Semana 31
Entrada: «No me abandones, Señor, Dios mío, no te quedes lejos; ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación» (Sal 37,22-23).
Colecta (del Misal anterior y antes en el Gregoriano, con retoques del
Veronense y Gelasiano): «Señor de poder y de misericordia, que has querido
hacer digno y agradable por favor tuyo el servicio de tus fieles, concédenos
caminar sin tropiezos hacia los bienes que nos prometes».
Ofertorio (compuesta con un texto del Sermón 91 de San León Magno): «Que este
sacrificio, Señor, sea para ti una ofrenda pura, y para nosotros una generosa
efusión de tu misericordia».
Comunión: «Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu
presencia» (Sal 15,11). O bien: «El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por
el Padre; del mismo modo, el que me come
vivirá por mí» (Jn 6,58).
Postcomunión (del Misal anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Te rogamos,
Señor, que aumente en nosotros la acción de tu poder, para que, alimentados con
estos sacramentos, tu gracia nos disponga a recibir las promesas con que los
enriqueces».
Ciclo A
La
actitud del soberbio es siempre repugnante y hace repulsiva la religiosidad y
la misma fe que profesamos. La soberbia puede adoptar forma de engreimiento
personal, forma de irresponsabilidad, de autoritarismo, de intransigencia...
Todo esto separa de Dios, que es el Todo Otro. Ante Dios no hay más
superioridad humana que la de la verdad, la sinceridad y la humildad, avaladas
por la virtud de la caridad.
Malaquías
1,14-2,2.8-10: Os apartasteis del camino y habéis hecho tropezar a
muchos en la ley. Aun el sacerdocio, en Israel, y cualquier autoridad
religiosa sobre el pueblo de Dios merecen la reprobación divina, si no
testifican la verdad y el amor de Dios a su pueblo. Es necesario dar buen
ejemplo. Para todos es urgente la coherencia entre fe y vida. Así dice San
Agustín:
«¿Qué
pensar de los que se adornan con un nombre y no lo son? ¿De qué sirve el nombre
si no se corresponde con la realidad? Así, muchos se llaman cristianos, pero no
son hallados tales en la realidad, porque no son lo que dicen en la vida, en
las costumbres, en la esperanza, en la caridad» (Trat. sobre I Juan
4,4).
Y
también: «¿Queréis alabar a Dios? Vivid de acuerdo con lo que pronuncian
vuestros labios. Vosotros mismos seréis la mejor alabanza que podéis
tributarle, si es buena vuestra conducta» (Sermón 34).
Con el Salmo
130 pedimos al Señor que guarde nuestra alma en la paz y en la humildad,
siempre junto a Él: «Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros.
No pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis
deseos, como un niño en brazos de su madre. Espero en el Señor ahora y por
siempre».
1
Tesalonicenses 2,7-9.13: Deseábamos no sólo entregaros el Evangelio de
Dios, sino hasta nuestras propias personas. El verdadero amor cristiano,
por lo que tiene de humilde servicio a los demás, constituye la mejor garantía
de nuestra autenticidad cristiana en la Iglesia. San Juan Crisóstomo, se pone
en lugar de San Pablo y dice:
«Es
verdad que os he predicado el Evangelio para obedecer un mandato de Dios. ¡Pero
os amo con un amor tan grande que hubiera deseado morir por vosotros! Pues
bien, ése es el modelo acabado de un amor sincero y auténtico. El cristiano que
ama a su prójimo debe estar animado por estos sentimientos. Que no espere a que
se le pida entregar su vida por su hermano, antes bien debe ofrecerla él mismo»
(Homilía sobre I Tes 2).
Mateo
23,1-12: No hacen lo que dicen. El Evangelio de Jesús es diáfano:
«el que se exalta, será humillado... y el que se humilla será enaltecido» (Mt
23,12). Podemos decir, en síntesis, que todo el mensaje bíblico de este Domingo
es: «una vida para Dios». Una vida orientada a la glorificación de Dios, no a
conseguir la propia gloria. Dice San Juan Crisóstomo:
«¿Quién
es más manso, quien más bueno que el Señor? Es tentado por los fariseos, y sus
trampas se rompen... Y sin embargo, por respeto al sacerdocio, por la dignidad
de su nombre, exhorta al pueblo a sometérseles en consideración no de sus
obras, sino de su doctrina... Mientras ellos dilatan innecesariamente sus filacterias y agrandan las franjas para
obtener la alabanza de los hombres, les reprocha que pretendan los primeros
lugares en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se den
en público a la gula, a buscar la gloria y hacerse llamar por los hombres
Maestros» (Comentario al Evangelio de Mateo 23,3 y 7).
Ciclo B
Las
lecturas primera y tercera nos hablan del amor a Dios y al prójimo. En la
segunda lectura se nos expone la supremacía del sacerdocio de Cristo sobre el del
Antiguo Testamento: es un sacerdocio santo y eterno. Nuestro amor a Dios sobre
todas las cosas y, por amor a Dios, el amor a nuestros hermanos, constituyen
insoslayablemente el signo fundamental de nuestra autenticidad cristiana.
