Semana 20
Entrada:
«Oh Dios!, Escudo nuestro; mira el rostro de tu Ungido. Vale más un día en tus
atrios que mil en mi casa» (Sal 83,10-11). Deseo del cielo es lo que nos dicen
en el canto de entrada y la oración colecta.
Colecta
(del Misal anterior, y antes del Gregoriano, retocada con textos del Gelasiano
y del Sacramentario de Bérgamo): «¡Oh Dios, que has preparado bienes inefables
para los que te aman; infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote
en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan
todo deseo».
Ofertorio
(del
Veronense): «Acepta, Señor, nuestros dones, en los
que se realiza un admirable intercambio, para que, al ofrecerte lo que tú nos
diste, merezcamos recibirte a ti mismo».
Comunión:
«Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa» (Sal 129,7); o bien:
«Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo dice el Señor; el que coma de
este Pan vivirá para siempre» (Jn 6,51-52).
Postcomunión
(del Misal de París, de 1738): «Señor, después de haber recibido a Cristo en
estos sacramentos, imploramos de tu misericordia que, transformados en la
tierra a su imagen, merezcamos participar de su gloria en el cielo».
Ciclo
A
Las
tres lecturas convergen en un mismo tema: Dios llama a todos los hombres a la
salvación. Esta universalidad del designio de salvación y del misterio redentor
de Cristo Jesús constituye la razón de ser más profunda de la Iglesia y debería
constituir también una inquietud permanente en quienes, por un don gratuito y
electivo, hemos sido incorporados ya al Misterio de Cristo y de la Iglesia.
Isaías
56,1.6-7: A los extranjeros los traeré a mi monte santo. En el
Nuevo Testamento Dios mismo ha roto los exclusivismos de Israel, para abrir el
evangelio y la obra redentora de Cristo a todos los hombres, mediante el don de
la fe.
La
condición del sábado y de la alianza manifiestan el empeño total del hombre con
Dios. Esto se llama también servicio y amor. Dios ofrece a los
paganos la participación plena del culto.
En
el nuevo régimen, el templo, centro y corazón del judaísmo, será ante todo
«casa de oración» y, como tal, estará abierta a todos los pueblos: es una
expresión típica del universalismo profético del Antiguo Testamento. Jesucristo
mismo dirá un día ese texto: «Mi casa es casa de oración para todos los
pueblos» (Mt 21,13). Dios reunirá no solo a los dispersos de Israel, sino a
otros muchos hombres.
Sigue
esa idea en el Salmo 66, cuyo tema central se repite en cada una
de sus partes: «Oh Dios, que te alaben todos los pueblos, que todos los pueblos
te alaben», con lo cual se quiere expresar el anhelo ardiente de que Dios sea,
finalmente, reconocido como Señor universal de toda la tierra.
Romanos
11,13-15.29-32: Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para
Israel. Este fue el pueblo elegido para Cristo. Por su infidelidad,
permaneció fuera del Evangelio y rechazó a Cristo. Pero en los designios
divinos del Padre siempre es posible su salvación. El amor de Dios es
irrevocable. Escribe San Ireneo:
«La gloria del hombre es Dios; pero el receptáculo de toda
acción de Dios, de su sabiduría y de su poder, es el hombre. Y así como el
médico se prueba que es tal en los enfermos, así Dios se manifiesta en los
hombres. Por eso dice San Pablo: Incluyó a todos los hombres en la
incredulidad, a fin de que todos alcanzaran su misericordia (Rom 11,32). Esto
dice del hombre, que desobedeció a Dios y fue privado de la inmortalidad, pero
después alcanzó misericordia y, gracias al Hijo de Dios, recibió la filiación,
propia de Éste» (Contra las herejías 3,20,2).
Mateo
15, 21-28: Mujer, grande es tu fe. San Juan Crisóstomo comenta
este lugar evangélico:
«Porque, ¿qué le respondió Cristo?: ¡Oh mujer, grande es tu
fe! He ahí explicadas todas las dilaciones: quería el Señor pronunciar esa
palabra, quería coronar a la mujer. Como si dijera: tu fe es capaz de lograr
cosas mayores que ésa; pues hágase como tú quieres. Semejante es esa expresión
a aquella otra: «hágase el cielo y el cielo fue hecho» (Gen 1,1). Y a partir de
aquel momento quedó sana su hija. Mirad cuán grande parte tuvo la mujer en la
curación de su hija. Porque por eso no le dijo Cristo: quede curada tu hija,
sino: «grande es tu fe; hágase como tú quieres». Con lo cual nos da a entender
que sus palabras no se decían sin motivo, ni para adular a la mujer, sino para
indicarnos la fuerza de la fe. Y la prueba y la demostración de esa fuerza
dejóla el Señor al resultado mismo de las cosas. Desde aquel momento, dice el
evangelista, su hija quedó sana.
«Mas considerad también, os ruego, cómo, vencidos los apóstoles
y fracasados en su intento, la mujer consiguió su pretensión. Tanto puede la
perseverancia en la oración. De verdad Dios prefiere que seamos nosotros
quienes le pidamos en nuestros asuntos, que no los demás por nosotros. Cierto
que los apóstoles tenían más confianza con el Señor; pero la mujer demostró más
constancia. Y por el resultado de su oración, el Señor se justificó también
ante sus discípulos de todas sus dilaciones y les hizo ver que con razón no hizo
caso de sus pretensiones (Homilía 52,2-3 sobre San Mateo).
Ciclo
B
La
lectura ininterrumpida del capítulo sexto del Evangelio según San Juan sobre la
promesa de la institución de la Eucaristía, provoca la elección de la primera lectura,
tomada del Libro de los Proverbios y en parte también la segunda lectura.
Cristo Jesús es una realidad que se ha de vivir personalmente, mediante una
asimilación profunda por parte del creyente, y el sacramento ordinario que
verifica y perfecciona esta cristificación es, por designio divino, la
Eucaristía.
Proverbios
9, 1-6: Venid a comer mi pan y a beber mi vino que he mezclado.
