Entrada:
«Escúchame, Señor, que te llamo. Tú eres mi auxilio. No me deseches, no me
abandones, Dios de mi salvación».
Colecta
(del Misal anterior, y antes de los Sacramentarios Gelasiano y Gregoriano):
«¡Oh Dios!, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas; y pues
el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia para
guardar tus mandamientos y agradarte con nuestras acciones y deseos».
Ofrendas
(del Misal anterior, retocada con textos del Veronense): «Tú nos has dado, Señor,
por medio de estos dones que te presentamos, el alimento del cuerpo y el
sacramento que renueva nuestro espíritu; concédenos con bondad que siempre
gocemos del auxilio de estos dones».
Comunión:
«Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días
de mi vida» (Sal 26,4) ; o bien: «Padre santo: guárdalos en tu nombre a los que
me has dado, para que sean uno como nosotros, dice el Señor» (Jn 17,11).
Postcomunión (del Misal anterior):
«Que esta comunión en tus misterios, Señor, expresión de nuestra unión contigo,
realice la unidad de tu Iglesia».
Ciclo A
Todos
constituimos un pueblo, que es el depositario de la gracia y de la obra de
Cristo. Y, por lo mismo, depositario de la salvación que los demás hombres
necesitan.
Éxodo
19,2-6: Seréis para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa.
Los Apóstoles son enviados, como lo había sido Moisés, para anunciar a los
hombres sin esperanza, que Dios quiere hacer de ellos, su pueblo, Israel,
pueblo sacerdotal, figura del nuevo pueblo de Dios. ¡Pueblo de reyes, asamblea
santa, pueblo sacerdotal! ¡Pueblo de Dios: bendice a tu Señor!
Son apelativos legítimos del pueblo de Dios
en el Antiguo Testamento y que pasan a la Iglesia, verdadero Pueblo de Dios en
el Nuevo Testamento.
Los
santos Padres han tratado muchas veces del sacerdocio común de los fieles. En
esta ocasión trasladamos aquí un texto de San Pedro Crisólogo:
«Hombre, procura ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de
Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete
con la túnica de la santidad; que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el
casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el
conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente, como
perfume de incienso; toma en tus manos la espada del Espíritu; haz de tu
corazón un altar y, así afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como
sacrificio. Dios te pide fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de
tu sangre; se aplaca, no con tu muerte, sino con tu buena voluntad» (Sermón108).
Por
eso cantamos en el Salmo 99: «nosotros somos tu pueblo y ovejas
de tu rebaño». Este Salmo nos lleva como de la mano al sacrificio puro y santo
de la Nueva Alianza en la sangre de Cristo. Este es el verdadero sacrificio de
expiación y de acción de gracias, la Eucaristía. En él podemos pagar con creces
nuestras ofensas al Padre, puesto que en él se ofrece el Cuerpo y la Sangre de
Cristo derramada por nuestros pecados. Pero, además, el sacrificio admirable y
todo santo de la Cruz se reactualiza sacramentalmente en la Eucaristía, o Santa
Misa. Y es el que funda y constituye la Iglesia, como Cuerpo místico de Cristo
y Pueblo de Dios congregado. Nunca mejor dicho que en la Cruz, en la
Eucaristía, «Él nos hizo y somos ovejas de su rebaño», un pueblo santo, regio y
sacerdotal.
Romanos
5,6-11: Si fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo,
con cuanta más razón seremos salvados por su vida. San Efrén dice:
«Nuestro Señor fue dominado por la muerte, pero Él venció a la
muerte, pasando por ella como si fuera su camino. Se sometió a la muerte y la
soportó deliberadamente para acabar con la obstinada muerte. En efecto, nuestro
Señor salió cargado con la cruz, como deseaba la muerte; pero desde la cruz
gritó, llamando a los muertos a la resurrección, en contra de lo que la muerte
deseaba.
«La muerte le mató gracias al cuerpo; pero Él, con las mismas
armas, triunfó sobre la muerte. La divinidad se ocultó bajo los velos de la
humanidad; sólo así, acabó con la muerte. La muerte destruyó la vida natural,
pero luego fue destruida, a su vez, por la vida sobrenatural.
«La muerte, en efecto, no hubiera podido devorarle a Él si Él no
hubiera tenido un cuerpo, ni el abismo hubiera podido tragarle si Él no hubiera
estado revestido de un cuerpo, pero cuando hubo asumido el cuerpo, penetró en
el reino de la muerte, destruyó sus riquezas y desbarató sus tesoros» (Sermón
3 sobre Nuestro Señor).
Mateo 9,36-10,8: Llamó a
sus doce discípulos y los envió. En el plan divino, Israel debía ser el que
primero recibiera los beneficios de la ofrenda mesiánica (cf. Rom 1,16).
La misión está confinada al territorio galileo. La autenticidad de su mensaje
está garantizada con milagros. Sus propósitos misioneros no han de ser
oscurecidos y frustrados por la ambición del dinero, ya que el poder de obrar
milagros nada les ha costado a los Apóstoles. Comenta San Juan Crisóstomo:
«Mirad la grandeza del ministerio, mirad la dignidad de los
apóstoles. No se les manda que hablen de cosas sensibles, ni como hablaron
antaño Moisés y los profetas. Su predicación había de ser nueva y sorprendente.
Moisés y los profetas predicaban de la tierra y de los bienes de la tierra; los
apóstoles, del reino de los cielos y de cuanto a él atañe. Mas no sólo por este
respecto son los apóstoles superiores a Moisés y a los profetas, sino también
por su obediencia. Ellos no se arredran de su misión ni vacilan como los
antiguos... Ninguna gracia hacéis a los que os reciben, pues no habéis recibido
vuestros poderes como una paga ni como fruto de vuestro trabajo. Todo es gracia
mía. De este modo, pues, dad también vosotros a aquéllos. Porque, por otra
parte, tampoco es posible hallar precio digno de lo que vuestros dones merecen»
(Homilía 32,4,sobre San Mateo).
Ciclo B
En
la historia de la salvación los acontecimientos salvíficos evidencian la
Voluntad de Dios por encima de los proyectos y esperanzas humanos. Aquélla
termina siempre superando los planes y la capacidad limitada de los hombres.
