12ª Semana
Entrada:
«El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido. Salva a
tu pueblo y bendice tu heredad, sé su Pastor y llévalos siempre» (Sal 27,8-9).
Colecta
(del Misal anterior, retocada con textos del Gelasiano): «Concédenos vivir
siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de
dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de su amor».
Ofrendas
(del Misal anterior, retocada con textos del Veronense y
del Gelasiano): «Acepta, Señor, este sacrificio de reconciliación y alabanza,
para que, purificados por tu poder, te agrademos con la ofrenda de nuestros
amor».
Comunión:
«Los ojos de todos te están aguardando, Señor, tú les das la comida a su
tiempo» (Sal 144,15); o bien: «Yo soy el Buen Pastor, yo doy mi vida por las
ovejas, dice el Señor» (Jn 10,11.15).
Postcomunión
(del Misal anterior, retocada con textos del Veronense): «Renovados con el
cuerpo y la sangre de tu Hijo, imploramos de tu bondad, Señor, que cuanto
celebramos en cada eucaristía sea para nosotros prenda de salvación».
Ciclo A
Se
nos presenta en este domingo el drama existencial del cristiano auténtico, en
su condición de testigo de Cristo con todas sus consecuencias. No es el
discípulo de mejor condición que su Maestro. Él fue vaticinado como «signo de
contradicción» (Lc 2,34). Por lo mismo el cristiano no puede quedar extrañado
de que le surjan contradicciones y dificultades. Pero Cristo venció y el que le
sigue también participa de su victoria.
Jeremías
20,10-13: Libró la vida del pobre de manos de los impíos.
Jeremías, por su fidelidad a Dios y por su misión de testigo de sus designios
ante el pueblo degenerado y frívolo, fue personalmente un signo de
contradicción en medio de los suyos. Figura de Cristo y de los cristianos.
Es
bien expresivo el Salmo 68 sobre el tema de la contradicción:
«Por Ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro». Ante todo vemos
en este Salmo la figura de Cristo, el Hijo de Dios, devorado por el celo de la
Casa y de la causa de su Padre; muerto por nuestros pecados, insultado,
abandonado de todos saciada su sed con vinagre...
«Soy
un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre, porque
me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre
mí. Pero mi oración se dirige a Ti, Dios mío, el día de tu favor; que me
escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la
bondad de tu gracia; por tu gran compasión vuélvete hacia mí. Miradlo los
humildes y alegraos, buscad al Señor y vivirá vuestro corazón. Que el Señor
escucha a los pobres, no desprecia a los cautivos. Alábenlo el cielo y la
tierra, las aguas y cuanto bulle en ellas».
Buena
ocasión para agradecer al Señor los beneficios de su Pasión, para seguirle,
para imitarle, para soportar las contradicciones de la vida presente.
¡Qué
caminos tan distintos siguen Dios y el hombre! Dios hecho hombre tiene sed y el
hombre le da vinagre. El hombre tiene sed y Dios hecho hombre le da su propia
Sangre para la vida eterna! (Mt 26,27). San Ignacio de Loyola decía:
«¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer
por Cristo?»
Romanos
5,12-15: El don no se puede comparar con la caída. San Pablo
subraya nuestra solidaridad en la condenación a fin de exaltar nuestra solidaridad
en la gracia que se nos da por Jesucristo. La vida de toda la humanidad es, por
lo mismo, un signo de contradicción. El pecado de origen común y la gracia
redentora de Cristo luchan en el interior de cada hombre. No es posible ser
indiferente. Comenta San Agustín:
«Ved lo que nos dio a beber el hombre, ved lo que bebimos de
aquel progenitor, que apenas pudimos digerir. Si esto nos vino por medio del
hombre ¿qué nos llegó a través del Hijo del Hombre?... Por aquél el pecado, por
Cristo la justicia. Por tanto todos los pecadores pertenecen al hombre, todos
los justos al Hijo del Hombre» (Sermón 255,4).
Y en otro
lugar:
«Gracias a la acción mediadora de Cristo, adquiere la
reconciliación con Dios la masa entera del género humano, alejada de Él por el
pecado de Adán (Rom 5,12). ¿Quién podrá verse libre de esto? ¿Quién se
distinguiría pasando de esta masa de ira a la misericordia? ¿Quién, pues, te
distingue? ¿Qué tienes que no hayas recibido? No nos distingue los méritos,
sino la gracia... Gracias a una sola persona, nos salvamos los mayores, los
menores, los ancianos, los hombres maduros, los niños, los recién nacidos;
todos nos salvamos gracias a uno solo: Cristo» (Sermón 293,8).
Mateo
10,26-33: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo. Los auténticos
discípulos de Cristo habrán de afrontar siempre la contradicción de cuantos no
conocen a Cristo o positivamente lo rechazan. «No puede ser el discípulo de
mejor condición que el Maestro». San Juan Crisóstomo comenta:
«Ya, pues,
que ha animado el Señor y levantado a sus apóstoles, nuevamente les profetiza
los peligros que habrían de pasar, y nuevamente también presta alas a sus almas
y los levanta por encima de todas las cosas. Pues, ¿qué les dice? No temáis a
los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. ¡Mirad cómo los pone por
encima de todo! Porque no les persuade a despreciar sólo toda solicitud y la
maledicencia, y los peligros, y las insidias, sino a la muerte misma, que
parece ser lo más espantoso de todo. Y no sólo la muerte en general, sino hasta
la muerte violenta...
«¿Teméis
la muerte, y por eso vaciláis en predicar? Justamente porque teméis la muerte,
tenéis que predicar, pues la predicación os librará de la verdadera muerte.
Porque, aun cuando os hayan de quitar la vida, contra lo que es principal en
vosotros, nada han de poder, por más que se empeñen y porfíen... De suerte que,
si temes el suplicio, teme a lo que es mucho más grave que la muerte del
cuerpo.
«Mirad cómo tampoco aquí les promete el Señor librarlos de la
muerte. No, permite que mueran; pero les hace merced mayor que si no lo hubiera
permitido. Porque mucho más que librarlos de la muerte es persuadirlos de que
desprecien la muerte. Así pues, no los arroja temerariamente a los peligros,
pero los hace superiores a todo peligro. Y notad cómo con una breve palabra
fija el Señor en sus almas el dogma de la inmortalidad del alma y cómo,
plantadas en ella esa saludable doctrina, pasa a animarlos por otros
razonamientos» (Homilía 34,2, sobre San Mateo).
