Semana 24
Entrada:
«Señor, da la paz a los que esperan en ti y deja bien a tus profetas; escucha
la súplica de tu siervo y la de tu pueblo Israel» (Eclo 36,18).
Colecta
(del Veronense): «¡Oh Dios, creador y dueño de todas las
cosas, míranos; y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte
de todo corazón».
Ofertorio
(del Misal anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano):
«Sé propicio a nuestras súplicas, Señor, y recibe con bondad las ofrendas de
tus siervos, para que la oblación que ofrece cada uno en honor de tu nombre
sirva para la salvación de todos».
Comunión:
«¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios! Los humanos se acogen a la
sombra de tus alas» (Sal 35,8). O bien: «El cáliz de nuestra acción de gracias
nos une a todos en la sangre de Cristo; el pan que partimos nos une a todos en
el cuerpo de Cristo» (1 Cor 10,16).
Postcomunión
(del Misal anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano):
«La acción de este sacramento, Señor, penetre en nuestro cuerpo y nuestro
espíritu, para que sea su fuerza, no nuestro sentimiento, quien mueva nuestra
vida».
Ciclo A
La
primera y tercera lecturas nos hablan del perdón de los pecados. En la segunda
San Pablo desea que no vivamos para nosotros mismos, sino para el Señor.
En
la Iglesia, comunidad de redimidos y reconciliados con el Padre en el Corazón
de su Hijo muy amado, se nos garantiza el perdón divino y se nos impone
amorosamente el perdón recíproco entre todos. Nada más exigente para la genuina
convivencia cristiana en el Misterio de la Iglesia, que el acontecimiento mismo
de nuestra Pascua: nuestra reconciliación con Dios y con los hermanos.
Eclesiástico
27,3328,9: Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los
pecados cuando lo pidas. Ya la revelación profética del Antiguo Testamento
preparaba el mandato divino del perdón de las injurias, como una expresión de
la humilde y perpetua necesidad que también nosotros tenemos del perdón divino.
Es
evidente que quien no quiere perdonar no puede presentarse ante nadie para ser
perdonado y, menos ante Dios. No está en buenas disposiciones de alma para
obtener el perdón. Con la medida con que medimos seremos medidos. Para este
perdón mutuo necesitamos estar despojados de nuestro amor propio, que es el
gran enemigo de nuestra felicidad, de nuestra paz, de nuestra santidad. Sólo
con amor divino podemos amar al prójimo como Dios quiere. Ante todo y sobre
todo abnegación propia. Esto es lo que prepara el camino que nos lleva a la
reconciliación con Dios y con los hermanos, que son todos los hombres.
Bien
nos lo muestra el Salmo 102: «El Señor es compasivo y
misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia... Él perdona todas nuestras
culpas y cura nuestras enfermedades, rescata nuestra vida de la fosa y nos
colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando, ni guarda rencor
perpetuo. No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestra
culpas. Como se levanta el cielo sobre la tierra se levanta su bondad sobre sus
fieles; como dista el oriente del ocaso así aleja de nosotros nuestros
delitos». Nosotros, dentro de nuestras limitaciones, hemos de hacer lo mismo
con los que nos ofenden. Así estaremos dispuestos para bendecir al Señor con
todo nuestro ser y no olvidar sus beneficios».
Romanos
14,7-9: En la vida y en la muerte somos del Señor. Porque hemos
sido perdonados para Cristo y redimidos por su amor, el perdón fraterno es,
entre nosotros, una exigencia de nuestra pertenencia a Cristo, el Señor. El
vivir y morir para el Señor tiene habitualmente un sentido sacrificial,
cultual. El cristiano está invitado a renunciarse a sí mismo, a la propia
afirmación, exaltación y gloria para afirmar con toda su vida el dominio de
Dios. Comenta San Cirilo de Alejandría:
«Se ha dicho que Cristo tuvo hambre, que soportó la fatiga de
largas caminatas, la ansiedad, el terror, la tristeza, la agonía y la muerte en
la cruz. Sin ser presionado por nadie, por sí mismo ha entregado su propia alma
por nosotros, para ser Señor de vivos y muertos (Rom 14,9). Con su propia carne
ha pagado un rescate justo por la carne de todos, con su alma ha llevado a cabo
la redención de todas las almas, aunque si Él ha vuelto a tomar su vida, es
porque, como Dios, Él es viviente por naturaleza» (Sobre la Encarnación del
Unigénito 4).
Mateo
18,21-35: «Perdonar hasta setenta veces siete», esto es, siempre.
El Evangelio nos exige un corazón perdonado por el Padre y hecho a descubrir a
Dios y perdonar a todos, incluso a los propios enemigos. Se terminó con el
Evangelio la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. San Juan
Crisóstomo dice:
«De modo que no encerró el Señor el perdón en un número
determinado, sino que dio a entender
que hay que perdonar continuamente y siempre. Esto por lo menos declaró por la
parábola puesta seguidamente. No quería que nadie pensara que era algo
extraordinario y pesado lo que Él mandaba de perdonar hasta setenta veces
siete. De ahí añadir esta parábola con la que intenta justamente llevarnos al
cumplimiento de su mandato, reprimir un poco de orgullo de Pedro y demostrar
que el perdón no es cosa difícil, sino extraordinariamente fácil.
«En ella nos puso delante un propia benignidad a fin de que nos
demos cuenta, por contraste, de que, aun cuando perdonemos setenta veces siete,
aun cuando perdonemos continuamente todos los pecados absolutamente de nuestro
prójimo, nuestra misericordia al lado de la suya, es como una gota de agua
junto al océano infinito. O, por mejor decir, mucho más atrás se queda nuestra
misericordia junto a la bondad infinita de Dios, de la que, por otra parte, nos
hallamos necesitados, puesto que tenemos que ser juzgados y rendirle cuenta» (Homilía
61,1, sobre San Mateo).
Ciclo B
Las lecturas primera y tercera nos evocan la pasión del Señor.
Santiago, en la segunda lectura, nos enseña que la fe ha de ser autenticada con
las obras. El anuncio hecho por Jesús de su propia Pasión evoca en nuestra fe
el misterio de la Cruz, como clave de nuestra autenticidad cristiana. Esto nos
recuerda que la ley de la Cruz es ley fundamental en la obra de Cristo, y, por
lo mismo, debe serlo para todos nosotros: «Los que son de Cristo se conocen en
que tienen crucificados sus cuerpos con sus vicios y concupiscencias» (Gal
4,24).
