15ª Semana
Entrada:
«Yo, con mi apelación, vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu
semblante» (Sal 16,15). Con esta ardiente súplica se inicia la Misa.
Colecta
(del Misal anterior, antes del Gregoriano, y ahora
retocada con textos del Gelasiano): «¡Oh Dios!, que muestras la luz de tu
verdad a los que andan extraviados, para que puedan volver al buen camino;
concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y
cumplir cuanto en él se significa»
Ofrendas
(también del Misal anterior, y antes del Gregoriano):
«Mira, Señor, los dones de tu Iglesia en oración, y concede a quienes van a
recibirlos crecer continuamente en santidad».
Comunión:
«Dichosos los que viven en tu casa» (Sal 83,4-5); o bien: «El que
come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6,57).
Postcomunión
(también del Misal anterior, retocada con textos del
Gregoriano y Gelasiano): «Alimentados con esta eucaristía, te pedimos, Señor,
que cuantas veces celebramos este sacramento se acreciente en nosotros el fruto
de la salvación».
Ciclo A
La
primera lectura nos prepara a recibir las enseñanzas del Evangelio: el
Sembrador difunde su doctrina. San Pablo exalta la dimensión cósmica de la
Redención.
Dios
es el Sembrador que realiza en nosotros su obra. A nosotros nos queda la enorme
responsabilidad de no hacer infructuosa la gracia santificante y los medios que
Él nos da en su Palabra y en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía.
Isaías
55,10-11: La lluvia hace germinar la tierra. La
palabra de Dios, semilla de salvación, lleva en sí toda la eficacia de la
iniciativa divina y de su amor santificador.
El
profeta usa sus grandes cualidades literarias y una gran intuición teológica
para infundir la firme adhesión a Yavé, Dios de los padres que, contrariamente
a la desconfianza general de los exiliados, está salvíficamente presente entre
ellos. El dirige la historia y los acontecimientos para que el universo y el
hombre, que han sido creados por Él, de Él dependan y con Él se desarrollen.
La
semejanza de la lluvia y de la nieve que fecundan y hacen germinar la tierra
nos debe hacer comprender que la potencia creadora y transformadora de la
palabra de Dios ha de dar fruto, si la acogemos con fe, pues Dios que nos creó
sin nosotros no nos salvará sin nosotros.
Es
un texto muy profundo y eficaz para comprender la Sagrada Escritura como
palabra de Dios al hombre. Nos pone en contacto directo con Él que nos invita a
que recibamos su mensaje salvífico para otorgarnos su comunión de vida
realizando en nosotros su salvación.
Muy
acertadamente se ha escogido como responsorio el Salmo 64 : «Tú
cuidas de la tierra, la riegas... Tú preparas los trigales... La semilla cayó
en buena tierra y dio su fruto». En realidad ese Salmo es un himno a Dios
providente con su pueblo. Los versículos 10-14, que son los que se han tomado
aquí, nos hacen revivir la primavera de Palestina, cuando el mismo desierto
florece, los rebaños pastan sobre verdes colinas y el trigo germina sus espigas
en la llanura. Los santos han usado esos dones de la creación para elevarse
hasta Dios y cantar su magnificencia. Son bien conocidos los versos de San Juan
de la Cruz, ya expuestos por nosotros en otra ocasión.
Romanos
8,18-23: La creación expectante está aguardando la
plena manifestación de los hijos de Dios. En medio de la creación el
cristiano auténtico es como una semilla viva de Dios, que restaura la obra del
Creador y la libera de la degradación del pecado.
Para
San Pablo y para todo el Nuevo Testamento el sufrimiento es esencial en la
economía salvífica: Cristo murió en una cruz para la redención de la humanidad.
El cristiano, como discípulo de Cristo, se encuentra en el mismo camino de la cruz:
«El que quiera ser mi discípulo que se renuncie a sí mismo, tome su cruz y me
siga» (Mc 8,34;Mt 16.24;Lc 9,23).
Esto
no debe ser motivo de tristeza. Muere con Cristo para resucitar con Él. Este
destino no está fundado en la palabra del hombre, sino en la palabra de Dios
que es viva y eficaz. Comenta san Agustín:
«Estáis viendo, amadísimos, qué se les pide en esta vida a los
siervos de Dios en cambio a la vida futura que se revelará en nosotros. Frente
a esa gloria, carece de significado cualquier tribulación temporal, sea la que
sea. Los sufrimientos de este tiempo, dice el Apóstol, no son equiparables con
la futura gloria que se revelará en nosotros (Rom 8,18). Si las cosas son así,
nadie piense ahora carnalmente; no hay tiempo: el mundo se conmueve, el hombre
viejo es echado fuera, la carne siente la operación, aniquílese el espíritu. El
cuerpo de Pedro yace en Roma, dicen los hombres; en Roma yacen los cuerpos de
Pablo, de Lorenzo y de otros santos mártires; sin embargo, Roma está asolada:
es afligida, pisoteada e incendiada... ¿Dónde están las memorias de los
Apóstoles? Allí están, allí están, pero no en ti. ¡Ojalá estuvieran en ti!...
Ojalá estuviesen en ti las memorias de los Apóstoles; ojalá pensaras en ellos.
Verías qué felicidad les fue prometida, si la terrena o la eterna» (Sermón 296,6).
Mateo
13,1-23: Salió el Sembrador a sembrar. La palabra
de Dios y toda su obra de santificación pueden quedar infructuosas por el modo
de ser y de vivir de los hombres.
La
parábola explica plásticamente la proclamación del Reino, que constituye su
tema fundamental. Aunque aparentemente podamos ver un aspecto negativo, sin
embargo, el tema esencial es un sereno optimismo sobre el fruto que tendrá el
mensaje predicado por el Señor. Comenta San Agustín:
«Dice Pablo en sus escritos que fue enviado a predicar el
Evangelio allí donde Cristo aún no había sido anunciado. Pero, como aquella
otra siega ya tuvo lugar y los judíos que quedaron eran paja, prestemos
atención a la mies que somos nosotros. Sembraron los apóstoles y los profetas.
Sembró el mismo Señor; Él estaba, en efecto, en los apóstoles, pues también Él
cosechó; nada hicieron ellos sin Él; Él sin ellos es perfecto, y a ellos dice:
sin Mí nada podéis hacer (Jn 15,5). ¿Qué dice Cristo, sembrando entre los gentiles?
Ved que salió el Sembrador a sembrar (Mt 13,3). Allí se envían segadores a
cosechar; aquí sale a sembrar el sembrador no perezoso. Pero, ¿qué tuvo que ver
con esto el que parte cayera en el camino, parte en tierra pedregosa, parte
entre espinas? Si hubiera temido a esas tierras malas, no hubiera venido
tampoco a la tierra buena.
«Por lo que toca a nosotros, ¿qué nos importa? ¿Qué nos interesa
hablar ya de judíos y de la paja? Lo único que nos atañe es no ser camino, no
ser piedras, no ser espinas, sino tierra buena. ¡Oh Dios! Mi corazón está
preparado (Sal 56,8) para dar el treinta, el sesenta, el ciento, el mil por
uno. Sea más, sea menos, pero siempre es trigo» (Sermón 101,3).
