Semana 23
Entrada:
«Señor, tú eres justo, tus mandamientos son rectos. Trata con misericordia a tu
siervo» (Salmo 118,137.124). Somos hijos de Dios. Él mira con bondad a los que
ama por Cristo en quien creemos.
Colecta
(del Gelasiano y del Gregoriano): «Señor, tú que te has
dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor
de padre, y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad
verdadera y la herencia eterna».
Ofertorio
(del Veronense): «¡Oh Dios!, fuente de la paz y del amor
sincero, concédenos glorificarte por estas ofrendas y unirnos fielmente a ti
por la participación en esta eucaristía».
Comunión:
«Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío;
tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 41,2-3); o bien: «Yo soy la luz del
mundo dice el Señor. El que me sigue no camina en las tinieblas, sino que
tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).
Postcomunión
(Oración inspirada en el Misal de París de 1738): «Con
tu palabra, Señor, y con tu pan del cielo, alimentas y vivificas a tus fieles;
concédenos que estos dones de tu Hijo nos aprovechen de tal modo que merezcamos
participar siempre de su vida divina».
Ciclo A
La
corrección fraterna es una gran forma de caridad, a esto alude también la
lectura primera, tomada del profeta Ezequiel. San Pablo nos exhorta a observar la
ley suprema del amor.
El
misterio de la Iglesia de Cristo, en cuanto comunidad fraterna, impone a todos
sus miembros actitudes de celo apostólico por la salvación de todos los
hombres, ya que se alimenta de la Eucaristía, sacramento de unidad y de amor.
El amor a Cristo nos lleva al amor a los hermanos y viceversa.
Ezequiel
3,7-9: Si no hablas al malvado te pediré cuenta de su sangre.
Testigo del amor de Dios, el creyente debe ayudar también a su hermano en su
reconciliación con el Padre. Escribe San Gregorio Magno:
«Mas es de notar por cuán contumaz es tenido aquel cuya
contumacia tan frecuentemente se repite. Luego el pecador debe ser reprendido y
jamás temido; debería, sí, ser temido el hombre, si él mismo, en cuanto hombre,
temiera al autor de todo; pero quien no usa de la razón para temer a Dios, tanto menos debe ser
temido en nada cuanto él es menor en lo que debe ser... Hay que mirar
atentamente y con cuidado lo que el Señor dice al profeta: que primero oiga sus
palabras y que después hable. Oímos las palabras de Dios si las cumplimos; y
entonces las hablamos rectamente a los prójimos cuando primero las hubiéremos
cumplido nosotros» (Homilías sobre Ezequiel 1,10).
El
Salmo 94 nos ayuda a meditar la lectura anterior: «Ojalá
escuchéis hoy su voz. No endurezcáis vuestro corazón». La voz del Señor es la
corrección fraterna que hemos de recibir con alegría, plena disponibilidad y
agradecimiento.
Romanos
13,8-10: La plenitud de la Ley es el amor. La trascendencia de
la caridad evangélica es tal que hace al cristiano responsable de la gloria de
Dios y de la salvación de los hermanos por encima de cualquier otra urgencia
religiosa o legalista. Comenta San Agustín:
«Solo la caridad distingue a los hijos de Dios de los del
diablo. Sígnense todos con la señal de la Cruz de Cristo; respondan todos:
Amén; canten todos: Aleluya; bautícense todos, frecuenten la iglesia, apíñense
en las basílicas. No se distinguirán los hijos de Dios de los del diablo, si no
es por la caridad. Los que tienen caridad nacieron de Dios; los que no la
tienen no nacieron de Él. Gran distintivo y señal. Ten todo lo que quieras, si
te falta solo la caridad, de nada te aprovecha todo lo que tengas. Si no tienes
otras cosas, ten ésta, y cumplirás la Ley. Quien ama a su prójimo cumple la Ley,
dice el Apóstol. Y también: El pleno cumplimiento de la Ley es la caridad(Rom
13,8.10)» (Exposición de la Carta a los Romanos 5,7).
Mateo
18,15-20: Si te hace caso has salvado a tu hermano. La búsqueda
evangélica de la persona humana, para salvarla y redimirla, fue la clave de la
misión personal del Corazón de Jesucristo y su entrega amorosa. Así comenta
este pasaje San Agustín:
«Debemos reprender con amor; no con deseo de dañar, sino con
afán de corregir. Si fuéramos así, cumpliríamos con exactitud lo que hoy se nos
ha aconsejado... ¿Por qué le corriges? ¿Porque te duele el que haya pecado
contra ti? En ningún modo. Si lo haces por amor propio nada haces. Si lo haces
por amor hacia él, obras excelentemente. Considera en las mismas palabras por
amor de quien debes hacerlo, si por el
tuyo o por el de él... Hazlo por él, para ganarlo a él. Si haciéndolo ganas, no
haciéndolo pierdes... Que nadie desprecie el pecado contra el hermano...
Precisamente porque todos hemos sido hechos miembros de Cristo. ¿Cómo no vas a
pecar contra Cristo, si pecas contra un miembro de Cristo?» (Sermón 82).
En
medio del mundo nos espera la responsabilidad de hacer el bien, venciendo el
mal con sobreabundancia de amor. Procuremos la salvación de todos.
Ciclo
B
La
muchedumbre se admira de los milagros de Jesús. Ya Isaías profetizó las
maravillas que haría el Mesías (lecturas primera y tercera). Santiago exalta
las atenciones hechas a los pobres (segunda lectura). Frente a las miserias y
los derrotismos humanos, el Corazón de Jesucristo es siempre la garantía de
nuestra vida y la prueba permanente de que el Padre nos ama.