Isaías
50,5-9: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban. El tercer
canto del profeta Isaías sobre el Siervo de Dios nos traza ya la semblanza
victimal del Cordero Redentor: absoluta docilidad obediencial al Padre y signo
de contradicción (Lc 2,34) entre los hombres.
Se
subraya de modo especial en este pasaje de Isaías la suma confianza del Siervo
en el Señor, no obstante los sufrimientos y las humillaciones inauditas. Ha
cumplido su misión de portavoz de Dios con una firmísima y con una constancia
inflexible. No podemos prescindir de Cristo en la lectura de este pasaje
bíblico. Él sufrió al máximo los tormentos del Siervo y nadie como Él estuvo
unido a la voluntad del Padre. Enseña San Gregorio Nacianceno:
«Sobre todos los demás el Salvador y Señor de todos, que no solo
se anonadó tomando forma de siervo (Flp 2,6) y ofreció su rostro a los
salivazos y a las bofetadas, y fue contado entre los delincuentes (Is
50,6:53,12); que se ofreció en expiación por las manchas de los pecados y lavó,
en hábito de esclavo, los pies de sus discípulos (Jn 13,4-5)... Y para terminar
brevemente: bella es la contemplación y hermosa asimismo la acción; aquélla,
subiendo hasta el Santo de los Santos, luchando y consagrando nuestra alma a
aquello para lo que está creada; ésta recibiendo a Cristo, sirviéndole y
mostrando el amor con las obras» (Sermón 14,2-4).
Con
el Salmo 114 decimos: «Caminaré en presencia del Señor en el país
de la vida. Amo al Señor porque me escucha, porque inclina su oído hacia mí. Me
envolvían olas mortales, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y
en angustia... Pero el Señor arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las
lágrimas, mis pies de la caída».
Santiago
2,14-18: La fe, si no tiene obras, está muerta. Para el
cristiano, la autenticidad de su fe se mide por su amor sacrificado, que se
hace palpable en las obras de amor a Dios y al prójimo. Siempre será necesario
inculcar una vida santa con la práctica de las virtudes, especialmente de la
caridad, de lo contrario no tenemos más que una fe muerta. Los Santos Padres
han insistido mucho en esto y, en general, toda la vida de la Iglesia. Así San
Agustín dice que:
«Deben basarse todas tus obras en la fe, porque el justo vive
de la fe y la fe obra por el amor. Que tus obras tengan por fundamento la
fe, porque creyendo en Dios te harás fiel» (Comentario al Salmo 32).
Y
San Juan Crisóstomo explica:
«Mira que ni siquiera le pregunta el Señor [a Bartimeo] si tiene fe, como solía hacer
otras veces, pues sus gritos y su abrirse paso entre la gente ponía bien de
manifiesto su fe a los ojos de todos» (Homilía 66 sobre San Mateo).
También
San Gregorio Magno dice:
«Ni la fe sirve sin obras, ni las obras sin fe, a no ser que se
hagan para alcanzar la fe, como Cornelio, que antes de ser creyente mereció ser
oído por sus buenas obras» (Homilía 1 sobre Ezequiel).
«No cree verdaderamente sino quien, en su hogar, pone en
práctica lo que cree. Por eso, a propósito de aquéllos que de la fe no poseen
más que palabras, dice San Pablo: profesan conocer a Dios, pero le niegan con
las obras» (Homilía 26 sobre los Evangelios).
Y
San Jerónimo:
«¿De qué sirve invocar con la voz a quien niegas con las obras?»
(Homilía sobre los Evangelios).
Marcos
8,27-35: Tú eres el Mesías... El Hijo del hombre tiene que padecer
mucho. Pese a la incomprensión de los propios discípulos, Cristo Jesús
proclamó la ley de la Cruz, necesaria para Él y también para los que le quieran
seguir.
Es
ciertamente una lección dura, pero propuesta con toda claridad por el mismo
Jesucristo. Los Evangelistas cuando escribían los Evangelios estaban viendo que
las palabras del Señor se cumplían en muchos cristianos contemporáneos suyos,
probados incluso con la persecución. Dios ha realizado la salvación del mundo
en el anonadamiento de su propio Hijo, con una muerte en la cruz. Comenta San
Agustín:
«El hombre se perdió por primera vez a causa del amor a sí
mismo. Pues, si no se hubiese amado, hubiera antepuesto a Dios a sí mismo,
hubiera estado siempre sometido a Dios; no se hubiera inclinado a hacer su
propia voluntad descuidando la de Él. Amarse uno a sí mismo no es otra cosa que
querer hacer la propia voluntad. Antepón la voluntad de Dios; aprende a amarte,
no amándote» (Sermón 96,2).
Ciclo
C
Las
lecturas primera y tercera nos refieren la misericordia del Señor con respecto
al pecador arrepentido. San Pablo en la segunda lectura se presenta como el
pecador perdonado, el perseguidor convertido. Se insiste en la necesidad de la
conversión, tanto más necesaria cuanto mayor es el peligro cotidiano de ser
infieles al designio divino, de identificarnos cada vez más con su Hijo muy
amado (Rom 8,29).
Solo
con una actitud constante de renovación en Cristo conseguiremos mantener la
aptitud para participar en la herencia de los santos en la Luz (Col 1,12), para
la que el Señor nos ha destinado.
Éxodo
32,7-11.13-14: El Señor se arrepintió de la amenaza que había
pronunciado. Dios mantiene siempre la Alianza de la salvación. Aunque se
rompa la fidelidad por parte del hombre o del pueblo elegido, no se rompe el
proceso de la misericordia divina, abierta siempre al perdón para el
arrepentido. Se dice en la Carta de Bernabé (4,6-8):
«... No os asemejéis a ciertos hombres que no hacen sino amontonar pecados, diciéndoos que la alianza es tanto de ellos como vuestra. Porque es nuestra, pero aquéllos, después de haberla recibido de Moisés, la perdieron absolutamente... Volviéndose a los ídolos la destruyeron, pues dice el Señor: Moisés, Moisés, baja a toda prisa, porque mi pueblo, a quien saqué yo de Egipto, ha prevaricado (Ex 32,7; 3,4; Dt 9,12). Y cuando Moisés lo comprobó, arrojó de sus manos las dos tablas, y se rompió su alianza, para que la de su amado Jesucristo fuera sellada en nuestro corazón con la esperanza de la fe en Él».
