14ª Semana
Entrada:
«Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo» (Sal 47,10-11).
Colecta
(del Misal anterior, antes del Gregoriano, y ahora
retocada con textos del Gelasiano): «¡Oh Dios!, que por medio de la humillación
de tu Hijo levantaste a la humanidad caída, concede a tus fieles la verdadera alegría,
para que, libres de la esclavitud del pecado, alcancen también la felicidad
eterna».
Ofrendas
(del Misal anterior, antes del Gregoriano, retocada ahora con textos del
Gelasiano): «La oblación que te ofrecemos, Señor, nos purifique, y cada día nos
haga participar con mayor plenitud de la vida del reino glorioso».
Comunión.
Es comprensible que la Iglesia ante estos dones del Señor cante alborozada:
«Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él» (Sal 33,9);
o bien: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré,
dice el Señor» (Mt 11,28).
Postcomunión
(del Misal anterior, antes del Gregoriano, retocada con textos del Gelasiano):
«Alimentados, Señor, con un sacramento tan admirable, concédenos sus frutos de
salvación y haz que perseveremos siempre cantando tu alabanza».
Ciclo A
El
Señor se nos presenta en el Evangelio con su Corazón manso y humilde; a Él
corresponde la profecía de Zacarías en la que ve al Señor «justo y victorioso,
modesto y cabalgando en un asno», como así sucedió en su entrada triunfal en
Jerusalén. San Pablo nos recuerda que por el bautismo hemos participado en el
Misterio Pascual del Señor. Por lo mismo hemos de vivir, según el Espíritu de
Cristo que habita en nosotros.
La
figura mesiánica del Redentor, manso y humilde de Corazón, con la que hoy la
liturgia nos invita a identificarnos, encarna el designio de Dios de ofrecernos
el modelo viviente para la regeneración del hombre degradado por la violencia
del mal y del pecado.
Es
difícil para un corazón humano siempre dispuesto a la venganza, al rencor, a la
violencia, al egoísmo y al odio todo lo que significa el mensaje que nos da el
Corazón de Jesucristo. A Él hemos de mirar y aprender de Él la mansedumbre, la
humildad y el amor.
Zacarías
9,9-10: Tu Rey viene pobre a ti. Frente las esperanzas
mesiánicas de Israel, cifradas en el triunfo violento de la fuerza y del
poderío político, el profeta Zacarías anunció el verdadero Mesías, lleno de
bondadosa y humilde mansedumbre.
Pablo
VI dijo en la clausura del Concilio Vaticano II:
«La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado
con la religión porque así es del hombre que se hace dios.
«Este endiosamiento del hombre moderno representa una de las
crisis más graves de la humanidad actual. De ahí el ateísmo; de ahí el
temporalismo absoluto; de ahí la fobia a las llamadas virtudes pasivas tan
queridas en el Evangelio; de ahí la repulsa obsesiva contra la moral y la
ascética evangélica. Hemos de seguir a nuestro Rey que viene a nosotros justo y
victorioso, modesto y cabalgando en un asno».
Como
Salmo responsorial se ha escogido el Salmo 144 que aclama a Dios
como Rey y bendice su nombre por siempre jamás, y es un himno a la grandeza y a
la bondad de Dios. El objeto directo de la alabanza es Yavé, pero no de un modo
didáctico, sino vivido y paladeado con la fruición del que contempla extasiado
el ser y el obrar de Dios. Así van apareciendo los atributos divinos, vivos y
operantes, excitando por sí mismos la admiración y la alabanza del orante: su
majestad, su grandeza, su fidelidad protectora, su providencia generosa, sus
cuidados paternales y su delicadeza.
Romanos
8,9,11-13: Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo
viviréis. Cuando se vive al impulso de las pasiones humanas y del espíritu
del mundo, resulta imposible vivir una genuina imitación de Cristo y alcanzar
la santidad cristiana. San Jerónimo explica:
«Y no sólo ellos (Timoteo y Silvano), sino todo aquél que en el
conocimiento y en la conducta es semejante a Pablo, puede decir: Nosotros, los
que vivimos. Su cuerpo puede estar muerto a causa del pecado, pero su espíritu
vive a causa de la justicia (Rom 8,10), y sus miembros han sido mortificados
sobre la tierra, de modo que la carne no tenga deseos contrarios al espíritu.
Pues si la carne aún codicia, es que vive, y porque vive, codicia. Sus miembros
aún no han sido mortificados sobre la tierra. Porque si estuvieran mortificados
no desearían contra el espíritu, pues por la fuerza de la mortificación
hubieran perdido esa especie de pasión. Del mismo modo que quienes han
abandonado la vida presente y han pasado a cosas mejores viven más cabalmente
por haber depuesto este cuerpo mortal y los incentivos de todos los vicios, así
los que llevan en su cuerpo la mortificación de Jesús y no viven según la
carne, sino según el espíritu, éstos viven en Aquél que es la Vida y en ellos
vive Cristo» (Carta 119,9, A Minervio y Alejandro).
Mateo
11,25-30: Soy manso y humilde de corazón. San Hilario de
Poitiers explica:
«Llama a Sí a cuantos están probados por las dificultades de la
ley y oprimido por los pecados del mundo (Mt 11,28-29)? Promete librarlos de
las fatigas y de su peso sólo con que ellos tomen su yugo, esto es, acepten las
prescripciones de sus mandatos. Acercándose a Él por el misterio de su Cruz, ya
que Él es manso y humilde de Corazón, encontrarán descanso para sus almas. Él
ofrece la suavidad de su yugo y su carga ligera (Mt. 11,30) para dar a los
creyentes la ciencia del bien, que sólo Él conoce en el Padre. ¿Y qué hay más
suave que su yugo y más ligero que su carga, que consiste en ser dignos de
aprobación, abstenerse del mal, amar a todos los hombres, no odiar a ninguno,
conseguir la eternidad, no dejarse dominar por el tiempo presente, ni querer
devolver a nadie el daño que no se hubiera querido recibir? (Comentario al
Evangelio de San Mateo 11,13).
Ciclo B
Las
lecturas primera y tercera, como es costumbre, se relacionan entre sí. La
primera esta tomada del profeta Ezequiel y nos presenta la rebeldía de Israel
contra Dios. La tercera manifiesta la rebeldía de los paisanos de Jesús contra
Él, no obstante la elevada doctrina que ofrece y los milagros que hace. San
Pablo nos enseña la humildad no obstante sus revelaciones singulares. Por eso
se pone enteramente en manos de Cristo.