Ciclo B
Dios es el único Dueño de la creación. Con
ocasión de apaciguar la tempestad, Jesús hace que sus discípulos se pongan en
interrogante acerca de su origen divino. San Pablo revela hoy el secreto de su
vida: el amor de Cristo le ha conquistado. Ese amor que ha hecho de él una
criatura nueva, le confiere una visión renovada del mundo: «Lo viejo ha pasado,
ha llegado lo nuevo».
Job
38,1.8-11: Aquí se romperá la arrogancia de tus olas. Como
Creador, cuyas huellas se nos evidencian en todas las obras de la creación,
«Dios no se encuentra lejos de cada uno de nosotros. En Él vivimos, nos movemos
y existimos» (Hechos,17,27-28).
Esta
lectura sirve de introducción a la del Evangelio y lo mismo también el Salmo
106: «Los hijos de Israel entraron en nave por el mar comerciando por
las aguas inmensa... Él habló y levantó un viento tormentoso, que alzaba las
olas a lo alto; subían al cielo y bajaban al abismo... Pero gritaron a Dios en
su angustia y los arrancó de la tribulación». Sea una interpretación simbólica
de cuatro grupos de personas liberadas de peligros diversos, o sea una
interpretación realista de cuatro grupos de personas que suben a Jerusalén para
ofrecer sacrificios de acción de gracias, en el fondo es lo mismo: se dan
gracias a Dios por los peligros de que los ha liberado, ya sea para significar
la liberación de la cautividad de Babilonia u otros peligros.
Esto
nos lleva a la acción de gracias por antonomasia: la Eucaristía que celebramos
y que es el centro de la vida cristiana. Por ella damos también gracias a Dios
por los beneficios que constantemente recibimos de él.
2
Corintios 5,14-17: Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo. La
suprema cercanía personal y amorosa de Dios a nosotros se ha consumado en el
Corazón de Cristo. Su presencia viviente de Verbo encarnado, con el sello de su
divinidad tras su Resurrección, le hace convivir misteriosamente con sus
elegidos en la Iglesia. San Agustín dice:
«En efecto, ya ve a Cristo detenido el que dice: Y si habíamos
conocido a Cristo, según la carne, ahora no lo conocemos así (2 Cor 5,16). En
la medida en que es posible en esta vida, veía la divinidad de Cristo. Existe
la divinidad de Cristo, existe la humanidad. La divinidad se detiene, la
humanidad pasa. ¿Qué significa que la divinidad se detiene? No cambia, no se
destruye, no retrocede. Su venida a nosotros no significó separarse del Padre;
ni su Ascensión el moverse localmente» (Sermón 188,14).
«Ha llegado
lo nuevo». San Juan Crisóstomo señala el cambio radical que ha supuesto la
Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, y la diferencia consecuente entre
judaísmo y cristianismo:
«En
lugar de una Jerusalén terrestre, hay una Jerusalén descendida del cielo; en
lugar de un templo material y sensible, un templo espiritual que no aparece a
nuestras miradas; en lugar de unas tablas de piedra, depositarias de la ley
divina, son nuestros propios cuerpos los que han venido a ser el santuario del
Espíritu Santo; en lugar de la circuncisión, el Bautismo; en lugar del maná, el
Cuerpo del Señor; en lugar del agua que brotó de la roca, la sangre que salió
del costado de Jesucristo; la cruz del Salvador reemplaza la vara de Aarón y
Moisés, y el Reino de los Cielos a la tierra prometida» (Homilía 11
sobre 2 Cor).
Marcos
4,35-40: ¿Quién es éste a quien el viento y las olas obedecen?.
Jesucristo es mucho más que una «revelación de Dios» en medio de los hombres o
que un signo humano de la divinidad. Es la presencia personal del Verbo
consustancial al Padre, viviente en condición e intimidad humanas entre los
hombres. Comenta San Agustín:
«Oíste una afrenta, he ahí el viento. Te airaste, he ahí el
oleaje. Soplando el viento y encrespándose el oleaje, se halla en peligro la
nave, peligra tu corazón. Oída la afrenta deseas vengarte. Te vengaste y,
cediendo a la injuria ajena, naufragaste. ¿Cuál es la causa? Porque duerme en
ti Cristo. ¿Qué significa: duerme en ti Cristo? Te olvidaste de Cristo.
Despierta, pues, a Cristo; acuérdate de Él, está despierto en ti; piensa en Él. ¿Qué querías? Vengarte. ¿Se
te ha pasado de la memoria que El, cuando fue crucificado dijo: Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen? (Lc 23,34). Quien dormía en tu
corazón no quiso vengarse. Despiértale, acuérdate de Él. Recordarle es recordar
su palabra. Recordarle es recordar su precepto. Si Cristo está despierto en ti,
¿qué dices en tu interior? ¿Quién soy yo para querer vengarme? ¿Quién soy yo
para proferir amenazas contra un hombre?... Por tanto calmaré mi ira y volveré
a la quietud de mi corazón. Dio órdenes Cristo y se produjo la bonanza» (Sermón
63,2).
Ciclo C
En
el Evangelio, después de la confesión de fe de San Pedro, Jesús anuncia su
Pasión e invita a sus discípulos a tomar cada uno su cruz para seguirlo. Esto
ha sugerido colocar como primera lectura la profecía de Zacarías sobre el
Siervo doliente, que prefiguraba a Cristo.
San
Pablo nos recuerda que, por hallarnos unidos a Cristo a causa del Bautismo, no
formamos ya más que un sólo Cuerpo con Él. Nada debe separar a quienes se
reconocen en la fe hijos de Dios. ¿Seremos capaces de reconocer esta revelación
fundamental por encima de nuestras divisiones?
Zacarías
12,10-11: Mirarán al que traspasaron. Ya antes del
acontecimiento redentor del Calvario, Dios había anunciado por sus profetas la
condición victima solidaria del Mesías Redentor: El Gran Traspasado por
nuestros pecados. Dice San Agustín:
«Oíd y entended; ya un profeta había dicho esto: Alzarán
los ojos a Aquél a quien traspasaron. Verán, pues, la forma misma que
traspasaron con una lanza; se sentará como juez; condenará a los verdaderos
culpables quien fue culpado injustamente. Él mismo será quien venga en aquella
forma. También tienes esto en el Evangelio» (Sermón 127,10).
El
primogénito traspasado por nuestros pecados, que con su sacrificio en la cruz,
está recabando nuestras miradas de amor penitente y agradecido. En la cruz se
nos evidenció todo el amor de Dios a los hombres en la inmolación redentora del
Corazón que tanto ha amado a los hombres.