Deuteronomio
6,2-6: Escucha, Israel: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón.
Toda la historia de la salvación es fruto de una iniciativa de amor divino, que
nos exige, a su vez, una correspondencia plena de amor filial. El tema del amor
de Dios es en el Antiguo Testamento fundamental, y en el Deuteronomio,
concretamente, es característico y hasta exclusivo. Oigamos a San León Magno,
que trata del hambre y sed que hemos de tener de Dios:
«Ninguna
cosa temporal apetece esta hambre, ni ninguna cosa terrena anhela esta sed, sino
que desea saciarse del bien de la justicia y, de modo oculto a la mirada de
todos, desea llenarse del mismo Señor. Dichoso aquel que ambiciona esta comida
y está ávida de esta bebida, pues no la desearía si no hubiese gustado ya esta
suavidad. Al escuchar al espíritu profético, que le dice: gustad y ved qué
bueno es el Señor (Sal 33,9), recibe ya una porción de la dulzura celestial, y
se inflama del amor del casto placer, de modo que, abandonando todas las cosas
temporales, anhela con todo su afecto comer y beber la justicia, y abraza la
verdad del primer mandamiento, que dice: amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (DDT 6,5; Mt 22, 37); porque
amar la justicia no es otra cosa que amar a Dios. Y, puesto que al amor de Dios
se une el cuidado del prójimo, a este deseo se añade la virtud de la
misericordia» (Sermón 95).
Con el Salmo
17 confesamos ese ardiente amor al Señor: «Yo te amo, tú eres mi fortaleza,
mi roca, mi alcázar, mi libertador, mi peña, mi refugio, mi escudo, mi fuerza
salvadora, mi baluarte». Él es todo eso para nosotros, y por eso lo alabamos y
le damos gracias.
Hebreos
7,23-28: Como Cristo permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no
acaba. Como Hijo muy amado, el Corazón de Jesucristo, Sacerdote y Mediador,
nos enseñó el amor al Padre y a nosotros, sus hermanos, hasta el sacrificio
total de sí mismo. Enseña San Fulgencio de Ruspe:
«Él es
quien en sí mismo posee todo lo que es necesario para que se efectúe la
redención, es decir, Él mismo es el sacerdote y el sacrificio. Él mismo, Dios y
el templo, es el sacerdocio por cuyo medio nos reconciliamos; el sacrificio que
nos reconcilia; el templo en que nos reconciliamos; el Dios con quien nos hemos
reconciliado. Ten, pues, como absolutamente seguro y no dudes en modo alguno,
que el mismo Dios unigénito, Verbo hecho carne, se ofreció por nosotros a Dios
en olor de suavidad como sacrificio y hostia; el mismo en cuyo honor, en unidad
con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes
ofrecían en tiempo del Antiguo Testamento sacrificios de animales; y a quien
ahora, o sea en el tiempo del Testamento Nuevo, en unidad con el Padre y el
Espíritu Santo, con quienes comparte la misma y única divinidad, la santa
Iglesia católica, no deja nunca de ofrecer por todo el universo de la tierra el
sacrificio del Pan y el Vino, con fe y caridad (Sobre la fe 22).
Marcos
12,28-34: Éste es el primer mandamiento. El segundo le es semejante.
Como Hombre de Dios, el Corazón de Jesucristo nos ha enseñado la síntesis
integradora del amor a Dios, evidenciado en el amor semejante a nuestros
hermanos. Con dos testimonios del Antiguo Testamento (Dt 6,4-5; Lev 19-18),
Jesucristo propone su revelación sobre el amor, presentando el amor como el
fundamento de toda su revelación y como el camino esencial de su Evangelio. El
precepto del amor resume todos los preceptos, porque «el amor es la plenitud de
la ley» (Rom 13,9-10).
El
Evangelio es esencialmente revelación de la caridad. En él se proclama todo el
dinamismo de la caridad salvífica del misterio de la Encarnación del Verbo. En
su origen: caridad trinitaria (Padre, Jn 3,16; Hijo, Gal 2,20; Espíritu Santo,
Rom 5,5). En su dinamismo interno: urgencia suprema de la caridad (el mayor y primer mandamiento;
Mt 22,38). En sus urgencias concomitantes (un mandamiento nuevo; Jn 13,34-35).
Ciclo C
Las
lecturas primera y tercera nos proclaman hoy la misericordia de Dios con los
pecadores. La segunda lectura nos exhorta a que nos atengamos a la fe. El
tiempo nos ofrece la oportunidad del amor misericordioso de Dios, que llama al
hombre a la conversión y la espera, urgiéndole a diario para que se santifique.