Ezequiel
2,2-5: Son un pueblo rebelde y sabrán que hubo un profeta en medio
de ellos. San Gregorio Magno explica:
«El conocer a los buenos suele servir a los malos o para ayuda
de su salvación o para testimonio de su condenación. Sepan, pues, que en medio
de ellos hay un profeta, para que, oyendo su predicación, o sean impelidos a
levantarse y convertirse o sean condenados en sus iniquidades de tal suerte que
no tengan excusa... Consta cuán perversos sean aquellos a quienes se les manda
predicar, puesto que se les aconseja que no teman; y porque todos los
depravados y perversos hacen otras iniquidades con los que les predican cosas
buenas y hasta los amenazan con otras por aquello bueno que hacen, se dice: no
los temas; y por las amenazas que les dirigen se agrega: ni te amedrenten sus
palabras. O bien, porque los réprobos y los inicuos infieren males a los buenos
y siempre quitan autoridad a los actos de ellos, al profeta enviado se le
amonesta que no tema ni su crueldad ni su furor y que no tema sus palabras» (Homilía
9 sobre Ezequiel 11-12).
2
Corintios 12,7-10: Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque
así residirá en mí la fuerza de Cristo. San Pablo, apóstol de Jesucristo,
experimenta sobre sí mismo que Dios elige lo débil de la humanidad como
instrumento de su gracia para la salvación de los demás. Comenta San Agustín:
«Muéstranos, Apóstol Santo, otro lugar más claro en el que
confieses tu debilidad, no donde busques la inmortalidad... Aquí tenéis, pues,
al Apóstol que teme el precipicio de la soberbia, al mismo tiempo que proclama
la grandeza de sus revelaciones. Para que sepas que el Apóstol que deseaba
salvar a los otros necesitaba todavía curación personal; para que conozcas
esto, si tienes en grande estima su honor, escucha qué remedio aplica el médico
al tumor; escucha no a mí, sino a él. Escucha su confesión para reconocerle
Maestro... Escucha también lo que soy, no te subas muy alto el corderillo allí
donde el carnero se halla en el peligro: se me ha dado el aguijón de la carne,
el ángel de Satanás que me abofetea. ¡Cuál no sería el tumor temido, si tan
punzante fue el emplasto aplicado!...
«Somos hombres, reconozcamos a los apóstoles como hombres,
aunque santos. Son vasos selectos, pero aún frágiles, que aún peregrinan en la
carne, sin haber alcanzado el triunfo en la patria celestial. Él mismo rogó
tres veces al Señor para que le quitase tal aguijón y no fue oído en cuanto a
su voluntad, porque lo fue en cuanto a la salud. ¿Quién librará mi cuerpo de
la muerte? Recibirás como respuesta: hallarás tu seguridad no en ti, sino en
tu Señor. Tu seguridad proviene de la garantía que tienes. Teniendo como
prenda la Sangre de Cristo... ¿Quién me librará? La gracia de Dios por medio
de nuestro Señor Jesucristo» (Sermón 154).
Marcos
6,1-6: No desprecian a un profeta más que en su tierra. El
propio Jesucristo que nos redimió como Hijo de Dios encarnado, fue signo de
contradicción a causa de su humilde condición humana. Jesús responde al
escepticismo del pueblo de Nazaret con un proverbio que refleja la verdad bien
sabida de que la envidia y la familiaridad predisponen mal frente a una persona
conocida. San Ambrosio habla de este odio y envidia:
«La envidia no se traiciona medianamente: olvidada del amor
entre sus compatriotas, convierte en odios crueles las causas del amor. Al
mismo tiempo, ese dardo, como estas palabras, muestra que esperas en vano el
bien de la misericordia celestial si no quieres los frutos de la virtud en los
demás; pues Dios desprecia a los envidiosos y aparta las maravillas de su poder
a los que fustigan en los otros los beneficios divinos. Los actos del Señor en
su carne son la expresión de su divinidad, y lo que es invisible en Él nos lo
muestra por las cosas visibles (Rom 1,20).
«No sin motivo se disculpa el Señor de no haber hecho milagros
en su patria, a fin de que nadie pensase que el amor a la patria ha de ser en
nosotros poco estimado: amando a todos los hombres, no podía dejar de amar a
sus compatriotas; mas fueron ellos los que por su envidia renunciaron al amor
de su patria... Y, sin embargo, esta patria no ha sido excluida de los
beneficios divinos allí vivió treinta años. Observa qué males acarrea el
odio; a causa de su odio, esa patria es considera indigna de que Él,
conciudadano suyo, obrase en ella, después de haber tenido la dignidad de que
el Hijo de Dios morase en ella» (Tratado sobre San Lucas lib. IV,
46-47).
Ciclo C
Los
profetas vaticinaron como signo de los tiempos mesiánicos la alegría del
espíritu. Esto aparece en la primera lectura, tomada de Isaías. En el Evangelio
los 72 discípulos vienen alegres después de la misión que les confió Cristo
entre los samaritanos. Pero a esa alegría no se llega sino a través de la cruz,
como nos lo dice San Pablo en la segunda lectura.
A
la luz del Evangelio es difícil pensar que tenga vida auténticamente cristiana
quien, aun siendo fiel a sus deberes religiosos y morales, nunca se ha tomado
en serio su vocación y su responsabilidad en el apostolado, con la palabra, con
el propio comportamiento y con la oración.
Isaías
66,10-14: Yo haré derivar hacia ella como un río la paz. Frente
a la religiosidad cerrada y racial del «Israel de la carne», Dios anunció ya en
los oráculos mesiánicos la universalidad salvífica de la Nueva Jerusalén, esto
es, la Iglesia, y el gozo y la alegría de los que la aman y evangelizan.
El
Dios del creyente es el Dios de la paz, como aparece en muchos pasajes del
Antiguo Testamento y del Nuevo. Sus intervenciones entre los hombres son
siempre portadoras de la paz. Con ese término se quiere resumir la situación
del pleno bienestar en todos los órdenes de la vida humana desde lo más
elemental para su propia subsistencia hasta los dones más preciados del orden
sobrenatural: la justicia, el gozo, la alegría, el consuelo, el perdón, la
misericordia y la gloria futura. San Beda dice:
«La verdadera y única paz de las almas en este mundo consiste en
estar llenos del amor de Dios y animados de la esperanza del cielo, hasta el
punto de considerar poca cosa los éxitos o reveses de este mundo... Se equivoca
quien se figura que podrá encontrar la paz en el disfrute de los bienes de este
mundo y en las riquezas. Las frecuentes turbaciones de aquí abajo y el fin de
este mundo deberían convencer a este hombre de que ha construido sobre arena
los fundamentos de la paz» (Homilía 12, Vigilia de Pentecostés).
También San
Cirilo de Alejandría dice:
«Se promete la paz a todos los que se consagran a la edificación
del templo de la Iglesia, ya sea que su trabajo consiste en el oficio de
catequistas y pregoneros de los sagrados misterios, ya sea que se entreguen a
la santificación de sus propias almas, para que resulten piedras vivas y
espirituales de todo el edificio» (Comentario al profeta Ageo).