Pero
el sacrificio del Calvario es preciso hacerlo, de alguna manera, nuestro. Por
la penitencia sincera, evidenciamos tener conciencia de la profunda necesidad
que todos tenemos de Cristo.
Por
la fe amorosa, podemos retornar a la condición bautismal de hijos de Dios
marcados para la santidad.
Con
el Salmo 62 decimos: «Mi alma está sedienta de Ti, Señor, Dios
mío». Del que traspasaron brotó sangre y agua: sangre del sacrificio y agua de
vida y gracia. Al caer sobre nosotros esa agua fecunda, sentimos primero
nuestra aridez, se exacerba nuestra sed de Dios, pues sentimos una corriente de
vida, mejor que lo que comúnmente llamamos vida: es la gracia de estar unidos a
Dios y recibir su espíritu»
Gálatas
3,26-29: Los que habéis sido bautizados os habéis revestido de
Cristo. Por el bautismo el misterio de la cruz se hace una realidad
misteriosamente eficaz en nosotros. Nos incorpora a Cristo, haciéndonos
participar de su condición de Hijo del Padre. San Juan Crisóstomo comenta este
pasaje de San Pablo:
«Si la ley es un pedagogo y, encerrados, ella nos custodiaba, no
es contraria a la gracia, sino que colabora con ella. Por el contrario, se le
opondría si, venida la gracia, ella persistiera en mantener su dominio.
Corrompería nuestra salvación si impidiera acudir a la gracia. Sería como la
lámpara que iluminando de noche, impidiera, llegado el día, la vista del sol,
por lo que no sería agradable, sino desagradable. Así sucedería también con la
ley, que sería un obstáculo en la consecución de lo que es mejor. Los que ahora
la observan, son los que sobre todo la desacreditan, de la misma manera que el
pedagogo ridiculiza al joven cuando, llegado el momento de apartarse de él se
aferra junto a él...
«¿Por qué no dijo: cuantos habéis sido bautizados en Cristo,
habéis nacido de Dios? era, sin duda, la consecuencia lógica de ser hijos de
Dios. Porque recalca la misma idea de una forma más efectiva. Si Cristo es
Hijo de Dios y tú te has revestido de Él, teniendo al Hijo en ti mismo y
haciéndote semejante a Él, alcanzaste una total conexión con Él « (Comentario
a la Carta a los Gálatas III,5).
Lucas
9,18-24: Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que
padecer mucho. Todo el amor redentor del Corazón de Cristo Jesús hacia
nosotros se convirtió en una constante obsesión por el misterio de la Cruz. Su
pasión fue el sello misterioso de su condición de verdadero Mesías y el aval
del amor infinito que nos tiene. San Ambrosio explica:
«Pedro no ha seguido el juicio del pueblo, sino que ha expresado
el suyo propio al decir: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. El que es, es
siempre, no ha comenzado a ser, ni dejará de ser. La bondad de Cristo es grande
porque casi todos sus nombres los ha dado a sus discípulos... Cristo es piedra
pues bebían de la roca que los seguía, y la roca era Cristo (1 Cor 10,4), y
Él tampoco ha rehusado la gracia de este nombre a su discípulo, de tal forma
que él es también Pedro, para que tenga de la piedra la solidez constante, la
firmeza de la fe.
«Esfuérzate también tú en ser piedra. Y así, no busques la
piedra fuera de ti, sino dentro de ti. Tu piedra es tu acción; tu piedra es tu
espíritu. Sobre esta piedra se edifique tu casa, para que ninguna borrasca de
los malos espíritus pueda tirarla. Tu piedra es la fe; la fe es el fundamento
de la Iglesia. Si eres piedra estarás en la Iglesia, porque la Iglesia está
fundada sobre piedra. Si estás en la Iglesia, las puertas del infierno no
prevalecerán sobre ti: las puertas del infierno son las puertas de la muerte y
las puertas de la muerte no pueden ser las puertas de la Iglesia... El Hijo del
Hombre ha de padecer mucho... Tal vez el Señor ha añadido esto porque sabía que
sus discípulos difícilmente habían de creer en su pasión y en su resurrección.
Por eso ha preferido afirmar Él mismo su pasión y su resurrección, para que
naciese la fe del hecho y no la discordia del anuncio. Luego Cristo no ha
querido glorificarse, sino que ha querido aparecer sin gloria para padecer el
sufrimiento; y tú, que has nacido sin gloria, ¿quieres glorificarte? Por el
camino que ha recorrido Cristo es por donde tú has de caminar. Esto es
reconocerle, esto es imitarle en la ignominia y en la buena fama (2 Cor 6,8),
para que te gloríes en la cruz como Él mismo se ha gloriado» (Tratado sobre
el Evangelio de San Lucas lib.VI, 97-98 y 100).
Años
impares
Génesis
12,1-9: Abrahán marchó como le había dicho el Señor. La fe de
Abrahán es modélica. Comenta San Agustín:
«Tanto hizo por nosotros que, aún enseña más que sus promesas, y
sus obras deben movernos a creer en lo que prometió. A duras penas creyéramos
lo que hizo de no haberlo visto. ¿Dónde lo vemos? En los pueblos que tienen su
ley, en las muchedumbres que le siguen. Se ha realizado así la promesa que hizo
a Abrahán cuando dijo: en tu descendencia será bendecidas todas las gentes
(Gén 12,3). De poner los ojos en sí mismo, ¿cuándo hubiera creído? Era un
hombre y solo, y viejo, y estéril su mujer de tan avanzada edad que, aun sin el
defecto de la esterilidad, la concepción fuera imposible. No existía base
alguna en absoluto donde apoyar la esperanza: mirando empero a quien le hacía
la promesa, lo creía aun sin llevar camino. He ahí cumplido ante nosotros lo
que fue objeto de su fe; creemos, en consecuencia, lo que no vemos por lo que
viendo estamos. Engendró a Isaac: no lo hemos visto. Isaac engendró a Jacob: lo
que tampoco vimos; éste engendró a sus doce hijos; que no hemos visto tampoco;
y sus doce hijos engendraron al pueblo de Israel que ahora estamos viendo...