Sabiduría
11,23-12,2: Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los
seres. El tiempo es para el hombre un índice de su limitaciones como
criatura y un don del amor misericordioso de Dios, que le espera para la
conversión y la salvación. Tenemos aquí una enseñanza teológica, muy rica y
profunda, de la omnipotencia y misericordia divinas, que de un modo paradójico,
pero divinamente armónico, cooperan a
hacer siempre más concreto y vivo entre los hombres el don salvífico divino, no
obstante los límites y la falta de correspondencia de las criaturas.
El texto
de la Sabiduría nos abre el corazón a una gran confianza y a un sano optimismo:
nos lleva a ver en Dios no un dueño tiránico, siempre dispuesto a exigir y
castigar, sino un Padre misericordioso que en todo y por todo busca siempre el
bien de los hombres, elevados a la dignidad de hijos suyos.
Por eso
ensalzamos a Dios, nuestro Rey, con el Salmo 144. Bendecimos su nombre
por siempre jamás; día tras días lo bendecimos y lo alabamos, porque es
clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. Es bueno con
todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Esto nos mueve a procurar que todos
se unan a nosotros para proclamar la gloria de su reinado y manifestar sus
maravillas. El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones,
sostiene a los que van a caer y
endereza a los que ya se doblan.
2
Tesalonicenses 1,112,2: Que Jesús, nuestro Señor, sea vuestra gloria y
que vosotros seáis la gloria de El. El Apóstol eleva oraciones a Dios para
que su predicación pueda dar fruto en sus oyentes. San Agustín escribe:
«Quien
pretende enseñar la palabra de Dios debe hacer cuanto esté de su parte para que
se le escuche inteligentemente con gusto y docilidad. Pero no dude de que si
logra algo, y en la medida en que lo logra, es más por la piedad de sus
oraciones que por sus dotes oratorias. Por tanto orando por aquellos a quienes
ha de hablar, sea antes varón de oración que de peroración. Y cuando se acerque
la hora de hablar, antes de comenzara a hablar, eleve a Dios su alma sedienta,
para derramar de lo que bebió y exhalar de lo que se llenó» (Sobre la
doctrina cristiana 4,15-32).
Lucas
19,1-10: El Hijo del Hombre ha
venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido. Cristo Jesús busca al hombre
pecador: continúa a diario su misión de llamar, buscar y salvar al hombre,
mediante la conversión y la nueva vida de santidad que El le ofrece. Y atraído
por su gracia, el hombre pecador, como Zaqueo, busca a Jesús. San Agustín
comenta:
«Reconoce
a Cristo, que está lleno de gracia. Él quiere derramar sobre ti aquello de que
está lleno y te dice: busca mis dones, olvida tus méritos, pues si yo buscase
tus méritos, no llegarías a mis dones. No te envanezcas, sé pequeño, sé
Zaqueo. Pero vas a decir: si soy como Zaqueo, no podré ver a Jesús a causa de
la muchedumbre. No te entristezcas, sube al árbol del que Jesús estuvo colgado
por ti y lo verás... Pon ahora los ojos en mi Zaqueo, mírale, te suplico,
queriendo ver a Jesús en medio de la muchedumbre, sin conseguirlo. Él era
humilde, mientras que la turba era soberbia; y la misma turba, como suele ser
frecuente, se convertía en impedimento para ver bien al Señor. Él se levantó
sobre la muchedumbre y vio a Jesús sin que ella se lo impidiera.
«En
efecto, a los humildes, a los que siguen el camino de la humildad, a los que
dejan en manos de Dios las injurias recibidas y no piden venganza para sus
enemigos, a ésos los insulta la turba y le dice: ¡inútil, que eres incapaz de
vengarte! La turba te impide ver a Jesús; la turba que se gloría y exulta de
gozo cuando ha podido vengarse, impide la visión de quien, pendiente de un
madero, dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen... El Señor que
había recibido a Zaqueo en su corazón, se dignó ser recibido por él... Y llegó
la salvación a aquella casa» (Sermón 174,3).
Años
impares
Romanos
11,29-36: Dios tiene misericordia de todos. La incredulidad temporal
de los judíos no es sino una etapa histórica misteriosa, que precede a su
conversión final y a la instauración definitiva del Reino de Dios. También
ellos, dice el Apóstol, «alcanzarán misericordia». Y entonces, unidos en la fe
judíos y gentiles, «Dios será todo en todos» (1 Cor 15,28). Mientras tanto,
todo es gracia, gracia de Dios gratuitamente concedida. Comenta San Agustín:
«¿Qué
hemos dado a Dios, si todo lo que tenemos y somos lo recibimos de Él? Nada le
hemos dado. En este sentido, no podemos considerar a Dios como deudor, según
dice el Apóstol (Rom 11,34-35)... El único título que tenemos para exigir algo
a nuestro Señor es decirle: cumple lo que prometiste, puesto que hicimos lo
que mandaste, aunque también esto es obra tuya, pues ayudaste a quien se
esforzaba.. ¿Qué diste a Dios, cuando ni siquiera existías para poder dárselo?
