Semana 26
Entrada:
«Lo que has hecho con nosotros, Señor, es un castigo merecido, porque hemos pecado
contra ti y no pusimos por obra lo que nos habías mandado; pero da gloria a tu
nombre y trátanos según tu abundante misericordia» (Dan 3,31.29. 30.43.42).
Colecta
(del Misal anterior y antes en el Gelasiano y
Gregoriano): «¡Oh Dios!, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y
la misericordia; derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que,
deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo».
Ofertorio:
«Dios de misericordia, que nuestra oblación te sea grata y abra para nosotros
la fuente de toda bendición».
Comunión:
«Recuerda la palabra que diste a tu siervo, de la que hiciste mi esperanza.
Este es mi consuelo en la aflicción» (Sal 118,49-50); o bien: «En esto hemos
conocido el amor de Dios: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros
debemos dar nuestra vida por los hermanos» (1 Jn 3,16).
Postcomunión
(del Misal anterior, retocada con textos del Veronense y
del Misal de París del año 1782): «Que
esta Eucaristía renueve nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que
participemos de la herencia gloriosa de tu Hijo, cuya muerte hemos anunciado y
compartido».
Ciclo
A
El
malvado que se convierta de su maldad será salvado. Esto es lo que nos enseñan
las lecturas primera y tercera. San Pablo nos exhorta a tener los mismos
sentimientos de Cristo, viviendo en humildad, como él vivió.
Por
su misma naturaleza, la vocación cristiana exige una respuesta exacta y
constante al designio de Dios. De nuestra actitud de fidelidad o infidelidad a
este designio depende el que esta vocación, gratuita y amorosa, alcance su
coronación, conduciéndonos a la salvación definitiva. Ni irresponsabilidad ante
la voluntad salvífica de Dios ni presunción o falsa confianza en nosotros
mismos. Hemos de tener una actitud personal de conversión permanente.
Ezequiel
18,25-28: Cuando el malvado se convierta de su maldad, salvará la
vida. Ezequiel es, en la historia de la salvación, el profeta que más
altamente proclama la responsabilidad personal ante la voluntad e iniciativa
divinas sobre nuestra vida. La muerte o la vida son consecuencias de una vida
vivida en la impiedad o en la honestidad. Cada uno es responsable de sus actos.
Cada uno ha de responder con su parte a su propio destino: o con Dios o contra
Dios.
Por
eso cantamos en el Salmo 20: «Recuerda, Señor, que tu
misericordia es eterna». Pedimos al Señor que nos enseñe sus caminos, que nos
instruya en sus sendas, que caminemos con lealtad, porque Él es nuestro
Salvador y todo el día lo estamos esperando. Le rogamos que no se acuerde de nuestros
pecados, de nuestras maldades, que tenga misericordia de nosotros por su
inmensa bondad. El Señor es bueno y recto, enseña el camino a los pecadores,
hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.
Filipenses
2,1-11: Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús. El
modelo de fidelidad a la voluntad del Padre es el mismo Corazón de Jesucristo,
Hijo de Dios, hecho hombre para enseñar a los hombres a ser y vivir como hijos
de Dios. Oigamos a San Agustín:
«Escucha al Apóstol, que quiere que consideremos la misericordia
del Señor, quien se hizo débil por nosotros para reunirnos bajo sus alas, como
polluelos y enseñar a los discípulos a que si alguno, superada la debilidad
común, se ha elevado a una cierta robustez, se compadezca también él de la
debilidad de los otros, considerando que Cristo descendió de su celeste
fortaleza a nuestra debilidad. Les dice el Apóstol: tened vosotros los mismos
sentimientos que tuvo Cristo Jesús. Dignaos, dijo, imitar al Hijo de Dios en
su compasión hacia los pequeños...
«Al decir existiendo en la forma de Dios, mostró que era igual
a Dios... Como todos los hombres eligen para sí la mejor de las muertes, así
eligió la peor de todas, la más execrable para todos los judíos. Él, que ha de
venir a juzgar a vivos y muertos, no temió morir en la ignominia de la Cruz,
para librar a todos los creyentes de cualquier otra ignominia. Por tanto, se
hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. Con todo es igual a Dios por
naturaleza; fuerte en el vigor de su majestad y débil por compasión a la
humanidad; fuerte para crearlo todo y débil para recrearlo de nuevo» (Sermón
264).
Mateo
21,28-32: Después se arrepintió y fue. Ni la falsa fidelidad del
presuntuoso, ni la impenitencia del irresponsable son caminos de salvación.
Sólo la humilde conversión puede abrir nuestro corazón a la fidelidad ante la
voluntad del Padre, según el diseño de fidelidad del Corazón de Jesucristo.
Escribe San Jerónimo:
«Son los dos hijos descritos en la parábola de Lucas (cf.
Lc 15,11-32), uno sobrio y otro disoluto, de los que también habla el profeta
Zacarías (11,7). Primero se le dice al pueblo pagano por el conocimiento de la
ley natural: ve y trabaja en mi viña, es decir, no hagas a otro lo que no
quieres que te hagan a ti. Él respondió con soberbia: no quiero. Sin embargo,
después de la venida del Salvador, hizo penitencia, trabajó en la viña de Dios
y reparó con su esfuerzo la obstinación de sus palabras. El segundo hijo es el
pueblo judío, que respondió a Moisés: haremos todo lo que ha dicho el Señor
(Ex 24,3), pero no fue a la viña, porque después de haber muerto el hijo del
padre de familia se consideró heredero.
«Otros no creen que la parábola se refiera a los paganos y a los
judíos, sino simplemente a los pecadores y a los justos. El mismo Señor explica
a continuación sus palabras: os aseguro que los publicanos y las prostitutas
os precederán en el Reino de Dios. Aquellos que por su mala conducta se habían
negado a servir al Señor, después recibieron de Juan el bautismo de penitencia;
mientras que los fariseos, que hacían profesión de justicia y se jactaban de
cumplir la Ley de Dios, despreciando el bautismo de Juan, no cumplieron los
preceptos de Dios» (Comentario al
Evangelio de Mateo 21,32).
