, que es el arte de gobernar y dirigir
nuestra propia vida. Es necesaria la sabiduría a los que rigen los pueblos,
pero también a los que son regidos. Todo hombre tiene siempre algo que regir,
si no a los demás, sí al menos a sí mismo. Toda autoridad viene de Dios. El
ejercicio de la autoridad en la Sagrada Escritura aparece sometido a las
exigencias imperiosas de la voluntad divina. La autoridad confiada por Dios no
es absoluta: está limitada por las obligaciones morales.
Esto ha
de cumplirse en los gobernantes de los países, en los padres con respecto a sus
hijos, en los maestros con respecto a sus alumnos, en los patronos con respecto
a sus empleados, etc. y también ha de realizarse en el dominio de uno mismo. Lo
contrario a esto engendra en nosotros endiosamiento respecto a los demás y con
respecto a nosotros mismo. Caemos así en una verdadera idolatría.
Con el Salmo
81 decimos al Señor que juzgue la tierra. «Él protege al desvalido y al
huérfano, hace justicia al humilde y al necesitado, defiende al pobre y al
indigente, sacándolos de las manos del culpable». El Salmo da una sentencia
precisa con respecto a los que gobiernan los pueblos, una sentencia que podemos
aplicar a todos los que de algún modo ejercen autoridad, al menos sobre sí
mismos. «Aunque seáis dioses e hijos del Altísimo todos, moriréis como
cualquier hombre, caeréis, príncipes, como uno de tantos». Es una gran lección
que todos hemos de aprender para gobernarnos como Dios quiere y para gobernar a
los demás según la ley del Señor.
Años
pares
Tito
3,1-7: Estábamos descarriados, pero la misericordia del Señor nos ha
vuelto al buen camino. Todos los hombres somos beneficiarios de la
salvación de Cristo, Nuevo Adán, y recapitulador de la humanidad. Pero esta
solidaridad de todos con Cristo hay que aplicarla a cada uno por la mediación
sacramental de la Iglesia. El cristiano participa de esta sacramentalidad por
ser miembro de la Iglesia; su vida en el mundo es juntamente una misión y una
mediación.
Gracias
a él la Iglesia puede estar presente en las múltiples redes de relaciones y de
fraternidad que cubren toda la vida humana. Todos hemos de ser apóstoles en el
propio ambiente en que vivimos. No puede, no debe, existir una disociación
entre nuestra fe y nuestro comportamiento y actuación en cualquier estado,
oficio, ocupación y empleo. Allí, en cada caso, en cada lugar hemos de
testimoniar nuestra fe en Cristo, vivificándolo todo con ella. Y no nos
desanimemos si nos rechazan o se vuelven incluso contra nosotros. Oigamos a San
Agustín:
«Hablen
contra mí lo que quieran. Nosotros amémosles, aunque no quieran. Conozco, hermanos,
conozco lo que dicen sus lenguas. No nos enojemos por eso; hemos de soportarlos
con paciencia... No niego que estuve envuelto en el error, en mi necedad y
locura. Mas cuanto no niego mi pasado, tanto más alabo a Dios que me lo
perdonó» (Comentario al Salmo 36,3).
Sigamos
el ejemplo de San Agustín de perdonar las injurias, aunque éstas sean
justificables por nuestra conducta pasada. Si estamos arrepentidos, Dios nos
perdonó y esto es la que debe llenarnos de alegría.
Con el Salmo
22 invocamos al Señor, nuestro Pastor. Con Él nada nos falta, nos hace
recostar en verdes praderas, nos conduce hacia fuentes tranquilas y repara
nuestras fuerzas. Él nos guía por un sendero justo por el honor de su nombre.
Aunque caminemos por cañadas oscuras, nada hemos de temer, porque Él va con
nosotros, su vara y su cayado nos sosiegan. Enfrente de nuestros enemigos,
prepara una mesa para nosotros, la Eucaristía, y nos unge con perfume
exquisito. Su bondad y su misericordia nos acompañan todos los días de nuestra
vida, y luego habitaremos por años sin término en la Casa del Señor, en la
Jerusalén celestial. A esa vida eterna nos prepara la Eucaristía, comida de
inmortalidad.
Lucas
17,11-19: De los diez leprosos curados solo uno volvió a dar las
gracias, y era un samaritano. La lepra aparece frecuentemente en la Biblia
como símbolo del pecado. El milagro de Cristo supera el propio significado de
una maravillosa curación. Nos lleva a considerar su gran obra de la sanación
del pecado. Podemos parecernos a los nueve leprosos judíos, si no somos
agradecidos; si comulgamos, pero no sabemos dar gracias. Parece que estamos
replegados sobre nosotros mismos, sobre nuestro amor propio, y que no nos damos
cuenta de los beneficios incontables que nos hace constantemente el Señor. Por
eso es nuestra gratitud tan escasa. Hemos de dar gracias a Dios «siempre y en
todo lugar», con una correspondencia continua de amor, y no solo con palabras,
sino también con nuestra conducta y con nuestra vida.
