Entrada: «Señor, yo confío en tu misericordia: alegra mi corazón con tu
auxilio y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho» (Sal 12,6).
Colecta (del Misal anterior, retocada con el Gelasiano): «Dios todopoderoso y
eterno, concede a tu pueblo que la meditación de tu doctrina le enseñe a
cumplir siempre de palabra y de obra lo que a ti te complace».
Ofertorio (Veronense): «Al celebrar tus misterios con culto reverente, te
rogamos, Señor, que los dones ofrecidos para glorificarte nos obtengan de ti la
salvación».
Comunión: «Proclamo tus maravillas, me alegro y exulto contigo y toco en honor
de tu nombre, oh Altísimo» (Sal 9,2-3). «Señor, yo creo que tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,27).
Postcomunión (del Misal anterior, y antes del Gregoriano): «Concédenos, Dios
todopoderoso, alcanzar un día la salvación eterna, cuyas primicias nos ha
entregado en estos sacramentos».
Ciclo A
La fe y la caridad cristiana se ejercitan necesariamente en nuestra
convivencia diaria con los hombres. El amor, incluso a los enemigos, el perdón
sincero de toda injuria y el esfuerzo constante de pasar por el mundo haciendo
a todos el mayor bien posible, constituyen el gran signo que autentifica
nuestra fe y que es al mismo tiempo la garantía cierta de nuestro amor real a
Dios.
–Levítico 19,1-2.17-18: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo. El amor a Dios nos exige una actitud de fidelidad amorosa a su
voluntad. Pero es también urgencia de amor fraterno entre quienes conviven con un
mismo Dios y Padre. La lectura presente del Levítico está tomada del llamado Código
de Santidad. La exigencia de justicia, que en él se manifiesta con respecto
al prójimo, alcanzará su perfección en los profetas, y sobre todo en Cristo, en
el Nuevo Testamento. Escribe Orígenes:
«Esto es lo que sucede cuando el hombre se hace “perfecto, como es
perfecto el Padre celestial” (Mt 5,48), cuando obedece al mandamiento que dice:
“sed santos, porque yo, el Señor Dios vuestro, soy santo” (Lev 19,2), y cuando
presta atención al que dice: “sed imitadores de Dios” (Ef 5,1). Sucede entonces
que el alma virtuosa del hombre recibe los rasgos de Dios; y también el cuerpo
del que tiene tal alma se convierte en templo del que, recibiendo los rasgos de
Dios, ha llegado a ser imagen de Dios, y ha alcanzado a tener en su alma, por
razón de esta imagen, al mismo Dios...» (Contra Celso 6,63).
Una persona así está dispuesta a amar a Dios con todo su ser, con
todas sus fuerzas, con toda su alma, y al prójimo, sinceramente, como a sí
mismo.
–Con el bellísimo Salmo 102 decimos: «El Señor es
compasivo y misericordioso. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus
beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades». Todos
esos beneficios proceden de que Él es bueno, y porque es bueno, nos ama.
–1 Corintios 3,16-23: Todo es vuestro, vosotros de
Cristo y Cristo de Dios. En el Corazón de Cristo Jesús, que es Dios y
Hombre, la misma santidad divina se ha hecho modelo y fuente para nosotros. Y
su caridad se ha constituido entre nosotros vínculo de unidad y de perfección.
San Agustín comenta:
«Tu mismo cuerpo es el templo del Espíritu Santo en ti. Mira, pues,
qué has de hacer en el templo de Dios. Si eligieses cometer un adulterio en la
iglesia, dentro de estas paredes ¿quien habría más criminal que tú? Ahora bien,
tú mismo eres templo de Dios. Cuando entras, cuando sales, cuando estás en tu
casa, cuando te levantas, tú eres templo. Mira lo que haces; procura no ofender
al que mora en él, no sea que te abandone y te conviertas en ruinas... Si
desprecias tu cuerpo, considera tu precio: “habéis sido comprados a gran
precio” (1 Cor 6,20)» (Sermón 82, 13).
Somos de Cristo, somos de Dios, y hemos de actuar en consecuencia.
Todos somos corresponsables en la edificación de la Iglesia. No podemos estar
divididos entre nosotros.
–Mateo 5,38-48: Amad a vuestros enemigos.
Jesucristo, que nos ha garantizado con su vida y su sacrificio la bondad del
Padre para con nosotros, nos comunica a nosotros por su Espíritu Santo la
bondad humilde y generosa para todos los hombres, incluso para quienes nos
quieren mal. Así dice San Juan Crisóstomo:
«¡He aquí cómo pone el Señor el coronamiento de todos los bienes!