Ciclo B
La
primera lectura trata de la vocación del profeta Amós, cómo el Señor elige su
mensajero a quien quiere, cuándo y como quiere. La tercera lectura nos habla de
las consignas dadas por Cristo a los discípulos enviados a evangelizar. En la
segunda lectura San Pablo describe a los Efesios el plan divino sobre nosotros.
Dios nos ha destinado desde toda la eternidad a convertirnos en hijos suyos por
Jesucristo para alabanza de su gloria.
La
vocación cristiana, don de iniciativa amorosa de Dios a quienes Él mismo ha
elegido, es, por su propia naturaleza, vocación a la santidad testifical y
vocación al apostolado responsable (cf. Lumen Gentium 17 y 40)
El
auténtico cristiano es siempre un testigo viviente de Cristo. El falso
cristiano vive ajeno a la salvación de los hombres, sus hermanos.
Amós
7,12-15: Ve y profetiza a mi pueblo. En su fe
profunda y operante, Amós se siente responsable ante Dios, que le reclama para
profeta y testimonio contra la frivolidad religiosa del reino de Israel. Su
vida evidencia plenamente su fidelidad a Yavé. San Jerónimo dice:
«Los médicos que se llaman cirujanos son tenidos por crueles y
son realmente desdichados. Porque, ¿no es una desdicha dolerse de las heridas
ajenas y tener que cortar con hierro compasivo las carnes muertas, y, al tener
que curar, no sentir horror de lo que horroriza al que es curado, y encima ser
tenido por enemigo? Está en la naturaleza de las cosas el que la verdad sea
amarga y los vicios sean considerados agradables.
«Isaías, para poner un ejemplo de lo que había de ser la
cautividad inminente, no tuvo empacho de andar desnudo (Isaías 20,2); Jeremías
es sacado de en medio de Jerusalén y enviado al Éufrates, río de Mesopotamia,
para esconder allí, entre gentes enemigas, donde está el asirio y los ejércitos
de los caldeos, una faja que debía pudrirse (cf. Jer 13,1-7); a Ezequiel
se le manda comer un pan hecho de todo género de semillas y rociado primero con
excrementos humanos y luego bovinos (cf. Ez 4,9-15), y termina
presenciando con los ojos secos de lágrimas la muerte de su mujer (ib.
24,15-17). Amós es expulsado de Samaría (Am 7,12) Y todo esto, te pregunto,
¿por qué? Porque eran cirujanos espirituales que cortaban los vicios de los
pecadores y exhortaban a la penitencia... Así, no es de extrañar, si también
nosotros, al censurar los vicios, ofendemos a muchos» (Carta 40 1-2, a
Marcela).
Con
el Salmo 84 decimos: «voy a escuchar lo que dice el Señor». Esta
es la actitud de todo profeta en todos los tiempos. «Dios anuncia la paz a su
pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón». El misterio de la
venida de Cristo tiene una historia en la vida de todo creyente. El que se
convierte y recibe la gracia es como un exiliado que espera regresar a la
patria verdadera. Por eso puede hacer suyas las palabras del Salmo: «La
salvación ya está cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra.
La misericordia y la felicidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la
fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos
dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos».
Efesios
1,3-14: Nos eligió en Él antes de crear el mundo.
La introducción a la Carta a los Efesios nos recuerda que nuestra fe cristiana
es un don de iniciativa divina que compromete plenamente nuestra existencia
ante el Padre y ante los hombres.
Todo
el proceso salvífico de la lectura es atribuido por san Pablo a la benevolencia
de la voluntad divina. Por tres veces se subraya que esto sucede «para alabanza
y gloria de su gracia», «para que la gloria de su gracia... redunde en alabanza
suya», «seremos alabanza de su gloria». Estas expresiones tienen en el himno la
función de estribillo, el carácter doxológico de toda la composición. San
Jerónimo comenta:
«Aunque uno sea santo y perfecto, y sea estimado digno de la
felicidad a juicio de todos, sin embargo ahora ha conseguido las arras del
Espíritu para la herencia futura. Si la prenda es tanta, ¿qué será la posesión?
Como la prenda que se nos da no está fuera de nosotros, sino dentro de
nosotros, así la herencia misma esto es, el reino de Dios dentro de nosotros
está (Lc 17,21) es algo intrínseco a nosotros. ¿Qué mayor herencia puede haber
que contemplar y ver sensiblemente la belleza de la Sabiduría del Verbo, de la
Verdad y de la Luz, y lo inefable del mismo; y considerar la magnífica
naturaleza de Dios y ver la sustancia de todas las cosas creadas a semejanza de
Dios. Este Espíritu Santo de la promesa, que es la prenda de nuestra heredad,
se nos da ahora, para que seamos redimidos y unidos a Dios para alabanza de su
gloria. No porque Dios necesite alabanza de nadie, sino para que su alabanza
aproveche a los que le alaban, y mientras conocen en cada una de sus obras su
majestad y su grandeza, se levanten a alabarle en un milagro de estupor» (Comentario
a la Carta a los Efesios 1,14).
Marcos 6,7-13:
Y comenzó a enviarlos. Los primeros creyentes, los apóstoles y los
discípulos, vieron íntegramente comprometidas y marcadas sus vidas para la obra
redentora de Cristo. A San Marcos le interesa presentar al predicador
evangélico como al que revela en el mundo el misterio de la salvación mediante
el Mesías crucificado. A esto parece que va dirigida la absoluta pobreza de
medios en el apóstol, catequista, evangelizador. La Iglesia es en sí, como lo
fue Cristo, portadora de la salvación, pero no tiene ningún aspecto
triunfalístico pagano y mundano. Cristo triunfó por su Misterio Pascual sobre
el pecado y la muerte. La Iglesia sigue ese mismo camino, no puede prescindir
de ello.
Esto
no podemos olvidarlo, aun en nuestro aspecto de vida escondida, crucificada, en
la pobreza y debilidad, en nuestras limitaciones. La doctrina que subyace en
esta lectura es la de que la victoria se realiza en la humildad y en la
carencia de medios humanos. No podemos prescindir de ellos, ciertamente; pero
no hemos de poner nuestro afán en ellos. San Pablo nos dice que todo es para
nosotros, para nuestra utilidad, para nuestro provecho, pero nosotros somos de
Cristo y Cristo de Dios. Ése es el orden que siempre han seguido los santos. Emplear
los medios de este mundo para el servicio de Dios, sin estar apegados, sino
desprendidos totalmente de ellos.
En
la celebración litúrgica no agotamos toda la responsabilidad de nuestra fe y de
nuestra identidad cristiana. Esto se ha de prolongar en la vida cotidiana, como
testigos y apóstoles de Cristo.
Ciclo C
La
parábola del Buen Samaritano es una enseñanza para vivir el mandato del amor
para con Dios y para con el prójimo. La ley del Señor, recuerda la primera
lectura, no es algo exterior a nosotros mismos, sino que se encuentra dentro de
nosotros y hemos de llevarla a la práctica. San Pablo, en la segunda lectura,
delinea ante nosotros la imagen de Cristo en toda su grandeza. Es el principio
de la nueva humanidad en su resurrección de entre los muertos.
