18ª Semana
Entrada:
«Dios mío, dígnate librarme; Señor, date prisa en socorrerme. Que tú eres mi
auxilio y mi liberación; Señor, no tardes» (Sal 69,2.6).
Colecta
(del Veronense, retocada con textos del Gelasiano y
Gregoriano): «Ven, Señor, en ayuda de tus hijos; derrama tu bondad inagotable
sobre los que te suplican, y renueva y protege la obra de tus manos en favor de
los que te alaban como creador y como guía».
Ofrendas
(del Misal anterior, retocada con textos del Veronense): «Santifica, Señor,
estos dones; acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a nosotros
transfórmanos en oblación perenne».
Comunión:
«Nos has dado pan del cielo, Señor, que brinda toda delicia y sacia todos los
gustos» (Sab 16,20); o bien: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no
pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed, dice el Señor» (Jn 6,35).
Postcomunión
(del Misal anterior, retocada con textos del Gelasiano):
«A quienes has renovado con el pan del cielo, protégelos siempre, Señor, y, ya
que no cesas de reconfortarlos, haz que sean dignos de la redención eterna».
Ciclo A
La
multiplicación de los panes y peces (lectura evangélica) ha sugerido el texto
de Isaías 55,1-3, en el que el Señor invita a comer y a beber gratis. En la
segunda lectura San Pablo corona su exposición con un himno al amor de Dios.
La
liturgia de la palabra es hoy una proclamación de la condición vivificante de
Cristo y una meditación profunda sobre la grandeza de cuantos, por la fe, hemos
conocido el gran acontecimiento de la Eucaristía. Por lo mismo, es un día de
gratitud y de responsabilidad, de amor intenso y de fidelidad amorosa al Padre
que así nos ha amado en su Hijo unigénito.
Isaías
55,1-3: Daos prisa y comed. La idea de convite de
comunión con Dios y de llamamiento divino a participar en él aparece en los
vaticinios mesiánicos como un reclamo amoroso de Dios invitándonos a la
salvación. En todos los dones que nos ofrece ese texto de Isaías se subraya la
«gratuidad». A tal gratuidad de amor y de benevolencia se contrapone la desidia
del hombre, que pretende busca en sí mismo su felicidad. San Jerónimo dice:
«Había dicho que todo vaso falso había de ser machacado contra
la Iglesia, y toda voz y lengua que se armara contra la lengua de Dios había de
ser superada. Provoca a los creyentes a venir al río de Dios, lleno de aguas, y
cuyo ímpetu alegra la ciudad de Dios, para que beban en las fuentes del
Salvador. Dice a la Samaritana: si conocieras el don de Dios..., te habría
dado agua viva (Jn 4,10). Y en el templo: si alguno tiene sed, que venga a Mí
y beba... (Jn 7,37-38), significando al Espíritu Santo... De ella se dice con
palabra mística: mi alma tiene sed de Dios (Sal 41,2), y en otro lugar: me
han abandonado a Mí, fuente de aguas vivas, para cavarse aljibes agrietados
(Jer, 2,13). Estas aguas las esparcen las nubes, por las que llega la verdad de
Dios (Is 45,8)» (Comentario al profeta Isaías).
En el Salmo 144 prosigue el tema de la
lectura: «Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores... Todos aguardan a
que Él nos dé la comida a su tiempo... Él abre la mano y sacia de favores a
todos viviente... está cerca de los que lo invocan sinceramente». Alabamos a
Dios, digno de toda alabanza por su infinita grandeza, por la sublimidad
maravillosa de sus obras. Pero, sobre todo, por su inmensa bondad, por su
misericordia y generosidad, ya que todos los dones que tenemos lo debemos a Él.
Romanos 8,35.37-39: Ninguna
criatura podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo. Frente
al mundo increyente o anticristiano que dramáticamente pretende arrancar al
creyente del amor de Dios garantizado por Cristo, el mismo Cristo es quien nos
mantiene en el amor del Padre y nos vivifica. Comenta San Agustín:
«Por la paciencia fueron coronados los mártires: Deseaban lo que
no veían y despreciaban los sufrimientos. Fundados en esta esperanza decían:
¿Quién nos separará del amor de Cristo?... (Rom 8,23 s.). ¿Dónde está el por
quién? Porque por Ti vamos a la muerte cada día. Por Ti. ¿Y dónde está?:
Dichosos los que no vieron y creyeron (Jn 20,29). Mira dónde está: En ti,
pues en ti está tu misma fe. ¿O nos engaña el Apóstol que dice que Cristo
habita por la fe en nuestros corazones? (Ef 3,17). Ahora habita por la fe,
luego por la visión; por la fe mientras estamos en camino, mientras dura
nuestro peregrinar... Todo lo que aquí buscamos, todo lo que aquí tenemos por
grande, todo eso será para ti... Estando en posesión de la caridad y
nutriéndola en nosotros, perseveremos con confianza en Dios, con su ayuda, y
digamos hasta que Él se apiade y lo lleve a la perfección: ¿Quién nos separará
del amor de Cristo...? (Sermón 158,8-9).
La
garantía del cristiano es el amor inquebrantable y gratuito de Dios, no la propia
voluntad de corresponder a Él, aunque sea muy decidida y comprometida. Toda la
teología de la gracia de modo incisivo y entusiasta está contenida en esa
lectura paulina, corta, pero densa y luminosa.
Mateo
14,13-21: Comieron hasta quedar satisfechos. Si
Jesucristo, Dios-Hombre entre los hombres, tenía poderes divinos para dar vida
a los cuerpos, mucho más para dar vida a las almas. Comenta este evangelio San
Jerónimo:
«Levanta los ojos al cielo para enseñarnos a dirigir hacia allí
nuestra mirada. Tomó en sus manos los cinco panes y los dos pececitos, los
partió y se los dio a sus discípulos. Cuando el Señor parte los panes abundan
los alimentos. En efecto, si hubieran permanecido enteros, si no hubieran sido
cortados en trozos ni divididos en cosecha multiplicada no hubieran podido
alimentar a las gentes, los niños, las mujeres, a una multitud tan grande.
Comenta San Jerónimo:
«Por eso la Ley con los profetas es fraccionada en trozos y son
anunciados los misterios que contiene para que lo que estaba íntegro y en su
primer estado no alimentaba, dividido en partes, alimente a la multitud de los
pueblos. Cada uno de los apóstoles llena su canasto con los restos del Salvador
para tener luego que alimentar a los pueblos o bien para mostrar con esos
restos que los panes multiplicados eran panes verdaderos. Trata a la vez de
explicar cómo en un desierto, en una soledad tan vasta donde no se encuentran
sino cinco panes y dos pececitos, tan fácilmente se hallan doce canastos» (Comentario
al Evangelio de Mateo 14,19-20.