En la revelación divina, intimidad y unión entre Dios y sus elegidos aparece
frecuentemente bajo el símil de un convite a su mesa lleno de amor. La actitud
más adecuada para participar en él es la pobreza, la humildad, los corazones
abiertos a esta intimidad. San Jerónimo dice:
«Y los que antes tenían sus miembros cansados, descansen y vean
la alegría de las aves y las colas de los rebaños. Para que tomen alas de
paloma y, abandonado los lugares bajos, se apresuren a subir a las alturas y
puedan decir con el salmista: dichoso el que, con vida intachable, camina en
la voluntad del Señor (Sal 118,1). Y este camino, esto es, nuestro Dios, será
para nosotros tan recto, tan llano, tan campestre, que no habrá equivocación
alguna y los tontos y los insensatos podrán entrar por él. De ellos habla la
Sabiduría en los Proverbios: Quien sea simple, lléguese acá. Al carente de
seso le dice: Venid a comer mi pan y beber del vino que he mezclado. Dejad la
simpleza y viviréis e id derechos por el camino de la inteligencia (Prov
9,4-6). Dios escogió a los torpes del mundo (1 Cor 1,27). Entre los que el
primero dice: Dios mío, tú conoces mi ignorancia (Sal 68,6). La locura de
Dios es más sabia que los hombres (1 Cor 1,25)» (Comentario sobre el
profeta Isaías 3,5).
De
nuevo el Salmo 33 ofrece materia adecuada para meditar en las
realidades de la lectura anterior: «Gustad y ved qué bueno es el Señor..., los
ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada».
La Iglesia ha dado siempre gran importancia a este Salmo, como cántico adecuado
para la comunión.
Efesios
5,15-20: Daos cuenta de lo que el Señor quiere. La fidelidad y
la conducta responsable de cada creyente ante el Corazón Redentor de Cristo
constituyen el índice de autenticidad que define su vida cristiana en el tiempo
y para la eternidad. Comenta San Agustín:
«Dos cosas, hermanos, hacen que los días sean malos: la maldad y la miseria. Se habla
de días malos a causa de la malicia y de la miseria de los hombres... La
miseria es común a todos, pero no debe serlo la malicia» (Sermón 167).
El Apóstol va contra el relativismo moral que tan graves
consecuencias tiene siempre. La nueva
vida recibida en el Bautismo se ha de caracterizar por la sensatez, frente a la
necedad de quienes se empeñan en vivir de espaldas a Dios. Por eso el Concilio
Vaticano II exhortó a todo el mundo:
«Como en nuestra época se plantean nuevos problemas, y se
multiplican errores gravísimos que pretenden destruir desde sus cimientos la
religión, el orden moral e incluso la sociedad humana, este santo Concilio
exhorta de corazón a los seglares, para que cada uno, según las cualidades
personales y la porción recibida, cumpla con suma diligencia la parte que le
corresponde, según la mente de la Iglesia, en aclarar los principios
cristianos, difundirlos y aplicarlos certera-mente a los problemas de hoy» (Apostolicam
Actuositatem 6).
En las
celebraciones litúrgicas los cánticos son manifestaciones de júbilo por los
inmensos dones de Dios, tanto en lo material cuanto en lo espiritual. San Pablo
nos da aquí una lección magnífica de cómo ha de ser nuestra participación en la
liturgia de la Iglesia. La acción del Espíritu Santo en las almas hace que se
sientan ebrios de gozo espiritual que se traduce en «salmos, himnos y cánticos
inspirados» (Ef 5,19).
Juan
6,51-58: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera
bebida. El Cristo real y viviente es el que en el tiempo y en el espacio se
nos da en la realidad misteriosa de la Eucaristía y por la que el hombre se
deja transformar realmente en Cristo. Sin Eucaristía vivida no hay vida real
cristiana. Escribe Clemente de Alejandría:
«¡Oh maravilla de misterio! Uno es el Padre de todo, uno el
Logos de todo, y uno el Espíritu Santo, el mismo en todas partes; y una sola
también es la Virgen Madre: me complazco en llamarla Iglesia. Únicamente esta
madre no tuvo leche, porque solo ella no llegó a ser mujer, sino que es al
mismo tiempo virgen y madre, intacta como virgen, pero amante como madre. Ella
llama a sus hijos para alimentarlos con una leche santa, el Logos acomodado a
los niños. Por esto no tuvo leche, porque la leche era ese niño hermoso y
querido: el Cuerpo de Cristo. Con el Logos alimentaba ella a estos hijos que el
mismo Señor dio a luz con dolores de carne, que el Señor envolvió en los
pañales de su sangre preciosa.
«¡Oh santos alumbramientos! ¡Oh santos pañales! El Logos lo es
todo para el niño, padre, madre, pedagogo y nodriza: Comed mi carne y bebed mi
sangre, dice (Jn 6,53). Estos son los alimentos apropiados que el Señor nos
proporciona generosamente; nos ofrece su carne y derrama su sangre. Nada falta
a los hijos para que puedan crecer» (Pedagogo 1,6,42).
Y San
Cirilo de Alejandría:
«El Cuerpo de Cristo vivifica a los que de Él participan; aleja
a la muerte al hacerse presente en nosotros, sujetos a la muerte, y aparta la
corrupción, ya que contiene en Sí mismo la virtualidad necesaria para anularla»
(Comentario al Evangelio de San Juan 4).
Ciclo
C
A
Cristo se le profetizó que sería signo de contradicción (Lc 2,34) y lo fue de
hecho. Este ha de ser el signo del cristiano en nuestro mundo y lo es de hecho.
Recuérdense las persecuciones recibidas en la Iglesia durante los veinte siglos
de su existencia.
Jeremías
38,4-6.8-10: Me engendraste hombre de pleito para todo el país.
En la Historia de la Salvación, Jeremías, en su condición de profeta fiel al
designio de Dios, fue «el varón de contradicción», por denunciar la frivolidad
y las falsas esperanzas de su pueblo, como también lo serían siglos más tarde
Cristo y su Evangelio.
Frente
a la tribulación muchos cristianos se cierran en sí mismos y dudan de la Providencia
divina. La confianza adamantina de Jeremías es una enseñanza muy elocuente y
eficaz también para nosotros, cuando nos visita el dolor. Como enseña San
Pablo, el cristiano sabe que «la tribulación produce la paciencia, la paciencia
una virtud probada, y la virtud probada la esperanza» (Rom 5,3ss). En
otras palabras, el sufrimiento despega al hombre de sí mismo y le abre al don
de Dios. Se trata de una purificación que nos aparta del orgullo y nos acerca
confiadamente a Dios, que es el único que puede colmar nuestra pobreza radical.