Cristo
y la caridad serán siempre la clave de toda autenticidad cristiana. El Corazón
de Jesucristo, su iniciador y consumador, el Maestro y el Modelo a seguir (LG
40). En el cristianismo todo lo que no se centra en la caridad, puede ser
equívoco. Ciertamente es infructuoso para nuestra salvación (1 Cor 13,10).
Deuteronomio
30,10-14: El mandamiento está muy cerca de ti;
cúmplelo. Por la revelación divina, Dios mismo se ha puesto en actitud de
diálogo amoroso al alcance de toda conciencia recta. Es en lo íntimo de su
corazón donde cada hombre se abre a su Voluntad o la rechaza.
Al
autor de este libro interesa sobre todo exhortar al pueblo de su tiempo a
reflexionar sobre su vocación y elección y obre las consecuencias nefastas a
que ha conducido el abandono de Yahvé, el Dios de los padres, mediante la
infidelidad a la alianza sancionada después del éxodo y renovada repetidas
veces por Dios a través de los profetas. Como tantas veces ya hemos expuesto
con textos patrísticos, todo se concreta en la observancia del Pacto, pues por
parte de Dios siempre estará firme su fidelidad.
El
Salmo 68 nos exhorta a buscar al Señor para que viva nuestro
corazón. Es como una continuación de la lectura anterior: «Mi oración se dirige
a Ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu
fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia, por tu gran
compasión vuélvete hacia mí. Yo soy un pobre malherido, Dios mío, tu salvación
me levante. Alabaré el nombre del Señor con cantos, proclamaré su grandeza con
acción de gracias. Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor y vivirá
vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus
cautivos. El Señor salvará a Sión...»
Colosenses
1, 15-20: Todo fue creado por Él y para Él. El acercamiento
amoroso de Dios a los hombres ha culminado en el misterio entrañable del
Corazón de Cristo, centro y culmen de la revelación de la caridad del Padre.
Orígenes dice:
«Ahora bien, el alma es movida por el amor y deseo celestes
cuando, examinadas a fondo la belleza y la gloria del Verbo de Dios, se enamora
de su aspecto y recibe de Él como una saeta y una herida de amor. Este Verbo
es, efectivamente, la imagen y el esplendor del Dios invisible, primogénito de
toda creación, en quien han sido creadas todas las cosas en el cielo y en la
tierra, las visibles e invisibles (Col 1,16). Por consiguiente, si alguien
logra con la capacidad de su inteligencia vislumbrar y contemplar la gloria y
hermosura de todo cuanto ha sido creado por Él, pasmado por la belleza misma de
las cosas y traspasado por la magnificencia de su esplendor, como por una saeta
bruñida, en expresión del profeta (Isaías 49,2), recibirá de Él una herida
salutífera, y arderá en el fuego deleitoso de su amor» (Comentario al Cantar
de los Cantares, prólogo).
Lucas
10,25-37: ¿Quién es mi prójimo? Cristo, Dios y
hombre, en unidad de Persona, ha hecho de la caridad a Dios y a los hombres la
plenitud de la ley, como norma de salvación para todos nosotros. Siempre
tenemos necesidad de insistir en el precepto del amor. La apologética esencial
al cristianismo será siempre la de la caridad». Escuchemos a San Agustín:
«Aquel hombre que yacía en el camino, abandonado medio muerto
por los ladrones, a quien despreciaron el sacerdote y el levita que por allí
pasaron y a quien curó y auxilió un samaritano que iba también de paso, es el
género humano. ¿Cómo se llegó a esta narración? A cierta persona que le
preguntó cuáles eran los mandamientos más excelentes y supremos de la ley, el
Señor respondió que eran dos... Jesucristo, el Señor, quiso que viésemos a Él
representado en el Samaritano... El Señor se nos hace cercano en el prójimo.
Él, para hacerse cercano a ti, asumió tu pena, pero no tu culpa, y si la asumió
fue para borrarla, no para perpetrarla. Siendo justo e inmortal, estaba lejos
de los injustos y mortales. Tú, en cuanto pecador y mortal estabas lejos del
justo e inmortal. Él no se hizo pecador, como lo eras tú, pero se hizo mortal
como tú. Permaneciendo justo se hizo mortal. Asumiendo la pena sin la culpa,
destruyó pena y culpa. Por tanto, el Señor está cerca, no os inquietéis por
nada. Aunque corporalmente ascendió por encima de todos los cielos, con su
majestad no se alejó. Quien hizo todo está presente en todas partes (Sermón 171,2-3).
Prescindiendo o infravalorando la caridad evangélica (sobrenatural y positiva) el «moralismo» sólo sirve para justificar posturas naturalistas, privadas o sociales, pero nunca de autenticidad cristiana.
Años impares
Éxodo
21,8-14.22: Vamos a vencer a Israel porque está siendo
más fuerte y numeroso que nosotros. Los israelitas se ven reducidos a
esclavos de los egipcios. Un pueblo es explotado por otro. Esto es suficiente
para señalar el mal. Los pobres han tomado pronto conciencia de su
inferioridad, han adoptado, bajo la dirección de uno de los suyos, medidas para
salir de ella. Pero esto tiene un sentido religioso, porque en definitiva es
Dios el que tiene la iniciativa de la liberación... Se verá más adelante. El hombre
se rebela contra Dios en la misma liberación que Él determina hacer. Es
increíble, pero así es de insensato el hombre pecador. Prefiere la misma
esclavitud a la libertad que Dios le otorga. Así lo afirma San Jerónimo:
«En la etapa decimoséptima podemos darle el nombre de los
ladrillos... En el Éxodo se lee de los ladrillos de Egipto y que el pueblo
gemía cuando los fabricaba (Ex 1,14)... De todo ello aprendemos que, en el
camino de la vida presente y en el continuo pasar de una cosa a otra, unas
veces crecemos, otras retrocedemos, y después de haber ocupado una dignidad
eclesiástica con frecuencia pasamos al trabajo de los ladrillos» (Carta 78,19,
a Fabiola).
Por
eso cantamos en el Salmo 123: «Nuestro auxilio es el nombre del Señor»,
que es una afirmación llena de fe y de confianza en Dios. El cristiano puede
tener la seguridad de que nunca está solo. Sobrellevando con entereza las
pruebas de esta vida, que Dios permite para nuestra purificación y mayor
mérito, podemos progresar rápidamente en la perfección cristiana. El Salmo da
al cristiano una buena lección de fe y de humildad y le muestra la caducidad de
la vida presente: «Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, que lo diga
Israel, si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos asaltaban
los hombres, nos habrían tragado vivos, tanto ardía su ira contra nosotros. Nos
habrían arrollado las aguas, llegándonos el torrente hasta el cuello; nos
habían llegado hasta el cuello las aguas espumantes. Bendito el Señor que no
nos entregó en presa a sus dientes. Hemos salvado la vida como un pájaro de la
trampa del cazador; la trampa se rompió y escapamos. Nuestro auxilio es el
nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra».
Años pares
Isaías
1,15-17: Lavaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones.
