19ª Semana
Entrada:
«Piensa, Señor, en tu alianza, no olvides sin remedio la vida de los pobres.
Levántate, oh Dios, defiende tu causa, no olvides las voces de los que acuden a
ti» (Sal 73,20.19.22-23).
Colecta
(del sacramentario de Bérgamo): «Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos
llamar Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que
merezcamos alcanzar la herencia prometida».
Ofertorio
(del Veronense, Gelasiano y Gregoriano): «Acepta, Señor, los dones que has dado
a tu Iglesia para que pueda ofrecértelos, y transfórmalos en sacramento de
nuestra salvación».
Comunión:
«Glorifica al Señor, Jerusalén, que te sacia con flor de harina» (Sal
147,12.14); o bien: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo,
dice el Señor» (Jn 6,52).
Postcomunión
(del Misal anterior, antes del Gregoriano, retocada con
texto del sacramentario de Bérgamo): «La comunión en tus sacramentos nos salve,
Señor, y nos afiance en la luz de tu verdad».
Ciclo A
Se
subraya en este Domingo la presencia de Dios, que actúa en medio de los
hombres. Esa presencia divina culminó en la encarnación del Verbo, el Emmanuel,
Dios con nosotros. Solo con una conciencia viva y constantemente renovada de
esta presencia personal divina, el cristiano puede conjurar el mayor riesgo que
amenaza al hombre en su paso por la vida: el vacío o la ignorancia de Dios en
su quehacer de cada día. Solo la cercanía de Dios, amorosamente vivida en el
misterio de Cristo, puede dar trascendencia a nuestra existencia temporal en
ruta hacia la eternidad.
El
pavor de los discípulos de Jesús al verle andar sobre las aguas del mar es
similar al del profeta Elías, en la primera lectura, cuando se encontró con el
Señor en el monte santo. San Pablo explica que el pueblo judío, aunque
oficialmente no acogió el mensaje de Cristo, es el pueblo que recibió de Dios
las promesas y en su seno nació Cristo. Al final de la historia, Israel entrará
por la fe en Cristo en el Reino de Dios (cf. Rom 11,5.12.26; Catecismo
674).
1
Reyes 19,9.11-13: Aguarda al Señor en el monte. Elías, el varón
de Dios, en medio de hombres idólatras e increyentes, encarna la semblanza del
hombre que busca conscientemente la presencia de Dios y su intimidad amorosa,
con humilde y profunda sinceridad. Dios es trascendente: no se encuentra en los
elementos de la naturaleza ni en las potencias de la historia, sino más allá
del ser. Dios es fiel. No abandona a sí mismo a Elías, cuando todo parece
perdido y toda esperanza desaparecida. En el mismo lugar en que se manifestó a
Moisés, muestra ahora su continuidad en las promesas y la indefectible
estabilidad de sus intenciones. Se da a Elías una misión y una nueva fuerza.
Dios sigue actuando en la Iglesia con su poder y sus dones de santificación por
medio de los sacramentos instituidos por Cristo y con su asistencia peculiar,
con una providencia especial en muchos órdenes. San Jerónimo dice:
«Por eso, de pie, como Elías en el hueco de la peña, podían
pasar por el ojo de la aguja (1 Re 19,1ss) y contemplar el dorso del Señor. Nosotros en cambio nos
abrasamos de avaricia, y mientras hablamos contra el dinero abrimos el seno al
oro y nada nos parece bastante... Obramos así porque no creemos en las palabras
del Señor. Y porque la edad que soñamos nos halaga a todos no con la proximidad
de la muerte, que por ley de la naturaleza es lo propio de los mortales, sino
con la vana esperanza de una larga serie de años» (Carta 125,14, a
Geruquia).
Sigue la misma idea en el Salmo 84:
«Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación... Dios anuncia la
paz, la salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra...».
La salvación de Cristo está cerca de los que lo temen. Viviendo según la verdad
en la caridad, procuremos en todo caso crecer en Él, que es la Cabeza del
Cuerpo Místico. «Sed luz en el Señor, el fruto de la luz consiste en toda
bondad, justicia y verdad» (Ef 5,8-9).
Romanos
9,1-5: Quisiera ser un proscrito en bien de mis hermanos. Jesús,
Hijo de Dios encarnado entre los hombres, fue para su propio pueblo el gran desconocido. Este hecho constituyó la
más profunda tragedia para el Pueblo de Dios en la historia de la salvación.
San Juan Crisóstomo anima al seguimiento de Dios:
«Acaso te parezca por encima de tus fuerzas el imitar a Dios. A
la verdad, para quien vive vigilante, ello no es difícil. Pero en fin, si te
parece superior a tus fuerzas, yo te pondré ejemplos de hombres como tú. Ahí
tienes a José, ahí tienes a Moisés, ahí tienes a Pablo que, no obstante no
poder contar cuánto sufrió de parte de los judíos, aún pedía ser anatema por su
salvación (Rom 9,3)... Considerando nosotros estos ejemplos, desechemos de
nosotros toda ira, a fin de que también a nosotros nos perdone Dios nuestros
pecados» (Homilía 61,5, sobre San Mateo).
Mateo
14,22-33: Mándame ir a Ti andando sobre las aguas. El Corazón de
Jesucristo, presencia viviente y cercanía plena de Dios en medio de los suyos,
es siempre la garantía definitiva de salvación para los hombres. Comenta San
Agustín:
«Y el Señor dijo: ven. Y bajo la palabra del que mandaba, bajo
la presencia del que sostenía, bajo la presencia del que disponía, Pedro, sin
vacilar y sin demora saltó al agua y comenzó a caminar. Pudo lo mismo que el
Señor, no por sí, sino por el Señor. Lo que nadie puede hacer en Pedro, o en
Pablo, o en cualquier otro de los Apóstoles, puede hacerlo en el Señor... Pedro
caminó sobre las aguas por mandato del Señor, sabiendo que por sí mismo no
podía hacerlo. Por la fe pudo lo que la debilidad humana no podía.
«Estos son los fuertes en la Iglesia. Atended, escuchad,
entended, obrad. Porque no hay que tratar aquí con los fuertes, para que sean
débiles, sino con los débiles para que sean fuertes. A muchos les impide ser
fuertes su presunción de firmeza. Nadie logra de Dios la firmeza, sino quien en
sí mismo reconoce su flaqueza... Contemplad el siglo como un mar, lo que cae
bajo tus pies. Si amas al siglo, te engullirá. Sabe devorar a sus amadores, no
soportarlos. Pero, cuando tu corazón fluctúa invoca la divinidad de Cristo...
