16ª Semana
La
liturgia de este Domingo tiene un mensaje especial sobre el sacrificio
eucarístico.
Entrada:
«Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio
voluntario, dando gracias a tu nombre que es bueno» (Sal 53,6.8).
Colecta
(del Sacramentario de Bérgamo): «Muéstrate propicio con
tus hijos, Señor, y multiplica sobre ellos los dones de tu gracia, para que,
encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren fielmente en el cumplimiento
de tu ley».
Ofrendas
(del Misal anterior, retocada con textos del Gelasiano).
Se alude en ella de nuevo al sacrificio: «Oh Dios, que has llevado a la
perfección del sacrificio único los diferentes sacrificios de la antigua
alianza, recibe y santifica las ofrendas de tus fieles, como bendijiste la de
Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en honor de tu
nombre sirva para la salvación de todos».
Comunión:
«Ha hecho maravillas memorables; el Señor es piadoso y clemente: él da alimento
a sus fieles» (Sal 110,4-5); o bien: «Estoy a la puerta llamando, dice el
Señor; si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos» (Apoc 3,20).
Postcomunión
(del Veronense y del Gelasiano): «Muéstrate propicio a
tu pueblo, Señor, y a quienes has iniciado en los misterios del Reino,
concédeles abandonar el pecado y pasar a una vida nueva».
Ciclo A
Dios
castiga al perverso, pero es paciente y espera la conversión. Esto es lo que se
deduce de la primera lectura y de la tercera con la parábola del trigo y la
cizaña. El Espíritu intercede por nosotros y obra en nosotros, según nos enseña
San Pablo en la segunda lectura.
En
el mundo que nos rodea, en las personas con quienes convivimos, en nosotros
mismos, aparece el mal como una realidad que nos condiciona. Es un verdadero
misterio. Dios nos da los medios adecuados para conocer el mal y superarlo.
Pero el hombre es libre y puede rechazar el don de Dios y preferir las tinieblas
del error, de la mentira, del pecado.
Sabiduría
12,13.16-19: En el pecado das lugar al arrepentimiento.
Dios aparece como el Soberano absoluto del universo. Lo muestra el orden de
todo el cosmos. Quien conoce el poder divino y no se le revela puede tener
confianza y abandonarse a la misericordia infinita de Dios. Dos enseñanzas
deducimos de la lectura. Una lección de bondad, de amor para con todos los
hombres: encontramos aquí una superación de los confines de la religión y raza,
como pretendían los escribas y fariseos contemporáneos de Jesucristo, que traía
una misión de salvación universal para todos los hombres. Y una lección de
esperanza: el hombre no puede pretender por sí mismo ser impecable, pero le
conforta el pensamiento de que Dios perdona a los que se arrepienten de
corazón.
Con
el Salmo 85 proclamamos: «Tú, Señor, eres bueno y clemente...
Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor bendecirán tu
nombre. El Señor es bondadoso y misericordioso, perdona nuestros pecados...»
Romanos
8,26-27: El Espíritu intercede por nosotros con
gemidos inenarrables. Por la obra redentora de Cristo el Padre nos da su
propio Espíritu, capaz de superar en nosotros el mal y transformarnos en hijos
suyos. San Agustín explica:
«Eso quiere decir que hay en nosotros una docta ignorancia, por
decirlo así, pero docta por el Espíritu de Dios, que soporta nuestra debilidad.
En efecto dice el Apóstol: Si lo que no vemos lo esperamos, por la presencia
lo aguardamos; y a continuación dice: De un modo semejante el Espíritu
socorre nuestra debilidad... pues intercede según Dios por los santos (Rom 8,
25-27).
«No hemos de entender estas palabras como si el Espíritu de
Dios, que en la Trinidad de Dios es inmutable y un solo Dios con el Padre y con
el Hijo, interpelase a Dios como alguien distinto de Dios. Se dice que
interpela por los santos, porque impulsa a los santos a interpelar. Del mismo
modo que se dice: Os tienta el Señor, vuestro Dios, para ver si le amáis (Dt
13,3), es decir, para que vosotros lo conozcáis. El Espíritu Santo impulsa a
interpelar a los santos con gemidos inenarrables, inspirándoles el deseo de esa
tan grande realidad, que todavía nos es desconocida y que esperamos con
paciencia. Pero ¿cómo es que, cuando se desea, se pide lo que se ignora? Porque
en verdad, si enteramente nos fuese ignorada, no la desearíamos ni la
pediríamos con gemidos» (Carta 130, a Proba).
Mateo
13,24-43: Dejadlos crecer hasta la siega. Porque
es eterno y paciente, Dios tolera el mal en los seres libres, hasta el día de
su juicio en que dará a cada uno una eternidad según sus obras. Comenta San
Juan Crisóstomo:
«A la verdad, traza suele ser del diablo mezclar siempre el
error a la verdad, coloreándolo muy bien con apariencia de ella a fin de
engañar fácilmente a los ingenuos. De ahí que el Señor no habla de otra
semilla, sino que la llama cizaña, pues, ésta a primera vista, se asemeja al
trigo. Seguidamente explica cómo procede el diablo en su asechanza: mientras
sus hombres dormían. No es pequeño el peligro que aquí amenaza a los
superiores, a quienes está encomendada la guarda del campo; y no sólo a los
superiores, sino también a los súbditos. Y da a entender el Señor que el error
viene después de la verdad, cosa que comprueban los hechos mismos. Después de
los profetas vinieron los falsos profetas; después de los apóstoles, los falsos
apóstoles; después de Cristo, el anticristo. Y es que el diablo, si no ve algo
que imitar ni a quienes tender sus lazos, ni lo intenta ni lo sabe...
«Así sucedió también en los comienzos de la Iglesia. Porque
muchos prelados, introduciendo en las Iglesias hombres perversos, heresiarcas
solapados, facilitaron enormemente estas insidias del diablo, pues una vez
plantados estos hombres en medio de los fieles, poco trabajo le queda ya al
diablo... Mientras los herejes estén junto al trigo hay que perdonarlos, pues
cabe aún que se conviertan en trigo, mas una vez que hayan salido de este mundo
sin provecho alguno de tal proximidad, entonces necesariamente les alcanzará el
castigo inexorable» (Homilía 46, 1-2, sobre San Mateo).