Jesús
«rompe» la ley, y los misterios que contiene escondidos en su interior son
ahora revelados. Es lo que quiere decir San Jerónimo y lo mismo dice San
Agustín (La ciudad de Dios 4,33 y 16,26,2).
Ciclo B
La
multiplicación de los panes y de los peces dio ocasión a Jesucristo a exponer
la admirable doctrina del Pan de la vida. Esto ha sugerido la primera lectura
sobre el maná en el desierto (Ex 16,2-4.12-15). San Pablo nos recuerda en la
segunda lectura que el cristiano es un hombre nuevo. Ha de abandonar el hombre
viejo que había en él.
La lectura
continuada del capítulo sexto del Evangelio según San Juan nos presenta el
acontecimiento eucarístico como misterio de participación de la vida divina del
Verbo encarnado en plenitud de vida para nosotros. En la plenitud de los
tiempos Cristo es el verdadero maná, que da la vida divina y la salvación real
de los elegidos de Dios para la eternidad. Participar de esta vida, viviendo el
misterio de Cristo y dejándonos transformar por Él, es la finalidad del
acontecimiento salvífico del Hijo de Dios vivo y viviente en medio de su
Iglesia (Jn 10,10).
Éxodo
16,2-4.12-15: Yo haré llover pan del
cielo. Peregrinos los israelitas por el desierto hacia la tierra de
promisión, el alimento providencial del maná fue signo permanente del amor
divino sosteniendo su indigencia de emigrantes. San Gregorio Magno dice:
«Truena Dios maravillosamente con su voz, porque con fuerza
oculta penetra incomparablemente nuestros corazones y, cuando con secretos
impulsos los oprime en el terror y los reforma en el amor, publica de alguna
manera calladamente con cuánto ardor debe ser seguido; y hácese en el alma una
grandeza de ímpetu, aunque no suena nada en la voz. La cual tanto más
fuertemente resuena en nosotros cuanto hace ensombrecer el oído de nuestro
corazón de todo sonido exterior.
«Por lo cual el alma, recogida luego en sí misma por esta voz
interior, se maravilla de lo que oye, porque recibe la fuerza de la compunción
no conocida. La admiración de la cual fue bien figurada en Moisés cuando el
maná vino de arriba (Ex 16,15). Porque aquel dulce manjar es llamado maná que
quiere decir :¿Qué es esto? Y entonces decimos: ¿qué es esto, cuando, no sabiendo
lo que vemos nos maravillamos» (Tratados morales sobre el libro de Job
27,42).
Con
el Salmo 77 decimos: «El Señor les dio pan del cielo»... Dio
orden las altas nubes, abrió las compuertas del cielo. Hizo llover sobre ellos
maná, les dio pan del cielo. El hombre comió pan de ángeles, el Señor les mandó
provisiones hasta la hartura»...
Efesios
4,17.20-24: Vestíos de la nueva
condición humana creada a imagen de Dios. En la Nueva Alianza Cristo mismo
es el misterio de la vida divina que nos vivifica y nos transforma en hijos
suyos. El paso de una situación a otra se denomina «nueva creación» No se trata
de un cambio exterior, como el que tendría lugar en quien cambia de vestido,
sino de una renovación interior, por la que el cristiano, al ser hecho nueva criatura
en Jesucristo, puede vivir la justicia y la santidad con una profundidad y
verdad que superan las fuerzas de la propia naturaleza humana. San Anastasio
Sinaíta dice:
«Entrar en la iglesia y honrar las imágenes sagradas y las
veneradas cruces, no basta por sí solo para agradar a Dios, como tampoco
lavarse las manos es suficiente para estar completamente limpio. Lo que
verdaderamente es grato a Dios es que el hombre huya del pecado y limpie sus
manchas por la confesión y la penitencia. Que rompa las cadenas de sus culpas
con la humildad del corazón» (Sermón sobre la sagrada sinaxis).
Juan
6,24-35: El que viene a Mí no pasará hambre, y el cree
en Mí no pasará nunca sed. Cristo se nos presenta como providencia amorosa
y como Redentor definitivo que nos ofrece la salvación eterna.
Comenta
San Agustín:
«Necesitamos el consejo
de cómo llegar a Él para saciarnos de Aquel del que ahora apenas conseguimos
una migajas, para no perecer de hambre en este desierto; sobre cómo llegar a la
hartura de ese Pan del que dice el Señor. Necesitamos el consejo sobre cómo
conseguir esa saciedad de Pan tan distinta de la saciedad de quien sufre el
hambre de aquí abajo» (Sermón 389,2).
Dios
pone a disposición del hombre su vida una vida que no termina jamás, pues
supera la muerte.
Esta
vida se identifica con el Hijo que el Padre ha dado al mundo. Aceptar al Hijo
equivale a entrar en el círculo de la vida divina. El hombre tiene que abrirse
al Hijo. En una palabra, tener fe en Él, tomar una decisión por Él y vivir de
Él.
Hemos
de repartir el pan material, para que el mundo entero se acerque al Pan
espiritual, esto es, la Sagrada Eucaristía.
Tenemos
una gran responsabilidad de una comunión vital con el Corazón de Cristo vivo,
que deberá dar nuevo sentido a toda nuestra vida, más allá del altar y del
templo, si no queremos profanar con nuestra conducta lo que la Eucaristía
significa y exige.
Ciclo C
La
codicia de que nos habla el Evangelio de hoy está relacionada con la primera
lectura: «Vaciedad sin sentido; todo es vaciedad». Nueva vida, nos dice San
Pablo, han de vivir los que han sido bautizados, pues son un hombre nuevo. Esto
hace que caminemos hacia el encuentro del Señor.
Las
lecturas de este domingo nos recuerdan el «principio y fundamento» de los Ejercicios
de San Ignacio de Loyola: «El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y
servir a Dios y mediante esto salvar su alma». Todo lo demás vale «tanto» en
«cuanto». Caminamos hacia Dios. Somos peregrinos. Nos realizamos en Cristo.
Eclesiástico
1,2; 2,21-23: ¿Qué saca el hombre de todo su trabajo?.
El insondable misterio de la muerte y de la limitación de la felicidad humana,
sin perspectivas de eternidad, son una fuente permanente de defraudación, que
sólo la fidelidad en Dios puede esperar». Dice San Gregorio Magno:
«Cosas vanas hacemos cuando pensamos en las cosas transitorias;
y de aquí es que se dice envanecer lo que de repente es quitado de los ojos de
los que lo miran... Así que las cosas que pasan son vanas, según que dice
Salomón (Ecl. 1,2). Pero convenientemente después de la vanidad sigue luego la
maldad, porque, cuando somos llevados por algunas cosas transitorias, somos
atados culpablemente en algunas de ellas; y como el alma no tiene estado de
firmeza, procediendo de sí misma con inconstancia, cae en los vicios. Así que
de la vanidad se cae en la maldad, porque el alma, acostumbrada a las cosas
mudables, como siempre salta de unas cosas a otras, allégase a las culpas que
nuevamente nacen» (Tratados morales sobre el libro de Job 10,20-21).
