Entrada: «El Señor fue mi apoyo; me sacó de un lugar espacioso, me libró,
porque me amaba» (Sal 17,19-20).
Colecta (del Misal anterior, retocada con el Veronense): «Concédenos tu
ayuda, Señor, para que el mundo progrese según tus designios, gocen las
naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirle con una
entrega confiada y pacífica».
Ofertorio (Veronense): «Señor, Dios nuestro, tú mismo nos das lo que hemos de
ofrecerte y miras esta ofrenda como un gesto de nuestro devoto servicio;
confiadamente suplicamos que lo que nos otorgas, para que redunde en mérito
nuestro, nos ayude también a alcanzar los premios eternos».
Comunión: «Cantaré al Señor por el bien que me ha hecho, entonaré himnos al
Dios Altísimo» (Sal 12,6). «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo» (Mt 28,20).
Postcomunión (Veronense): «Alimentados con los dones de la salvación, te pedimos,
Padre de misericordia, que por este sacramento con que ahora nos fortaleces,
nos hagas un día partícipes de la vida eterna».
Ciclo A
Hemos de utilizar los bienes temporales de modo que no perdamos los
eternos. Ése es el espíritu cristiano, que se opone a la mentalidad del mundo,
materialista, hedonista y consumista, y que supera con la gracia divina.
–Isaías 49,14-15: Aunque tu madre te olvide, yo no te
olvidaré. La providencia permanente de Dios sobre nosotros es un gran
misterio. Es el ejercicio de un amor entrañable, que supera infinitamente
nuestra misma capacidad de comprensión. El Señor jamás nos olvida. Israel,
estando en el exilio, se sintió como olvidado y abandonado de Yahvé. Pero el
Señor, por sus profetas, le hace ver lo contrario: es imposible que una madre
olvide a su hijo; pero aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré, dice el Señor.
A la luz de esa fe, Casiano ve que todo es providencia amorosa de Dios:
«Conviene que creamos con una fe incondicional que nada acontece en el
mundo sin la intervención de Dios. Debemos reconocer, en efecto, que todo
sucede o por su voluntad o por su permisión. El bien, por su voluntad, mediante
su ayuda; el mal por su permisión» (Colaciones 3,20).
En la Carta de Bernabé leemos:
«Cualquier cosa que te suceda recíbela como un bien, consciente de que
nada pasa sin que Dios lo haya dispuesto»
(19).
–Es lo que confesamos en el Salmo 61: «Sólo en Dios
descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación; sólo Él es mi Roca y mi
salvación, mi alcázar. No vacilaré».
–2 Corintios 4,1-5: El Señor manifestará los
designios de cada corazón. El amor providente de Dios se ha servido de
otras criaturas para nuestra salvación; pero es siempre Él quien nos salva y
nos juzga. Él nos habla y nos guía por medio de sus enviados, que han de ser
fieles al mensaje recibido. Escribe San Jerónimo:
«Cuando el pueblo sea llevado al cautiverio, porque no tuvo ciencia, y
perezca de hambre y arda de sed, y el infierno agrande su alma; cuando bajen
los fuertes y los altos y gloriosos a lo profundo, y sea humillado el hombre, y
haya recibido conforme a sus méritos, entonces el Señor será exaltado en el
juicio, que antes parecía injusto; y Dios santo será santificado por todos en
la justicia...
«Por eso debemos cuidar de no adelantarnos al juicio de Dios, juicio
grande e inescrutable, y del cual dice el Apóstol: “inestimables son sus
juicios e imposibles de conocer sus caminos” (Rom 11, 35). “Él iluminará las
cosas ocultas en las tinieblas y abrirá los pensamientos de los corazones” (1
Cor 4,5)» (Comentario sobre el profeta Isaías 3,6).
–Mateo 6,24-34: No os angustiéis por el mañana.
El verdadero cristiano se distingue del pagano en que éste ignora el amor
providente del Padre, y aquél en cambio vive confiado en su insondable
providencia amorosa, solo empeñado en ser fiel a los planes divinos de
salvación. Comenta San Juan Crisóstomo:
«Una vez, pues, que por todos estos caminos nos ha mostrado el Señor
la conveniencia de despreciar la riqueza –para guardar la riqueza verdadera, la
felicidad del alma, para la adquisición de la sabiduría y para la seguridad de
la piedad–, pasa después a demostrarnos que es posible aquello mismo a que nos
exhorta. Porque éste es señaladamente oficio del buen legislador; no sólo
ordenar lo conveniente, sino hacerlo también posible.
«Por eso prosigue el Señor diciendo: “no os preocupéis... sobre qué
comeréis”. No quiso que nadie pudiera objetarle: “¡Muy bien! Si todo lo
tiramos, ¿cómo podremos vivir?” Contra semejante reparo va ahora el Señor a
decir muy oportunamente: “no os preocupéis”... Si de lo que fue criado por amor
nuestro tiene Dios tanta providencia, mucho mayor la tendrá de nosotros mismos.
Si así cuida de los criados, mucho más cuidará del señor... No dijo el Señor
que no haya que sembrar, sino que no hay que andar preocupados; no que no haya
que trabajar, sino que no hay que ser pusilánimes, ni dejarse abatir por las
inquietudes. Sí, nos mandó que nos alimentáramos, pero no que anduviéramos
angustiados por el alimento» (Homilía 21,2 y 3).
Ciclo B
El Verbo divino, encarnándose y uniéndonos a su Cuerpo místico, nos ha
mostrado un amor inmenso. San León Magno dice:
«El que es Dios verdadero nace como hombre verdadero, sin que falte
nada a la integridad de la naturaleza humana, conservando la totalidad de la
esencia que le es propia, y asumiendo la totalidad de nuestra esencia humana,
la que fue plasmada en nosotros por el Creador, y que Él asume para
restaurarla» (Carta 28,3-4).
Cristo, sin dejar de ser Dios, nos ha amado con un corazón de hombre,
y así nos sigue amando, de todo corazón. El amor con que nos elige y nos toma
es tan profundo que halla su mejor imagen en la unión del amor conyugal.
–Oseas 2,14.15.19-20: Me casaré contigo en matrimonio
perpetuo. La Antigua Alianza surge de un designio amoroso de Dios, que
quiere unirse a su Pueblo como el esposo con su esposa. Las infidelidades de
Israel no impiden que el Señor consume su designio, estableciendo una Alianza
definitiva con su Pueblo en el Corazón de su Hijo muy amado.