Con
el Salmo 65 proclamamos: «aclamad al Señor, tierra entera». La
Iglesia canta jubilosa al ver cumplidas en ella las promesas del Antiguo
Testamento. Son muchas las actuaciones del Señor en su Iglesia durante veinte
siglos de cristianismo. Así ha considerado este Salmo la tradición
patrística: «Tocad en honor de su nombre, cantad himnos a u gloria; decid
a Dios; ¡Qué temibles son tus obras! Que se postre ante Ti la tierra entera,
que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre. Venid a ver las obras de
Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres... Alegrémonos con Dios, que
con su poder gobierna eternamente. Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré
lo que ha hecho conmigo. Bendito sea Dios que no rechazó mi súplica; ni me
retiró su favor».
Gálatas
6,14-18: Llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La actuación
del Apóstol ha sido valiente y en todo similar a la de Cristo, por eso se
considera como un crucificado para el mundo y de modo especial para los judíos.
De este modo se libra de las realidades mundanas, que tienen ante Dios un valor
muy relativo. Sobre el valor de la cruz, comenta San Juan Crisóstomo:
«La realidad de la cruz parece algo vergonzoso, pero sólo en el
mundo y entre los incrédulos, ya que en el cielo y entre los creyentes es una
gloria y una gloria grandísima. Ser pobre, en efecto, parece algo vergonzoso,
mas para nosotros es un motivo de gloria; ser despreciado es para muchos algo
que provoca risa, nosotros, en cambio, nos gloriamos de ello. Para nosotros,
efectivamente, la cruz es motivo de gloria...
«¿Qué es la gloria de la cruz? Que Cristo tomó para mí la forma
de siervo y cuanto sufrió lo sufrió por mí, un esclavo, un enemigo, un ingrato,
y así fue su amor, hasta el punto de entregarse por mí. ¿Podría existir algo
semejante? Si los siervos se sienten orgullosos porque sus amos, que tienen su
misma naturaleza, los alaban, ¿cómo no hemos de gloriarnos cuando el Señor, el
verdadero Dios, no se avergüenza de la cruz por amor nuestro?... Llevo en mi
cuerpo las señales de Jesucristo. No dijo tengo, sino llevo, como el que se
enorgullece por los trofeos o las insignias reales, aunque éstas, de nuevo,
parezcan un motivo de deshonor. Sin embargo, èl se enorgullece de sus heridas y
como los soldados condecorados, él se regocija en llevarlas» (Comentario
a la Carta a los Gálatas 4).
Lucas
10,1-12.17-20: Vuestra paz descansará sobre ellos. El camino de
Jesús hacia los hombres pasa por los hombres. No son los cristianos meta del
mundo; ellos son los preparadores del camino, los que ponen, sin imponer, ante
los hombres, la Buena Nueva. San Ireneo explica esta mediación de la Iglesia en
la transmisión del Evangelio:
«La
única fe verdadera y vivificante es la que la Iglesia distribuye a sus hijos,
habiéndola recibido de los apóstoles. Porque, en efecto, el Señor de todas las
cosas confió a sus apóstoles el Evangelio, y por ellos llegamos nosotros al
conocimiento de la verdad, esto es, de la doctrina del Hijo de Dios. A ellos
dijo el Señor: el que a vosotros oye a Mí me oye... (Lc 10,16). No hemos
llegado al conocimiento de la economía de nuestra salvación si no es por
aquellos por medio de los cuales nos ha sido transmitido el Evangelio. Ellos
entonces lo predicaron, y luego, por voluntad de Dios, nos lo entregaron en las
Escrituras, para que fueran columna y fundamento de nuestra fe (1Tim
3,15)» (Contra las herejías 3,1,1-2).
Y San
Agustín insiste:
«Nadie es docto si a la razón contradice; nadie es cristiano si
rechaza las Escrituras; nadie es amigo de la paz, si lucha contra la Iglesia» (Tratado
sobre la Santísima Trinidad 4,6,10).
Años
impares
Génesis
28,10-22: Vio una escalinata y a ángeles de Dios que subían y
bajaban y a Dios que hablaba. Es el sueño de Jacob: una escalera que une el
cielo y la tierra. Dios renueva sus promesas. Explica San Agustín:
«Cuando Jacob ungió la piedra que había puesto como cabecera
para dormir, ocasión en la que tuvo un gran sueño, es decir, unas escaleras que
llegaban de la tierra al cielo y a unos ángeles que bajaban y subían por ellas,
apoyándose sobre las mismas el Señor, comprendió que debía simbolizar algo; con
el gesto de la unción nos manifiesta que él no fue ajeno a la comprensión de
aquella visión y revelación: la piedra simbolizaba a Cristo. No te extrañe de
la unción, puesto que Cristo recibió este nombre de ella» (Sermón 89,5).
Y añade en otro texto:
«Él, en efecto, es la Piedra rechazada por los edificadores, que
vino a ser cabeza de esquina... Se tropezó contra la Piedra en la tierra, y
vendrá de arriba cuando llegue de las alturas para juzgar a vivir y muertos.
¡Ay de los judíos por haber tropezado en Cristo, cuando era un pobre canto
rodado!... ¡Insensato! ¡Te ríes de ver la piedra en el suelo! Mas te ríes por
estar ciego, y, por estar ciego, tropiezas, y porque tropiezas, te haces
añicos, y hecho añicos caiga sobre ti para reducirte a polvo. ¿Ungió, pues,
Jacob la piedra para convertirla en ídolo? No; para convertirla en símbolo» (Sermón
122, 2).
Con el Salmo
90 decimos: «Dios mío, confío en ti». Se trata de un himno triunfal de
la confianza en Dios. Es una especie de tratado sobre la Providencia
manifestada amorosamente en aquellos que confían en Dios, como lo fue con
Jacob, cuando salió de Bersaba y se dirigió a Harán. Dios es fiel a sus
promesas y ampara a sus elegidos. De modo especial hay que ver este salmo
cumplido en Cristo: Él habita al amparo del Altísimo y se confió totalmente en
las manos del Padre. Los versos 11-12 se aplican a Cristo (cf. Mt 4,6).
Estos
sentimientos de Cristo han pasado a los miembros de su Cuerpo místico, a la
Iglesia que, no obstante las persecuciones, los obstáculos y las
contradicciones triunfará. «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».
Lo mismo también a los cristianos a los que se refiere también este Salmo.
Ellos confían plenamente en Dios a pesar de las pruebas y dificultades. Nos
sugiere este Salmo el abandono confiado en las manos del Señor, el cual, por
otra parte, no nos impide actuar de modo responsable y poner de nuestra parte
todo lo que podamos.