El
Salmo 39 es muy adecuado a la lectura anterior. El salmista se ve
rodeado de muchos males y clama al Señor: «Señor, date prisa en socorrerme».
En la Carta a los Hebreos se ponen en boca de Cristo algunos versos del mismo.
La tradición cristiana lo ha aplicado a Cristo paciente. Con este salmo
aprendemos la sumisión y la obediencia, que son un sacrificio muy agradable a
Dios: «Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito. Me
levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre roca y
aseguró mis pasos. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro
Dios. Muchos al verlo quedaron sobrecogidos y confiaron en el Señor. Yo soy
pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mí. Tú eres mi auxilio y mi
liberación, Dios mío, no tardes».
Hebreos
12,1-4: Corramos la carrera que nos toca sin retirarnos. «No
puede ser el discípulo de mejor condición que su Maestro» (Mt 10,24; Lc 6,40).
El auténtico creyente cristiano habrá de vivir su fidelidad a Cristo en medio
de una nube de testigos, que difícilmente aceptarán su vida y su ejemplo de
virtud y santidad.
El
cristiano, en el camino hacia la meta, no procede ciegamente. Le ha precedido
un guía seguro: Cristo. Sobre Él hemos de dirigir nuestra mirada, siendo el
autor y el perfeccionador de la fe. El mensaje de salvación ha sido proclamado
por Él. Con su sacrificio cruento ha penetrado en el santuario celeste, abriéndonos
el camino hacia la gloria y perfeccionando la fe, esto es, llevando a
cumplimiento las promesas y actuando las esperanzas de los justos del Antiguo
Testamento, nos ha alcanzado los bienes mesiánicos.
Lucas
12,49-53: No he venido a traer la paz, sino la división.
Paradójicamente, el Corazón de Jesucristo, que es nuestra paz (Ef 2,14) y
nuestra reconciliación con Dios, ha venido a provocar el choque y la ruptura
entre la verdad y el error, el bien y el mal, la santidad y el pecado. Es el
misterio de la cruz aceptado o repudiado por los hombres. San Ambrosio explica
el contenido de esta perícopa en sentido espiritual:
«Aunque de casi todos los pasajes evangélicos se puede extraer
un sentido espiritual, sin embargo, en este actual se exige con mayor insistencia,
para ablandar el sentido literal con una profundización espiritual, para que a
nadie le resulte dura esta sencilla narración, sobre todo tratándose de la
sacrosanta religión, que invita siempre, con exhortaciones llenas de humanidad
y con el ejemplo de una piedad humilde, a todos, aun a los extraños a la fe, a
que la reverencien, con el fin de lograr, por medio de una educación atrayente,
la aniquilación de unos prejuicios, endurecidos por supersticiones, y obligar
dulcemente los corazones, cautivos del error, a creer con la fe, con esa fe que
ha logrado vencerles a base de bondad... No se te prohíbe amar a tus padres,
sino anteponerlos a Dios; porque las cosas buenas de la naturaleza son dones
del Señor, y nadie debe amar más el beneficio que ha recibido que a Dios, que
es quien conserva el beneficio recibido de Él» (Tratado sobre el Evangelio
de San Lucas lib.VII, 134.136).
Años
impares
Jueces
2,11-19: Ni a los jueces hacían caso. Grandes desgracias en
Israel. Todo por haber abandonado al verdadero Dios y seguir cultos
idolátricos. El Señor es siempre fiel a sus promesas y quiere la salvación de
Israel, para ello suscita hombres llenos del espíritu de Dios, pero ni a ellos
hacían caso.
Muchas
veces ha sucedido esto en la historia de la Iglesia y siempre ha provocado
grandes males para la sociedad. Hemos de tener fe firme en la Iglesia, en sus
instituciones, en sus carismas, en sus sacramentos, en su jerarquía. Es inútil
que se luche contra la indefectibilidad de la Iglesia. Durará hasta el fin del
mundo y no sufrirá cambio sustancial ni en su doctrina, ni en su constitución,
ni en su culto. Siempre se la ha combatido de una y otra parte, mas ella sigue
en pie y sus opositores desaparecieron. La Historia de la Salvación nos ofrece
ejemplos maravillosos. Oigamos a San Ambrosio:
«Es cosa normal que, en medio de este mundo tan agitado, la
Iglesia del Señor, edificada sobre la piedra de los apóstoles, permanezca
estable y se mantenga firme sobre esta base inquebrantable contra los furiosos
asaltos sobre la mar. Está rodeada por las olas, pero no se bambolea, y aunque
los elementos de este mundo retumban con un inmenso clamor, ella, sin embargo,
ofrece a los que se fatigan la gran seguridad de un puerto de salvación» (Carta
2,1-2).
El Salmo 105 es otra vez eco de una
lectura bíblica: «Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo». Emparentaron
con los gentiles, imitaron sus costumbres, adoraron sus ídolos, inmolaron a los
demonios sus hijos y sus hijas, se mancharon con sus acciones, se prostituyeron
con sus maldades. La ira del Señor se encendió contra su pueblo y aborreció su
heredad. Mas, ¡cuántas veces los libró! Sin embargo, ellos, obstinados en su
actitud, perecían por sus culpas... Pero la misericordia del Señor no tiene
límites. Por muchas y graves que sean las prevaricaciones del pecador, el
Señor, siempre compasivo y lleno de inmensa bondad, lo quiere rehabilitar y
llenarlo de sus dones y gracias. Así en el Antiguo Testamento, en el Nuevo y en
la vida de la Iglesia.
Años pares
Ezequiel 24,15-24: El profeta sirve de
modelo. A la muerte de su esposa el profeta recibe del Señor la orden de no
manifestar duelo. El pueblo debe imitarlo ante la ruina de la ciudad. Es inútil
cualquier lamento. Todo será destruido, incluso el templo, lo más estimado para
el israelita, y todo por su infidelidad. Dios exige a su pueblo la fidelidad de
la Alianza que Él renueva libremente. Si Abrahán y Moisés son modelos de
fidelidad, Israel en su conjunto imita la infidelidad de la generación del
desierto. Y donde no se es fiel a Dios, desaparece la fidelidad para con los
hombres, y entonces no se puede contar con nadie. Esta corrupción no es propia
de Israel. Existe siempre, incluso entre nosotros los cristianos. Es una
lección grande la que se nos ofrece en esta lectura.