Dios da a conocer a su pueblo por medio del profeta Isaías cuál es el culto que
le agrada: no los ritos puramente externos, sino la conversión del corazón. Es
doctrina común en los profetas, como ya lo hemos expuesto en muchas ocasiones
con textos patrísticos. San Justino trae ese texto de Isaías al tratar del
Bautismo, en su primera Apología, 61. Todo culto verdadero ha de proceder de un
corazón purificado y ha de inducir a un amor más intenso a Dios y al prójimo,
que son todos los hombres.
Esto
mismo sigue en el Salmo 49, en el que se repite como estribillo:
«Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios», no a los que
participan en el culto y detestan las enseñanzas de Dios y no tienen presentes
sus mandatos... «El que ofrece acción de gracias ése honra al Señor». No debe
haber dos líneas paralelas en la vida del cristiano: por un lado su fe, su
culto y por otro su conducta y comportamiento. El verdadero espíritu del culto
cristiano es la fidelidad a la voluntad de Dios. Es bien explícito lo que se
lee en la Carta a los Hebreos 9,11-15 y 13,15-16.
Esto
es lo que enseñó Pío XII en su encíclica Mediator Dei y lo repitió el
Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, ni 11:
en los dos documentos se nos pide «recta intención de ánimo y cooperar con la
gracia divina para no recibirla en vano».
Mateo
10,3411,1: No he venido a sembrar la paz, sino
espadas. Cristo es una señal de contradicción para el mundo. O en favor de
Cristo o en contra del mismo. Sus discípulos han de preferirlo a todo lo demás.
«No anteponer nada al amor de Cristo», dice San Benito en su Regla.
Los
enviados del Señor que le siguen con las rupturas necesarias y le acompañan
llevando cada uno su propia cruz, reciben al final una promesa extraordinaria:
todo lo que se haga a sus enviados es a Cristo a quien se hace. San Agustín ha
comentado con frecuencia este pasaje:
«La justicia exige de ti lo que de ti obtuvo la impureza.
Escuchasteis el Evangelio: No vine a traer la paz a la tierra, sino la espada
(Mt 10,34). Dijo que iba a separar a los hijos de los padres. Pon tu mirada,
pues, en aquella espada. ¿Quieres acaso servir a Dios y tu padre te lo prohíbe?
Cuando amabas la impureza, corrías tras ella, aunque tu padre te lo prohibiese.
Ahora la justicia te prohíbe seguir amándola; también aquí encontraste la
prohibición de tu padre. Saca a relucir tu libertad, como entonces tu pasión.
Entonces estabas dispuesto a ser desheredado con tal de no separarte de aquella
impureza; estálo ahora también con tal de no separarte de la hermosura de la
justicia. Es cosa grande y justa. ¿Quién hay que se atreva a decir: Es más
merecedora de amor la impureza que la justicia?... Fijaos en aquella impureza y
ved cuánto más exige de vosotros la piedad y la caridad, la hermosura de la
justicia y la dulzura de la santificación» (Sermón 306,4).
Años
impares
Éxodo
2,1-15: Cuando creció fue a donde estaban sus hermanos.
Manifestación de la protección providencial de Dios con respecto a Moisés y a
su pueblo elegido. El futuro liberador del pueblo ha sido él mismo un
«liberado»; el verdadero conductor del pueblo es el que ha vivido lo que
propone a los demás. Dios tiene compasión de su pueblo elegido. Comenta
Orígenes:
«No se ha de pensar acerca de Dios según criterios humanos, pues
no tenemos una naturaleza tal que, por sus propias fuerzas, pueda elevarse al
conocimiento de las cosas celestiales. De Dios mismo se ha de aprender lo que
se ha de entender acerca de Dios, pues no se le conoce sino cuando Él mismo se
ha dado a conocer. Aunque alguno tenga una instrucción completa en la ciencia
secular y lleve una vida honesta, estas cosas serán de provecho para
satisfacción interior. Pero no pueden alcanzar el conocimiento de Dios.
«Moisés había sido adoptado como hijo de la reina (Ex 1,10) e
instruido en todas las ciencias de los egipcios... Y cuando había dejado Egipto
y era pastor en la tierra de Madián, mientras miraba el fuego que ardía en la
zarza sin que ésta se consumiera, oyó a Dios, le preguntó su nombre y conoció
su naturaleza: pues todas estas cosas acerca de Dios no hubieran podido ser
conocidas más que por su medio mismo. Por tanto, no se debe hablar de modo
distinto de como Él mismo ha hablado de Sí, para que nosotros le entendiéramos»
(Sobre el Éxodo, 3).
Con
el Salmo 68 proclamamos: Humildes, buscad al Señor y revivirá
vuestro corazón. Estamos ante una súplica impresionante para que Dios
socorra al que se encuentra abandonado, y salve del borde de la muerte al que
es objeto de persecución mortal, como en la lectura anterior lo estuvo Moisés.
El justo no deja de confiar en el Señor, aun en situaciones extremas, sino que
espera confiadamente verse libre de sus perseguidores. En el Nuevo Testamento
se aplica este Salmo a Cristo (Jn 2,17;15,23-25;19,28-30)... Por esos numerosos
testimonios los Santos Padres fueron unánimes en considerar mesiánico este
Salmo. Siete veces aparece citado por San Agustín en sus sermones. En uno de
ellos dice:
«Antes de
su pasión, cuando, con referencia a la misma, da ejemplo de humildad según la
carne. Se enardecieron contra Él las olas del mar y a ellas cedió de grado por
nosotros. Para que se cumpliera la profecía, dijo: Llegué a la profundidad del
mar, y la tempestad me sumergió (Sal 68,3). No repudió los testigos falsos, ni
el clamor tumultuoso de los que gritaban: Sea crucificado. No reprimió con su
poder, sino que toleró con su paciencia los corazones rabiosos y las bocas de
los furiosos. Le hicieron cuanto quisieron, pues se hizo obediente hasta la muerte
y muerte de cruz. Mas, cuando resucitó de entre los muertos tenía que orar a
solas por los discípulos recogidos en la Iglesia, como en una barquilla,
sostenidos por la fe en su cruz como en un madero, sacudidos por las
tentaciones de este siglo como por el oleaje del mar. Y entonces comenzó a ser
honrado su nombre también en este siglo, en el que fue despreciado, acusado y
asesinado».
Este
salmo nos muestra la angustia de Cristo en la pasión y su confianza en el
Padre: «Me estoy hundiendo en un cieno profundo, y no puedo hacer pie; he
entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente... Pero el Señor
escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos».
Años pares
Isaías
7,1-9: Si no creéis no subsistiréis. El Señor
tranquiliza a Ajab, rey de Judá, cuyo reino se ve atacado por los pueblos
circundantes. Se invita al rey a un acto de fe en la existencia divina. Dios
está presente, incluso en medio de las catástrofes y de los conflictos
sociales. Es necesario tener fe, no obstante las contradicciones, las pruebas,
los fracasos. Con esa fe participamos en la misma vida de Dios y encontramos en
Él apoyo y aliento.