Con
el estribillo del arrepentimiento del hijo pródigo: «Me pondré en camino,
adonde está mi padre» se dicen algunos versos del Salmo 50:
«Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi
culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado... Oh Dios, crea en mí un
corazón puro... un corazón quebrantado y humillado Tú no lo desprecias».
1
Timoteo 1,12-17: Jesús vino para salvar a los pecadores. Para el
verdadero convertido a Cristo, como Pablo, su pecado y toda su vida pasada en
la infidelidad le sirven de aguijón para intensificar su amor a Cristo y su
ansiedad insobornable por la santidad. San Pablo evoca el momento más decisivo
de su vida, cuando de obstinado enemigo de Cristo y de los cristianos, vino a
ser su seguidor y apasionado Apóstol. Ha sido una acción espléndida de la
gracia divina. San Agustín ha comentado con frecuencia este pasaje paulino:
«Cuando el Apóstol Pablo perseguía a los cristianos,
arrestándolos dondequiera que los hallare, presentándolos a los sacerdotes para
que los oyeran en tribunal y los castigasen, ¿qué pensáis que hacía la Iglesia?
¿Oraba por él o contra él? La Iglesia que había aprendido la lección de su
Señor, quien pendiente de la Cruz dijo: Padre, perdónalos porque no saben lo
que hacen, pedía eso mismo para Pablo, mejor, para Saulo en aquel entonces, a
fin de que tuviera lugar en él lo que efectivamente realizó» (Sermón
56,3).
Lucas
15,1-32: Habrá alegría en el cielo por un pecador que se convierta.
Ante el misterio del Corazón Redentor de Cristo, todo hombre es siempre
recuperable para la salvación y la santidad. La Iglesia muestra muchos ejemplos
de esto y es una consoladora revelación que nos garantiza toda la historia de
la salvación. San Ambrosio escribe:
«Un poco más arriba has aprendido cómo es necesario desterrar la
negligencia, evitar la arrogancia, y también adquirir la devoción y a no a
entregarte a los quehaceres de este mundo, ni anteponer los bienes caducos a
los que no tienen fin; pero, puesto que la fragilidad humana no puede
conservarse en línea recta en medio de un mundo tan corrompido, ese buen médico
te ha proporcionado los remedios, aun contra el error, y ese juez
misericordioso te ha ofrecido la esperanza del perdón. Y así, no sin razón, San
Lucas ha narrado por orden tres parábolas: la de la oveja perdida y hallada
después, la de la dracma que se había extraviado y fue encontrada, y el hijo
que se había muerto y volvió a la vida; y todo esto para que aleccionados con
este triple remedio, podamos curar nuestras heridas, pues una cuerda triple no
se rompe (Eclo 4,12).
«¿Quién es este padre, ese pastor y esa mujer? ¿Acaso
representan a Dios Padre, a Cristo y la Iglesia? Cristo te lleva sobre sus
hombros, te busca la Iglesia y te recibe el Padre. Uno porque es Pastor, no
cesa de llevarte; la otra, como madre, sin cesar te busca y el Padre te vuelve
a vestir. El primero por obra de misericordia; la segunda cuidándote, y el
tercero, reconciliándote con Él. A cada uno de ellos le cuadra perfectamente
una de esas cualidades: El Redentor viene a salvar, la Iglesia asiste y el
Padre reconcilia. En todo actuar divino está presente la misma misericordia,
aunque la gracia varíe según nuestros méritos. El Pastor llama a la oveja
cansada, es hallada la dracma que se había perdido, y el hijo, por sus propios
pasos, vuelve al Padre y vuelve arrepentido del error que le acusa sin cesar» (Tratado
sobre el Evangelio de San Lucas lib. VII, 207-208).
Años
impares
1
Timoteo 2,1-8: Pedid por todos los hombres a Dios, que quiere que
todos los hombres se salven. Oración en la asamblea litúrgica: Orar por
todos. Cristo es el Mediador. Representar a la humanidad ante Dios, mostrarse
solidario de ella ante Él; estas son las condiciones esenciales de la oración
cristiana. Cristo ha sido el primero en asumirlas, pues se ofreció por todos en
la cruz. San Clemente Romano nos ha dejado en el siglo I un bello testimonio de
la oración por los gobernantes:
«Danos ser obedientes a tu omnipotente y santísimo nombre y a
nuestros príncipes y gobernantes sobre la tierra... Dales, Señor, salud, paz,
concordia y constancia, para que sin tropiezo ejerzan la potestad que por Ti
les fue dada... Endereza Tú, Señor, sus consejos conforme a lo bueno y acepto
en tu presencia, para que ejercitando en paz y mansedumbre y piadosamente la
potestad que por Ti les fue dada, alcancen de Ti misericordia» (Carta a los
Corintios I,60-61).
Comenta San
Agustín:
«San Pablo mandaba rezar por los reyes cuando éstos perseguían a
la Iglesia. Pero a los que entonces perseguían mientras oraban por ellos, ahora
los defiende después de haber sido escuchado en beneficios de ellos» (Sermón
149,17).
Sigue
la misma idea en el Salmo 27: «Bendito el Señor que escuchó mi
voz suplicante. Escucha mi voz suplicante cuando te pido auxilio, cuando alzo
las manos hacia tu santuario. El Señor es nuestra fuerza y nuestro escudo, en
Él hemos de confiar pues nos socorre, por eso hemos de alegrarnos y cantarle
agradecido. Él es nuestro Pastor y nuestro guía, nuestro apoyo y salvación».
San Juan Crisóstomo dice:
«La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios,
mediadora entre Dios y los hombres. Por ella, nuestro espíritu, elevado hasta
el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables; por ella, nuestro espíritu
espera el cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan
lo natural y visible» (Homilía 6 sobre la oración).
Años pares
1 Corintios 11,17-26:
Evitar las divisiones. Amar y fomentar la unidad cuyo símbolo y eficacia es la
Eucaristía. San Pablo recuerda la tradición apostólica sobre la sinaxis
eucarística. La perspectiva de Pablo es la de la significación de la asamblea
litúrgica: ésta es símbolo de la reunión de todos los hombres en el Reino y en
el Cuerpo de Cristo. Una asamblea dividida no puede dar testimonio de esta
unión y viene a ser un contrasigno. Comenta San Agustín:
«Recibid, pues el Cuerpo de Cristo, transformados ya vosotros
mismos en miembros de Cristo, en el Cuerpo de Cristo; recibid y bebed la Sangre
de Cristo. No os desvinculéis, corred al vínculo que os une; no os estiméis en
poco, bebed vuestro precio... Si recibís santamente este sacramento que
pertenece al Nuevo Testamento y os da motivos para esperar la herencia eterna,
si guardáis el mandamiento nuevo de amaros unos a otros, tendréis vida en
vosotros, pues recibís aquella carne de la que dice la Vida misma: «el pan que
yo os daré es mi carne para la vida del mundo» y «Quien no come mi carne y bebe
mi sangre, no tendrá vida en Mí» (Sermón 228,B,3).