«Del pueblo de Israel nació la Virgen María, que dio a luz a
Cristo y a los ojos está cómo en Cristo son benditas las naciones todas. ¿Hay
algo más verdadero? ¿Hay algo más palmario? Vosotros que conmigo salisteis de
la gentilidad, desead conmigo la vida futura. Si ya en el siglo cumplió Dios lo
que había prometido hacer en la descendencia de Abrahán, ¿cómo no va a cumplir
sus promesas eternas a los que hizo de la descendencia de Abrahán? El Apóstol
dice: vosotros sois cristianos, luego sois descendientes de Abrahán (Gál
3,29). Son palabras del Apóstol» (Sermón 130,3).
Con
el Salmo 32 decimos «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió
como heredad. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que Él se
escogió como heredad. El Señor mira desde el cielo, se fija en todos los
hombres. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en
su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Nosotros aguardamos al Señor: Él
es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti».
Nosotros,
los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, somos la nueva creación, la obra del
Verbo y del Espíritu y somos la tierra llena de su amor misericordioso. Somos
el Pueblo que Dios se escogió. A nosotros nos ha confiado el Señor realizar su
palabra, como dice San Pablo en su Carta a los Colosenses 1,24-27.
2
Reyes 17,5-8: El Señor arrojó de su presencia a Israel y sólo quedó
la tribu de Judá. Las calamidades acaecidas en el Reino del Norte y la
deportación de sus habitantes se deben a la desobediencia y a la infidelidad
para con la alianza. Lo hemos visto ya muchas veces.
Ahora
se confirma con el Salmo 59. Se trata de un desastre terrible o
una señal de desbandada ante los arcos del enemigo. Pero tiene un trasfondo
saludable que lleva envuelta la idea de corrección y conversión:
«Que
tu mano salvadora nos responda, Señor. Oh Dios nos rechazaste y rompiste
nuestras filas, estabas airado, pero restáuranos. Has sacudido y agrietado el
país: repara sus grietas que se desmorona. Hiciste sufrir un desastre a tu
pueblo, dándole a beber un vino de vértigo. Tú, oh Dios, nos has rechazado y no
sales ya con nuestras tropas. Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del
hombre es inútil. Con Dios haremos proezas, Él pisotea a nuestros enemigos».
El
cristiano tiene conciencia de pertenecer al Pueblo de Dios de los últimos
tiempos: la Iglesia. Es indudable que a través de la historia se han producido
asaltos contra la Iglesia, que han roto sus filas y han cuarteado sus muros,
pero tiene la promesa de Jesucristo: las puertas del infierno no prevalecerán
contra ella. Esa es nuestra fe, esa es nuestra esperanza, no obstante las
dificultades que puedan surgir de dentro o de fuera.
Mateo
7,1-5: Sácate primero la viga de tu ojo. Jesús enuncia el
principio de que no hay que juzgar al prójimo. San Juan Crisóstomo explica este
principio:
«¿Veis cómo Cristo no prohíbe juzgar, sino que manda primero
echar la viga de nuestro ojo y luego tratar de corregir lo de los otros? A la
verdad, todo el mundo sabe lo suyo mejor que lo ajeno, y ve mejor lo grande que
lo pequeño, y se ama más a sí mismo que a su prójimo. De manera que, si
corriges por solicitud, tenla antes de ti mismo, pues ahí está más patente y es
mayor el pecado. Mas, si a ti mismo te descuidas, es evidente que no juzgas a
tu hermano por su interés, sino porque lo aborreces y quieres deshonrarle. Si
hay que juzgar, que juzgue quien no tiene él mismo pecado, no tú... Porque, si
es un mal no ver los propios pecados, doble y triple lo es juzgar a los otros
cuando uno mismo, sin sentirlas, lleva las vigas en sus propios ojos. A la
verdad, más pesado que una viga es un pecado» (Homilía 23,2 sobre
San Mateo).
Años impares
Génesis
13,2.5-18: No haya disputas entre nosotros dos, pues somos
hermanos. Un vez que Abrahán se separó de Lot, Dios le prometió una
numerosa descendencia junto con la posesión del país en que reposa». San
Jerónimo exhorta también:
«Así, pues, te ruego y te aconsejo con afecto de padre: ya que
has dejado Sodoma para caminar presuroso hacia los montes, no mires a tu
espalda, no sueltes la mancera del arado, ni el borde del vestido del Salvador,
ni sus cabellos húmedos con el rocío de la noche; nada entonces de lo que has
logrado asir permitas se te escape, ni bajes tampoco del tejado de las virtudes
a buscar los vestidos antiguos, no te vuelvas del campo a la ciudad, no ames
como Lot los parajes llanos y amenos (Gén 13,10), que no son regados por el
cielo, como la tierra santa, sino por el turbulento río Jordán después de haber
perdido la dulzura de sus aguas mezclándose con el mar Muerto» (Carta 71,1
a Lucinio).
En
el Salmo 14 encontramos un código moral del que aspira a vivir en
la intimidad con Dios en el santuario de Jerusalén: «Señor, ¿quién puede
hospedarse en tu tienda? El que procede honradamente y practica la justicia, el
que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua. El que no hace mal al
prójimo ni di-fama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a
los que temen al Señor. El que no presta dinero a usura ni acepta soborno
contra el inocente. El que así obra nunca fallará».
No
se insiste en las purezas rituales, sino en las condiciones morales del
corazón.
El
Nuevo Testamento nos manifiesta que la Humanidad de Cristo es el templo de
Dios. Es la tienda y el monte santo en la que Dios ha fijado su morada en medio
de los hombres. Hemos de tener las virtudes necesarias para entrar en ese
santuario, principalmente las obras de caridad, como lo indica el Salmo.
Años pares
2
Reyes 19,9-11.14-21.31-36: Yo escudaré a esta ciudad para salvarla,
por mi honor y el de David. El reino de Judá no se libra del peligro de la
invasión, pero la oración del rey Ezequías es acogida: El profeta Isaías le
anuncia la partida inminente del enemigo y la próxima liberación de Jerusalén.
Es grande el poder de la oración, como ya lo hemos expresado en diversas
ocasiones. He aquí un bello texto de San Gregorio Magno:
«La mente del que pide suele reaccionar de forma diferente a la
mente de Aquel a quien se dirige la petición, por eso las almas de los santos
ponen su morada en el seno secreto e interior de Dios, encontrando descanso en
él. ¿Cómo es posible, entonces, que se diga que clamaban si sabemos que su
voluntad no discrepa en nada de la de Dios? ¿Cómo es posible que eleven su
petición, si sabemos con certeza que no ignoran ni la voluntad de Dios ni lo
que sucederá en el futuro?
