10ª Semana
Entrada:
«El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de
mi vida: ¿quién me hará temblar? Ellos, mis enemigos y adversarios, tropiezan y
caen» (Sal 26,1-2).
Colecta
(del Misal anterior, retocada con textos del Gelasiano): «¡Oh Dios!, fuente de
todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas, y concédenos, inspirados por ti,
pensar lo que es recto y cumplirlo con su ayuda».
Ofrendas (del Misal anterior, retocada
con textos del Veronense): «Mira complacido, Señor, nuestro humilde servicio,
para que esta ofrenda te sea agradable y nos haga crecer en el amor».
Comunión: «Señor,
mi Roca, mi Alcázar, mi Libertador, mi Fuerza salvadora, mi Baluarte» (Sal
17,3); o bien: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y
Dios en él» (1 Jn 4,16).
Postcomunión (del Misal anterior,
retocada con textos del Gelasiano): «Padre de misericordia, que la fuerza
curativa de tu Espíritu en este sacramento sane nuestras maldades y nos
conduzca por el camino del bien».
Ciclo A
Cristo
vino a llamar a los pecadores. Él es infinitamente misericordioso y no quiere
la muerte del pecador sino que se convierta y se salve. La Misa de hoy nos lo
muestra con el texto evangélico y el del profeta Oseas. Para esto necesitamos
fe, como enseña San Pablo en la segunda lectura, la fe en la muerte y
resurrección del Señor. La liturgia de este Domingo nos enseña a que suba
hasta Dios el homenaje de su amor y su confianza. Dios es la fuente de todo
bien, como se dice en la colecta, y nos ha dado a conocer su ser íntimo: «Dios
es amor».
–Oseas
6,3-6: Quiero misericordia y no sacrificio. San
Agustín explica la importancia del perdón:
«Centraos, hermanos míos, en el amor que la Escritura alaba de
tal manera que admite que nada puede comparársele. Cuando Dios nos exhorta a
que nos amemos mutuamente, ¿acaso te exhorta a que ames solamente a quienes te
amen a ti? Este es un amor de compensación, que Dios no considera suficiente.
Él quiso que se llegara a amar a los enemigos (Mt 5,44-45). Quien te enseñó a
orar es quien ruega por ti, puesto que eras culpable. Salta de gozo, porque
entonces será tu juez quien ahora es tu abogado. Dado que tendrás que orar y
defender tu causa con pocas palabras, has de llegar a aquellas: Perdónanos
nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12) (Sermón
386,1).
–Con el Salmo 49 decimos: «Al que sigue
buen camino le haré ver la salvación de Dios». Este Salmo es algo más que una
simple, pero durísima requisitoria contra la hipocresía de ciertas prácticas
religiosas que carecen de sentido, porque no tienen el aliento vital del
espíritu. El sacrificio que Dios quiere es el de la alabanza, o lo que es lo
mismo, que el hombre integre en sus sacrificios y ofrendas su misma persona,
todo lo que él es.
–Romanos 4,18-25: Fue
confortado en la fe por la gloria dada a Dios. Somos obra de Dios no sólo
en cuanto justos. San Agustín dice:
«Conservemos
esta justificación en la medida en que la poseamos, aumentémosla en la
proporción que requiere su pequeñez para que sea plena... Todo proviene de
Dios, sin que esta afirmación signifique que podamos echarnos a dormir o que nos
ahorremos cualquier esfuerzo o hasta el mismo querer. Si tú no quieres, no
residirá en ti la justicia de Dios. Pero aunque la voluntad no es sino tuya, la
justicia no es más que de Dios. La justicia de Dios puede existir sin tu
voluntad.. Serás obra de Dios, no sólo por ser hombre... Quien te hizo sin ti,
no te santificará sin ti... La participación en los dolores de Cristo será tu
fuerza» (Sermón 169,13).
–Mateo
9,9-13: No he venido a llamar a los justos sino a los
pecadores. La conversión de San Mateo es una gran enseñanza siempre actual.
Todos somos pecadores. Comenta San Efrén:
«Él escogió a Mateo el publicano (Mt 9,9-13) para estimular a
sus colegas a venirse con él. Él ve a los pecadores y los llama, y les hace
sentarse a su lado. ¡Espectáculo admirable; los ángeles están de pie temblando,
mientras los publicanos, sentados, gozan; los ángeles temen, a causa de su
grandeza, y los pecadores comen y beben con Él; los escribas rabian de envidia
y los publicanos exultan y se admiran de su misericordia!
«Los cielos viven este espectáculo y se admiran, los infiernos
lo vieron y deliraron. Satanás lo vio ardiendo de furor, la muerte lo vio y
experimentó su debilidad; los escribas lo vieron y quedaron ofuscados por ello.
Hubo gozo en los cielos y alegría en los ángeles, porque los rebeldes eran
dominados, los indóciles sometidos, los pecadores enmendados, y porque los
publicanos eran justificados. A pesar de las exhortaciones de sus amigos, Él no
renunció a la ignominia de la cruz y, a pesar de las burlas de los enemigos, no
renunció a la compañía de los publicanos. Él ha despreciado la burla y desdeña
las alabanzas, así contribuía mejor a la utilidad de los hombres» (Comentario
sobre el Diatésaron 5,17).
Ciclo B
La victoria de Cristo sobre el demonio había
sido ya profetizada en el comienzo del mundo, cuando vemos a Dios anunciar que,
si bien la mujer ha sucumbido a la tentación, su descendencia aplastará la
cabeza de la serpiente. Por el pecado primero hay miserias y sufrimientos, pero
se superan por la fe en Cristo resucitado, como dice San Pablo en la segunda
lectura de este Domingo. Cristo, en el Evangelio, acosado por la calumnia,
responde a ella proclamando su victoria sobre Satanás
–Génesis
3, 9-15: Establezco enemistades entre ti y la mujer entre tu estirpe y la
suya. San Ireneo explica sobre Jesús, nacido de mujer, Hijo del Hombre:
«Recapitulando
todas las cosas, Cristo fue constituido Cabeza: declaró la guerra a nuestro
enemigo, y destruyó al que en el comienzo nos había hecho prisioneros en Adán,
aplastando su cabeza, como está escrito en el Génesis: “Pondré enemistad entre
ti y la mujer, y entre tu descendencia y la suya: él acechará a tu cabeza y tú
acecharás a su calcañal” (Gen 3, 15). Estaba predicho, pues, que aquel que
tenía que nacer de una mujer virgen y de naturaleza semejante a la de Adán,
tenía que acechar a la cabeza de la serpiente. Esta es la descendencia de la
que habla el Apóstol en la Carta a los Gálatas: “la ley de las obras fue puesta
hasta que viniera la descendencia del que había recibido la promesa” (Gál
3,19). Y todavía lo declara más abiertamente en la misma Carta cuando
dice: “cuando llegó la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, hecho
de mujer” (Gál 4,4).