Ciclo
B
El
Espíritu de Dios sopla donde quiere: esto es lo que nos dan a entender las
lecturas primera y tercera. La segunda lectura nos enseña el buen uso que hemos
hacer de las riquezas y que éstas no pueden ser adquiridas injustamente.
Los
dones que Dios ha repartido, tanto naturales cuanto sobrenaturales, no son
valores absolutos puestos a nuestro servicio egoísta y personalmente
irresponsable. Hay que ejercitarlos con la virtud de caridad. No somos dueños
absolutos. De todos ellos hemos de dar cuenta a Dios en el día del juicio.
Números
11,25-29: Ojalá todo el pueblo fuera profeta. Dios reparte sus
dones gratuitamente, a quien quiere y como quiere. Pero todos los dones divinos
han de emplearse para el bien de todos y para la unidad del pueblo de Dios.
El
episodio de la lectura sirve para demostrar que el gobierno del pueblo de Dios
no es un asunto de naturaleza política o económica, sino solamente religiosa.
Los dones de Dios son distribuidos de modo que nadie puede criticarlos o hacer
recriminaciones. La Iglesia es guiada por el Espíritu en la predicación de sus
verdades y en la santificación de sus miembros por medio de los sacramentos.
El
Salmo 18 nos manifiesta un contenido precioso para meditar sobre
la lectura anterior: «los mandatos del
Señor alegran el corazón; la ley del Señor es perfecta y es descanso del
alma; el precepto del Señor es fiel e
instruye al ignorante, la voluntad del Señor es pura y eternamente estable»...
Pero podemos presumir de ello. Por eso pedimos al Señor: «preserva a tu siervo
de la arrogancia, para que no nos domine; así quedaremos libres e inocentes del
gran pecado».
Santiago
5,1-6: Vuestra riqueza está corrompida. También los bienes
materiales caen bajo la ley y responsabilidad de la caridad. Son dones de Dios.
Pero nuestro egoísmo puede hacerlos malditos. Así lo enseña el Concilio
Vaticano II:
«Los cristianos que toman parte activa en el movimiento
económico-social de nuestro tiempo y luchan por la justicia y la caridad,
convénzanse de que pueden contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la
paz del mundo. Individual y colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida
la competencia profesional y la experiencia, que son absolutamente necesarias,
respeten en la acción temporal la justa jerarquía de valores, con fidelidad a
Cristo y a su Evangelio, a fin de que su vida, tanto la individual como la
social quede saturada con el espíritu de pobreza. Quien, con obediencia a Cristo busca ante todo el
Reino de Dios, encuentra en éste un amor más fuerte y más puro para ayudar a
todos los hermanos, y para realizar la obra de la justicia bajo la inspiración
de la caridad» (Gaudium et spes 72).
Clemente
de Alejandría decía:
«La posesión de las riquezas es odiosa en público y en particular
cuando excede a las necesidades de la vida: la adquisición de las riquezas es
trabajosa y difícil, su conservación penosa,
y su uso incómodo» (Pedagogo 32,3).
Y
San Hilario:
«No es delito tener riquezas, como se arregle el uso de ellas;
porque aunque no se abandonen los fondos que sirven de manantial a la limosna,
esto no impide el repartir sus bienes con los necesitados. Luego no es malo
tener hacienda, sino poseerla de modo que nos sea perniciosa. El riesgo está en
el deseo de enriquecerse, y un alma justa que se ocupa en aumentar su hacienda,
se impone una pesada carga; porque un siervo de Dios no puede adquirir los
bienes del mundo sin exponerse a juntar vicios que son inseparables de los
bienes» (Comentario al Evangelio de San Mateo 19,8).
Marcos
9,37-42.44.46-47: El que no está contra nosotros está a nuestro
favor. El pecado de escándalo, tan frecuentemente reprobado por Cristo, es
siempre el triunfo del egoísmo personal y de la irresponsabilidad humana sobre
la ley de la caridad y sobre las necesidades de nuestros hermanos. Cristo lo
condenó con palabras durísimas. Hay que proclamarlo por doquier, pues se nota
una insensibilidad generalizada con respecto a los escándalos: corrupciones,
pornografías, opresiones y mil formas de abusos se comenten con toda
naturalidad, sin temor de Dios, sin recriminaciones...
No
pueden existir razones que permitan ser indulgentes contra teorías, doctrinas,
prácticas y costumbres que conducen al mal o que lo presentan desnaturalizado y
privado de malicia. Es nuestra vida íntegra la que ha de proclamar nuestra fe
operante o la que puede desmentir en nosotros la verdad de nuestra
religiosidad, sea litúrgica o extralitúrgica.
Los
Santos Padres han tratado de eso con mucha precisión y muy frecuentemente. Concretamente
San Basilio:
«Si aun cuando en las cosas permitidas, y en las que nos es
libre hacer o no hacer, causamos escándalo a los débiles o ignorantes,
incurrimos en una vigorosa condenación, según dijo el Salvador con estas
palabras: mejor le sería que se arrojase en el mar con una piedra de molino al
cuello, que escandalizar a uno de estos pequeñuelos. Vuelvo a decir, nos ha de
juzgar con tan terrible rigor sobre las cosas permitidas, ¿qué sucederá en las
cosas que son prohibidas?» (Cuestiones 10,25).
Y
San Juan Crisóstomo:
«No me digáis, esto o aquello está prohibido, ni que está
permitido, siempre que habléis de alguna cosa que escandaliza a los demás;
porque, aunque la permitiera el mismo Jesucristo, si advertís que alguno se
escandaliza, absteneos, no uséis del premio que os ha dado. De este modo
procedió el grande Apóstol, no queriendo tomar cosa alguna de los fieles, no
obstante que el Señor lo había permitido a los Apóstoles» (Homilía 21,9).