«Se dice que presentan peticiones, aun viviendo en Él, no porque
deseen algo en desacuerdo con la voluntad que conocen, sino porque cuanto más
ardientemente se unen a Él con la mente tanto más reciben de Él el deseo de
seguir pidiendo lo que ya saben que se les va a conceder. De Él beben lo que
les hace estar más sedientos de Él, y, de forma aún incomprensible para
nosotros, se sacian pregustando eso mismo que al ser pedido aumenta el hambre.
No estarían de acuerdo con la voluntad del Creador si no pidieran lo que Él
quiere que vean, y se unirían menos a Él si demandaran de mala gana lo que Él
quiere darles» (Morales sobre Job lib. II,11).
Con
el Salmo 47 proclamamos: «Dios ha fundado su ciudad para siempre.
Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios. Su
Monte Santo, una altura hermosa, alegría de toda la tierra. El monte Sión,
vértice del cielo, ciudad del gran rey. Entre sus palacios, Dios descuella como
un alcázar. Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo: como tu
renombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra; tu diestra está
llena de justicia».
El
salmista ha celebrado la grandeza de Dios en el momento del peligro. Se diría
que deseaba reproducir la oración de Ezequías. La grandeza de Dios se ha
manifestado en la Iglesia: Ella es su ciudad santa construida sobre el Monte
santo que es Cristo. En ella elevamos a Dios nuestras súplicas y ella misma ora
por todos los hombres principalmente en su liturgia sagrada.
Mateo
7,6,12-14: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.
Es la regla de oro de la buena concordia social y cristiana. San Agustín dice:
«Lo que no quieres que te hagan, no lo hagas tú a otro (Tob
4,16; Mt 7,12). Antes de darse la ley, a nadie se permitió ignorar esto que
decimos, para que así tuviesen modo de juzgar aquellos a quienes no se había
dado la ley. Pero, para que los hombres no tratase de obtener algo que les
faltaba, se escribió en tablas lo que no leían en los corazones. Tenían escrita
la ley, pero no querían leer... Pero como los hombres, apeteciendo las cosas
externas, se apartaron de sí mismos, se dio la ley escrita; no porque no
estuviese escrita ya en los corazones, sino porque, habiendo huido tú de tu
corazón, debías ser acogido por Aquel que está en todas partes y devuelto al
interior de ti mismo» (Comentario al Salmo 57,1).
Con respecto a otros temas de esa lectura evangélica, el
mismo San Agustín comenta el respeto que hemos de tener por lo sagrado. No dar
lo santo a los perros ni las piedras preciosas a los puercos.
«Perros son los que ladran calumniosamente; puercos son los
manchados con el lodo de los placeres sensuales. No seamos ni perros ni puercos
para merecer que el Señor nos llame hijos» (Sermón 60,A,4).
La
defensa de lo sagrado nos urge siempre; no podemos participar en la liturgia
santa con malas disposiciones del alma. Y se han de realizar las ceremonias
sagradas tal como lo ha prescrito la competente jerarquía de la Iglesia. «Con
temblor y fe» decía una antigua antífona litúrgica.
Años
impares
Génesis
15,1-12.17-18: Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber, y
el Señor hizo alianza con él. Por la imitación de la fe de Abrahán, los
seguidores de Cristo son verdaderos hijos del Patriarca, herederos de la
promesa y miembros de la alianza. Así lo explica San Agustín:
«Así, a nosotros, hermanos, se nos llamó hijos de Abrahán, sin
haberlo conocido personalmente y sin tener de él la descendencia carnal. ¿Cómo,
pues, somos sus hijos? No en la carne, sino en la fe... Si Abrahán fue justo
por creer, todos los que después de él imitaron la fe de Abrahán se hicieron
hijos de él. Los judíos, nacidos de él, según la carne, degeneraron; nosotros,
nacidos de gente extranjera, conseguimos imitándolo lo que ellos perdieron por
su degeneración. ¡Lejos de nosotros pensar que Abrahán es su padre aunque
desciendan de su carne! Sus padres fueron aquellos que ellos mismos confesaron
que eran» (San Agustín, Sermón 305,A,3).
Con
el Salmo 104 decimos: «el Señor se acuerda de su alianza
eternamente». El cristiano debe tomar conciencia de que todos los prodigios
operados por Dios en la Antigua Alianza para llevar adelante las promesas
hechas por Dios a Abrahán, son prodigios que nos atañen a todos los
beneficiarios de la Nueva Alianza: «Si sois hijos de Cristo, sois descendientes
de Abrahán según la promesa» (Gál 3,29).
«Por
eso el cristiano ha de recitar este salmo como un memorial y una glorificación
de su propio origen, que llegó a su consumación y plenitud en Jesucristo. Por
eso con este Salmo nos adentramos en las maravillas de la Encarnación y en
todos los misterios de Cristo que son reactualizados en la celebración litúrgica,
sobre todo en el Misterio Pascual.
Por
medio de este salmo se nos da a conocer el aspecto divino de la historia de la
salvación, la parte absolutamente insustituible y esencial realizada por Dios
desde los comienzos hasta el fin del mundo.
Años pares
2
Reyes 22,8-13.23,1-3: El rey leyó al pueblo el libro de la Alianza
encontrado en el templo y selló ante el Señor la Alianza. Se trata de la
reforma del rey Ezequías, que señala una vuelta a la fidelidad con respecto al
verdadero Dios y de la cual hemos tratado ampliamente en otras ocasiones.
Por
eso con el Salmo 118 cantamos: «muéstranos, Señor, el camino de
tus leyes». Este Salmo es el fruto de una continua contemplación interior de la
ley de Dios. El piadoso salmista refleja en él su maravillosa e inefable
experiencia exaltando la ley del Señor y declarando su amor y su adhesión a
ella en todas las circunstancias de su vida, porque en ella ha encontrado el
bien supremo, luz, alegría y confortación en las persecuciones y en los
sufrimientos.
Todo
cristiano ha de encontrar en este Salmo una colección de jaculatorias para
expresar los sentimientos que le inspira su amor a la palabra de Dios y al
mandato de la caridad, en las circunstancias más diversas de la vida. El Salmo
118 es como un rosario del mandamiento del amor enseñado por Jesucristo como
complemento de la ley mosaica.