«El enemigo no hubiese sido vencido de una manera adecuada, si
no hubiese sido hombre nacido de mujer el que lo venció. Porque en aquel
comienzo el enemigo esclavizó al hombre valiéndose de la mujer, poniéndose en
situación de enemistad con el hombre. Y por esto el Señor se confiesa a sí
mismo Hijo del Hombre, recapitulando así en sí mismo aquel hombre original del
cual había sido modelada la mujer. De esta suerte, así como por un hombre
vencido se propagó la muerte en nuestro linaje, así también por un hombre
vencedor podamos levantarnos a la vida. Y así como la muerte obtuvo la victoria
contra nosotros por culpa de un hombre, así también nosotros obtengamos la
victoria contra la muerte gracias a un hombre» (Contra las herejías,
V,21,1-2).
–Con
el Salmo 129 proclamamos: «Desde lo hondo a ti grito». El
cristiano ha de saber aplicarse este salmo a sí mismo, reconociéndose pecador y
sepultado en el abismo de la muerte, que es el pecado. De este abismo sólo la
misericordia de Dios podrá salvarlo, porque sólo de Dios procede el perdón y la
redención completa. Esto le hará ser precavido y temeroso de Dios, consciente
de que el perdón es un acto libre de la misericordia divina y exige la
colaboración del hombre con el arrepentimiento.
–2
Corintios 4,13-5,1: Creemos y por eso hablamos.
«Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno». San León Magno
explica estas palabras:
«Aunque os damos estas exhortaciones y estos consejos,
amadísimos, no es para que despreciéis las obras de Dios o para que penséis que
en las obras que Dios ha creado buenas (Gén 1,18) puede haber algo contrario a
la fe, sino para que uséis con mesura y razonablemente de toda la belleza de
las criaturas y del ornato de este mundo (Gén 2,1), ya que como dice el
Apóstol, “las cosas visibles son temporales, las invisibles eternas” (2 Cor
4,18). Hemos nacido para la vida presente, pero hemos renacido para la vida
futura; no nos entreguemos, pues, a los bienes temporales, sino apliquémonos a
los eternos; a fin de que podamos contemplar más de cerca el objeto de nuestra
esperanza, en el misterio mismo del nacimiento del Señor, lo que la gracia
divina ha conferido a nuestra naturaleza. Escuchemos al Apóstol que nos dice:
“estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se
manifieste Cristo, vida nuestra, entonces os manifestaréis gloriosos con Él”
(Col 3,3-4)» (Sermón 27,6).
–Marcos
3,20-35: Blasfemia contra el Espíritu Santo. San
Agustín comenta a qué se refiere Jesús:
«La blasfemia contra el Espíritu Santo que no se perdonará ni en
este siglo ni en el futuro es la impenitencia. Contra este Espíritu, en efecto,
de quien recibe el bautismo la virtud de borrar todos los crímenes –perdón que
refrenda el cielo–, contra este Espíritu habla, y de modo bien perverso el
impío, ya con la lengua, ya con el corazón, quien, llamado a la penitencia por
la bondad divina, él se va atesorando ira para el día de la ira y para la
revelación del justo juicio de Dios (Rom 2,4-6). Esta impenitencia –nombre
impreciso con el que podemos designar a la vez la blasfemia y la palabra contra
el Espíritu Santo–, no tiene perdón jamás..., esta impenitencia no tiene perdón
alguno ni en este siglo ni en el venidero, por ser la penitencia quien en este
siglo nos obtiene el perdón que ha de valernos en el futuro» (Sermón 71,20).
Ciclo C
La
resurrección del hijo de la viuda de Naín, que relata el Evangelio de hoy es
una prefiguración de la resurrección del mismo Cristo, pero ante todo es un
gesto de piedad por parte del Señor a una madre. El profeta Elías había actuado
de una manera semejante ante la angustia de la pobre viuda de Sarepta, un país
pagano, que le había dado hospitalidad.
–1
Reyes 17,17-24: Tu hijo está vivo. Elías fue aun
entre los paganos el hombre de Dios. Como profeta de Yahvé era también un
instrumento del poder divino sobre la muerte y la vida entre los hombres. Dios
nos ha dado la vida y nos ha dado la gracia divina. Nuestra vida humana es un
don de Dios. Pero más aún lo es nuestra
vida divina por la gracia. Estábamos muertos por el pecado y hemos resucitado
por el perdón otorgado por Cristo. Por eso gozosos cantamos en el salmo
responsorial: «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado».
–El
Salmo 29 es un himno de acción de gracias por la salvación
recobrada; pero podemos recitarlos en sentido individual y colectivo por la
liberación de todo peligro, angustia y dolor. La gran victoria es la que Cristo
obtuvo de la muerte, del pecado, del abismo eterno. El dolor es un misterio,
aun para el mismo creyente, pero en Cristo se ha hecho luz y amanecer radiante
con su gloriosa resurrección. El dolor sufrido con Cristo se hace redentor,
capaz de satisfacer por los pecados propios y por los de todo el pueblo. Con
tal modelo podrá el cristiano resistir firme la prueba, con la fortaleza de la
fe y la seguridad de la esperanza. Esto es una lección para el futuro. Las
pruebas que Dios permite son medios para acercarnos más a Dios (Rom 2,28).
–Gálatas
1,11-19: Se dignó revelar a su Hijo en mí para que yo
lo anunciara a los gentiles. San Juan Crisóstomo se fija en las palabras
con las que San Pablo describe su vida:
«¿Observas cómo señala cada acontecimiento y no se avergüenza?