Ciclo B
Ovejas
sin pastor fue el panorama que vio Jesús en Palestina y peor aún en el mundo
restante. Cristo se compadece. El es verdadero Pastor que Dios había prometido a
su pueblo. Todos los hombres, judíos y gentiles, se unen en Cristo, que ha
sellado con su sangre nuestro pacto con Dios, de donde brota la paz verdadera.
La
Iglesia entera es siempre el resultado de una acción pastoral evangélica, que
hace de cada comunidad creyente un solo rebaño, bajo el cayado del Único y
Eterno Príncipe de Pastores (Jn 10; 1 Pe 2,25), elegidos por Él para continuar
su obra de santificación.
Jeremías
23,1-6: Reuniré el resto de mis ovejas y les pondré
pastores. La más entrañable semblanza del Mesías Salvador fue delineada
desde siglos atrás, a través de los profetas, como el Buen Pastor de toda la
humanidad y como Maestro de pastores elegidos por Él para continuar su obra
bajo sus cuidados especiales. San Jerónimo dice:
«Los apóstoles, con toda confianza y sin temor alguno,
apacentarán el rebaño de la Iglesia y las reliquias del pueblo de Israel se
salvarán de todas las tierras; y volverán a sus campos, a sus pastos, y
crecerán y se multiplicarán. Sobre los malos pastores, escribas y fariseos, el
Señor manifestará la malicia de su doctrina. Con todo, podemos entenderlo
también, conforme a la tipología, de los príncipes de la Iglesia que no
apacientan dignamente las ovejas del Señor. Dejadlas, y castigados ellos, se
salve el pueblo. Entregadlas a otros que sean dignos, y así se salve el resto.
Pierden las ovejas los que enseñan la herejía; laceran y dispersan los que
hacen cismas» (Comentario sobre el profeta Jeremías 2,4).
Oportunamente
se canta el Salmo 22: «el Señor es mi Pastor, nada me puede
faltar», ya muchas veces expuesto.
Efesios
2,13-18: Él es nuestra paz y ha hecho de dos una sola cosa. En
el Corazón de Jesucristo se nos revela Jesús como el Buen Pastor que realiza la
paz y la unidad entre los hombres por su propio sacrificio. La salvación es
paz, es reconciliación, es acercamiento a Dios; en otros términos, la salvación
es liberación de todos los males que nos oprimen y que nos impiden ser lo que
Dios quiere que seamos. Sólo si se une a Cristo, puede el hombre conseguir su salvación.
Con mucha
frecuencia ha comentado San Agustín este pasaje paulino:
«A ambos, judíos y gentiles, les nació la piedra angular, para,
como dice el Apóstol, hacer en Sí mismo un solo hombre nuevo, estableciendo la
paz y transformar a los dos en un solo cuerpo para Dios por la cruz. ¿Qué otra
cosa es un ángulo sino la unión de dos paredes que traen direcciones distintas
y, por decirlo así, encuentran allí el beso de la paz? Los judíos y los
gentiles fueron enemigos entre sí, por ser dos pueblos diversos y contrarios:
allí encontramos el culto del único Dios verdadero y aquí el de muchos y falsos
dioses. Aunque los primeros estaban cerca y los segundos lejos, a unos y a
otros los ha conducido hacia Sí (Ef 2,11-22)... Quienes escucharon y se
mostraron obedientes, viniendo de aquí y de allí, encontraron la paz y pusieron
fin a la enemistad. Los pastores y los magos fueron las primicias de los unos y
de los otros» (Sermón 204).
Marcos
6,30-34: Andaban como ovejas sin pastor. La
compasión pastoral es la expresión más profundamente bíblica de la caridad
salvadora de Cristo ante las necesidades del género humano. Esto no es un gesto
aislado o coyuntural en Jesucristo, sino la razón de toda su vida. Por eso
hemos de acudir a Él como al Pastor Bueno de nuestras almas. San Gregorio de
Nisa se dirige a Cristo:
«¿Dónde
pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? (toda
la humanidad, que cargaste sobre tus hombros, es, en efecto, como una sola
oveja). Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo,
llámame por mi nombre, para que yo, oveja tuya, escuche tu voz, y tu voz me dé
la vida eterna. Avísame, amor de mi alma, dónde pastoreas. Te nombro de este
modo, porque tu nombre supera cualquier otro nombre y cualquier inteligencia,
de tal manera que ningún ser racional es capaz de pronunciarlo o de
comprenderlo. Este nombre, expresión de tu bondad, expresa el amor de mi alma
hacia Ti. ¿Cómo puedo dejar de amarte, a Ti que de tal manera me has amado, a
pesar de mi negrura, que has entregado tu vida por las ovejas de tu rebaño? No
puede imaginarse un amor superior a éste, el de dar tu vida a trueque de mi
salvación.
«Enséñame, pues, dónde pastoreas, para que pueda hallar los
pastos saludables y saciarme del alimento celestial, que es necesario comer
para entrar en la vida eterna; para que pueda asimismo acudir a la fuente y
aplicar mis labios a la bebida divina que Tú, como de una fuente, proporcionas
a los sedientos con el agua que brota de tu costado, venero de agua abierto por
la lanza, que se convierte para todos los que de ella beben en un surtidor que
salta hasta la vida eterna» (Comentario al Cantar de los Cantares,2).
Ciclo C
La
primera lectura narra la hospitalidad de Abrahán a Dios, que se le muestra bajo
las apariencias de un extranjero. El Evangelio nos muestra a Jesucristo,
huésped de sus amigos Lázaro, Marta y María. En la segunda lectura San Pablo se
siente identificado con Cristo, cuya pasión vive en su propia carne, y con la
Iglesia, cuyo misterio anuncia.