Multitud
de veces han tratado de este pasaje bíblico los Santos Padres. Traemos aquí un
texto de San Ireneo:
«También, para no sufrir nada semejante, debemos conservar
intacta la regla de fe, cumplir los mandamientos, creyendo en Dios, temiéndole
porque es Señor y amándole porque es Padre. Ahora bien, el cumplimiento de los
mandamientos es una adquisición de la fe, porque si no creéis dice Isaías no
subsistiréis (7,9), y la verdad lleva a la fe, que tiene por objeto las cosas
que realmente existen (Heb 11,1), de manera que creamos en los seres que
existen y, creyendo en ellos tal como son, guardemos siempre nuestra convicción
con respecto a ellos.
«Y como la fe está íntimamente ligada a nuestra salvación, hay
que tener mucho cuidado, a fin de tener una verdadera inteligencia de estos
seres. Ahora bien: la fe es la que nos la proporciona, tal como los
presbíteros, discípulos de los apóstoles, nos la han transmitido por tradición»
(Demostración de la predicación apostólica, 3).
Es
impresionante la seguridad que ofrece el Salmo 47, tomado como
responsorio: «Dios ha fundado su ciudad para siempre. Grande es el Señor, y muy
digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios. Su monte Santo, una altura
hermosa, alegría de toda la tierra. El monte Sión, vértice del cielo, ciudad
del gran Rey. Entre sus palacios, Dios descuella como un alcázar. Mirad: los
reyes se aliaron para atacarla juntos; pero, al verla, quedaron aterrados y
huyeron despavoridos. Y allí los agarró el temblor y dolores como de parto;
como un viento del desierto que destroza las naves de Tarsis».
Mateo
11,20-24: El día del juicio será más llevadero a Tiro
y Sidón y a Sodoma que a vosotros. Comienza un período crítico en el
ministerio de Jesucristo, pues muchos lo abandonan. Las maldiciones dirigidas
contra las ciudades que han rehusado seguir su llamada a la penitencia hacen
resaltar la gravedad del aviso divino: un día el juicio divino caerá
inexorablemente sobre aquellos que hayan rechazado a su enviado. San Juan
Crisóstomo dice:
«Entonces, cuando la sabiduría quedó justificada, cuando les
hubo mostrado que todo se había cumplido, púsose el Señor a reprender a las
ciudades. Ya que no las pudo convencer, las declara malhadadas, que es más que
infundirles miedo. A la verdad, ya les había dado su enseñanza, ya había en
ellas realizado milagros. Mas ya que se obstinaban en su incredulidad, ya no le
queda sino maldecirlas.. Y no sin razón les pone el ejemplo de Sodoma, pues
quiere con él encarecer su culpa. Prueba, en efecto, máxima de maldad es que,
por lo visto, aquellos habitantes de Cafarnaún no sólo eran peores que los que
entonces vivían, sino más malvados que cuantos malvados habían jamás existido.
«Por modo semejante, establece el Señor otra vez comparación y
condena a los judíos con el ejemplo de los ninivitas y de la reina del Sur.
Sólo que allí se trata de quienes obraron bien; aquí, empero, la comparación es
con quienes pecaron, lo que aumenta la gravedad... Así por todos lados, trata
de atraérselos; lo mismo por sus ayes de maldición que por el miedo que les
infunde. Escuchemos también nosotros estas palabras del Señor. Porque no sólo
contra los incrédulos, contra nosotros mismos, señaló el Señor castigo más duro
que el de los habitantes de Sodoma si no acogemos a los huéspedes que acuden a
nosotros, pues Él les mandó que sacudieran hasta el polvo de sus pies» (Homilía
37,4-5, sobre San Mateo).
Años impares
Éxodo
3,1-6.9-12: La zarza ardiendo sin consumirse. La
primera manifestación de Moisés manifiesta la grandeza y el poder de Dios, así
como una providencia y amor para con su pueblo. Muchas veces los Santos Padres
tratan de ese hecho y lo aplican a la virginidad de María en la Encarnación.
Oigamos a San Gregorio de Nisa:
«¡Oh acontecimiento admirable: una virgen madre, permaneciendo
virgen! Mira el nuevo orden de la naturaleza. En el caso de todas las demás
mujeres, mientras que una permanece virgen, ciertamente no puede ser madre al
mismo tiempo; una vez que llega a serlo, ya no posee la virginidad.
«Conviene, en efecto, que aquel que hacía su entrada en la vida
humana para la salvación de los hombres íntegro e incorrupto, trajera su origen
de una integridad absoluta y dada a Él sin reservas; ahora los hombres
habitualmente llaman incorrupta a una mujer que no había tenido unión carnal
alguna.
«Pienso que el gran Moisés conoció ya este acontecimiento por el
fuego en el que Dios se le apareció, cuando veía la zarza ardiendo y no se
consumía (Ex 3 1ss.). Efectivamente, entonces en el fuego y en la zarza, se
ponía de manifiesto aquello que en su momento oportuno se manifestó claramente
en el misterio de la Virgen. Del mismo modo que la zarza, aunque quemada por el
fuego, no se consumió, igualmente la Virgen, engendrando la Luz, no se
corrompió» (Sermón sobre el nacimiento de Cristo).
El
Salmo 102, ya tantas veces expuesto, sigue con la idea de la
misericordia de Dios: «El Señor es compasivo y misericordioso... Él
perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades... El Señor defiende a
todos los oprimidos». El salmista es un israelita y tiene un título especial
para agradecer a Dios los beneficios que ha hecho con su pueblo, muchas veces
oprimido, pero siempre liberado. Los Santos Padres cantan la amplísima
misericordia de Dios. Bien lo resume San Bernardo:
«Se da prisa en buscar
la centésima oveja que se había perdido... ¡Maravillosa condescendencia de Dios
que así busca al hombre; dignidad grande la del hombre, así buscado por Dios!»
(Sermón del primer domingo de Adviento, 7)
Años pares
Isaías
10,5-7.13-16: ¿Se envanece el hacha contra quien la
blande? Dios escoge sus instrumentos para su obra, como lo hizo con el rey
de Siria para castigo de Israel, pero si el instrumento se sobrepone a Dios, Él
le retira su asistencia. El primero y el peor de los pecados es la soberbia.
Así lo reitera Orígenes:
«¿Cuál es el
mayor de todos los pecados? Ciertamente aquel por el que cayó el diablo. ¿Cuál
es ese pecado, en el que cayó tanta altura, del que elevado cae en el juicio
del diablo? Dice el Apóstol: la inflación, la soberbia, la arrogancia es el
pecado del diablo; y por tales delitos cayó a la tierra desde el cielo. De aquí
que Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. ¿Para que te
ensoberbeces tierra y ceniza, de manera que el hombre, olvidado de lo que es y
en qué vaso tan frágil está encerrado, y en qué estiércol está metido y qué
suciedades arroja de su cuerpo, se subleve con arrogancia?
«¿Qué dice la Escritura? ¿De qué te ensoberbeces, polvo y
ceniza? Ya en vida vomitas la entrañas (Eclo 10,9). La soberbia es el mayor de
todos los pecados y el principal pecado del mismo diablo. Cuando la Escritura
descubre los pecados del diablo, encontrarás que todos ellos brotan de la
fuente de la soberbia. Dice: con la fuerza de mi brazo he hecho eso... me he
apoderado de la tierra toda (Is 10,13-14).