No se limitó a perseguir a la Iglesia, sino que lo hizo con furia, no sólo fue
tras ella, sino que también la devastó, es decir, intentó apagar a la Iglesia,
destruirla, aniquilarla, hacerla desaparecer, porque eso es lo propio del que
devasta... Para que no creas que se comportaba así por cólera, señala que
actuaba por celo y, aunque no sabía qué hacía, perseguía, no por vanagloria, ni
por odio, sino porque era ‘celoso’ de las tradiciones paternas. Sus palabras
quieren decir lo que sigue: si lo que hice contra la Iglesia no lo hice por
motivos humanos, sino por celo divino, equivocado, pero celo al fin, ¿cómo
ahora corro en favor de la Iglesia y conozco la verdad podría actuar por
vanagloria? Una pasión semejante no se apoderó de mí por error, sino que me
guió el celo de Dios, por lo que ahora, que he conocido la verdad, sería más
justo verme libre de esa sospecha. Al tiempo que pasé a la doctrina de la Iglesia,
me liberé de todo prejuicio judaico, con un celo entonces mucho mayor, lo que,
ya en posesión de un celo divino, es una prueba de haber cambiado realmente. Si
no fuera así, dime: ¿qué otra cosa podría motivar un cambio semejante: ultraje
a cambio de honores, peligros en lugar de tranquilidad, tribulación en lugar de
seguridad? No se trata de nada que no sea amor por la verdad» (Comentario a
la Carta a los Gálatas).
–Lucas
7,11-17: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! La
misión salvadora de Cristo es integral, abarca por igual las almas y los
cuerpos. Es la Resurrección y la Vida (Jn 11,25). San Ambrosio comenta este
pasaje del Evangelio:
«Este pasaje es rico en un doble provecho. Creemos que la
misericordia divina se inclina pronto a las lágrimas de una madre viuda,
principalmente cuando está quebrantada por el sufrimiento y por la muerte de su
hijo único, viuda, sin embargo, a quien la multitud del duelo restituye el
mérito de la maternidad. Por otra parte, esta viuda, rodeada por una multitud
de pueblo, nos parece algo más que una mujer: ella ha obtenido por sus lágrimas
la resurrección del adolescente, su hijo único; es que la Iglesia santa llama a
la vida desde el cortejo fúnebre y desde las extremidades del sepulcro al
pueblo más joven, en vista de sus lágrimas; está prohibido llorar a quien está
reservada la resurrección... Aunque existe un pecado grave que no puede ser
lavado con las lágrimas de tu arrepentimiento, llora por ti la madre Iglesia,
que interviene por cada uno de su hijos únicos; pues ella se compadece, por un
sufrimiento espiritual que le es connatural, cuando ve a sus hijos arrastrarse
hacia la muerte por vicios funestos. Somos nosotros entrañas de sus
entrañas...» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib. V, 89 y
92).
Años impares
–2
Corintios 1,1-7: «Dios alienta hasta el punto de poder
nosotros alentar a los demás». El Apóstol experimenta el consuelo de Dios en la
prueba y alienta a los demás. La participación en los sufrimientos supone la participación
asimismo en el consuelo, esto es, en la gloria. San Agustín dice:
«Nunca faltan persecuciones y el diablo o tiende acechanzas o
maltrata, por eso siempre debemos estar preparados con el corazón fijo en el
Señor y en cuanto nos sea posible, pedirle fortaleza en medio de estas fatigas,
tribulaciones y tentaciones, porque nosotros somos poca cosa o nada. Lo que
podemos decir de nosotros mismos, lo escuchasteis cuando se leyó al apóstol
Pablo: “como abundan, dijo, los sufrimientos de Cristo en nosotros, así también
por Cristo abunda nuestro consuelo” (2 Cor 1,5)... Si nos faltase el
Consolador, desfalleceríamos ante el perseguidor» (Sermón 305,A,5).
El
consuelo es también para nosotros. Por eso cantamos en el salmo responso-rial:
«Gustad y ved qué bueno es el Señor».
–En
el Salmo 33 alaba el salmista a Dios e invita a todos a la
alabanza de Yahvé. La protección divina que el salmista ha experimentado le
llena el corazón de agradecimiento y alegría; pero no como algo pasajero que se
expresa en momentos intermitentes, especialmente dedicados al culto, sino en
todo momento. El sí dado a Dios ha de comprometer toda la vida del creyente,
sus acciones, sus pensamientos. Porque sus relaciones con Dios se fundan en la
dependencia esencial y profunda del mismo existir. Todo creyente y no sólo el
religioso y el místico, debería transpirar a Dios por todos los poros de su
cuerpo. El salmista, posiblemente el rey David, no era anacoreta, sino un
hombre de mundo, con sus limitaciones y fallos, pero fue un creyente sincero
que, inspirado por Dios, trazó magistralmente las coordenadas en las que todo
creyente se debe mover.
San
Agustín ha experimentado la bondad del Señor; por eso dice:
«Ahí tienes su dulzura; paladéala y saboréala, como dice el
salmo: Gustad y ved cuán suave es el Señor. El Señor, en efecto, se te ha hecho
dulce, mas después de haberte liberado. ¡Qué amargura la tuya cuando presumías
de ti mismo! Bebe ahora su dulzura, ella es prenda y anticipo de la dulzura del
cielo» (Sermón 145,5).
Años pares
–1 Reyes
17,1-6: Elías sirve al Señor Dios de Israel. En el
tiempo del rey Ajab, en el Reino del Norte, la reina Jezabel pretende sustituir
la religión por los cultos paganos de su país de origen. El profeta Elías es
elegido por Dios para conservar en toda su pureza la ley de Moisés. Profetiza
al rey la sequía como castigo de la infidelidad del pueblo. Luego, por orden de
Dios, marcha cerca del Jordán y allí Dios lo alimenta milagrosamente. Comenta
San Agustín:
«Por medio de un cuervo alimentó el Señor al profeta Elías. A
quien los hombres perseguían le servían las aves» (Sermón 239,3).
–
Por eso la Iglesia ha puesto a esta lectura como Salmo responsorial el Salmo
120: «el auxilio me viene del Señor».
La
providencia de Dios protege cada uno de nuestros pasos. Esa providencia se ha
hecho visible y tangible en Jesús de Nazaret «pastor y guardián de nuestras
almas» (1 Pe 2,25). Caminando de su mano no hay miedo de perderse ni resbalar
en el camino. Esta providencia paternal de Dios y de Cristo no quita para que vivamos
vigilantes y no descuidemos de poner todos los medios a nuestro alcance para
defendernos del mal, como dice el apóstol San Pedro: «estad alerta y velad,
porque vuestro adversario el diablo anda rondando como león rugiente, y busca a
quien devorar; resistidle firmes en la fe, considerando que los mismos
padecimientos soportan vuestros hermanos dispersos por el mundo» (1 Pe 5,8-9).