Isaías
35,4-7: Los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará.
En los días mesiánicos la cercanía bienhechora de Dios se manifestará en la
rehabilitación de los indigentes: abriendo los oídos a los sordos y devolviendo
la palabra a los mudos. Esto se realiza espiritualmente en el rito del
Bautismo. San Jerónimo enseña:
«La causa de la seguridad y de
la constancia es que Cristo vendrá, al que el Padre entregó todo juicio (Jn
5,22), y dará a cada uno según sus obras... Entonces se abrirán los ojos de los
ciegos y los sordos oirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo y quedará
suelta la lengua de los mudos. Lo cual, aunque se cumplió en la grandeza de los
signos cuando el Señor hablaba a los discípulos de Juan, que le fueron enviados
(Lc 7,22), también se cumple entre las gentes cuando los que antes eran ciegos
y con su lengua lanzaban piedras, miran la Luz de la Verdad. Y los que, con sus
oídos sordos, no podían oír las palabras de la Escritura, se alegran ahora ante
los mandatos de Dios. Cuando, los que antes eran cojos y no andaban por camino
recto, saltan como los ciervos, imitando a sus doctores, y se suelta la lengua
de los mudos, cuya boca había cerrado Satanás, para que no pudieran confesar al
solo Señor.
«Por tanto, se abrirán los ojos, oirán los oídos, saltarán los
cojos y se soltará la lengua de los mudos, porque han brotado con fuerza las
aguas del bautismo y los torrentes y ríos en la soledad, es decir, las
abundantes gracias espirituales» (Comentario sobre el profeta Isaías
35,3-6).
Con
el Salmo 145 alabamos al Señor que mantiene su fidelidad
perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos,
libera a los cautivos, abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan,
ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda...
Con gran gozo espiritual gritamos: «El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión
(Iglesia, alma cristiana), de edad en edad».
Santiago
2,1-5: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para
hacerlos herederos del Reino? La
verdadera humildad religiosa, basada en la conciencia de la propia indigencia,
constituye para el auténtico creyente el mejor aval de su esperanzado optimismo
ante el Padre y de su amor real a todos los hermanos.
Se
puede afirmar que el tema de la pobreza bíblica atraviesa todo el Nuevo
Testamento. Es como el fondo de la predicación evangélica. Recordemos la escena
en la sinagoga de Nazaret, cuando el Señor leyó el pasaje de Isaías: «... me ha
enviado para evangelizar a los pobres...» (Lc 4,18). San Agustín escribe a San
Jerónimo:
«Pienso que en cuanto a la acepción de personas, no se ha de
considerar pecado leve pensar que se tiene la fe de nuestro Señor Jesucristo y
aplicar a los honores eclesiásticos aquella diferencia entre sentarse y
quedarse de pie. ¿Quién puede comprender que se elija a un rico para una sede
de honor en la iglesia en detrimento de un pobre más instruido y más santo?
Pues, si se trata de las asambleas corrientes, ¿quién no peca si es que se
peca juzgando dentro de sí mismo que uno es tanto mejor cuanto es considerado
más rico? Eso parece indicar el pasaje de Santiago 2,4» (Carta 132,18).
Marcos
7,31-37: Hace oír a los sordos y hablar a los mudos. La apertura
humilde a la voz del Padre y el derecho a la oración o al diálogo filial con Él
son, en nosotros, dones divinos, recibidos de Dios a través de su Hijo Redentor
y Mediador. San Gregorio Magno dice:
«Oímos las palabras de Dios si las cumplimos; y entonces las
hablamos rectamente a los prójimos, cuando primero las hubiéremos cumplido
nosotros. Cosa que confirma bien el Evangelista San Marcos cuando narra el
milagro obrado por Cristo, diciendo: presentáronle un hombre sordomudo,
suplicándole que pusiera sobre él su mano e indica el orden de esta curación
cuando añade: le metió los dedos en las orejas y con la saliva le tocó la
lengua (Mc 7,32-33). ¿Qué se significa por los dedos del Redentor, sino los
dones del Espíritu Santo?... Pero, ¿qué significa el tocar con saliva la lengua
de él? La lengua de nuestro Redentor es para nosotros la sabiduría de la
palabra de Dios que hemos recibido. En
efecto, la saliva fluye de la cabeza a la boca; y así, aquella sabiduría que es
Él mismo, al tocar nuestra lengua, en seguida la dispone para predicar» (Homilías
sobre Ezequiel 1,10).
Ciclo
C
Renunciar
a todo para seguir a Cristo. Por eso hemos de buscar las intenciones de Dios
sobre nosotros, de este modo podemos organizar nuestra vida, para corresponder
a lo que Dios exige de nosotros (lecturas primera y tercera). En la segunda
lectura vemos el cariño y la comprensión con respecto a un esclavo que se había
fugado.
Se
nos invita en este Domingo a una meditación profunda sobre el sentido de
nuestra existencia en medio del mundo y sobre la necesidad de alcanzar la
maduración necesaria para vivir permanentemente nuestra fidelidad a Cristo en
medio de las criaturas.