Cantamos
con el Salmo 39 la frase que repetimos en la liturgia
eucarística: «Proclamad la muerte del Señor hasta que vuelva». Tú no quieres
sacrificios ni ofrendas de animales y cosas, sino el sacrificio eucarístico,
reactualización sacramental del sacrificio eucarístico. Él dijo: «Aquí
estoy para hacer tu voluntad» (cf. Heb 10,7). «Dios mío, lo quiero, y
llevo tu ley en las entrañas». Proclamaré la salvación de Dios ante todos los
hombres. No cerremos nuestros labios, para que se alegren y gocen contigo todos
los que te buscan y todos juntos digamos: «Grande es el Señor». Hemos de tener
los mismos sentimientos de Cristo: «Mi alimento es hacer la voluntad de mi
Padre» (Jn 4,34).
Lucas
7,1-10: La gran fe del centurión. San Ambrosio afirma que esa fe
representa al pueblo pagano, que se hallaba aprisionado por las cadenas de la
esclavitud al mundo, enfermo de pasiones mortales, y que había de ser sanado
por la bondad del Señor. En la curación del siervo del centurión, Jesús se
contenta con la palabra y responde así al elogio de la eficacia de la palabra
pronunciada por el centurión, cuando éste último invita a Cristo a servirse
únicamente de su palabra para realizar la curación. La Iglesia ha recogido las
palabras del centurión en la Misa, antes de la comunión, para expresar su fe en
Cristo, realmente presente en la Eucaristía.
Todos
los días nos pide Dios que tengamos fe en su Palabra, que nos llega a través de
la Iglesia. La fe lo ilumina todo con nueva luz y manifiesta el plan divino
sobre la entera vocación del hombre. Dice San León Magno:
«No es la sabiduría terrena la que descubre la fe, ni la opinión
humana la que puede conseguirla: el mismo Hijo único del Padre es quien la ha
enseñado y el Espíritu Santo quien la instruye» (Sermón 75,
Pentecostés).
Y
San Ambrosio comenta:
«Observa cómo la fe da un título para la curación. Advierte
también que aun en el pueblo gentil hay penetración del misterio: el Señor va,
el centurión quiere excusarse y, dejando la arrogancia militar, se llena de
respeto, dispuesto a creer y a rendirle honor. La fe de este hombre la antepone
a aquellos elegidos que ven a Dios (interpretación del nombre de Israel).
Observa la economía: es probada la fe del señor, la salud del siervo es
robustecida. El mérito del dueño puede ayudar también a sus servidores, no solo
en cuanto al mérito de la fe, sino también en cuanto al celo de la conducta» (Comentario
a San Lucas lib. V,85-88).
Años
impares
1
Timoteo 3,1-13: Cualidades de los responsables de la comunidad
cristiana, para ser capaces de conducir a la Iglesia adecuadamente. Comenta
San Agustín:
«Si conviene que la conducta del obispo sea irreprochable, ¿será
acaso decoroso que la del cristiano sea reprochable? Obispo es un término
griego que en nuestra lengua puede traducirse por inspector o visitador:
Nosotros somos obispos, pero con vosotros somos cristianos. Recibimos el nombre
particular debido del hecho de visitar; todos recibimos el nombre común [de
cristiano] del hecho de la unción. Si todos hemos sido ungidos, todos
participamos en el combate. Mas ¿por qué os visitamos si nada bueno vemos en
vosotros?» (Sermón 176, A).
En
el rito de la ordenación episcopal, con un texto de principios del siglo III,
se pide:
«Concede, oh Padre, que conoces los corazones, a este servidor que has escogido para el episcopado, que apaciente tu sagrado rebaño, sirviéndote de noche y de día; que haga complaciente tu rostro y que ofrezca las oblaciones de tu Iglesia santa; que pueda perdonar los pecados en virtud del Espíritu del Sacerdocio supremo, según tu mandato.., que te complazca por la naturaleza y pureza de su corazón, presentándote un nuevo perfume, por tu Hijo Jesucristo».
Todos
debemos reverencia santa a la jerarquía eclesiástica: obispos, presbíteros y
diáconos. Por todos ellos hemos de orar al Señor.
Con el Salmo
100 cantamos al Señor: Andaré con rectitud de corazón. Cantemos
la bondad y la justicia del Señor, caminemos por el camino perfecto y
suspiremos por la venida del Señor, andemos con rectitud de corazón, apartemos
nuestros ojos de intenciones viles, oremos por los que oran mal para que se
conviertan. No prestemos oídos a los que difaman al prójimo, oremos por los
engreídos y de corazón arrogante. Hagamos el bien a todos, a ejemplo de Cristo,
el Rey-Mesías que se entregó al servicio de todos y formar junto a Él un reino
de leales que buscan la verdad, la justicia, la sencillez y sobre todo amar
como Él amó.
Años pares
1
Corintios 12,12-14.27-31: Todos formamos el Cuerpo de Cristo.
Los dones espirituales o naturales no deben ser factor de división, sino que
deben contribuir a la unión. Comenta San Agustín:
«A Cristo lo constituyen muchos miembros, que son un único
Cuerpo. Descendió del cielo por misericordia y no asciende nadie sin Él, puesto
que también nosotros estamos en Él por la gracia... No se trata de diluir la
dignidad de la Cabeza en el Cuerpo, sino de no separar la Cabeza de la unidad
del Cuerpo» (Sermón 263, A,2).
Y
San Juan Crisóstomo:
«Cabría esperar otra consecuencia y decir, así también la
Iglesia; pero no... Porque lo mismo que la cabeza y el cuerpo forman un mismo
hombre, así Cristo y la Iglesia forman un mismo Cuerpo; y así en lugar de
nombrar a la Iglesia, nombra a Cristo» (Homilía sobre 1 Cor, 12, 12-13).