Ezequiel
17,22-24: Ensalcé un árbol humilde. El desastre del pueblo de
Dios, en los días de Nabucodonosor y de la cautividad babilónica, fue resultado
de una política, que confió más en los poderes humanos que en la fidelidad a
Dios. Tras la humillación saludable, la iniciativa divina salvaría a su pueblo.
La
misión de los profetas, como centinelas de los intereses espirituales de su
pueblo, es situar en su debida proporción el alcance de los castigos de Dios a
su pueblo. En medio de todas las encrucijadas críticas de la historia de Israel
se cierne siempre la esperanza mesiánica, como norte de vida nacional. Esta
lectura hace relación con el Evangelio de hoy, sin el cual no se la entiende.
Una vez más se trata en la liturgia de la humildad y de su eficacia en orden a
la Iglesia. San León Magno elogia la humildad:
«Reconozca la fe católica su nobleza en la humildad del Señor y
encuentre su alegría la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en los misterios de su
salvación... Mas para curar las enfermedades, para dar vista a los ciegos, para
resucitar a los muertos, ¿qué hay más conveniente que curar las heridas del
orgullo con los remedios de la humildad? (Sermón 25,5).
Con
el Salmo 91 proclamamos que «Es bueno dar gracias al Señor». Los
caminos de la providencia de Dios son, a veces, difíciles de comprender; pero
el hombre de fe sencilla y humilde como la de un niño, podrá reconocer
fácilmente que Dios va escribiendo en ellos la historia de un Amor infinito y
de una fidelidad sin límites: «El justo crecerá como la palmera. Se alzará
como cedro del Líbano; plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de
nuestros Dios. En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso; para
proclamar que el Señor es justo, que en mi Roca no existe la maldad» .
2
Corintios 5,6-10: En destierro o en patria nos esforzamos en agradar
a Dios. La salvación definitiva del hombre no se debe a los valores
humanos, ni es fruto de éxitos espectaculares terrenos. Es obra de Dios que nos
la garantiza en Cristo y que habrá de juzgarnos por nuestra fidelidad a Él. San
Agustín dice que Cristo es el camino para nuestra peregrinación:
«Mientras dura la peregrinación en este cuerpo mortal, camináis
en la fe. Cristo Jesús, en su condición de hombre que se dignó tomar por
nosotros, se ha convertido en camino seguro para vosotros; Cristo Jesús a quien
tendéis, reservó, en efecto, gran dulzura para quienes le temen; quienes
esperan en Él tendrán acceso en plenitud a ella cuando hayamos recibido también
en la realidad lo que ahora hemos recibido en esperanza. Pues somos hijos de
Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos; sabemos que, cuando se
manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es (1 Jn 3,2).
Lo mismo prometió en el Evangelio: Quien me ama, dijo, guarda mis
mandamientos. Y quien me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me
mostraré a él (Jn 14,21). Ciertamente le estaban viendo aquellos con quienes
hablaba, pero en la forma de siervo, en la que es menos que el Padre. La
primera la mostraba a quienes temían; la segunda la reservaba para quienes
esperaban en Él; en aquélla se manifestaba a los que iban de viaje, a ésta
llamaba a los que iban a habitar con Él; aquélla la mostraba a los caminantes,
ésta la prometía a los que llegasen a la meta» (Sermón 260,A,1).
Marcos
4,26-34: Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las
demás hortalizas. El estado glorioso del Reino futuro sucederá al estado
actual de humildad. Comenta San Jerónimo:
«Pienso que las ramas del árbol del Evangelio, que crece del
grano de mostaza, son los dogmas diversos, en los que descansa cada una de las
aves dichas. Tomemos nosotros también alas de paloma para que, volando a las
más altas, podamos habitar en las ramas de este árbol y hacernos nidos de las
enseñanzas, huyendo de las cosas de la tierra y corriendo hacia las del cielo»
(Comentario al Evangelio de San Mateo).
El
Reino tiene en apariencia un comienzo humilde. Pero Cristo predice un notable
desarrollo del que la historia da testimonio. No la inmediatez ni la
espectacularidad. Sin embargo, no hay nadie que lo pare. Pasan los
perseguidores, los detractores, los cismáticos, los malos hijos, los
calumniadores. La Iglesia sigue creciendo por doquier y profundizando en
santidad. Es admirable la cantidad de procesos de beatificación y canonización
que hay en la Congregación para las Causas de los Santos y sigue aumentando sin
cesar.
Ciclo C
En
este Domingo se nos recuerda la necesidad que tenemos de conversión permanente:
penitencia por el pecado y nueva vida, propias de hijos de Dios, regenerados
por el sacrificio redentor del Señor Jesús.
También
nosotros somos pecadores ante Dios. Es menester reconocer humildemente nuestros
pecados, pero también responder al designio de Dios, que quiere que rehagamos
nuestras nuestras vidas por una penitencia eficaz y constante y nos
reintegremos al Amor que brota de su Corazón divino.
2
Samuel 12,7-10.13: El Señor perdona tu pecado. No morirás. Pecó
David y, corregido por el profeta, confesó su pecado y se arrepintió: «Ten
piedad de mí, Señor, según tu gran misericordia». En un comentario atribuido a
San Agustín se dice:
«(Dios) vio el corazón de David, cuando, recriminado y
gravemente por el profeta, después de las terribles amenazas de Dios, exclamó,
diciendo: Pequé, y al instante escuchó: El Señor ha borrado tu pecado... Tal es
el valor de estas dos sílabas: Pequé consta de dos sílabas, pero mediante
ellas subió al cielo la llama del sacrificio del corazón. Así, pues, quien haga
penitencia en verdad y se vea libre de la atadura que le tenía sujeto y
separado del Cuerpo de Cristo, si después de haber hecho penitencia vive
santamente, como ya debía haber vivido antes, muera cuando muera después de la
reconciliación, se encamina hacia Dios, se encamina al descanso, no se verá privado
del Reino de Dios, y será separado de la compañía del diablo» (Sermón 393).
Con
el Salmo 31 clamamos: «Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado».