El
Salmo 94 recuerda al pueblo judío, y ahora a nosotros, las
prevaricaciones de tiempos pasados: «No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto». Podemos encontrarnos también nosotros en
situaciones semejantes. Es mejor: «aclamar al Señor, postrados por tierra,
bendiciendo al Señor, Creador nuestro», no sólo con nuestros labios, sino,
sobre todo, con el corazón y las obras buenas.
Colosenses
3,1-5.9-11: Buscad los bienes de arriba, donde está
Cristo. Incorporado al misterio redentor por la renuncia al «hombre viejo»
y por la «nueva vida en Cristo», el auténtico cristiano puede superar a diario
el riesgo de frustración de su vida para la eternidad. San Agustín ha comentado
con frecuencia este pasaje paulino en sus sermones. Escogemos un sermón
predicado en Hipona en la octava de Pascua:
«Escuchemos lo que dice el Apóstol: Si habéis resucitado con
Cristo... ¿Cómo vamos a resucitar si aún no hemos muerto? ¿Qué quiso decir
entonces el Apóstol con esas palabras? ¿Acaso Él hubiera resucitado si o
hubiera muerto antes? Hablaba a personas que aún vivían, que aún no habían
muerto y ya habían resucitado. ¿Qué significa esto?
« Ved lo que dice: si habéis resucitado con Cristo saboread las
cosas de arriba, buscad las cosas de arriba... Si vivimos bien, hemos muerto y
resucitado; quien, en cambio, aún no ha muerto ni resucitado, vive mal todavía;
y, si vive mal, no vive; muera para no morir. ¿Qué significa muera para no
morir? Cambie para no ser condenado... A quien aún no ha muerto, le digo que
muera; a quien aún vive mal, le digo que cambie. Si vive mal, pero ya no vive,
ha muerto; si vive bien, ha resucitado... Por tanto, mientras vivimos en esta
carne corruptible, muramos con Cristo, mediante el cambio de vida, y vivamos
con Cristo, mediante el amor a la justicia. La vida feliz no hemos de recibirla
más que cuando lleguemos a Aquel que vino hasta nosotros y comencemos a vivir
con quien murió por nosotros» (Sermón 231,3ss).
Lucas
12,13-21: Lo que has acumulado ¿de quién será? La
misión redentora de Cristo de Cristo Jesús no fue la de solucionarnos la
felicidad materialista en el tiempo, sino la de abrir nuestras vidas íntegras a
los verdaderos valores de la eternidad, que nos llevan hasta el Padre. Lo
afirma San Ambrosio:
«El que había descendido para razones divinas, con toda justicia
rechaza las terrenas, y no se digna hacerse juez de pleitos ni repartidor de
herencias terrenas, puesto que Él tenía que juzgar y decidir sobre los méritos
de los vivos y de los muertos. Debes, pues, mirar no lo que pides, sino a quien
se lo pides, y no creas que un espíritu dedicado a cosas mayores puede ser
importunado por menudencias. Por esto, no sin razón es rechazado este hermano
que pretendía que el Dispensador de los bienes celestiales se ocupara en cosas
materiales, cuando precisamente no debe ser un juez el mediador en el pleito de
la repartición de un patrimonio, sino el amor fraterno.
«Aunque, en realidad, lo que debe buscar un hombre no es el
patrimonio del dinero, sino el de la inmortalidad; pues vanamente reúne
riquezas el que no sabe si podrá disfrutar de ellas, como aquél que, pensando
derribar los graneros repletos para recoger las nuevas mieses, preparaba otros
mayores para las abundantes cosechas, sin saber para quien las
amontonaba (Sal 38,7). Ya que todas las cosas de este mundo se quedan en
él y nos abandona todo aquello que acaparamos para nuestros herederos; y, en
realidad, dejan de ser nuestras todas esas cosas que no podemos llevar con
nosotros. Sólo la virtud acompaña a los difuntos, sólo la misericordia nos
sirve de compañera, esa misericordia que actúa en nuestra vida como norte y
guía hacia las mansiones celestiales, y logra conseguir para los difuntos, a
cambio del despreciable dinero los eternos tabernáculos» (Tratado sobre el
Evangelio de San Lucas lib.VII,122).
Años
impares
Números
11,4-15: Yo solo no puedo cargar con este pueblo.
Quejas de los israelitas por el maná. Moisés se desahoga ante Dios. San Pablo, evocando
las murmuraciones del pueblo en el desierto, escribe a los Corintios en su
primera Carta, 10,6: «No codiciéis el mal, como lo hicieron vuestros padres».
San Agustín dice:
«Cuando los cuerpos de los fieles son sometidos a servidumbre,
toda disminución del placer corporal va en provecho de la salud del espíritu.
Por ello debéis guardaros de buscar manjares costosos, o simplemente
sustituirlos por otros, a veces, más exquisitos, bajo la excusa de no comer
carne. La mortificación del cuerpo y su reducción a servidumbre conlleva
reducir los placeres, no cambiarlos por otros. ¿Qué importa un alimento u otro,
si la culpa está en el deseo inmoderado del mismo? La voz divina condenó a los
israelitas por apetecer no sólo carnes, sino también algunos frutos y alimentos
del campo... Por lo tanto, amadísimos, sean cuales sean los alimentos de que os
plazca absteneos, recordad las palabras antes mencionadas, para manteneros en
vuestros propósitos por religiosa templanza, sin condenar, por sacrílego error,
a ninguna criatura de Dios» (Sermón 208,1).
Con
unos versos del Salmo 80 nos unimos a la lectura anterior:
«Aclamad a Dios, nuestra fuerza. Mi pueblo no escuchó mi voz. Israel no quiso
obedecer. Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino». Un Dios
tan bueno para con su pueblo, tiene derecho a que se le oiga y se le obedezca
como su único Dios. Él ha testimoniado de sí mismo narrando todas sus grandes
gestas en favor de Israel. Ahora corresponde a los israelitas dar testimonio de
sí mismos obedeciendo y amando a su Señor. No quisieron. Pero Dios esperó su
conversión. Así también nosotros. Todo pecado es una especie de idolatría que
sustituye al Dios único por un capricho. También el Señor espera nuestra
conversión, nuestro progreso espiritual. Siempre podemos, debemos, optar por un
grado mayor de perfección.