La sugestiva imagen del amor esponsal de Dios aparece muchas veces en
los profetas. En realidad, es una expresión más de la verdad fundamental que
atraviesa toda la Sagrada Escritura, que se afirma en todas sus páginas: el
amor que Dios tiene a los hombres. Dice Orígenes:
«Hay aquí una enseñanza para las almas, que te instruye y te enseña a ir
todos los días a los pozos de las Escrituras, a las aguas del Espíritu Santo,
para que saques siempre y te lleves a casa una vasija llena, como hacía la
santa Rebeca, la cual no se habría podido casar con tan gran patriarca como
Isaac –el nacido de la promesa (Gál 4,23)–, sino viniendo por agua y sacándola
en tan gran cantidad, que pudiera saciar no solo a los de su casa, sino al mozo
de Abrahán; y no solo al mozo, sino que hasta pudo abrevar a sus camellos (Gén
24,19).
«Todo lo que está escrito son misterios: porque Cristo quiere también
desposarse contigo, ya que te habla por el profeta diciendo: “te desposaré
conmigo para siempre, te desposaré conmigo en la fe y en la misericordia, y
conocerás al Señor” (Os 2,19). Porque quiere desposarse contigo, te envía a
este mozo. El mozo es la palabra profética: si tú no la recibes primero, no
podrás desposarte con Cristo. Y has de saber que nadie recibe la palabra
profética, si no se ejercita y toma experiencia de ella» (Homilías sobre el
Génesis X).
–Con el Salmo 102 bendecimos al Señor con toda nuestra
alma y con todo nuestro ser. Él ha perdonado todas nuestras culpas, Él ha
curado todas nuestras enfermedades. Él nos ha rescatado de la fosa y nos ha
colmado de gracia y de ternura. «El Señor es compasivo y misericordioso, lento
a la ira y rico en clemencia, no nos trata como merecen nuestros pecados, ni
nos paga según nuestras culpas».
–2 Corintios 3,1-6: Sois una carta de Cristo,
redactada por nuestro ministerio. El Nuevo Pueblo de Dios no es fruto de
una obra humana, sino de una Alianza Nueva, vivificada por la gracia del
Espíritu Santo. La Palabra divina ha sido escrita no solo en la Sagrada
Escritura, sino también, por la Tradición, en las mismas comunidades fundadas
por los apóstoles: ellas son realmente «cartas de Cristo». Por eso, para
conocer la verdad de Cristo, hay que recurrir siempre a la tradición
apostólica. San Ireneo escribe:
«Siendo nuestros argumentos de tanto peso, no hay para qué ir a buscar
todavía de otros la verdad que tan fácilmente se encuentra en la Iglesia, ya
que los apóstoles depositaron en ella, como en un despensa opulenta, todo lo
que pertenece a la verdad, a fin de que todo el que quiera pueda tomar de ella
la bebida de la vida. Y ésta es la puerta de la vida: todos los demás son salteadores
y ladrones...
«Si los apóstoles no nos hubieran dejado las Escrituras ¿acaso no
habríamos de seguir el orden de la tradición, que ellos entregaron a aquellos a
quienes confiaban las Iglesias? Precisamente a este orden han dado su
asentimiento muchos pueblos bárbaros, que creen en Cristo. Ellos poseen la
salvación, escrita por el Espíritu Santo sin tinta ni papel en sus propios
corazones (cf. 2 Cor 3,3) y conservan cuidadosamente la tradición
antigua, creyendo en un solo Dios» (Contra las herejías III,4,1ss.).
–Marcos 2,18-22: El Esposo está con nosotros. En
Cristo, Dios mismo se ha vinculado a la humanidad, dando nueva vida a un pueblo
nuevo, que es la Iglesia. Éste es el amor constante y salvífico del Señor en
toda la historia de la salvación, que llega a su plenitud en la historia de la
Iglesia. Cristo es el Esposo; lo veíamos en Oseas y lo vemos ahora en Marcos.
San Gregorio de Elvira,
«Los buenos pechos del Señor son las fuentes de agua de los
Evangelios, mejores que el vino de los profetas. Pues leemos en las Sagradas
Escrituras que hay dos clases de vino: uno el que faltó en las bodas de Caná de
Galilea; otro, mucho mejor, hecho del agua de la Palabra de Dios. Por eso decía
el Salvador: “nadie echa vino nuevo en cueros viejos... El vino nuevo se echa
en cueros nuevos” (Mc 2,22). Con eso se significa las nupcias de Cristo y de la
Iglesia, esto es, cuando el Verbo de Dios se unió con el alma humana. Había de
cesar el vino antiguo, esto es la ley y los profetas. Ya ahora hay vino
evangélico, venido del agua del bautismo» (Tratado sobre el Cantar de los
Cantares 1).
Ciclo C
Cada vez hemos de transformarnos más y más en Cristo. Esto implica una
progresiva configuración moral a Él, que la gracia va obrando en nosotros por
las virtudes y los dones del Espíritu Santo, y que en la Eucaristía actúa en
nosotros con especial eficacia. Partiendo de la transformación interior del
hombre en Cristo, toda su conducta personal, comunitaria y social, irá
evidenciando su condición de hombre nuevo (Col 3,10). Esta maravilla del amor
de Dios se preparó en el Antiguo Testamento, y tiene su plena realización en el
Nuevo con la obra redentora de Jesucristo.
–Eclesiástico 27,5-8: El fruto muestra la calidad de
un árbol. Las palabras y las apariencias del hombre engañan fácilmente.
Sólo Dios penetra en el corazón del hombre. La verdad del hombre ha de medirse
más por sus obras que por sus palabras. Comenta San Agustín:
«Todo en este mundo es como un lagar, y de aquí se saca otra
semejanza: como el oro y la plata se acrisolan en el fuego, así la tribulación
pone a prueba a los justos (Prov 17,21; Eclo 27,6). Con eso se acude a la
imagen del horno del artífice. En un pequeño crisol hay tres cosas: fuego, oro
y paja. En él contemplas la imagen del mundo entero: dentro de él se encuentra
paja, oro y fuego. La paja se quema, el fuego arde y el oro se acrisola.