Sabiduría
9,13-19: ¿Quién comprende lo que Dios quiere? Los planes de Dios
sobre nuestra vida no siempre son coincidentes con nuestros planes y proyectos
humanos. La fidelidad filial a la Voluntad de Dios sólo es posible en la medida
en que, con humildad y en la oración, el hombre abre su conciencia al Señor
para buscar y seguir su beneplácito. San Agustín escribe:
«El alma entregada a los placeres temporales, continuamente se
abrasa en deseos que no puede saciar y, henchida de múltiples y ruinosos
pensamientos, no le dejan contemplar el simple bien; tal es aquella de la cual
se dice: el cuerpo corruptible embaraza el alma y la morada terrena abate la
razón, que piensa muchas cosas (Sab 9,15). Este alma, por el acceso y el
receso de los bienes temporales, desde el tiempo del trigo, del vino y del óleo, de tal modo se halla
acrecentada y repleta de innumerables imaginaciones, que no puede poner por
obra lo preceptuado: sentid el bien del Señor y buscadle con sencillez de
corazón (Sab 1,1). Esta multiplicidad se opone con vehemencia a aquella
sencillez y, por tanto, el varón fiel, habiendo abandonado a estos, que en
realidad son muchos y que, sin duda, acrecentados por los bienes temporales,
dicen: ¿Quién nos mostrará los bienes? Los que no debe buscarse fuera con los
ojos de la carne, sino dentro, con la sencillez de corazón» (Comentario
al Salmo 4,9).
Por
eso, en el Salmo 89 cantamos al Señor «que ha sido nuestro
refugio de generación en generación» y le pedimos que nos enseñe a calcular nuestros
años para que adquiramos un corazón sensato, que baje a nosotros la bondad del
Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Filemón
9-10.12-17: Recíbelo no como esclavo, sino como un hermano querido.
La renuncia al propio egoísmo por amor a Dios es también clave de nuestro amor
fraterno..., de nuestro perdón, y de nuestra convivencia caritativa con los
hombres, que son hermanos nuestros.
La
actitud de San Pablo con respecto a Filemón es un cierto modo de ejercer la
autoridad en cualquier aspecto que se mire. Como apóstol podía mandar, ordenar,
prescribir; sin embargo, prefiere
persuadir apelando a los sentimientos de fraternidad y de amistad que deben
animar a todo cristiano. Es cierto, en el ejercicio de la autoridad hay que
tener en cuenta el derecho y el amor que se manifiesta en la persuasión. Si se
descuida el derecho se hace mal al individuo y a la sociedad; si se deja el
amor también. No se oponen estas dos actitudes. Dios es justísimo y, al mismo
tiempo, sumamente misericordioso.
Lucas
14,25-33: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser mis
discípulo. El Evangelio impone y reclama la negación de sí mismo y el
control del propio corazón para mantener la fidelidad a la Voluntad de Dios y
seguir realmente a Cristo, Sabiduría de Dios que nos salva (1 Cor 1,24).
Comenta San Agustín:
«He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido...
No dejaron grandes fortunas, puesto que eran pobres; pero se puede decir que
han dejado grandes riquezas quienes han vencido todos sus deseos... Los
apóstoles abandonaron todo lo que poseían... ¿Qué has dejado, oh Pedro? Una
navichuela y una red... La pobreza total, es decir, el pobre de todo, tiene
pocas riquezas, pero muchos deseos. Dios no se fija en lo que tienen, sino en
lo que desean. Se juzga la voluntad que escruta invisiblemente el Invisible.
Por tanto, todo lo dejaron, y hasta el mundo entero dejaron, puesto que
cortaron todas sus esperanzas en este mundo y siguieron a quien hizo el mundo y
creyeron en sus promesas. Muchos hicieron esto mismo después de ellos... No
solo los plebeyos, no solo los artesanos, los pobres, los necesitados, los de
la clase media, sino también muchos ricos opulentos, senadores, e incluso
mujeres de la más alta alcurnia social renunciaron a todas sus cosas...» (Sermón
301,A).
Seguir
a Cristo exige elecciones radicales, que excluyen todo compromiso y ha de ser
objeto de una gran reflexión ponderada e iluminada por la fe y el amor. Solo
así se puede explicar estar despegado de todo.
Seguir
realmente a Cristo no es hacer de Él una filosofía o un conjunto de
convencionalismos piadosos. Exige una renuncia permanente a todo cuanto esté en
contradicción con Cristo y su Evangelio en nuestra vida cotidiana.
Años
impares
Colosenses
1,24-2,3: Pablo, ministro de
la Iglesia, nombrado por Dios, para anunciar el misterio de la salvación. Pero
esto no lo hace sin dolor, contradicciones y luchas. Todo esto es un
instrumento válido para hacer crecer a la Iglesia.
La
afirmación de que en Cristo «están encerrados todos los tesoros de la sabiduría
y de la ciencia» se fundamenta en que Cristo Dios hecho hombre es la
encarnación de la misma Sabiduría divina, pues la Sabiduría es uno de los
nombres que se aplican en la Sagrada Escritura a la segunda Persona de la
Santísima Trinidad. Por eso comenta San Atanasio:
«Dios, ya que no ha
querido darse a conocer, como en tiempos anteriores, por la imagen y sombra de
sabiduría que aparece en las criaturas, sino que determinó que la verdadera
Sabiduría en persona se encarnara, se hiciera hombre y sufriera muerte de cruz, para que en adelante pudieran lograr
la salvación todos los fieles por la fe, que en la cruz tiene su punto de
apoyo» (Sermón 2 contra los arrianos).
Y San
Jerónimo comenta:
«Ese tesoro en el que están encerrados todos los tesoros de la
sabiduría y de la ciencia (Col 2,3) es la Palabra de Dios, que aparece
encerrada en la carne de Cristo; o la Sagrada Escritura, en la que está
guardada la noticia del Salvador. Cuando alguno lo encuentra en ellas, debe
despreciar todas las ganancias de este siglo para poseer a Aquel a quien
encontró» (Comentario al Evangelio de San Mateo 13,44).