Dí: ¡Señor, perezco, sálvame!. Dí: perezco, para que no perezcas. Porque
solo te libra de la carne quien murió por ti en la carne» (Sermón
76,5-6).
Iluminados por Dios y vinculados en intimidad con el
Corazón de Jesucristo, hemos de tener siempre firme fe en Cristo, nuestra
verdadera fortaleza en todas las dificultades de la vida.
Ciclo B
Jesús
se nos da como pan de vida en la fe, y sobre todo en la Eucaristía, simbolizada
en el pan que alimentó a Elías en el desierto. En la medida en que seamos
verdaderos cristianos nos comportaremos como hombres auténticos con todas sus
virtudes.
Toda
la vida del cristiano es un peregrinar irreversible con vocación de eternidad.
Es un «éxodo» permanente que consumará, para la Iglesia y para cada uno de
nosotros, el designio de Dios de trasladarnos al Reino del Hijo de su Amor. El
Pan de vida que necesitamos en esta peregrinación es la Eucaristía.
1
Reyes 19,4-8: Con la fuerza de aquel alimento caminó hasta el monte
del Señor. Mientras vivimos en el tiempo, nuestra existencia cristiana es
una ardua peregrinación hacia la eternidad. Como Elías, camino del Sinaí,
nuestra debilidad necesita del alimento eucarístico. San Jerónimo explica:
«Cuando Elías, que iba huyendo de Jezabel, se echó cansado bajo
una encina, fue despertado por un ángel que llega hasta él y le dice: Levántate
y come. Y alzó los ojos y vio a su cabecera una hogaza de trigo y un vaso de
agua (1 Re 19, 5-6). ¿No podía Dios mandarle vino oloroso y comidas
condimentadas con aceite y carnes picadas?... Son innumerables los textos
dispersos en las Escrituras divinas que condenan la gula y proponen comidas
sencillas; pero como no es mi intención tratar ahora de los ayunos, por otra
parte todas estas cosas pertenecen a título y libro especial, baste lo poco que
he dicho de entre lo mucho que se podría decir» (Carta 20,9, a
Eustoquia).
Los
versos del Salmo 33 nos sirven de oportuno responsorio: «Gustad y
ved qué bueno es el Señor: Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está
siempre en mi boca. Mi alma se gloría en el Señor, que los humildes lo escuchen
y se alegren... Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se
avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus
angustias».
Dice
San Agustín que en este Salmo es Cristo mismo el que invita a todos los hombres
a alabar al Padre juntamente con Él y nos enseña el santo temor de Dios. El
estribillo ha sido interpretado en la tradición cristiana como referido a la
Eucaristía, de hecho se ha escogido muchas veces para antífona de la Comunión.
Efesios
4,305,2: Vivid en el amor como Cristo. Ante el Padre, el
Corazón redentor de Cristo es quien nos da la vida y el amor que nos hacen
dignos del Padre y el que nos lleva por su Espíritu vivificante. Comenta San
Agustín:
«El Padre no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros. Él no opuso resistencia, sino que lo quiso igualmente, puesto que la voluntad del Padre y del Hijo es una, conforme a la igualdad de la forma divina, poseyendo la cual, no consideró objeto de rapiña el ser igual a Dios. Al mismo tiempo, su obediencia fue única en cuanto que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo. Pues Él nos amó y se entregó a Sí mismo por nosotros como oblación y víctima a Dios en olor de suavidad (Ef 5,2). Así pues, el Padre no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó por nosotros, pero de forma que también el Hijo se entregó por nosotros.
«Fue entregado el Excelso, por quien fueron hechas todas las
cosas; fue entregado en su forma de siervo al oprobio de los hombres y al
desprecio de la plebe; fue entregado a la afrenta, a la flagelación y a la
muerte, y con el ejemplo de su Pasión nos enseñó cuánta paciencia requiere el
caminar con Él» (Sermón 157,2-3).
Por
medio del bautismo el fiel ha sido insertado en Cristo, viniendo a ser un solo
cuerpo, animado por un solo Espíritu que es fuente de gozo y motivo de
esperanza para la gloria futura, viviendo en el Amor y siguiendo a Cristo en su
entrega para gloria de Dios y salvación de los hombres.
Juan
6,41-51: Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo. Cristo, el
Hijo de Dios vivo, encarnado en nuestra propia carne y sangre, para hacer a los
hombres hijos de Dios, se nos ha convertido en Sacramento de Pan de vida al
alcance de todos los hombres. San Agustín dice:
«Pan vivo precisamente, porque descendió del cielo. El maná también
descendió del cielo; pero el maná era la sombra, éste es la verdad... ¿Cuándo
iba la carne a ser capaz de comprender esto de llamar al pan carne? Se da el
nombre de carne a lo que la carne no entiende; y tanto menos comprende la
carne, porque se llama carne. Esto fue lo que les horrorizó y dijeron que esto
era demasiado y que no podía ser. Mi carne, dice, es la vida del
mundo. Los fieles conocen el cuerpo de Cristo si no desdeñan ser el cuerpo
de Cristo. Que lleguen a ser cuerpo de Cristo si quieren vivir del Espíritu de
Cristo. Del Espíritu de Cristo solamente vive el cuerpo de Cristo.... Mi cuerpo
recibe ciertamente de mi espíritu la vida. ¿Quieres tú recibir la vida del
Espíritu de Cristo? Incorpórate al Cuerpo de Cristo... El mismo Cuerpo de Cristo
no puede vivir sino del Espíritu de Cristo.
«De aquí que el Apóstol Pablo nos hable de este Pan, diciendo:
Somos muchos un solo Pan, un solo Cuerpo. ¡Oh qué misterio de amor, y qué
símbolo de unidad, y qué vínculo de caridad!. Quien quiere vivir sabe dónde
está su vida y sabe de dónde le viene la vida. Que se acerque, y que crea, y
que se incorpore a este Cuerpo, para que tenga participación de su vida» (Tratado
sobre el Evangelio de San Juan 26,13).