Ciclo
C
La
primera y tercera lecturas enseñan que la vida de aquí abajo prepara la futura.
La vida disoluta y egoísta no puede conducir a la gloria futura. La segunda
lectura nos exhorta también a llevar una vida de fidelidad para con Dios,
Hemos
de tener en cuenta los riesgos que el vivir cotidiano supone para cuantos,
conscientes o irresponsables, olvidan temerariamente que todo hombre está
llamado a rendir cuentas a Dios al final de su existencia temporal. El
amodorramiento típico de las vidas ahogadas por el materialismo o por el
egoísmo irresponsable, es la peor droga para nuestra conciencia cristiana. Hay
que reaccionar a tiempo.
Amós
6,1,4-7: Los que lleváis una vida disoluta, iréis al destierro.
La frivolidad egoísta o la inconsciencia de nuestra irresponsabilidad ante Dios
son caminos que llevan a la condenación.
Lo que se
condena es el exceso de riqueza y, sobre todo, la insensibilidad egoísta que degenera en desinterés no solo
religioso, sino también político y civil. A esto conduce el panorama actual
consumista, que embota las potencias del alma y la encierra en lo puramente
cuantitativo. Dios hizo todo para la utilidad del hombre. Lo que Dios no quiere
es el desorden. La Iglesia nos recuerda en sus oraciones litúrgicas que de tal
modo utilicemos las cosas temporales que no perdamos las eternas. San Ambrosio
escribe:
«Los mundanos estiman las comodidades de la vida como grandes
bienes; los cristianos las deben considerar como perjuicios y males. Porque
aquellos que reciben bienes en este mundo, como sucedió al Rico avariento, se
verán atormentados en el otro; mas los que aquí han sufrido males como Lázaro,
hallarán en el cielo su consuelo y alegría» (Sobre los Oficios 19).
Y San Juan
Crisóstomo:
«La vida presente es muy semejante a una comedia en la que uno
hace el papel de emperador; otro, de general de ejército; otro, de soldado;
otro de juez; y así los demás estados. Y cuando llega la noche y se acaba la
comedia, el que representaba al emperador ya no es reconocido por emperador; el
que hacía de juez, ya no es juez; y el capitán, ya no es capitán; lo mismo sucede en el día que dura esta vida, al fin
de la cual cada uno de nosotros será tratado, no según el papel que representa,
sino según las acciones que haya ejecutado» (Paranesis 3).
El Salmo
145 nos presenta un programa de vida con la actuación de Dios: «Él hace
justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos,
abre los ojos a los ciegos, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos,
guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda... El Señor reina eternamente.
Alaba, alma mía, al Señor».
1
Timoteo 6,11-16: Guarda el mandamiento hasta la venida del Señor.
Estamos destinados a la eternidad. El camino es la fe y la actitud de fidelidad
amorosa a la Voluntad divina, aceptada con todas sus consecuencias. También
nosotros tenemos que vivir la fidelidad al mensaje, custodiarlo intacto,
mantener puro el testimonio.
El
empeño de la conservación es esencial para todas las Iglesias. Conservar
intacto el depósito de la fe quiere decir ser obediente y sumiso a toda la
Palabra de Dios, no pretender jamás agotarla, pues es trascendental. En esta
conservación, aunque parezca que es una paradoja, está la fuente de la
permanente renovación de La Iglesia. El nº 10 de la Constitución Dei Verbum
del Vaticano II es fundamental: la Sagrada Escritura, la Tradición y el
Magisterio de la Iglesia forman una gran unidad. Si se quita una de ellas, las
otras dos se tambalean.
Lucas
16,19-31: Tú recibiste bienes, y Lázaro males; ahora él encuentra
consuelo, mientras tú padeces. En la muerte no se improvisa la salvación
cristiana. La vida temporal no se vive más que una vez y, tras ella hay un
juicio irrevocable (Heb 9,27).
Jesús
no dice que todos los ricos van al infierno, ni que van por haber disfrutado de
sus riquezas. El verdadero pecado está en la insensibilidad con respecto a los
necesitados, a los pobres, y en el rechazo a una participación consciente y
adecuada a los problemas de un pueblo o de una nación, como se dice en la
primera lectura de este Domingo. Oigamos a San Ambrosio:
«Con toda intención, el Señor nos ha presentado aquí a un rico
que gozó de todos los placeres de este mundo, y que ahora, en el infierno,
sufre el tormento de un hambre que no saciará jamás; y no en vano presenta, como
asociados a sus sufrimientos, a sus cinco hermanos, es decir, los cinco
sentidos del cuerpo, unidos por una especie de hermandad natural, los cuales se
estaban abrasando en el fuego de una infinidad de placeres abominables; y, por
el contrario, colocó a Lázaro en el seno de Abrahán, como en un puerto
tranquilo y en un asilo de santidad, para enseñarnos que no debemos dejarnos
llevar de los placeres presentes ni, permaneciendo en los vicios o vencidos por
el tedio, determinar una huida del trabajo. Trátase, pues, de ese Lázaro que es
pobre en este mundo, pero rico delante de Dios, o de aquel otro hombre que,
según el Apóstol, es pobre de palabra, pero rico en fe (Sant 2,5). En verdad, no toda pobreza es santa, ni toda
riqueza reprensible» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.
VIII,13).
Años
impares
Zacarías
8,1-8: Yo libertaré a mi pueblo del país de Oriente y Occidente.
Son oráculos de felicidad. Zacarías es el profeta del retorno del destierro;
reconstrucción, vida larga, alegría... Pero todo esto se realizará en Cristo y
su obra con sentido espiritual y sublime. El profeta está convencido de que
Dios está en el corazón de la ciudad como lo estaba en la columna de fuego y en
la tienda del desierto. El amor de Dios es inmenso. Mas donde se mostró en su
plenitud fue en la Encarnación del Unigénito del Padre: Tanto amó Dios al mundo
que le entregó a su Unigénito, como dice San Juan en el Evangelio
(Jn 3,16). Este es el signo grande del amor de Dios.