Ni
la trascendencia de la divinidad ni la profundidad misteriosa de su vida íntima
trinitaria, ni su absoluta supremacía sobre todas las cosas han sido óbice
contra la iniciativa de Dios de entablar intimidad amorosa con nosotros, los
hombres. El mismo se ha puesto a nivel de diálogo. «El Verbo se hizo carne y
habitó entre nosotros» (Jn 1,14), convivió con nosotros. Esta es la gran
noticia que todos los hombres deben conocer y secundar.
Génesis
18,1-10: Señor, no pases de largo ante tu siervo.
Abrahán, Padre de los creyentes, es en la historia de la salvación el «amigo de
Dios» (Is 41,8; Sant 2,23). Es el hombre que en la fe y en la caridad pudo
llegar hasta el diálogo y la intimidad misteriosa con Dios. Su profunda
religiosidad no lo aparta del prójimo, sino que lo hace particularmente
generoso y delicado con los hombres. San Hilario de Poitiers dice en su Tratado
sobre los Misterios que «Abrahán ve a un hombre y adora a Dios». Esta
interpretación es común en los Santos Padres.
En
verdad acogiendo al hermano pobre, marginado, socorriendo al menesteroso, se
acoge y socorre al mismo Dios. Lo dijo Cristo en el Evangelio: «Tuve hambre y
me diste comer...»
Adecuadamente
se ha escogido el Salmo 14 como Salmo responsorial: «Señor,
¿quién puede hospedarse en tu tienda?» Y las condiciones son las obras de
caridad: «El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene
intenciones leales y no calumnia con su lengua. El que no hace mal al prójimo
ni difama al vecino; el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor. El que no presta dinero a usura, ni acepta
soborno contra el inocente, el que así obra nunca fallará».
Colosenses
1,24-28: El misterio que Dios ha tenido escondido lo
ha revelado ahora a su pueblo. Ese misterio es Cristo, revelado como
cercanía personal y suprema de Dios ante los hombres. Todo cristiano, en cuanto
miembro de Cristo por el bautismo, ha de ser testimonio y apóstol del
Evangelio. En el momento de la prueba y del sufrimiento no debe venirse abajo,
sino ofrecer las tribulaciones al Señor para irradiar el mensaje evangélico al
mundo, completando, a imitación de San Pablo, lo que falta al padecimiento de
Cristo. Todo fiel puede y debe cooperar a la dilatación del Reino de Cristo con
su oración, con sus palabras, con su vida ejemplar, con su propio sufrimiento
ofrecido a Dios por medio de Jesucristo.
Dios ha
reconciliado consigo al mundo por medio de la sangre de Cristo, muerto en la
cruz. Tal misterio de amor ha de ser participado por los cristianos en su
quehacer cotidiano. El amor de Dios se manifiesta en el dolor y en el
sufrimiento. El cristiano debe asociarse a la cruz de Cristo para hacer brillar
el rostro amoroso de Dios en toda la humanidad.
Lucas
10,38-42: Marta lo recibió en su casa. María ha
escogido la parte mejor. La plena intimidad amorosa y dialogante con el
Corazón de Cristo, como en familia y en trato de amistad es siempre «la mejor
parte», que el Evangelio garantiza y defiende para los que le conocen y le
aman. San Agustín comenta este pasaje evangélico:
«Marta y María eran dos hermanas no sólo en la carne, sino
también en la devoción. Ambas se unieron al Señor, ambas le sirvieron en la
unidad de corazón cuando vivía en la carne de este mundo. Marta lo recibió en
su casa como suele recibirse a los peregrinos. La sierva sirve al Señor; la
enferma al Salvador, la criatura al Creador. Lo recibió para alimentarlo en la
carne, ella que iba a ser alimentada en el espíritu. Quiso el Señor tomar la
forma de siervo y en ella ser alimentado por los siervos, mas no por necesidad,
sino porque así se dignó...
«Marta preparando y aderezando el alimento para el Señor se
afanaba en infinidad de quehaceres; María, su hermana, prefirió ser alimentada
por el Señor. Abandonando en cierto modo a su hermana, entregada a los afanes
domésticos, ella se sentó a los pies del Señor y, libre de ajetreos humanos,
escuchaba su palabra... Una sola cosa es necesario: aquella unidad celeste, la
unidad por la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola cosa. Ved
cómo se nos recomienda la unidad... Y con todo, estas tres Personas no son tres
dioses, ni tres omnipotentes, sino un solo Dios omnipotente. La misma Trinidad
es un solo Dios, porque una sola cosa es necesaria. Y a la consecución de esta
única cosa sólo nos lleva el tener los muchos un solo corazón» (Sermón 103).
Años impares
Éxodo
14,5-18: Sabrán que yo soy el Señor, cuando me haya
cubierto de gloria a costa del Faraón. En el momento en que los israelitas ponen
el mar y el desierto entre ellos y Egipto, creen llegada la hora de medir el
peso de esta decisión y, en particular, la significación y esta emancipación de
su servicio al Faraón, para ponerse al servicio de Dios. Orígenes,
«La quinta etapa es Mará, que se traduce por amargura. No podían
llegar a los torbellinos del mar Rojo, para ver cómo perecía Faraón con su
ejército, hasta que tuvieron palabras de nobleza en su boca, es decir, hasta
que confesaron las maravillas del Señor, y confiaron en el Señor y en su siervo
Moisés y oyeron de él: El Señor combatirá por vosotros y vosotros guardaréis
silencio (Ex 4,14)» (Sobre el Éxodo 4).
Respondemos
a la lectura con el cántico de Moisés después del paso del mar
Rojo: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria» (Ex 15). «Caballos y carros
ha arrojado en el mar... Los carros del Faraón los lanzó al mar, ahogó en el
mar Rojo a sus mejores capitanes. Las olas los cubrieron, bajaron hasta el
fondo como piedras». Por eso, se acogen a Dios solo. En El ponen su confianza:
«Él es mi Dios; yo lo alabaré, el Dios de mis padres, yo lo ensalzaré... Tu
diestra, Señor, es fuerte y terrible; tu diestra, Señor, tritura al enemigo».