Los
primeros cristianos, conscientes del don recibido y animados por le
ejemplaridad del Maestros divino, hacen de la acción de gracias la trama misma
de su vida renovada. La abundancia de estas manifestaciones tiene algo
sorprendente. Es notable que el mismo Señor no se muestra indiferente a la
gratitud manifestada, sino que la reconoce con agrado, y lamenta la ingratitud
de los otros.
Años
impares
Sabiduría
7,228,1: La Sabiduría es reflejo de la Luz eterna y espejo nítido de la
actividad de Dios. En realidad la Sabiduría divina es el Verbo encarnado,
Cristo (cf. 1 Cor 1,24). El texto marca los jalones de una teología
de la Trinidad. Contempla, efectivamente, la Sabiduría divina en su
trascendencia y a la vez en su inmanencia. De esta manera, el Dios único y
Santo de Israel es al mismo tiempo el Dios que salva y que comparte su ser,
comunicándolo por la vida de la gracia. Comenta San Agustín:
«Este
Unigénito, que permanece todo entero junto al Padre, todo entero brilla en las
tinieblas, todo entero está en el cielo, todo entero en la tierra, todo entero
en la Virgen, todo entero en su cuerpo de Niño, y no de forma sucesiva, como si
pasase de un lugar a otro... No se desparrama como el agua, ni cual tierra se
le retira de un lado y se lleva a otro con fatiga. Cuando está todo entero en
la tierra no abandona el cielo y, de la misma manera, cuando está en el cielo,
tampoco se aleja de la tierra, pues alcanza de un extremo a otro con fortaleza
y dispone todas las cosas con suavidad (Sab 8,1)» (Sermón 277,13).
¡Oh
beatísima Trinidad, nosotros te adoramos y te reverenciamos como Dios unitrino!
Con el Salmo
118 decimos: «Tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo. Tu
fidelidad de generación en generación, igual que fundaste la tierra y
permanece. Por tu mandamiento subsisten hasta hoy, porque todo está a tu
servicio. La explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los
ignorantes. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, enséñame tus leyes, que mi
alma viva para alabarte, que tus mandamientos me auxilien».
Años
pares
Filemón
7-20: Todos somos hermanos en Cristo, y así hemos de acogernos
recíprocamente. No es puro sentimentalismo. Es expresión de la caridad
fraterna, en la que libres y esclavos se relacionan como hermanos en Cristo.
Así lo predica
Pablo a Filemón, transmitiéndole una llamada de Dios, y considerándolo como
«hijo» suyo, engendrado por él en el Evangelio. En efecto, la Palabra de Dios
es eficaz y lleva consigo la vida y la fecundidad. Por lo tanto aquel que la
transmite ejerce una especie de paternidad (1 Cor 4,14-21). Y cuando el Apóstol
no se contenta con transmitir verbalmente la Palabra de Dios, sino que la vive
en su propia persona hasta el sufrimiento, la Cruz y la prisión (Gal 4,19),
manifiesta que su paternidad es verdadera, como la vida de Cristo fue el
instrumento de la paternidad de Dios para con los hombres (1 Cor 4,15). Puede,
por tanto, exigir a sus discípulos un afecto filial que él tiene sumo cuidado
de atribuir a Dios, ya que su paternidad es simplemente vicaria (1 Tes 2,7-11).
Por eso Pablo intercede ante su hijo Filemón en favor del esclavo Onésimo.
Con el Salmo
145 consideramos dichoso a «quien auxilia el Dios de Jacob, que mantiene su
fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los
hambrientos, que liberta a los cautivos, abre los ojos al ciego, endereza a los
que ya se doblan. El Señor ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta
al huérfano y a la viuda». Por eso nosotros, como hijos suyos, le imitamos
asistidos por su Espíritu, practicando todas las obras de caridad para con el
prójimo.
Lucas
17,20-25: El Reino de Dios está dentro de nosotros. Jesús enseña
siempre la primacía de lo interior. Comenta San Ambrosio:
«El
Reino de Dios está dentro de nosotros por la realidad de la gracia, no por la
esclavitud del pecado. Por lo tanto, el que quiera ser libre, sea esclavo en el
Señor (1 Cor 7,22), pues en la misma medida que participamos de esa esclavitud,
en esa misma participamos del Reino. Por eso dijo: el Reino de Dios está en
medio de vosotros. No quiso decir cuándo iba a venir, sino que anunció que el
día del juicio tenía que venir de tal modo que producirá en todos un gran
terror. Y ese día, ciertamente, se va acercando, aunque no determina el tiempo
que tardará en llegar» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas
lib.VIII,33).