El
Salmo 101 nos ofrece un material adecuado para meditar con
respecto a la lectura anterior: «el Señor reconstruyó Sión y apareció en su
gloria; los gentiles temerán su nombre y los reyes del mundo su gloria». Es en
la reconstrucción de Sión, la Santa Iglesia, donde brilla con esplendor su
gloria... Él se inclina a la súplica de los indefensos y no desprecia sus
peticiones. Esto se escribió para las generaciones futuras hasta el fin de los
tiempos; el pueblo de Dios que fue creado alabó al Señor y lo alaba constantemente
en las celebraciones litúrgicas y fuera de ellas. El Señor miró desde su
excelso santuario, desde el cielo se fija en la miseria del hombre pecador,
escuchó los gemidos de la humanidad doliente y la salvó, libró a los condenados
a muerte. «Bendito sea el nombre del Señor».
Años pares
Job
1,6-22: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea el
nombre del Señor. Enseña San Gregorio Magno:
«El santo varón, tentado por el adversario, había perdido todo.
Sabiendo que si el Señor no lo permitía, Satanás no tendría fuerzas para
tentarlo, no dijo: el Señor me lo dio, el diablo me lo quitó, sino el Señor
me lo dio y el Señor me lo quitó. Quizá hubiera sido para dolerse si el
enemigo hubiera quitado lo que el Señor había dado. Pero como el que quitó fue
el mismo que dio, es suyo lo que recibió y no nuestro lo que se nos quitó. Si
hemos recibido de Él los bienes que empleamos en esta vida, ¿por qué dolerse si
el mismo Juez nos exige lo que generosamente nos había prestado? No es injusto
el acreedor que no estando sujeto al vencimiento de ningún plazo, exige lo
prestado cuando quiere. De ahí que
rectamente se añada: como ha agradado al Señor, así ha sucedido.
«Cuando en esta vida sufrimos males que no queremos, debemos
dirigir los esfuerzos de nuestra voluntad a Aquel que nada injusto puede
querer. Es de gran consuelo saber que las cosas desagradables que nos ocurren,
suceden por orden de Aquel a quien solo agrada lo justo. Si sabemos que lo
justo agrada al Señor y que no podemos sufrir nada sin su beneplácito,
consideraremos justos nuestros sufrimientos y de gran injusticia murmurar de lo
que justamente padecemos» (Los Morales sobre Job lib. II,18,31).
Con
el Salmo 16 proclamamos: «Inclina el oído y escucha mis palabras.
Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores; presta oído a mis
súplicas, que en mis labios no hay engaño. Emane de Ti la sentencia, miren tus
ojos la rectitud. Aunque sondees mi corazón, visitándolo de noche; aunque me
pruebes a fuego, no encontrarás malicia en mí. Yo te invoco, porque Tú me
respondes, Dios mío, inclina el oído y escucha mis palabras. Muestra las
maravillas de tu misericordia, Tú que salvas de los adversarios a quien se
refugia a tu derecha».
Lucas
9,46-50: El más pequeño entre vosotros es el más importante. Puso
Jesús por modelo a un niño. La humildad es una disposición del alma. Está
dentro del corazón y del espíritu profundo, que se inclina y se doblega ante la
majestad del Señor. Dice San Juan Crisóstomo:
«Todas las oraciones, ayunos, obras de misericordia, la castidad
y por último, las virtudes todas, perecerán algún día y se destruirán si no van
fundadas sobre la humildad, porque así como la soberbia es la fuente de todos
los vicios, la humildad es el manantial de todas las virtudes... Hace
Jesucristo de las Bienaventuranzas, como una escala divina, y la primera es
como un escalón para subir a la segunda; porque la humildad del corazón va sin
repugnancia a llorar sus pecados. Esto
será como un efecto necesario, benigno, justo y misericordioso. El que
esté lleno de benignidad, justicia y misericordia, tendrá puro el corazón. El
que tenga puro el corazón, será sin duda pacífico; y el que posea todas estas
virtudes, no temerá los peligros, ni se turbará con cuantas calamidades carguen
sobre él» (Homilía 15, 43-44).
Años
impares
Zacarías
8,20-23: Vendrán pueblos incontables a consultar al Señor en
Jerusalén. El profeta se abre al universalismo. La Jerusalén celeste que
celebra no es un ghetto. Abre ampliamente sus puertas a los paganos. Zacarías
aparece como esencialmente misionero. No se trata de un simple retorno de
emigrados a su país. Los paganos los acompañarán para conocer su fe y unirse a
ella. Todo esto solo se realizó en Cristo y en su obra redentora. La Iglesia es
en realidad la Jerusalén abierta a todos los pueblos. Fue el mismo Jesús el que
dio el mandato: «id a todos los pueblos y predicad la buena nueva; el que crea
se salvará, el que no crea será condenado» (Mt 28,19; Mc 16,15-18). De ese
mandato parte siempre la condición misionera de toda la Iglesia, de todo
cristiano.
El
Salmo 86 es como un eco de la profecía de Zacarías: el universalismo,
que en realidad solo se vio en la obra de Cristo y así se ve en la actualidad.
La única religión abierta a todas las naciones, a todos los pueblos y a todos
los hombres es el cristianismo. Por eso con toda razón podemos cantar acerca de
la Iglesia: «Dios está con nosotros. Él la ha cimentado sobre el monte santo,
el Señor la prefiere a todo lo demás, a todas las moradas de Jacob. ¡Qué pregón
para ti, ciudad de Dios! Puede contar todos los pueblos entre sus fieles, todos
han nacido allí... El Altísimo en persona la ha fundado».