«De Dios
nos viene la salvación y la gloria», dice el Salmo 61. Nuestra
alma descansa en Dios porque Él es nuestra esperanza. Solo Él es nuestra Roca y
salvación, nuestro Alcázar, por eso no vacilaremos. Confiamos en Él, en Él
desahogamos nuestro corazón, pues es nuestro refugio. Cristo es nuestro modelo.
No tuvo una vida fácil, vivió austeramente, trabajó, fue incomprendido,
abandonado, traicionado: vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, lo
rechazaron. Murió en una cruz... Se abandonó enteramente al Padre. Este es
también nuestro camino: abandono total en Dios.
Años pares
1
Corintios 5,1-8: Barred la levadura vieja para ser una realidad
nueva: Cristo, nuestra víctima pascual ha sido inmolado. Esto significa que
hemos de luchar contra la maldad y la perversidad. San Juan Crisóstomo dice:
«El tiempo presente es, pues, un día de fiesta, porque, al decir
: celebremos la fiesta, Pablo no añade: porque la Pascua o Pentecostés está
próxima. No, él señala que toda esta vida es un día de fiesta para los
cristianos, en razón de los bienes inefables que les han sido concedidos. En
efecto, cristianos, ¿qué grandes bienes no habéis recibido de Dios. Por
vosotros, Jesucristo se ha hecho hombre; os ha librado de la condenación
eterna, para llamaros a la posesión de su reino. Con este pensamiento, ¿podéis
no estar en fiesta continua durante los días de vuestra vida terrestre? Lejos
de nosotros cualquier abatimiento por la pobreza, la enfermedad o las
persecuciones que nos agobian. La vida presente es, siguiendo al Apóstol, un
tiempo de fiesta» (Homilía sobre I Cor 5,1-8).
Con
el Salmo 5 vemos que, no obstante las tribulaciones de este
mundo, el cristiano tiene una felicidad grande en lo interior de su alma, pues
tiene fe en la protección del Señor, a quien acude con gran confianza. Son bien
elocuentes estas expresiones: «escucha, atiende, haz caso, a ti te suplico, te
expongo mi causa». El justo tiene acceso a la intimidad con Dios, entra en el
santuario divino con el humilde reconocimiento de la gran bondad de Dios. Cada
día celebra la Eucaristía, que es siempre una gran fiesta; «Guíame, Señor, con
tu justicia. Tú no eres un Dios que ame la maldad... que se alegren los que se
acogen a Ti, con júbilo eterno protégelos, para que se llenen de gozo los que
aman tu nombre». Un júbilo eterno es, o debe ser, la celebración de la sagrada
Eucaristía.
Lucas
6,6-11: Estaban al acecho para ver si curaba en sábado. Los
enemigos de Cristo lo espían para tener algo con qué atacarlo, pero Él los
desbarata. La gloria de Dios está servida en primer lugar por su bondad para
con los infelices. Liberar a un pobre de las cadenas del mal es una
consecuencia que siempre hemos de sacar de la santificación del Domingo y de
los días de fiesta. Oigamos a San Ambrosio:
«Con esta ocasión Cristo arguye a los judíos que, por sus falsas
interpretaciones, violaban los preceptos de la Ley, juzgando que estaba
prohibido en sábado realizar incluso obras buenas, ya que la Ley, prefigurando
en el presente la fisonomía del futuro, prohibía las obras malas, no las
buenas. Pues, si se ha de descansar de las obras de este mundo, sin embargo, no
es un acto vacío de buenas obras descansar en la alabanza del Señor.
«Has oído las palabras del Señor, que dice: Extiende la mano.
He aquí el remedio común y general. Y tú, que crees tener la mano sana, cuídate
de que la avaricia y el sacrilegio no la contraigan. Extiéndela con frecuencia:
extiéndela hacia ese pobre que implora; extiéndela para ayudar al prójimo, para
llevar socorro a la viuda, para arrancar de la injusticia al que tienes
sometido a una vejación inicua; extiéndela hacia Dios por tus pecados. Así es
como se extiende la mano, así es como se cura» (Tratado sobre el Evangelio
de San Lucas lib. V,39-40).
Años
impares
Colosenses
2,6-15: Dios nos perdona los pecados y nos dio su vida divina por
Cristo. Las falsas doctrinas pululaban también en los comienzos de la
Iglesia. San Pablo sale al paso de ellas para refutarlas. Esto no es
superioridad sobre los demás, sino servicio en el orden de la comprensión de
las cosas y de las personas, como lo hizo el mismo Cristo. San Agustín enseña:
«Cristo significó con su resurrección nuestra nueva vida, que
renacía de la antigua muerte, por la cual estábamos sumergidos en el pecado.
Esto es lo que realiza en nosotros el gran sacramento del Bautismo: que todos
los que reciben esta gracia mueran al pecado... y que renazcan a la nueva vida»
(Enchiridion 41-42).
Y
San Juan Crisóstomo:
«Los ha borrado, no tachado; pero tan bien borrados que no queda
en nuestra alma ninguna traza de ellos. Los ha abolido por completo, los ha
clavado en la cruz... Nosotros éramos culpables y merecedores de los castigos
más rigurosos ¡pues todos nosotros estábamos en el pecado! ¿Qué hizo entonces
el Hijo de Dios? Por su muerte en la cruz borra nuestras manchas y nos
exime del castigo merecido por ellas. Él toma el pliego de nuestros cargos, lo
clava en la cruz por medio de su persona y lo destroza» (Homilía sobre la
Carta a los Colosenses 2,13-14).