«Mira sus palabras: hasta qué punto son soberbias y arrogantes,
y lo desprecia todo. Tales son todos los que andan hinchados por la jactancia y
la soberbia. Materia de la soberbia, las riquezas, las dignidades, la gloria
secular. Causa frecuente de soberbia es para aquel que ignora tener la dignidad
eclesiástica, el orden sacerdotal o el grado de los levitas. ¡Cuántos presbíteros
se olvidan de la humildad! ¡Como si hubieran recibido el orden sagrado para
dejar de ser humildes!» (Homilías sobre Ezequiel 9,17).
Dice San Agustín:
«Cuanto más humilde sea el hombre ante sí mismo, más grande será
ante Dios; el soberbio, cuanto más glorioso aparece ante los hombres, más
abyecto es delante de Dios» (Sermón sobre la humildad 3).
El castigo
de Dios es siempre medicinal en este mundo, con él quiere Dios provocar la
conversión. Esto es lo que se manifiesta en el Salmo 93: «El
Señor no rechaza a su pueblo. Trituran, Señor, a tu pueblo, oprimen a tu
heredad; asesinan a viudas y forasteros, degüellan a los huérfanos. Y comentan:
Dios no lo ve, el Dios de Jacob no se entera. Enteraos, los más necios del
pueblo, ignorantes, ¿cuándo discurriréis? El que plantó el oído ¿no va a oír?
El que formó el ojo, ¿ no va a ver? El que educa a los pueblos, ¿no va a
castigar? El que instruye al hombre, ¿no va a saber? Porque el Señor no rechaza
a su pueblo, no abandona su heredad; el justo obtendrá su derecho, y un
porvenir, los rectos de corazón».
Mateo
11,25-27: Has escondido estas cosas a los sabios y se
las has revelado a la gente sencilla. A la incredulidad de los pueblos
cultos se contrapone la fe de los sencillos. Comenta San Agustín:
«Confesamos ya cuando alabamos a Dios, ya cuando nos acusamos a
nosotros mismos. Piadosas son ambas confesiones, ya cuando te reprendes tú que
no estás sin pecado, ya cuando alabas a Aquel que no puede tener pecado... A
los ridículos sabios y prudentes, a los arrogantes, en apariencia grandes y en
realidad hinchados, opuso a los incipientes, no los imprudentes, sino los
pequeños. ¿Quiénes son estos pequeños? Los humildes... ¡Oh camino del Señor! O
no existía o estaba oculto, para que se nos revelase a nosotros. ¿Y por qué
exultaba el Señor? Porque el camino fue revelado a los pequeños.
«Debemos ser pequeños; pues si pretendemos ser grandes, como
sabios y prudentes, no se nos revelará el camino. ¿Quiénes son grandes? Los
sabios y prudentes, diciendo que son sabios (Rom 1,22). Pero tienes el remedio
por contraste. Si diciendo que eres sabio te haces necio, dí que eres necio y
será sabio. Pero dílo, y dílo interiormente. Porque no es así como lo dices. Si
lo dices, no lo digas ante los hombres y lo calles ante Dios... Con tu Luz,
Señor, iluminarás mis tinieblas (Sal 17,29). Nada tengo, sino tinieblas, pero
Tú eres la Luz que disipas las tinieblas al iluminarme. La luz que tengo no
viene de mí, sino que es luz participada de ti» (Sermón 67,1 y 8).
Años impares
Éxodo
3,13-20: Yo soy el que soy. Yo soy me envía a vosotros.
Dios le da a conocer a Moisés su nombre: Yo soy. Es el único Dios verdadero.
Existente por excelencia, el que actúa para salvar a su pueblo. Esto es
sumamente admirable. Ningún hombre pudo inventar esa definición de Dios, nada
menos que un siglo antes de Tales de Mileto. Oigamos a San Agustín:
«Romped los ídolos de vuestros corazones; prestad atención a lo
que se dijo a Moisés cuando preguntó cuál era el nombre de Dios: Yo soy el que
soy. Todo cuanto es, en comparación con Él, es como si no fuera. Lo que
realmente es desconoce cualquier clase de mutación. Todo lo que cambia y es
inestable y durante un cierto tiempo no cesa de sufrir mutaciones, fue y será;
pero no lo incluyen dentro del que es. Dios, en cambio, carece de fue y será.
Lo que fue, ya no es; lo que será, aún no es, y lo que llega para luego
desaparecer, será para no ser. Pensad, si podéis esas palabras: Yo soy el que
soy. No os enredéis en antojos míos, no os turbéis con pensamientos caprichosos
y pasajeros. Paraos en el es, permaneced en el mismo es. ¿Adonde vais?
Permaneced, para que también vosotros podáis ser. Pero, si tenemos una
imaginación versátil ¿vamos a quedarnos fijos en lo que permanece? ¿Cuándo
lograremos tal cosa? Por eso se compadeció Dios, y el que es dijo: dirás a
los hijos de Israel: el que es me envió a vosotros. Después de indicar el
nombre de su ser, añadió el de su misericordia» (Sermón 223 A,5).
Como
Salmo responsorial se han escogidos algunos versos del Salmo 104,
ya muchas veces expuesto, pero en esta ocasión como estribillo se ha escogido
el verso octavo: «El Señor se acuerda de su Alianza eternamente... envió a
Moisés, su siervo, y a Aarón, su escogido». Es como un eco poético de la
lectura anterior. El salmista se dirige a la posteridad de Abrahán y a los
hijos de Jacob, porque Israel es una posteridad colectiva que conserva su
identidad a través de la historia. Por eso la comunidad presente puede y debe
proclamar ante el mundo lo que Dios hizo por ella, aunque sea en la lejanía de
los Patriarcas. A partir del verso siete el himno se convierte en una profesión
de fe, en la cual es presentado Dios como el Dios de la Alianza y el Señor del
mundo entero que gobierna la tierra. Aquella historia es también nuestra
historia, que ha perfeccionado la anterior con la Alianza Nueva sellada con la
sangre de Jesucristo y avalada con el precepto del amor.
Años pares
Isaías
26,7-9.12.16-19: Despertarán jubilosos los que habitan
en el polvo. Es una plegaria en la que el autor busca ardientemente a Dios
y su justicia; y profetiza la futura resurrección en unos términos que auguran
ya la revelación del Nuevo Testamento. Comenta San Agustín:
«De esa paz dice el profeta Isaías: Señor, Dios nuestro, danos
la paz, pues nos has dado todo (Is 26,12). Prometiste a Cristo y lo diste;
prometiste su cruz, la sangre que se derrama para el perdón de los pecados y la
diste; prometiste su Ascensión y el Espíritu Santo enviado desde el cielo, y lo
diste; prometiste la Iglesia, fundada por toda la redondez de la tierra, y la
diste; prometiste herejes futuros para ejercitación y probación y la victoria
de la Iglesia sobre los errores de ellos, y los diste; prometiste la supresión
de los ídolos de los gentiles, y los diste. Señor, Dios nuestro, danos la paz,
pues todo nos lo diste. Entretanto, mientras llegamos a aquella paz, en que no
tendremos enemigo alguno, peleemos larga, fiel y valientemente, para merecer
ser coronados por el Señor Dios... Cada uno es tentado por su concupiscencia.