San
Agustín:
«Cristo entero está formado por la Cabeza y el Cuerpo, verdad que
no dudo que conocéis bien. La Cabeza es nuestro mismo Salvador, que padeció
bajo Poncio Pilato y ahora, después que resucitó de entre los muertos, está
sentado a la diestra del Padre. Y su Cuerpo es la Iglesia. No esta o aquella
Iglesia, sino la que se halla extendida por todos el mundo. Ni es tampoco
solamente la que existe entre los hombres actuales, ya que también pertenecen a
ella los que vivieron antes de nosotros y los que han de existir después, hasta
el fin del mundo. Pues toda la Iglesia, formada por la reunión de los fieles
porque todos los fieles son miembros de Cristo, posee a Cristo por Cabeza,
que gobierna su Cuerpo desde el Cielo. Y, aunque esta Cabeza se halle fuera de
la vista del Cuerpo, sin embargo, está unida por el amor» (Comentario al
Salmo 56,1).
Con
el Salmo 99 decimos: «Somos su pueblo y ovejas de su
rebaño». Aclamemos al Señor, tierra entera, sirvámosle con alegría, entremos en
su presencia con vítores. Él Señor es Dios. Él nos hizo y somos suyos, su
pueblo y ovejas de su rebaño. Él es nuestro Pastor, conocemos su voz y Él nos
conoce a nosotros. Formamos un solo Cuerpo. Él es nuestra Cabeza. El Señor es
bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades. Un solo
corazón y una sola alma. Todos los dones al servicio de todos, con gran amor a
ejemplo de Jesucristo.
Lucas
7,11-17: Resurrección del hijo de la viuda. Comenta San
Ambrosio:
«Este pasaje también es rico en un doble provecho; creemos que
la misericordia divina se inclina pronto a las lágrimas de una madre viuda,
principalmente cuando está quebrantada por el sufrimiento y por la muerte de su
hijo único... Mas, aunque los últimos síntomas de la muerte hayan hecho
desaparecer toda esperanza de vida y que los cuerpos de los difuntos están
próximos al sepulcro, sin embargo, a la palabra de Dios, los cadáveres,
dispuestos a perecer, resucitan, se entrega el hijo a la madre, se llama de la
tumba, se arranca del sepulcro. ¿Cuál es esta tumba, la tuya, sino las malas
costumbres? Tu tumba es la falta de fe; tu sepulcro es esta garganta que
profiere palabras de muerte. Este es el sepulcro del que Cristo te libra;
resucitarás de esa tumba si escuchas la palabra de Dios.
«Aunque existe un pecado grave que no puede ser lavado con las
lágrimas de tu arrepentimiento, llora por la madre Iglesia, que interviene por
cada uno de sus hijos como una madre viuda por sus hijos únicos; pues ella se
compadece, por un sufrimiento especial que le es connatural, cuando ve a sus
hijos arrastrarse hacia la muerte por vicios funestos. Somos nosotros entrañas
de sus entrañas; pues también existen entrañas espirituales... Somos nosotros
las entrañas de la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, hechos de su
carne y de sus huesos. Que llore, pues, la piadosa madre y que la multitud la asista;
que no solo la multitud, sino una multitud numerosa compadezca a la buena
madre. Entonces tú te levantarás del sepulcro; los ministros de tus funerales
se detendrán y comenzarás a pronunciar palabras de vida; todos temerán, pues,
por el ejemplo de uno solo, serán muchos corregidos; y más aún, alabarán a Dios
que nos ha concedido tales remedios para evitar la muerte» (Tratado sobre el
Evangelio de San Lucas lib. V, 89-92).
Años
impares
1
Timoteo 3,14-16: Grande es el misterio que veneramos: la obra de
Cristo en favor de la salvación de los hombres. La comunidad cristiana es
el nuevo templo, el nuevo sacerdocio que es ejercido de modo especial por el
sacerdocio ministerial. La Carta a los Hebreos trata de esa liturgia nueva que
es toda la comunidad cristiana que se dirige en una procesión solemne hacia el
monte Sión, la Jerusalén celeste. San Ireneo escribe:
«No hemos llegado al conocimiento de la economía de nuestra
salvación si no es por aquellos por medio de los cuales nos ha sido transmitido
el Evangelio. Ellos entonces lo predicaron, y luego, por voluntad de Dios, nos
lo entregaron en las Escrituras, para que fueran columna y fundamento de
nuestra fe (1 Tim 3,15). Y no se puede decir, como algunos tienen la malicia de
decir, que ellos predicaron antes de que alcanzaran el conocimiento perfecto.
Los cuales se glorían de enmendar a los mismos apóstoles. Porque, después de
que nuestro Señor resucitó de entre los muertos..., fueron llenados de todos
los dones y alcanzaron el conocimiento perfecto» (Contra las herejías
3,1,1-2).
Por eso
damos gracias al Señor de todo corazón con el Salmo 110 en
compañía de los rectos, en la asamblea litúrgica: «Grandes son las obras del Señor,
dignas de contemplación para los que las aman. Esplendor y belleza son sus
obras, su generosidad dura por siempre, ha hecho maravillas memorables, da
alimento a sus fieles (la Eucaristía), recuerda siempre su alianza (en Cristo,
con pacto sellado por su sangre redentora); muestra a su pueblo la fuerza de su
obrar (la Redención)». El Señor es con toda verdad piadoso y clemente». La
Iglesia tiene que vivir y proclamar sobre la tierra el misterio del
Hombre-Dios. La Eucaristía cumple su misión entre los hombres debido a que
engendra a los miembros de la verdadera humanidad aunándolos en la unidad
familiar del Padre, la Casa del Dios vivo, al mismo tiempo que los envía a sus
responsabilidades humanas.
Años pares
1
Corintios 12,31-13,13: La mayor de todas es el amor. El gran himno
de la caridad. La lección esencial de este pasaje consiste en la manera en
que San Pablo supera todas las definiciones humanas del amor, comprendidas
también aquéllas que están más espiritualizadas y hasta las que son más heroicas.
Si
San Pablo canta un amor tan distinto de los comportamientos humanos y que, sin
embargo, es un acto humano, es porque nuestra conducta no se apoya en un
catálogo de actos o en una obligación meramente legal, sino en la presencia
activa de Jesucristo en nosotros, con todo lo que esto supone en el
cumplimiento de su amor. Comenta San Agustín:
«Quien abandona la unidad, viola la caridad, y quien viola la
caridad, tenga lo que tenga, es nada. Aunque hable las lenguas de los hombres y
de los ángeles, aunque conozca todos los misterios, aunque tenga toda la fe
hasta transplantar los montes... si no tiene caridad nada es y de nada le vale.