El
hombre festeja su propio tiempo en la medida en que busca la eternidad de cada
instante y la vive en la misma vida de Dios. No existe ningún día que haya que
esperar más allá de la historia; cada día encierra en sí la eternidad para
quien lo vive en unión con Dios, sobre todo en la celebración eucarística que
reactualiza sacramentalmente el sacrificio redentor del Calvario.
Años
impares
Sabiduría
13,1-9: A través de la creación el hombre debe elevarse al conocimiento
de Dios. San Pablo dice: «Desde la creación del mundo, se deja Dios ver a
la inteligencia a través de sus obras, su poder eterno y su divinidad» (Rom
1,20). Oigamos a San Agustín:
«El libro
de la Sabiduría [13,8-9] acusa a los
que consumieron su tiempo y las
ocupaciones de sus discusiones en estudiar y en cierto modo medir las
criaturas: investigaron las órbitas de los astros, los intervalos de las
estrellas, los caminos de los cuerpos celestes, hasta tal punto que, con ciertos
cálculos lograron la ciencia de predecir los eclipses del sol, de la luna y,
según predecían, se realizaban en el día y hora, en la intensidad y parte
anunciada por ellos. ¡Gran habilidad! ¡Gran talento! Pero, cuando buscaban al
Creador, que no estaba lejos de ellos, no lo hallaron. Si lo hubieran hallado
lo tendrían consigo... ¿Por qué buscas una voz más fuerte? A ti te están
clamando el cielo y la tierra: Dios me hizo» (Sermón 68,6).
Con
razón decimos en el Salmo 18: «El cielo proclama la gloria de Dios, el
firmamento pregona la obra de sus manos, el día al día le pasa el mensaje, la
no-che a la noche se lo susurra. Sin que hablen sin que pronuncien, sin que
resuene su voz, a toda la tierra
alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje». La gran Palabra de
Dios, al alcance de todos, es la misma creación. Cristo mismo enseñó a
descubrir el sentido de las palabras de Dios, que habla en las cosas más
pequeñas de la naturaleza. San Juan de la Cruz dice:
«¡Oh
bosques y espesuras plantadas por la mano del Amado! ¡Oh prado de verduras de
flores esmaltado, decid si por vosotros ha pasado! Mil gracias derramando, pasó
por estos sotos con presura y, yéndolos
mirando, con sola su figura vestidos los dejó de su hermosura».
Años
pares
2
Juan 4-9: Quien permanece en la doctrina, vive con el Padre y el Hijo.
El amor es inseparable de la verdad. El amor a los hermanos y el servir a
los hombres no serán solidarios del amor a Dios más que si el creyente mantiene
su fe en Jesucristo, Dios y Hombre. La verdadera fe y la verdadera caridad son
indisociables. Enseña San Cirilo de Jerusalén:
«Velad
cuidadosamente no sea que el enemigo despoje a algunos desprevenidos y remisos;
o que algún hereje pervierta alguna cosa de las que os han sido entregadas.
Recibir la fe es como poner en el banco
el dinero que os hemos entregado; Dios os pedirá cuenta de ese depósito» (Catequesis
5 sobre la fe y el símbolo).
Con
algunos versos del Salmo 118 llamamos dichoso al que camina en la
voluntad del Señor, el que guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón.
Por eso decimos al Señor sinceramente: «Te busco de todo corazón, no consientas
que me desvíe de tus mandamientos. En mi corazón escondo tus consignas, así no
pecaré jamás. Haz bien a tu siervo, y viviré y cumpliré tus palabras. Ábreme
los ojos y contemplaré las maravillas de tu voluntad».
Lucas
17,26-37: Un día se manifestará el Hijo del Hombre. Es la doctrina
escatológica del Evangelio, que nos hace mantenernos siempre alertas y
preparados por la esperanza. Comenta San Agustín:
«Hermanos
míos, muchos que no creen ni han oído la voz de los santos patriarcas serán
hallados como se halló la multitud en tiempos de Noé: no se salvaron más que
aquellos que entraron en el arca. Si
reflexionasen y cambiasen sus caminos, alejándolos de la impiedad y se
convirtieran a nuestro Señor, satisfarían por sus pecados y, acudiendo con
lágrimas a su misericordia, con toda certeza no pecarían... Teman, pues, los
hombres ser hallados así en el último día. Nosotros, hermanos, comportémonos de
manera que cambiemos nuestros caminos alejándolos de la impiedad y enmendemos
nuestras costumbres, para que aquel día nos encuentre preparados, puesto que,
nunca miente quien dice que ha de venir. Cuídate de dudar de lo que es verdad»
(Sermón 346,A).