Años pares
Jeremías
28,1-17: Jeremías sufre la contradicción del profeta
Ananías que asegura al pueblo una liberación inmediata. Jeremías,
desorientado en un principio, cambia de postura y, desenmascarando al falso
profeta, denuncia la próxima derrota.
El
individuo que va a la búsqueda de sí mismo, considera que la actitud de la
sociedad para con él es la de los falsos profetas, puesto que calla una verdad
para ofrecer otra; por otra parte, define la verdad de manera tan absoluta y
con una publicidad tan bien orquestada, que el individuo se verá obligado a
aceptarla, no por convicción, sino para ser bien visto, por causa de su buen
nombre o, simplemente, para no hacerse notar. Es, por consiguiente, imposible
que una sociedad así concebida tenga una alta concepción de su ética.
El «falso profeta» puede hallarse también en
los que defienden la lucidez con fanatismo; los que crean poseer ellos solos la
verdad, los que no quieren escuchar, sino que se les escuche. Todo ha de ser
moderado por la humildad y el amor.
De
nuevo rezamos unos versos del Salmo 118, el más largo de todo el
Salterio. Humildemente se pide al Señor que nos instruya en sus leyes, que nos
aparte del falso camino y nos dé la gracia de su voluntad, que no quite de
nuestros labios las palabras sinceras, porque queremos esperar en sus
mandamientos..., que sea nuestro corazón perfecto en sus leyes, para no quedar
avergonzado. A pesar de los lazos y redes del enemigo el fiel medita los preceptos
del Señor. Instruídos por Él no nos apartamos de sus mandatos.
Mateo
14,13-21: La multiplicación de los panes y peces.
Se ha querido ver en este hecho a Cristo como un nuevo Moisés, capaz de saciar
al pueblo con alimento de vida y conducirlo a los pastos definitivos. Toda la
narración de la multiplicación de los panes y de los peces está concebida de
tal manera que aparece realmente Cristo, no como Moisés, sino como superior a
él, ofreciendo un alimento de más valor que el antiguo maná, liberando al
pueblo del legalismo en que había caído la ley de Moisés, triunfando sobre las
aguas del mar y abriendo acceso a la verdadera Tierra Prometida, no solamente a
los miembros del pueblo elegido, sino también a los mismos paganos. San Juan
Crisóstomo comenta este milagro:
«Por el
lugar en que se hallaban, por el hecho de no darles de comer sino pan y peces,
y dársele a todos en igual medida y en común y que a nadie se le procurara
mayor porción que a otro, el Señor daba a las muchedumbres lecciones varias de
humildad, de templanza, de caridad, de aquella igualdad que había de imperar
entre todos y de la comunidad de bienes en que habían de vivir... Él les dio
partidos los cinco panes y éstos se multiplicaban en manos de los discípulos. Y
no acaba aquí el prodigio, sino que el Señor hace que sobren, y que sobren no
sólo panes sino también fragmentos. Estos mostraban que eran restos de aquellos
panes, y los ausentes podían fácilmente comprobar el milagro.
«Podía
muy bien el Señor haber hecho que las gentes no sintieran hambre, pero sus
discípulos no se hubieran dado cuenta de su poder, pues eso mismo había
sucedido con Elías (3 Re 17,9-16). El hecho fue que los judíos quedaron tan
maravillados de este milagro, que intentaron proclamarlo rey, cosa que no
hicieron en ningún otro prodigio del Señor. ¡Qué palabra, pues, pudiera
explicar cómo se multiplicaban aquellos cinco panes, cómo corrían como un río
por el desierto, cómo fueron bastantes para tan ingente muchedumbre? Eran, en
efecto, cinco mil hombres sin contar las mujeres ni los niños. Máxima alabanza
de aquel pueblo, pues seguían al Señor a par de hombres y mujeres, ¿Cómo se
formaron los fragmentos? Porque éste es otro milagro no menor que el primero. Y
hubo tantos que se llenaron doce canastos, en número igual, ni más ni menos al
de los apóstoles. Tomando, pues, los fragmentos, los dio el Señor no a las
muchedumbres, sino a los apóstoles, pues las gentes eran aún más imperfectas
que los apóstoles» (Homilía 49,3 sobre San Mateo).
Años impares
Números
12,1-13: Se atrevieron a hablar contra Moisés. En
vista de las quejas de la profetiza María y de Aarón contra Moisés, el Señor
hace resaltar la superioridad de éste, a quien habla como confidente, que
tiene, además, el privilegio de contemplar su gloria. Dice San Jerónimo:
«Aquel caudillo del ejército israelita que había herido a Egipto
con diez plagas, y a cuyo mando obedecían cielo, tierra y mares, es proclamado
como el hombre más bondadoso de cuantos entonces había engendrado la tierra
(Num 12,3). Y por eso conservó el poder durante cuarenta años, pues con la
bondad y la mansedumbre atenuaba la arrogancia del mando. El pueblo intenta
apedrearlo, y él ruega por los que le quieren apedrear. Es más: prefiere se le
borre del libro de Dios (Ex,32,32) a que el pueblo que se le ha confiado
perezca. Quería de este modo imitar a aquel pastor de quien sabía que iba a
llevar sobre sus hombros las ovejas descarriadas... También el discípulo del
Buen Pastor desea ser anatema por sus hermanos y allegados según la carne, que
son los israelitas (cf. Rom 9,3). Y si éste desea perecer para que los
perdidos no perezcan, ¿cuánto más los padres buenos deberán estar atentos para
no provocar a sus hijos a ira y no forzar por una dureza excesiva a que aun los
más dóciles se hagan violentos?» (Carta 82,3, a Teófilo).
Los
judíos, arrepentidos de haber criticado a Moisés, obtienen el perdón. También
nosotros lo obtendremos rezando el Salmo 50: «Misericordia,
Señor, misericordia, hemos pecado». También nosotros pecamos y tenemos necesidad
del perdón de Dios. El venerable Padre Charles de Foucauld escribe:
«Gracias, Dios mío, por habernos dado esta divina oración del Miserere...
Este Miserere que es nuestra oración cotidiana... Digamos este Salmo con
frecuencia, hagamos a base de él nuestra oración. Él contiene el resumen de
todas nuestras oraciones: adoración, amor, ofrenda, acción de gracias,
arrepentimiento, súplica. Parte de la consideración de nosotros mismos y sobre
nuestros pecados, y se eleva hasta la contemplación de Dios, pasando por el
prójimo y orando por la conversión de todos los hombres».
La
humanidad pecadora, guiada por Cristo, encuentra el camino para pasar de la
esclavitud del mal a una vida renovada, obteniendo la efusión del Espíritu
Santo y un corazón puro santificado por la gracia divina, para ofrecerse a sí
misma, «como sacrificio viviente, santo y agradable a Dios» (Rom 12,1),
juntamente con Cristo el cual «se ha dado como sacrificio de suave olor» (Ef
5,2).