Israel, escogido por Dios para ser su testigo, permaneció ciego
y sordo.
Como Salmo responsorial se han escogido algunos versos de Deuteronomio
32: «Despierta a la Roca que te engendró... Olvidaste a tu Dios... Lo
vio el Señor e, irritado, rechazó a sus hijos y a sus hijas... Son una
generación desagradecida, unos hijos desleales... Me han irritado con ídolos
vacíos...». La idolatría no es una actitud superada de una vez para siempre,
sino que renace bajo diferentes formas: como luego cesa de servir al Señor, se
convierte uno en esclavo de las realidades creadas: dinero, voluntad de dominar
al prójimo, ansias de poder, placer, envidia y odio... Todo esto conduce a la
muerte, mientras que el fruto del Espíritu es vida. Tras estos vicios que son
la idolatría se esconden un desconocimiento del Dios único, el único que merece
nuestra confianza.
Mateo 19,16-22: Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, así tendrás
un tesoro en el cielo. No hay otro camino para la vida eterna que la
observancia de los mandamientos de Dios. Mas quien desee ser perfecto y obtener
la plenitud de la felicidad, ha de renunciar a sus bienes en favor de los
pobres y seguir al Maestro. Comenta San Agustín:
«El Señor no quiso llamar vida a la que han de tener los impíos,
aunque hayan de vivir en el fuego una vida sin fin, para que la pena sea
también sin fin... A ésta no quiso llamarla vida y sí a la que es feliz y
eterna. De aquí que al preguntar aquel rico al Señor, ¿qué he de hacer de
bueno para alcanzar la vida eterna?, el mismo Señor a ninguna otra llama vida
sino a la feliz. Pues también los impíos la tendrán eterna, pero no feliz,
puesto que estará llena de tormentos... Pero, cuando le respondió aludiendo a
los mandamientos ¿qué dijo? Si quieres llegar a la vida. No le habló más que
de la vida feliz, puesto que de la desdichada ni siquiera se la ha de llamar
vida.
«Por tanto, vida, la que es digna de ser llamada por este
nombre, no es más que la feliz. Y no será feliz si no es eterna. Esta verdad y
esta vida es la que quieren, la que queremos todos. Pero, ¿por dónde se va a
tan gran posesión, a tan gran felicidad? Los filósofos inventaron las vías del
error... Les quedó oculto el camino, porque Dios resiste a los soberbios. Nos
estaría oculto también si no hubiera venido a nosotros. Por esto dijo el Señor:
Yo soy el Camino. ¡Viandante perezoso!, puesto que no quieres venir al
camino, vino el Camino a ti. Buscabas por dónde ir: Yo soy La Verdad y la
Vida. No te extraviarás si vas a Él por Él» (Sermón 150,10).
Años impares
Jueces
6,11-24: Gedeón, salva a Israel ¡Yo te envío! No obstante la
humildad de su origen fue llamado para salvar a Israel de la opresión. Una vez
más el Señor viene en ayuda de su pueblo. La paz es deseada y el ángel del Señor
se la da: «no morirá». La paz es uno de los mayores dones deseados en el
Antiguo Testamento. Se promete al pueblo de Israel como recompensa a su
fidelidad (Lev 26,6) y aparece como una obra de Dios. Gedeón levantó un altar
al Señor y le puso el nombre «Señor-de-la-paz». Pero el verdadero don de la paz
vendrá a la tierra con la venida del Mesías (Is 11,6-9). No se trata de una paz
externa, sino también interna, realizada por la redención de Jesucristo. San
Beda escribe:
«La verdadera, la única paz para las almas en este mundo
consiste en estar llenos del amor de Dios y animados de la esperanza del cielo,
hasta el punto de considerar poca cosa los éxitos o reveses del mundo... Se
equivoca quien se figura que podrá encontrar la paz en el disfrute de los bienes
de este mundo y en las riquezas. Las frecuentes turbaciones de aquí abajo y el
fin de este mundo deberían convencer a ese hombre de que ha construido sobre
arena los fundamentos de la paz» (Homilía 12 en la Vigilia de
Pentecostés).
Y San
Gregorio Nacianceno:
«La
paz es un nombre y una cosa sabrosa, que sabemos proviene de Dios, según dice
el Apóstol a los filipenses: la paz de Dios; y que es de Dios lo muestra
también cuando dice a los efesios: Él es nuestra paz. La paz es un bien
recomendado a todos, pero observado por pocos. ¿Cuál es la causa de ello? Quizá
el deseo de dominio, o de ambición, o de envidia, o de aborrecimiento del
prójimo, o de alguna otra cosa, que vemos en quienes desconocen al Señor. La
paz procede de Dios, que es quien todo lo une. La transmite a los ángeles... y
se extiende también a todas las criaturas que verdaderamente la desean» (Sermón
3,4).
San
León Magno dice a su vez:
«Esta paz no se logra ni con los lazos de la más íntima amistad,
ni con una profunda semejanza de espíritu, si todo ello no está fundamentado en
una total comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Una amistad
fundada en deseos pecaminosos, en pactos que arrancan de la injusticia y en el
acuerdo que parte de los vicios nada tiene que ver con el logro de esa paz» (Sermón
95).
El
Salmo 84 invita a lo mismo: «El Señor anuncia la paz a su
pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón. La misericordia y
la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan».
Años pares
Ezequiel
28,1-10: Eres hombre y no Dios. Ezequiel anuncia la caída del
rey de Tiro que, orgulloso, se equipara con Dios.
Donde
hay un soberbio, todo acaba influido por la soberbia. Exigirá un trato
especial, como si fuera un dios, se cree distinto de los demás. La Biblia nos
asegura muchas veces que la soberbia solo ocasiona contiendas, que altivas
frentes de los hombres serán abatidas, que Yahvé asola la casa del soberbio y
que la soberbia es odiosa al Señor... Los santos Padres, como Casiano, insisten
en lo mismo:
«No existe ninguna pasión como la soberbia, capaz de aniquilar
las virtudes y despojar al hombre de toda justicia y santidad. Al modo de una
enfermedad contagiosa que afecta a todo el organismo, y no se contenta con
debilitar un solo miembro, sino que corrompe el cuerpo entero, así esta pasión
derriba a aquellos que están ya firmes en la cima de la virtud para deshacerse
de ellos» (Instituciones 12).