«Pues bien, en este mundo existen los justos, los malvados y la
tribulación. El mundo es como el crisol del orífice, los justos como el oro,
los malvados como la paja, la tribulación como el fuego. ¿Acaso se purificaría
el oro sin que se queme la paja? Acontece que los malvados se convierten en
cenizas; cuando blasfeman y murmuran contra Dios, se convierten en ceniza. Pero
allí mismo el oro purificado –los justos, que con paciencia soportan todas las
molestias de este mundo y alaban a Dios en medio de las tribulaciones–, es oro
purificado que pasa a los tesoros de Dios.
«En efecto, Dios tiene tesoros a donde enviar el oro purificado; tiene
también lugares sólidos a donde envía la ceniza de la paja. Una y otra cosa
sale de este mundo. Tú considera qué eres, pues es preciso que venga el fuego.
Si te hallare siendo oro, te limpiará de las manchas; pero si te encontrare
siendo paja te quemará y te reducirá a cenizas. Elige lo que vas a ser, pues no
podrás decir: me libraré del fuego. Ya estás dentro del horno del orífice, al
que es preciso aplicar el fuego. Es de todo punto necesario que estés allí,
porque sin fuego de ninguna manera podrás estar» (Sermón 113, A,11).–Con
el Salmo 91 decimos: «Es bueno dar gracias al Señor y tañer para
tu nombre, oh Altísimo... El justo crecerá como la palmera, se alzará como el
cedro del Líbano; plantado en la Casa del Señor; crecerá en los atrios de
nuestro Dios».
–1 Corintios 15,54-58: Dios nos da la victoria por
nuestro Señor Jesucristo. Como fruto de la Resurrección de Cristo, el
hombre, transformado en Él y renacido de su gracia (Jn 3,3.5), alcanza la
victoria sobre el pecado y la muerte, sobre el diablo y el mundo, y vence el
combate de la vida en el tiempo y para la eternidad. Comenta San Agustín:
«Te consuela el Señor tu Dios, te consuela tu Creador, te consuela tu
Redentor. Te consuela tu hermano, que no es avaro. En efecto, nuestro Señor se
dignó hacerse nuestro hermano. Es el único hermano merecedor de toda confianza,
sin duda, con quien has de vivir en concordia. Dije que no es avaro, pero tal
vez lo encuentres avaro.
«Sí; es avaro, pero porque quiere poseernos a nosotros, quiere
adquirirnos a nosotros. Por nosotros pagó precio tan grande, como grande es Él
mismo; nada más se puede añadir. Se dio a Sí mismo como precio y se constituyó
así en nuestro Redentor... Se entregó a la muerte, dando muerte a la muerte...
Dando muerte a la muerte, nos libró de la muerte. La muerte vivía, gracias a nuestra
muerte, y morirá cuando vivamos nosotros en el momento en que se le diga:
“¿dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1 Cor 15,55)» (Sermón 359,2).
–Lucas 6,39-45: Lo que rebosa del corazón, lo habla
la boca. En el Evangelio de Cristo es la santidad interior la que nos hace
auténticos ante el Padre, y verdaderos creyentes en medio de los hombres. La
hipocresía del fariseísmo nada tiene que ver con el Evangelio. Comenta San
Agustín:
«Entre los judíos, los escribas y fariseos eran zarzas y abrojos y,
sin embargo, [dice el Señor:] “haced lo que dicen, pero no hagáis lo que ellos
hacen” (Mt 23,3)... A veces, en un seto de zarzas, se entrelazan los sarmientos de la parra, y de la zarza penden
los racimos. Al oír que se habla de zarzas, quizá desprecias la uva. Pero busca
la raíz de la zarza, y verás lo que encuentras. Sigue la raíz del racimo, y
mira dónde la encuentras. Y entiende que lo uno pertenece al corazón del
fariseo, y lo otro a la cátedra de Moisés» (Sermón 74,4).
Muchos hombres aún no conocen a Cristo ni lo aman tal vez porque
nosotros mismos, los cristianos, «velamos, más que revelamos», su vida y su
evangelio con nuestras palabras y obras.
Años impares
–Eclesiástico 17,20-28: Retorna al Altísimo, y
aléjate de la injusticia. Esta Escritura nos invita a la conversión. Una
vez más nos trae la voz de Dios, lleno de misericordia y de bondad, que nos
llama constantemente a convertirnos y a progresar en la vida de la perfección
cristiana. Es una voz que no cesa, pues el Señor quiere superar todos los obstáculos, y lograr con
nosotros una grande e íntima amistad. San Agustín dice:
«¡Qué vergüenza apegarse a las cosas, porque son buenas, y no amar el
Bien que las hace buenas! El alma, por el hecho de ser alma, antes aún de ser
buena por la conversión al Bien inconmutable; el alma, repito, cuando nos
agrada, hasta preferirla a esta luz corpórea, si bien lo meditamos, no nos
agrada en sí misma, sino por la excelencia del arte con que fue creada. Se ama
el alma en su fuente, de donde trae su origen. Y esta fuente es la Verdad y el
Bien puro. No hay aquí sino bienes y, por consiguiente, es el Bien sumo. El
bien solo es capaz de aumento o disminución cuando es bien que procede de otro
bien.
«El alma, para ser buena, se convierte al Bien, de quien recibe el ser
alma. Y entonces, cuando a la naturaleza se une la voluntad, para que el alma
se perfeccione en el bien, es cuando se ama este bien mediante la conversión de
la voluntad al Bien de donde brota todo bien... En apartándose, en cambio, el
alma del Bien sumo, deja de ser buena, pero no deja de ser alma» (Tratado de
la Santísima Trinidad 8).
–El Salmo 31 nos recuerda la felicidad que en nosotros
produce el perdón de Dios y su misericordia: «Alegraos, justos, y gozad en el
Señor. Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su
pecado; dicho el hombre a quien el Señor no le apunta su delito. Propuse:
“confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Por eso
que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia; la crecida de las
aguas caudalosas no lo alcanzará. Tú eres mi refugio: me libras del peligro, me
rodeas de cantos de liberación».
Años pares
–1 Pedro 1,3-9: No habéis visto a Cristo, y lo amáis;
creéis en Él, y os alegráis con un gozo inefable. Como San Pablo, San Pedro
da gracias al Señor por la regeneración del bautismo y por la esperanza de la
herencia celeste, cuyo fundamento es la resurrección de Cristo. En medio de las
pruebas presentes, hay que perseverar en la fe. San Beda escribe:
«Dice San Pedro que conviene ser afligidos, porque no se puede llegar
a los gozos eternos sino a través de aflicciones, y la tristeza de este mundo
que pasa. “Durante algún tiempo”, dice, sin embargo, porque donde se retribuye
con un premio eterno, parece que es muy breve y leve lo que en las
tribulaciones de este mundo parecía pesado y amargo» (Comentario a la 1 de
San Pedro 1,4).