Años pares
Jeremías
30,1-2.12-15.18-22: Se cambiarán la suerte de las
tiendas de Jacob. No obstante la desgracia vaticinada, Dios pronuncia
palabras de consuelo, por boca del mismo profeta. La derrota exterior es
consecuencia del pecado, pero vendrá la reconstrucción y la alegría. Sigue la
Alianza porque Dios es siempre fiel a sus promesas. El mesianismo no ha muerto.
No puede morir. Espera la venida del Mesías: Cristo. San Jerónimo distingue
entre la aflicción del pecador y la del inocente:
«Existen diferentes tipos de aflicciones. Una es la aflicción
que padece el pecador como castigo sin remisión; otra es la que padece para que
se arrepienta; otra distinta es la que uno puede sufrir, no para que se
arrepienta de alguna falta pasada, sino para que no la cometa en el futuro;
otra, en fin, es la que padecen muchos, no para que se arrepientan de un pecado
pasado ni para impedir que lo cometan en el futuro, sino para que cuando uno es
salvado inesperadamente de la aflicción, ame con mayor ardor la esperada
potencia del que le salva. De esta forma cuando el sufrimiento alcanza al
inocente, permite que por su paciencia obtenga un cúmulo de méritos. Como hemos
dicho, a veces el pecado es afligido para recibir un castigo sin remisión, tal
como se dice a Judea al ser condenada: te golpeé con la desgracia del enemigo,
con un castigo cruel (Jer 30,14). Y añade: ¿por qué me invocas en la
aflicción? Tu dolor es incurable (ib. 30,15)» (Libros morales
sobre Job prefacio, 12).
Las
ideas de la lectura anterior siguen en estos versos del Salmo 101,
escogidos como responsorial: «El Señor reconstruyó Sión y apareció en su
gloria. Los gentiles temerán su nombre, los reyes del mundo su gloria, cuando
el Señor reconstruya Sión y aparezca su gloria, y se vuelva a la súplica de los
indefensos y no desprecie sus peticiones, cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor».
Dios
es eterno y por eso los hijos de sus siervos subsistirán y encontrarán una
habitación estable en el país que Él les ha asignado. Su posteridad vivirá
eternamente en su presencia. La eternidad de Dios aparece para el salmista como
el gran motivo de esperanza para él y para la ciudad santa. La tradición
cristiana ha meditado este Salmo como plegaria de Cristo en su Pasión. Él
resucitó y esta Resurrección es nuestra liberación. «El salario del pecado es
la muerte, pero el don de Dios es la vida eterna en Cristo Señor nuestro» (Rom
6,23).
Mateo
14,22-36. Cristo andando sobre las olas. Es un
signo más del misterio de su persona que se presenta como Hijo de Dios ante sus
discípulos. Comenta este evangelio San Jerónimo:
«Tened confianza. Soy yo. No temáis. Pone remedio a lo que
interesaba en primer lugar; a los que tienen miedo les manda: tened confianza,
no temáis. En cuanto a lo que sigue: Yo soy, sin especificar quién es, podían
conocer por la voz que les era conocida a quien les hablaba en las oscuras
tinieblas de la noche, o bien se acordaban de Aquel que sabían había hablado a
Moisés: Así dirás a los israelitas: Yo soy me ha enviado a vosotros.
«Pero le respondió: Señor, si eres Tú, mándame ir a ti sobre
las aguas. En todas partes encontramos la ardentísima fe de Pedro... También
ahora, con la misma ardiente fe de siempre, mientras los otros callan él cree
poder hacer por la voluntad del Maestro, lo que éste podía por naturaleza.
Mándalo y al punto las aguas se volverán sólidas y mi cuerpo, pesado por sí
mismo, se volverá liviano... Era ardiente la fe de su alma pero la fragilidad
humana lo arrastraba hacia las profundidades. Es abandonado por un momento a la
tentación para que aumente su fe y para que comprenda que ha sido salvado no
por una oración fácil, sino por el poder del Señor...
«Si al Apóstol Pedro cuya fe y corazón ardiente evocamos antes,
si a él que había pedido con gran confianza al Señor mándame ir a ti sobre las
aguas, por haber tenido miedo un momento se le dice: hombre de poca fe, ¿por
qué dudaste?, ¿qué se nos dirá a nosotros que no tenemos ni siquiera una parte
de esa poca fe?» (Comentario al Evangelio de Mateo 14,27-31).
Años impares
Números
13,2-3.26; 14,1,26-30.34-35: Despreciaron una tierra envidiable.
Las noticias de los exploradores de la tierra prometida es acogida con
murmuraciones. Dios castigó la incredulidad. La grandeza de estos hechos no
puede ser disimulada por las perversiones y abusos propios de gran parte de los
que se revelan. La misma rebelión contra Dios es ya una gran perversión. Dice
Orígenes:
«En este mismo libro que tenemos en las manos: cuando regresaron
los exploradores, enviados a inspeccionar la tierra, y diez de ellos, con sus
informes pésimos, infundieron desesperación al pueblo, pero los otros dos, a
saber, Caleb y Josué, anunciaron las ventajas (Num 13 y 14) y exhortaron al
pueblo a permanecer en lo propuesto, les valió del Señor un mérito inmortal, no
tanto su confesión, cuanto el miedo de sus compañeros» (Homilía sobre los
Números 16-17,9).
La
presencia de Dios es siempre fecunda de promociones humanas, sobre todo después
de Cristo, que ha iluminado con su vida y doctrina todas las situaciones en que
podemos encontrarnos los hombres. Siempre hemos de proceder con gran espíritu
de fe, de sumisión y de reverencia a Dios, a Cristo, a su Iglesia, que se rige
por pastores escogidos por Él. No hay que dudar: Cristo está presente en su
Iglesia hasta la consumación de los siglos, como Él mismo prometió, y su
palabra no puede fallar.
No
podemos ser desorientados por las revoluciones, por los díscolos, los
insumisos, los orgullosos, los autosuficientes que niegan toda autoridad al
Papa y a los obispos en comunión con él.
De
nuevo el Salmo 105 nos sirve de meditación a la lectura anterior:
«acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo: Hemos pecado con nuestros
padres, hemos cometido maldades e iniquidades... Olvidaron las obras de Dios,
no se fiaron de sus planes, ardieron de avidez en el desierto y tentaron a Dios
en la estepa... Se olvidaron de Dios, su Salvador»... También nosotros, por
nuestros pecados, hemos sido rebeldes. Necesitamos convertirnos a Dios con todo
nuestro corazón. Muchas veces nuestra misma historia está descrita en esas
páginas bíblicas. Es una historia de caídas, de rebeliones, de traiciones... Es
la historia del mismo Dios que sigue nuestros pasos y nos llama constantemente
a la conversión y a la penitencia. Es la historia de nosotros que, arrepentidos,
volvemos a Dios.