Con
el Salmo 144 cantamos: «El Señor es bueno con todos. Te
ensalzaré, Dios mío, mi Rey, bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día
te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. El Señor es clemente y
misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, El Señor es bueno con
todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Por eso deseamos que todas las
criaturas den gracias al Señor, que lo bendigan sus fieles; que proclamen la
gloria de su reinado, que hablen de sus hazañas. Si esto se decía en el Antiguo
Testamento, ahora tenemos más razón para ello, por las inmensas maravillas que
el Señor ha obrado y obra en su Iglesia.
Años pares
1
Corintios 6,1-11: Paz entre todos. Si surge un pleito, se debe
proceder con moderación, y tratando de resolverlo entre cristianos. El
Evangelio dignifica la ley humana, que puede ser justa. El mismo San Pablo
apeló al tribunal romano: «soy ciudadano de Roma». Pero los corintios, como
señala San Juan Crisóstomo, disputaban y pleiteaban entre sí. Contrariaban el
Evangelio con muchas transgresiones:
«Una, no poder soportar pacientemente una injuria; otra, ser
autor de una ofensa; después buscar
árbitros para este altercado; por último, usar tales procedimientos con un
cristiano, su hermano en la fe» (Homilía sobre I Cor 6,7-8).
En
el cristianismo la ley humana y civil puede adquirir otra dimensión, otra
superación. Son muchas las veces en que la Iglesia se ha visto obligada a
censurar las diversas legislaciones de los pueblos. Ella es la que determina el
sentido de la ley natural. Da luego San Pablo una lista de pecados que son
inadmisibles entre cristianos. Con ellos no podrán heredar el Reino de Dios. Dice
San Agustín:
«Habrá, pues, un cielo nuevo y una tierra nueva que habitarán
los justos, donde no habrá ningún impío, ni un malvado, ni un perverso. Quien
se encuentre entre estos últimos, piense donde le gustaría habitar, mientras le
queda tiempo para cambiar» (Sermón 161,3).
El
Señor ama a su pueblo. Por eso cantamos con el Salmo 149 al Señor
un cántico nuevo, que resuena su alabanza en la asamblea de los fieles... Él
nos ha dado una ley santa para librarnos de toda la esclavitud del pecado. «Alabemos
su nombre con danzas, cantémosle con tambores y cítaras. Él adorna con la
victoria a los humildes. Festejemos su gloria. Cantemos jubilosos en común, con
vítores a Dios en la boca. Esto es un gran honor para sus fieles».
Lucas
6,12-19: Pasó la noche en oración. Luego escogió a sus apóstoles.
Es impresionante las veces que los Evangelios nos narran la oración de
Jesucristo. Era un coloquio sin igual con el Padre en unión con el Espíritu
Santo. Comenta San Ambrosio:
«Pasó la noche orando. Te da un ejemplo, te traza el modelo que
has de imitar. ¿Qué es necesario que tú hagas por tu salvación, cuando Cristo
pasa la noche en oración? ¿Qué debes hacer tú, cuando quieres realizar un deber
piadoso, si Cristo, al enviar a los apóstoles, ha orado y ha orado solo? En
ninguna parte encuentro, si no me equivoco, que Él haya orado con los
apóstoles; siempre ora solo; pues los augurios humanos no pueden captar el plan
de Dios, y nadie puede tener parte en el pensamiento íntimo de Cristo. ¿Quieres
saber que no ha orado por sí, sino por mí?
«Llamó a sus discípulos y escogió a doce de ellos, para
enviarlos, sembradores de la fe, para propagar el auxilio de la salvación de
los hombres por todo el universo. Advierte al mismo tiempo el plan celestial:
no son los sabios, ni los ricos, ni los nobles, sino pecadores y publicanos los
que Él ha escogido para enviarlos, para que no pareciese que habían sido
manejados por la habilidad, redimidos por la riqueza, atraídos por el prestigio
del poder y de la nobleza; para que prevaleciese la verdad en sí misma y no el
encanto del discurso. También Judas fue elegido, no por imprudencia, sino por
providencia.
«¡Qué grande es la verdad, que ni siquiera la desvirtúa el
ministro enemigo! ¡Qué grandeza de carácter del Señor, que ha querido más bien
comprometer a nuestros ojos su juicio, que no su amor! Había aceptado la
fragilidad del hombre y ni siquiera rehusó este aspecto de dicha fragilidad. Él
ha querido el abandono, ha querido la traición de un apóstol, para que tú, si
un compañero te abandona, si un compañero te traiciona, tomes con calma el
error de tu juicio, el derroche de tu beneficio» (Tratado sobre el Evangelio
de San Lucas lib. V,43-45).
Años
impares
Colosenses
3,1-11: Hemos muerto con Cristo. Hemos resucitado con Él.
Busquemos los bienes de allá arriba, donde está Cristo. No los de la tierra.
Hemos sido re-novados por el bautismo. Buscamos lo absoluto, no lo de vida
precaria. A esto nos induce el creer en la presencia en nuestra vida de una
persona: El Espíritu de Cristo. Desde ese momento no dependemos más que de la
persona de Cristo que nos da vida.
La
experiencia auténtica de la fe nos invita a descubrir que no se vive por uno
mismo, sino por Cristo que es nuestra vida. Comenta San Agustín:
«Si vivimos bien hemos muerto y resucitado, quien en cambio aún
no ha muerto ni ha resucitado, vive mal todavía; y, si vive mal, no vive; muere
para no morir. ¿Qué significa muere para no morir? Cambie para no ser
condenado. Repito las palabras del Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo,
saboread las cosas de arriba... A quien aún no ha muerto, le digo que muera; a
quien aún vive mal, le digo que cambie. Si vivía mal, pero ya no vive, ha
muerto; si vive bien, ha resucitado» (Sermón 231,3ss).