–Mateo
5,1-12: Bienaventuranzas. San Juan Crisóstomo explica
este pasaje del Evangelio:
«La muchedumbre no tenía otro afán que contemplar milagros; pero
los discípulos quieren también oír una enseñanza grande y sublime; lo que, sin
duda, movió al Señor a dársela y empezar su magisterio por estos razonamientos.
Porque no curaba el Señor sólo los cuerpos, sino que enderezaba también las
almas. Del cuidado de los unos, pasaba al cuidado de las otras. Con lo que no
sólo era más variada la utilidad, sino que mezclaba la enseñanza de la doctrina
con la demostración de las obras. De este modo también cerraba las bocas
desvergonzadas a los futuros herejes, pues con el cuidado que ponía por una y
otra sustancia de que consta el hombre, nos hace ver que Él es el artífice del
viviente entero. De ahí que su providencia se distribuía por una y otra
naturaleza, alma y cuerpo, enderezando ahora a la una, ahora a la otra...
«Escuchemos con toda diligencia sus palabras. Porque fueron sí,
pronunciadas para los que las oyeron sobre el monte; pero se consignaron por
escrito para cuantos sin excepción habían de venir después. De ahí justamente
que mirara el Señor, al hablar, a sus discípulos, pero no circunscribe a ellos
sus palabras. Las bienaventuranzas se dirigen sin limitación alguna a todos los
hombres» (Homilía 15 sobre San Mateo 1).
Años impares
–2
Corintios 1,18-22: Jesús no fue primero sí y luego no.
En Él todo se ha convertido en un sí. San Pablo se defiende de las falsas
acusaciones. Se fija en Cristo que ha sido el sí de Dios. Somos hijos adoptivos
de Dios y llevamos por la unción un sello impreso en nuestras almas. Se nos ha
dado el Espíritu como prenda de las realidades futuras.
Somos
ungidos por el Espíritu. El bautismo y la confirmación imprimen carácter en el
alma del cristiano, y el Espíritu lo configura como profeta, sacerdote y rey.
Así comenta San Juan Crisóstomo:
«Estos tres tipos de personajes recibían en los tiempos antiguos
la unción que los confirmaba en su dignidad. Nosotros, los cristianos, no
tenemos el beneficio de una de esas tres unciones, sino de las tres a la vez y
de una manera mucho más excelente. Así es, ¿no somos reyes siendo el imperio
del cielo infaliblemente nuestra herencia? ¿No somos sacerdotes, si hacemos a
Dios la consagración de nuestro cuerpo en lugar de víctimas irracionales y
privadas de razón, como dice el Apóstol: “os exhorto a que ofrezcáis vuestros
cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios” (Rom 12,1)? Por último, ¿no
somos profetas si, gracias a Dios, nos han sido revelados secretos que escapan
al ojo y al oído del hombre?» (Homilía sobre II Cor,3).
–Por
eso cantamos en el salmo responsorial: «Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu
siervo». Todo lo que el Salmo 118 canta es el amor de Dios bajo
el aspecto de la ley. Esta viene de una raíz que significa «enseñar». La ley
enseña el camino para ir a Dios. No es una carga pesada con múltiples y
angustiosas normas, sino que es objeto de amor y causa de gozo. El amor a Dios
se expresa, generalmente, en los salmos con el símbolo de la ley que es el
camino que Dios ha puesto para ir a Él. Esta ley aparece bajo diversos
sinónimos. En este caso se manifiesta con el nombre de precepto, que significa
confiar algo a alguien. Los preceptos son todo lo que Dios ha confiado al
hombre: la creación, su destino, su misión concreta... En general: todo lo
manifestado en la Alianza.
Años pares
–1
Reyes 17,7-14: No le faltó el alimento. Sin embargo el
profeta Elías se refugia en la casa de la viuda de Sarepta, tierra pagana, y
allí es alimentado y corresponde con un espléndido milagro: «La orza de harina
no se vació, la alcuza de aceite no se agotó». San Agustín dice:
«Dios alimentaba al santo Elías por medio de un ave; nunca falta
a Dios la misericordia y la omnipotencia para alimentarlo siempre de esta
manera. Sin embargo, lo envía a una viuda para que ella le dé de comer, y no
porque no hubiera otra manera de alimentar al siervo de Dios, sino para que la
viuda piadosa mereciera la bendición» (Sermón 277,1).
–El
Señor hace milagros en favor nuestro si nosotros actuamos según su ley santa.
Hace brillar sobre nosotros la luz de su rostro, como cantamos en el salmo
responsorial Salmo 4, que es una oración de confianza, de
solidaridad en la fe. Esta solidaridad no se circunscribe a lo estrictamente
religioso, sino que ha de estar abierta a toda la dimensión de la persona
humana, creada y llamada por Dios. Nos en-seña el salmo a orar sencillamente y
sin esfuerzos, tratando todos los asuntos a la luz de Dios. El argumento que da
el salmista a los hombres apartados de Dios es el hecho irrefutable de su
propia experiencia: «hizo milagros en mi favor», como en la viuda de Sarepta.
Es como si nos dijera a nosotros: «probadlo y veréis lo maravilloso que es
vivir según el plan de Dios».
–Mateo
5,13-16: Vosotros sois la luz del mundo. Comenta
San Agustín :
«Pero también los apóstoles, hermanos míos, son lámparas del
día. No penséis que sólo Juan era lámpara y que los apóstoles no lo son. A
ellos les dice el Señor: “Vosotros sois la luz del mundo”. Y para que no
pensaran que eran luz como quien es llamado Luz, de quien se dijo: Existía la
luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, a continuación
les mostró cuál era la luz verdadera. Tras haber dicho: Vosotros sois la luz
del mundo, añadió: “Nadie enciende una lámpara y la pone bajo el celemín”.
Cuando dije que vosotros erais luz, quise deciros que erais lámparas. No
exultéis llenos de soberbia, para que no se apague la llama. No os pongo bajo
el celemín, sino que estaréis en el candelero para que deis luz. ¿Cuál es el
candelero para la lámpara? Escuchad cual. Sed lámparas y tendréis vuestro
candelero. La cruz de Cristo es el gran candelero. Quien quiera dar luz que no
se avergüence del candelero de madera...
No habéis podido encenderos vosotros mismos para llegar a ser
lámparas, tampoco habéis podido colocaros sobre el candelero; sea glorificado
quien os lo ha concedido. Escucha, pues, al Apóstol Pablo, escucha a la lámpara
que exulta de gozo en el candelero: “lejos de mí, dice, lejos de mí”,
¿qué?: “ gloriarme a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gál 6,14).