Este salmo nos ofrece la alegría de la penitencia. El cristiano al meditarlo ha
de tener muy presente que si, mediante la penitencia sincera, ha recuperado la
paz y la alegría, eso se debe al sacrificio de Cristo en la cruz. Todo este
salmo es una exhortación a frecuentar el sacramento de la penitencia con gran
arrepentimiento y con verdadero dolor de corazón, que conduce al hombre a la
fuente del verdadero gozo, que sólo se encuentra en la fidelidad a Dios.
Gálatas
2,16.19-21: No soy yo; es Cristo quien vive en mí. San Agustín
comenta:
«Aprende a orar como enemigo de ti mismo; mueran las enemistades.
Tu enemigo es un hombre. Hay dos nombres: hombre y enemigo. Viva el hombre y
muera el enemigo. ¿No te acuerdas cómo Cristo, el Señor, con la sola voz desde
el cielo, hirió, tiró por tierra y dio muerte a un enemigo, Saulo, acérrimo
perseguidor de sus miembros? No hay duda de que le dio muerte, pues murió en su
perseguidor y se levantó convertido en predicador. Murió; si no me crees a mí,
pregúntaselo a él. Escúchale y lee, oye su voz en la Carta a los Gálatas:
vivo, pero ya no soy yo quien vive (2,20). Vivo, dice, pero ya no soy yo.
Luego él murió. ¿Y cómo hablaba? Vive en mí Cristo. En la medida de tus
fuerzas, ruega, pues, que muera tu enemigo, pero considera en qué forma. Si
muriese sin que su alma abandone el cuerpo, tan sólo perdiste a un enemigo y a
la vez conseguiste un amigo. Por tanto, que vuestra oración no sea para pedir
la muerte corporal de vuestros enemigos» (Sermón 105,A).
La
ley divina denuncia nuestros pecados; pero no tiene capacidad para
regenerarnos. Esto sólo ha sido posible por el sacrificio redentor de Cristo,
que nos da la posibilidad de una vida nueva.
Lucas
7,36-8,3 : Sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho
amor . Dejemos a un lado la identidad de la persona; son muchas las
opiniones que han dado los Santos Padres. Jesús declara que sus pecados han
sido perdonados y el amor que ella siente en agradecimiento es manifestado a
Jesús. De todos modos es evidente que ella trata a Jesús como Dios, pues sólo
Dios puede perdonar los pecados. San Ambrosio nos exhorta:
«Tú también, si quieres la gracia aumenta el amor; derrama sobre
el cuerpo de Jesús la fe en la resurrección, el olor de la Iglesia, el perfume
del amor para la comunidad; y mediante tal progreso tú darás al pobre. Este
dinero te será más útil si, en lugar de dar de tu abundancia, prodigas en
nombre de Cristo lo que te hubiera servido, si lo das a los pobres como una
ofrenda a Cristo» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VI ,29).
Años impares
2
Corintios 6,1-10: Damos prueba de que somos servidores de Dios.
Exhorta San Pablo a los fieles para que den acogida a la gracia de Dios en el
tiempo favorable, vaticinado por los profetas. Luego manifiesta que él siempre
ha procedido como ministro de Dios en medio de numerosas dificultades de su
vida apostólica. San Agustín también explica este pasaje de San Pablo:
«¿Qué significa que unos lleven las cargas de los otros? Lleve
el carnal la carga de otro hombre carnal y el espiritual las de otro
espiritual. Llevad mutuamente unos los pecados de los otros, es decir, no os
desentendáis recíprocamente de vuestros pecados. Argüid a aquellos con quienes
tenéis confianza; amonestad a los demás, si tenéis confianza para argüirlos; y,
si es necesario, para que nadie peque, orad, rogad. ¿O acaso os he humillado al
decir rogad? Escuchad al Apóstol: al mandároslo, dijo, rogamos también
para que no recibáis en vano la gracia de Dios (2 Cor 6,1)» (Sermón
163,B,4).
En otro lugar dice: «No tener nada superfluo, nada que sea una
carga, nada que ate, nada que sea un impedimento. En efecto, también ahora se
cumple más auténticamente en los siervos de Dios aquello: como quien nada
tiene y todo lo posee (2 Cor 6, 10). No tengan nada a lo que puedan llamar
tuyo y todo será tuyo; si te adhieres a una parte, pierdes la totalidad, pues
lo suficiente es lo mismo, venga de la riqueza o de la pobreza» (Sermón
350,A,4).
Con
el Salmo 97 decimos: «El Señor da a conocer su victoria...
revela a las naciones su justicia; se acordó de su misericordia y su fidelidad».
Dice San Roberto Belarmino:
«Las maravillas de la bondad y fidelidad divinas llegaron a una
realización impensable para la mente humana, con la encarnación y nacimiento
del Hijo de Dios, Cristo, nuestro Salvador. Este Rey mesiánico vino a ganar la
batalla de la salvación del mundo; pero expulsó al enemigo no con armas o
fuerzas corporales, sino con el amor, la humildad, la paciencia y con el mérito
de su vida santísima y con su sangre preciosa derramada por amor» (Sermón
3,2)
Años pares
1 Reyes 21,1-14: Nabot muerto
apedreado. La perfidia de los hombres hace estragos en la humanidad y
consuma todas las maldades.
«Vio Dios cuanto había hecho y era muy bueno»
(Gén
1,31). La oposición entre el bien y el mal plantea al creyente de nuestros días
un serio problema, para el que la Biblia misma nos ofrece elementos de
solución: ¿De dónde viene el mal en este mundo creado bueno?, ¿Cuándo y cómo se
le vencerá? La bondad de las criaturas se mide en relación con el Dios Creador,
único que da a las cosas su bondad.
Pero la bondad del hombre constituye un caso particular.
Depende en parte de él mismo. Dios le concedió un gran don: la potestad de
elegir. Si rechaza el mal y hace el bien, observando la ley de Dios y
conformándose con su voluntad, será bueno y agradará a Dios; de lo contrario,
será malo y lo desagradará. Su elección determinará su calificación moral y,
consiguientemente, su destino. El primer hombre y la primera mujer escogieron
el mal. Buscaron su bien en las criaturas, pero fuera de la voluntad de Dios.
Fueron castigados. Esto se plantea en todo hombre, más aún con las
consecuencias del pecado original. Pero vino Cristo y nos dio su gracia para
vencer el mal. Escogiendo el cristiano vivir con Cristo, se desolidariza de la
opción de Adán.