Con
el Salmo 144 decimos, una vez más: «El Señor es bueno con todos.
Bendigamos al Señor día tras día, alabemos su nombre por siempre jamás». Él nos
ha hecho morir al hombre viejo, al pecado, y resucitar con Cristo glorioso a
una vida nueva. Grande es el Señor y merece toda alabanza, es incalculable su
grandeza. Nos ha llenado con sus gracias y dones. Que todas las criaturas den
gracias al Señor, que lo bendigan los fieles, que proclamen la gloria de su
reinado, que hablen de su hazañas. Hemos sido salvados, ¿qué mejor hazaña se
podría explicar a los hombres? El reinado del Señor es un reinado perpetuo, su
gobierno va de edad en edad.
Años pares
1
Corintios 7,25-31: Sentido recto del matrimonio y de la virginidad.
En todo caso tener presente la fugacidad de este mundo. San Agustín predica:
«Cesen ya las fornicaciones. Sois templos de Dios y el Espíritu
de Dios habita en vosotros. Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo
destruirá a él. El matrimonio es cosa lícita, no busquéis más. No es tan grande
el peso que se os ha impuesto. Mayor es el que pesa sobre las vírgenes. Las
vírgenes renunciaron a lo que les estaba permitido para agradar más a Aquél a
quien se entregaron. Ambicionemos la belleza superior del corazón... Respecto a
las vírgenes, dice el Apóstol, no tengo precepto del Señor. Entonces, ¿por qué
se comportan así? Pero les doy un consejo. Ellas, tan llenas de amor, a quienes
parecieron viles las nupcias terrenas..., en tal grado aceptaron el precepto,
que no rechazaron el consejo, para agradar más, más se embellecieron» (Sermón
161,11).
Con
el Salmo 44 decimos: «Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna, prendado está el Rey de tu belleza,
póstrate ante Él que Él es tu Señor»...
El Señor ha escogido a las almas vírgenes con una vocación especial, con
un amor más grande, esas almas corresponden también con mayor amor. Dejan todo
por su Señor. En la aplicación de la Iglesia este Salmo es más que un Salmo
mesiánico: la Iglesia lo aplica a la Virgen María y a todos aquellos que han
renunciado a todo por el Reino de los cielos. Es el canto también de la
Iglesia, Esposa virgen. Renuncian a todo por el Señor y le obedecen sin
reserva. Así encuentran la paz, pues no están divididos en su amor. También
encuentran la alegría.
Lucas
6,20-26: Bienaventuranzas y maldiciones. Un programa de vida que
hemos de elegir libremente. Las bienaventuranzas no son prometidas a los pobres
porque sean pobres, y las maldiciones no conciernen a los ricos por ser ricos.
Jesús elogia a los primeros porque viven en dos mundos a la vez: el presente y
el escatológico, y amenaza a los segundos que sólo viven en un mundo: el que
arrastra al que lleva una vida confortable.
Satisfecho
de lo que posee, el rico no busca la profundidad de su ser y, por otra parte,
nada le invita a hacerlo. Sobreviene un cambio, como el que nosotros vivimos, y
los ricos son llevados con el mundo, exteriorizando a veces su miedo, su
desesperación, su odio y su rencor.
El
pobre solo posee su soledad, pero si la vive con gran generosidad y entrega,
esto mismo le lleva a las profundidades de la fe, en donde percibe otro mundo.
Solitario dentro de este orden, él es rico de la participación en este otro
orden de cuyas victorias y cuya proximidad él ya participa. Él es el revelador
de este más allá que llega a través de suertes y desgracias, éxitos y fracasos,
victorias y traiciones.
Con
la venida de Cristo se dan virtualmente todos los bienes, puesto que en Él
halla finalmente la bienaventuranza su realización; y por Él se dará el
Espíritu Santo, suma de todos los bienes. Solo el que haya puesto a Cristo en
el centro de su fe, puede oír sus bienaventuranzas y evitar sus maldiciones.
Nos importa seguir decididamente a Cristo con toda generosidad, con gran amor y
entrega total.
Años
impares
Colosenses
3,12-17: Por encima de todo el amor, que es el ceñidor de la unidad
consumada. Todo un programa de vida cristiana. Hemos de vivir una moral que
sea signo de la soberanía de Cristo sobre la humanidad. Santidad es en un
aspecto separación, y en otro, consumación. Dios es el Todo Otro y al mismo
tiempo se comunica a las almas. Esto en el Antiguo Testamento y más aún en el
Nuevo con Cristo.
Las fuentes más inmediatas y autorizadas en las
que pueden encontrarse esas palabras son los libros del Nuevo Testamento. San
Juan Crisóstomo dice que esos escritos «son maestros que no dejarán de
instruirnos... Abrid estos libros. ¡Qué tesoros de remedios tan eficaces!...
Solo hace falta que pongáis vuestros ojos sobre el libro, lo recorráis y
retengáis bien las sabias enseñanzas que os dan. La causa de todos nuestros
males viven de la ignorancia que tenemos de los libros sagrados» (Homilía
sobre la Carta a los Colosenses 3,16).
Alabamos a
Dios, por los inmensos beneficios que nos ha otorgado, con el Salmo 150:
«Alabamos al Señor en su templo, en su fuerte firmamento, por sus obras
magníficas, por su inmensa grandeza, tocando trompetas, con arpas y cítaras,
con tambores y danzas, con trompas y flautas, con platillos sonoros, con
platillos vibrantes. Que todos los seres alaben al Señor». Pero hemos de
considerar que la melodía más agradable a Dios es la vida cristiana con toda su
perfección posible, con el ejercicio de las virtudes, de modo especial con la
virtud de la caridad, del amor para con Dios y para con todos los hombres, que
son hermanos nuestros y formamos la gran familia de Dios. Si así se hiciera se
terminaría en el mundo toda clase de violencia.