Es una lección para nosotros. Israel, no obstante ver las maravillas que Dios
ha obrado en su favor, le fue rebelde muchas veces. Así puede encontrarse el
cristiano muchas veces y, de hecho, se encuentra, como nos lo manifiesta la
vida ordinaria, pese a que el Señor, como lo comentan los Santos Padres, ha
hecho con nosotros mayores maravillas.
Años pares
Miqueas
6,1-4.6-8: Te he explicado, hombre, lo que Dios desea
de ti. Al revisar el proceso de su pueblo, recuerda Dios con amargura todos
los beneficios que le ha prodigado. Entonces el fiel interroga al profeta que
le indique cuál es el camino preferido de Dios. Clemente de Alejandría dice:
«Todo el que se convierte del pecado a la fe, se convierte de
las costumbres de pecador, que son como una madre, a la vida; así me lo dirá el
testimonio de uno de los doce profetas cuando dice: Habré de dar a mi
primogénito por causa de mi impiedad, el hijo de mi vientre por causa de los
pecados de mi alma (Miq 6,7)» (Stromata, III,16,100).
El
profeta es bien claro: «Pueblo mío, ¿qué te hice o en qué te molesté?
Respóndeme. Te saqué de Egipto, de la esclavitud te redimí, y envié delante de
ti a Moisés, Aarón y Miriam». Esto nos evoca los llamados Improperios
del Viernes Santo en la liturgia romana. Es una lección para nosotros, pues nos
ha hecho mayores dones. ¿Cómo correspondemos? Sigue el profeta: «Te he explicado,
hombre, el bien, lo que Dios desea de ti: simplemente que respetes el derecho,
que ames la misericordia y que andes humilde con tu Dios».
El Salmo
49 reza: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios».
«Congregadme a mis fieles que sellaron mi pacto con un sacrificio. Proclame el
cielo su justicia: Dios en persona va a juzgar. No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante Mí. Pero no aceptaré un becerro de tu
casa ni un cabrito de tus rebaños. ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes
siempre en la boca mi alianza tú que detestas mi enseñanza y te echas a la
espalda mis mandatos? Esto haces, ¿y me voy a callar? ¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara. El que me ofrece acción de gracias, ése me honra,
al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios».
Mateo
12,38-42: La reina del Sur se levantará contra esta
generación en el juicio. A los que piden una señal espectacular de que Él
es el Mesías, Jesús les asegura de que no se les dará otra señal que la de
Jonás, el profeta de la penitencia y símbolo de la resurrección. San Agustín
comenta:
«El mismo Salvador mostró que el profeta Jonás, arrojado al mar
y engullido en el vientre de un monstruo marino y vomitado vivo al tercer día,
es figura del mismo Salvador. Era denunciado el pueblo judío por comparación
con los ninivitas, pues cuando fue enviado a ellos para fustigarlos el profeta
Jonás, hicieron penitencia, aplacaron la cólera de Dios y merecieron
misericordia. Dijo: y aquí hay uno más que Jonás (Mt 12,41), refiriéndose a
Sí mismo. Los ninivitas oyeron al siervo y consiguieron sus caminos; los judíos
oyeron al Señor y no sólo no se corrigieron, sino que además lo asesinaron... »
(Sermón A,1).
Años
impares
Éxodo
14,21-15,1: Los israelitas entraron en medio del mar
Rojo a pie enjuto. Todo esto se ha interpretado en el Nuevo Testamento y en
la tradición patrística como figura de la liberación del pecado original por
medio del bautismo. Predica San Agustín en una Vigilia Pascual celebrada en
Hipona:
«Amadísimos, ningún fiel dudará de que el paso de aquel pueblo
por el mar Rojo fue figura de nuestro bautismo. Así, liberados por el bautismo
y bajo la guía de nuestro Señor Jesucristo, de quien era figura Moisés; del
diablo y de sus ángeles, quienes cual Faraón y egipcios, nos atribulaban,
sometiéndonos a fabricar ladrillos, es decir, al lodo de la carne... Para
nosotros están muertos aquellos que ya no pueden someternos a su dominio,
porque nuestros mismos delitos, causantes de nuestra sumisión, han sido
destruidos y como sumergidos en el mar. Cantemos, por lo tanto, al Señor...
arrojó caballo y caballero (Ex 15,1); destruyó en el bautismo a la soberbia y
al soberbio. Este cántico lo entona quien ya es humilde y súbdito de Dios.
«El Señor no se ha mostrado grande y glorioso en favor del
soberbio, que busca su propia gloria y se engrandece a sí mismo. En cambio el
impío, justificado ya, creyendo en el que justifica al impío, para que su fe se
le compute como justicia, a fin de que el justo viva de la fe, no sea que,
ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya, no se someta a la
de Dios, canta con toda verdad como su ayuda y protector, en orden a la
salvación, al Señor, su Dios, al que honra... Arrojó al mar el carro del Faraón
y su ejército (Ex 15,3-4).
«Destruyó en el bautismo la altanería humana y la caterva de los
innumerables pecados que militaban en nosotros a favor del diablo... El que
hizo sagrado el bautismo con su cruenta muerte, en la que se consumieron nuestros
pecados, sumergió en el mar Rojo a todos los enemigos...» (Sermón 363,1-2).
El
Salmo responsorial es el canto de Moisés del que se trató ayer y
en la lectura anterior.
Años pares
Miqueas
7,14-15.18-20: Arrojará en lo hondo del mar todos nuestros
delitos. Una plegaria, pidiendo la piedad del pueblo precede a un Salmo que
glorifica al Señor. Dios no es indiferente al pecado, pero, no por ello deja de
ser fiel a la alianza. Dios no deja de amar a su pueblo. El descubrimiento más
importante de los israelitas en el exilio es que Dios les sigue siendo fiel y
fundamentalmente benévolo. La fidelidad Dios se convierte de esta forma en
misericordia, en perdón y en gracia. Escribe San Jerónimo:
«Habla Dios Padre a su Hijo, esto es, a nuestro Señor Jesucristo,
para que, como Buen Pastor que da la vida por su ovejas (Jn 10,17), apaciente a
su pueblo con su cayado y a las ovejas de su heredad. Y no pensemos que las
ovejas y los pueblos son los mismos; en otro lugar vemos: nosotros somos su
pueblo, el rebaño que él guía (Sal 94,7). El pueblo se refiere a aquéllos
que son razonables, las ovejas a aquellos que, no usando aún su razón, se
contentan con su simplicidad y se dice que son la heredad de Dios» (Comentario
a este pasaje de Miqueas).