El cristiano ora a Dios para que atienda sus gemidos
ante el mal que le acosa, como pedimos en el Salmo 5. El
cristiano ha de salir cada mañana para librar la lucha diaria en un mundo
«instalado en el mal» (Jn 5,19). Nada mejor que acudir a Dios, a la intimidad de
su presencia, para emprender con alegría la nueva jornada: «Señor, escucha mis
palabras, atiende a mis gemidos, haz caso de mis gritos de socorro, Rey mío y
Dios mío. Tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped, ni
el arrogante se mantiene en tu presencia. Detestas a los malhechores, destruyes
a los mentirosos...»
Todo pecado es una falta de fe, porque ciega al hombre
para que no vea la profunda realidad de las cosas, que son tal y como Dios las
ve. Es una falta de amor, porque el hombre no se acepta en esa esencial
correlación amorosa con Dios Creador y con los demás hombres. Es un orgullo que
trata de romper los diques que limitan su libertad. Es una autodestrucción.
Mateo 5,38-42: Yo os digo: no hagáis
frente al que os agravia. No hay que devolver mal por mal, sino bendecir.
Existía la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. Cristo que habla de
nuevo al alma de cada cristiano, subordina la justicia estricta a la caridad
generosa. Su punto de vista es aclarado con cuatro pequeños ejemplos. Mas hay
que conceder un margen al vigor del lenguaje. Comenta san Agustín:
«Da algo a quien no tiene, puesto que también tú creces de algo.
¿Acaso tienes la vida eterna? Da, pues, de lo que tienes para adquirir lo que
no tienes. Llama el mendigo a tu puerta: llama también tú a la puerta de tu
Señor. Dios hace contigo, su mendigo, lo que haces tú con el tuyo. Da, por
tanto, y se te dará; pero si no quieres dar. ¡Allá tú!... Veamos quien de
nosotros sufre mayor daño: yo que me veo defraudado en un bocado, o tú, que te
verás privado de la vida eterna; yo que soy castigado en el estómago, o tú, que
lo eres en la mente; por último, yo que ardo de hambre, o tú, que has de ser
entregado al fuego y llamas voraces. Ignoro si la soberbia del rico podrá dar
respuesta a estas palabras del pobre. Da, dice el Señor, a todo el que te
pida (Mt 5,42). Si a todos, cuánto más al necesitado y al mísero, cuya
flaqueza y palidez están mendigando, cuya lengua calla, a la vez que piden
limosna su suciedad y gemidos. Escúchame, oh rico, y sea de tu agrado mi
consejo. Redime tus pecados con la limosna... Da de aquello que te hace ser
admirado, llénate de cosas más admirables para llegar al reino de los cielos» (Sermón
350,B).
Años impares
2
Corintios 8,1-9: Cristo se hizo pobre por vosotros. San Pablo
recomienda la generosidad de los fieles para con los necesitados. De este modo
imitarán a Cristo. San Agustín pone ese texto al comentar que los invitados a
la cena no quisieron venir, y dice:
«No vinieron los ricos sanos, quienes creían que andaban bien y
que tenían la vista despierta, es decir, los que presumían mucho de sí y, por
lo mismo, casos más desesperados cuanto más soberbios. Vengan, pues, los
mendigos, ya que invita el que siendo rico se hizo pobre por nosotros para que
los mendigos nos enriqueciéramos con su pobreza (2 Cor 8,9). Vengan los
débiles, porque no necesitan del médico los sanos, sino los enfermos. Vengan
los cojos... Vengan los ciegos...» (Sermón 162,8).
Venimos
nosotros y somos servidos.
Por
eso alabamos al Señor con el Salmo 145: «alaba, alma mía, al
Señor. Lo alabaré mientras viva»... Con ese Salmo se ponen de manifiesto
la grandeza y el poder real de Dios de tal manera, que, atraídos por la
misericordia, el poder y la bondad de Dios, se despeguen de los atractivos
ilusorios y engañosos de este mundo y pongan su esperanza sólo en Dios. Este
mensaje del Salmo es de perpetua utilidad. Cristo es nuestro Modelo. Él llevó
una vida entera pendiente de su Padre hasta el punto de decir que su comida era
hacer la voluntad del Padre (Jn 8,29). San Agustín comenta:
«Contra tus venenosas insinuaciones canta el mártir: alabaré al
Señor mientras viva (Sal 145,2). Entonces, una vez que haya muerto, ¿ya no lo
alabarás? Al contrario, lo harás con mayor intensidad que mientras dura la
vida. No se puede hablar de duración lo que no tiene fin» (Sermón 335,B,2).
Años pares
1
Reyes 21,17-29: Has hecho pecar a Israel. El profeta Elías
manifiesta al rey la gravedad de su crimen con la muerte de Nabot y le anuncia
el castigo. El rey hace penitencia y obtiene que se retrase la ejecución de la
sentencia.
Lógicamente
la Iglesia indica como Salmo responsorial algunos versos del Salmo 50 con el
estribillo: «Misericordia, Señor, hemos pecado» . El pecado es un mal intolerable.
Es la muerte. Todo el Salmo está construido sobre la oposición:
muerteresurrección; pecadoperdón. El pecado es un mal esencial, porque se
mide su gravedad en relación con el Bien esencial que es Dios. El pecado no se
mira como la infracción de una regla, o de un código de conducta, sino como la
infidelidad a un Amor: el Amor eterno e infinito de Dios, Es un mal
trascendente.
El
Salmo 50 contiene el resumen de todas nuestras oraciones:
adoración, amor, ofrenda, acción de gracias, arrepentimiento, súplica...