La
Iglesia se extiende por doquier. Su esplendor es inmenso, no obstante las
persecuciones y las infidelidades de algunos de sus hijos. Son innumerables sus
santos y continúa la lista sin parar. Lo vemos constantemente por las
beatificaciones y canonizaciones. Verdaderamente «Dios está con nosotros».
Job
3,1-3.11-17.20-23: Gran sufrimiento. Dolor de haber nacido.
Maldecir es afirmar el carácter infernal de la vida, es definir el mal como
reverso del bien. Preguntar por el mal es una cuestión que ha existido siempre
y existe también hoy. ¿Por qué el mal? Enseña San Gregorio Magno:
«Si analizamos con
finura las palabras del santo Job, descubrimos que su maldición no procede de
la malicia del pecador, sino de la rectitud del Juez; no es la ira de un hombre
alterado, sino la enseñanza de un hombre tranquilo. El que maldijo,
pronunciando palabras tan rectas, no cayó en el vicio de la perturbación, sino
que se entregó al magisterio de la doctrina. Vio, en efecto, a sus amigos
llorar con grandes gritos, vio cómo se rasgaban las vestiduras, vio cómo
echaban polvo sobre sus cabezas, vio cómo enmudecían al contemplar su estado, y
el santo varón advirtió que sus amigos que deseaban la prosperidad temporal y
que lo juzgaban según su propia mentalidad, creían que las desgracias
temporales eran las que a él le afligían. Advirtió que el llanto desesperado de
los amigos, derramado por una aflicción pasajera, no hubiera sido tal si ellos
mismos no hubieran apartado su mente de la esperanza de la salud interior.
«Así, prorrumpiendo por fuera con un grito de dolor, muestra la
virtud de la medicina a los que están enfermos por dentro, diciendo: perezca
el día en que nací ¿Qué se debe entender por el día del nacimiento sino todo
este tiempo de nuestra condición mortal? Mientras éste nos retiene en nuestro
estado actual de corruptibilidad, no nos aparece la inmutabilidad de la eternidad.
Por eso, quien ve ya el día de la eternidad, a duras penas soporta el día de su
condición mortal... ¿Qué significa, por tanto maldecir el día del nacimiento,
sino decir claramente: perezca el día de la corrupción y surja la luz de la
eternidad?» (Morales sobre Job lib.IV,1,3-4).
Sigue este
tema en el Salmo 87: «Llegue, Señor, hasta ti mi súplica. Señor,
Dios mío, de día te pido auxilio, de noche grito en tu presencia; llegue hasta
ti mi súplica, inclina tu oído a mi clamor, porque mi alma está colmada de
desdicha, mi vida está al borde del abismo; ya me cuentan con los que bajan a
la fosa; soy como un inválido, tengo mi cama entre los muertos, como los caídos
que yacen en el sepulcro, de los cuales ya no guardas memoria, porque fueron
arrancados de tu mano. Me has colocado en lo hondo de la fosa, en las tinieblas
del fondo. Tu cólera pesa sobre mí. Me echas encima todas tus olas».
Lucas
9,51-56: Decide Jesús ir a Jerusalén, donde sufrirá la pasión y la
muerte en la cruz. Rehúsa castigar a las ciudades de Samaría, que no
quieren recibirle. San Ambrosio comenta:
«Y si Él increpó a sus discípulos porque querían que
descendiera fuego sobre aquellos que no recibieron a Cristo, nos quiere enseñar
con ello que no siempre hay que vengarse de los que pecan, porque a veces la
clemencia tiene grandes ventaja, para
adquirir más paciencia y lograr así la corrección del culpable. Además, los
samaritanos creyeron más pronto en aquellos que apartaron el fuego de aquel lugar.
«Al mismo tiempo aprende que Él no quiso ser recibido por
aquellos de quienes sabía que no se convertían con una mente sincera; pues, de
haberlo querido, habría hecho hombres entregados aun de esos mismos que estaban
dominados por el egoísmo...Pero el Señor hace admirablemente las cosas. Él no
recibe a nadie que se entrega con presunción ni se enfada para castigar a
quienes, egoístamente, rechazan a su propio Señor, y actúa así con el fin de
enseñarnos que la virtud perfecta no guarda ningún deseo de venganza y que
donde esté presente la verdadera caridad, no tiene lugar la ira y, en fin, que
la debilidad no debe ser tratada con dureza, sino que debe ser ayudada. La
indignación está tan lejos de las almas piadosas, como lo está el deseo de
venganza de las almas magnánimas y la amistad irreflexiva y la necia
simplicidad, de las almas prudentes» (Tratado sobre el Evangelio de San
Lucas lib.VII,27-28).
Años
impares
Nehemías
2,1-8: Reconstrucción de la ciudad. Ha comprendido Nehemías que
sus privilegios no pueden quedar para sí mismo, sino que ha de ponerlos al
servicio de su pueblo. Por eso fue a Palestina en calidad de especialista
delegado para asesorar a sus compatriotas, que no llegan a organizarse en la
independencia. Hemos de tener una actitud de servicio como Cristo que,
sirviendo a Dios, salva a los hombres, reparando así una negativa de servir. Él
nos reveló cómo quiere ser servido el Padre: quiere que se consuman en el
servicio de sus hermanos, como lo hizo Cristo. «El Hijo del Hombre no vino para
ser servido, sino para servir y dar su vida» (Mc 10,45). «Yo estoy en medio de
vosotros como el que sirve» (Lc 22,27).
El
Salmo 136 nos evoca algo de las circunstancias de la lectura
anterior: «Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti... ¡Cómo
cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me olvido de ti,
Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. Que se me pegue la lengua al
paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis
alegrías».