San Agustín enseña cómo la aflicción pone a prueba nuestra fe, y así
la desarrolla:
«Se presenta el dolor, pero vendrá el descanso. Se ofrece la
tribulación, pero llegará la purificación. ¿Acaso brilla el oro en el horno del
orífice? Brillará en el collar, brillará en el adorno. Sin embargo, ahora
soporta el fuego para que, purificado de las escorias, adquiera brillo y esplendor»
(Comentario al Salmo 61,11).
–Toda la Sagrada Escritura es una historia de salvación: la
historia de las obras de Dios en favor de los hombres. Fiel a sus promesas,
Dios actúa siempre para salvar. Y con Cristo el cumplimiento de las promesas
llega a su plenitud. Meditamos estas maravillas con el Salmo 110:
«El Señor recuerda siempre su alianza. Doy gracias a Dios de todo corazón, en
compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas
de estudio para los que las aman. Él da alimento a sus fieles, recordando
siempre su alianza. Mostró a su pueblo la fuerza de su obrar, dándole la
heredad de los gentiles. Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre
su alianza, la alabanza del Señor dura por siempre».
La esperanza de los cristianos no es la de los judíos. La venida del
Hijo del Hombre no se produjo en las formas previstas por los judíos. Jesús
predicó una Buena Nueva, que pocos acogieron, pues solo podía ser recibida con
el corazón humilde y bien dispuesto. La Palabra de Dios madura lentamente, con
la gracia, en el corazón de los hombres buenos. Este crecimiento de la Palabra
divina en cada uno de los fieles, se produce en medio de muchas pruebas, les
asegura la herencia gloriosa e incorruptible, y les garantiza la resurrección
bienaventurada.
–Marcos 10,17-27: Vende lo que tienes y sígueme.
Para ser discípulo de Cristo, es necesaria una renuncia total de cuanto se
posee, una renuncia material, o al menos espiritual. El peligro de las riquezas
es real, y no debe ser ignorado. Sin embargo, pobres y ricos han de tender a la
perfección evangélica, pues, como enseña Casiano,
«muchos son los caminos que conducen a Dios. Por eso, cada cual debe
seguir con decisión irrevocable el modo de vida que primero abrazó,
manteniéndose fiel en su dirección primera (cf. 1 Cor 7,17.20.24).
Cualquiera que sea la vocación escogida, podrá llegar a ser perfecto en ella» (Colaciones
14).
El joven rico del Evangelio no siguió la llamada de Cristo, no tanto
porque tenía bienes, sino porque estaba apegado a ellos. En ese sentido dice
San Juan Crisóstomo:
«Lo malo no es la riqueza, lo malo es la avaricia, lo malo es el amor
al dinero» (Homilía 2,5,8). Y en cuanto a la pobreza, «la pobreza parece
a muchos un mal, y no lo es. Antes bien, si se mira serenamente e incluso
filosóficamente, es un destructor de males» (Sobre los males de la vida
3 y 4).
Y San Gregorio Magno:
«Entregados a las cosas de este mundo, nos vamos volviendo tanto más
insensibles a las realidades del espíritu, cuanto mayor empeño ponemos en
interesarnos por las cosas visibles» (Homilía 17 sobre los Evangelios).
Años impares
–Eclesiástico 35,1-15: El que guarda los mandamientos
ofrece un sacrificio de acción de gracias. La ofrenda del justo es aroma
que asciende hasta el Altísimo, como un perfume precioso. Las obras buenas
forman parte integrante del culto, y éste no agrada a Dios si no va perfumado
por una vida conforme a sus mandatos. Por eso, si queremos un culto litúrgico o
extralitúrgico agradable al Señor, hemos de comenzar por sacrificarnos a
nosotros mismos. San Gregorio de Nisa escribe:
«El olor de los perfumes se recuerda como imagen de la belleza, y no
cualquier aroma describe la belleza de la esposa, sino el olor de la mirra y
del incienso mezclados, para que sea uno el olor de ambos. Otra alabanza de los
aromas: la mirra sirve para la sepultura de los difuntos, y el incienso está
consagrado acertadamente al culto de Dios. Así, pues, el que desea dedicarse al
culto de Dios no será buen incienso consagrado, si antes no fue mirra; es
decir, si no mortifica los miembros que están sobre la tierra, sepultado con
Aquél que abrazó la muerte por nosotros, y recibe en su propia carne, para
mortificar sus miembros, aquella mirra que se tomó para la sepultura del Señor.
«Cuando en el decurso de la vida se obra así, toda clase de aromas
mezclados como en un mortero en partes sutiles, producen aquel perfume tan
suave. Y quien lo recibe se hace oloroso, lleno del Espíritu, y derrama sus
perfumes» (Homilía 6 sobre el Cantar de los Cantares).
–El Salmo 49 es el comienzo de una liturgia penitencial,
y continúa el tema de la anterior lectura. Dios ha sellado un pacto con su
pueblo, para salvarlo. «Al que sigue el buen camino, le haré ver la salvación
de Dios. Congregadme a mis fieles, que sellaron mi pacto con un sacrificio». La
palabra acusadora de Dios es al mismo tiempo salvadora, porque hace que el
hombre se vea como es y pueda iniciar su reforma interior, que concluye con la
experiencia de la salvación. «El que me ofrece acción de gracias, ése me honra;
al que sigue buen camino, le haré ver la salvación de Dios».
Años pares
–1 Pedro 1,10-16: El Espíritu de Cristo les declaraba
por anticipado los sufrimientos de Cristo y la gloria que le seguiría. En
efecto, los profetas vaticinaron la pasión y la gloria del Mesías. Por eso los
fieles, asegurados por la Escritura, han de sentirse llenos de certeza en la fe
y en la esperanza, y según recuerda San Pedro, han de imitar la santidad de
Dios, porque Dios es santo. San Ireneo escribe:
«Uno es el Hijo, que llevó a cumplimiento la voluntad del Padre; y uno
es el género humano, en el que tiene cumplimiento el designio misterioso de
Dios; y “los ángeles desean contemplarlo” (1 Pe 1,12).