Inútilmente posee cuanto posee, quien carece de aquella única cosa que hace
útil todo lo demás. Abracémonos, pues, a la caridad, esforcémonos en guardar la
unidad del espíritu en el vínculo de la paz» (Sermón 88,21).
San Gregorio Magno enseña:
«El amor es paciente, porque lleva con ecuanimidad los males que
le infligen. Es benigno porque devuelve bienes por males. No es envidioso
porque como no apetece nada en este mundo, no sabe lo que es envidiar las
prosperidades terrenas. No obra con soberbia, porque anhela con ansiedad el
premio de la retribución interior y no se exalta por los bienes exteriores. No
se jacta, porque solo se dilata por el amor de Dios y del prójimo e ignora
cuanto se aparta de la rectitud. No es ambicioso, porque, mientras con todo su
ardor anda solícito de sus propios asuntos internos no sale fuera de sí para
desear los bienes ajenos. No busca lo suyo, porque desprecia como ajenas
cuantas cosas posee transitoriamente aquí abajo, ya que no reconoce como propio
más que lo permanente.
«No se irrita, y, aunque las injurias vengan a provocarle, no se
deja conmover por la venganza, ya que por pesados que sean los trabajos de
aquí, espera para después premios mayores. No toma en cuenta el mal, porque ha
afincado su pensamiento en el amor de la pureza, y mientras que ha arrancado de
raíz todo odio, es incapaz de alimentar en su corazón ninguna aversión. No se
alegra por la injusticia, ya que no alimenta hacia todos sino afecto y no
disfruta con la ruina de su adversarios. Se complace con la verdad, porque
amando a los demás como a sí mismo, cuanto encuentra de bueno en ellos le
agrada como si se tratara de un aumento de su propio provecho» (Morales
sobre el libro de Job 10,7,8,10).
«Dichoso
el pueblo que el Señor se escogió como heredad». Así cantamos con el Salmo
32. «Demos gracias a Dios con la cítara. Toquemos en su honor con el
arpa de diez cuerdas, cantémosle un cántico nuevo acompañando los vítores con
bordones. Él nos ha enseñado el camino recto del amor. La palabra del Señor es
sincera y todas sus acciones son leales. Él ama la justicia y el derecho y su
misericordia llena la tierra. Somos pueblo del Señor. Él nos rescató de la
esclavitud. Su misericordia es eterna».
Lucas
7, 31-35: Cristo se duele de la incredulidad del pueblo. No
creyó ni en Juan Bautista ni en Él. Se escandalizan de Él. Comenta San
Ambrosio:
«Aunque no es incongruente con el carácter de los niños que, no
teniendo aún la sabia gravedad de la edad madura, agitan y mueven su cuerpo
a la ligera, sin embargo, pienso que se puede entender esto en un
sentido más profundo: es que los judíos no han creído primero en los Salmos, ni
luego en las lamentaciones de los profetas: los Salmos invitaban a las
promesas, las lamentaciones los apartaban de los errores... Toma tú la cítara,
a fin de que tocado por el plectro (o palillo) del Espíritu, la cuerda de tus
fibras interiores den el sonido de la buena obra. Toma el arpa, a fin de que
produzca el acorde armoniosos de vuestras palabras y vuestros actos. Coge el
tamborín, para que el espíritu haga cantar interiormente el instrumento de tu
cuerpo y que el ejercicio de tu actividad traduzca la amable dulzura de
nuestras costumbres» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, lib.
VI, 5-10).
Años impares
1 Timoteo 4,12-16: Cuídate tú y cuida
la enseñanza; así te salvarás tú y salvarás a los que te escuchan. Durante
su vida pública, confía Jesús a sus discípulos ciertas misiones transitorias.
Sólo después de su resurrección reciben de Él una orden precisa, que los
instituye a la vez predicadores, apóstoles y doctores. San Jerónimo comenta:
«A Timoteo, que había formado desde su infancia en las letras sagradas,
le da instrucciones y exhorta al estudio de la Escritura, para que no descuide
la gracia que le fue dada por la imposición de las manos del colegio de los
presbíteros (1 Tim 4,13ss)... Porque la santa rusticidad no aprovecha
más que a sí misma, y si por una parte con su vida meritoria edifica a la
Iglesia de Cristo, por otra la daña al no ser capaz de resistir a los que la
destruyen» (Carta 53, 3, a Paulino, presbítero).
Dios
hizo maravillas en la predicación del Evangelio. Así lo proclamamos con el Salmo
110: «Grandes son tus obras, Señor. Justicia y verdad son las obras de
sus manos, todos sus preceptos merecen confianza, son estables para siempre
jamás y se han de cumplir con verdad y rectitud. Envió la redención a su
pueblo, ratificó para siempre su alianza, su nombres es sagrado y temible.
Primicia de la sabiduría es el temor del Señor, tienen buen juicio los que lo
practican; la alabanza del Señor dura por siempre».
Años pares
1
Corintios 15,1-11: San Pablo predica su mensaje salvífico del Evangelio
y sobre todo el Misterio Pascual del Señor que padeció, murió y resucitó.
Reducida así a lo esencial, la fe transmitida por San Pablo se reduce
esencialmente al acontecimiento pascual. No se trata solo de un acontecimiento
histórico ni de sus pruebas, sino también de su significación doctrinal: Cristo
muere por nuestros pecados, lo que supone que estamos muertos al pecado y esto
hemos de actuarlo en todo momento. La misma resurrección es considerada en su
significación doctrinal. De este modo, la resurrección de Cristo introduce un
régimen religioso inédito que nos afecta directamente: implica un nuevo es-tilo
de vida, signo de nuestra resurrección (cf. Rom 6,1-6; 1 Cor 15,20; 2
Cor 4,14). San Juan Crisóstomo dice:
«Para Pablo no se trata de ayunar, sino de sufrir hambre; sin
embargo, él mismo se llama un aborto (1 Cor 15,8)... Porque este hombre no
obraba jamás a la ligera, sino siempre con motivo justo y razonable; y
perseguía designios opuestos con tanta sabiduría que obtenía siempre los mismos
elogios... Pablo glorificándose (2 Cor 11,2112,10), se ha atraído más honor
que otros disimulando grandes virtudes; nadie, en efecto, hace tanto bien
ocultando sus méritos como este hombre revelando los suyos» (Homilìa 5
sobre las alabanzas de Pablo).