Años pares
Oseas
2,14-16.19-20: Me casaré contigo en matrimonio perpetuo. El
próximo exilio es comparado por el profeta como un retorno al desierto. Israel
volverá a encontrar el amor de su primera juventud en la fidelidad al amor de
Dios.
«Todo lo que está escrito son
misterios, porque Cristo quiere también desposarse contigo, ya que te habla por
el profeta diciendo: Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré en la fe y
en la misericordia, y conocerás al Señor» (Os 2,19).
Yavé
se presenta aquí como un Esposo que ha atraído a su infiel esposa, Israel, y la
lleva al desierto, aislándola de las influencias paganas de la vida sedentaria
de Canaán. La vida sencilla de Israel en las peregrinaciones por las estepas
del Sinaí era nostálgicamente recordada por los profetas como la época ideal de
la historia de Israel, pues en el «desierto» Israel, totalmente impotente,
vivía de la providencia especialísima de su Dios. Toda la perícopa es un
símbolo de la íntima unión con su pueblo, con la Iglesia, con las almas que han
llegado a un grado elevado en la vida interior, como nos lo describen los
autores místicos: «Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará y
vendremos a él y haremos en él nuestra morada» (Jn 14,21). A esto hemos de
aspirar todos.
Con
el Salmo 144 proclamamos: «el Señor es clemente y
misericordioso». El salmista tiene necesidad de bendecir y alabar al Señor por
siempre jamás y el alma que ha llegado a una unión tan íntima con Dios también
siente la misma necesidad. La alabanza que brota al contacto con Dios vivo,
despierta al hombre entero y lo arrastra a una renovación de vida. El hombre,
para alabar a Dios, se entrega con todo su ser. La alabanza, si es sincera, es
incesante, es explosión de vida. Pero son los corazones rectos, los humildes,
los que pueden comprender la grandeza de Dios y entonar sus alabanzas. Alabar a
Dios es exaltarlo, magnificarlo, es reconocer su superioridad única, ya que es
el que habita en lo más alto de los cielos, puesto que es el Santo. La alabanza
brota de la conciencia exultante por esta santidad de Dios, que el alma ha
percibido en la unión transformante con Él y a la vez esta exultación muy pura
y muy religiosa une más profundamente con Dios.
Mateo
9,18-26: Mi hija acaba de morir. Pero ven Tú y vivirá. Jesús es
la Vida por excelencia y la da. San Juan Crisóstomo dice:
«Considerad, os ruego, no sólo la resurrección, sino el mandato
que da el Señor de no decir nada a nadie. Y aprendamos siempre la lección que
nos da de humildad y de modestia. Después de esto, pensemos también que el
Señor echó fuera a toda aquella chusma del duelo y los declaró indignos de
presenciar el milagro de la resurrección de la niña. Por vuestra parte, no os
salgáis con los tañedores de flauta, sino quedaos dentro juntamente con Pedro,
con Juan y con Santiago. Porque, si entonces arrojó afuera a aquéllos, mucho
más los arrojará ahora. Entonces no era aún claro que la muerte fuera sólo un
sueño; mas ahora esta verdad es más clara que el sol.. Mas, ¿me objetas que el
Señor no ha resucitado ahora a tu hija? Pero la resucitará con absoluta certeza
y con más gloria que ahora. La hija del presidente de la sinagoga, después de
resucitar, volvió otra vez a morir; mas la tuya, cuando resucite, permanecerá
inmortal para siempre. Nadie haga, pues, duelo, nadie se lamente y rebaje así
la gloria de Cristo. Porque Cristo ha vencido a la muerte. ¿A qué, pues,
lamentarse inútilmente? La muerte se ha convertido en un sueño» (Homilía 31,3,
sobre San Mateo).
Años impares
Génesis
32,22-32: Te llamaré Israel, porque has luchado conmigo y me has
podido. Un acontecimiento misterioso da lugar a la explicación del nombre
de Israel impuesto a Jacob; éste hubo de luchar con el Desconocido para obtener
de Él la bendición. La tradición cristiana ha creído ver en ello el símbolo del
combate espiritual y del poder de la oración. Explica San Agustín:
«Jacob
prevaleció sobre él. Y, con todo, el mismo que luchaba, Jacob, era conocedor del
misterio. Un hombre prevaleció en la lucha sobre un ángel, y al decirle éste:
Déjame, el que había prevalecido le respondió: No te dejaré si no me
bendices. ¡Oh gran misterio! El vencido bendice, habiendo sufrido quien
libera; entonces tuvo lugar la bendición plena... No te llamarás Jacob, sino
Israel. La imposición de nombre tan sublime es grande bendición. Israel se
traduce por el que ve a Dios, nombre para uno solo y premio para todos. Para
todos, pues todos los fieles y los bendecidos tanto judíos como griegos. En
efecto, el Apóstol llama griegos a todos los gentiles, porque entre los
gentiles destaca la lengua griega (Rom 2,10. 8-9)... Bien para los judíos
buenos y mal para los malos; bien para los gentiles buenos y mal para los
malos» (Sermón 229,F,2).
Con el Salmo 16 proclamamos: «con mi
apelación, Señor, vengo a tu presencia». Una conciencia tranquila puede mirar
con serenidad los momentos difíciles de una persecución injusta, si los mira
desde las alturas de los juicios de Dios. Y puede mantener la presencia de
ánimo para no amilanarse ante la injusticia de un juicio humano, que nada pesa
en la balanza de su fe. Esta serenidad, que es propia de los grandes hombres,
es la atmósfera que debería respirar todo creyente. Muchas veces no queda otro recurso
humano, sino el sufrimiento magnánimo con la mirada puesta en Dios con gran fe.
Siempre, en todo caso, lo que ha de contar para el cristiano es estar
convencido de que Dios es preferible al mundo entero y que la suprema felicidad
consiste en vivir en íntima unión con Él, con la esperanza viva del gran
momento en el que se abrirán los ojos, después de la existencia terrena, para
quedar saciado en la contemplación de su gloria.
Años pares
Oseas 8,4-7.11-13: Siembran vientos y
cosechan tempestades. El oráculo hace alusión a las revoluciones palaciegas
que se fueron sucediendo en Samaria. Pero, por encima de todo, estigmatiza la
perversión del culto, influenciado por las costumbres paganas. El verdadero
Dios no puede aceptar los sacrificios de un pueblo que menosprecia la ley. Es
un tema muy repetido en la Sagrada Escritura, principalmente en los profetas.