«Pero los ángeles no pueden llegar al cabo de la sabiduría de Dios,
por la que su criatura alcanza la perfección al conformarse con su Hijo y al
incorporarse a Él; a saber, que el primogénito que de Él procede, el Verbo,
descienda a la creación, que es obra de sus manos, y sea recibido en ella, y a
la vez, que la creación sea capaz de recibir al Verbo y de ponerse a su nivel,
por encima de los ángeles, hasta llegar a ser a imagen y semejanza de Dios» (Contra
las herejías 5,36,3).
–Dios fue desvelando poco a poco sus designios salvíficos, hasta
revelarlos plenamente en Jesucristo. Todo ha sido fruto de la fidelidad de Dios
a sus promesas, a pesar de las rebeldías del hombre. Por eso, las maravillas
que ha obrado el Señor ponen en nuestros labios un cántico nuevo para alabarle,
y lo hacemos ahora con el Salmo 97: «Cantad al Señor un cántico
nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la victoria, su santo
brazo. El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia, se
acordó de Israel. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de
nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad».
–Marcos 10,28-31: Recibiréis en este tiempo cien
veces más, con persecuciones, y en la edad futura, la vida eterna. Así
responde Cristo a Pedro, cuando éste le pregunta por la suerte que
corresponderá a aquellos que todo lo han dejado por seguirle. Atengámonos a las
palabras de Jesús, y dispongamos toda nuestra vida en función de los valores
del Evangelio y del Reino de Cristo. Comencemos, pues, como los apóstoles, por
el desprendimiento de los bienes materiales, y ordenemos todas nuestras
realidades humanas en función del final sobrenatural y eterno que con toda
certeza esperamos. Cada uno, según su vocación, ha de «dejarlo todo y
seguir a Jesús». Comenta San Juan Crisóstomo:
«¿Qué todo es ése, bienaventurado Pedro? ¿La caña, la red, la
barca, el oficio? ¿Eso es lo que nos quieres decir con la palabra todo?
Y él nos contesta: “Sí; pero no lo digo por vanagloria, sino que, en mi pregunta
al Señor, quiero meter a toda la muchedumbre de los pobres”...
«Eso es lo que hizo aquí el
Apóstol, al dirigirle al Señor su pregunta en favor de la tierra entera. Porque
lo que a él personalmente le atañía bien claramente lo sabía, como resulta evidente...
pues quien, ya desde esta vida, había recibido las llaves del reino de los
cielos, mucha mayor confianza había de tener por lo que a la otra vida se
refería.
«Pero mirad también qué exactamente responde Pedro a lo que Cristo
había pedido. Dos cosas, en efecto, había pedido el Señor al joven rico: que
diera lo que tenía a los pobres y que le siguiera. Por eso Pedro dice esas dos
mismas cosas: “nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”» (Homilía
64,1 sobre San Mateo).
Años impares
–Eclesiástico 36,1-2.5-6.13-19: Que sepan las
naciones que no hay Dios fuera de ti. Hemos de orar y trabajar en favor de
la conversión de todos los hombres al único y verdadero Dios. Él ha hecho
maravillas en favor de todos los hombres por puro amor. El Señor, que comenzó a
revelarse lentamente como Salvador y Libertador, nos llena ahora de alegría con
su presencia en la Persona de su Hijo bien amado, que todo lo realizó para
gloria de su Padre y para la salvación de todos los hombres. Dice San Justino:
«El Padre inefable y Señor de todas las cosas ni viaja a parte alguna,
ni se pasea, ni duerme, ni se levanta, sino que permanece siempre en su sitio,
con mirada penetrante y con oído agudo, pero no con ojos ni orejas, sino con su
poder inexpresable. Todo lo ve, todo lo conoce; ninguno de nosotros se le
escapa, sin que para ello haya de moverse el que no cabe en lugar alguno, ni en
el mundo entero, el que existía antes de que el mundo fuera hecho.
«Siendo esto así, ¿cómo podrá ser visto de alguien, o aparecerse en
una mínima parte de la tierra, cuando en realidad el pueblo no pudo soportar la
gloria de su enviado en el Sinaí, ni pudo el mismo Moisés entrar en la tienda
que él había hecho, pues estaba llena de la gloria de Dios, ni el sacerdote
pudo aguantar de pie delante del templo, cuando Salomón llevó el arca a la
morada que él mismo había construido en Jerusalén?
«Por tanto, ni Abrahán, ni Isaac, ni Jacob, ni hombre alguno vio al
que es Padre y Señor inefable absolutamente de todas las cosas y del mismo Cristo,
sino que vieron a Éste, que es Dios, por voluntad del Padre, que es su Hijo, el
Ángel que le sirve según sus designios» (Diálogo con Trifón 127-128).
–Sufrimos por nuestros pecados, que nos alejan de Dios, y que nos
manifiestan nuestra gran ingratitud para con Él, a quien todo se lo debemos.
Por eso cantamos con el Salmo 78: «Muéstranos, Señor, la luz de
tu misericordia. No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados. Socórrenos, Dios
Salvador nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros
pecados, a causa de tu nombre. Llegue a tu presencia el gemido del cautivo; con
tu brazo poderoso salva a los condenados a muerte. Mientras, nosotros, pueblo
tuyo, ovejas de tu rebaño, te damos gracias siempre, cantaremos tus alabanzas
de generación en generación».
Años pares
–1 Pedro 1,18-15: Os rescataron al precio de la
sangre de Cristo, el Cordero sin defecto. Hemos de corresponder al inmenso
amor que Cristo tuvo para con nosotros que nos redimió con su pasión y su
muerte. Oigamos a San Ambrosio:
«El precio de nuestro rescate no se ha calculado en dinero, sino en
sangre, pues Cristo murió por nosotros. Él nos ha librado con su preciosa
sangre, como recuerda también San Pedro en su Carta (1 Pe 1,18). Preciosa,
porque es la sangre de un Cordero inmaculado, porque es la sangre del Hijo de
Dios, que nos ha rescatado no sólo de la maldición de la ley, sino también de
la muerte perpetua, a la que lleva la impiedad» (Tratado sobre el Evangelio
de San Lucas, lib. VII,117).
–Con el Salmo 147 cantamos a Jerusalén, imagen de la
Iglesia y del alma cristiana: «Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios,
Sión; que ha reforzado los cerrojos de tus puertas y ha bendecido a tus hijos
dentro de ti. Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina; Él
envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz. Anuncia su palabra a
Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les
dio a entender sus mandatos».