¿Qué hizo Dios cuando predestinó a quien no existía?... Demos gracias a Dios,
porque cuando no existíamos nos predestinó, porque alejados, nos llamó y porque
siendo pecadores nos justificó» (Sermón 152,2-3).
Con el Salmo
68 decimos: «Que me escuche, Señor, tu gran bondad. Soy un pobre malherido,
tu salvación me levante, Dios mío. Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias. Miradlo los humildes y alegraos,
buscad al Señor y vivirá vuestro corazón, que el Señor escucha a sus pobres, no
desprecia a sus cautivos. El Señor nos salvará»... Él nos prepara una ciudad
celeste en la gloria, la habitaremos en posesión por su infinita misericordia,
la estirpe de sus siervos la heredará, los que aman su nombre vivirán en ella.
Años pares
Filipenses
2,1-4: Manteneos unánimes, con un mismo pensar y un mismo sentir.
Esto es lo que quería el Apóstol. Es una invitación a vivir en el amor
fraterno, en unidad y en humildad. Cristo nos ha dado ejemplo en su
encarnación, en su vida entera, en su pasión y muerte, en la cruz. Comenta San
Agustín:
«Pensad
en la unidad, hermanos míos, y ved que si os agrada la multitud es por la
unidad que existe en ella... Engrandeced al Señor conmigo y ensalcemos su
nombre todos juntos. Una sola cosa es necesaria: aquella unidad celeste, la
unidad por la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola cosa. Ved
cómo se nos recomienda la unidad... Las tres Personas no son tres dioses, ni
tres omnipotentes, sino un solo Dios omnipotente. La misma Trinidad es un solo
Dios, porque una sola cosa es necesaria. Y la consecución de esta única cosa
nos lleva el tener los muchos un solo corazón» (Sermón 103,4).
Con el Salmo
130 proclamamos: «Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros,
no pretendo grandezas que superan mi corazón. Yo acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el Señor ahora y por
siempre».
Lucas
14,12-14: No hagamos el bien buscando sobre todo el agradecimiento.
Obremos por amor, generosamente, buscando el bien de nuestros hermanos. Comenta
San Agustín:
El Señor
«te mostró con quién tienes que ser generoso..., con los necesitados, que no
tienen nada que devolverte. ¿Pierdes con eso acaso? Se te recompensará cuando
se recompense a los justos... Cuando Él nos lo devuelva, ¿quién nos lo
quitará?... Cuando aún éramos pecadores, nos donó la muerte de Cristo; ahora
que vivimos justamente, ¿nos va a decepcionar? Pero Cristo no murió por los
justos, sino por los impíos. Si a los malvados les dio la muerte de su Hijo,
¿qué reservará para los justos?... El mismo Hijo, pero en cuanto Dios, como
objeto de gozo, no en cuanto hombre, sometido a la muerte. Ved a lo que nos
llama Dios. Mas de la misma manera que te fijas en el destino, dígnate mirar
también el camino, dígnate mirar también el cómo» (Sermón 339,6).
Años
impares
Romanos
12,5-16: Cada uno ha de entregarse al servicio de los demás. Cada
miembro de la Iglesia ha de cumplir su propia misión, procurando el bien de
todos por la vida de oración y el ejercicio de la caridad. Oigamos a San
Agustín:
«Dice el
Apóstol: llenos de gozo en la esperanza. Así, pues, nuestro gozo actual es
gozo en la esperanza, aún no en la realidad... Si los compañeros de
peregrinación gozan de esta manera en el camino, ¡cuál será su gozo en la
Patria! Los mártires lucharon en esta vida, luchando caminaron, y caminando
aclamaron. En efecto, quienes aman, caminan, pues hacia Dios no se corre con
pasos, sino con el afecto. Hay tres clases de hombres detestables: el que se
para, el que da marcha atrás y el que se sale del camino. Que nuestro caminar
se vea libre y protegido, con la ayuda de Dios, de estos tres tipos de mal» (Sermón
306,B,1).
Con el Salmo
130 decimos: «Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no
pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis
deseos, como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el Señor, ahora y
por siempre». Éste es el camino de la infancia espiritual, libre de
preocupaciones altaneras, dócil a las inspiraciones de Dios, como quien sabe
que camina de su mano, más seguro que conducido por la más cariñosa de las
madres.
Años
pares
Filipenses
2,5-11: Cristo se anonadó. Y por eso fue exaltado. La exhortación a la
humildad se fundamenta en el ejemplo de Cristo: aun siendo Hijo de Dios, no
hizo valer su calidad de semejanza, de igualdad, con el mismo Dios, sino que
tomó la condición humana, haciéndose obediente hasta la muerte. Dice San
Clemente Romano:
«El cetro
de la majestad de Dios, Jesucristo, nuestro Señor, no vino rodeado de orgullo y
aparatosidad, aun cuando lo hubiera podido hacer, sino en la humildad» (Funk I,107).