«¿Tú has visto a Pablo como león furioso en sus correrías en
todos los sentidos? Míralo ahora con la mansedumbre de un cordero: ¡qué cambio
tan súbito! Mira a aquél que en otro tiempo encadenaba, metía en prisión,
perseguía con ahínco y combatía a cuantos creían en Cristo, bajando por la
muralla en una espuerta para poder escapar de las trampas de los judíos, huido
de noche a Cesarea y de allí enviado a Tarso para no ser despedazado por el
furor de los judíos. ¡Has visto, querido, cómo ha cambiado! ¡Has visto cómo se
ha transfigurado! Has visto cómo, después de haberse beneficiado de la
generosidad de lo alto, él puso de su parte su generosidad, quiero decir el
celo, el fervor, la fe, la decisión, la paciencia, la grandeza de alma, la
firmeza inflexible. Por ello ha merecido un mayor socorro de lo alto que le ha
hecho exclamar: yo he trabajado más que todos ellos; pero, no yo, sino la
gracia de Dios que está conmigo (1 Cor 15,10). Ese ejemplo, yo os lo pido,
imitadlo, vosotros que ahora habéis merecido abrazar el yugo de Cristo, y
recibido la gracia de la filiación» (Ocho Catequesis 4,10-11).
Cantamos el Salmo 117, lleno de espíritu
pascual: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque su misericordia es
eterna. La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor». Su resurrección nos conducirá a la
resurrección final. Damos gracias al Señor, que es nuestro Dios, y lo alabamos.
Lucas 7,36-50: Se le perdonó mucho
porque amó mucho. Comenta San Agustín:
«Creyó que no la conocía porque no la rechazó ni le prohibió
acercarse y permitió ser tocado por una pecadora... Alimentas al Señor y no
sabes por quién has de ser alimentado tú. ¿De dónde deduces que Él no sabía
quien era aquella mujer, sino de que toleró que le besara los pies, se los
secara y ungiese? Si tal vez se hubiera acercado a los pies del fariseo,
hubiera dicho las palabras de Isaías respecto a esa gente: Apártate, no me
toques, que estoy limpio. No obstante, la impureza se acercó al Señor para
regresar limpia; se acercó enferma, para volver sana; arrepentida para
convertirse en seguidora de Cristo. Oyó el Señor el pensamiento del fariseo. De
este hecho puede comprender ya el fariseo si no podía ver que era una pecadora,
Él que podía oír su pensamiento» (Sermón 99,2-3).
Años
impares
1
Timoteo 6,2-12: Tú, practica la justicia. El Apóstol debe evitar
las querellas por las palabras y atender al ejercicio de las virtudes
cristianas. En eso consiste el combate espiritual para alcanzar la vida eterna.
Comenta San Agustín:
«He aconsejado a los ricos. Oíd ahora los pobres. Los primeros,
dad; los segundos, no robéis. Los unos dad de vuestra riqueza; los otros frenad
vuestras apetencias. Escuchad los pobres al Apóstol: Es una gran ganancia la
piedad con lo suficiente. Tenéis en común con los ricos el mundo, pero no la
casa. Tenéis en común con ellos el cielo y la luz. Buscad lo que basta; buscad
eso, nada más. Las demás cosas oprimen, no elevan; cargan, no honran... Nació
el rico, nació el pobre. Os encontrasteis caminando al mismo tiempo por un
camino. Tú no oprimas; tú no engañes. Este necesita, aquel tiene. A ambos los
hizo el Señor. A través del que tiene socorre al necesitado; a través de quien
no tiene prueba al que tiene. Lo hemos escuchado; lo hemos dicho; hermanos, preocupémonos, oremos, lleguemos»
(Sermón 85,5-7).
Dichosos
los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos. Con el Salmo
48 decimos: «¿Por qué habré de temer los días aciagos, cuando me
cerquen y acechen los malvados que confían en su opulencia y se jacten de sus
inmensas riquezas? Nadie puede salvarse ni dar a Dios un rescate... No te
preocupes si se enriquece un hombre y aumenta el fasto de su casa; cuando
muera, no se llevará nada, su fasto no bajará con él». Todo esto no quiere
decir abandono de los bienes de este mundo. El sentido es el que de tal modo
utilicemos las cosas temporales que no perdamos las eternas. Todas las cosas
son para vosotros, vosotros para Cristo y Cristo para Dios, dice San Pablo.
Años pares
1
Corintios 15,12-20: La resurrección de Cristo, fundamento de nuestra
fe. Desde el día de Pentecostés se convierte la resurrección del Señor en
el centro de la predicación apostólica. Habían sido testigos de la presencia del
Señor resucitado. Era un inmenso bien que los había impactado y lo difunden por
doquier. Oigamos a San Agustín:
«El ser liberado del cuerpo de esta muerte no equivale a carecer
de cuerpo. Lo tendrás, pero no será el cuerpo de esta muerte. Será el mismo y
no será el mismo. Será el mismo porque existirá la misma carne; no será el
mismo porque no será mortal. La forma de liberación del cuerpo de esta muerte
consistirá en que lo mortal se vista de inmortalidad, lo corruptible de
incorruptibilidad... En Adán mueren todos, de aquí proceden tus gemidos, de
aquí tu lucha con la muerte; de aquí el cuerpo de esta muerte. Pero como todos
mueren en Adán, del mismo modo todos recibirán la vida en Cristo... Entonces
habrás sido liberado del cuerpo de esta muerte, pero no por tu poder, sino por
la gracia de Dios a través de Jesucristo» (Sermón 154,17).
«Al
despertar me saciaré de tu semblante». Oremos con el Salmo 16:
«Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mis
súplicas, que en mis labios no hay engaño... Muestra las maravillas de tu
misericordia, Tú que salvas de los adversarios a quien se refugia a tu
derecha... Yo con mi apelación vengo a tu presencia»... Lo que consta al
cristiano es el estar convencido de que Dios es preferible al mundo entero y
que la suprema felicidad consiste en vivir con Él ahora y luego en la vida
eterna, para saciarnos en la contemplación de su rostro.
Lucas
8,1-3: Las mujeres que acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus
bienes. La Iglesia primitiva tuvo gran veneración de estas mujeres que
seguían a Jesús y le ayudaban. Es un inmenso bien contribuir a las obras de
apostolado.