Ciclo
C
Vigilar
siempre, como los criados que aguardan a su Señor. El «paso» del Señor en la
noche para librar a su pueblo y de noche salió del sepulcro Cristo Jesús. En
todo momento necesitamos la fe, como lo expone el autor de la Carta a los
Hebreos en la segunda lectura.
Todas
las lecturas de este Domingo nos ofrecen una meditación seria y serena sobre el
problema de nuestra salvación eterna. Es una invitación a hacer una revisión de
vida.
Sabiduría
18,6-9: Castigaste a los enemigos y nos honraste llamándonos a Ti.
La noche de la liberación de Egipto y la primera celebración del sacrificio
pascual fueron para los israelitas el memorial permanente del amor de Dios, que
los puso en camino de salvación.
El
pueblo de Dios pasa la noche en vigilia esperando el doble acontecimiento: su
salvación y el castigo de sus enemigos. Yahvé con el mismo gesto castiga a los
enemigos y salva a los israelitas, haciendo de ellos un pueblo consagrado a su
servicio y a su culto. La liberación de Israel es el acto de su glorificación
ante las naciones y antes la historia. Su destino al culto del Dios verdadero
es su gran vocación.
El
culto de Israel comenzó en aquella noche. El hombre, a través de la sabiduría,
de la ley y de la fe, es llamado a entrar en comunión con Dios. Ahí está su
éxito, su felicidad, su prosperidad; fuera de esto están la ruina y la muerte.
Por
eso cantamos como responsorial el Salmo 32, en el que se invita a
los justos a alabar al Señor: «La misericordia de Dios es justicia y derecho,
porque todas sus obras son verdad y sinceridad». Pero el derecho y la justicia
son en Él misericordia, porque en todas sus obras busca con amor la
autenticidad y la verdad de nuestro ser. Si el creyente de todos los tiempos
tiene motivo para confiar alegre y esperanzado en la Palabra divina, llena de
amor y misericordia, el cristiano sabe que esa misma Palabra se ha hecho hombre
(Jn 1,14), para realizar los proyectos del Corazón de Dios: la redención.
Hebreos
11,1-2.8-19: Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a
ser Dios. La verdadera salvación se realiza en nosotros por la fe en
Cristo, nuestra Pascua (1 Cor 5,7) y por la esperanza que nos mantiene fieles a
los designios de salvación que el Padre nos ofrece. Comenta San Agustín con
gran belleza:
«Es la fe anticipo para los que esperan, prueba de
las cosas que no se ven» (Heb 11,1). Si no se ven, ¿cómo persuadirles de su
existencia? Y ¿de dónde procede lo que ves sino de un principio invisible? Si,
en efecto, tú ves algo para llegar por ahí a creer en algo; la fe en lo invisible
se apoya en lo que vemos. No seas desagradecido a quien te dio los ojos, por
donde puedes llegar a creer lo que todavía no ves. Dios te puso en la cara los
ojos y la razón en el alma; despierta esa razón, despierta al que mora dentro
de tus ojos, asómate a esas ventanas y mira por ellas la creación divina.
Porque alguien hay que mira por los ojos. ¿No te sucede alguna vez que, ocupado
ese que mora dentro de ti en otros pensamientos, no ves lo que tienes delante
de los ojos? En vano están de par en par las ventanas si está ausente quien por
ellas mira.
«No son, pues, los ojos quienes ven, sino que alguien ve por los
ojos; levántale, despiértale. No, no te fue rehusado; hízote Dios animal
racional, te antepuso a las bestias, te formó a su imagen. ¡Qué! Esos tus ojos,
¿no van a servirte para ver de hallar, como los animales, cebo para el vientre
y nada para la mente? Levanta, pues, la mirada de la razón, usa de los ojos
cual hombre, ponlos en el cielo y en la tierra: en las bellezas del firmamento,
en la fecundidad del suelo, en el volar de las aves, en el nadar de los peces,
en la vitalidad de las semillas, en la ordenada sucesión de los tiempos; pon
los ojos en las hechuras y busca al Hacedor; mira lo que ves, y sube por ahí al
que no ves» (Sermón 126,3).
Lucas
12,32-38: Estad preparados. Mientras vivimos en el cuerpo, vamos
peregrinando lejos del Señor y caminamos en la fe» (2 Cor 5,6), por ello, el
desprendimiento de los bienes perecederos, el corazón fijo en la alegría de la
salvación y la vigilancia en estado de alerta permanente constituyen las
actitudes de la esperanza constante del cristiano. Comenta San Agustín:
«Tenéis
también la advertencia clarísima del Señor que dice: tened la cintura ceñida y
las lámparas encendidas, y sed como siervos que esperan a su señor (Lc
12,35-36). Estemos a la espera de su llegada; no nos encuentre adormilados.
Vergonzoso es para una mujer casada no desear el retorno de su marido. ¡Cuánto
más vergonzoso para la Iglesia no desear el de Cristo!... Ha de venir el Esposo
de la Iglesia a traer los abrazos eternos, a hacer sus herederos para siempre
consigo, ¡y nosotros vivimos de tal manera que no solo no deseamos su venida,
sino que hasta la tememos! ¡Cuán verdad es que ha de llegar aquel día, como en
los tiempos de Noé! ¡A cuántos ha de hallar así, incluso entre los que se
llaman cristianos!» (Sermón 361,19).
El
misterio de nuestra salvación es, a diario, problema real para nuestra
autenticidad cristiana, vivida no solo en el templo o en el altar, sino en cada
momento de nuestra vida y de nuestra conducta ante Dios, ante los hombres y
ante nuestra propia conciencia.
Años impares
Deuteronomio
10,12-22: Se invita a Israel a temer a Dios, observando sus
mandamientos y amándole. Vida interior. Espiritualidad profunda.
Dios
no ama solamente a los patriarcas, sino que incesantemente renueva su amor, y
es la situación actual del pueblo la que se hace digna de amor a sus ojos. El
amor de Dios no es rechazado ni por la pequeñez ni a causa del pecado.
La
elección, revelación del amor de Yahvé a su pueblo, implica la idea de que este
último debe testimoniar por su parte su amor y adhesión a Dios. Esta
reciprocidad de amor, que no es otra que la Alianza, invita al pueblo a amar a
los pobres y a los extranjeros con el mismo amor que Dios siente hacia ellos.