La
permanencia del amor de Dios hacia su pueblo a pesar de la infidelidad de éste
es el motivo principal del Salmo 84 escogido como Salmo
responsorial de la lectura anterior. Contra lo que se ha escrito, el hombre
moderno es muy sensible a la misericordia y al perdón. La misericordia de Dios
invita a la conversión, al cambio de mentalidad e impulsa a quien de ella se
beneficia a practicar a su vez la misericordia. No tiene nada de alienante,
sino que es una llamada a asumir responsabilidades precisas. Esto es muy necesario
en nuestros días.
Este
salmo es uno de los más bellos del Salterio: «Muéstranos, Señor, tu
misericordia... Has sido bueno con tu tierra, has restaurado la suerte de
Jacob, has perdonado la culpa de tu pueblo, has sepultado todos sus pecados,
has suprimido tu cólera...» Todo esto se cumplió de modo especialísimo con la
venida de Cristo. Por esto tiene tanto relieve este Salmo en el tiempo
litúrgico de Adviento-Navidad. Allí se exalta con fervor la misericordia
divina, pues jamás se ha manifestado tan grande y sublime.
Mateo
12,46-50: Estos son mi madre y mis hermanos, dijo
Jesús señalando a sus discípulos. La primacía espiritual está sobre la carne.
San Agustín ha comentado muchas veces este evangelio:
«Mientras trataba algunas cosas del reino de los cielos con sus
discípulos, la madre estaba fuera y se le dijo que estaba allí. Digo que le
anunciaron que su madre con sus hermanos, esto es, con sus parientes, estaba
fuera. ¿Qué madre? Aquella madre que le concibió por la fe, aquella madre que,
permaneciendo virgen, le dio a luz, aquella madre fiel y santa, estaba fuera y
se lo anunciaron. Si Él hubiera interrumpido las cosas que trataba y hubiera
salido a su encuentro, habría edificado en su corazón un afecto humano, no
divino.
«Para que tú no escucharas a tu madre, cuando te retrae del
reino de los cielos, Él, por hablar del reino de los cielos, desdeñó hasta a la
buena María. Si Santa María, queriendo ver a Cristo, es desdeñada, ¿qué madre
habrá de ser oída cuando impide ver a Cristo? Recordemos lo que entonces
respondió cuando le anunciaron que su madre y sus hermanos, esto es, los
parientes de su familia, estaban fuera. ¿Qué respondió?... extendiendo la mano
a sus discípulos, estos son, dijo, mis hermanos. Quien hace la voluntad de mi
Padre que me envió es para Mí un hermano, hermana y madre (Mt 12,48-50).
Rechazó la sinagoga de la que fue engendrado, y encontró a los que Él engendró.
Y si los que hacen la voluntad del que le envió son madre, hermano y hermana,
queda comprendida su Madre María» (Sermón 65,A,6).
Años impares
Éxodo 16,1-5.9-15: Yo
haré llover pan del cielo. El maná en el desierto como alimento del pueblo
israelita. Cristo lo contrapuso al Pan que Él había de dar: la Eucaristía
(Jn 6,58). Comenta San Agustín:
«El Señor se presentaba de tal forma que parecía superior a
Moisés; jamás tuvo Moisés la audacia de decir que él daba un alimento que no
perece, que permanece hasta la vida eterna. Jesús promete mucho más que Moisés.
Este prometía un reino, una tierra con arroyos de leche y miel, una paz
temporal, hijos numerosos, la salud corporal y todos los demás bienes
temporales...; llenar su vientre aquí en la tierra, pero de manjares que
perecen; Cristo, en cambio, prometía un manjar que, en efecto, no perece, sino
que permanece eternamente» (Tratado 25,12, sobre el Evangelio de San
Juan).
Decimos
con el Salmo 77: «El Señor les dio pan del cielo... Tentaron a
Dios en sus corazones... Pero Dios hizo llover sobre ellos maná, les dio un
trigo celeste. Y el hombre comió pan de ángeles...». La historia de Israel,
resumida a grandes rasgos en este largo Salmo de 72 versículos, es, en último
término, la historia de la alianza de Dios con su pueblo, marcada por la
fidelidad inquebrantable de Dios y por las deficiencias humanas. Dios no se
muda, pero el hombre puede endurecerse de tal modo en su obstinación que llegue
un día a hacer infructuosos los infinitos dones de un Dios que es todo Amor.
La
vida cristiana en el desierto de este mundo tiene mucho que ver con las
infidelidades y conversiones del pueblo israelita. Sólo una fe viva puede
mantener firme la alianza con Dios. Para llegar a vivir profundamente esta fe
nada mejor que alimentarse con el verdadero maná llovido del cielo, el
verdadero pan de los ángeles: la sagrada Eucaristía, que es la realización
perfecta de la nueva Alianza, la Alianza entre Dios y su pueblo.
Cristo
vino a llevar a cabo el cumplimiento de la liberación iniciada en Egipto y
redimir de la esclavitud del pecado, no sólo a los israelitas, sino a todos los
pueblos, haciéndolos pasar por medio de las aguas del bautismo a una vida nueva
y sobrenatural (Jn 3,5.16-17). Él era la fuente de aguas vivas para apagar la
sed de los hombres (Jn 4,10; 1 Cor 10,4). Él era la nube luminosa que debía
guiar al pueblo a la salvación (Jn 8,12). Él era el Pan vivo bajado del cielo
para alimentar a los hombres en la travesía por el desierto de este mundo (Jn
6,35). Él vino para aniquilar las potencias del mal, aplacar la cólera de Dios,
tomando sobre Sí las plagas y el castigo debido a los hombres (Is 53,4-5).