Años pares
Jeremías
31,1-7: Con amor eterno te amé. Jeremías contempla
la restauración de Israel, fruto del amor eterno de Dios para con los suyos.
Serán unos días de alegría para Jerusalén, celebrando al Señor que ha salvado a
su pueblo. San Ambrosio explica que:
«En todo actuar divino está presente la misma misericordia,
aunque la gracia varíe según nuestros méritos. El Pastor va a la oveja cansada,
es hallada la dracma que se había perdido, y el hijo, por sus propios pasos,
vuelve al Padre, y vuelve a Él plenamente arrepentido del error que le acusa
sin cesar (Lc 15,1-32). Y por eso, con toda justicia se ha escrito: Tú, Señor,
salvarás a los hombres y los animales (Sal 35,7). ¿Y quiénes son esos
animales? El profeta dijo que la simiente de Israel era una simiente de
hombres, y la de Judá, una simiente de animales (Jer 31,37) Y por eso Israel es
salvado como un hombre y Judá recogido como una oveja» (Tratado sobre el
Evangelio de San Lucas 7,208).
Del
mismo Jeremías se ha tomado el canto responsorial: «El Señor nos
guardará como Pastor a su rebaño... El que dispersó a Israel lo reunirá...,
porque el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte, vendrán con
aclamaciones a la altura de Sión, afluirán hacia los bienes del Señor...
convirtió su tristeza en gozo, los alegró y alivió sus penas» Esto mismo hace
con su Iglesia, con las almas de los pecadores que se convierten, con las almas
buenas que reparan los pecados de los demás. Con razón en el culto al Corazón de
Jesucristo se ha escogido este texto de Jeremías: «Con amor eterno te amé».
Esto está pidiendo una correspondencia de amor por nuestra parte.
Mateo
15,21-28: Mujer ¡qué grande es tu fe! Curación de
la hija de la Cananea. San Jerónimo elogia la fe de esta mujer:
«Admira
en la persona de la mujer cananea la fe, la paciencia, la humildad de la
Iglesia; la fe porque creyó que su hija podía ser sanada, la paciencia porque a
pesar de tantos rechazos persevera rogando, la humildad cuando no se compara a
los perros sino a los cachorros. Los perros son los paganos llamados así a
causa de su idolatría, los perros que alimentados con sangre y con cadáveres se
vuelven rabiosos (cf. Ap 22,15).
«Observa
que esta cananea, perseverando en su petición, lo llama primero Hijo de David,
luego Señor, y finalmente lo adora como Dios... Yo sé, dice, que no merezco el
pan de los hijos, que no puedo recibir todo su alimento ni sentarme a su mesa
con su padre. Pero me contento con los restos reservados a los cachorros, para
que por la humildad de las migas pueda llegar al honor de compartir todo el
pan. ¡Oh admirable mudanza de las cosas! En otro tiempo Israel era hijo,
nosotros, perros, Por la diversidad de la fe se cambia el orden de los
nombres... Nosotros escuchamos con la sirofenicia y la hemorroísa: Grande es
tu fe, que te sucede como deseas, e Hija, tu fe te ha salvado» (Comentario
al Evangelio de Mateo 15,26-27).
Años impares
Números 20,1-13: Ábreles
tu tesoro, la fuente de aguas vivas. El pueblo se queja a Moisés por faltar
el agua. Y Dios le indica que haría brotar agua de la roca. El pueblo tiene sed
y murmura. Pone en duda la presencia de Dios. El simbolismo del agua ocupa un
lugar importante en la vida del pueblo elegido y en el mismo Cristo.
También en
nuestros días tiene esto una plena realidad, no obstante tantísimos adelantos
como hay. Hay épocas, temporadas e incluso años de sequía. Esto es más vivo en
la época en que se escribió este libro bíblico. El pueblo debió experimentar
con frecuencia, durante su vida en el desierto (Ex 17; Num 20), y en la misma
Jerusalén en la que sólo había una fuente, la bendición que significa para él
el descubrimiento de un punto de agua. De ahí que el tema del agua viva sea uno
de los más evocadores de la presencia de Dios en su pueblo (Sal 45-46; Is
30,25; 35,4-7; 41,15-18; Ez 47; Zac 13,1). Es Cristo quien distribuye el agua
viva, don de su propia vida (Jn 7,37-38;1 Cor 10,1-11), agua llena del
Espíritu.
El
oráculo divino del Salmo 94 sigue siendo actual. «¡Ojalá
escuchéis hoy la voz del Señor!... No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto». El hoy de la misericordia de Dios
brilla sobre nosotros. San Pablo también cita este salmo al
invitar a la conversión a los cristianos:
«Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros un corazón
malo e incrédulo, que se aparte del Dios vivo; antes exhortaos mutuamente cada
día, mientras perdura el hoy, a fin de que ninguno se endurezca con el
engaño del pecado. Porque hemos sido hechos participantes de Cristo en el
supuesto de que hasta el fin conservemos la firme confianza del principio;
mientras se dice: Si hoy oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones como
en la rebelión» (Carta a los Hebreos 3,12-15).
Años pares
Jeremías 31,31-34: Haré
una alianza nueva y no recordaré sus pecados. El anuncio de una nueva
alianza constituye un hito en la predicación del profeta. La antigua alianza,
basada en la ley escrita, cederá su puesto a una Alianza nueva, cuya ley estará
grabada en los corazones de los fieles. Se trata de la Alianza nueva y eterna
que Cristo asegura que se ha realizado en su Sangre, según las palabras del
relato de la institución de la Eucaristía. Exclama Clemente de Alejandría:
«¡Salve, Luz! Desde el cielo brilla una luz sobre nosotros, que
estábamos sumidos en la oscuridad y encerrados en la sombra de la muerte, Luz
más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo. Esta Luz es la vida
eterna, y todo lo que de ella participa vive, mientras que la noche teme a la
luz y, ocultándose de miedo, deja el puesto al día del Señor; el universo se ha
convertido en Luz indefectible, y el ocaso se ha transformado en aurora. Esto
es lo que quiere decir la nueva creación (Gál 6,15); porque el Sol de
justicia (Mal 4,2), que atraviese en su carroza el universo entero, recorre
asimismo la humanidad imitando a su Padre...