Exigencia, tanto más extraordinaria, cuanto que el pueblo marcha incesantemente
a la conquista de un país que está en poder de extranjeros. Los profetas, y en
esta lectura también, insisten mucho en la interioridad, en la compunción del
corazón, del cumplimiento de la voluntad de Dios y del amor con que es
cumplida.
Bendecimos
al Señor con el Salmo 147:
«Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión, que ha reforzado
los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti... Ha
puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina, envía su mensaje a la
tierra y su palabra corre veloz... Con ninguna nación obró así ni les dio a
conocer sus mandatos».
Verdaderamente,
si con ninguna nación obró así Dios como con Israel, anunciándole su palabra y
dándole a conocer sus decretos y mandatos en la Alianza, ¿quién podrá imaginar
la realidad de la Nueva Alianza en la Iglesia, en la que perpetuamente vive
Cristo, realmente presente en la Eucaristía? Acercarse a la Eucaristía es
acercarse a la Palabra omnipotente de Dios, que hace el mayor milagro:
acercarse a los hombres y hacerse una misma cosa con ellos.
Años pares
Ezequiel
1,2.5.24-2,1: La gloria del Señor. El Señor se muestra bajo la
forma de un fuego abrasador. La descripción hace resaltar la trascendencia
omnipotente de Dios sobre el universo creado. San Gregorio Magno enseña:
«Del buen fuego está escrito: Yo vine a traer fuego
a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda? (Lc 12, 49). Según esto, se
trae fuego a la tierra cuando el alma terrena, inflamada por el ardor del
Espíritu Santo, quema totalmente sus deseos carnales. Pero del mal fuego se
dice: el fuego abrasador que ha de
consumir a los enemigos (Heb 10,27), porque el corazón perverso se consume en
su malicia; pues como el fuego del amor eleva la mente, así el fuego de la
malicia la hace caer por tierra; pues así como el Espíritu Santo eleva el
corazón que Él llena, así el ardor de la malicia le inclina siempre a lo
bajo...
«No dice la visión de la gloria, sino: una semejanza de la
gloria, a saber, para mostrar que, por más atención que ponga la mente humana,
aunque rechace del pensamiento todos los fantasmas de imágenes corporales,
aunque ya aparte de los ojos del alma todos los espíritus finitos, con todo,
mientras permanezca en carne mortal, no puede ver la gloria de Dios tal como
es, sino que lo que de ella resplandece en el alma una semejanza es, no ella
misma» (Homilía 2 y 8 sobre Ezequiel).
El Salmo
148 nos ofrece un contenido precioso en relación con la lectura
anterior: «Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria... Alabad al Señor en
el cielo, alabad al Señor en lo alto, ángeles, sus ejércitos, jóvenes,
doncellas, viejos y niños, el único nombre sublime»... Dios merece toda
alabanza por la creación, por sus maravillas en la historia de la salvación y,
sobre todo, por la redención realizada por Jesucristo y prolongada en la vida
de la Iglesia, especialmente en la sagrada Eucaristía, con todo lo que ésta
lleva consigo.
Mateo
17,21-24: Lo matarán pero resucitará. Luego de haber anunciado
por segunda vez su cercana pasión, Jesús responde a la pregunta acerca del
impuesto del Templo, volviendo a insistir sobre todo en la libertad de los
hijos de Dios ante tal impuesto. Pero Jesús no es ningún revolucionario: quiere
evitar el escándalo que provocaría si rechazase pagar el canon, especialmente
en favor del Templo. San Jerónimo dice:
«Nuestro Señor era hijo de rey según la carne y según el
espíritu, como descendiente de la estirpe de David y como Verbo del Padre
omnipotente. Luego como hijo de rey no debía pagar el impuesto pero, dado que
ha asumido la debilidad de la carne, ha debido «cumplir toda justicia» (Mt
3,15). Desdichados de nosotros que estamos censados bajo el nombre de Cristo y
no hacemos nada digno de tan grande majestad; Él, por nosotros, ha llevado la
cruz y ha pagado el impuesto, nosotros no pagamos impuestos en su honor. [Los
miembros del clero no pagaban impuestos después que Constantino reconoció el
cristianismo] y como si fuéramos hijos de rey, estamos dispensados de los
tributos...
«No sé qué admirar primero aquí, si la presciencia del Salvador
o su grandeza; la presciencia porque sabía que el pez tenía una moneda en la
boca y que era el primero que iba a ser capturado; su grandeza y su poder
porque a una palabra suya se formó una moneda en la boca del pez y su palabra
realizó lo que iba a suceder.
«En sentido místico me parece que este pez capturado en primer
lugar es aquel que estaba en el fondo del mar y moraba en las profundidades
saladas y amargas para ser liberado por el segundo Adán, él, el primer Adán, y
por lo que se había encontrado en su boca, es decir, su confesión, fue
entregado por Pedro al Señor. Y está bien que sea dado precisamente ese precio,
pero está dividido en dos partes, por Pedro es entregado como precio por un
pecador, en cambio nuestro Señor no había conocido pecado ni se había hallado
mentira en su boca (Is 53,9; 1 Pe 1,22)» (Comentario al Evangelio de Mateo
17,25-27).
Años impares
Deuteronomio
31,1-8: Sé fuerte y valiente, se dice a Josué. Moisés exhorta a
Josué a que cobre ánimo y energías para que sea capaz de hacer penetrar a
Israel en la tierra de promisión. De la misma manera que lo hizo con Josué,
Dios aportará la salvación a su pueblo por medio de Jesucristo que nos
introducirá en el Reino de los cielos. La historia de la salvación continúa.
Los hombres se suceden unos a otros. Todos hemos de realizar la misión que nos
corresponde.
Dios
quiere llevar a los hombres a una vida de comunión con Él. Esta idea
fundamental para la doctrina de la salvación es la que expresa el tema de la
alianza. En el Antiguo Testamento dirige todo el pensamiento religioso, pero se
ve cómo con el tiempo se va profundizando. En el Nuevo Testamento adquiere una
plenitud sin igual, pues ahora tiene ya por contenido todo el misterio de
Cristo.