San
Agustín comenta:
«Quien
todavía no puede ver lo que ha de mostrarle el Señor, no busque el ver antes de
creer, sino más bien crea primero, para que pueda sanar el ojo con que ha de
ver. A estos ojos serviles [el Señor] se manifiesta solo en la forma de
siervo... Y, puesto que no existía la posibilidad de verlo como Dios y sí como
hombre, el que era Dios se hizo hombre, para que aquello que se veía sanase la
causa de que no se viera» (Sermón 88,4).
Se
anonadó el Hijo divino, es decir, el Infinito se hizo igual a cero. Se anonadó,
haciéndose hombre, y más aún, muriendo por nosotros en la Cruz. Ejemplo inmenso
de humildad. Por eso Dios lo exaltó. Imitémoslo.
Con el Salmo
21 decimos que el Señor es nuestra alabanza en la gran asamblea.
Cumpliremos nuestros votos delante de los fieles. Los desvalidos comerán hasta
saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan; viva su corazón para siempre.
Recordarán al Señor y volverán a Él hasta de los confines del orbe. En su
presencia se postrarán las familias de los pueblos, porque del Señor es el
Reino.
Él
gobierna los pueblos. Ante Él se postrarán las cenizas de las tumbas...
Hablarán del Señor a la generación futura, todo lo que hizo el Señor en su
misericordia, anonadándose por nosotros. Pero Dios lo exaltó y le dio un nombre
sobre todo nombre, para que al nombre del Señor toda rodilla se doble en el
cielo, en la tierra y en el abismo, y todos proclamemos que Jesucristo es el
Señor (cf. Flp 2,6-11).
Lucas
14,15-24: Los invitados más distinguidos, fueron descorteses, y no
quisieron venir. Entonces el padre de familia convocó a toda clase de
gente. La Iglesia es el lugar de la reunión universal realizada por Cristo.
Comenta San Agustín:
«Dejemos
de lado las excusas vanas y perversas, y acerquémonos a la cena que nos saciará
interiormente. No nos lo impida la soberbia altanera, no nos engría o sujete y
aparte de Dios la ilícita curiosidad; la sensualidad de la carne no nos aleje
del placer del corazón. Acerquémonos y saciémonos. ¿Quiénes se acercaron sino
los mendigos, los débiles, los cojos y los ciegos? No vinieron los ricos, los
sanos... Vengan, pues, los mendigos... vengan los débiles.... vengan los
cojos..., vengan los ciegos... Éstos vinieron en hora buena, pues los primeros
invitados fueron reprobados debido a sus excusas» (Sermón 112,8).
Años
impares
Romanos
13, 8-10: Amar es cumplir la ley entera. El Apóstol nos exhorta al
amor. Toda la ley se cumple en el amor, participando del amor de Jesús. San
Agustín comenta:
«Ama a
Dios y ama al prójimo como a ti mismo. Veo que al amar a Dios te amas a ti
mismo. La caridad es la raíz de todas las obras buenas... La plenitud de la ley
es la caridad. No voy a tardar en decirlo: quien peca contra la caridad, se
hace reo de todos los preceptos. En efecto, quien daña a la raíz misma, ¿a qué
parte del árbol no daña? ¿Qué hacer, pues? Quien peca contra la caridad se hace
reo de todos los preceptos. Esto es absolutamente cierto, pero distinto es el
modo como peca contra ella el ladrón, el adúltero, el homicida, el sacrílego y
el blasfemo. Todos pecan contra la misma caridad, puesto que donde existe la
caridad plena y perfecta no puede haber pecado. Es ella misma la que crece en
nosotros para llegar un día a la perfección y a tal perfección que no admita ya
adicción alguna» (Sermón 179,A,5).
Con el Salmo
111 decimos: «Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su
linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita. En
las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta y administra rectamente sus asuntos, reparte
limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente
con dignidad». Por eso decía San Roberto Belarmino que vale más un grano de
caridad que cien arrobas de razón. Solo el que ama es fuerte y es capaz de
hacer todas las obras buenas que el mundo necesita.
Años
pares
Filipenses
2,12-18: Es Dios quien obra en nosotros el querer y el obrar. El
Señor, viviendo en nosotros, nos hace posible caminar hacia la salvación con
una vida ejemplar, y ser luz en medio de las tinieblas de este mundo. Así en el
día del juicio podremos gozar de su gozo eterno. En la Carta a Diogneto
leemos:
«Los
cristianos no se distinguen de los demás hombres por su tierra, ni por su
habla, ni por sus costumbres. Porque ni habitan en ciudades exclusivamente
suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los
demás... Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la
tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes
establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes... Mas, para decirlo
brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo»
(Diogneto V-VI).
Con el Salmo
26 proclamamos: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El
Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Una cosa pido al Señor,
eso buscaré; habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, gozar de
la dulzura del Señor, contemplando su rostro. Espero gozar de la dicha del
Señor en el país de la vida»... Esperaré en el Señor con gran valor y
confianza. Él es mi salvación y mi alegría. Él es mi Luz, la luz que debo
irradiar en mi vida.