Mi gloria está en el candelero; si me lo retiran me caigo... Vuestra alabanza
es vuestra disposición. Esté crucificado el mundo para vosotros; crucificaos
para el mundo. ¿Qué quiero decir? No busquéis la felicidad en el mundo;
absteneos de ella. El mundo halaga; precaveos de él como de un corruptor; el
mundo amenaza; no le temáis en cuanto opugnador. Si no te corrompen ni los
bienes ni los males del mundo, el mundo está crucificado para ti y tú para el
mundo. Pon tu gloria en estar en el candelero, conserva siempre, oh lámpara, tu
humildad en el candelero para no perder tu resplandor. Cuida que no te apague
la soberbia. Conserva lo que has hecho, para gloriarte en tu Hacedor» (Sermón
289, 6).
Años impares
–2
Corintios 3,4-11: Nos ha hecho servidores de una nueva
Alianza, no basada en pura letra, sino en el Espíritu. Los misterios del
Nuevo Testamento superan los del Antiguo. Estos estaban apegados a la letra,
mas los del Nuevo lo son del Espíritu. Por eso brillan más que aquéllos. San
Agustín dice:
«Esto es un don de la gracia; mediante la virtud septiforme
actúa el Espíritu Santo en los amados de Dios, para que la ley tenga alguna
fuerza en ellos. En efecto, si quitas el Espíritu, ¿para qué sirve la ley? Hace
a uno trasgresor; por eso se dijo: “la letra mata” (2 Cor 3,6). Manda pero nada
hace. No mataba antes de ordenársete, y si la Providencia te tenía como
pecador, no te tenía como trasgresor. Se te ordena algo y no lo haces, se te
prohíbe otra cosa y la haces: he aquí que la letra mata» (Sermón 250,3).
Si
el código de la ley se inauguró con gloria –no podían ver el rostro iluminado
de Moisés– si lo caduco tuvo su esplendor, lo que permanece será más
esplendoroso.
–«Santo
es el Señor nuestro Dios». Así cantamos con el Salmo 98, con el
que proclamamos la santidad de Dios que trasciende a todo y que está por encima
de las cosas creadas y contingentes, que no tiene nada que ver con los ídolos,
que son creación humana. Celebramos al Dios excelso y santo por antonomasia,
que tiene una santidad ontológica y esencial y se manifiesta en que ama la
justicia y establece la rectitud.
La
santidad de Dios se manifiesta al hombre en la cercanía. De ahí que tras la
alusión a la Alianza, se haga mención de los tres grandes mediadores del
Antiguo Testamento: Moisés, Aarón y Samuel. Realmente fueron hombres que
vivieron en una gran intimidad con Dios; pero el cristiano tiene un privilegio
mayor y es que puede conocer al Dios trascendente y santo descendido a la condición
humana y hecho uno de nosotros, para ser modelo de santidad palpable y camino
visible para llegar a la santidad de Dios: Cristo, el Santo de Dios. La
santidad invisible del Dios trascendente se ha hecho visible y cercana en
Cristo Jesús. Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29).
Brilló esplendorosamente en la Transfiguración y en la Resurrección.
Años pares
–1
Reyes,18,20-39: Que sepa esta gente que Tú eres
el Dios verdadero y que Tú les cambiarás el corazón. Elías refuta a los sacerdotes
de Baal..
La
enseñanza de todo este relato la encontramos en el salmo responsorial (Salmo
15), que manifiesta una total opción por Yahvé, dejando a un lado, abatidos y
humillados, a todos los baales que se puedan presentar al hombre. Elías hizo su
sacrificio y Dios lo aceptó y mostró la falsedad de los que adoran ídolos
inertes.
–Sin
un Dios vivo, eterno, trascendente, Dios de Amor y de Fidelidad que llama al
hombre a la existencia y le promete una vida sin término, no tiene sentido la
vida ni la historia de los hombres. Con Dios, en cambio, la vida adquiere un
sentido, porque queda abierta a la trascendencia y a la esperanza, aun después
de la muerte. Esta intuición mística con la que el Salmo 15
termina, ya está como en semilla, cuando el salmista reflexiona sobre la fría
realidad de lo que es un mundo sin Dios: «Multiplican estatuas de dioses
extraños...» Pero, todo son obra de sus manos que morirán con ellos y no podrán
salvarlos de nada, porque nada son...
Los
ídolos modernos son distintos; pero todos tienen de común que son creaciones
humanas... Son incapaces de abrir un horizonte de esperanza en un más allá sin
término, que responda a las íntimas e innatas aspiraciones de la humanidad. Si
no hay un Dios Creador de todo, ¿quién podrá hablar de fraternidad, o de
sacrificios por el pobre, el oprimido, el marginado? Sólo Dios puede inspirar
esos sentimientos de fraternidad. Él es el Padre de todos. Todos somos sus
hijos y hermanos unos con otros.
–Mateo
5,17-19: No he venido a abolir, sino a dar plenitud. La ley
llegó a su más pleno desarrollo en la interpretación y culminación que le dio
Cristo. San Juan Crisóstomo explica que Él cumplió la Ley y la llevó a su
perfección:
«¿Y cómo no destruyó Cristo la ley y cómo cumplió a par de los
profetas? Los profetas ante todo, porque con sus obras confirmó cuanto aquéllos
habían dicho de Él... En todo se cumplió alguna profecía. Todo lo cual hubiera
quedado incumplido si Él no hubiera venido. En cuanto a la ley, no la cumplió
de una sola manera, sino de dos, y hasta de tres maneras. Primero, por no haber
traspasado ninguno de sus preceptos. Así, que los cumplió todos, oye cómo lo
dice a Juan: “de este modo nos conviene cumplir toda justicia” (Mt 3,15). Y a
los judíos les decía: “¿Quién de vosotros me convencerá de pecado?” (Jn
8,40). Y otra vez a sus discípulos: “Viene el príncipe de este mundo y nada
tiene que ver conmigo” (ib. 14,30). Y de antiguo había dicho el profeta:
“Él no cometió pecado” (Is 53,9). He ahí el primer modo como cumplió el Señor
la ley. El segundo fue haberla cumplido por nosotros. Porque ahí está la
maravilla, que no sólo la cumplió Él, sino que nos concedió también a nosotros
gracia para cumplirla. Es lo que Pablo declaró cuando dijo: “el fin de la ley
es Cristo, para justicia de todo creyente” (Rom 10,4)... Mas si lo examinamos
con diligencia, aun hallaremos un tercer modo como Cristo cumplió la ley. ¿Qué
modo es éste? La misma ley suya que estaba ahora por proclamar. Porque lo que
Él dice no es derogación, sino su perfección y complemento» (Homilía 16
sobre San Mateo 2 y 3).