Dos partes, dos temas: en primer lugar la infidelidad de Israel. Se ha hecho un
ídolo y será llevado al cautiverio como sus adoradores y se reirán de él. Lo
que cuenta en los profetas es la alianza. Conforme a ella, la historia de
Israel se desenvuelve en una alternativa de bendiciones o castigos, según sea
fidelidad o deslealtad a la misma por parte del pueblo elegido. En segundo
lugar los actos del culto han de proceder del corazón y no ser meramente
externos. Dios quiere ante todo la entrega sincera de sus corazones en el
cumplimiento exacto y religioso de su Voluntad.
Adecuadamente decimos con el Salmo 113:
«sus ídolos son plata y oro, hechura de sus manos». La gran lección que da la
historia sagrada es la de un Dios vivo y personal, frente a los ídolos paganos,
faltos de vida, hechos por la mano del hombre. Él es Dios trascendente que está
en los cielos. El Dios personal que todo lo ve y todo lo regula, aunque sea
invisible, precisamente porque es trascendente.
La situación que describe el salmo se ha repetido muchas
veces en la historia humana que se deja llevar por los ídolos del dinero, de la
sensualidad, de la ambición, de los honores, del poder, etc. Ante todo esto,
hemos de poner la mirada en el Dios verdadero y en su Cristo, que ha
manifestado a todos los hombres su fidelidad y su gracia. Con su presencia caen
todos los ídolos mundanos y nos muestra el verdadero culto en espíritu y en
verdad. Cristo desenmascara los ídolos, revelando al mundo el rostro del único
Dios verdadero al que han de dar culto. Él enseña a los hombres a confiar en el
Padre celestial y, realizando la redención, otorgó a todos una bendición sobreabundante,
comunicándoles su misma vida.
Mateo 9,32-38: La mies es abundante,
pero los trabajadores son pocos. Dos nuevas curaciones acrecientan aún más
la fama de Cristo y manifiestan su compasión por una gran muchedumbre sin
rumbo, como ovejas sin pastor. San Juan Crisóstomo comenta:
«Mirad una vez más cuán ajeno es el
Señor a la vanagloria, pues para no atraerlos a Él a todos en pos de sí, envió
a sus discípulos. Aunque no es ésa la única razón por la que los envía. Él
quiere que se ejerciten en Palestina, como en una palestra, y así se preparen
para sus combates por todo lo ancho de la tierra. De ahí que cada vez les va
ofreciendo más ancho campo a sus combates en cuanto su virtud lo permita, con
el fin de que luego se les hicieran más fáciles los que les esperaban... No os
envío parece decirles a sembrar, sino a segar... Al hablarles así quería el
Señor reprimir su orgullo a par de infundirles confianza, pues les hacía ver
que el trabajo mayor estaba ya hecho.
«Pero mirad también aquí cómo el Señor empieza por su propio
amor y no por recompensa de ninguna clase: porque se compadeció de las
muchedumbres... Con estas palabras apuntaba a los príncipes de los judíos; pues
habiendo de ser los pastores, se mostraban lobos. Porque no sólo no corregían a
la muchedumbre, sino que ellos eran el mayor obstáculo a su adelantamiento» (Homilía
32,2, sobre San Mateo).
Cristo nos
da la solución de todo apostolado: «rogad al Señor de la mies que envíe
operarios a su mies». Esto es siempre necesario en la Iglesia y en el mundo
entero. El poder de la oración es grande en toda labor apostólica. Recordemos a
San Francisco Javier o a Santa Teresa del Niño Jesús.
Años impares
Génesis
41,55-57; 42,5-7.17-24: Estamos pagando el delito contra nuestro
hermano. José vendido por sus hermanos y convertido en el personaje más
importante de Egipto por una serie de acontecimientos providenciales. Los hijos
de Jacob, sin reconocerle, se postran ante su propio hermano, quien los pone a
prueba a fin de que reconozcan el mal que hicieron.
San
Gregorio Magno, después de narrar todo el episodio de José, dice:
«¡Oh tormento de la misericordia! Castiga y ama. Ya vueltos,
postrados en tierra y llorando, imploran el perdón; pues, acordándose de lo que
acerca de él habían prometido al padre, veíanse oprimidos por una insoportable
tristeza. Entonces, no pudiendo contenerse más la piedad oculta, prorrumpe, y
de aquel rostro severo saca lágrimas de caridad; fue echada a un lado la
aparente ira, y la misericordia, que existía y no aparecía, hízose patente. De
tal manera aquel santo varón perdonó y castigó en sus hermanos el crimen, de
tal manera mantuvo viva la misericordia con sus hermanos, que ni fue piadoso
sin castigo ni riguroso sin piedad...
«He ahí cuál es el magisterio de la disciplina: saber perdonar
discretamente las culpas y corregirlas con piedad. Pero los que no tienen
espíritu de corrección, o bien perdonan los pecados de manera que no los
corrigen, o bien, al corregirlos, hieren como si no los perdonaran» (Homilía
9 sobre Ezequiel).
El
Salmo 32 es como un himno a la providencia de Dios con su pueblo:
«Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti...
El Señor deshace los planes de las naciones; frustra los proyectos de los
pueblos; pero el plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su
Corazón de edad en edad».
Si
el creyente de todos los tiempos tiene motivos para confiar alegre y
esperanzado en la Palabra divina, llena de amor y misericordia, el cristiano
sabe que esa Palabra se ha hecho hombre (Jn 1,14) para llevar a cabo los
proyectos del Corazón de Dios y llenar así con su misericordia toda la tierra.
Es la misma Palabra que un día dirá todos los cristianos: «Yo estaré con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
Años pares
Oseas
10,1-3.7-8.12: Es tiempo de consultar al Señor. La riqueza de
Israel, en vez de contribuir a alabar a Yavé por los abundantes bienes
materiales, no ha servido más que para multiplicar los lugares de culto
idolátrico y vino el castigo de Dios. «Se acabó Samaria. Su rey es como espuma
sobre la superficie de las aguas. Destruidos serán los altos de la impiedad».
Sólo con la conversión alcanzarán misericordia y para esto han de acudir a
Dios, buscar su rostro y ser fiel a la alianza.
A
esto conduce también el Salmo 104 del responsorio. Dios ha sido
fiel a sus promesas, Israel lo sea a la ley. Todo el Salmo canta la alianza de
Yavé con los Patriarcas. El cristiano debe tomar conciencia de todos los
prodigios realizados por Dios en la Antigua Alianza para llevar adelante las
promesas hechas por Dios a Abrahán. Son prodigios que nos afectan también a
nosotros, los que seguimos a Cristo. Es lo que afirma San Pablo en su Carta a
los Romanos 4,16.18-25.
Mateo
10,1-7: Id a las ovejas descarriadas de Israel. Es admirable la
actitud de Jesucristo por cumplir las promesas hechas a los Patriarcas en favor
del pueblo de Israel. Pero no deja de cumplir tampoco su misión universal de la
salvación de todos los hombres. Las circunstancias irán perfilando la realización
del plan salvífico de Dios que ya apunta en la misma predicación profética. San
Juan Crisóstomo dice:
«Veamos ya a dónde y a quiénes envía Jesús sus apóstoles.