«Él fue quien transformó el ocaso en amanecer, quien venció la
muerte por la resurrección, quien arrancó al hombre de su perdición y lo
levantó al cielo;... Da leyes a su inteligencia y las graba en su corazón. ¿De
qué leyes se trata? Pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor,
oráculo de Yavé; ya que perdonaré su culpa y no recordaré más su pecado
(Jeremías, 31,34)» (Exhortación a los paganos 11,114,4-5).
No
hay oposición entre los dos Testamentos, sino cumplimiento en uno de lo que en
el otro se había prometido. Todo es un acto continuado de la misericordia
divina.
De nuevo
repetimos algunos versos del Salmo 50: «Oh Dios, crea en mí un
corazón puro..., renuévame por dentro... enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a Ti; los sacrificios no te satisfacen, si te ofreciera
un holocausto no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un
corazón quebrantado y humillado Tú no lo desprecias».
Mateo
16,15-23: Tú eres Pedro, te daré las llaves del Reino
de los cielos. Pedro proclama en nombre de los Doce su fe en que Jesús es
el Mesías y Éste lo proclama dichoso y le anuncia su futura misión en la
Iglesia. Muchas veces ha comentado San Agustín este pasaje evangélico:
«Él les dijo: Los hombres que pertenecen al hombre dicen esto y
aquello; pero vosotros, hombres ciertamente, que pertenecéis al Hijo del
Hombre, ¿quién decís que soy yo? Entonces respondió Pedro, uno por todos, la
unidad en todos: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo. Cristo encarece su
humildad; Pedro confiesa la majestad de Cristo. Era justo y conveniente que
fuera así. Escucha, Pedro, lo que Cristo se hizo por ti y tú di quien se hizo
Hijo del Hombre por ti. ¿Quién dice la gente que soy yo, el Hijo del Hombre?
¿Quién es Este que por ti se hizo Hijo del Hombre?... Tú eres Cristo, el Hijo
de Dios vivo. Yo, dijo, recomiendo mi humildad; tú reconoce mi divinidad. Yo
digo que me he hecho por ti; di tú cómo te hice a ti (Hebreos 3,12-15):» (Sermón
306, D).
Años impares
Deuteronomio
4,32-40: Amo a tus padres y después eligió su
descendencia. Llama la atención Moisés sobre la misericordiosa elección del
Señor en favor de Israel, a quien se ha dado a conocer y ha colmado de
beneficios. Por eso el pueblo escogido ha de corresponder con gran amor,
manifestado en la observancia de sus mandatos, que en definitiva son para bien
de todos los hombres.
Tres
acontecimientos del pasado retienen la atención de este pasaje bíblico: Dios se
ha acercado a Israel comprometiéndose en las promesas de los patriarcas yendo a
busca a su pueblo exiliado en Egipto, e introduciéndolo en la tierra prometida.
El mismo y único Dios es el autor de estos tres acontecimientos: ¿por qué no
habrá de ser también el autor de los acontecimientos que nos preocupan? Dios es
único; por tanto su amor dura para siempre...
La
palabra de Dios no se limita al pasado; también tiene actualidad ahora y la
tendrá en el futuro; si esa Palabra espera una respuesta del hombre, esa
respuesta es tan necesaria hoy como ayer y no es otra que una correspondencia
de amor.
Seguimos
con la misma idea en el Salmo 76 escogido como responsorial:
«Recuerdo las proezas del Señor, Sí recuerdo tus antiguos portentos, medito
todas tus obras y considero tus hazañas. Dios mío, tus caminos son santos...
Tú, oh Dios, haciendo maravillas...»
El
cristiano, con mirada de fe, ha de saber leer en los caminos de la Providencia,
que saca bienes aun de los mismos males. Por muy mal que nos parezca la
situación del mundo, el cristiano ha de saber que Cristo ha prometido su
asistencia a la Iglesia y una acogida favorable a la oración perseverante.
Nunca hemos de desconfiar de que los antiguos portentos de la historia de la
salvación se pueden renovar en nuestros días, como de hecho se renuevan en
tantos movimientos más o menos silenciosos y en tantos actos heroicos patentes
a los ojos de Dios.
Nahúm
1,15; 2,2; 3,1-3.6-7: ¡Ay de la ciudad sangrienta! Nahúm,
contemporáneo de Jeremías, anuncia el final del poder sirio. El profeta es el
alegre mensajero que trae la noticia de la salvación, al tiempo que anuncia la
ruina de Nínive, la ciudad enemiga. Yavé es realmente el Señor de toda la
historia. San Jerónimo explica que:
«El padre únicamente corrige al que ama; el maestro únicamente
reprende al alumno que ve de más agudo ingenio; si el médico deja de curar, es
que ha perdido toda esperanza. Y si tú replicaras que así como Lázaro recibió
los males en su vida, así yo también soportaré resignado mis sufrimientos, para
que se me conceda la gloria futura, el Señor no tomará dos veces venganza de
los mismos (Nah, 1,9). Por qué Job, hombre santo y sin tacha, y justo entre los
de su tiempo, tuvo que sufrir tantas calamidades está explicado en su mismo
libro» (Carta 68,1, a Castriciano).
El
salmo responsorial se ha tomado del capítulo 32 del Deuteronomio:
«Yo doy la muerte y la vida... El Señor defenderá a su pueblo y tendrá
compasión de sus siervos...» El Señor es justo. Si castiga, será hasta lo
señalado por Él y al mismo tiempo quien ha sido en cierto sentido escogido como
instrumento de su justicia recibirá su paga por su mala acción. Él dice: daré
su paga al adversario». Porque Dios es único, un acontecimiento que tuvo lugar
en Nínive, según la lectura anterior, repercutió en Jerusalén. Por la misma
razón, un pueblo hundido en la desgracia recupera la felicidad prometida a sus
antepasados. Siempre hemos de tener gran confianza en Dios.
Mateo
16,24-28: ¿Qué podrá dar un hombre para recobrar la
vida? Después del anuncio de la Pasión, Jesús les indica a los suyos que
habrán de seguirle en el sufrimiento y en la muerte. Llegará, sin embargo, un
día en el que Cristo volverá en su gloria para el premio final. Algunos de sus
discípulos tendrán un anticipo de semejante venida en la visión de Jesús
transfigurado. San Agustín comenta:
«El hombre se perdió por primera vez
causa del amor a sí mismo. Pues si no se hubiese amad y hubiese antepuesto a
Dios; no se hubiese inclinado a hacer su propia voluntad descuidando la de Él.
Amarse uno a sí mismo no es otra cosa que querer hacer su propia voluntad.
Antepón la voluntad de Dios; aprende a amarte no amándote... Cuanto tiene de
bueno, atribúyalo a Aquél por quien ha sido hecho; cuanto tiene de malo, es de
cosecha propia.