Lucas
14,23-35: Renunciamos a todo, para venir a ser discípulos del Señor.
El Señor creó todo para nosotros. Todo es bueno: «todas las cosas son para
nosotros», para nuestro provecho, para nuestra utilidad, pero «nosotros somos
de Cristo, y Cristo de Dios». Usemos todas las cosas del mundo presente de tal
modo que no nos incapacitemos para las eternas. No pongamos todo nuestro
interés en las cosas de este mundo. Guardemos el corazón en una santa
indiferencia. Oigamos a Casiano:
«No
vayamos a creer que aquellos que han sido elevados en este mundo a las cumbres
de las riquezas, del poderío y de los honores hayan alcanzado con ello el bien
por excelencia, pues éste consiste únicamente en la virtud. Esas otras cosas
son indiferentes. Son útiles, son provechosas para los justos que usan de ellas
con recta intención y para cumplir sus menesteres ineludibles, pues brindan la
ocasión para hacer obras buenas y para producir frutos para la vida eterna.
Son, en cambio, lesivas y dañinas para aquellos que abusan de ellas,
encontrando en ellas ocasión de pecado y de muerte» (Colaciones 66,3).
Años
impares
Romanos
14,7-12: En la vida y en la muerte somos del Señor. Pertenecemos al
Señor y para Él vivimos y morimos. Unos y otros hagamos todo lo posible por
conformar nuestra vida con la voluntad divina, y colaboremos fielmente con la
gracia de Dios. Entreguemos a Dios nuestra vida, como Cristo la entregó para
salvarnos. San Cirilo de Alejandría escribe:
«Se ha
dicho que Cristo tuvo hambre, que soportó la fatiga de largas caminatas, la
ansiedad, el terror, la tristeza, la agonía y la muerte en la cruz. Sin ser
obligado por nadie, libremente se entregó por nosotros, para ser Señor de vivos
y muertos (Rom 14,9). Con su propia carne ha pagado así un rescate justo por la
carne de todos; y con su alma ha llevado a cabo la redención de todas las almas.
Y si Él ha vuelto a tomar su vida, es porque, como Dios, Él es viviente por
naturaleza» (Sobre la Encarnación del Unigénito).
Con el Salmo
26 digamos: «Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. El
Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi
vida, ¿quién me hará temblar? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en
la Casa del Señor todos los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su rostro. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la
vida», es decir, en la gloria eterna. Para esto vivamos aquí en la presencia
del Señor, identificados con su voluntad divina, llenos de amor e irradiándolo
por doquier.
Años
pares
Filipenses
3,3-8: Sólo Cristo ha de ser nuestro tesoro. Todo lo demás es pérdida.
San Pablo sacrificó todos los títulos de gloria por ganar a Cristo. Y en Cristo
lo encontró todo: verdad, vida, camino, alimento, roca, luz, amor... todo. Así
hemos de hacer también nosotros. San Ambrosio dice:
«Por Él
anhela quien repite sus palabras y las medita en su interior. Hablemos, pues,
siempre de El. Si hablamos de sabiduría, Él
es la sabiduría; si de virtud, Él es la virtud; si de justicia, Él es la
justicia; si de paz, Él es la paz; si de la verdad, de la vida, de la redención,
Él es todo eso» (Comentario al Salmo 36).
Y San
Bernardino de Siena:
«Todo lo
tenemos en Cristo: es refugio de los penitentes, bandera de los que combaten,
medicina de los que desfallecen, consuelo de los que sufren, honor de los
creyentes, esplendor de los evangelizadores, mérito de los que trabajan,
satisfacción de los que oran, deleite de los contemplativos, gloria de los que
triunfan» (Sermón 49).
En esa
misma perspectiva, con el Salmo 104 proclamamos «que se alegren en el
Señor los que lo buscan». Recurramos al Señor y a su poder, busquemos
constantemente su rostro, recordemos las maravillas que hizo y hace
constantemente en nuestra alma, sus prodigios, las sentencias de su boca. El
Señor es nuestro Dios. Él gobierna toda la tierra. Creamos en su amor y
correspondámosle también con un gran amor. Él todo lo merece. Sin Él nada
somos. Con Él todo lo podemos, todo lo tenemos.
Lucas
15,1-10: La gran alegría del cielo por un pecador que se convierte.
La infinita bondad de Dios se nos revela en las parábolas de la misericordia.
Todos nosotros somos llamados a la experiencia espiritual de la gran
misericordia divina, pero no según nuestros modos y criterios, sino según los
modos y criterios de Dios. Comenta San Ambrosio:
En estas
parábolas «¿quién es este padre, este pastor y esta mujer? ¿Acaso no
representan a Dios Padre, a Cristo y a la Iglesia? Cristo te lleva sobre sus hombros, te busca la Iglesia y te
recibe el Padre. Uno porque es Pastor, no cesa de llevarte; la otra como Madre,
sin cesar te busca, y el Padre te vuelve a vestir. El primero por obra de su
misericordia, la segunda cuidándote y el tercero reconciliándote con Él. A cada
uno de ellos le cuadra perfectamente una de esas cualidades: el Redentor viene
a salvar, la Iglesia asiste y el Padre reconcilia. En todo actuar divino está
siempre la misma misericordia, aunque la gracia varía según nuestros méritos» (Tratado
sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,208).