¿Quiénes son éstos? Unos pescadores y publicanos... No penséis les viene a
decir el Señor, que, porque me injurian y me llaman endemoniado, yo los
aborrezco y los aparto de mí. Justamente a ellos tengo interés y empeño en
curarlos primero, y, apartándoos a vosotros de los demás, os envío a ellos como
maestros y médicos. Y no sólo os prohíbo que prediquéis a otros antes que a
éstos, sino que no os consiento que toquéis en los caminos que llevan a la
gentilidad ni que entréis en ciudad alguna de samaritanos...
«Mirad la grandeza del ministerio, mirad la dignidad de los
apóstoles. No se les manda que hablen de cosas sensibles, ni como hablaron
antaño Moisés y los profetas. Su predicación había de ser nueva y
sorprendente... Ninguna gracia hacéis a los que os reciben, pues no habéis
recibido vuestros poderes como una paga ni como fruto de vuestro trabajo. Todo
es gracia mía. De este modo, pues, dad también vosotros a aquéllos. Porque, por
otra parte, tampoco es posible hallar precio digno de lo que vuestros dones
merecen» (Homilía 32,4,sobre San Mateo).
Años impares
Génesis
44,18-21.23-29;45,1-5: Para vuestra salvación
me envió Dios a Egipto. José se da a conocer a sus hermanos en una escena
emocionante y manifiesta el carácter providencial de su historia, como se
apuntó ayer. En los Hechos de los Apóstoles y puesto en los labios de San
Esteban, se lee a propósito de José: «Dios estaba con él y lo libró de todas
sus tribulaciones» (7,9-10). De este modo José prefiguró a Cristo en su pasión
y resurrección.
La
historia de José nos la exaltan los versos 16-22 del Salmo 104,
escogido como Salmo responsorial, que tiene como estribillo: Recordad las
maravillas que hizo el Señor. Esos versos son un magnífico ejemplo de las
intervenciones de Dios en su pueblo. Son un nuevo canto a la misericordia y a
la providencia de Dios para con su pueblo. Nos sirve del lección en los
momentos de peligro, de prueba, de contradicción en que podemos encontrarnos.
Dios quiere lo mejor para nosotros, aunque en ocasiones no lo entendamos. Dios
sabe más, como lo muestran los testimonios que presentamos:
«Cualquier cosa que te suceda, recíbela como un bien, consciente
de que nada pasa sin que Dios lo haya dispuestos» (Carta de Bernabé 19).
También San Agustín:
«Si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo
con paciencia y demos gracias a Dios por todo, sin dudar lo más mínimo de que
lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y
no según la nuestra» (Carta 130 a Proba).
Y el mismo autor:
«El Señor conoce mejor que el hombre lo que conviene en cada
momento, lo que ha de otorgar, añadir, quitar, aumentar, disminuir y cuándo o
ha de hacer» (Carta 138).
Años pares
Oseas
11,1-2.3-4.8-9: Se me revuelve el corazón. En un
fragmento de profunda poesía, el profeta compara el pueblo de Israel con un niño
pequeño al que Dios prodiga cuidados maternales. Se ha llamado a esta perícopa
«Balada del amor desdeñado»: Dios se comporta con su pueblo como un padre
amoroso. Israel no corresponde y Dios castiga, pero perdona movido de su
misericordia. Todo es admirable. El último motivo por el que se inclinará al
perdón es precisamente porque Él es Dios y no hombre. Su comportamiento es
diferente del comportamiento del hombre que es vengativo y justiciero. Más allá
de las infidelidades de su pueblo Él conserva un inmenso amor para con él.
Perdonar
es verdaderamente una actitud divina porque sólo Dios es capaz de dominar el
acontecimiento inmediato y relativizarlo en la perspectiva más amplia de la
historia de la salvación y de la eternidad. Dios es amor. Todo esto exige de
nuestra parte una correspondencia de amor y de arrepentimiento sincero.
San
Jerónimo nos habla de esto:
«Cuánta es
la clemencia de Dios, cuánta nuestra dureza, que después de tantos pecados nos
llama a la salvación ...
«Cuán grande
sea su misericordia, cuán grande y, por decirlo así, excesiva su clemencia, que
nos lo enseñe el profeta Oseas, por cuya boca nos habla Dios: ¿Qué haré contigo
Efraim? ¿Cómo te protegeré, Israel, qué haré contigo?... Mi corazón está en Mí
trastornado, y me he conmovido de arrepentimiento. No daré curso al ardor de mi
cólera...» (Carta 122,2 a Rústico ).
Con
el Salmo 79 proclamamos: «que brille tu rostro y nos salve,
Señor». Es una súplica fervorosa para impetrar la intervención de Dios
liberador. En todo tiempo tenemos necesidad de esta actuación de Dios. Él es el
Pastor Bueno nosotros somos su rebaño (Mt 9,36; Jn 11,14-16) o también somos
una viña amada. Él es el agricultor que nos cuida (Is 11,1; Jn 15,1-6).
El
misterio de la Iglesia se reproduce en cada uno de sus miembros. A nuestra
plegaria responde Cristo: «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos; el que
permanece en Mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer
nada. El que no permanece en Mí es echado afuera, como el sarmiento, y se seca,
y los amontonan y los arrojan al fuego para que ardan. Si permanecéis en Mí y
mis palabras permanece en vosotros, pedid lo que queráis, y se os dará» (Jn
15,5-7).
Mateo
10,7-15: Lo que habéis recibido gratis dadlo gratis.
Jesús da a los Doce sus consignas en orden a la misión de Galilea. Deberán
reproducir la actividad de su Maestro: proclamar la proximidad del Reino de
Dios y manifestar su presencia por medio de milagros.
Cristo
no se contenta con entregar a sus enviados un mensaje que les encarga
transmitir; desea que su estilo de vida sea la reproducción viva de la palabra
proclamada.
Las
modalidades de este estilo de vida no dependen totalmente de una decisión
privada de los evangelizadores y catequistas. Cristo tiene sus exigencias y la
Iglesia, por Él fundada, también. Por eso no debe extrañarnos que la competente
jerarquía de la Iglesia indique los modos y los medios para toda clase de
evangelización. Esto cambia con los tiempos y los espacios. No todo es bueno
para todos.
Con
respecto al último versículo sobre el castigo de los que no reciben o rechazan
la Buena Nueva, comenta San Agustín:
«Hay dos lugares de moradas: una en el fuego eterno y otra en el
reino también eterno. Mi opinión es que dentro del fuego eterno, los tormentos
serán distintos; pero todos estarán allí para ser atormentados, aunque unos más
y otros menos, pues en el día del juicio será más tolerable la suerte de Sodoma
que la de alguna otra ciudad (Mt 10,15)» (Sermón 161,4).