Por lo mismo, pelee, resista, no consienta, no se deje llevar... He ahí que la
concupiscencia solicita, estimula, insiste, exige, para que hagas algo malo; no
consientas... El pecado es dulce, pero la muerte es amarga» (Sermón
77,A,2-3).
El
Señor desde el cielo se ha fijado en la tierra, dice el Salmo 101.
Este salmo nos enseña a ser solidarios con todo el pueblo de Dios. Jesucristo,
como el salmista, vio las ruinas de Jerusalén castigada por no querer escuchar
la voz de Dios y lloró sobre ella (Lc 19,41). El cristiano ha de pensar que sus
pecados afean el rostro de la Iglesia y, en cuanto de ellos dependa, procuran
su ruina. Esto nos de-be ayudar a recapacitar sobre nuestros actos que pueden
ser útiles a la Iglesia o perjudiciales. La santidad personal ya es, de por sí,
un magnífico apostolado, pues en la Iglesia todos debemos ser solidarios unos
de otros. Con este salmo el Señor quiere reanimar nuestra esperanza y darnos
consuelo y fortaleza de ánimo. Hemos de acoger con confianza esta palabra de
consuelo sabiendo que, por la gracia de Cristo, seremos introducidos en la vida
eterna.
Mateo
11,28-30: Soy manso y humilde de corazón. Cristo
se inclina hacia los menesterosos y los invita a buscar en Él descanso para sus
almas. San Juan Crisóstomo,
«No os espantéis parece decirnos el Señor al oír hablar de
yugo, pues es suave; no tengáis miedo de que os hable de carga, pues es ligera.
Pues, ¿cómo nos habló anteriormente de la puerta estrecha y del camino angosto?
Eso es cuando somos tibios, cuando andamos espiritualmente decaídos; porque si
cumplimos sus palabras, su carga es realmente ligera. ¿Y cómo se cumplen sus
palabras? Siendo humildes, mansos y modestos. Esta virtud de la humildad es, en
efecto, madre de toda filosofía. Por eso, cuando el Señor promulgó aquellas sus
divinas leyes al comienzo de su misión, por la humildad empezó. Y lo mismo hace
ahora aquí, al par que señala para ella el más alto premio. Porque no sólo
dice serás útil a los otros, sino que tú mismo, antes que nadie, encontrarás
descanso para vuestras almas. Ya antes de la vida venidera te da el Señor el
galardón, ya que aquí te ofrece la corona del combate y de este modo, a par que
poniéndosete Él mismo por dechado, te hace más fácil de aceptar su doctrina.
Porque, ¿qué es lo que tú temes? parece decirte el Señor. ¿Quedar rebajado por
la humildad? Mírame a Mí, considera los ejemplos que yo os he dado y entonces
verás con evidencia la grandeza de esta virtud. ¿Veis cómo por todos los medios
los conduce a la humildad?» (Homilía 38,2-3 sobre San Mateo).
Años impares
Éxodo
11,10-12.14: La Pascua del Señor. El cordero
pascual es símbolo de Cristo. El memorial de la Nueva Pascua es la Eucaristía.
Comenta San Cirilo de Alejandría:
«Los israelitas en Egipto inmolaron un cordero siguiendo las
órdenes e instrucciones de Moisés. Se les mandó también añadir panes ázimos y
verduras amargas... Así pues, aquel verdadero cordero, que quita el pecado del
mundo, se inmoló también por nosotros, que estamos llamados a la santidad
mediante la fe. Acerquémonos en su compañía a aquellos banquetes espirituales,
sublimes y realmente santos, prefigurados en cierto modo por los ázimos
prescritos en la ley, y que espiritualmente han de ser recibidos.
«De hecho, en las sagradas Escrituras la levadura ha sido
siempre considerada como símbolo de iniquidad y del pecado. Por lo cual,
nuestro Señor Jesucristo exhorta a sus santos discípulos que se abstengan del
pan fermentado de los fariseos y saduceos... Igualmente, el doctísimo Pablo
escribe a los santificados que se mantengan lo más alejados posible de la
levadura de la impureza que mancha el alma... Para estar espiritualmente unidos
a Cristo, nuestro Salvador, y tener un alma pura, no es, pues, inútil, antes muy
necesario y hemos de tomarlo muy a pecho, librarnos de nuestras miserias y
evitar el pecado; en una palabra, mantener nuestra alma alejada de todo lo que
pudiera contaminarla» (Homilía pascual 19).
Con
el Salmo 115 decimos: «alzaré el cáliz de la salvación, invocando
el nombre del Señor». Lo primero que se preguntaba el salmista, y también
nosotros debemos hacerlo, es: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha
hecho?». La respuesta la da él mismo: «Tomaré la copa de la salvación e
invocaré el nombre del Señor». La Eucaristía es, en efecto, no sólo la mayor
prenda de la misericordia divina, sino que es el medio mejor de dar gracias a
Dios por todo cuanto de Él hemos recibido.
Años pares
Isaías
38,1-6.21-22.7-8: He escuchado tu oración, he visto
tus lágrimas. Ezequías ora a Dios, y Él lo cura y prolonga su vida. De ahí
está tomada la lectura y el salmo responsorial. Esto nos da oportunidad de
reflexionar sobre la muerte. Oigamos a San Jerónimo:
«Lo mismo muere el justo que el impío, el bueno y el malo, el
limpio y el sucio, el que ofrece sacrificios y el que no lo hace. La misma
muerte es para el bueno que para el que peca. El que jura que el que teme el
juramento. De igual modo se reducen a pavesas hombres y animales... Pase que se
llore a un muerto, pero a aquel que se lo lleva la gehenna, al que devora el
tártaro, y para castigo del cual arde el fuego eterno. Pero nosotros, cuya
salida del mundo acompaña el ejército de los ángeles, a quienes sale Cristo al
encuentro, deberíamos sentir pesar de permanecer demasiado tiempo en esta
tienda de muerte. Porque mientras vivimos aquí, andamos peregrinos lejos del
Señor...» (Carta 39, a Paula).
Dice San
Ambrosio:
«No te perturbe el oír el nombre de la muerte, antes bien,
deléitate en los dones que te aporta este tránsito feliz, ¿Qué significa en
realidad para ti la muerte sino la sepultura de los vicios y la resurrección de
las virtudes?» (Tratado sobre el bien de la muerte, 4).
Y San
Cipriano:
«El que está lejos de la patria es natural que tenga prisa por
volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un
gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros
padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la
nuestra... La muerte no es un punto final, es un tránsito. Al acabar nuestro
viaje en el tiempo viene el paso a la eternidad» (Tratado sobre la muerte,
18, 20).
Mateo
12,1-8: El Hijo del hombre, Señor del sábado. San
Juan Crisóstomo explica sobre los preceptos referidos al sábado:
«Habla de Sí mismo. Marcos, nos cuenta que también se refirió el
Señor a la común naturaleza humana, y así dijo: el sábado se hizo para el
hombre, y no el hombre para el sábado. Entonces ¿por qué fue castigado de
muerte aquel que recogía leña el día de sábado? (Num 15,33ss). Porque si
desde el principio se hubiera tolerado el desprecio de la ley, mucho menos se
hubiera observado posteriormente.