Como
salmo responsorial se han escogido unos versos del Deuteronomio 32:
«La porción del Señor fue su pueblo». El tema del pueblo de Dios, en el que se
organizan en síntesis todos los aspectos de la vida de Israel, es tan central
en el Antiguo Testamento, como lo será en el Nuevo, el tema de la Iglesia,
nuevo pueblo de Dios, pero también cuerpo de Cristo. Entre los dos sirve de
enlace la escatología profética: en el marco de la antigua alianza, anuncia y
describe anticipadamente al pueblo de la Nueva Alianza, aguardado para el fin
de los tiempos.
Años pares
Ezequiel
2,83,4: Comió el volumen y le supo dulce como la miel. Dios
presenta al profeta Ezequiel un libro para que se lo coma. Contiene ese libro
la revelación del Señor. La imagen expresa la identificación de la voz del
profeta con la palabra de Dios. San Gregorio Magno dice:
«El libro que llenó las entrañas se ha hecho en la boca dulce
como la miel, porque los que de veras han aprendido a amarle en las entrañas de
su corazón, ésos saben hablar dulcemente del Señor omnipotente. Si la Sagrada
Escritura es dulce al paladar de éstos, cuyas vísceras vitales están llenas de
los mandatos de Él, porque a quien los lleva impresos interiormente para vivir,
a ése le es agradable hablar de ellos. En cambio, no resulta dulce el sermón a
quien una vida réproba está remordiendo dentro de la conciencia.
«De ahí la necesidad de que quien predica la palabra de Dios
considere primero cómo debe vivir, para que luego, de su vida, deduzca qué y
cómo debe predicar; porque en la predicación, la conciencia enamorada de Dios
edifica más que el arte de hablar; pues amando lo celestial, dentro de sí mismo
lee el predicador el modo de persuadir cómo deben despreciarse las cosas
terrenas» (Homilía 10, 13 sobre Ezequiel).
Con
unos versos del Salmo 118 oramos: «Mi alegría es el camino de tus
preceptos, más que todas las riquezas. Tus preceptos son mi delicia, tus
decretos mis consejeros. Más estimo yo los preceptos de tu boca, que miles de
monedas de oro y plata. ¡Qué dulce al paladar tu promesa! más que miel en la
boca. Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón. Abro la
boca y respiro, ansiando tus mandamientos».
Mateo
18,1-5.10.12-14: Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños.
Esta es una de las reglas que se han de seguir en la vida comunitaria de la
Iglesia: es necesaria la sencillez para entrar en el Reino de los cielos. San
Jerónimo enseña:
«Si alguno fuere tal que imita a Cristo en su humildad, en él se
recibe a Cristo. Y, para que cuando les suceda esto a los apóstoles no lo
consideren una gloria personal, prudentemente añade que deberán ser recibidos
no por sus méritos, sino en honor a su Maestro. Pero el que escandalice...
Aunque ésta pueda ser una condenación general de los que provocan escándalos,
sin embargo, según el contexto, también se puede ver en ella una crítica de los
apóstoles quienes, al preguntarle quién era el mayor en el Reino de los cielos,
parecían disputarse los honores. Si hubieran perseverado en ese defecto, podían
perder a aquéllos que llamaban a la fe por causa del escándalo, al ver que los
apóstoles se disputaban los honores.
«Sus palabras: sería preferible para él que le atasen al cuello
una piedra de moler, se refieren a una costumbre del país. Éste era entre los
antiguos judíos el castigo de los grandes criminales: se los arrojaba al fondo
del mar con una piedra atada al cuello. Es preferible, sin embargo, para él,
porque es mucho mejor recibir el castigo inmediato que ser reservado para los
tormentos eternos (2Pe 2,9)... Cada uno de los fieles sabe lo que le hace daño
o turba su corazón y lo somete a menudo a tentación. Es preferible una vida
solitaria que perder la vida eterna por las necesidades de la vida presente» (Comentario
al Evangelio de Mateo 18,5.6.8).
Deuteronomio
34,1-12: No surgió otro profeta como Moisés. Moisés sube al monte
Nebo, desde donde el Señor le hace ver la
tierra prometida. Después de la muerte de aquél, le sucedió Josué, ya
que por la imposición de las manos había recibido el espíritu de sabiduría (Num
27,18-23).
Para
Israel es Moisés el profeta sin igual (Dt 34,10ss), por el que Dios
liberó a su pueblo, selló con él su alianza, le reveló su ley. Es el único al
que, juntamente con Cristo da el Nuevo Testamento el nombre de «mediador».
Pero, al paso que por la mediación de Moisés (Gal 3,19), su siervo fiel (Heb 3,5),
dio Dios la ley al solo pueblo de Israel, a todos los hombres los salva por la
mediación de Cristo (1 Tim 2,4ss), su Hijo (Heb 3,6); «la ley nos fue
dada por Moisés; la gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo» (Jn
1,17). Este paralelismo entre Moisés y Jesucristo pone en evidencia la
diferencia de los dos Testamentos.
Con
el Salmo 65 cantamos un himno de acción de gracias por la
liberación: «Bendito sea Dios, que nos ha devuelto la vida». Por eso se invita
a toda la tierra a cantar a Dios, a tocar para su nombre, a ver las obras de
Dios, sus proezas en favor de los hombres. «Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas...»
Las
liberaciones que tuvieron lugar en el pueblo de Israel eran figuras y señales
de una liberación más completa, que se llevaría a cabo con Cristo Redentor. Por
eso también nosotros cantamos y nos llenamos de júbilo y queremos que todos los
pueblos aclamen al Señor. Para todos ha venido la liberación, con la
Encarnación de Cristo. Son muchos los beneficios que debemos a Dios, tanto en
el orden de la naturaleza, como en el orden sobrenatural. Bien podemos decir
también nosotros: «Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho
conmigo: a Él gritó mi boca y lo ensalzó mi lengua».
Años pares
Ezequiel
9,1-7.10.18-22: Ezequiel ve abatirse el castigo sobre el templo
mancillado con todo género de ídolos. Son asolados los moradores de
Jerusalén, mas gracias a la intervención de Ezequiel, queda perdonado un «resto»:
aquéllos que permanecieron fieles y fueron marcados con el sello de
Dios. La gloria del Señor abandona luego el templo para dirigirse a
Oriente. Comenta San Agustín:
«Interesa sobremanera saber dónde
lleva el hombre la señal de Cristo, si solo en la frente o en la frente y en el
corazón. Oísteis lo que decía hoy el santo profeta Ezequiel; cómo Dios, antes
de enviar al exterminador del pueblo malvado, mandó delante a quien había de
sellar diciéndole: Vete y señala en la frente a quienes gimen y se afligen por
los pecados de mi pueblo que se cometen en medio de ellos [contra los
donatistas]. Pero gimen y se duelen y por ello son señalados en la frente, en
la frente del hombre interior, no en la del exterior. Pues hay una frente en el
rostro y otra en la conciencia.