Esta solicitud conmovedora de Dios con Israel llega a su plenitud en
la Iglesia con la Palabra divina, con la altísima doctrina revelada, con la
guía pastoral de los obispos, con los sacramentos y la liturgia.
–Marcos 10,32-45: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén,
y el Hijo del Hombre va a ser entregado. Cristo es el verdadero Siervo de
Yavé, anunciado por el profeta Isaías. Él vino para «dar su vida en rescate por
nosotros», todos los hombres. Parece increíble la torpeza de los hijos de
Zebedeo, que, ante tal anuncio, reaccionan preocupándose por obtener los
primeros puestos en un Reino del que aún apenas saben nada. Pero es igualmente
lamentable la indignación de los demás apóstoles por esa petición.
La mayor aspiración que en realidad podemos tener los cristianos es
conseguir, según la expresión de San Pablo, «un carisma mejor», que es la
caridad (1 Cor 12,31). Entre tanto, en el camino de esta vida, es necesario
«beber el cáliz» del Señor, para poder sentarse en el «trono»; «bautizarse» en
la prueba del dolor, para juzgar la tierra; y servir a todos, para reinar con
Cristo. El sufrimiento entra con pleno derecho en la vida de los que siguen a
Cristo. Comenta San Agustín:
«Buscaba la altura, pero no veía el peldaño. El Señor se lo mostró:
“¿podéis beber?... Los que buscáis las cimas más altas, ¿podéis beber el cáliz
de la humildad?” Por eso no dice simplemente: “niéguese a sí mismo y sígame”,
sino que añade: “tome su cruz y sígame”. ¿Qué significa “tome su cruz”? Soporte
lo que le es molesto» (Sermón 96,3-4).
Años impares
–Eclesiástico 42,15-26: La gloria del Señor se
muestra en todas sus obras. Los cielos proclaman la gloria de Dios, dice el
salmista. Toda la creación maravillosa es como una epifanía natural del Señor.
Por eso los santos, que sabían leer en el Libro de la Creación, hallaban en las
criaturas una escala que les elevaba al Creador. Así San Juan de la Cruz dice
bellamente:
«¡Oh bosques y espesuras - plantadas por la mano del Amado! - ¡Oh
prado de verduras - de flores esmaltado! - Decid si por vosotros ha pasado. -
Mil gracias derramando - pasó por estos sotos con presura - e yéndolos mirando
- con sola su figura - vestidos los dejó de su hermosura» (Canciones entre
el alma y el Esposo 4).
El hombre se siente abrumado ante la riqueza de las cosas creadas,
ante su variedad inmensa y su fascinante belleza... Y todo ha de elevarle a una
alta y continua contemplación, ha de levantarle hacia la trascendencia,
conduciéndole a Dios. La conversión de San Agustín se produjo en buena parte
ascendiendo al Creador por las criaturas, como él mismo declara:
«Y ¿qué es lo que yo amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo, ni
hermosura de tiempo, ni blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos, no
fragancia de flores...
«Pregunté a la tierra y me dijo: “no soy yo”; y todas las cosas que
hay en ella me confesaron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos y a los
reptiles de alma viva, y me respondieron: “no somos tu Dios, búscale sobre
nosotros”. Interrogué a las auras que respiramos, y el aire todo, con sus
moradores, me dijo: “engáñase Anaxímenes; yo no soy tu Dios”. Pregunté al
cielo, al sol, a la luna y a las estrellas. “Tampoco somos nosotros el Dios que
buscas”, me respondieron.
«Dije entonces a todas las cosas que están fuera de las puertas de mi
carne: “decidme algo de mi Dios, ya que vosotras no lo sois; decidme algo de
Él”. Y exclamaron todas con grande voz: “Él nos ha hecho”. Mi pregunta era su
mirada y su respuesta su apariencia.
«Entonces me dirigí a mí mismo y me dije; “¿tú, quién eres?”, y
respondí: “un hombre”... Sí, la verdad me dice: “no es tu Dios el cielo, ni la
tierra, ni cuerpo alguno”... “Por esta razón eres tú mejor que éstos: a ti te
lo digo, oh alma, porque tú vivificas la masa de mi cuerpo, prestándole vida, lo
que ningún cuerpo puede prestar a otro cuerpo. Pero, a su vez, tu Dios es para
ti la vida de tu vida”» (Confesiones 10,6,9-10).
–Con el Salmo 32 cantamos la acción creadora de Dios,
que por ella se revela al hombre y le asombra con su grandeza: «Dad gracias al
Señor con la cítara; tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un
cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones. Que la palabra del Señor
es sincera y todas sus acciones son leales. Él ama la justicia y el derecho, y
su misericordia llena la tierra. La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento
de su boca sus ejércitos; encierra en un odre las aguas marinas, mete en un
depósito el océano. Tema al Señor la tierra entera, tiemblen ante Él los
habitantes del orbe; porque Él dijo y existió; Él mandó y surgió».
Años pares
–1 Pedro 2,2-5.9-12: Vosotros sois un sacerdocio
real, una nación consagrada, que ha de proclamar las hazañas del que os llamó.
La Iglesia, formada de piedras vivas, unidas en torno a la piedra fundamental,
que es Cristo resucitado, forma un templo espiritual, en el que se rinde a Dios
el culto perfecto. Orígenes dice:
«“Destruid este templo y en tres días lo reedificaré” (Jn 2,19). Ambas
cosas, el templo y el cuerpo de Jesús, me parecen, según una de las
interpretaciones recibidas, ser figura de la Iglesia, pues ella está edificada
con piedras vivientes, para ser edificio espiritual y un sacerdocio santo (1 Pe
2,5); construida sobre el fundamento del Apóstoles y los profetas, tiene por piedra
angular a Cristo Jesús (Ef 2,20) y es reconocida como templo» (Comentario al
Evangelio de San Juan X, 228).
Y San Agustín:
«Uniéndonos a la piedra angular, encontramos la paz; reposando sobre
ella, conseguimos firmeza. Ella es, al mismo tiempo, fundamento, porque nos
sostiene, y piedra angular, porque nos une. Ella es la piedra sobre la que el
hombre prudente edifica su casa, y así se mantiene firme contra todas las
tentaciones de este mundo, y ni los torrentes de lluvia la hacen caer, ni los
ríos desbordados la derrumban, ni la fuerza de los vientos la sacuden» (Sermón
337,1).