Comenta San Agustín:
«Fíjate en el rey David. También él había recibido ya los
sacramentos de su tiempo... Ya estaba también ungido con la unción venerable en
la que estaba figurado el sacerdocio real de la Iglesia. De forma repentina se
hizo reo... No en vano, pues, arrepentido, clamó al Señor desde tan terrible y
abrupto abismo del crimen, diciendo: Aparta tu rostro de mis pecados... ¿En
mérito de qué, sino a lo que dice a continuación: Reconozco mi maldad y mi
pecado está siempre en tu presencia. ¿Qué le ofreció al Señor para tenérselo
propicio? Si hubieras querido un sacrificio... (Sal 50,11,5.18-19). Así, pues,
no sólo le ofreció devotamente este sacrificio, sino que también mostró con
esas palabras lo que convenía ofrecerle. No basta, en efecto, mejorar las
costumbres y apartarse de las malas acciones, si no se satisface a Dios por
todo cuanto se ha hecho mediante el dolor de la penitencia, el gemido de la
humildad, el sacrificio de un corazón contrito y la colaboración de las
limosnas» (Sermón 351,12).
Mateo
5,43-48: Amad a vuestros enemigos. La doctrina de la nueva
justicia alcanza su culmen en el amor a los enemigos. Hasta ese punto de
perfección deben tender los discípulos de Cristo, si quieren imitar al Padre
que está en los cielos. San Juan Crisóstomo nos exhorta:
«¡He aquí cómo pone el Señor el coronamiento de todos los
bienes! Porque, si nos enseña no sólo a sufrir pacientemente una bofetada, sino
a volver la otra mejilla; no sólo a soltar el manto, sino añadir la túnica; no
sólo a andar la milla a que nos fuerzan, sino otra más de nuestra cuenta, todo
ello es porque quiere que recibas como la cosa más fácil algo muy superior a
todo eso.
«¿Y qué hay, me dices, superior a eso? Que a quien todos esos
desafueros cometa con nosotros, no le tengamos ni por enemigo. Y todavía algo
más que eso. Porque no dijo: no le aborrecerás, sino: le amarás. Ni dijo: no le
hagas daño, sino: hazle bien.
«Mas, si atentamente examinamos las palabras del Señor aún
descubriremos algo más subido que todo lo dicho. Porque no nos mandó
simplemente amar a quienes nos aborrecen, sino también rogar por ellos. ¡Mirad
por cuántos escalones ha ido subiendo y cómo ha terminado por colocarnos en la
cúspide de la virtud!
«Contémoslo de abajo arriba. El primer escalón es que no hagamos
por nuestra parte mal a nadie. El segundo, que si a nosotros se nos hace, no
volvamos mal por mal. El tercero, no hacer a quien nos haya perjudicado lo
mismo que a nosotros se nos hizo. El cuarto, ofrecerse uno mismo para sufrir.
El quinto dar más de lo que el ofensor pide de nosotros. El sexto, no aborrecer
a quien todo eso hace. El séptimo, amarle. El octavo, hacerle beneficios. El
noveno, rogar a Dios por él. ¡He aquí una cima filosófica!. De ahí también el
espléndido premio que se le promete... Se nos promete ser semejantes a Dios,
cuanto cabe que lo sean los hombres» (Homilía 18,3-4 sobre San Mateo).
Años impares
2
Corintios 9,6-11: Al que da de buena gana lo ama Dios. Se trata
de la colecta por los pobres de Jerusalén. Quien da limosna con generosidad,
atrae para sí las bendiciones de Dios. Comenta San Agustín:
«Esto te dice el Señor: Dame y recibe. En el momento debido
te devolveré. ¿Qué devolveré? Me diste poco, recibirás mucho; me diste bienes
terrenos, te devolveré celestiales; me diste temporales, los recibirás eternos;
me diste de lo mío, recíbeme a Mí mismo... Mira a quien prestas. Él alimenta y
pasa hambre por ti; da y está necesitado. Cuando da, quieres recibir; cuando
está necesitado, no quieres dar. Cristo está necesitado cuando lo está un
pobre. Quien está dispuesto a dar a todos los suyos la vida eterna, se ha
dignado recibir de manera temporal en cualquier pobre» (Sermón
38,8).
Y
en otro lugar dice:
«...Así, pues, cuando haces una obra de misericordia, si das
pan, compadécete de quien está hambriento; si le das de beber, compadécete del
que está sediento... Si amamos a Dios y al prójimo, no hacemos nada de esto sin
dolor de corazón... Estas son nuestra buenas obras que confirman nuestro ser
cristiano... Esto os digo que quien siembra escasamente, escasamente recogerá
(2 Cor 9,6). Mas, cuando siembras, es decir, al hacer las obras de
misericordia, siembras entre lágrimas, puesto que te compadeces de aquél a
quien se las haces...» (Sermón 358 A,1-2).
Con
el Salmo 111 proclamamos: «dichoso quien teme al Señor». Pocos
salmos como éste ponen tan de relieve que el justo es un aliado de Dios, que de
todo corazón cumple con la justicia, como Dios es justo: «Dichoso quien
teme al Señor y ama de corazón sus mandatos... Reparte limosna a los pobres, su
caridad es constante, sin falta y alzará la frente con dignidad»
Años pares
2
Reyes 1,6-14: Lo separó un carro de fuego y Elías subió al cielo
. El hombre de Dios desaparece misteriosamente de la vista de los que lo
rodean, arrebatado por el «torbellino», «el carro de Israel y su auriga»,
dejando a Eliseo su espíritu profético para que continúe la obra de Dios. Al
rapto misterioso corresponde un retorno escatológico (Mal 3,23 ss. Eclo 48,10).
El
Evangelio nos aclara que ese retorno escatológico se realiza en Juan Bautista
Son muchos los pasajes evangélicos que lo relacionan con la persona y
actuaciones diversas del profeta Elías (Mt 17,10-13), pero de forma misteriosa
(Jn 1,21.25)... San Juan Bautista realiza la figura de Elías sobre todo en lo
que se refiere a la penitencia (Mt 3,4; 2Re 1,8). San Clemente Romano dice, a
propósito de los dones concedidos por Dios a sus elegidos:
«¡Qué bienhadados y maravillosos, carísimos, son los dones de
Dios! Vida en inmortalidad, esplendor en justicia, verdad en libertad, fe en
confianza, continencia en santificación, y no sólo lo que ahora alcanza nuestra
inteligencia. Pues, ¿qué será lo que está aparejado a los que esperan? Sólo el
Artífice y Padre de los siglos, el TodoSanto, sólo Él conoce su número y su
belleza. Ahora, pues, por nuestra parte, luchemos por hallarnos en el número de
los que esperan, a fin de ser también partícipes de los dones prometidos»
(Carta a los Corintios 35,1-4).