Años pares
Jeremías
1,1.4-10: Te nombré profeta de los gentiles. El
profeta Jeremías relata cómo fue escogido por Dios para ser su portavoz ante
todos los hombres. La palabra humana es totalmente incapaz de ser portadora de
Dios. Jeremías lo hace constar. Esto es normal en la vocación de los profetas:
Moisés tartamudea, Isaías tuvo necesidad de purificarse los labios (Is 6,1-6),
y los mejores anunciadores de la salvación fueron víctima del «mutismo» o se
les trababa la lengua (Mc 7,31-37). Estas dificultades vienen a subrayar la
comunión entre Dios y su profeta y la iniciativa del primero en el ministerio
del segundo.
«El Señor que dijo al profeta: Mira que hoy te pongo sobre
naciones y reinos... (Jer 1,10), concede en todo tiempo a su Iglesia la gracia
de que su cuerpo se mantenga íntegro por la paciencia y que no prevalezca el
veneno de las doctrinas de los herejes. Cosa que vemos ahora cumplida» (Carta
de Teófilo a Epifanio).
En
estos casos siempre es lo mejor confiar en el Señor como lo confirma el Salmo
70: «A Ti me acojo, Señor, no quede yo derrotado para siempre... Sé Tú
la Roca de mi refugio... Líbrame de la mano perversa... Tú fuiste mi esperanza
y mi confianza...» Comenta San Agustín:
«No temas ser abandonado en la flaqueza, en la vejez. ¿Pues qué?
Tu Señor ¿no se debilitó en la cruz? ¿Por ventura, no movieron ante Él, como
ante un hombre sin valimiento e indefenso, prisionero y abatido, sus cabezas
los potentados, los toros fuertes?... ¿Qué te enseñó el que pendiente de la
cruz no quiso bajar de ella? La paciencia entre los ultrajadores y que seas
fuerte en tu Dios» (Comentario al Salmo 70).
Luego vino la victoria, la resurrección y el
triunfo. Así también vendrá a nosotros.
Mateo
13,1-9: Cayó en tierra buena y dio grano. San Juan
Crisóstomo dice:
«Habiendo, pues, dicho el Señor los modos de perdición, pone,
finalmente la tierra buena, pues no quiere que desesperemos, y nos da esperanza
de penitencia, haciéndonos ver que de camino y rocas y espinas puede el hombre
pasar a ser tierra buena. Sin embargo, si la tierra era buena y el sembrador el
mismo y las semillas las mismas, ¿cómo es que una dio ciento, otra sesenta y
otra treinta? Aquí también la diferencia depende de la naturaleza de la tierra,
pues aun donde la tierra es buena, hay mucha diferencia de un corro a otro. Ya
veis que no tiene la culpa el sembrador ni la semilla, sino la tierra que la
recibe, y no por causa de la naturaleza, sino de la intención y disposición.
Mas también aquí se ve la benignidad de Dios que no pide una medida única de
virtud, sino que recibe a los primeros, no rechaza a los segundos y da también
lugar a los terceros. Mas si así habla el Señor, es porque no piensen los que
le siguen que basta con oír para salvarse» (Homilía 44,4 sobre San
Mateo).
Años impares
Éxodo
19,1-2.9-11.16-20: El Señor bajará al monte Sinaí a la
vista de todos. La teofanía del Sinaí fue impresionante: nube, tormenta,
relámpagos. Todo para revelar Dios su mensaje a Moisés, mediador entre Dios y
su pueblo. Trascendencia de Dios. Comenta San Agustín:
«Allí el pueblo se mantuvo en pie a distancia; existe el temor,
aún no el amor. En efecto, a tanto llegó su temor que dijeron a
Moisés:háblanos tú, y no el Señor, no sea que muramos. Descendió, pues, según
está escrito, Dios al monte Sinaí en el fuego, pero atemorizando al pueblo, que
se mantenía a pie a distancia, y escribiendo con su dedo en la piedra, no en el
corazón. En cambio, cuando vino el Espíritu Santo, los fieles estaban congregados
en unidad; no sólo no los aterrorizó en el monte, sino que entró en la casa. En
efecto, de repente se produjo un estruendo procedente del cielo, como de un
viento fuerte; a pesar del estruendo nadie se asustó. Escuchaste el estruendo
ya, ve ahora el fuego y el ruido, pero allí había también humo, mientras que
aquí se trataba de un fuego sereno» (Sermón 105,6).
Como
salmo responsorial se ha escogido algunos versos del cántico de los tres
jóvenes del libro de Daniel, 3: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros
Padres... Bendito tu nombre santo y glorioso. Bendito en el templo de tu santa
gloria... sobre el trono de tu reino..., sentado sobre querubines...»
Composición
bellísima. Empieza a alabar al Dios de los Padres que con ellos ha hecho la
alianza y que se ha manifestado glorioso en su nombre en la historia prodigiosa
de Israel. A pesar de esas manifestaciones Él sigue siendo Altísimo y
trascendente, sentado sobre querubines y penetrando con su mirada lo más
profundo de los abismos. Desde el cielo asiste majestuoso, desplegando su
providencia sobre su pueblo y sobre los justos. Por eso todas las criaturas lo
alaban y nosotros con ellas y en nombre de ellas.
Años pares
Jeremías
2,1-3.7-8.12-13: Hicieron aljibes agrietados y me
abandonaron a Mí, Fuente de agua viva. Tiempo de decadencia en Israel. Su
pecado está bien expresado y se muestra en toda su maldad. Los responsables del
pueblo sacerdotes, legistas, reyes y profetas no han reconocido a Yavé en el
don de la tierra prometida con la misma fuerza que han sentido su presencia en
la ley, el culto y el poder (7-8). Nada tiene entonces de asombroso que sus
sistemas legalistas o litúrgicos, aislados de la Fuente de agua viva, sean
cisternas incapaces para retener el agua. Todo el esfuerzo religioso se construye
sin el auxilio divino y sin su conocimiento de su presencia es vano e
infructuoso. San Ireneo dice:
«Porque donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios y
donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y la totalidad de la
gracia. El Espíritu es la verdad... Por esto, los que no participan del
Espíritu, ni van a buscar el alimento en los pechos de su Madre (La Iglesia),
ni reciben nada de la limpidísima fuente que brota del Cuerpo de Cristo, sino
que por el contrario ellos mismos se construyen cisternas agrietadas (Jer
2,13) hurgando la tierra y beben el agua maloliente del fango, al querer
escapar a la fe de la Iglesia por temor de equivocarse rechazan el Espíritu, y
así no pueden recibir enseñanza alguna. Puesto que se han apartado de la
verdad, es natural que se revuelvan en toda suerte de errores y que se sientan
zarandeados por ellos» (Contra las herejías III, 24,1).