«No hizo Dios lo que de malo existe en él; pierda lo que hizo si
esto le causó defección. Niéguese a sí mismo, dijo, y tome su cruz y sígame
(Mt 16, 24). ¿A dónde hay que seguir al Señor? Sabemos adonde va: hace pocos
días hemos celebrado su solemnidad. Resucitó y subió al cielo: allí hay que
seguirle. No hay motivo alguno para perder la esperanza; no porque el hombre
pueda algo, sino por la promesa de Dios... Sigan a Cristo los miembros que allí
tienen su lugar, cada uno en su género, en su puesto...
«Tomen su cruz, es decir, mientras están en este mundo toleren
por Cristo cuantos sufrimientos les procure el mundo. Amen al único que no
sufre engaño, el único que no engaña. Ámenle porque es verdad lo que promete.
Mas como no lo da al instante, la fe titubea. Resiste, persevera, aguanta,
soporta la dilación: todo esto es llevar la cruz» (Sermón 96).
Años impares
Deuteronomio
6,413: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.
Jesús reiterará a sus discípulos que en esto consiste el primero y el más
grande mandamiento. Comenta San Agustín:
«La ley contiene muchos preceptos; aquella
misma ley que recibe el nombre de decálogo tiene diez. Pero son como los diez
preceptos generales a los que han de referirse todos los demás, innumerables
por cierto... No te envió a cumplir muchos preceptos; ni siquiera diez, ni
siquiera dos; la sola caridad los cumple todos. Pero la caridad es doble; hacia
Dios y hacia el prójimo. Hacia Dios, ¿en qué medida? Con todo.
«¿A qué se refiere ese todo? No al oído, o a la nariz, o a la
mano, o al pie. ¿Con qué puede amarse de forma total? Con todo el corazón, con
toda el alma, con toda la mente. Amarás la fuente de la Vida con todo lo que en
ti tiene vida. Si, pues, debo amar a Dios con todo lo que en mí tiene vida,
¿qué me reservo para poder amar al prójimo? Cuando se te dio el precepto de
amar al prójimo no se te dijo con todo el corazón, con toda el alma y con toda
la mente, sino como a ti mismo. Has de amar a Dios con todo tu ser, porque
es mejor que tú, y al prójimo como a ti mismo, porque es lo que eres tú» (Sermón
179,A).
Sigue
la misma idea en el Salmo 17: «Yo te amo, Señor, tú eres mi
fortaleza... Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora,
mi baluarte... Viva el Señor...sea ensalzado mi Dios y Salvador». El Señor nos
sigue con un rostro lleno de amor y de misericordia, con el poder del Espíritu.
En la Carta a los Hebreos se dice:
«No os
habéis allegado al monte tangible, al fuego encendido, al torbellino, a la
oscuridad, a la tormenta, al sonido de la trompeta y a la voz d las palabras,
que quienes las oyeron rogaron que no se les hablase más...Pero vosotros os
habéis allegado al Monte Sión, a la ciudad de Dios vivo, a la Jerusalén
celestial... y al Mediador de la nueva Alianza, Jesús...» (12,18-19.22.24).
Habría
que traducir: «yo te amo entrañablemente, desde lo más íntimo de mi ser». Con
estas palabras se expresa el sentido de lo preceptuado en Deuteronomio 6,4,
según la lectura anterior.
Años pares
Habacuc
1,122,4: El justo vivirá por su fe. El profeta
Habacuc, coetáneo de Jeremías, exalta la potencia de Dios y se lamenta del
espantoso poderío del rey de Asiria. Seguidamente el profeta aguarda la visión
que tiene que esperar con paciencia. Comenta San Agustín:
«Igualmente
si dijéramos que carecemos en absoluto de justicia, carecemos también de fe; y
si no tenemos fe, ni siquiera somos cristianos. Si tenemos fe, algo de justicia
poseemos. ¿Quieres conoces la medida de ese algo? El justo vive por la fe...
puesto que cree lo que no ve» (Sermón 158,4).
Con
el Salmo 9 decimos: «No abandonas, Señor, a los que te buscan...
Él será el refugio del oprimido... Él venga la sangre. Él recuerda y no olvida
el grito de los humildes». La acción de gracias y la alabanza es un modo de
manifestar la fe en Dios. Pero la fe es, además, la más pura fuente de alegría;
más aún, de una alegría desbordante. Este tema de la fe se repite muchas veces
en el Salterio. Hay que vivir según la fe. El que vive como un pagano, el
avaro, el intrigante, el malhechor, el opresor, ha negado la fe en la práctica
y no tardará de abandonarla por completo; porque, si el corazón está
corrompido, pronto se nublará la vista para no ver claro las cosas de la fe.
Mateo
17,14-19: Si tuvierais fe, nada os será imposible.
Con ocasión de la curación del epiléptico, Jesús recomienda siempre la fe. La incredulidad
no puede hacer milagros. Pero la fe es capaz de obtener de Dios grandes cosas.
San Juan Crisóstomo dice:
«La Escritura nos muestra que este hombre era muy débil en la
fe, Muchas circunstancias nos patentizan esta debilidad de fe: el haberle dicho
Cristo para el que cree todo es posible; la respuesta misma del hombre a
Cristo Señor, ayuda a mi incredulidad; el haber mandado al demonio que
no volviera a entrar en el enfermo. Y otra prueba de poca fe es haber dicho el
hombre a Cristo: Si puedes...
«Mas si la falta de fe del padre me dirás fue la causa de que
el demonio no saliera del enfermo, ¿cómo es que el Señor reprende a sus
discípulos?
«Porque quiere hacerles ver que podían ellos mismos, sin contar
con los que se les acercaban, curar en muchas ocasiones con sola su fe. Porque
así como muchas veces ha bastado la fe del suplicante para recibir la gracia
aun de taumaturgos inferiores, así otras muchas ha bastado la fuerza del
taumaturgo, aun sin la fe de los que se les llegaban, para obrar el milagro...
De uno y otro caso se muestran ejemplos en la Escritura» (Homilía 57,3
sobre San Mateo).
San Agustín
comenta:
«Nuestro Señor Jesucristo... reprochó la infidelidad hasta en sus mismos discípulos... Si los apóstoles eran incrédulos, ¿quién puede llamarse creyente?... No obstante, ni siquiera cuando eran incrédulos los abandonó la misericordia del Señor, sino que los censuró, los nutrió, perfeccionó y coronó. Pues también ellos, conscientes de su debilidad le dijeron: Señor, auméntanos la fe (Lc 17,5). La primera cosa útil era la ciencia, saber de qué estaban escasos; la gran felicidad saber a quien lo pedían... Ved si no llevaban sus corazones como a la fuente y llamaban para que se les abriera y los llenara. Quiso que se llamase a la puerta, no para rechazar a los que lo hicieran, sino para ejercitar sus deseos» (Sermón 80,1).