Con
el Salmo 30 proclamamos: «sed fuertes y valientes de corazón los
que esperáis en el Señor». En este salmo encontramos cuatro ideas maestras:
entrega sin límites, entrega activa, entrega a la justicia que salva, Dios no
quiere la adoración de los ídolos.
El
que es constante con los principios de la fe trabajará en el mundo con toda
responsabilidad y dedicación, sin complejos de ninguna clase. Pero no por eso
se verá libre de conjuras humanas. Sin embargo el justo ha puesto su vida en
manos de Dios, a ejemplo de Cristo. En esa entrega total encontrará plena
libertad de espíritu para obrar el bien y una fuente de gozo y alegría que
nadie le podrá arrebatar.
Mateo
6,1-6.16-18: Tu padre, que ve en lo escondido, te recompensará.
Todo ha de ser hecho por amor de Dios: limosna, ayuno, oración... San Juan
Crisóstomo explica:
«Quiere
ahora el Señor desterrar de nosotros la más tiránica de las pasiones: aquella
rabia y furor por la vanagloria que suele precisamente atacar a los que obran
bien. Nada dijo al principio sobre este punto, pues fuera superfluo, antes de
instruirnos sobre nuestros deberes, darnos lecciones sobre cómo habíamos de
cumplirlos. Una vez que nos introdujo en la filosofía, entonces, sí, era momento
de limpiarla de esta peste que subrepticiamente se le infiltra. Porque esta
enfermedad no nace así como así, sino después que hemos ya cumplido mucho de lo
que se nos ha mandado. Tenía, pues, que plantar primero la virtud y destruir
luego aquella pasión que suele corromper su fruto. Y advertid por dónde empieza
el Señor: por el ayuno, la oración y la limosna, pues en estas buenas obras es
donde señaladamente suele anidar la vanagloria» (Homilía 19,1, sobre San
Mateo).
Años impares
2
Corintios 11,1-11: Os anuncié de balde el Evangelio de Dios. San
Pablo se defiende de falsas acusaciones. Estas siempre existirán por causa de
la envidia. Miremos lo que dice San Basilio sobre ellas:
«Así como los buitres, que pasan volando por muchos prados y
lugares amenos y olorosos sin que hagan aprecio de su belleza, son arrastrado
por olor de las cosas hediondas; así como las moscas, que no haciendo caso de
las partes sanas van a buscar las úlceras, así también los envidiosos, no miran
ni se fijan en el esplendor de la vida, ni en la grandeza de las obras buenas,
sino en podrido o corrompido; y si notan alguna falta en alguno como sucede en
la mayor parte de la cosas humanas la divulgan y quieren que los hombres sean
conocidos por sus faltas: (Homilía sobre la envidia 3,2).
Mas como
esto no es posible evitarlo incluso sin hacer mal, como en el caso de San
Pablo, hemos de estar dispuestos a presentar la verdad de los hechos y luego
estar tranquilos, como dice San Gregorio Magno:
«¿Qué importa que los hombres nos deshonren si nuestra
conciencia sola nos defiende? Sin embargo, de la misma manera que no debemos
excitar intencionadamente las lenguas de los que injurian para que no perezcan,
debemos sufrir con ánimo tranquilo las movidas por su propia malicia, para que crezca
nuestro mérito» (Homilía sobre los Evangelios, 3,4).
Con
el Salmo 110 decimos: «Justicia y verdad son las obras de tus
manos, Señor». La fidelidad de Dios permanece para siempre y sus preceptos
siguen siendo fuente de vida y manifestación de su bondad y de su justicia. En
Cristo se manifestó de un modo insuperable la bondad, la fidelidad, la justicia
de Dios y su inmenso amor a los hombres: «Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman. Esplendor y belleza son su obras, su
generosidad dura por siempre; ha hecho maravillas memorables, el Señor es
piadoso y clemente. Justicia y verdad son las obras de sus manos, todos sus
preceptos merecen confianza; son estables para siempre jamás, se han de cumplir
con verdad y rectitud». Es lo que hizo San Pablo ante los Corintios.
Años pares
Eclesiástico
48,1-14: Elogios de Elías y de Eliseo. Es una página lírica dentro
del elogio de los antepasados. Se canta a Elías como un fuego, cuyas palabras
eran horno encendido. Desde la elección de Abrahán el signo del fuego
resplandece en la historia de la salvación (Gén 15,17). En Israel el fuego
tiene sólo valor de signo, que hay que superar para hallar a Dios. En efecto,
cuando Yavé se manifiesta en «forma de fuego», ocurre esto siempre en el
transcurso de un diálogo personal. No es el único símbolo. El fuego divino
desciende entre los hombres en la persona de los profetas, pero entonces se
trata ordinariamente de vengar la santidad divina, purificando o castigando,
como en Moisés, como en Elías que es llamado «una tea ardiente». San Cirilo de
Alejandría dice:
«Este fuego es saludable y útil, por el cual nosotros, que
estábamos fríos y muertos por el pecado y por la ignorancia del verdadero Dios,
somos despiertos para la vida religiosa, y nos hacemos fervorosos en el
espíritu, según dice San Pablo (Rom 12,11); y conseguimos además la
participación del Espíritu, a manera de fuego dentro de nosotros. Fuimos
bautizados en el fuego, en el Espíritu Santo. Es habitual en la Sagrada
Escritura llamar con el nombre de fuego a la enseñanza divina y a la fuerza y
actuación del Espíritu Santo» (Comentario al Evangelio de San Lucas
2,4).
El
Salmo 96 habla precisamente del fuego que abrasa a los enemigos,
de relámpagos que deslumbran el orbe y la tierra se estremece. El reino de Yavé
aparece como la venida de Dios, en toda su majestad, para juzgar al mundo, al
final de los tiempos. Pero este juicio, a primera vista estremecedor, se
convierte en un juicio liberador del justo. Por eso, el cristiano, lejos de
temer, anhela la venida gloriosa del Señor que va a juzgar al mundo; porque ése
es el acto culminante de la obra salvífica. Sin embargo, es un toque de alerta
para que el cristiano expulse valientemente de su corazón tantos ídolos de
aficiones y pasiones desordenadas, que esclavizan y envilecen al hombre. No
podemos olvidar lo que dice el Salmo: «Delante de Él avanza fuego, abrasando en
torno a los enemigos» .