«A veces cuando se toca la frente interior, se ruboriza la
exterior; en ella fueron sellados los elegidos para evitar el exterminio, pues
aunque no corregían los pecados que se cometían en medio de ellos, se dolían y
ese mismo dolor los separaba de los culpables. Estaban separados a los ojos de
Dios y mezclados a los de los culpables. Son señalados ocultamente para no ser
dañados abiertamente... ¡Cuán gran seguridad se os ha dado, hermanos míos, a
vosotros que gemís en este pueblo y os doléis de las iniquidades que se
comenten en medio de vosotros, sin cometerlas vosotros!» (Sermón 107,7).
Con
el Salmo 112 decimos: «La gloria del Señor se eleva sobre el
cielo». Es muy adecuado a la lectura anterior, pues con él se comienza los Salmos
del Hallel o de la alabanza y se cantaba durante la Pascua. El motivo de
esta alabanza es la trascendencia de Dios sobre la naturaleza y sobre la
historia humana. Yahvé sobrepasa en grandeza a todos los pueblos. Pero lo más
admirable es que este Dios sublime no se digna comprometerse con los más
humildes, que parecen sus favoritos. Dios baja hasta lo más profundo de la
mi-seria humana, sin que por eso pierda su transcendencia. «¿Quién como el
Señor, Dios nuestro, que se eleva en su trono y se abaja para mirar al cielo y
a la tierra? El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre el
cielo... Bendito el nombre del Señor ahora y por siempre».
Tenemos
nosotros más motivos para alabar al Señor que los israelitas, por las inmensas
maravillas que ha realizado con nosotros: la redención, los sacramentos, la
doctrina de Jesucristo, la Iglesia y, sobre todo, la Eucaristía...
Mateo
18,15-20: Si te hace caso has salvado a tu hermano. La paz entre
todos los miembros de la comunidad. El tema importante de este pasaje
evangélico es el perdón. San Jerónimo escribe:
«Si nuestro hermano ha pecado contra nosotros y nos ha
perjudicado en algo, tenemos la posibilidad, más bien la obligación, de
perdonarlo, porque se nos ha prescrito que perdonemos sus deudas a nuestros deudores (Mt 6,12); pero si alguien hubiera
pecado contra Dios, no depende de nosotros... Nosotros, indulgentes con las
injurias que se hacen a Dios, manifestamos odio por las ofensas que nos hacen.
Y debemos corregir al hermano en privado, no sea que, si ha perdido una vez el
pudor y la vergüenza, permanezca en pecado.
«Y, si nos escucha, ganamos su alma y por la salud de otro
procuramos también la nuestra. Pero si se niega a escucharnos, que se llame a un
hermano; si se niega a escuchar a éste, llámese a un tercero, ya sea para
tratar de corregirlo ya para amonestarlo delante de testigos. Pero si tampoco a
ellos quisiere escucharlos, entonces hay que decirlo a muchos para que lo
detesten y el que no pudo ser salvado por la vergüenza se salve por las
afrentas» (Comentario al Evangelio de Mateo 18,17).
San
Agustín comenta:
«Debemos
reprender con amor; no con deseo de dañar, sino con afán de corregir... Si
corriges por amor propio nada haces. Si lo haces por amor hacia él, obras
excelentemente... Considera por las mismas palabras por amor de quien debes
hacerlo, si por el tuyo o por el de él... ¿Cómo no vas a pecar contra Cristo,
si pecas contra un miembro de Cristo?» (Sermón 82,1-5).
Años
impares
Josué
3,7-10.11.13-17: Lo mismo que en el mar Rojo sucede ahora en el
Jordán. Lo atravesaron a pie enjuto. La travesía del Jordán se presenta
como una procesión litúrgica. Se diría que el paso del río se reduce a llevar
el arca de una orilla a otra del río. No se presta atención más que a ello.
En
ese capítulo se le menciona diecisiete veces y el pueblo recibe órdenes
precisas para ir delante de ella en señal de veneración. Es como si el mismo
Yahvé entrase solemnemente en el país prometido. Gran sentido de lo sagrado.
Las aguas se detienen. Resplandece aquí de modo especial la presencia de Dios
en medio de su pueblo. En medio de nosotros está Cristo en la Eucaristía. Hemos
de ser conscientes de esa verdad y actuar en consecuencia.
Rezamos
con el Salmo 113: «Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de
Jacob, de un pueblo balbuciente, Judá fue su santuario, Israel fue su dominio.
El mar al verlos huyó, el Jordán se echó atrás... ¿Qué te pasa, mar, que huyes, a ti, Jordán, que te echas atrás?»
Las maravillas de Dios obradas en el Antiguo Testamento se renuevan y aventajan
en el Nuevo Testamento, y en el tiempo de la Iglesia son realizadas por Dios en
cada una de las almas, que son otros tantos santuarios en los que Dios habita.
Cristo
enseña a los hombres a confiar en el Padre celestial y otorga a todos una
bendición sobreabundante, comunicando a los hombres su misma vida divina.
Años pares
Ezequiel
12,1-12: Emigra a la luz del día, a la vista de todos: Dios
invita al profeta a que imite la emigración a fin de anunciar la futura
deportación y el destierro, y de modo especial
el ocaso del reinado de Sedecías, el último rey de Judá. Es el castigo
de aquellos que «tienen ojos para ver y no ven; y oídos para oír y no oyen». Con
estas palabras repetidas varias veces, reprocha Cristo el desinterés de algunos
de sus oyentes ante las realidades de lo alto que les enseña.
La
emigración es constante en nuestros tiempos: campos absorbidos por las
ciudades; países pobres por los ricos; ciudades en paro por las de mucho trabajo...