Años pares
Job
9,1-12.14-16: El hombre no es justo frente a Dios. Job ensalza,
con una especie de himno de alabanza, la grandeza de Dios creador, ante el cual
se reconoce incapaz de justificarse. Desde el principio existe Dios, y su
existencia se impone como un hecho inicial que no tiene necesidad de ninguna
explicación. Dios no tiene origen ni devenir. Dice San Agustín:
«El que desea con ansia a Dios, canta de corazón sus alabanzas,
aunque su lengua calle; pero el que no le desea, por más que esté hiriendo con
sus clamores los oídos de los hombres, es mudo en la presencia de Dios» (Comentario
al Salmo 86).
San Anselmo:
«Siempre está Dios presente a Sí mismo: sin poderse olvidar se
está contemplando y amándose. Si estáis, pues, según vuestra capacidad, infatigablemente
ocupados en la memoria de Dios: si le estáis mirando sin cesar con los ojos del
espíritu, y vuestro corazón se abrasa en su amor, seréis una perfecta imagen
suya, porque procuraréis hacer lo que Dios hace siempre. El hombre debe referir
toda su vida a la memoria, al conocimiento, y al amor del Supremo Bien. Debéis,
pues, aplicar todos los pensamientos, y excitar y conformar de tal suerte los
movimientos de vuestro corazón, que jamás se canse el alma de suspirar por
Dios, y de respetar la memoria de Dios, y adelantarse en el conocimiento de
Dios: de hacer nuevos progresos en el amor de Dios y de remontarse a la nobleza
de su origen, y en fin, acordándonos de que fuimos criados a la semejanza de
Dios: porque como dijo el Apóstol: no debe el hombre cubrir su cabeza cuando
ora, por ser la imagen de Dios y la expresión de su gloria (cf. 1Cor
10,7)» (Primera meditación, Obras completas BAC 100,291).
Con
el Salmo 88 decimos: «Llegue, Señor, hasta Ti mi súplica». El
salmista es como Job, aquejado de un mal incurable que le roe, un mal
repugnante, que le mantiene alejado del resto de los hombres; un mal que no hay
que buscarlo fuera de él, ni en unos enemigos que le persiguen, ni en
calumniadores que le atacan, o en jueces injustos que le condenan. Su mal lo
lleva dentro de su alma, porque su mal es la misma muerte que le va royendo las
entrañas. Piensan algunos que es el Salmo más triste de todo el salterio: «¿Por
qué, Señor, me rechazas y me escondes tu rostro?».
Lucas
9,57-62: Te seguiré a donde vayas. Comenta San Agustín:
«Estableced una jerarquía, un orden y dad a cada uno lo que se
le debe. No sometáis lo primario a lo secundario. Amad a los padres, pero
anteponed a Dios. Contemplad a la madre de los Macabeos... Oíd a Dios,
anteponedle a mí, no os importe el que me quede sin vosotros. Se lo indicó y lo
cumplieron. Lo que la madre enseñó a los hijos, eso enseñaba nuestro Señor
Jesucristo a aquel a quien decía:
sígueme... Atribuye de forma absoluta a su piedad el ser justo, y el ser
pecador atribúyelo a tu maldad. Sé tú el acusador y Él será tu indultador. Todo
crimen, todo delito, todo pecado se debe a nuestra negligencia, y toda virtud,
toda santidad a la divina clemencia. Él eligió a los que quiso. Te llama el
Oriente y tú miras al Occidente» (Sermón 100).
Años
impares
Nehemías
8,1-4.5-67-12: Esdras abrió el libro de la Ley, pronunció la
bendición y el pueblo respondió: Amen. Amén. La Palabra ocupa en todo este
relato un lugar esencial: convoca al pueblo, se lee durante siete días, es
traducida y comentada. Los organizadores velan por su comprensión y la adhesión
de los fieles. La Palabra es, por lo mismo, elemento constitutivo de la
asamblea litúrgica. También en el cristianismo tiene un relieve especial. San
Cipriano escribe:
«En los juicios, en las oraciones de los tribunales, hágase
ambiciosa ostentación de las riquezas de la elocuencia. Mas cuando se habla de
Dios, la pura sinceridad de las palabras no estriba en las fuerzas de la
elocuencia para los argumentos de la fe, sino en las cosas. Toma no sentencias
discretas, sino fuertes; no las adornadas con expresiones cultas para halagar a
los oídos del pueblo, sino verdades desnudas y sencillas para predicar la
benignidad divina» (Carta I a Donato).
San
Juan Crisóstomo dice:
«Meditad las Escrituras. No quiere Jesucristo que nos
contentemos con la simple lectura de las Escrituras, sino que profundizando,
por decirlo así, hasta la médula, saquemos toda la sustancia, pues acostumbra
la Escritura a encerrar en pocas palabras una infinidad de sentidos» (Homilía
37 sobre el Génesis, 104).
Y
San Cirilo de Alejandría:
«La Sagrada Escritura nos enseña cuál es la fuerza del amor a
Jesucristo nuestro Señor: también nos lo enseñó Éste por sí mismo, cuando dijo:
El que me ama, que me siga y esté conmigo, por todas partes por donde yo
estuviera. Porque es preciso que siempre estemos en su presencia: que le
amemos, que le sigamos por todas partes, y que no nos alejemos jamás de Él.
Todo esto lo cumpliremos, si buscamos su gloria» (Homilía 3,13).
Con
el Salmo 18 decimos: «Los mandatos del Señor son rectos y alegran
el corazón. La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto
del Señor es fiel e instruye al ignorante. La norma del Señor es límpida y da
luz a los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los
mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. Son más preciosos
que el oro fino, más dulces que la miel de un panal que destila». Por eso hemos
de amarlos y observarlos totalmente.