Durante
veinte siglos de cristianismo han sido muchas las mujeres que han hecho un
firme y eficaz apostolado; otras, no pudiendo hacer esos ministerios han
contribuido con sus bienes a la ayuda de tales obras de caridad que la Iglesia
ha prodigado siempre por doquier, de modo que sin esa aportación no se hubiera
podido realizar la inmensa labor apostólica, que se ha hecho y hace la Iglesia.
Otras, muy especialmente han contribuido y contribuyen eficacísimamente con su
vía de oración y de sacrificio en la vida religiosa contemplativa, como muchas
veces lo ha manifestado con gratitud la competente jerarquía de la Iglesia.
Oigamos a San Agustín:
«El mismo Señor poseía bolsa, en la que depositaban las cosas
necesarias y encerraba también el dinero para sus propias necesidades y las de
quienes le acompañaban. En efecto, cuando el evangelista dice que sintió hambre
(Mt 4,2; 21,18) no mentía. Quiso sentir hambre por ti, para que tú no sintieras
hambre en aquel que, siendo rico, se hizo pobre para que nosotros
participáramos en su riqueza (2 Cor 8, 9). También el Señor tuvo bolsa, y se
nos narra que ciertas mujeres devotas lo seguían a los lugares a donde iba a
evangelizar y le servían de sus propios haberes, entre las cuales estaba
también la mujer de un cierto Cusa, procurador de Herodes (Lc 8,3)» (Comentario
al Salmo 103,3).
Años
impares
1
Timoteo 6,13-16: Fidelidad a la profesión de fe cristiana. El
pastor de almas no puede ejercer su misión más que en un incesante combate, que
debe librar con vigor si quiere permanecer fiel a su compromiso bautismal y al
mandamiento solemne de la Iglesia. San Gregorio de Nisa dice:
«Dios se deja contemplar por los que tienen el corazón
purificado. A Dios nadie lo ha visto jamás, dice San Juan (Jn 1,18); y San
Pablo confirma esta sentencia con aquellas palabras tan elevadas: a quien
ningún hombre ha visto ni puede ver (1 Tim 6,16). Ésta es aquella piedra leve,
lisa y escarpada, que aparece como privada de todo aguante intelectual; de ella
afirmó también Moisés en sus decretos que era inaccesible, de manera que
nuestra mente nunca puede acercarse a ella por más que se esfuerce en
alcanzarla, ni puede nadie subir por sus laderas escarpadas» (Homilía 7
sobre las bienaventuranzas).
El
pastor ideal es ante todo el que dirige los combates de la fe. Esto es
fundamental en la doctrina paulina. Lo esencial en ese combate no es la lucha
contra los enemigos de la fe; la fe es un combate en la medida en que la
creencia lleva automáticamente consigo la fidelidad y la constancia, la lucha
consigo mismo para obtener la victoria personal y la preocupación por la fe y
la salvación de los demás, sobre todo cuando se es responsable de una
comunidad. Por eso ha de ser constante nuestra oración por los que rigen la
Iglesia o algunas de sus partes.
La
doxología paulina a Cristo, Rey de reyes y Señor de los señores, que posee la
inmortalidad y habita en una luz inaccesible, ha sugerido el Salmo 99
para aclamar al Señor, para servirle con alegría y entrar en su presencia con
vítores. «El Señor es Dios. Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su
rebaño. Entremos por sus puertas con acción de gracias, con himnos y
bendiciendo su nombre. El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su
fidelidad por todas las edades». A Él le debemos la fe, y todo lo que con ella
nos ha otorgado, gracias a la predicación de los apóstoles y la de sus mismos sucesores.
Todos nos ayudamos en el combate de la fe con la oración, con el ejemplo, con
las palabras sinceras.
1
Corintios 15,35-37.42-49: Se siembra lo corruptible, y resucita lo
incorruptible. Escuchemos a San Cirilo de Alejandría:
«Uno murió por todos para que todos vivamos por Él. Cuando la
muerte tragó al Cordero muerto por todos, en Él y con Él nos vomitó a todos.
Destruido el pecado, ¿cómo no quedaría destruida también la muerte, que viene
de él? Muerta la raíz, ¿cómo quedaría el tallo en pie? Muerto el pecado, ¿qué
causa habrá para que muramos nosotros? Así, pues, con solemne exultación,
digamos ante la muerte del Cordero: ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?
¿Dónde tu aguijón? (1 Cor 15,35). Como dice el Salmista: a toda maldad se le tapa
la boca (Sal 106, 42); no podrá acusar ya a los pecadores por su enfermedad.
Dios es el que purifica (Rom 8,33). Cristo nos redimió de la maldición de la
ley, hecho maldito por nosotros; para que todos huyamos de la maldición del
pecado (Gal 3,13)» (Comentario al Evangelio de San Juan 2). Nosotros,
que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre
celestial.
Con
el Salmo 55 decimos: «Caminamos en presencia de Dios a la luz de
la vida. Confiamos en el Señor cuya promesa alabamos, en Él confiamos y no
tememos. Doy gracias al Señor porque libró mi alma de la muerte, mis pies de la
caída». Él nos resucitará. «El primer hombre, hecho de tierra era terreno; el
segundo hombre es del cielo».
Lucas
8,4-15: Parábola del Sembrador. Hemos de ser tierra buena que
acoge la semilla de la palabra de Dios, que colabora con la gracia divina, que
con un corazón noble y generoso da a los demás el trigo bueno y sabroso de la
vida espiritual intensa, para hacer que todos se conviertan también en tierra buena
y generosa, para hacer lo mismo. Escribe San Gregorio de Elvira:
«La Escritura testifica que el campo es el mundo... ¿Cuáles son
estos hijos e hijas entre los que el Señor se dice Lirio entre espinas? Llama
hijo e hijas a los creyentes. Mas como en la Iglesia hay muchos que engendran
abrojos y espinas, por lo deseos mundanos, por las riquezas, los honores y
ambiciones dice el Evangelio: andando entre los afanes, riquezas y placeres de
la vida no llegan a madurar (Lc 8,14)?
La Iglesia vive entre ellas, ya que, por cierto, la mayor parte de los
creyentes se dedica a los cuidados seculares. Mas el que llegue a despreciarlos
brillará como lirio entre los otros, a los que llama espinas» (Tratado sobre
el Cantar de los Cantares 3).