Años
impares
Romanos
15,14-21: Que nuestra ofrenda agrade a Dios. El ministerio
apostólico aparece bajo este aspecto en un sentido muy determinado. Este
ministerio es como una liturgia y quien lo ejerce actúa como un sacerdote. El
Apóstol predica la palabra y manifiesta la presencia de Cristo resucitado en el
corazón, en los acontecimientos y en las cosas. Es sacerdote no como un
especialista de ritos, como los sacerdotes del templo de Jerusalén, sino porque
al revelar el sentido pascual de todas las cosas, ayuda a sus oyentes a tomar
actitudes de fe, de conversión y de compromiso, y ése es el contenido de los
sacrificios espirituales de la Nueva Alianza, unidos a la sagrada Eucaristía,
que actualiza sacramentalmente el sacrificio redentor del Calvario.
Todas
estas realidades del mundo de la gracia son ya una maravilla, pero aún han de
perfeccionarse y llegar a plenitud en la gloria. Escribe Orígenes:
«No nos
equivoquemos, porque si Pablo y los que son como él se llaman perfectos en
comparación con los demás, sin embargo, nadie entre los hombres puede llamarse
o ser perfecto con aquella ciencia sublime o aquella perfección propia de los
que habitan en el cielo» (Comentario a la Carta a los Romanos 10,10).
Con el Salmo
97 pedimos al Señor que revele a las naciones su victoria. «Cantemos al
Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas, su diestra le ha dado la
victoria, revela a las naciones su justicia, se acordó de su misericordia y su
fidelidad en favor de la casa de Israel [de la Iglesia, de cada uno de
nosotros]. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro
Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad».
Años
pares
Filipenses
3,174,1: Aguardamos al Señor. Él transformará nuestra condición
humilde, según el modelo de su condición gloriosa. Cristo nos transforma
por su palabra, y aún más por su ejemplo. También nosotros ayudamos a los demás
con nuestra palabra, pero aún más con nuestra vida. Comenta San Juan
Crisóstomo:
«No hay
mejor enseñanza que el ejemplo del Maestro... Hablad, pues, con sabiduría,
instruid con toda la elocuencia posible; pero sabed que vuestro ejemplo causará
una impronta más fuerte y decisiva... Cuando vuestras obras sean consecuentes
con vuestras palabras, no habrá entonces nada que se os pueda objetar» (Homilía
sobre Flp 3).
No
seamos enemigos de la Cruz de Cristo, nos advierte San Pablo, que ya en su
tiempo encontró fieles que no respondían verdaderamente a la vocación cristiana
por miedo a la Cruz. Sigamos fielmente las enseñanzas de Cristo, el gran
Maestro que nos dio doctrina admirable y un ejemplo cabal. Vivamos eso mismo
que Él nos enseñó y vivió.
La Casa
del Señor a la que nos encaminamos es la gloria futura, la Jerusalén celeste,
llamada visión de paz. Y así con el Salmo 121 decimos: «Qué alegría,
cuando me dijeron vamos a la Casa del Señor. Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén. Allí suben las tribus, las tribus del Señor, según la
costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor»... En la Jerusalén celeste
nos aguarda Dios, nuestro Señor, justo y misericordioso. Y en este caminar
hacia el cielo no podemos dejar que nos dominen las fuerzas del mal, sino que
hemos de superar todas las dificultades con la gracia del Señor.
Lucas
16,1-8: Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los
hijos de la luz. La astucia del mundo ha de ser superada con valentía y
generosidad, no con habilidades arteras, sino con la gran fuerza del
cristianismo, que es el amor. Hemos de colaborar con el Salvador con gran
diligencia, sin desgana y pe-reza. Comenta San Agustín:
«¿Por qué
propuso el Señor esta parábola? No le agradó aquel siervo fraudulento, que
defraudó a su amo y sustrajo cosas que no eran suyas. Además las hurtó a
escondidas, y le causó daño preparándose un lugar de descanso y tranquilidad
para cuando tuviera que abandonar la administración. ¿Por qué propuso el Señor
esta parábola? No porque el siervo aquel hubiera cometido un fraude, siendo
previsor para el futuro, sino para que se avergüence el cristiano que carece de
determinación viendo alabado el ingenio de un fraudulento. En efecto, dice:
los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz. Ellos
comenten fraudes mirando al futuro. ¿Mirando a qué vida tomó precauciones aquel
mayordomo? Mirando a aquella vida a la que tendría que pasar cuando se lo
mandaren. Y si él se preocupó por la vida que tiene un fin, ¿tú no te
preocuparás por tu vida eterna?» (Sermón 359,10).