Mateo
7,15-30: Por su frutos los conoceréis. Cristo alerta contra los
falsos profetas. El árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo da frutos
malos. San Juan Crisóstomo explica estas palabras de Jesús:
«En todo tiempo tuvo interés el diablo en suplantar la verdad
por la mentira. A mi parecer, al nombrar aquí a los falsos profetas, no alude
el Señor a los herejes, sino a quienes, siendo de vida corrompida, se ponen la
máscara de la virtud, y a quienes el vulgo da el nombre de impostores... No hay
mansedumbre, no hay dulzura alguna en los falsos profetas. De ovejas sólo
tienen la piel. Por eso es fácil distinguirlos. Y porque no tengas la más
ligera duda, te pone los ejemplos de las cosas que han de suceder por necesidad
de la naturaleza... El árbol malo produce siempre frutos malos y no puede jamás
producirlos buenos... No dice que sea imposible que el malo cambie y que el
bueno no pueda caer. El malo puede efectivamente convertirse a la virtud; pero,
mientras permanezca en su maldad, no producirá frutos buenos... El Señor mandó
que a cada uno se le juzgue por sus frutos» (Homilía 23,6-7 sobre San
Mateo).
Años impares
Génesis
16,1-12.15-16: Agar dio un hijo a Abrahán y Abrahán lo llamó Ismael.
San Pablo en su Carta a los Gálatas (4,21-31) ve en la esclava Agar un símbolo
de la Sinagoga, el judaísmo esclavo de la ley y en Sara, la mujer libre, la
imagen de la Iglesia. Comenta San Agustín:
«Es, pues, el testamento antiguo, correspondiente a Agar, que
engendra para la servidumbre. En cambio la Jerusalén que está arriba es libre y
ella es nuestra Madre. Así, pues, los hijos de la gracia son los hijos de la
libre; los hijos de la letra son los hijos de la esclava. Busca los hijos de la
esclava: La letra mata. Busca los hijos de la libre: El Espíritu, en cambio, da
vida. La ley del espíritu de vida en Cristo Jesús te libró de la ley del pecado
y de la muerte, de la que no pudo librarte la ley de la letra» (Sermón 162,7).
Con
el Salmo 105 proclamamos: «dad gracias al Señor porque es bueno».
La tesis que el Salmo 105 desarrolla está en consonancia con los temas del
Antiguo Testamento, según los cuales, la misericordia de Dios está muy por
encima de los pecados de los hombres. Pero de aquí no se puede deducir que no
hay que dar importancia al pecado. Por el contrario, uno de los fines del Salmo
es dar a conocer y sentir la enorme injusticia que supone el pecado que es una
rebelión de la infidelidad del hombre contra la fidelidad de Dios. De ahí que
el salmo pretenda ante todo excitar los sentimientos de arrepentimiento y
conversión. No obstante, los versículos escogidos aquí son los primeros que
expresan la invitación a alabar a Dios por su misericordia, en relación con la
lectura precedente que es la continuación de la historia de la salvación:
«Dad
gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. ¿Quién
podrá contar las hazañas de Dios, pregonar toda su alabanza? Dichosos los que
respetan el derecho y practican siempre la justicia. Acuérdate de mí por amor a
tu pueblo. Visítanos con tu salvación: para que vea la dicha de tus escogidos,
y me alegre con la alegría de tu pueblo, y me gloríe con tu heredad».
Años pares
2
Reyes 24,8-17: Deportación de Jeconías y establecimiento de un
monarca vasallo. La Iglesia sufre por la descristianización de los pueblos,
en los cuales se ha sembrado abundantemente la palabra de Dios, de los
sacerdotes y religiosos secularizados. Ora también por la paz, la libertad y el
bienestar de todos los pueblos. Son muchos los que están en guerra continua; se
hallan esclavizados y mueren de hambre y de miseria.
Todo
esto está expresado en la oración del Salmo 78: «líbranos, Señor,
por el honor de tu nombre. Los gentiles han entrado en tu heredad, han profanado
tu santo templo, han reducido a Jerusalén a ruinas». Tanto la liturgia como la
tradición patrística ven en este Salmo una súplica de la Iglesia en tiempo de
persecución y de prueba, pero también para expresar sentimientos de penitencia
y propiciar la misericordia de Dios para con una humanidad pecadora y para con
sus hijos arrepentidos y penitentes:
«...echaron
los cadáveres de tus siervos en pasto a las aves del cielo, y la carne de sus
fieles a las fieras de la tierra. Derramaron su sangre como agua en torno a
Jerusalén, y nadie la enterraba. Fuimos el escarnio de nuestros vecinos, la
irrisión y la burla de los que nos rodean. ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Vas a estar
siempre enojado? ¿Va a arder como fuego tu cólera? No recuerdes contra nosotros
las culpas de nuestros padres; que tu compasión nos alcance pronto, pues
estamos agotados. Socórrenos, Dios Salvador nuestro, por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados, a causa de tu nombre».
Mateo
21-29: La casa edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena.
La religión auténtica consiste en cumplir con la voluntad de Dios. Todo lo
demás no pasa de ser ilusión y artificio, merecedor de condenación por parte de
Dios. Dice San Agustín:
«Hermanos míos, que vinisteis con
entusiasmo a escuchar la palabra: no os engañéis a vosotros mismos fallando a
la hora de cumplir lo que escuchasteis. Pensad que es hermoso oírle, ¡cuánto
más será el llevarlo a la práctica! Si no escucháis, si no ponéis interés en
oírla, nada edificáis. Pero, si la oyes y no la pones en práctica, edificas una
ruina.
«Cristo el Señor puso a este respecto una semejanza muy
oportuna: Quien escucha mis palabras... ¿Por qué no se derrumbó? Estaba
cimentada sobre roca. Por tanto, el escuchar la palabra y cumplirla equivale a edificar
sobre roca. El sólo escuchar es ya edificar... Quien la escucha y no la pone en
práctica edifica sobre arena y edifica sobre roca quien la escucha y pone en
práctica; y quien no la escucha no edifica ni sobre la roca ni sobre la
arena... ¿No es esto más seguro? Entonces quedarás sin techo donde cobijarte si
nada escuchas... Considera, pues, qué parte vas a elegir... Si te hayas sin
techo, necesariamente serás sepultado, arrastrado y sumergido.
«Por tanto, si es malo para ti edificar sobre arena, malo es
también no edificar nada; sólo queda como bueno edificar sobre roca. Cosa mala
es, pues, no escuchar; mala también escuchar y no obrar; lo único que queda es
obrar también» (Sermón 179,8-9).
Años impares
Génesis
17,1.9-10.15-22: Dios da a Abraham un hijo de su esposa Sara, la
libre, Isaac, con quien establecerá su pacto perpetuo. Este pasaje es
interpretado en el sentido de que es mejor la nueva alianza que la antigua.