Al rechazar a los apóstoles del Evangelio que llaman a
las puertas de una ciudad o una casa en aquella hora de la misión de los
mismos, cuando ya los milagros de Cristo los habían acreditado como legados de
Dios (Jn 3,2), no se les podía rechazar impunemente. Esto era cerrar los ojos a
la luz mesiánica. Y en este sentido, la culpa de éstos era superior a la
aberración moral, pagana, de Sodoma y Gomorra. Santo Tomás de Aquino lo
justifica así:
«Pecan más los que oyen y no practican que los que nunca oyeron»
(Coment. in Mt).
De
ahí la gran responsabilidad de los que rechazan la predicación evangélica y de
los que no acomodan su conducta a ella.
Años impares
Génesis
46,1-7.28-30: Puedo morir después de haberte visto en
persona. Jacob invitado a ir a Egipto por su hijo José, accede a instalarse
allí con toda su familia. Con expresiones, que recuerdan el canto de Simeón,
expresa su alegría por haber vuelto a ver a su hijo José.
Lo
principal de este relato es que la emigración del patriarca depositario de la
promesa de la tierra no es contraria al compromiso de Dios, sino que constituye
la etapa necesaria de sufrimiento y de prueba antes del cumplimiento de las
promesas de abundancia.
No
obstante las pruebas, los sufrimientos, las amarguras y contrariedades. «Dios
es quien salva a los justos», como se dice en el Salmo responsorial.
Salmo
36: «confía en el Señor y haz el bien... El Señor vela por los
días de los buenos y su herencia durará siempre». Todo el Salmo es una
exhortación sapiencial sobre la suerte del justo y del malvado.
Frente
a la concepción más o menos difusa de muchos creyentes, que confunden la
religión con una especie de «seguro de vida», el salmista pone su confianza en
Dios. Su gran tesoro es poseer a Dios. Todo lo demás es accesorio. El Salmo
está abierto a perspectivas mucho más amplias que las meramente sociológicas.
Perspectivas profundas, pero reales, que serán puestas en toda su luz por la
predicación de Cristo.
Un
significado muy preciso tienen las expresiones del Salmo a la luz del misterio
de Cristo. Él, el inocente, el justo por excelencia, ha aparecido en medio de
nosotros pobre, humilde, perseguido por los impíos, varón de dolores,
abandonado en la cruz (Sal 21,2; Mt 27,46). Sobre Él han caído los sufrimientos
de todos nosotros. Mas en Él y en su vida, el sufrimiento de los justos se ha
revelado como un misterio de salvación. Pero el camino recorrido por Cristo
hacia el Calvario conduce a la derecha del Padre en la gloria celeste. La Cruz
ha venido a ser el árbol de la vida. Con estas consideraciones podemos escuchar
las sentencias del Salmo 36 como una exhortación de Cristo a la Iglesia.
Parecen como una anticipación de las bienaventuranzas evangélicas. Recordemos
la parábola del rico Epulón y Lázaro.
Años pares
Oseas
14,2-10: No volveremos a llamar Dios a la obra de
nuestras manos. El profeta exhorta a un retorno sincero a Dios. El pueblo
responde favorablemente y Dios lo premia.
Hay
que reconocer que la conversión del pueblo no es apenas desinteresada. El que
Israel vuela a Dios obedece en gran parte a la búsqueda apasionada de la dicha
y la abundancia. Esta mentalidad es ciertamente peligrosa cuando sólo se mira
el interés. Existe ciertamente un actitud legítima de la recompensa por la obra
buena hecha, con la gracia de Dios, cuando sobre todo se busca a Dios y no el
premio. Ya lo dijo el poeta:
«No me
tienes que dar porque te quiera, porque, aunque espero, no esperara, lo mismo
que te quiero, te quisiera».
El
cristiano se convierte a Dios y se agrega al pueblo de convertidos que es la
Iglesia, para ser beneficiario de la realización del plan de Dios sobre la
humanidad y para permitir también a todos los recursos humanos de desplegarse
correctamente a partir de su foco y su fuente: la presencia de Dios que anima a
todas las cosas.
En
el responsorio rezamos el Salmo 50, que bien podemos llamarlo Salmo
de la conversión, del arrepentimiento y de la penitencia. Pocos salmos como
éste han servido para expresar los sentimientos de la humanidad pecadora ante
Dios. Generaciones de la humanidad han encontrado en él el camino que conduce a
la Casa del Padre, la gracia de una purificación que no puede venir sino de la
palabra de Dios y de la alegría de la amistad con Él:
«Misericordia,
Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa... Oh Dios,
crea en mí un corazón puro... Devuélveme la alegría de tu salvación... Mi boca
proclamará tu alabanza, Señor».
Mateo
10,16-23: No seréis vosotros los que habléis, sino el
Espíritu de nuestro Padre. Jesús anuncia las persecuciones que aguardan a sus
discípulos. No deben temer, pues contarán con la ayuda de la asistencia del
Espíritu de su Padre. San Agustín trata muchas veces de este pasaje evangélico:
«Ved cómo nuestro Señor Jesucristo
modela a sus mártires con su disciplina. Os envío, dice, como ovejas en medio
de lobos (Mt 10,16). Ved lo que hace un solo lobo que venga en medio de muchas
ovejas. Por muchos millares de ovejas que sean, enviado un lobo en medio de
ellas, se espantan y, si no todas son degolladas, todas, al menos, se
aterrorizan. ¿Qué razón había, qué intención, qué poder o divinidad para no
enviar el lobo a las ovejas, sino las ovejas en medio de lobos? No dijo al
confín con los lobos, sino en medio de los lobos.
«Había, pues, un rebaño de lobos: las ovejas eran pocas, para
que fueran muchos lobos para dar muerte a pocas ovejas. Los lobos se
convirtieron y se transformaron en ovejas... Seréis odiados por todos los
pueblos a causa de mi nombre (Mt 10, 22). Se predijo para el futuro una
iglesia extendida por todos los pueblos. Como leemos que fue prometida, así la
vemos realizada. Todos los pueblos son cristianos y al mismo tiempo no
cristianos. El trigo al igual que la cizaña, se halla extendido por todo el
campo. Por tanto, cuando escuchéis de boca de nuestro Señor Jesucristo: seréis
odiados por todos los pueblos a causa de mi nombre, escuchadlo como trigo que
sois, pues está dicho para el trigo... ¡Oh pueblos todos cristianos, oh
semillas católicas extendidas por todo el orbe, pensad en vosotros mismos y
veréis que todos los pueblos os odian por el nombre de Cristo!» (Sermón
64,1).