Años
impares
Sabiduría
18,14-16; 19,6-9: El Paso del Mar Rojo. Aquel día la creación
obedeció al Creador. La gran primavera de Israel es aquella en la que Dios lo
libra del yugo egipcio, mediante una serie de intervenciones providenciales, la
más asombrosa de las cuales se afirma en la plaga décima: el exterminio de los
primogénitos de los egipcios. El Ángel exterminador «pasó» de largo por las
casas de los hebreos, y el libro de la Sabiduría en la lectura de hoy lo
expresa así: «un silencio lo envolvía todo y, al mediar la noche su carrera, tu
Palabra poderosa se abalanzó como paladín inexorable, desde el trono real de
los cielos al país condenado».
Lo más
importante en la celebración de la pascua judía es esto, la liberación, el
paso de Yahvé, el «paso» del Mar Rojo... Y de modo semejante, en nuestra
Pascua cristiana lo más decisivo es la liberación del pecado por el bautismo,
el «paso» de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, de las tinieblas a la
luz, de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios.
Con el Salmo
104 recordamos las maravillas del Señor. Le cantamos al son de
instrumentos, hablamos de sus maravillas, nos gloriamos de su nombre santo... Y
recordamos que «hirió de muerte a los primogénitos del país»... Sacó a su
pueblo cargado de oro y plata, y entre sus tribus nadie tropezaba. Y todo esto
lo hizo así el Señor «porque se acordaba de la palabra sagrada que había dado a
su siervo Abrahán; sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de
triunfo».
Años pares
3
Juan 5-8: Debemos sostener a los hermanos, colaborando así a la
propagación de la verdad. El problema de la remuneración de los
predicadores es abordado más de una vez en el Nuevo Testamento. El ministro de
la Palabra es un testigo de la gratuidad de Dios, por tanto debe reflejarla en
su comportamiento. Pero no se pone en duda que el obrero del Evangelio «merece
su salario». Él da gratuitamente la palabra de salvación y los que la reciben
deben, en conciencia, dar gratuitamente a quienes les da gratuitamente tan
precioso don.
San
Pablo, en general, no quiso seguir esa pauta, y apenas aceptó algunas ayudas.
Los apóstoles de la Palabra divina dan gratuitamente y solo gratuitamente han
de recibir. La palabra que ellos proclaman mueve el agradecimiento de los fieles.
Siempre ha sido así. Los fieles son agradecidos a quienes les entregan bienes
espirituales que les ayudan a vivir la vida presente y a conseguir la vida
eterna.
Por eso
decimos con el Salmo 111: «Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón
sus mandatos... En su casa habrá riqueza y abundancia, su caridad es constante,
sin falta. En las tinieblas brilla como luz, el que es justo, clemente,
compasivo... Dichoso el que se apiada y presta y administra rectamente sus
asuntos. El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo». Dios es
providente. Él suscita en el hombre los buenos sentimientos para con los que
dirigen sus pasos a la Casa de Dios, a una vida buena, santa y comprometida con
el Evangelio.
Lucas
18,1-8: Dios hará justicia a sus elegidos, que le suplican día y noche.
Ésta es la maravillosa eficacia de la oración. Comenta San Agustín:
«¿Pensáis,
hermanos, que no sabe Dios lo que os es necesario? Lo sabe y se adelanta a
vuestros deseos, Él que conoce nuestra pobreza. Por eso, al enseñar la oración
y exhortar a sus discípulos a que no hablen demasiado en la oración, les dice:
no empleéis muchas palabras... (Mt 6,7-8). Si sabe nuestro Padre lo que
necesitamos antes de que se lo pidamos, ¿para qué las palabras aunque sean
pocas?... Porque Él también dijo: pedid y se os dará. Y para que no pienses
que se trata de algo incidentalmente dicho, añade: buscad y hallaréis. Y para que ni siquiera esto lo
consideres como dicho de paso, advierte
lo que añade, mira cómo concluye: llamad y se os abrirá... Él quiso, pues,
que pidieras para recibir, que buscases para hallar y que llamases para entrar»
(Sermón 80,2).
Debemos aceptar en nuestra oración los tiempos y plazos que Dios tenga determinado para todas las circunstancias de nuestra vida. Oremos sin descanso, sin decaimiento, constantemente. Oremos confiadamente, con humildad, a ejemplo de la Virgen, que conserva lo que ve en su Hijo, meditándolo en su corazón, y lo exalta en el Magnificat.