Pero ello siempre que se conserve en unión con la verdadera Iglesia, por el
bautismo, la fe y las costumbres. Dice San Agustín:
«Hay quien solamente se ha revestido de Cristo por haber
recibido el sacramento, pero están desnudos de Él por lo que se refiere a la fe
y a las costumbres. También son muchos los herejes que tienen el mismo
sacramento del bautismo, pero no su fruto salvador ni el vínculo de la paz... O
bien están sellados por los desertores o bien son ellos mismos desertores,
llevando el sello del buen rey en carne digna de condenación... Ved que puede
darse que alguien tenga el bautismo de Cristo, pero no la fe y el amor de
Cristo; que tenga el sacramento de la santidad y no sea contado en el lote de
los santos. Ni importa, por lo que se refiere al solo sacramento, el que alguno
reciba el sacramento de Cristo, donde no existe la unidad de Cristo, pues
también quien ha sido bautizado en la Iglesia, si pasa a ser desertor de la
misma, carecerá de la santidad de vida, pero no del sello del sacramento» (Sermón
260,A,2).
Con
el Salmo 127 proclamamos: «ésta es la bendición del hombre que
teme al Señor». Los Santos Padres han aplicado las palabras de este Salmo a la
Iglesia, Madre fecunda por el Bautismo. San León Magno afirma:
«La fiesta de hoy, del nacimiento de Jesucristo de la Virgen
María, renueva para nosotros los comienzos sagrados. Y al adorar el nacimiento
de nuestro Salvador, tratamos de celebrar al mismo tiempo nuestros propios
comienzos. La generación de Cristo es, en efecto, el origen del pueblo
cristiano, y el aniversario de la Cabeza es también el aniversario del Cuerpo.
Aunque cada uno sea llamado en su orden y todos los hijos de la Iglesia se
diferencien en la sucesión de los tiempos, sin embargo, como el conjunto de los
fieles nacidos de la fuente bautismal ha sido crucificado con Cristo en su
pasión, ha resucitado en su resurrección, ha sido colocado a la derecha del
Padre en su ascensión, así también con Él ha nacido en esta navidad» (Sermón
6 de Navidad).
Años pares
2
Reyes 25,1-12: Marchó Judá al Desierto. Nueva conquista de
Jerusalén por Nabucodonosor. El rey es castigado y deportado a Babilonia. Gran
parte de la población corre la misma suerte. Es el fin del reino de Judá.
Así
lo canta el Salmo 136: «Que se me pegue la lengua al paladar si
no me acuerdo de ti... Junto a los canales de Babilonia nos sentábamos a llorar
con nostalgia de Sión». Babilonia es la personificación de la multiforme
potencia del mal. Este satánico poder que pervierte en el mundo está destinado
a autodestruirse. Babilonia es el símbolo de la ciudad terrena, surgida y
crecida en oposición a Dios y a todo lo que viene de Él. Es el resultado de
todos los egoísmos y concupiscencias humanas.
En su poder y prosperidad, ella acumula sus
pecados hasta el cielo, pero Dios recuerda sus iniquidades y la justicia divina
la aniquilará. Cristo ha revelado al hombre su miseria y su desgracia, pero no
lo ha abandonado en su desesperación. Con sus misterios pascuales nos ha
devuelto el paraíso perdido y la posibilidad de cantar los cánticos de la Jerusalén
celeste.
La
Iglesia, formada por los que creen en la palabra de Cristo, sentada junto a los
canales de Babilonia, que son este engañoso mundo que pasa, provocada y
oprimida por sus perseguidores, llora en sus miembros que sufren. Pero en su
corazón, el deseo de ver a Dios y la nostalgia del cielo son más fuertes que
cualquier provocación e insinuación del enemigo.
«Los
que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos»
(Gál 5,24). Mientras estamos en este mundo somos como exiliados y deportados (cf.
2 Cor 5,6). Luchamos, pero en Cristo tenemos la esperanza del triunfo (2 Cor
5,8).
Mateo
8,1-4: Si quieres puedes limpiarme. Comenta San Juan Crisóstomo
el diálogo entre Jesús y el leproso:
«Grande es la prudencia, grande la fe de este leproso que se
acerca al Señor. Porque no le interrumpió en su enseñanza, ni irrumpió por
entre la concurrencia, sino que esperó el momento oportuno y se acercó al Señor
cuando éste hubo bajado del monte. Y no le ruega como quiera, sino con gran
fervor, postrado a sus pies, como cuenta otro evangelista, con verdadera fe y
con la opinión que de Él debe tener...: Si quieres, puedes limpiarme... Todo se
lo encomienda a Él; a Él hace Señor de su curación.
«Y Él atestigua que tiene toda autoridad... Lo que hace es
aceptar y confirmar lo que el leproso le había dicho. Por ello precisamente no
le responde: queda limpio, sino: quiero, queda limpio; con lo que el dogma
ya no se fundaba en la mera suposición del leproso, sino en la sentencia misma
del Señor. No obraron así los apóstoles... Mas el Señor, que muchas veces habló
de sí humildemente y por bajo de lo que a su gloria corresponde, ¿qué dice aquí
para confirmar el dogma, en el momento en que todos le admiraban por su
autoridad? Quiero, sé limpio. En verdad con haber Él hecho tantos y tan grandes
milagros, en ninguna parte aparece repetida esta palabra. Aquí empero, para
confirmar la idea que tanto el pueblo como el leproso tenían de su autoridad,
añadió ese quiero. Y no es que lo dijera y luego no lo hiciese, la obra
siguió inmediatamente a su palabra» (Homilía 25,1-2 sobre San Mateo).
Años impares
Génesis
18,1-15: La visita de los tres a Abrahán junto a la encina de Mambré.
Anuncio del nacimiento de Isaac, importante para la historia de la salvación.
San Jerónimo explica que:
«Abrahán era rico en oro, plata, ganado, posesiones y vestidos,
y tenía tanta familia que, al recibir una noticia inesperada, pudo armar un
ejército de jóvenes escogidos y alcanzar junto a Dan y dar muerte a cuatro
reyes, de quienes antes habían huido otros cinco. Y sin embargo, después que,
habiendo cumplido muchas veces el deber de hospitalidad, mereció recibir a Dios
cuando él pensaba acoger a hombres, no encomendó a criados y criadas que
sirvieran a los huéspedes ni disminuyó, por encomendarlo a otros, el bien que
practicaba; sino que él solo con su mujer Sara se entregó a aquel servicio de
humanidad, como si hubiera dado con una presa. Él mismo les lavó los pies, él
mismo trajo sobre sus hombros un lucido becerro del rebaño, permaneció en pie
como un criado mientras los peregrinos comían, y sin comer él, les fue poniendo
los manjares que Sara había cocido con sus manos» (Carta 66,11 a
Panmaquio).