Es un signo de las limitaciones del hombre. Todo desplazamiento viene a ser
como un desarraigo de la persona. El cristiano debe ver todo esto con un
criterio sobrenatural: llevar la cruz, acogida al hermano, caridad constante en
unos y en otros... Así contribuimos a hacer una humanidad más conforme a los
mandatos de Dios y a Dios mismo. Se ha de dar en la Iglesia una preocupación
grande para que la vida espiritual y la práctica religiosa de los emigrantes no
decaigan, sino que se vivifiquen.
Con
el Salmo 77 proclamamos: «No olvidéis las acciones de Dios...
Tentaron a Dios Altísimo y se rebelaron, desertaron y traicionaron... Dios los
oyó y se indignó... entregó su pueblo a la espada»... La historia de Israel,
resumida en este Salmo, es una historia de Alianza de Dios con su pueblo,
marcada por la fidelidad inquebrantable de Dios y por las infidelidades
humanas. Es ocasión de hacer una gran revisión de vida. ¿hay en nosotros
infidelidades? Volvámonos a Dios, que es un Padre misericordioso y nos perdona siempre.
Es San Pablo quien nos dice que todo lo del Antiguo Testamento sucedió como
ejemplo para nosotros, para nuestra vida de cristianos (1 Cor 10,11-13).
Aceptemos con humildad esas lecciones y actuemos en consecuencia:
correspondamos con un mayor amor a los beneficios inmensos que Dios nos otorga.
Mateo
18,2119,1: Perdón constante. Jesucristo indica a Pedro que se
ha de perdonar sin límites, sin medida
y eso mismo enseña con la parábola del rey que
quiso ajustar las cuentas. Comenta San Agustín:
«Ved, hermanos, que la cosa está clara y que la amonestación es
útil. Se debe, pues, la obediencia realmente salutífera para cumplir lo
mandado. En efecto, todo hombre al mismo tiempo que es deudor ante Dios tiene a su hermano por deudor...
Se queremos que se nos perdone a nosotros, hemos de estar dispuestos a perdonar
todas las culpas que se cometan contra nosotros» (Sermón 83,2 y 4).
San
Jerónimo comenta:
«Sentencia temible si el juicio de Dios se acomoda y cambia de
acuerdo a las disposiciones de nuestro espíritu. Si no perdonamos una pequeñez
a nuestros hermanos, las cosas grandes no nos serán perdonadas por Dios. Como
cada uno puede decir: Yo no tengo nada contra él, él sabe, tiene a Dios por
juez, no me importa lo que quiere hacer, yo le he perdonado, el Señor confirma
su sentencia y destruye totalmente la simulación de una paz fingida diciendo:
Si cada uno no perdona de corazón a su hermano» (Comentario al
Evangelio de Mateo 18,35).
Años
impares
Josué
24,1-3: Os saqué de Egipto. Os dí una tierra. El Señor habla al
pueblo por boca de Josué y le recuerda
las maravillas obradas en su favor.
El
relato de la asamblea de Siquem ilustra de forma interesante el contenido de la
Alianza, que no se reduce, en primer término, al hecho de Dios que reconoce a
su pueblo. Es ante todo, la constitución de un pueblo en torno a una fe común y
a un culto común. Israel reconoció a su Dios. Nacionalidad y religión son
inseparables en Israel. Todo es comunitario. Dios no quiso la santificación ni
la salvación de unos cuantos individuos considerados aisladamente, sino la
constitución de un pueblo, de un reino, de una nación, donde se santifiquen y
se salven los individuos. Esto en el Antiguo Testamento, en el Nuevo y en la
vida de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo. De ahí el sentido comunitario de
la liturgia que no parte del «yo» sino del «nosotros».
Esto
da ocasión para que, con el Salmo 135, demos gracias al Señor, «porque es eterna su misericordia;
dio su tierra en heredad, en heredad a Israel, su siervo y lo libró de sus
opresores». En este salmo se desarrolla el tema en forma de grandiosa letanía
que, a través de las obras de Dios que se conmemoran, dejada grabada en el
corazón una sola idea: que la misericordia de Dios es eterna, cosa que se
repite veintiséis veces.
Recordando
que este salmo lo recitó Cristo después de la institución de la Eucaristía, es
un buen momento para agradecer a Dios tan inmenso don en el que se manifestó su
misericordia, como en ninguna otra obra suya. Este Salmo es llamado el Gran
Hallel, o la Gran Alabanza. La obra de la creación y toda la
historia de la salvación no es más que una sola y grande manifestación del
inmenso amor de Dios para con los hombres. Esto exige de nosotros una incesante
correspondencia de amor.
Años pares
Ezequiel
16,1-15.60.63: Dios bondadoso otorga sus bienes, pero el hombre los
rechaza. Resumen de la historia de Israel, que es mimado por Dios, pero él
no le corresponde. Castigo y perdón, pues Dios, que es infinito en todo, lo es
también en su amor misericordioso.
El
amor de Yahvé por Jerusalén se manifiesta como una elección personal, como un
don del corazón, como instituciones, culto... Se trata de una comunión total, y nada en la vida de
la ciudad es ignorado por el amor y la gracia divina. Por todo esto, la
infidelidad de Jerusalén es particularmente grave. Ningún pueblo ha sido tan
favorecido por Dios, por lo cual son menos culpables que Jerusalén. ¿Qué decir
de la vida cristiana, de nuestra elección a la vida de la gracia, a la íntima
unión con Dios, a pertenecer al Cuerpo Místico de Cristo? Nuestras
infidelidades son más graves que las de Jerusalén.
Como
Salmo responsorial se han escogido algunos versos de Isaías 12:
«Ha cesado tu ira y me has consolado». Por eso el piadoso profeta exulta de
gozo: «El Señor es mi Dios y Salvador; en Él confío y no temeré, porque mi
fuerza y mi poder es el Señor. Él fue mi salvación. De la Fuente de la
Salvación saco agua, es decir, de su Sagrado Corazón. Doy gracias, invoco su
nombre, cuento a los pueblos sus hazañas, proclamo que su nombre es
excelso...¡Qué grande es el Señor en medio de nosotros!».