Por eso
decimos con el Salmo 35: «en Ti, Señor, está la fuente viva y en
tu Luz nos haces ver la luz». «Señor, tu misericordia llega al cielo, tu
fidelidad hasta las nubes; tu justicia hasta las altas cordilleras, tus
sentencias son como el océano inmensas. ¡Qué inapreciable es tu misericordia,
oh Dios! Los humanos se acogen a las sombras de tus alas, se nutren de lo
sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias. Porque en Ti
está la Fuente viva y en tu Luz nos hace ver la luz. Prolonga tu misericordia
con los que te reconocen, tu justicia con los rectos de corazón».
Mateo
13 10-17: A vosotros se os ha dado a conocer los secretos del Reino.
La razón del empleo de las parábolas en la predicación de Cristo. Sólo los
cercanos a Él, sus íntimos, pueden entender su pleno sentido. Clemente de
Alejandría comenta:
«Al que tiene se le dará (Mt 13,12). Al que tiene fe se le
dará conocimiento; al que tiene conocimiento, amor; al que tiene amor, la
herencia. Esto acontece cuando el hombre está adherido al Señor por la fe, por
el conocimiento y por el amor, y se remonta con él al lugar donde está Dios, el
Dios preservador de nuestra fe y nuestro amor, de donde procede el conocimiento
para aquellos que son capaces de este privilegio y que son elegidos por su
anhelo de una mejor preparación y entrenamiento. Estos son los que están
dispuestos a oír lo que les dice, a poner en orden sus vidas a progresar por
una cuidadosa observancia de la ley de la justicia. Este conocimiento es lo que
les conduce hasta el fin, el término final que no tiene fin, enseñándoles la
vida que hemos de poseer, una vida según Dios, cuando quedemos liberados de
todo castigo y corrección que ahora soportamos a consecuencia de nuestras
maldades, como disciplina salvadora. Cuando, pues, hayan recibido esta
liberación, los perfectos alcanzarán su recompensa y sus honores» (Stromata 7,10,55-56).
Años impares
Éxodo
20,1-17: La ley se dio por medio de Moisés. Dios
entregó a Moisés la ley en el monte Sinaí, en ella figuran los diez
mandamientos. Cristo dijo que no vi-no a abolir la ley sino a perfeccionarla
con la promulgación del programa que lleva al Reino de los cielos.
El
interés del Decálogo no radica sólo en su contenido, sino ante todo en su
forma. No dimana del derecho natural o del simple fenómeno étnico. Ante todo es
la expresión de la voluntad de Dios. Esa es también la base de la moral
cristiana. El comportamiento nace en un mandamiento de Dios que abarca los diez
preceptos que se reducen al amor a Dios y al prójimo. Para el cristiano la
moral natural es recibida por su yo más profundo, es decir, el que vive con
Dios que se revela en Jesucristo. Todo hemos de verlo a lo que dice el Señor de
Sí mismo: «Yo soy el Señor tu Dios, un Dios celoso» (Ex 20,5). Orígenes
dice:
«Ved la bondad de Dios; para instruirnos y hacernos perfectos no
teme asumir la debilidad de las pasiones humanas. Entendiendo de hablar de un
Dios celoso, ¿quién no se admirará en seguida viendo en ello un defecto de la
humana debilidad? Pero Dios lo hace todo y lo sufre todo por nosotros y, para
instruirnos, Él pone en su lenguaje las pasiones que nos son conocidas y
familiares. Ved, pues, lo que Él quiere decir con esta palabra: Dios celoso (Homilía
8,5 sobre el Éxodo).
Como
canto a la ley del Señor es adecuado el Salmo 18: «Señor, Tú
tienes palabras de vida eterna. La ley del Señor es perfecta y es descanso del
alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del
Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a
los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos
del Señor son verdaderos y enteramente justos. Más preciosos que el oro, más
que el oro fino; más dulce que la miel de un panal que destila».
Años pares
Jeremías
3,14-17: Os daré pastores conforme a mi Corazón; esperarán
en Jerusalén todas las naciones. Restauración del reino de Judá e Israel.
En la nueva era mesiánica no será necesaria la presencia del arca, como símbolo
de la presencia de Yavé. Ahora toda la ciudad de Jerusalén podrá ser llamada
trono de Yavé, porque Dios se hará sentir plenamente en ella. Es más esta nueva
Jerusalén será el punto de convergencia de todos los pueblos. Tenemos reflejado
aquí el universalismo mesiánico, como aparece también en Isaías y en Miqueas.
El profeta presenta una nueva religión basada no en lo puramente externo, sino
vinculada al corazón como punto de arranque. Es bien claro la alusión a los
tiempos de Cristo con su culto litúrgico, centrado principalmente en la
Eucaristía.
Como
salmo responsorial se han escogido algunos versos del capítulo 31 de
Jeremías, que es una invitación a celebrar el retorno glorioso de
Israel, la primera de las naciones en cuanto que ha sido escogida por Dios como
heredad particular para que participara de sus beneficios materiales y
espirituales. Se invita a la naciones a oír la palabra de Yavé y a que la den a
conocer en las islas remotas: «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará
como pastor a su rebaño. Porque el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una
mano más fuerte. Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión, afluirán hacia
los bienes del Señor. Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los
jóvenes y los viejos; convertiré en gozo su tristeza, los alegraré y aliviaré
sus penas».
Mateo
13,18-23: El que escucha la palabra y la entiende ése
dará fruto. Explicación de la parábola del sembrador. El reino de Dios
comienza ya aquí abajo con las palabras sublimes, y al mismo tiempo sencillas,
de Cristo. La acogida que se dé en el espíritu nos convertirán en ciudadanos
del Reino.