«Hay dos clases de orgullo: el primero es carnal, el segundo
espiritual. Éste es más peligroso, por cuanto inquieta más especialmente a los
que han progresado en alguna virtud» (Colaciones 5).
Y
San Gregorio Magno:
«Es la reina suprema de todo el ejército de los vicios. Aunque
puede decirse que la soberbia es la madre y la raíz de todos los vicios y
pecados, hay tres de los que es de una manera específica: la vanagloria, la
ambición y la presunción» (Homilía 31 sobre los Evangelios).
Como
Salmo responsorial se ha escogido también Deuteronomio 32: «Yo
doy la muerte y la vida. Yo pensaba: Voy a dispersarlos y a borrar su memoria
entre los hombres: Pero, no; que temo la jactancia del enemigo y la mala
interpretación del adversario... Son una nación que ha perdido el juicio»...
Pero el Señor se compadeció, como tantas veces lo hemos visto ya en la Historia
de la Salvación: «Porque el Señor defenderá a su pueblo y tendrá compasión de
sus siervos».
Mateo
19,23-30: Dificultad del apego a las riquezas para entrar en el
reino de los cielos. Comenta San Agustín:
«Los premios celestiales no se prometen solamente a los mártires,
sino también a quienes siguen a Cristo con fe íntegra y perfecto amor. Estos
serán honrados entre los mártires. Así lo promete la Verdad cuando dice: todo
el que deja casa o campos, o padres, o hermanos... (Mt 19,29). ¿Qué puede
hacer el hombre más glorioso que vender sus bienes y comprar a Cristo,
ofrecerle a Dios un obsequio grato en extremo: la fuerza incontaminada de un
alma y la alabanza íntegra de la devoción; acompañar a Cristo cuando venga a
tomar venganza de sus enemigos, sentarse a su lado cuando ocupe su trono para
juzgar; ser coherederos con Cristo, igual a los ángeles y gozarse de la
posesión del reino celeste con los patriarcas, los apóstoles y los profetas?
¿Qué persecución puede vencer, qué tormentos pueden superar esos pensamientos?
«Un alma resistente, fuerte, estable y fundamentada en
consideraciones religiosas se mantiene firme contra todos los terrores del
diablo y contra las amenazas del mundo. La fe en los bienes futuros, cierta y
bien cimentada, le da fuerza. La persecución cierra sus ojos, pero se abre al
cielo» (Sermón 303,2).
Y San
Jerónimo:
«Así pues, los que por la fe en Cristo y la
predicación del Evangelio hubieran despreciado todo otro afecto y las riquezas
y placeres del mundo, recibirán el céntuplo y poseerán la vida eterna. Con
ocasión de esta frase algunos introducen un período de mil años después de la
resurrección [error del milenarismo o quiliasmo]. Entonces, dicen, nos será
devuelto el céntuplo de todas las cosas que hemos dejado y la vida eterna.
«Ellos no comprenden que si respecto a las otras cosas la
promesa es decente, en lo que se refiere a las esposas aparece claramente su
deshonestidad, porque el que hubiera dejado una por el Señor, recibirían cien
en la vida futura. El sentido, entonces, es éste: El que ha dejado por el
Salvador los bienes carnales, recibirá los espirituales; comparando el valor
de unos y otros es como si un número pequeño se compara a cien. Por eso dice
también el Apóstol que había dejado solamente una casa y un pequeño campo en una
provincia: Como quien no tiene nada aunque lo poseemos todo (2 Cor 6,10)» (Comentario
al Evangelio de Mateo 19,29).
Jueces
9,6-15: El Señor es nuestro Rey. La fábula de Yotán constituye un
aviso contra el régimen de la monarquía. En realidad Dios es el verdadero Rey
de Israel. Por el contrario, no pocas veces los gobernantes humanos, en lugar
de buscar el bien común del pueblo, buscan sus propias ventajas.
Adecuadamente
el Salmo 20 canta ahora: «Señor, el rey se alegra por tu fuerza.
¡Y cuánto goza con tu victoria! Le has concedido el deseo de su corazón, no le
has negado lo que pedían sus labios. Te adelantaste a bendecirlo con el éxito,
y has puesto en su cabeza una corona de oro fino. Te pidió vida, y se la has
concedido, años que se prolongan sin término. Tu victoria ha engrandecido su
fama, lo has vestido de honor y de majestad. Le concedes bendiciones
incesantes, lo colmas de gozo en tu presencia».
En realidad
el Salmo habla de Cristo, cuyo reino no tendrá fin. Bellamente expone esto San
Ambrosio:
«Todo lo tenemos en Cristo; todo es Cristo para nosotros. Si
quieres curar tus heridas, Él es médico; si estás ardiendo de fiebre, Él es
manantial; si estás oprimido por la iniquidad, Él es justicia; si tienes
necesidad de ayuda, Él es fuerza; si temes la muerte, Él es Vida. Si deseas el
cielo, Él es el Camino. Si refugio de las tinieblas, Él es Luz. Si buscas
manjar, Él es alimento» (Sobre la virginidad 16,99).
Y San
Jerónimo:
«El Señor viene con fortaleza y en su mano tiene el Reino, la
potestad y el imperio» (Comentario al Evangelio de Mateo 3,19).
San
Hipólito escribe:
«¿Qué es el advenimiento de Cristo? La liberación de la
esclavitud, el principio de la libertad, el honor de la adopción filial, la
fuente de la remisión de los pecados y la vida verdaderamente in-mortal para
todos» (Homilía de Pascua).
San Agustín comenta:
«Cristo no era Rey de Israel para imponer tributos, ni para
tomar ejércitos armados y guerrear visiblemente contra sus enemigos. Era Rey de
Israel para gobernar las almas, para dar consejos de vida eterna, para conducir
al Reino de los cielos a quienes estaban llenos de fe, de esperanza y de amor»
(Tratado sobre el Evangelio de San Juan 51,4).