Años
impares
Romanos
16,3-9.16.22-27: El misterio de Dios. La revelación del misterio está
en el centro de la doxología con que se termina esta Carta. En el apostolado
paulino este misterio es el acceso de los gentiles a la revelación. Este
misterio es concebido por la Sabiduría divina, que examina el origen de la
historia más allá de los siglos. Es el misterio que antes estaba oculto en el
tiempo, pero que se manifiesta por Jesucristo, que muere por todos los hombres.
Él es el Salvador de todos, el Redentor que con tanta fuerza fue proclamado al
mundo por San Pablo.
La
Sabiduría de Dios realizó este misterio en la Cruz de Jesucristo. Y los
Apóstoles son los testigos de ese misterio y sus principales realizadores.
Todos los discípulos de Cristo, judíos o gentiles, se acogen entre sí en la
caridad fraterna, y realizan en sí mismos el misterio de Dios, escondido
durante siglos, y ya revelado y realizado en el tiempo. Es el dinamismo
admirable del Misterio Pascual, que actúa en todos los pueblos y culturas,
formando una maravillosa y nueva Hermandad, la de los hijos de Dios. Dice
Orígenes:
«Los que
ayudaban y eran hospitalarios se encontraban en todos los hermanos creyentes,
no sólo entre los que provenían de los judíos, sino también en los creyentes
que provenían de la gentilidad. En efecto, la hospitalidad era muy estimada no
sólo por Dios, sino también por los hombres» (Comentario a la Carta a los
Romanos 10,18).
Bendecimos
al Señor con el Salmo 144 por los muchos beneficios que hemos recibido
de Él, y le bendecimos sobre todo por haber sido llamados a la salvación. Lo
bendecimos por siempre jamás, pues Él es nuestro Dios y nuestro Rey. «Grande es
el Señor, y merece toda alabanza, es incalculable su grandeza. Una generación
pondera tus obras a la otra y le cuenta tus hazañas, alaban los pueblos la
gloria de tu majestad, y yo repito tus maravillas». Queremos y pedimos que
todas las criaturas den gracias al Señor, que le bendigan sus fieles, que
proclamen la gloria de su reinado, que hablen de sus hazañas. La Iglesia se
extiende por doquier y sigue pujante en la santidad de sus fieles, como lo muestran
hoy las muchas beatificaciones y canonizaciones de que somos testigos.
Años
pares
Filipenses
4,10-19: Todo lo puedo en Aquel que me conforta. Los fieles de
Filipos corresponden al santo Apóstol con sus dones y San Pablo lo agradece.
Ellos piden, reciben y dan generosamente. San Juan Crisóstomo dice:
«Cuando
tú más recibes, más se alegra Él y más dispuesto está a seguir dándote. Dios
tiene por propia riqueza nuestra salvación. Y su gloria está en dar copiosa
merced a cuantos le piden» (Homilía 22, sobre San Mateo).
Y San
Ireneo:
«La razón
por la que Dios desea que los hombres le sirvan es su bondad y misericordia,
por las que quiere beneficiar a los que perseveran en su servicio; pues, si
Dios no necesita de nadie, el hombre, en cambio, necesita de la comunión con
Dios. En esto consiste la gloria del hombre, en perseverar y permanecer en el
servicio de Dios» (Contra las herejías 4,13).
Por eso
decimos con el Salmo 111: «Dichoso el que teme al Señor y ama de corazón
sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo
será bendita. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus
asuntos. El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo... Su corazón está
seguro, sin temor, reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin
falta, y alzará la frente con dignidad». Es gran don poder dar, y todos podemos
dar, a nuestros hermanos una oración, una sonrisa, un servicio, un signo de
amabilidad, de dulzura...
Lucas
16,9-15: No podemos servir a dos señores. O damos culto a Dios, o
damos culto a las riquezas, sean éstas las que fueren: dinero, placer, poder...
Dice San Gregorio Magno:
«Son
engañosas las riquezas, porque no pueden permanecer siempre con nosotros; son engañosas porque no pueden satisfacer
las necesidades de nuestro corazón. Las riquezas verdaderas son únicamente las
que nos hacen ricos en las virtudes» (Homilía 15, sobre los Evangelios).
Y San
Basilio:
«Tus
riquezas tendrás que dejarlas aquí, lo quieras o no; por el contrario la gloria
que hayas adquirido con tus buenas obras la llevarás hasta el Señor» (Sobre
la caridad). Y en otro lugar: «La virtud es la única de las riquezas que es
inamovible y que persiste en vida y muerte» (Discurso a los jóvenes).
San
Ambrosio escribe:
«¿Quién hasta ahora se ha justificado con las riquezas? ¿Quién se ha hecho humilde con el poder, misericordioso con la nobleza de su nacimiento, casto con la hermosura? La verdad es que todas estas prendas temporales más bien son peligrosas, para hacernos caer en la culpa, que útiles para ayudarnos en el camino de la virtud» (Comentario al Salmo 1,39).