Jesús
se plantea el problema de los fracasos y de las resistencias que se oponen a su
mensaje: ceguera de los escribas, entusiasmo superficial de las masas,
desconfianza de los parientes, dureza de corazón, afición a las cosas del
mundo, a las riquezas, a los honores, al poder. Pretende dar un sentido a esta
incomprensión y lo descubre en la oposición entre el trabajo casi infructuoso
del sembrador y la rica cosecha que se recogerá en el tiempo oportuno. Jesús
piensa en su misión difícil y la analiza a la luz del juicio que se acerca.
Dificultades las tuvo Cristo y las ha tenido la Iglesia en toda su historia,
pero también ubérrimos frutos de santidad. San Efrén comenta:
«¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de
tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos
que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos,
según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con
multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver
en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para
que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos que
concentrara su reflexión» (Comentario al Diatésaron 1,18).
Años impares
Éxodo
24,3-8: Alianza del Señor con el pueblo de Israel.
Este se ha obligado a observar la ley de Dios, por eso se realiza una alianza
con Él sellada con la sangre de un sacrificio. La Nueva Alianza estará sellada
con la sangre del Hijo de Dios encarnado, para el perdón de los pecados y se
hace presente en la Eucaristía. Ya hemos visto que la alianza de Israel con
Dios se rompió muchas veces por la infidelidad del pueblo elegido. Pero Dios,
infinitamente misericordioso, siempre la reanudó. Lo hemos expuesto con muchos
textos patrísticos. como éste de Melitón de Sardes:
«La salvación del Señor y la realidad fueron prefiguradas en el
pueblo judío, y las prescripciones del Evangelio fueron preanunciadas por la
ley. De esta suerte, el pueblo era como el esbozo de un plan, y la ley, la
letra de una parábola; pero el Evangelio es la explicación de la ley y su
cumplimiento y la Iglesia el lugar donde aquello se realiza. Lo que era figura
era valioso antes de que se diera la realidad, y la parábola era maravillosa
antes de que se diera la explicación. Es decir, el pueblo judío tenía un valor
antes de que se estableciera la Iglesia, y la ley era maravillosa antes de que
resplandeciera la luz del Evangelio» (Números 4-10).
El
pacto es cantado por el Salmo 49, algunos de cuyos versículos
forman el Salmo responsorial de hoy: «Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.
Congregadme a mis fieles que sellaron mi pacto con un sacrificio». Nuestro
Pacto ha sido sellado con el sacrificio de Cristo en la Cruz. Esto es reactualizado
sacramentalmente en la Eucaristía. En ella hemos de participar con mente y
corazón y ser consecuentes con lo que esa participación exige.
Años pares
Jeremías
7,1-11: El templo no se puede convertir en una cueva
de bandidos. El profeta interpela a los peregrinos junto al templo,
denunciando la hipocresía de sus compatriotas y vaticinando la ruina del lugar
santo. Los exhorta a practicar una religión comprometida, interior y sincera,
no sólo un culto externo, aunque este también sea necesario. San Jerónimo así
lo explica:
«Si han de pasar el cielo y la tierra, sin duda que pasará
también todo lo terreno. Por consiguiente, los lugares de la cruz y de la
resurrección aprovecharán sólo a quienes llevan su cruz y resucitan con Cristo
cada día, a los que se hacen dignos de tan excelsa morada. Por el contrario,
los que dicen: el templo del Señor, el templo del Señor (Jer 7,4), oigan al
Apóstol... Vosotros sois templo de Dios y el Espíritu Santo mora en vosotros.
La corte celeste está abierta lo mismo si se mira desde Jerusalén como si se
mira desde Bretaña, pues el Reino de Dios está dentro de vosotros (Lc 17,21)» (Carta
58,3, a Paulino presbítero).
El
Salmo 83 expone los deberes del santuario del Señor: «¡Qué
deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!» El alma del piadoso
israelita se consume y anhela los atrios del Señor, su corazón y su carne
retozan por el Dios vivo... Anhela vivir en la Casa del Señor, alabándolo
siempre y encontrar su gozo y su alegría y toda su fuerza en Dios y en su culto
auténtico. Por eso prefiere el umbral de la Casa del Señor a vivir con los
malvados, y vivir un día en los atrios del Señor a mil en su propia casa.
El
cristiano tiene muchos motivos para superar el fervor del piadoso israelita. El
antiguo templo de Jerusalén era sólo un símbolo y signo de la presencia
dinámica de Dios; pero el templo cristiano es la morada del Dios vivo, ya que
allí está Jesucristo, realmente presente en la Eucaristía. Allí se reactualiza
sacramentalmente el sacrificio redentor del Calvario. Todo esto es mucho más
que lo que significaba el templo judío de Jerusalén.
Mateo
13,24-30: Dejadlos crecer juntos hasta la siega.
Manifiesta la paciencia de Dios que no quiere la muerte del pecador, sino que
se convierta de su conducta y que viva. Dice Clemente de Alejandría:
«Si decimos, como se admite
universalmente, que todas las cosas necesarias y útiles para la vida nos vienen
de Dios, no andaremos equivocados. En cuanto a la filosofía, ha sido dada a los
griegos como su propio testamento, constituyendo un fundamente para la
filosofía cristiana, aunque los que la practican de entre los griegos se hagan
voluntariamente sordos a la verdad, ya porque menosprecian su expresión
bárbara, ya también porque son conscientes del peligro de muerte con que las
leyes civiles amenazan a los fieles.
«Porque igual que la filosofía bárbara, también en la griega ha sido sembrada la cizaña (Mt 13,25) por aquel cuyo oficio es sembrar cizaña. Por esto nacieron las herejías juntamente con el auténtico trigo, y entre ellos, los que predican el ateísmo y el hedonismo de Epicuro, y todo cuanto se ha mezclado en la filosofía griega contrario a la recta razón, son fruto bastardo de la parcela que Dios había dado a los griegos...» (Stromata 6,8,67).