San Cirilo
de Alejandría:
«Posee Cristo la soberanía de todas las criaturas, no arrancada
por fuerza, ni quitada por nadie, sino en virtud de su misma esencia y
naturaleza» (Comentario al Evangelio de San Lucas 10).
Años pares
Ezequiel
34,1-11: Libraré a mis ovejas de sus fauces. Los habitantes de
Judá fueron gobernados por pérfidos monarcas y luego fueron víctimas de los
explotadores. El profeta augura el advenimiento de un nuevo Pastor, según el
Corazón de Dios. Cristo se llamó a Sí mismo Pastor, pues vino a buscar y a
salvar a las ovejas. San Agustín comenta:
«Se acusa a los pastores que se apacientan a sí mismos en vez de
a las ovejas, por lo que buscan y lo que descuidan. ¿Qué es lo que buscan? Os
coméis su enjundia, os vestís con su lana... Después de haber hablado el Señor
de lo que estos pastores aman, habla de lo que desprecian. Son muchos los
defectos de las ovejas, y las ovejas sanas y gordas son muy pocas, es decir,
las que se hallan robustecidas con el alimento de la verdad, alimentándose de
los buenos pastos por gracia de Dios.
«Pues bien, aquellos malos pastores no las apacientan. No les
basta con no curar a las débiles y
enfermas, con no cuidarse de las errantes y perdidas. Tampoco hacen todo lo
posible por acabar con las vigorosas y cebadas... Los pastores pueden gloriarse,
pero el que se gloría que se gloríe del Señor. Esto es hacer que Cristo sea el
Pastor, esto es apacentar para Cristo, esto es apacentar en Cristo, y no tratar
de apacentarse a sí mismo, al margen de Cristo» (Sermón 46, sobre los
pastores).
El Salmo
22 nos ayuda a meditar la lectura anterior : «El Señor es mi Pastor,
nada me puede faltar, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia
fuentes tranquilas y repara mis fuerzas, me guía por el sendero justo, marcha
conmigo, su cayado me sosiega, prepara una mesa ante mí, me unge con perfume,
su bondad y su misericordia me acompañan». Cristo es el Buen Pastor, al cual
han de imitar todos los pastores en la Iglesia. Cristo no solo dio su vida por
las ovejas, sino que se hizo su alimento, su pasto: la Sagrada Eucaristía.
Mateo
20,1,16: ¿Vas a tener envidia porque yo soy bueno? El salario
concedido por Dios es un don gratuito y libre de su misericordia, como lo
muestra la parábola del dueño de la viña que buscó operarios para que la
cultivasen. El pacto establecido es un signo de la alianza entre Dios y el
hombre. Don inmenso de Dios. San Jerónimo escribe:
«Considera al mismo tiempo que no advierten que la injusticia de
la cual acusan unánimemente al padre de familia con respecto a los obreros de la
hora undécima, se da también respecto a ellos mismos. Si el padre de familia es
injusto, no lo es con respecto de uno solo sino de todos, porque el obrero de
la tercera hora no trabajó lo mismo que el que fue enviado a la viña a la primera hora; del mismo modo, el obrero
de la hora sexta trabajó menos que el de la tercera y el de la hora novena
menos que el de la hora sexta.
«Así todos los que fueron llamados antes envidian a los gentiles
y se retuercen por la gracia del Evangelio. Por eso el Salvador concluye la
parábola diciendo: Los primeros serán los últimos y los últimos serán los
primeros, porque los judíos, de cabeza que eran, se convirtieron en cola y
nosotros pasamos de ser cola a ser cabeza» (Comentario al Evangelio de Mateo,
20,12).
Jueces
11,29-35: Concepto elemental de valores religiosos y morales que se
irán perfeccionando poco a poco. Una gran lección de esta lectura: no hacer
juramentos sin motivos suficientes y preferir una persona a todos los motivos
sacralizantes. Voto y victoria del juez Jefté, que sacrificó a su hija.
Reza el Salmo
39: «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor, y no
acude a los idólatras que se extravían con engaños. Tú no quieres sacrificios
ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio
entonces yo digo: Aquí estoy como está escrito en el libro para hacer tu
voluntad. Dios mío lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. He proclamado tu
salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios: Señor, Tú lo sabes».
El
autor de la Carta a los hebreos pone en boca de Cristo algunos versos de este
Salmo. Toda la vida de Cristo fue una identificación perfecta de su voluntad
con la de su Padre (Lc 22,42), hasta tal punto que pudo afirmar que su alimento
era hacer la voluntad de su Padre (Jn 4,34). Por eso insistía el Apóstol San
Juan en que los discípulos de Jesús hicieran siempre lo que es agradable al
Padre (1 Jn 3,22). Ésa es la verdadera religión.
Cristo
ha cumplido el sacrificio total e interior de la propia voluntad al Padre, en
la sumisión y obediencia que manifestó desde la Encarnación hasta su inmolación
en la cruz.
El
sacrificio en espíritu y en verdad que la Iglesia realiza en unión con Cristo
en su liturgia es, al mismo tiempo, fuente y fruto de la Redención.
«Dichoso
el hombre que ha puesto su confianza en el Señor, y no acude a los idólatras
que se extravían con engaños. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en
cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio entonces yo digo:
Aquí estoy como está escrito en el libro para hacer tu voluntad...».
Años pares
Ezequiel
36,23-28: Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo.
El destierro es el castigo por los pecados de Israel. Con todo y en razón de la
ruina del pueblo de Dios, el nombre del Señor fue profanado entre los gentiles.
Por consiguiente, el honor divino exige una acción favorable respecto a su
pueblo. El retorno de los exiliados será lo que hará brillar el poder divino
ante los ojos de todas las naciones. Se prevé la economía de la salvación
realizada por Cristo. San Jerónimo dice:
«Oigamos a Ezequiel, hijo del hombre que anticipadamente habla
del poder de quien había de ser Hijo del Hombre: Yo os tomaré de entre todas
las naciones y os rociaré con agua limpia y quedaréis limpios de todas vuestras
impurezas, y os daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo (Ez 36,24-26). Os
limpiaré, dice, de todas vuestras impurezas. En todas no se omite ninguna. Si
las impurezas se limpian, ¡con cuánta más razón la pureza seguirá sin mancilla!