Años pares
Job
19,21-27: Yo sé que mi Redentor está vivo. Job implora la piedad
de sus amigos, que se encarnizan contra él
en el momento de la prueba. Proclama su fe en Dios, el único Viviente,
que acabará haciéndole justicia. Escribe San Jerónimo:
«Job, dechado de paciencia, ¿qué misterios no contiene en sus
palabras? Empieza en prosa, prosigue en verso y termina nuevamente en prosa, y
fija las reglas de toda dialéctica en el modo de utilizar la proposición, la inducción,
la confirmación y la conclusión. Cada palabra está llena de sentidos, y para no
decir nada de otros puntos, profetiza de tal manera la resurrección de los
cuerpos, que nadie ha escrito de ella ni más clara ni más prudentemente; dice:
sé que mi Redentor vive y que al fin he de levantarme otra vez de la tierra. Y
otra vez he de rodearme de mi piel y en mi carne veré a Dios y lo veré yo
mismo, y lo contemplarán mis ojos y no otro. Esta esperanza ha sido puesta en
mi interior (Job 19,25-27) (Carta 53,8 a Paulino, presbítero).
Es un gran
consuelo meditar estas palabras con el Salmo 26: «Espero gozar de
la dicha del Señor en el país de la vida. Escúchame, Señor, que te llamo, ten
piedad de mí, respóndeme. Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro
buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que
Tú eres mi auxilio; no me deseches... Espera en el Señor; sé valiente, ten
ánimo, espera en el Señor». Comenta San Agustín:
«Tu rostro buscaré, Señor... Magnífico, nada puede decirse más
excelente... Todo lo que existe fuera de Dios no es deleite, para mí. Quíteme
el Señor todo lo que quiera darme y déseme Él» (Comentario al Salmo
26,8).
Lucas
10,1-12: Vuestra paz descansará sobre ellos. Nótese la
importancia de acoger a los mensajeros del Señor. Comenta San Ambrosio:
«Hay otra virtud que se desprende de este pasaje, y es la de no
pasar de una cosa a otra llevado de un sentir vagabundo, y eso con el fin de
que guardemos la constancia en el amor a la hospitalidad y no rompamos con
facilidad la unión de una amistad sincera, antes bien llevemos ante nosotros el
anuncio de la paz, de suerte que nuestra llegada sea secundada con una
bendición de paz, contentándonos con comer y beber lo que nos presentaren, no
dando lugar a que se menosprecie el símbolo de la fe, predicando el Evangelio
del Reino de los Cielos, y sacudiendo el polvo de los pies si alguien nos
juzgase indignos de ser hospedados en su ciudad» (Tratado sobre el Evangelio
de San Lucas lib.VII,64).
Años
impares
Baruc
1,15-22: Pecamos contra el Señor no haciéndole caso. El pueblo
ofrece al Dios de sus padres su humilde súplica, confesando sus pecados de
infidelidad y desobediencia. A lo largo de la Sagrada Escritura vemos cómo Dios
exige que el pecador se aparte de su pecado y vuelva a Él. Escribe San
Cipriano:
«¡Qué vergonzoso es en un cristiano, siendo él un siervo, huir
del trabajo y no querer padecer por sus pecados, habiendo padecido Jesucristo
por los nuestros, siendo el Señor! Si el Hijo de Dios padeció por hacernos a
nosotros también hijos, ¿cómo los hombres rehúsan el padecer por conservar la
calidad de hijos de Dios y semejantes a
Jesucristo?» (Carta 56, a Cornelio,6). Y el mismo autor dice:
«¡Ah, miserable, has perdido tu alma, has empezado a sobrevivir
a tu muerte espiritual, y a llevar andando por este mundo tu mismo sepulcro y
no lloras amargamente! ¡No te escondes y ocultas, o por la vergüenza del delito, o por la continuación
de los lamentos! Ve aquí las peores heridas de los pecadores; ve aquí los mayores
delitos. ¡Haber pecado, y no dar satisfacción! ¡Haber delinquido, y no llorar
los delitos!» (Sobre los lapsos 13).
Con
el Salmo 78 decimos: «Por el honor de tu nombre, sálvanos, Señor».
Lamentación por la destrucción del templo y de la ciudad. También nosotros
debemos llorar la destrucción y devastación de tantos templos vivos de Dios por
el pecado de los hombres. Es una ruina peor, con peores consecuencias. Por eso
hemos de implorar la misericordia divina sobre nosotros y sobre todos los
hombres. En verdad, «han profanado el templo santo de Dios, han reducido
Jerusalén a ruinas, echaron los cadáveres de los siervos de Dios en pasto a las
aves del cielo y su carne a las fieras de la tierra. Hemos sido el escarnio de
nuestros vecinos, la irrisión y burla de los que nos rodean... Socórrenos,
Señor Dios y Salvador nuestro, por el honor de tu nombre, líbranos y perdona
nuestros pecados a causa de tu nombre».
Años pares
Job
38,1.12-21.39.33-35: Dios da a conocer la obra de la creación, y
ante ésta la inteligencia humana se siente impotente. Job acata los
designios misteriosos de Dios. Enseña San Gregorio Magno:
«Con razón se designa con el nombre de amanecer o alba a toda la
Iglesia de los elegidos, ya que el amanecer o alba es el paso de las tinieblas
a la luz de la fe. Y así, a imitación del alba, después de las tinieblas se
abre al esplendor de la claridad celestial... Efectivamente, la santa Iglesia,
por su deseo del don de la vida celestial, es llamada alba, porque, al tiempo
que va desechando las tinieblas del pecado, se va iluminando con la luz de la
justicia» (Morales sobre Job 29,2-3).
Con
el Salmo 138 decimos: «Guíame, Señor, por el camino eterno.
Señor, Tú me sondeas y me conoces... de lejos penetras mis pensamientos,
distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares... Si
escalo el cielo allí estás Tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro.
Donde quiera que vaya, allí está Dios. ¡Qué alegría! Él es mi salvación». Debo
ser consciente de esta presencia de Dios en mi vida... «Te doy gracias, Señor,
porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras».
Lucas
10,13-16: Quien rechaza a Cristo, rechaza al Padre que le envió.