Años impares
–2 Corintios
3,15–4,1.3-6: Dios ha brillado en
nuestros corazones, para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de
Dios. Al revelar Cristo el verdadero alcance del Antiguo Testamento retira
el velo que lo encubría. Los que creen en Cristo se transforman de día en día a
imagen de la gloria esplendorosa del resucitado. San Agustín dice:
«Se quita el velo, no Moisés; el velo, no la ley. Y ved cómo a
la venida del Señor se quita el velo. Cuando fue colgado del madero, el velo se
rasgó. ¡Oh misterio grande! ¡Oh símbolo inefable! Crucifican los trasgresores
de la ley, y los secretos de la ley muéstranse de manifiesto. ¿No fue la cruz
como una llave? Ella sujetó al Señor y soltó lo encerrado. Mas, aun rasgado el
velo, tienen los judíos el velo echado sobre su rostro... Pudieron ellos tener
la ley escrita en piedra. !Oh! Si la tuviesen grabada en el corazón, estarían
con nosotros. Tengamos nosotros, hermanos, la ley en el corazón y probémoslo no
con alabanzas verbales, sino con obras buenas... Véase vuestro fruto, góceme yo
en vuestras obras. No puedes tú decir al enfermo: Levántate y anda; mas sí
puedes decir: Hasta que te levantes de tu lecho toma y come. No puedes tú sanar
al enfermo, mas bien puedes vestir al desnudo. Haz lo que puedas que Dios no ha
de pedirte lo imposible» (Sermón 125,A,3).
–Con
el Salmo 84 decimos: «La gloria del Señor habitará en nuestra
tierra». La vemos con la cara descubierta y reflejamos la gloria del Señor y
nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente. San Agustín
comenta:
«Cantad y edificad; cantad y cantad bien. Anunciad el día del
día, su salvación. Anunciad el día del día, su Cristo. Pues, ¿cuál es su
salvación sino su Cristo? Esta salvación es la que pedimos en el Salmo:
“muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (Sal 84, 8). Esta
salvación deseaban los antiguos justos, de los que decía el Señor a sus
discípulos: “Muchos quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no pudieron”
(Lc 10,24).
«Y danos tu salvación. Esto dijeron aquellos justos: Danos tu
salvación, es decir, que veamos a tu Cristo mientras vivimos en esta carne.
Veamos en la carne a quien nos libre de la carne; llegue la carne que purifica
la carne; sufra la carne y redima el alma y la carne. Y danos tu salvación, Con
este deseo vivía aquel Santo anciano y lleno de méritos divinos, Simeón, decía
también: Muéstranos, Señor tu misericordia y danos tu salvación. A este deseo y
a estas preces recibió como respuesta que no gustaría la muerte hasta que no
viera al Cristo del Señor» (Sermón 163,4).
Y en otro lugar: «La verdad ha brotado de la tierra. ¿Qué
beneficio nos ha aportado? “La verdad ha brotado de la tierra y la justicia ha
mirado desde el cielo” (Sal 84,10). Estabas dormido y vino hacia ti, roncabas y
te despertó; te hizo un camino a través de sí para no perderte a ti. Puesto que
la verdad ha brotado de la tierra, por eso nuestro Señor Jesucristo nació de
una Virgen: la justicia ha mirado desde el cielo para que los hombres tuvieran
justicia, no propia, sino de Dios» (Sermón 189,2).
Años pares
–1
Reyes 18,41-46: Elías oró y el cielo dio su lluvia.
La conversión del pueblo de Israel al verdadero Dios y la oración del profeta
atrajeron la misericordia de Dios. La sequía cesó por la oración de Elías.
Sobre el poder de la oración escribe Orígenes:
«Un cristiano, por ignorante que sea, está persuadido de que
todo lugar es parte del universo y todo el mundo templo de Dios. Y, orando en
todo lugar, cerrados los ojos de la sensación y despiertos los del alma,
trasciende el mundo todo. Y no se para ante la bóveda del cielo, sino que llega
con su pensamiento hasta el lugar supraceleste, guiado por el espíritu de Dios.
Y, como si se hallara fuera del mundo, dirige su oración a Dios, no sobre cosas
cualesquiera, pues ha aprendido de Jesús a no buscar nada pequeño, es decir,
nada sensible, sino sólo lo grande y de verdad divino, aquellos dones de Dios
que nos ayudan a caminar hacia la bienaventuranza que hay en Él mismo, por
medio de su Hijo, el Logos de Dios» (Contra Celso 7,44).
–Con
el Salmo 64 proclamamos: «Oh Dios, tú mereces un himno en Sión».
Dios es providente con el hombre. Le da las lluvias a su tiempo y así, de toda
la tierra, de los páramos y de las colinas, de los valles y de las praderas
vestidos de mieses, se eleva como un resplandor de alegría que canta y aclama
la bondad de Dios. Es la espiritualidad de la naturaleza tan cercana e
inmediata al hombre, la que hay que descubrir. Porque todo lo que nos rodea es
un don de Dios. Los santos, a través de la creación, se remontaban a la
contemplación para alcanzar el amor, como hacía San Ignacio de Loyola. Pero,
sobre todo, hemos de mirar el orden sobrenatural de Dios. San Jerónimo
recordaba que las cosas materiales pueden tener un sentido espiritual que las
completa. Así el agua, la fuente, la sed, los frutos... son símbolos de otra
agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4,14), de otra sed que sólo puede saciar
Cristo (Jn 7,37-39), de otros frutos que pueden llegar al ciento por uno (Mt
13, 8). Por esto y otros muchos bienes materiales y espirituales, que recibimos
de Dios hemos de cantar con el salmista: «Oh Dios, Tú mereces un himno en
Sión».
–Mateo
5,2026: Todo el que está peleado con su hermano será
procesado. Cristo promulgó la nueva ley, que completa y perfecciona la
antigua. De este modo el espíritu de hombre se perfecciona por la doctrina de
Cristo. San Juan Crisóstomo lo expone así:
«Mas no se detiene el Señor en lo ya dicho, sino que añade
muchas cosas más, por las que nos demuestra cuánta cuenta tiene de la caridad.