Mateo
19,3-12: Matrimonio indisoluble y exaltación del celibato. Dios
quiere que marido y mujer estén unidos como una sola carne. Nadie es quien para
cambiar el sentido de unas palabras tan claramente enunciadas: «lo que Dios ha
unido que no lo separe el hombre», aunque este hombre fuese Moisés. San Juan
Crisóstomo dice:
«Mirad la
sabiduría del Maestro. Preguntado si es lícito
abandonar a la mujer, no responde a bocajarro: No, no es lícito, con lo que
podían alborotarse y turbarse sus preguntantes. No; antes de pronunciar su
sentencia, pone la cuestión en evidencia por el hecho mismo de la Creación,
haciendo así ver que el mandato venía también de su Padre, y que, si Él mandaba
aquello, no era por oponerse a Moisés. Pero mirad cómo no lo afirma solo por el
hecho mismo de la Creación, sino por el mandamiento mismo de su Padre. Porque
no solo dijo que Dios hizo un solo hombre y una sola mujer, sino que mandó
también que uno solo se uniera con una sola. Si Dios, en cambio, hubiera
querido que el hombre pudiera dejar a una y tomar a otra, después de hacer un
solo varón, hubiera formado muchas mujeres. Pero, la verdad es que tanto por el
modo de la Creación como por los términos de su Ley, Dios demostró que uno solo
ha de convivir con una sola para siempre y que jamás puede romperse la unión» (Homilía
62,1, sobre San Mateo).
Años
impares
Josué
24,14-29: Elección por el Señor. Josué propone a la asamblea que
concluya un pacto con el Señor, cosa que aceptó el pueblo afirmando
ardorosamente su decisión de servir a Dios y de obedecerle. Es un ejemplo
siempre actual y siempre necesario: elegir a Dios, servir a Dios, aunque Él no
lo necesite. Oigamos a San Ireneo:
«Así acontece en el servicio de Dios: a Dios no le aporta nada,
pues Dios no tiene necesidad del servicio de los hombres; mas a aquellos que le
sirven y le siguen, Dios les da la vida, la incorruptibilidad y la gloria eterna.
Él concede su benevolencia a los que le sirven por el hecho de servirle, y a
los que le siguen por el hecho de seguirle, pero no recibe de ellos beneficio
alguno, porque es perfecto y no tiene ninguna necesidad. Si Dios solicita el
servicio de los hombres es para poder, siendo bueno y misericordioso, otorgar
sus beneficios a aquellos que perseveran en su servicio; porque, del mismo modo
que Dios no tiene necesidad de nada, el hombre tiene necesidad de la comunión
con Dios, pues la gloria del hombre está en perseverar en el servicio de Dios»
(Tratado contra las herejías 4,3).
El Salmo
15 es un poema de oro, que hace una opción absoluta por Dios; un poema
precioso, que convierte la fe en un manantial inagotable de amor: «Tú eres,
Señor, mi heredad... El Señor es el lote de mi heredad y mi cáliz, mi suerte
está en su mano... Bendigo al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye
internamente. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no
vacilaré».
Nuestro
ejemplo y modelo es Cristo, que hizo siempre la voluntad del Padre (Mt 26,39;
Lc 2,49). Donde está la Cabeza allí ha de estar el Cuerpo. Somos coherederos
con Cristo (Rom 8,16-17). Para todo cristiano Dios es el único y sumo Bien.
Todo «ídolo» que se introduce en la vida cristiana la empobrece hasta
destruirla, porque quita a Dios sus derechos y seca la fuente vital de la
existencia humana hecha a imagen y semejanza de Dios. Solamente en Dios podemos
encontrar la fuente de la alegría, de la paz y la promesa segura de una vida
eterna feliz. Hemos optado por Dios. Ahí está nuestra verdadera felicidad y
victoria.
Años pares
Ezequiel
18,1-10.13.30-32: Os juzgué a cada uno según su conducta. Dios
da cuenta, por medio del profeta, de la responsabilidad de cada uno de cara al
juicio divino: es un llamamiento a la conversión del corazón y al cambio de
vida. San Cipriano escribe:
«Cuál y cuánta es la paciencia de Dios se ve en que aguanta con
toda calma la afrenta que hacen a su soberanía y dignidad los hombres,
levantando templos idolátricos, fabricando estatuas, practicando sacrificios
sacrílegos. Se ve en que hace nacer el día y el sol lo mismo sobre los buenos
que sobre los malos, y riega la tierra con lluvias, sin quedar nadie excluido
de sus beneficios, porque no discrimina entre justos y malvados. Vemos que, por
una equidad inseparable de la paciencia, lo mismo a los inocentes que a los
culpables, a los piadosos que a los impíos, a los agradecidos que a los
ingratos sirven por disposición de Dios las estaciones, favorecen los
elementos, soplan los vientos, corren las fuentes, crecen las mieses, maduran
las uvas, florecen los prados.
«Y a pesar de provocar continuamente con ofensas la ira de Dios,
sin embargo contiene su cólera y aguarda con calma el día prescrito para la
sanción; aunque tiene en sus manos la venganza, prefiere dar tiempo con su
clemencia y demora para ofrecer la posibilidad de que ceda alguna vez la
prolongada malicia, y los hombres encenagados en errores y crímenes, al menos
al final, se vuelvan a Dios, ya que dirige estas advertencias: No quiero la
muerte del pecador, sino que se
arrepienta y viva (Ez 18,32)» (De los bienes de la paciencia 3-4).
Ese
espíritu de conversión lo hacemos oración con el Salmo 50: «Oh
Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no
me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu, devuélveme la
alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso... un corazón
quebrantado y humillado Tú no lo desprecias, Señor». Hasta el fin de los
tiempos este Salmo será la plegaria de todo hombre que busca el camino de la
salvación y que lucha contra el mal que se anida en su corazón.
Mateo
19,13-15: No impidáis a los niños que se acerquen a Mí, de ellos es
el Reino de los cielos. Oigamos a San Agustín, que en una octava de la
Pascua predica:
«De los tales es el Reino de los cielos (Mt 19,14), es decir, de
los humildes, de los párvulos en el espíritu. No los despreciéis; no los
aborrezcáis. Esta sencillez es propia de los grandes; la soberbia, en cambio,
es la falsa grandeza de los débiles, que, cuando se adueña de la mente,
levantándola, la derriba; inflándola, la vacía; y de tanto extenderla, la
rompe. Él humilde no puede dañar; el soberbio no puede no dañar... Así, pues,
si guardáis esta piadosa humildad que la Escritura Sagrada muestra ser una
infancia santa, estáis seguros de alcanzar la inmortalidad de los
bienaventurados: de los tales es el Reino de los cielos» (Sermón 353,1).