–Los cristianos somos Pueblo de Dios, ovejas de su rebaño, nación
consagrada. Así lo cantamos en el Salmo 99: «Aclama al Señor,
tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.
Sabed que el Señor es Dios; que Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas
de su rebaño. Entrad por sus puertas con acción de gracias, por su atrios con
himnos, dándole gracias, y bendiciendo su nombre. El Señor es bueno, su
misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades».
–Marcos 10,46-52: Maestro, haz que pueda ver. El
ciego de Jericó, una vez sanado por Jesús, «lo seguía por el camino»: de la
curación al seguimiento. El ciego pide la luz, signo de salvación. Grita al
Señor para que lo cure, mientras los otros le regañan. Comenta San Agustín:
«¿Qué es, hermanos, gritar a Cristo, sino adecuarse a la gracia de
Cristo con las buenas obras? Digo esto, hermanos, no sea que levantemos mucho
la voz, pero callen nuestras costumbres. ¿Quién es el que gritaba a Cristo para
que expulsase su ceguera interior al pasar Él, es decir, al dispensarnos los
sacramentos temporales con los que nos invita a adquirir los eternos? ¿Quién es
el que grita a Cristo? Aquel que desprecia los placeres del mundo, clama a
Cristo; aquel que dice, no con solo con la lengua, sino con la vida: “el mundo
está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gál 6,14). Éste es el que clama
a Cristo.
«Grita a Cristo el que reparte y da a los pobres, para que su justicia
permanezca por los siglos de los siglos. Quien escucha y no se hace el sordo a
aquello de: “vended vuestras cosas y dadlas a los pobres” (Lc 12,23). Como si
oyera el sonido de los pasos del Señor que pasa, grite el ciego por estas
cosas, es decir, hágalas realidad. Su voz sean sus hechos» (Sermón
88,12).
Años impares
–Eclesiástico 44,1,9-13: Nuestros antepasados fueron
hombres de bien, y su fama vive por generaciones. La gloria de Dios se
manifiesta especialmente en la historia de la salvación del pueblo que Él se
eligió para Sí, y de un modo particular brilla en los hombres que escogió para
guiarlo.
Lo que mantiene en ese Pueblo la continuidad de las generaciones es la
fidelidad a la alianza, ya que Dios es siempre fiel a ella. Por eso, la razón
máxima de su fama no es la grandeza o la riqueza, sino la caridad. En este
sentido, algunos consideran la fidelidad como el atributo mayor de Dios. Esta
fidelidad de Dios va unida a su bondad paternal para con el pueblo de la
alianza. Estos dos atributos complementarios, amor y fidelidad, indican que la
alianza es a la vez un don gratuito y un vínculo cuya solidez resiste la prueba
de los siglos.
Como dice el salmista, «las sendas del Señor son misericordia y
lealtad» (Sal 24,10). De esas dos actitudes debe él participar, configurándose
a ellas. La piedad filial, que debe a Dios, tendrá como prueba de su verdad la
fidelidad para observar los preceptos de la alianza. A lo largo de la historia
de la salvación, la fidelidad de Dios se revela inmutable, frente a las
frecuentes infidelidades del hombre. Por fin, en la plenitud de los tiempos,
Cristo, testigo fiel de la Verdad, comunica a los hombres la gracia de que está
lleno, y los hace capaces de merecer la corona de la vida, imitando su
fidelidad hasta la muerte.
–Con el Salmo 149 proclamamos la victoria del amor de
Dios sobre las infidelidades del hombre: «Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles; que se alegre Israel por su
Creador, los hijos de Sión por su Rey. Alabad su nombre con danzas, cantadle
con tambores y cítaras; porque el Señor ama a su pueblo, y adorna con la
victoria a los humildes. Que los fieles festejen su gloria y canten jubilosos
en filas; con vítores a Dios en la boca; es un honor para todos sus fieles»
Años pares
–1 Pedro 4,7-13: Sed buenos administradores de la
múltiple gracia de Dios. Con respecto a la escatología, se proponen a los
cristianos varias recomendaciones: prudencia, vigilancia en la oración, amor,
hospitalidad, servicio a los demás... Hay diversidad de carismas y, por lo
mismo, son muchos los servicios en la comunidad cristiana. Pero el don primero
es el mismo Espíritu Santo, que se infunde en nuestros corazones y pone en
ellos el amor (Rom 5,5). Él es el alma de todo servicio en la comunidad
cristiana y humana. San Agustín escribe:
«No se trata de saber cuánto amor se debe al hermano y cuánto a Dios;
incomparablemente más a Dios que a nosotros mismos. Ahora bien, no podemos
amarnos mucho a nosotros si no amamos mucho a Dios. Es, pues, con un mismo amor
con el que amamos a Dios y al hermano; pero amamos a Dios por sí mismo, y a
nosotros y al prójimo por Dios» (Tratado sobre la Santísima Trinidad
8,16).
San León Magno dice:
«Aunque es algo muy grande tener una fe recta y una doctrina sana, y
aunque sean muy dignas de alabanza la sobriedad, la dulzura, la pureza, todas
estas virtudes, sin embargo, no valen nada sin la caridad. Y ninguna conducta
es fecunda, por muy excelente que parezca, si no está engendrada por el amor» (Sermón
48,6).
–El Señor es Rey y tiene que reinar en todo y sobre todo por amor.
Así, con amor, es como tenemos que corresponderle. Con el Salmo 95
cantamos ese reinado de Cristo: «Decid a los pueblos: el Señor es Rey. Él
afianzó el orbe y no se moverá; Él gobierna a los pueblos rectamente. Alégrese
el cielo y goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los
campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque. Delante del Señor,
que ya llega, ya llega a regir la tierra; regirá el orbe con justicia y los
pueblos con fidelidad».
–Marcos 11,11-26: Mi Casa se llama Casa de oración
para todos los pueblos. Este evangelio muestra la profanación del templo,
la falta de fe y de verdadera religiosidad en los que conducen a Israel; al
mismo tiempo que encarece la dignidad del culto. La santidad de la liturgia
cristiana celebrada en nuestros templos ha de ser cuidada como un valor
supremo. Pero también en la Iglesia hay profanaciones e indignidades. San
Jerónimo dice:
«¡Oh, infelices de nosotros! ¡Somos dignos de ser llorados con todas
las lágrimas del mundo! La casa de Dios es una cueva de ladrones... Donde están
los ladrones allí está también la contratación. ¡Ojalá se leyera esto de los
judíos y no también de los cristianos! Lo sentiríamos ciertamente por ellos,
pero nos alegraríamos por nosotros. Mas también en muchos sitios, la Casa de
Dios, la Casa del Padre, se convierte en casa de contratación. Veis con qué
temblor os hablo.