Ya nos ha amenazado con el juicio, con el concejo y hasta con el infierno; y
ahora añade otra cosa muy en consonancia con todo lo dicho: Si ofreces tu
ofrenda sobre el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti,
deja tu ofrenda delante del altar y marcha a reconciliarte primero con tu
hermano y entonces ven y ofrece tu ofrenda. ¡Oh bondad, oh amor que sobrepuja
todo razonamiento! El Señor menosprecia su propio honor a trueque de salvar la
caridad; con lo que nos hace ver de paso que tampoco sus anteriores amenazas
procedían de desamor alguno para con nosotros, ni deseo de castigo, sino de su
mismo inmenso amor» (Homilía 16,9 sobre San Mateo).
Años impares
–2
Corintios 4,7-15: Quien resucitó a Jesús, también con
Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. El ministerio de San
Pablo se realiza en medio de sufrimiento, pero esta unión con la muerte de
Cristo manifiesta su vida, tanto en lo referente al mismo Apóstol cuanto en los
demás fieles. Pero llevamos los dones de Dios en vasos de barro. Explica San
Agustín:
«¡Admirable bondad la de Dios que nos otorga un don igual a Él
mismo! Su don es el Espíritu Santo. Y el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo
son un Dios único: la Trinidad. Y ¿qué bien nos trajo el Espíritu Santo?
Oyéselo al Apóstol: EL amor de Dios ha sido derramado en vuestros
corazones. ¿De dónde, oh mendigo, te vino ese amor de Dios derramado en tu corazón?
¿Cómo ha podido este amor divino ser derramado en el corazón del hombre?
Tenemos, dijo el Apóstol, el tesoro éste en vasos de barro. ¿A qué fin en vasos
de barro? Para que resalte la fuerza de Dios (2 Cor 4,7). Habiendo por último
dicho: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, y, al objeto de
que no se atribuya nadie a sí mismo el amar a Dios, añadió: Por el Espíritu
Santo que nos fue dado. Luego para que tú ames a Dios es necesario que more
Dios en ti, que su amor te venga de Él, es decir, que recibas su moción, ponga
en ti su fuego, te ilumine y levante a su amor» (Sermón 128,4).
–Por
todo eso ofrecemos al Señor un sacrificio de alabanza y lo hacemos con el Salmo
115: «Tenía fe, aun cuando dije: qué desgraciado soy. Yo decía en mi apuro:
los hombres son unos mentirosos. Mucho cuesta al Señor la muerte de su fieles.
Señor yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas. Te ofreceré un
sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré mis votos, en presencia
de todo el pueblo».
Años pares
–1
Reyes 9,9.11-16: Aguarda al Señor en el monte. Elías amenazado
de muerte por Jezabel, huye hasta el monte santo –el Horeb–, en donde Dios se
manifestó en otro tiempo a Moisés, como el único y verdadero Dios. Ahora se
aparece a Elías en medio de un susurro, de una brisa ligera, símbolo de la
intimidad de Dios para con su pueblo.
–San
Agustín explica el Salmo 26:
«El ansia de Dios se ha de manifestado muchas veces en las
Sagradas Escrituras sobre todo en los Salmos: “Tu rostro buscaré Señor, no
me escondas tu rostro” (Sal 26). Esto es en definitiva lo único que importa al
salmista, porque quien ha afirmado por la fe que Dios es su vida, su alegría,
su defensa, su camino, sabe por la fe que Dios no le puede faltar. Al lado de
Dios todo se desvanece, incluso la angustia mortal.
«“Tu rostro buscaré, Señor”. Nada puede decirse más excelente.
Esto lo perciben lo verdaderos amantes. Quizá alguno quisiera ser feliz e
inmortal, se ha escrito, en aquellos placeres de las concupiscencias terrenas
que ama. Pero tú, ¿qué dirías si te hiciera inmortal en estos deleites y deseos
de alegrías eternas? Tal amador respondería: No los quiero. Todo lo que existe
fuera de Él no es deleite para mí. Quíteme el Señor todo lo que quiera darme. Déseme
Él.
«Dígale, pues, nuestro corazón: He buscado tu rostro; no apartes
de mí tu faz. Sea ésta su respuesta: “quien me ama guarda mis mandamientos;
quien me ama será amado por mi Padre y también yo lo amaré y me mostraré a él”
(Jn 14,21). Sin duda alguna le estaban viendo con los ojos aquellos a quienes
decía esto y escuchaban con sus oídos el sonido de su voz, y en su corazón
humano pensaban que era sólo un hombre; pero a quienes le amaban les prometió
mostrárseles a Sí mismo, es decir, lo que jamás el ojo vio, ni el oído oyó, ni
llegó al corazón del hombre. Hasta que esto suceda, hasta que nos muestre lo
que nos basta, hasta que bebamos y nos saciemos de Él, fuente de vida;
mientras, caminando en la fe, peregrinamos hacia Él, mientras sentimos hambre y
sed de justicia y deseamos con indecible ardor la hermosura de la forma de Dios
(Sermón 194,4).
–Mateo
5,27-32: Nuestro Señor se dirige a todos los hombres y
condena además el acto interno, aunque no vaya acompañado de efectos externos.
El lenguaje enérgico con que nuestro Señor advierte contra la ocasión de pecar
no se ha de tomar literalmente: el ojo izquierdo, por ejemplo, supone tanto
peligro como el derecho. Las expresiones: «ojo derecho» y «mano derecha»
significan evidentemente todo lo que nosotros tenemos de más querido. Si estos
constituyen un obstáculo en la senda moral deben ser apartado de nosotros.
Comenta San Juan Crisóstomo:
«Una vez
que nos mostró el Señor el daño de que de ahí se sigue, pasa adelante y
encarece la ley, mandándonos cortar y extirpar y arrojar lejos de nosotros lo
que nos escandalice. ¡Y eso nos ordena el que mil veces nos ha hablado de su
amor! Con lo que has de caer en la cuenta, por uno y otro lado, de su
providencia y cómo en todo y por todo busca tu provecho» (Homilía 17,3 sobre
San Mateo).
Años impares
–2
Corintios 5,14-21: Al que no había pecado Dios le hizo
expiar nuestros pecados. «Nos apremia el amor de Cristo, que murió para
salvarnos a todos y nos reconcilió con Dios». San Gregorio Nacianceno explica
estas palabras de San Pablo:
«Jesús, que desde el principio acogió a los pecadores, deja el
suyo, para ir de un lugar a otro (Mt 19,1). ¿Con qué fin? No sólo para ganar
mayor número de hombres para el amor de Dios, frecuentando su trato, sino
también, a mi parecer, para santificar un mayor número de lugares. Para el
judío se hizo judío, para ganar a los judíos; para ganar a los que estaban bajo
la ley, se sujetó a la ley, con los débiles se hizo débil, a fin de salvar a
los débiles, se hizo todo a todos para ganarlos a todos (1 Cor 9,19-23).