«Y a la verdad, muchos y grandes provechos vino a traer en los
comienzos la guarda del sábado. El sábado, por ejemplo, hacía que los judíos
fueran más blandos y humanos para con sus propios familiares, les enseñaba a
conocer la providencia y la obra de Dios, como dice Ezequiel (20, 12,20), y los
iba instruyendo para que, poco a poco, se apartaran de la maldad, y les
obligaba, al fin, a prestar alguna atención a las cosas del espíritu.
«Si Dios, al promulgar la ley del sábado, les hubiera dicho: el
día del sábado haced el bien, pero no os entreguéis al mal, no habrían
contenido. De ahí que se lo prohibió todo por igual. No hagáis absolutamente
nada. Y ni aun así le obedecieron. Sin embargo, el mismo que les da la ley del
sábado, aun dentro de aquella generalidad, deja entender que solo quiere que se
abstengan de toda obra mala. Porque no haréis nada dice fuera de lo que haga
el alma (Ex 12,16) Y todo aquello se hacía en el templo y se hacía con
duplicado fervor y multiplicada faena. De este modo, por la sombra misma,
revelábales el Señor a sus contrarios la verdad» (Homilía 39,3, sobre
San Mateo).
Años impares
Éxodo
12,37-42: La noche en que el Señor sacó a Israel de
Egipto. Esa noche se convirtió en una noche de vela, de acción de gracias
por los beneficios recibidos. De ahí el sentido grande que para el cristiano
tiene la gran Vigilia Pascual: Paso de Cristo de la muerte a la resurrección,
paso seguido por todos los cristianos, pues todos lo somos en la muerte y
resurrección del Señor.
El
recuerdo de la salida de Egipto alienta toda la historia de Israel con una gran
esperanza. Lo que Dios ha puesto en marcha, al reunir una masa tan grande de
israelitas en el momento de la salida de Egipto, puede llevarlo a cabo hasta su
meta definitiva, haciendo surgir un gran pueblo del pequeño renuevo del exilio.
Dios
ha «velado» por su pueblo, en una noche famosa, la del éxodo, como una madre al
lado de sus hijos enfermos. La fiesta de Pascua, en la que se prescribe así una
manera de compartir el cuidado de Dios por el futuro de su pueblo. Esto se
realiza, debe realizarse, con mayor razón y motivos sobrenaturales en los
cristianos.
El
Salmo 135 es como un eco de la lectura anterior: «dad gracias al Señor,
porque es bueno, porque es eterna su misericordia». Es el Gran Hallel o Gran
Alabanza y se cantaba en la Pascua, porque en él se conmemoraba la salida y
liberación de la cautividad de Egipto.
En
él se nos muestra el amor misericordioso de Dios, la clave de toda la creación,
de toda la historia del pueblo de Dios en el que entramos también nosotros. La
bondad de Dios es la razón de ser de todo lo que Él ha obrado. Todo parte de la
inagotable bondad misericordiosa de Dios. En esa bondad toma aliento el
universo y la historia sagrada. En esa bondad todo vive y se ilumina.
Casiano
dice que alabamos al Señor cuando proclamamos sus maravillas. Entonces la
alabanza sale del fervor de la contemplación y manifiesta la grandeza, el poder
de Dios.
Años pares
Miqueas
2,1-5: Codician los campos y se apoderan de las casas.
El profeta ataca sin piedad a los ricos, preocupados únicamente en acrecentar
sus posesiones en detrimento de los pobres. Tendrán su castigo. San Gregorio
Magno dice:
«Creen algunos que los preceptos del Antiguo Testamento eran más
severos que los del Nuevo; pero sin duda se engañan en su mal modo de pensar;
pues en aquél no se castiga el ansia de tener sino la rapiña; en éste se
castiga el robo con cuádruple restitución... Por tanto, de aquí debe colegirse
ante todo con qué pena será castigado quien arrebata lo ajeno, cuando quien no
da lo propio es castigado con la pena del infierno» (Homilía 20,3 sobre
los Evangelios).
La
injusticia social no es solamente una violación de los derechos de los pobres,
sino ante todo es, para el profeta, una falta contra Dios y su Alianza. Dios
castiga el pecado, en esta vida con sentido medicinal, para que el pecador se
convierta y viva, pues Dios no quiere su muerte.
La
ausencia de amor entre los hombres que son miembros del pueblo concierne
directamente al honor de Dios. No se trata sólo de deberes sociales, sino de
obligaciones religiosas que recaen sobre los miembros de un pueblo asociado a
Dios por un puro favor de su benevolencia.
En
todo esto se tiene mayor responsabilidad después de la venida de Cristo con su
mandamiento nuevo de amar como Él amó.
Con
el Salmo 10 se dice eso mismo: «no te olvides de los humildes,
Señor». En este Salmo se presentan dos cuadros muy diversos: el primero es un
mundo revuelto por el desorden en el que domina el mal y se agitan los impíos
que conjuran y tienden insidias contra los pobres y humildes; en el segundo, se
ve a Dios que observa toda acción de los hombres y está siempre dispuesto a
intervenir para hacer justicia.
El
grito de los pobres que se eleva hasta los oídos de Dios resuena con frecuencia
en los Salmos. Es cierto que en ellos no oímos sólo los lamentos de los
indigentes, sino también la oración de los perseguidos, de los desgraciados, de
los afligidos, todos estos que no dejan de formar parte de los pobres. Sus
enemigos son los de Dios, los soberbios y los impíos. Y su aflicción es un título
de amor de Dios. Constituyen las primicias del pueblo humilde y modesto, de la
Iglesia de los pobres que reunirá el Mesías: «La soberbia del impío oprime al
infeliz y lo enreda en las intrigas que ha tramado... Pero Tú, oh Dios, ves las
penas y los trabajos... A Ti se encomienda el pobre, Tú socorres al huérfano».
Mateo
12,14-21: Se dibuja en el horizonte la Pasión por obra de la
conspiración de los fariseos. Pero Cristo sigue su misión evangelizadora
curando a los enfermos, pero no quiere que se divulgue. San Mateo ve el oráculo
de Isaías (42,1-4) en la discreción con que Jesús rodea sus curaciones y
milagros. La intención primera era sin duda rechazar las manifestaciones
populares en las que el entusiasmo ahogaría la fe. Se ve que desde el principio
los cristianos contemplan a Cristo como el verdadero Siervo de Yahvé y así fue
considerado en la predicación apostólica y de la primitiva comunidad cristiana.
Para San Mateo es Jesús el Siervo que anuncia la justicia a las naciones y cuyo
nombres es su esperanza (Mt 12,18-21; Is 42,1-4). En este mismo sentido se
expresa San Juan Crisóstomo:
«Todo es humildad, compasión, misericordia. No quiere destruir,
sino edificar y reparar; no apagar el rescoldo que ha quedado, sino hacer que
prenda allí de nuevo el fuego de su amor. Vino, en una palabra, a renovar,
robustecer y vivificar» (Homilía 40,2,sobre San Mateo).