Cristo recrimina la falta de fe. Hemos de vivificar nuestra fe. Así lo enseña
San Ireneo:
«La única fe verdadera y vivificante es la que la Iglesia
distribuye a sus hijos, habiéndola recibido de los Apóstoles. Porque, en
efecto, el Señor de todas las cosas confió a sus apóstoles el Evangelio, y por
ellos llegamos nosotros al conocimiento de la verdad, esto es, de la doctrina
del Hijo de Dios. A ellos dijo el Señor: el que a vosotros oye, a Mí me oye y
el que a vosotros desprecia a Mí me desprecia, y el que me desprecia a Mí,
desprecia al que me envió (Lc 10,16). No hemos llegado al conocimiento de la
economía de nuestra salvación si no es por aquellos por medio de los cuales nos
ha sido transmitido el Evangelio. Ellos entonces predicaron, y luego, por
voluntad de Dios, nos lo entregaron en las Escrituras, para que fueran columna
y fundamento de nuestra fe» (Contra las herejías 3,1,1-2).
Años
impares
Baruc
4,5-12.27-29: El que os mandó las desgracias os mandará el gozo
eterno. Reconoce el pecado que han cometido, pero los exhorta a la
penitencia y al arrepentimiento, para volver a encontrar el gozo eterno junto
al Señor. El pecado es siempre fuente de desgracias personales y colectivas.
Cuando el hombre peca gravemente se pierde para sí mismo y para Dios. Escribe
Orígenes:
«Así como el médico procura con medicamentos atraer a la parte
exterior del cuerpo ciertas enfermedades o daños interiores, aunque ocasione en
esta operación al paciente más crueles dolores de los que padecía, del mismo
modo Dios, cuando ve que nuestros males espirituales penetran hasta lo íntimo,
saca al público la iniquidad que estaba oculta, para que nos reconozcamos y
apliquemos los remedios oportunos» (Comentario al Éxodo 2).
Y
San Ambrosio:
«Nuestro pecado es nuestro mayor enemigo; esto nos turba en el
reposo, nos aflige en la salud, nos entristece en el gozo, nos inquieta en la
tranquilidad, mezcla su amargura en nuestra misma dulzura y nos despierta en el
descanso del sueño. Por el pecado, nos vemos convencidos sin acusador sin
verdugo; atados sin cadenas y vendidos sin que
nadie nos haya puesto en venta» (Comentario al Salmo 37,45).
San
Juan Crisóstomo dice:
«Pongamos todos los días delante de nuestros ojos los pecados que
hemos cometidos después del bautismo, para que esta memoria nos sirva como de
freno que nos tenga continuamente en la humildad y la modestia» (Homilía 31,9).
Con
el Salmo 68 decimos: «El Señor escucha a los pobres. Miradlo los
humildes y alegraos, buscad al Señor y vivirá vuestro corazón. No desprecia el
Señor a los cautivos, a los pecadores, sino que los llama al arrepentimiento...
El Señor salvó a Sión y reconstruyó las ciudades de Judá y las habitaron en
posesión. La estirpe de sus siervos la heredarán, los que amaron su nombre
vivirán en ella». También nosotros poseeremos la gran Ciudad de Dios si nos
arrepentimos de nuestros pecados. Por eso entonamos un himno de alabanza y
pedimos que lo alaben el cielo, la tierra, las aguas y cuanto hay en ellas.
Años pares
Job
42,1-3.5-6.12-16: Job reconoce que ha hablado con ligereza, se
arrepiente de sus palabras, y Dios le premia. Job ha reflexionado durante
mucho tiempo, ha discutido con sus amigos. Ha penetrado en los designios de
Dios y ha descubierto la grandeza del pensamiento divino. Adopta la actitud
primera de aceptar la Voluntad de Dios generosamente. Se convence de que la
Sabiduría de Dios es inalcanzable y reconoce el valor del sufrimiento. La Cruz
es la gran revelación de Dios para Job y para nosotros. San Juan Crisóstomo
enseña:
«La cruz nos trae admirable utilidad: ella nos sirve de arma
saludable y es un escudo impenetrable
contra los tiros del demonio. Armémonos con la Cruz en la guerra que nos hace,
no llevándola solamente como estandarte, sino sufriendo los trabajos que son el
verdadero aparato de la cruz» (Homilía 13).
Con
el Salmo 118 proclamamos: «El Señor hace brillar su rostro sobre
su siervo. Nuestra vida ha de gustar y comprender los mandatos del Señor y
fiarnos de ellos». El sufrir es bueno para nosotros, hemos de reconocerlo. Así
aprendemos mejor los mandamientos del Señor. Reconocemos con Job que los
mandamientos del Señor son justos y que con razón nos hizo sufrir, participar
en la cruz de su Hijo bienamado. Somos siervos del Señor, pidámosle luces para
conocer sus preceptos y cumplirlos. «La explicación de sus palabras ilumina, da
inteligencia a los ignorantes».
Lucas
10,17-24: Estad alegres, porque vuestros nombres están escritos en
el cielo. Los discípulos vuelven contentos de la misión evangelizadora,
pero Jesús les indica la verdadera alegría. Comenta San Agustín:
«Si a uno no le dio resucitar muertos, y a otro no le hizo el
don de la palabra, a todos, sin embargo, les dio... ¿Qué?: Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón
(Mt 11,29). ¿Qué sirve hacer milagros, si es soberbio el que los hace, si no es
humilde y manso de corazón? ¿Acaso no será contado en el número de quienes al
fin de los siglos han de salir diciendo: Pues, ¿no hemos profetizado en tu
nombre y en tu nombre cantidad de prodigios? Y ¿qué respuesta oirán? No os
conozco. Apartaos de mí todos los obradores de iniquidad. ¿Qué, pues, conviene
que aprendamos?... Una caridad acendradísima, noble, sin fastuosidad, sin
altivez, sin doblez» (Sermón 142, 11-12).