Años pares
1
Corintios 8,1-7. 11-13: Si pecamos contra los hermanos, turbando su
conciencia, pecamos contra Cristo. Procedamos sin escandalizar a nadie.
Comenta San Agustín:
«¡Ojalá pudiesen pensar todos en un solo y único amor! Solo él
vence todo y sin él nada vale todo lo demás, el que dondequiera que se halle
atrae a todos hacia sí. Él es el que no envidia. ¿Buscas la causa? Fíjate en lo
que sigue: No se infla... El primer vicio es la soberbia y luego la
envidia... Crezca, pues, el amor en vosotros y el alma se hace sólida, porque
no se infla. La ciencia, dice el Apóstol, infla... Amad, pues, la ciencia, pero
anteponedle el amor. La ciencia, si está sola, infla; mas como el amor edifica,
no permite que la ciencia infle» (Sermón 364,6).
Con
el Salmo 138 decimos: «Guíame, Señor, por el camino eterno. El
Señor nos sondea y nos conoce..., de lejos penetra nuestros pensamientos,
distingue nuestro camino y nuestro descanso, todas nuestras sendas le son
familiares... Es Él quien nos ha creado. Démosle gracias, porque nos ha
escogido portentosamente y sus obras son admirables». Pidámosle con fe que nos
guíe por el camino eterno. En Dios vivimos, nos movemos y existimos (Hechos
17,28).
Lucas
6,27-38: Sed compasivos como lo es Dios, nuestro Padre. El amor que
Cristo enseña es universal. De lo sagrado obtenemos mayor fuerza para amar con
plena eficacia. San Clemente Romano exhorta:
«Seamos, pues, humildes,
hermanos, deponiendo toda jactancia, ostentación, insensatez y arrebato de ira
y cumplamos lo que está escrito. Dice, en efecto, el Espíritu Santo: No se
gloríe el sabio en su sabiduría, ni el fuerte en su fuerza... (Jer
9,23-24; 1 Cor 1,31; 2 Cor 10,7). ¿Y qué más, si tenemos presentes las palabras
del Señor Jesús aquellas que habló enseñando la benignidad y la longanimidad?
Dijo, en efecto, de esta manera: compadeceos y seréis compadecidos, perdonad
para que os perdonen a vosotros. De la misma manera que vosotros hiciereis, así
se hará también con vosotros... Con la medida que midiereis, se os medirá a
vosotros (Lc 6,31-38)» (Carta a los Corintios 13,1-2).
Años impares
1
Timoteo 1,1-2.12-14: Humildad de San Pablo en reconocer su actitud
anterior a su conversión. Considera que Dios tuvo compasión de él. Fue «un blasfemo,
un perseguidor y un violento». Dios es nuestro único Salvador. San Juan
Crisóstomo dice:
«Sufrimos muchos males, pero tenemos grandes esperanzas; estamos
expuestos a peligros y asechanzas, pero tenemos un Salvador, que no es un
hombre, sino Dios. A nuestro Salvador no le pueden faltar fuerzas, puesto que
es Dios, y por grandes que sean los peligros, los superamos» (Homilía sobre
I Tim 1,1-2).
Los
relatos sobre la vocación son las páginas más impresionantes de la Sagrada
Escritura. La vocación es el llamamiento que hace Dios al hombre que ha
escogido para una misión especial en la historia de la salvación. El caso de
San Pablo es de grandísima importancia en la historia de la Iglesia, pero sobre
todo en aquellos comienzos del cristianismo.
Es
increíble que el gran perseguidor de Cristo y de sus discípulos, se convirtiese
en el más celoso apóstol del mismo, hasta llegar a confesar que no quiere saber
otra cosa que a Cristo crucificado.
El Salmo
15 nos ayuda a orar: «Tú eres, Señor, mi heredad... El Señor es el lote
de mi heredad y mi cáliz, mi suerte está en su mano». Una vez conocida la
llamada, el alma se entrega totalmente al Señor y en Él confía: «Bendeciré al
Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre
presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Me enseñarás el sendero de
la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu
derecha». El Señor eligió a San Pablo y, como dice San Agustín: «De perseguidor
se convirtió en predicador y doctor de los gentiles... Por la gracia de Dios
somos liberados de nuestros pecados que nos tienen enfermos» (Sermón 278,1).
Años pares
1
Corintios 9,16-19,22-27: Me he hecho todo a todos para
ganar a algunos. La libertad cristiana está al servicio de la caridad. Así
lo hizo San Pablo. El aparente relativismo del apóstol en algunos problemas no
es una política personal, sino el signo mismo de su misión al servicio del
Señor, que le impone servir a cada uno de los hombres adaptándose a todo lo que
es bueno en ellos con el fin de que todo eso se convierta en piedra de toque
del Reino de Dios. Enseña San Juan Crisóstomo:
«Nada hay más frío que un cristiano que no se preocupe por la
salvación de los demás... No digas: no puedo ayudar a los demás, pues si eres
cristiano de verdad es imposible que no lo puedas hacer. Las propiedades de las
cosas naturales no se pueden negar: lo mismo sucede con esto que afirmamos,
pues está en la naturaleza del cristiano obrar de esta forma. No ofendas a Dios
con una falsedad. Si dijeras que el sol no puede lucir, infliges una ofensa a
Dios y lo haces mentiroso. Es más fácil que el sol no luzca ni caliente que no
que deje de dar luz un cristiano; más fácil que esto, sería que la luz fuese
tinieblas. No digas que es una cosa imposible; lo imposible es lo contrario...