Os daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo; porque en Cristo Jesús lo que
vale es la nueva creación (Gal 6,15). Por eso cantamos un cantar nuevo, y
abandonando al hombre viejo no caminamos ya en la caducidad de la letra, sino
en la novedad del espíritu. Esta es la piedra nueva, en que está inscrito el
nombre nuevo que nadie sabe leer sino el que lo recibe (Ap 2,17)» (Carta 68,7,
a Océano).
El
Salmo 50 canta de nuevo la misericordia del Señor, al que le pedimos:
«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu
firme... mi sacrificio es un espíritu quebrantado, pues Tú no desprecias un
corazón quebrantado y humillado».
Con
la purificación de la culpa, el pecador renueva la petición de la purificación
interior y crea en él un corazón puro (Ez 36,25ss) y un espíritu
generoso para poder perseverar en el bien.
La
humanidad pecadora, guiada por Cristo, encuentra el camino para pasar de la
esclavitud del mal a una vida renovada, obteniendo la infusión del Espíritu
Santo y un corazón puro santificado por la gracia divina para ofrecerse ella
misma como sacrificio viviente, santo y agradable a Dios (cf. Rom 12,1).
Mateo
22,1-14: Invitación a la boda. Imagen privilegiada para expresar
la felicidad del Reino de los cielos. Oigamos a San Agustín:
«El mismo Señor que nos propuso esta parábola, el esposo que
llama al banquete y da vida a los invitados, Él mismo nos indicó que aquel
hombre no simboliza a un personaje, sino a muchos... Muchos son los llamados y
pocos los escogidos... Los muchos estaban simbolizados en aquella única
persona, porque ella está en lugar del único cuerpo que comprenden los malos,
los que no tienen el vestido nupcial. ¿Qué cosa es el vestido nupcial? Sin duda
se trata de algo que no tienen en común los buenos y los malos. No el ser
hombres y no bestias; no el recibir la luz y las lluvias... Todo esto es común
a buenos y malos... Si no tengo caridad de nada me sirve (1 Cor 13, 1-3). He aquí el vestido nupcial;
vestíos con él, ¡oh comensales! para estar sentados con tranquilidad» (Sermón
96,4ss).
Años
impares
Rut
1,1.3-6.14-16.22: La extranjera Rut, nuera de Noemí de Belén, se
queda junto a ésta al morir su esposo y permanece fiel a la familia judía.
Así se convertirá en antecesora del rey David y del Mesías. Es admirable la
elección de Dios con respecto a la Historia de la Salvación y, en definitiva a
la venida del Mesías. Se rompen siempre los moldes humanos. Es Dios quien
dirige la historia, incluso en el ejercicio de la libertad humana. Ya lo hemos
dicho: no Eliezer, sino Abrahán, no Esaú sino Jacob, no Rubén sino Judá, no
Saúl, sino David.
El
Salmo 145 ofrece grandes motivos para la alabanza divina: «Dichoso
al que auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor, su Dios que hizo el
cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en él, que mantiene su fidelidad
perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos... El Señor ama a los justos, el Señor guarda a los
peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda.. El Señor reina eternamente»...
Como puede verse se trata de llevar una vida totalmente entregada a la alabanza
de Dios, una vida que sea sinónimo de alabanza de Dios, nacida del amor. Por
eso decía San Juan de la Cruz: «Mi alma se ha empleado / y todo mi caudal en su
servicio. / Ya no guardo ganado, / ni ya tengo otro oficio; / que ya solo en
amar es mi ejercicio».
Tenemos
motivos para este ejercicio perenne del amor, pues contemplamos las obras que
Dios ha manifestado en Cristo y por eso la Iglesia invita a los pueblos a
alabar al Señor, que es grande, que es poderoso, que ha hecho grandes
maravillas con la redención. Con razón se ha escrito que Cristo es la
revelación del Corazón de Dios lleno de Amor.
Años pares
Ezequiel
37,1-14: El Espíritu del Señor vivifica todo. Visión de los
huesos que vuelven a la vida: profecía sobre el resurgir del pueblo de Dios.
Habrá una nueva restauración nacional comparable a una nueva creación animada
por el Espíritu de Dios a través del profeta. Comenta Orígenes:
«Grande es el misterio de la
resurrección y difícil de
contemplar para la mayoría de nosotros. Pero la Escritura lo afirma en muchos
lugares, especialmente en aquellas palabras de Ezequiel: Profetiza sobre estos
huesos y diles: Vosotros huesos secos, oíd la palabra del Señor... Cuando
vengan la auténtica resurrección del verdadero y perfecto cuerpo de Cristo, los
que ahora son miembros de Cristo y entonces serán huesos secos, serán reunidos
hueso a hueso y articulación a articulación; y ninguno que no esté articulado
podrá entrar a formar parte del hombre perfecto que tiene las proporciones de
la edad perfecta del cuerpo de Cristo (Ef 4,13). Entonces una multitud de
miembros formará un solo cuerpo, en cuanto que todos los miembros, aunque sean
muchos, entrarán a formar parte de un solo cuerpo» (Comentario al Evangelio
de San Juan 10,228ss).
Con el Salmo
106 decimos: «Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia,
que lo confiesen los redimidos por el Señor, los que rescató de la mano del
enemigo, los que reunió de todos los países: Norte, Sur, Oriente y
Occidente..., se les iba agotando la vida, pero gritaron al Señor en su
angustia y los arrancó de la tribulación»... Toda la vida cristiana debe ser
una constante acción de gracias, una eucaristía, cantada y vivida para gloria
de Dios. La Eucaristía no solo es el centro de la vida cristiana, sino que en
ella se hace palpable la misericordia del Señor que eleva al hombre a una
resurrección constante para identificarse con Cristo. El mundo sobrenatural de
la gracia y de la vida eterna se presenta en la Biblia como una segunda
creación y un retorno a la felicidad del paraíso.
Mateo
22,34-40: Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo.
Síntesis de toda la religión cristiana: el amor. San Agustín ha comentado este
pasaje evangélico muchas veces:
«¿Qué nos ha prometido
Dios? Hermanos míos, ¿qué he decir que sea deseable para nosotros? ¿Qué puedo
decir? ¿Es oro? ¿Es plata? ¿Son posesiones? ¿Son honores? ¿Es algo de lo que
conocemos en la tierra? Si es así, es algo despreciable. Lo que ni el ojo vio,
ni el oído oyó, ni subió nunca al corazón del hombre es lo que ha preparado
Dios a los que le aman (1 Cor 2,9). En pocas palabras voy a decirlo: no sus
promesas, sino Él mismo.