Mateo
6,7-15: La oración del Padrenuestro. Comenta San Juan
Crisóstomo,
«Mirad cómo de pronto levanta el Señor a sus oyentes y desde el
preámbulo mismo de la oración nos trae a la memoria toda suerte de beneficios
divinos. Porque quien da a Dios el nombre de Padre por ese sólo nombre confiesa
ya que se le perdonan los pecados, que se le remite el castigo, que se le
justifica, que se le santifica, que se le redime, que se le adopta como hijo,
que se le hace heredero, que se le admite a la hermandad con el Hijo unigénito,
que se le da el Espíritu Santo. No es, en efecto, posible darle a Dios el
nombre de Padre y no alcanzar todos esos bienes. De doble manera, pues, levanta
el Señor los pensamientos de sus oyentes: por la dignidad del que es invocado y
por la grandeza de los beneficios que de Él habían recibido» (Homilía 19,4,
sobre San Mateo).
Años impares
2
Corintios 11,18.21-30: Tengo la preocupación de todas las comunidades
. San Agustín habla de los trabajos de San Pablo en el apostolado:
«Una vez convertido de perseguidor en
predicador, ¿qué tuvo que soportar? Peligros en el mar, peligros en los ríos,
peligros en la ciudad... (2 Cor 11,26-29). He aquí el perseguidor. Sufre,
aguanta; padeces más que hiciste padecer; pero no te sientas molesto, pues has
cobrado los intereses. Pero, ¿qué esperaba cuando soportaba tales cosas? Cuando
soportaba con valentía todos esos males, por duros y pésimos que fueran, pero
siempre temporales, ardía en amor por las cosas eternas. Cualquier suplicio que
tenga fin es llevadero cuando se promete un premio eterno.
«Y con todo, cuando soportaba eso, ¿no lo soportaba en él y con
él quien nunca desfallece? Decididamente me atrevo a afirmarlo; no era Pablo
mismo quien lo soportaba. Lo soportaba él, porque en su fe así lo quería y, a
la vez, no lo soportaba él, porque en él habitaba la fuerza de Cristo. Cristo
reinaba. Cristo otorgaba las fuerzas. Cristo no lo abandonaba. Cristo corría en
la persona del corredor. Cristo lo conducía hasta la palma» (Sermón 299
C,3).
Con
el Salmo 33 proclamamos: «El Señor libra a los justos de todas
sus angustias». La fe y la justicia no son un seguro que exime al justo de las
espinas de este valle de lágrimas, en la vida ordinaria, en el apostolado, en
todo momento. Quiere decir que Dios lo mira con complacencia; que en Dios tiene
un valedor omnipotente y lleno de amor y que, por tanto, todo terminará en
bien. Así lo explica San Agustín:
«¡Cuántas cosas soporto y nadie me oye! Si me oyera, tal vez,
dices, apartaría de mí la tribulación; grito y soy atribulado. Permanece
constantemente en sus caminos y cuando seas atribulado te oirá... Como las
madres, cuando refriegan a sus hijos en el baño y estos lloran... ¿Crueles? Por
el contrario, son misericordiosísimas, sin embargo, lloran los niños y no se
les perdona. Así también nuestro Dios está lleno de amor; pero parece que no
nos oye, con el fin de sanarnos y perdonarnos para siempre» (Sermón segundo
sobre este Salmo).
Años pares
2
Reyes 11,1-4.9-18.20: Ungió a Joás y todos aclamaron: ¡Viva el Rey!
Renovación de la alianza entre Dios, el rey y el pueblo. Toda la historia de
Israel, ya lo hemos dicho, es la historia de los pactos entre Dios y su pueblo.
El pueblo rompe la alianza por su rebeldía e infidelidad y los reanuda la
infinita misericordia de Dios. Esto también nos atañe a nosotros. Es cierto que
el Pacto hecho con Cristo y sellado con su preciosísima Sangre no puede
romperse jamás. Pero nosotros podemos apartarnos de él por nuestros muchos
pecados.
Si
denuncian los profetas unánimemente la infidelidad de Israel a Dios, si
anuncian las catástrofes que amenazan al pueblo pecador, lo hacen en función
del pacto del Sinaí, de sus exigencias y de las maldiciones que formaban parte
de su temor. San Agustín habla del temor de Dios:
«Ama la bondad de Dios, teme su severidad; una y otra no te
permitirán ser orgullosa. Amando, temerás ofender gravemente al amante y al
amado. Pues, ¿qué ofensa puede haber más grave que desagradar por soberbia a
quien por causa tuya desagradó a los soberbios?... El temor del que habla San
Pablo en Rom 8,15 creo que es el que tenían en el Antiguo Testamento de perder
los bienes temporales que Dios les había prometido, no todavía como hijos dirigidos
por la gracia, sino como a siervos sometidos bajo la ley. Es también el temor
del fuego eterno; pues si se sirve a Dios por evitarlo, no hay todavía perfecta
caridad. Una cosa es el deseo del premio, otra el temor del castigo» (Sobre
la santa virginidad 38).
Con
el Salmo 131 proclamamos: «el Señor ha elegido a Sión, ha deseado
vivir en ella». Dios no se deja vencer en generosidad, a la ruptura de los
pactos por la infidelidad de Israel sigue la reanudación por parte de Dios que
es infinito en amor y en todas sus perfecciones. Dios bendijo a David con una
descendencia eterna, que no es otra que Cristo, el Ungido del Señor, Rey
mesiánico en quien habita la plenitud de la divinidad como en un templo. El
cristiano fiel a la voluntad de Dios es también un templo vivo de Dios. Así se
edifica en este mundo la Jerusalén celestial, la Iglesia, construida como un
inmenso templo de piedras vivas que son los cristianos, edificados sobre la
piedra angular que es Cristo, el descendiente de David (Ef 2,20).