Si ordenamos bien nuestra conducta, todo lo demás seguirá como consecuencia
natural. No puede ocultarse la luz de los cristianos, no puede ocultarse una
lámpara tan brillante» (Homilía sobre los Hechos 2).
Nuestro
premio es la eternidad, la morada de Dios. Por eso con el Salmo 83
decimos gozosos: «¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi
alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan
por el Dios vivo... Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre...
Dichosos los que encuentran en ti su fuerza, al preparar su peregrinación.
Porque el Señor es sol y escudo. Él da la gracia y la gloria. El Señor no niega
sus bienes a los de conducta intachable».
Lucas
6,39-42: Un ciego no puede guiar a otro ciego. Relación entre el
discípulo y el maestro, entre la paja y la viga. No juzguéis y no seréis
juzgados. Una manifestación de humildad es evitar el juicio negativo sobre los
demás. Si nos conocemos a nosotros mismos evitaremos el juzgar a los demás. San
Agustín tiene una frase genial:
«Procurad adquirir las virtudes que creéis faltan a vuestros
hermanos y ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros» (Comentario
al Salmo 30).
Dios,
que conoce las verdaderas raíces del actuar humano es quien verdaderamente
comprende, justifica y perdona. San Bernardo dice:
«Aunque viereis algo malo, no juzguéis al instante a vuestro
prójimo, sino más bien excusadle en vuestro interior. Excusad la intención si
no podéis excusad la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia, o por
sorpresa, o por desgracia. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla,
aun entonces creedlo así y decid para vuestro interior: la tentación habrá sido
muy fuerte» (Sermón 40 sobre el Cantar de los Cantares).
Años
impares
1
Timoteo 1,15-17: Vino para salvar a los pecadores. San Pablo se
considera el primero de ellos. Comenta San Agustín:
«Se había extraviado el hombre por su libre albedrío; vino
el Dios hombre por su gracia liberadora. ¿Quieres saber lo que vale para el mal
el libre albedrío? Centra tu atención en el hombre pecador. ¿Quieres saber lo
que vale el auxilio del Dios hombre? Considera la gracia liberadora que hay en
Él. En ningún lugar se pudo manifestar y expresar más claramente que en el
primer hombre el poder real de la voluntad humana usurpada por la soberbia,
para evitar el mal sin la ayuda de Dios. He aquí que pereció el primer hombre;
pero, ¿dónde estaría si no hubiera venido el segundo? Porque era hombre aquél
es hombre también éste... Con toda seguridad, en ningún lado aparece la
benignidad de la gracia y la libertad de la omnipotencia de Dios como en el
hombre mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» (Sermón
174,2).
Con
esta consideración de nuestra liberación del pecado, cantamos al Señor, llenos
de alegría, con el Salmo 112: «Bendito sea el nombre del Señor
por siempre... Alabemos el nombre del Señor. Desde la salida del sol hasta el
ocaso alabado sea el nombre del Señor. El Señor se eleva sobre todos los
pueblos, su gloria sobre el cielo. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que se
abaja para mirar al cielo y a la tierra? Levanta del polvo al desvalido, alza
de la basura al pobre». En realidad desvalidos y sentados en la basura
estábamos nosotros por el pecado y nos alzó a la vida de la gracia y nos hizo
coherederos suyos de la gloria.
Años pares
1
Corintios 10,14-22: Todos formamos el Cuerpo místico de Cristo por
la gracia y nos alimentamos del Pan de la Eucaristía. Unidad en la Iglesia.
Comenta San Agustín:
«Este pan que vosotros veis sobre el altar, santificado por la
palabra de Dios, es el Cuerpo de Cristo. Este cáliz, mejor, lo que contiene el
cáliz, santificado por la palabra de Dios, es la Sangre de Cristo. Por medio de
estas cosas quiso el Señor dejarnos su Cuerpo y su Sangre, que derramó para
remisión de nuestros pecados. Si lo habéis recibido dignamente, vosotros sois
eso mismo que habéis recibido. Dice en efecto el Apóstol: nosotros somos un
sólo cuerpo... En este Pan se os indica cómo habéis de amar la unidad» (Sermón
227,1).
Y
San Juan Crisóstomo:
«¿Qué es en realidad el Pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Qué se hacen
los que comulgan? Cuerpo de Cristo» (Homilía sobre I Cor 10,16-17).
Con
el Salmo 115, decimos, una vez más: «Te ofreceré, Señor, un
sacrificio de alabanza. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?
Alzaré el cáliz de la salvación invocando su nombre». En la Santa Misa damos al
Señor las gracias más eficaces que podíamos dar. Necesariamente agrada al
Señor, pues es la reactualización sacramental del sacrificio de Cristo en la
cruz. Esto satisface plenamente al Señor. Por eso hemos de participar siempre
en la celebración eucarística con toda nuestra alma.
Lucas
6,43-49: No solo en decir: Señor, Señor, entrará en el Reino de los
cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt
7,21). Oigamos a San Juan Crisóstomo:
«Si no me hubiera retenido el amor que os tengo, no hubiera
esperado hasta mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo al Señor: Señor,
hágase tu voluntad, no lo que quiera éste o aquél, sino lo que Tú quieres que
se haga. Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo
seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que se haga. Si quiere que me quede
aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande le doy gracias también»
(Homilía antes del exilio 1-3).
«Esforcémonos en guardar sus mandamientos, para que su Voluntad
sea nuestra alegría» (Carta de Bernabé 2).