«Quien lo hizo todo es mayor que todo; quien dio forma a todo es
más hermoso que todo, quien dio fuerza a todo es más poderoso que todo. Así,
pues, en comparación con Dios, nada es cualquier cosa que amemos en la tierra.
Es poca cosa, es nada eso que amamos; nosotros mismos nada somos. El mismo amante
debe sentirse vil en comparación de lo que debe amar. No es otra cosa que
aquella caridad que debe brotar de todo el corazón, de todo el alma, de toda la
mente. Pero añadió: amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos
mandamientos se compendian la ley y los profetas (Mt 22,37.39.40), de forma que
si amas al Señor, sabes que te amas a ti mismo, si en verdad amas al Señor. Si,
por el contrario, no amas a Dios, ni siquiera a ti mismo te amas. Cuando
aprendas a amarte a ti mismo amando a Dios, arrastra al prójimo hacia Dios para
que juntos disfrutéis del bien, del gran bien, que es Dios» (Sermón
301,A,6).
Años
impares
Rut
2,1-3.8-11; 4.13-17: Tu hijo te ha dado quien responda por ti. Su
hijo será el abuelo de David. En Israel, las promesas son la clave de la
Historia de la salvación, que es el cumplimiento de las profecías y de los
juramentos de Dios. Estos juramentos hacen irrevocables los dones de Dios. Las
infidelidades de Israel ocasionan a veces restricciones de estas promesas, pero
las promesas mismas serán mantenidas, gracias a un resto, a un Hijo del Hombre
(Dan 7,13ss).
El judaísmo
subrayará por un lado la confianza en las promesas, y por otro su carácter de
recompensa: con la obediencia a los mandamientos hay que merecer la herencia
prometida. El cristianismo, por el contrario, verá en ellas la pura iniciativa
de Dios, el don prometido a todos los que creen. Por eso San Pablo, preocupado
por mostrar que la base de la vida cristiana es la fe, se ve llevado a mostrar
que la esencia de la Escritura y del designio de Dios consiste en la promesa
dirigida a Abrahán y cumplida en Jesucristo (Gal 3, 16-29). En esto hay que
situar la presencia de Rut, elegida por Dios a través de los acontecimientos.
El Salmo
127 está todo transfigurado por el amor familiar, tan en consonancia
con la lectura anterior. Pero esto hay que verlo como signo y figura del amor
de Dios a su pueblo y el amor del pueblo para con Dios, amor de cada uno por su
hermano. Todo se ve realizado en la Iglesia, Madre fecunda de todos sus hijos
por el bautismo, que nos prepara al festín eucarístico. San Agustín exhortaba a
sus diocesanos a cantar este Salmo como una revelación de Cristo, en el cual,
como en un solo hombre, viven todos los que temen al Señor (Enarraciones
en Sal 127,3.7). De Sí y de la Iglesia dice Cristo: «Yo soy la vid y vosotros
los sarmientos, el que permanece en Mí y yo en él, dará mucho fruto» (Jn 15,5).
«Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor: Dichoso el que sigue los
caminos del Señor».
Años pares
Ezequiel
43,1-7: La gloria del Señor llena el templo. La plenitud de esto
se alcanzó en Cristo, verdadero templo de Dios. Es el signo de la presencia de
Dios entre los hombres. Pero se trata de un signo provisional, que en el Nuevo
Testamento será sustituido por un signo de otra índole: Cristo y su Iglesia,
Cuerpo místico de Cristo, y en otro aspecto, del cristiano en gracia: templo
vivo de Dios (Jn 2,19.21ss). Es muy explícita la doctrina de San Pablo
(1 Cor 3,10-17; 2 Cor 6,16ss; Ef 2,20ss, etc.).
Con
el Salmo 84 proclamamos que «la gloria de Dios habitará en
nuestra tierra». La gloria de Dios se considera acompañada de todos sus
atributos: amor y verdad que se entrelazan; justicia y paz que se besan;
verdad, fidelidad y justicia que miran desde el cielo; felicidad y abundancia
de toda clase de bienes... Todo esto y más aún se encuentran en el Templo que
es Cristo, que es la Iglesia, que son los cristianos en gracia: «Vendremos a él
y haremos en él nuestra morada».
Mateo
23,1-12: No hacen lo que dicen. En este pasaje evangélico Cristo
arremete contra la hipocresía de los responsables del judaísmo. Él enseña la
humildad y el servicio. San Agustín comenta:
«También a estos los toleró el Apóstol; pero no les ordenó que
fuesen así. También ellos hacen algo y son instrumentos de bien. Buscan lo
suyo, pero anuncian a Cristo. No te preocupes de lo que busca el predicador; lo
que anuncia, eso ten. No mires ni te interese
lo que él pretende. Escucha la salvación de su boca y reténla aunque venga de
sus labios. No te constituyas juez de su corazón... Escucha solo la salvación
que predican. Haced lo que dice. Te da seguridad en tu obrar. ¿Y qué es esto?
¿Obran mal? No hagáis lo que hacen (Mt 23,3). ¿Obran bien, es decir, no saludan
por el camino, no anuncian el Evangelio por oportunismo? Imitadlos como ellos
imitan a Cristo. ¿Es bueno el hombre que predica? Toma la uva del racimo de la
vid. ¿Es malo? Coge la uva, aunque prenda del seto espinoso. El racimo es fruto
del sarmiento, no de las espinas, aunque haya crecido enredado entre ellas. Por
lo tanto, cuando lo ves, si tienes hambre, cógelo, con cuidado, no sea que al
meter la mano para coger el racimo te pinches con las espinas. Esto es lo que
te digo: oye lo bueno y no imites las malas costumbres» (Sermón 101,10).
Y
San Jerónimo:
«¿Quién más manso, quién más bueno que el Señor? Es tentado por
los fariseos, sus trampas se rompen..., y sin embargo, por respeto al
sacerdocio, por la dignidad de su nombre, exhorta al pueblo a sometérsele, en
consideración no de sus obras sino de su doctrina» (Comentario al Evangelio
de Mateo 23,1-3).