Muchos
Santos Padres y la liturgia tanto oriental como occidental han visto en esto
una figura de la Santísima Trinidad. San Hilario de Poitiers dice que «vio a
tres y adoró a uno»:
«...Cuando Abrahán ve a
un hombre y adora a Dios. La antigua liturgia romana tenía un responsorio en el
que se decía: tres vidit et unum adoravit» (Tratado sobre los Misterios
2,13-14).
Por eso se ha escogido como salmo
responsorial el Magnificat. «Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en
favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
Del
himno de la Virgen María se ha escrito que no es ni una respuesta a Isabel, ni
propiamente una plegaria a Dios. Es una elevación y un éxtasis. La gran hora de
la Virgen María es también la gran hora de su pueblo. Al comienzo de su cántico
habló María de la salud que Dios le había preparado, al final habla de la salud
que alborea para su pueblo. Lo que sucedió en la Virgen María se realiza en la
Iglesia de Dios. En la Virgen María está representado el pueblo de Dios.
El siervo de Dios es aquí el Pueblo de
Israel: «Pero tú, Israel, eres mi siervo, yo te elegí. Jacob, progenie de
Abrahán, mi amigo. Yo te traeré de los confines de la tierra, y te llamaré de
las regiones lejanas, diciéndote: Tú eres mi siervo, yo te elegí y no te
rechacé» (Is 41,8s.). Ahora va a tener cumplimiento la misericordia de Dios y
la fidelidad a las promesas. La Virgen María se reconoce una con el pueblo de
Dios. Ella fue fiel. En Ella se cumplen las promesas. Es un gran misterio el
rechazo de Israel a Cristo, el Mesías. «Vi-no a los suyos y los suyos no le
recibieron».
Años pares
Lamentaciones
2,2.10-14.18-19: Grita al Señor, levántate, Sión . Después de
haber descrito el desastre de la ciudad santa, el autor del libro de las
Lamentaciones llora su dolor ante las ruinas. Echa en cara a los profetas el
que no le revelaran a Israel su pecado, para provocar su penitencia y perdón
divino. Finalmente invita a los supervivientes a que oren con fervor. San
Jerónimo explica:
«Jeremías se lamenta sobre un pueblo
que no hace penitencia... Llora a quienes salen de la Iglesia por sus crímenes
y pecados y no quieren volver a ella arrepintiéndose de sus pecados. Por eso,
dirigiéndose a los hombres de Iglesia, a los que son llamados muros y torres de
la Iglesia, la palabra profética dice: Muros de Sión, derramad lágrimas (Lam
2,18), como cumpliendo con el precepto del Apóstol de alegrarse con los que se
alegran y llorar con los que lloran (Rom 12,15).
«Así, con vuestras lágrimas incitaréis a llanto a los duros
corazones de los que pecan para que no tengan que oír, obstinados en su
malicia: Yo te planté como viña fructífera, de simiente legítima. ¿Cómo
has degenerado en amarga vid silvestre?... No han querido volverse a Mí para
hacer penitencia, sino que por la dureza de su corazón me han vuelto la espalda
para injuriarme... Cuánta es la clemencia de Dios, cuánta nuestra dureza, que
después de tantos pecados nos llama a la salvación. Y ni aun así queremos
convertirnos al Bien» (Carta 122,1-2, a Rústico).
Con
el Salmo 73 decimos: «No olvides sin remedio la viña de tus
pobres. El enemigo ha arrancado del todo el Santuario... prendieron fuego a tu
Santuario, derribaron y profanaron la morada de tu nombre».
Este
Salmo apasionado, como las mismas Lamentaciones, refleja una época
trágica, si las ha habido en la historia de Israel. El templo destruido, los
profetas dispersos, Dios mismo parece haber abandonado a su pueblo. Pero el
salmista no desespera, sino que se vuelve a Dios suplicante y Dios otorga el
perdón. Todo se restaura. Esto se repite constantemente en la historia de
Israel, como hemos visto en diversas ocasiones.
Tiene
aplicación en nosotros, porque el cristiano en gracia es templo vivo de Dios.
Por el pecado ese templo queda destruido, profanado, como nos decía San
Jerónimo en su Carta anterior. Dios nos aguarda, como el Padre del hijo
pródigo. Espera de nosotros el arrepentimiento y siempre está dispuesto a la
misericordia y al perdón.
Mateo
8,5-17: Vendrán muchos de Oriente y Occidente y se sentarán con
Abrahán, Isaac y Jacob. La fe del centurión romano logra la salud de su
criado. Jesús ve en ellos el augurio de la conversión de los pueblos paganos.
Luego curó a la suegra de San Pedro. Se cumplen las profecías: «Tomó nuestras
dolencias y cargó con nuestras enfermedades». Comenta San Agustín sobre este
milagro que Jesús hace en favor del centurión:
«Podemos nosotros medir la fe de los hombres, pero en cuanto
hombres. Cristo, que veía el interior, Cristo a quien nadie engañaba, dio
testimonio sobre el corazón de aquel hombre, al escuchar las palabras de
humildad y pronunciar la sentencia de la sanción.
«El Señor, aunque formaba parte del pueblo judío, anunciaba ya la Iglesia futura en todo el orbe de la tierra, a la que había de enviar a sus apóstoles. Los gentiles no lo vieron y creyeron; los judíos lo vieron y le dieron muerte. Del mismo modo que el Señor no entró con su cuerpo en la casa del centurión, y, sin embargo, ausente en el cuerpo y presente por su majestad, sanó su fe y su casa, de idéntica manera el mismo Señor sólo estuvo corporalmente en el pueblo judío; en los otros pueblos ni nació de una Virgen, ni sufrió la pasión, ni caminó, ni soportó las debilidades humanas, ni hizo las maravillas divinas. Ninguna de estas cosas realizó en los restantes pueblos. Él se había dicho: El pueblo, al que no conocí, ése me sirvió. ¿Cómo si faltó el conocimiento? Tras haber oído me obedeció (Sal 17,45). El pueblo judío lo conoció y lo crucificó; el orbe de la tierra oyó y creyó» (Sermón 62,4).