Años impares
Génesis
49,29-33; 50,15-24: Dios cuida de vosotros y os sacará
de esta tierra. Muere Jacob en Egipto. José vuelve a asegurar el perdón a
sus hermanos y les revela cómo Dios se ha servido de sus pruebas para salvar la
vida de su pueblo. «Por la fe, José, moribundo, evocó el éxodo de los hijos de
Israel» (Heb 11,22).
El
futuro del pueblo de Dios no depende de la autoridad del «patriarca», sino de
la buena voluntad entre los hermanos y sus tribus respectivas. José es el
primero en esta necesidad de la concordia y fraternidad. Sus motivos para esto
son profundos; el mal que hicieron con él se ha convertido en bien de todos.
Está lejos de la venganza, pues reconoce en todos estos sucesos la providencia
de Dios. Es ocasión para reflexionar sobre el perdón de las ofensas, como
tantas veces aparece en la Sagrada Escritura, principalmente en el Nuevo
Testamento.
No
es necesario que ocurran grandes injurias para que nos ejercitemos en esta
prueba de caridad. Mal viviríamos nuestra vida cristiana si al menor roce se
enfriase nuestra caridad y nos sintiéramos rencorosos y
vengativos. Escuchemos un testimonio de San Cipriano:
«Es
imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados, si nosotros no
actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa» (Tratado
sobre la oración 23-24).
Pero
no tenemos necesidad de textos patrísticos. Son bien expresivos los textos
evangélicos de Mt 18,21-35; Lc 6,36-37.
El
responsorio recoge algunos versos del Salmo 104, ya expuesto en
días anteriores. En esta ocasión se indica el estribillo: «humildes, buscad al
Señor y vivirá vuestro corazón».
La humildad
consiste esencialmente en la conciencia del puesto que ocupamos frente a Dios y
frente a los hombres y en la sabia moderación de los deseos de gloria. Cristo
nos dejó como lección especial para que la aprendiéramos de Él: la humildad (Mt
11, 29). Por eso escribió San Gregorio Magno:
«Dígase a los humildes, que al par que ellos se abajan, aumentan
su semejanza con Dios y dígase a los soberbios, al par que ellos se engríen,
descienden, a imitación del ángel apóstata» (Regla Pastoral 3,18).
Y San
Agustín:
«Cuanto más se abaja el corazón por la humildad, más se levanta
hacia la perfección» (Sermón sobre la humildad).
Y también:
«Si me preguntáis qué es lo más esencial en la religión y en la
disciplina de Jesucristo, os responderé: primero la humildad, segundo la
humildad y tercero la humildad» (Carta 118)
Años pares
Isaías
6,1-8: Yo, hombre de labios impuros, he visto con mis
ojos al Rey y Señor de los Ejércitos. El profeta Isaías relata su vocación:
vio al Señor en toda su majestad. Se repite en la liturgia eucarística diaria
el triple Santo que Isaías oyó en el cielo. San Jerónimo comenta:
«Y entonces, con sus labios realmente purificados, dijo al
Señor: Heme aquí, envíame. Antes había dicho: ¡Miserable de mí, que estoy
perdido!. Mientras vive Ozías, tú no entiendes, Isaías, que eres miserable, y
no eres movido a compunción; pero una vez que ha muerto, entonces te das cuenta
de que tienes labios impuros, entonces comprendes que eres indigno de la visión
de Dios.
«Ojalá también yo sea movido a compunción y, después de la
compunción, me haga digno de predicar a Dios; pues además de ser yo hombre y
tener los labios impuros, habito en medio de un pueblo que tiene labios
impuros. Isaías, que era justo, había pecado sólo de palabra. Pero yo, que miro
con ojos de concupiscencia, a quien mi mano escandaliza y peco con el pie y con
todas las partes de mi cuerpo, todo lo tengo impuro y, habiendo manchado mi
túnica después de haber sido bautizado es espíritu, necesito la purificación
del segundo bautismo, es decir, del de fuego» (Carta 18 A,11, a Dámaso).
Con
el Salmo 92 proclamamos: «El Señor reina, vestido de majestad...
Tu trono está firme desde siempre y Tú eres eterno». Es el trono que vio
Isaías. Pero nosotros lo vemos también con un sentido cristológico. Cristo es
el Señor, con su Resurrección. Nosotros somos el reino de Dios y de Cristo. La
Iglesia, con palabras de este Salmo aclama a Cristo y reconoce en Él al Rey
magnífico y poderoso, al Príncipe de la Paz, cuyo reino no tiene fin y
diariamente lo llamamos Rey y Señor.
Mateo
10,24-33: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo. Cristo da
ánimo a sus discípulos para el tiempo de la persecución, de las contrariedades
y de las pruebas. Proclamemos sin temor nuestra fe en todos los lugares y ante
todos los hombres, con nuestras palabras y con nuestras obras. San Juan
Crisóstomo dice:
«Mirad cómo los pone por encima de todo. Porque no les persuade
a despreciar sólo toda solicitud y la maledicencia y los peligros y las
insidias, sino a la muerte misma, que parece ser lo más espantoso de todo. Y no
sólo la muerte en general, sino hasta la muerte violenta... Como lo hace
siempre, también aquí lleva su razonamiento al extremo opuesto. Porque, ¿qué es
lo que viene a decir? ¿Teméis la muerte y por eso vaciláis en predicar?
Justamente porque teméis la muerte, tenéis que predicar, pues la predicación os
librará de la verdadera muerte. Porque, aun cuando os hayan de quitar la vida,
contra lo que es principal en vosotros, nada han de poder, por más que se
empeñen y porfíen...
«De suerte que si temes el suplicio, teme el que es mucho más
grave que la muerte del cuerpo. Mirad cómo tampoco aquí les promete el Señor
librarlos de la muerte. No; permite que mueran; pero les hace merced mayor que
si no lo hubiera permitido. Porque mucho más que librarlos de la muerte es
persuadirlos que desprecien la muerte. Así, pues, no los arroja temerariamente
a los peligros, pero los hace superiores a todo el dogma de la inmortalidad del
alma y cómo, plantada en ella esa saludable doctrina, pasa a animarlos por
otros razonamientos...
«No los temáis, pues. Aun cuando lleguen a dominaros, sólo dominarán lo que haya de inferior en vosotros, es decir, vuestro cuerpo. Y éste, aun cuando no lo mataran vuestros enemigos, la naturaleza vendrá sin remedio a arrebatároslo. De manera que ni aun en eso tienen vuestros enemigos verdadero poder, sino que se lo deben a la naturaleza. Y si eso temes, mucho más es razón que temas lo que es más que eso; que temas al que puede echar alma y cuerpo en el infierno» (Homilía 34, 2-3 sobre San Mateo).