«La cosa es tan notoria, que no necesita explicación. Ojalá fuese algo
oscuro, que no se entendiera bien. En muchos sitios la Casa del Padre es casa
de negociación. Yo mismo, que os estoy hablando, así como cualquiera de
vosotros, sea presbítero, diácono, u obispo, que fuera pobre ayer, y hoy sea
rico, rico en la casa de Dios, ¿no os parece que ha convertido la Casa del
Padre en casa de negociación? De éstos dice el Apóstol: “tienen la piedad por
materia de lucro” (1 Tim 6,5). Así, pues, también el Apóstol habla de éstos.
«Cristo es pobre; ruboricémonos. Cristo es humilde, avergoncémonos.
Cristo fue crucificado, no reinó. Es más, fue crucificado para reinar. Venció
al mundo no con la soberbia, sino con la humildad; venció al diablo no riendo,
sino llorando; no azotó, sino que fue azotado; recibió bofetadas, mas Él no
golpeó. Por tanto, imitemos también nosotros a nuestro Señor» (Comentario al
Evangelio de San Marcos 11.11).
Años impares
–Eclesiástico 51,17-27: Daré gracias al que me enseñó.
Ben Sirá, el autor del Eclesiástico, termina su libro con este poema. En
él da gracias al Señor por la búsqueda y adquisición de la Sabiduría. La
búsqueda de Dios no es el resultado de un simple esfuerzo intelectual, sino que
implica una conversión moral y un estilo de vida correcto. La Sabiduría no es
un mero conjunto de doctrinas y pruebas, sino un don de Dios ofrecido, para
establecer con Él una comunión de vida, y que solo puede ser recibido en la
humildad, haciéndose Su discípulo. Esta Sabiduría que de Él procede es para los
hombres un tesoro superior a todo. Escribe Lactancio:
«Ni la religión puede andar separada de la sabiduría, ni la sabiduría
de la religión, porque uno mismo es el Dios, que debe ser conocido, lo cual
pertenece a la sabiduría, y el que debe ser honrado, que es cosa de la
religión. Precede la sabiduría, le sigue la religión; lo primero es conocer a
Dios, y después darle culto.
«Así, en ambas cosas actúa una sola fuerza, aunque parezcan diversas.
Una está en el pensamiento, la otra en la actuación. Son semejantes a dos ríos
que brotan de una misma fuente. La fuente de la sabiduría y de la religión es
Dios; del cual, si estos dos ríos se apartan, se secan necesariamente. Los que
ignoran a Dios no pueden ser sabios, ni religiosos» (Instituciones divinas
4,4).
–Con el Salmo 18 cantamos la ley del Señor, expresión
maravillosa de su Sabiduría eterna: «La ley del Señor es perfecta y es descanso
del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los
mandamientos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es
límpida y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y
enteramente justos. Más precioso que el oro, más que el oro fino; más dulce que
la miel de un panal que destila».
Años pares
–Judas 17.20-25: Dios puede preservarnos de tropiezos
y guardarnos sin mancha ante su gloria. Peligros siempre hay para la vida
cristiana. Pero con la gracia de Dios, estamos guardados en su amor, y siempre
podemos superarlos. Orígenes enseña:
«Dios nos libra de las tribulaciones no solamente cuando las hace
desaparecer, ya que dice el Apóstol “en mil maneras somos atribulados”, como si
nunca nos hubiéramos de ver libres de ellas, sino cuando por la ayuda de Dios
no somos abatidos al sufrir la tribulación» (Tratado sobre la Oración
30,1).
Escribe Casiano:
«Las ocasiones de contrariedad jamás nos faltarán mientras estemos en
contacto con los hombres. Las hace inevitables el constante roce con ellos. Que
no sean ocasión para evitar su compañía» (Instituciones 9).
Y San Pedro Damiano:
«Son dignos ciertamente de alabanza los designios de Dios, que inflige
a los suyos castigos temporales para preservarlos de los eternos; que manda
para elevar; que corta para curar; que mancha para ensalzar» (Carta 8,6).
San Ambrosio:
«Muchas son las tribulaciones, muchas las pruebas, y por tanto, muchas
serán las coronas, ya que muchos son los combates. Te es beneficioso que haya
muchos perseguidores, ya que, entre esta gran variedad de persecuciones,
hallarás más fácilmente el modo de ser coronado» (Comentario al Salmo
118).
Y San Cipriano:
«Ésta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios;
éstos, en la adversidad, se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no
nos apartan de la virtud, sino que nos afianzan en ella» (Sobre la
inmortalidad 13).
–Toda la vida del creyente está marcada por una tensión de futuro.
Vive en este mundo, pero su pensamiento está en la vida eterna, en el gozo
pleno de Dios. Así nos lo recuerda el Salmo 62: «Oh Dios, tú eres
mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de
ti, como tierra reseca, agostada, sin agua. ¡Cómo te contemplaba en el
Santuario, viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te
alabarán mis labios. Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos».
–Marcos 11,27-33: ¿Con qué autoridad haces esto?
Jesús responde a esta pregunta de los jefes religiosos de Israel con una cuestión
análoga a propósito de Juan Bautista. No se admite la acción salvífica de
Jesús, porque la autoridad no le viene de la jerarquía de Israel. La
argumentación de Jesús pone de manifiesto la irracionalidad de tal postura,
llevando a sus contrincantes al absurdo.
En efecto, si los judíos reconocían, ante la pregunta de Jesús, que el
bautismo de Juan era de Dios, se mostraban entonces pecadores, pues lo habían
rechazado; pero si decían que era de los hombres, el pueblo se les echaría
encima, pues estimaba mucho a Juan Bautista. Ante este dilema, optan por el
silencio: «no lo sabemos».
Pero en este repliegue vergonzante se mantienen cerrados a la verdad.
Y la verdad es que la acción salvífica de Dios no está a merced de la autoridad
humana. Es de Dios y se manifiesta como Él elige, y a Él debemos obedecer y
someternos.