«¿Por qué digo a todos, mientras Pablo dice a algunos, hablando
de sí mismo? Porque yo pienso que el Salvador ha sufrido más. En efecto, no
sólo se hizo judío, no sólo aceptó los nombres más absurdos e injuriosos, sino
también, y es más absurdo, Él se hizo pecado (2 Cor 5,21). Ciertamente Él no lo
es (Gál 2,17), pero recibió el nombre. ¿Cómo podría Él ser pecado el que nos
libra del pecado (Rom 6,18-22)? ¿Y como será maldición el que nos rescató de la
maldición de la ley (Gál 3,13)? Pero Él llega hasta eso para hacernos ver qué
es la humildad y mostrarnos la medida de esa humildad que nos ha merecido la
exaltación (Lc 14,11). Como hemos dicho llega a pecado y desciende al nivel de
todos, echa el anzuelo a todos para sacar el pez del fondo del mar, el que nada
entre las olas agitadas y salobres de la vida del hombre» (Sermón 37,1).
–Con
el Salmo 102 proclamamos: «el Señor es compasivo y
misericordioso». El amor de Dios eclipsa a su majestad de juez. El Dios
infinitamente grande se inclina como un padre sobre aquellos que se convierten
a Él. Cristo es la manifestación visible de la invisible bondad de Dios, como
dice San Pablo en la Carta a Tito (3,4-7). Allí encontramos la mejor definición
que podría encontrarse de Cristo. Comenta San Agustín:
«No nos ha tratado en conformidad con nuestras obras. En efecto,
somos hijos. ¿Cómo lo probamos? El Hijo único, para no seguir siendo
único, murió por nosotros. No quiso ser único, quien murió siendo único. A
muchos hizo hijos de Dios el Hijo único de Dios. Con su sangre compró hermanos;
siendo Él reprobado los aprobó, vendido los rescató, ultrajado los honró,
muerto los vivificó» (Sermón 131,5).
Años pares
–1
Reyes 19,19-21: Elías llama a Eliseo con un gesto
profético. Con razón la vocación de Eliseo y su entrega absolutamente ha
sido siempre un modelo de la obediencia que hemos de dar a toda llamada del
Señor.
Los
relatos sobre la vocación son, en muchas ocasiones, las páginas más
impresionantes de la Biblia, como ya se ha expuesto en otras ocasiones al
tratar de la vocación. Lo mismo podemos decir de los Santos Padres.
La
vocación es el llamamiento que Dios hace al hombre, directamente o por medio de
otros, que ha escogido y que destina a una obra particular de salvación. Es un
llamamiento personal dirigido a la conciencia más profunda del hombre y que
modifica radicalmente su existencia, haciéndolo otro hombre.
La llamada
de Dios debe tener una correspondencia pronta, sin dilaciones. Dios tiene
siempre unos planes más elevados: para el llamado y para los que aparentemente
saldrían perjudicados por su marcha. Cuando Dios llama, ése es el momento más
oportuno, aunque aparentemente, miradas las cosas con ojos humanos, puedan
surgir razones que dilaten la entrega. Dice Suárez:
«Si Dios nos ha elegido, entre una infinidad de criaturas
posibles para desempeñar una misión en la creación, esto es un hecho que
nosotros no podemos cambiar y ante el cual la única actitud digna de un hombre
es la aceptación tal cual es, porque ni depende de nosotros, ni dejará de ser
así porque pretendamos ignorarlo» (La Virgen Nuestra Señora 81).
–La
Iglesia en su liturgia lo expone con el Salmo 15: «Tú eres,
Señor, el lote de mi heredad». No se trata de alguien que busca refugio en
Dios, y pide fortaleza para permanecer siempre contra todas las dificultades en
esta fidelidad primera. Esta es la opción de todo creyente verdadero que la
hizo para siempre. Pero el peligro existe. Son muchos los ídolos que se
presentan en su vida para alejarlo del camino emprendido: el dinero, el placer,
el poder, los honores... por esto exclama: «Protégeme, Dios mío, que me refugio
en Ti»
–Mateo
5,33-37: Yo os digo que no juréis en absoluto. La verdad y la
sinceridad de la propia palabra tiene que ser suficiente para que nos
consideren dignos de crédito. San Agustín expone su propia experiencia:
«Un juramento en falso no es un pecado sin importancia; al
contrario, el jurar en falso es pecado tan grande que el Señor prohibió todo
juramento, para evitar el juramento en falso» (Sermón 307,2).
En otro lugar dice: «También yo juraba a cada momento:
también yo tuve esta costumbre horrible y mortal. Lo confieso a vuestra
caridad. Desde que empecé a servir a Dios y vi el mal que encierra el perjurio,
se apoderó de mí un fuerte temor y con él frené tan arraigada costumbre. Una
vez frenada, se la contiene; contenida, languidece; languideciendo, muere; y la
mala costumbre deja lugar a la buena» (Sermón 180,10).
Esto
nos obliga a ser siempre sinceros. La sinceridad es una virtud cristiana por
excelencia porque está relacionada íntimamente con la verdad y Jesucristo nos
dijo que Él era la Verdad. La sinceridad del Señor fue reconocida por su
propios enemigos (cf. Mt 22,15ss.). A veces nos da miedo la
verdad, porque es exigente y comprometida.
Muy
relacionada con la sinceridad está la sencillez, consecuencia de vivir la vida
de infancia espiritual. El alma sencilla no se enreda ni se complica
inútilmente por dentro. Se oponen a la sencillez la afectación y la
oficiosidad, posturas superficiales, por las que el hombre se deja llevar
movido por fórmulas o actitudes vacías, o por simple imitación de otras
personas. Se oponen también la pedantería, la jactancia y la hipocresía.
Casiano dice:
«Son más peligrosos y más difíciles de remediar los vicios que tienen apariencia de virtud y se cubren con la apariencia de cosas espirituales, que los que tienen claramente por fin el placer sensual. A estos, en efecto, como las enfermedades que se manifiestas con claridad, puede atacárseles de frente y se les cura al instante. Los otros vicios, en cambio, paliados con el velo de la virtud, permanecen incurables, agravando el estado de los pacientes y haciendo desesperar el remedio» (Colaciones,4).