Mateo
6,19-23: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. El
discípulo auténtico de Cristo se desliga de las riquezas terrenas para
amontonar tesoros en el cielo, es decir, ante Dios. Si la mirada del hombre
está fija en Dios, toda su persona es transparente a la luz divina. San Juan
Crisóstomo explica con claridad:
«Por eso, como antes he dicho, añade el Señor otra razón,
diciendo: Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón. Como si
nos dijera: aun cuando nada de lo dicho sucediese, no será menguado el daño que
vas a sufrir, clavado quedarás en lo terreno, hecho de libre esclavo,
desterrado del cielo e incapaz de tener pensamiento elevado. Todo será dinero,
interés, préstamos, ganancias y viles negocios. ¿Puede haber cosa más
miserable? Un hombre así está sometido a una esclavitud más dura que la de
todos los esclavos, y nada hay más triste que haber abdicado de la nobleza y
libertad del hombre. Por más que se te hable, mientras tengas clavado el
pensamiento en el dinero, nada serás capaz de oír de lo que te conviene. Serás
como un perro atado a un sepulcro. Tu cadena la más fuerte de las cadenas
será la tiránica pasión por el dinero: Aullarás contra todos los que se te
acerquen y no tendrás otro trabajo, y continuo trabajo, que el de guardar para vosotros
lo que tienes. ¿Puede haber suerte más miserable?» (Homilía 20,3 sobre
San Mateo).
Años impares
2
Corintios 12,1-10: Muy a gusto presumo de mis debilidades. Habla
San Pablo de su revelaciones, pero también de sus debilidades, que supera por la
gracia de Jesucristo. Comenta San Agustín:
«En cuanto me es posible voy tras las huellas de aquel atleta de
Cristo, es decir, del Apóstol Pablo, que dice: ni yo mismo, hermanos, pienso
haberlo alcanzado. Ni yo mismo (Flp 3,13). ¿Qué ese yo mismo? ¿Yo que trabajo
más que todos ellos? Sé, apóstol, de qué manera pronuncias yo: es una
expresión enfática, no manifestación de orgullo... He trabajado más que todos
ellos. Y como si dijéramos nosotros: ¿Quién? nos responde: Pero no yo, sino la
gracia de Dios conmigo. Así, pues, el que estaba en posesión de tanta gracia de
Dios que, a pesar de haber sido llamado más tarde, trabajó más que los que lo
habían precedido, dice no obstante: Hermanos, ni yo mismo pienso haberlo
alcanzado. Vuelve a aparecer el yo donde indica no haberlo alcanzado. El no
alcanzarlo es resultado de la debilidad humana. En cambio cuando habla de que
fue elevado al tercer cielo.. no dijo yo. ¿Qué dijo entonces? Conozco a un
hombre que hace catorce años... (2 Cor 12,2). Conozco a un hombre... y ese
hombre era el mismo que hablaba, y, como atribuyó a otro lo que había tenido
lugar en él, no faltó» (Sermón 261,3).
Con el Salmo 3 decimos: «gustad y ved qué
bueno es el Señor». Ya lo hemos expuesto. La experiencia mundana parece decir
lo contrario y, sin embargo, esto es, encontrar en Dios todo su gozo. Quien
tiene a Dios tiene lo esencial, aun cuando se viera falto de muchas cosas;
quien no tiene a Dios, aunque tenga abundante riqueza, vive en la más absoluta
indigencia. Dios es el Bien esencial e insuperable. Ante Él palidecen todos los
demás bienes transitorios y perecederos. Por eso dijo el Señor: «Buscad primero
el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt
6,33)
Años pares
Crónicas 24,17-25: Muerte de Zacarías,
hijo del sacerdote Yehoyadá. Cristo lo evocó como precursor de los mártires
cristianos (Mt 23,35). No obstante la infidelidad de los israelitas, Dios es
fiel a sus promesas. Ha sellado una alianza con su elegido. Fundó un linaje
perpetuo davídico y edificó su trono para todas las edades. Sólo en Cristo se
cumplieron plenamente esas promesas. Los hijos de David abandonaron la ley del
Señor, no siguieron sus mandamientos, profanaron sus preceptos... Dios los
castigó, pero no retiró su favor ni desmintió su fidelidad.
El cristiano, como el piadoso salmista, tiene que vivir
de la fe, seguir esperando contra toda esperanza, porque mientras viva en esta
peregrinación terrenal, sabe que no tiene en este mundo una mansión permanente.
Es como un extranjero que vive lejos del Señor (2 Cor 5,6). El Pueblo de Dios y
cada uno de sus miembros es consciente de que en esta vida le quedan duras
etapas que recorrer bajo la incomprensión, injuria y persecución. Pero nuestra
esperanza es firme, pues está puesta en Cristo, que dijo: «si a mí me
persiguieron, también os perseguirán a vosotros».
En el Salmo 88 el salmista hace decir a
Dios: «le mantendré eternamente mi favor. Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David mi siervo: Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono
para todas las edades... Mi alianza con él será estable; le daré una posteridad
perpetua y un trono duradero como el cielo. Si sus hijos abandonan mi ley y no
siguen mis mandamientos, si profanan mis preceptos y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados y a latigazos sus culpas; pero no les
retiraré mi favor ni desmentiré mi fidelidad» .
Mateo 6,24-34: No os agobiéis por el
mañana. Hay que entregarse sin condiciones al servicio del único Amo y
someterse por entero a Aquel que conoce cuanto necesitamos. Ante todo debe
interesarnos la búsqueda del Reino de Dios y su justicia. San Juan Crisóstomo
así lo explica:
«No os preocupéis. Es decir, que, una vez mostrado el daño
incalculable, extiende aún más su mandamiento. Porque no sólo nos manda que
tiremos lo que tenemos, sino que no nos preocupemos siquiera del sustento
necesario... No porque el alma necesite de alimento, pues es incorpórea, sino
que el Señor habla aquí acomodándose al uso común. Pues, si es cierto que ella
no necesita de alimento, no lo es menos que no puede permanecer en el cuerpo si
éste no es alimentado. Y esto dicho, no se contenta con afirmarlo simplemente,
sino que también aquí nos da las razones... Pues el que os ha dado lo más ¿no
os dará lo menos... No es el alimento el que le hace crecer, sino la
providencia de Dios... Si tanta cuenta tiene Dios de los pobres animalillos,
¿cómo no la va a tener con nosotros?» (Homilía 21 2 y 3 sobre San
Mateo).