Porque, si nos enseña no sólo a sufrir pacientemente una bofetada, sino a
volver la otra mejilla; no sólo a soltar el manto, sino a ceder la túnica; no
sólo a andar la milla a que nos esfuerzan, sino otra más por nuestra cuenta,
todo ello es porque quiere que recibas como la cosa más fácil algo muy superior
a todo eso.
«“¿Y qué hay, me dices, superior a eso?” Que a quien cometa todos esos
desafueros con nosotros, ni siquiera le tengamos por enemigo. Y todavía algo
más, porque el Señor no dijo: “no le aborrecerás”, sino: “le amarás”. No dijo:
“no le harás daño”, sino: “hazle el bien”.
«Y si examinamos atentamente las palabras del Señor, aún descubrimos
algo más subido que todo lo dicho. Porque no nos mandó simplemente amar a
quienes nos aborrecen, sino también “rogar por ellos”. ¡Mirad por cuantos
escalones nos ha ido subiendo, y cómo ha terminado por colocarnos en la cúspide
de la virtud!» (Homilías Sobre San
Mateo 18,3-4).
Ciclo B
El drama existencial del hombre, de todo hombre, es el pecado. Por eso
la misión salvífica más profunda del Corazón de Cristo Redentor consiste en
hacer posible nuestra regeneración. La hace posible, en efecto, por su poder
divino para perdonar nuestros pecados, por ser el Hijo muy amado del Padre, por
haberse hecho Víctima reparadora por nuestras culpas (Is 53). Por tanto, solo
en Él y por Él ha sido posible nuestra redención. Toda nuestra vida ha de ser
una correspondencia de gratitud y de amor.
–Isaías 43,18-19.21-22.24-25: Yo soy el que borro tus crímenes. El Señor, aunque
abate el orgullo humano con castigos providenciales, nunca renuncia a sus
designios de salvación. Más se complace en salvar a los contritos de corazón,
que en aniquilar a los obstinados en la culpa. Colaborando con la gracia del
Salvador, nuestra conversión, nuestra lucha contra el pecado, ha de ser
permanente, siempre sostenidos por la esperanza. Tenemos confianza en la
misericordia de Dios, que es eterna, fiel a sí misma.
–Con el Salmo 40 decimos: «Sáname, Señor, que he pecado
contra ti. Dichoso el que cuida del pobre y desvalido, en el día aciago lo
pondrá a salvo el Señor. El Señor lo guarda y lo conserva en vida para que sea
dichoso en la tierra y no lo entrega a la saña de sus enemigos. El Señor lo
sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad. Yo dije:
“Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra Ti”. A mí, en cambio,
me conservas la salud, me mantienes siempre en tu presencia. Bendito el Señor,
Dios de Israel, ahora y por siempre. Amén. Amén».
–2 Corintios 1,18-22: Jesús no fue «sí y no», sino
«sí». Toda la historia de la salvación es fruto de un designio inmutable de
redención. El Corazón de Jesucristo es el «sí» y el «amén» (Ap 3,14) de la
salvación para los hombres. Dios ha cumplido en Él sus promesas. Jesucristo es
la única medicina de nuestros males. Escribe San Agustín:
«Para eso el Hijo de Dios asumió al hombre y en él padeció los
achaques humanos. Esta medicina de los hombres es tan alta, que no podemos ni
imaginarla. Porque ¿qué orgullo podrá curarse, si con la humildad del Hijo de
Dios no se cura? ¿Qué avaricia podrá curarse, si con la pobreza del Hijo de
Dios no se cura? ¿Qué iracundia podrá sanarse, si con la paciencia del Hijo de
Dios no se cura? ¿Qué impiedad podrá curarse si con la caridad del Hijo de Dios
no se cura? En fin, ¿qué debilidad podrá curarse, si con la resurrección del
cuerpo del Hijo de Dios no se cura? Levante su esperanza el género humano, y
reconozca su naturaleza. Vea qué alto lugar ocupa entre las obras de Dios» (El
combate cristiano 11).
–Marcos 2,1-12: El Hijo del Hombre tiene en la tierra
potestad para perdonar los pecados. Jesús entendió siempre que su misión en
este mundo era manifestar sus poderes redentores, hasta renovar al hombre por
el perdón de los pecados. En la medida en que el hombre moderno ha perdido el
sentido de Dios, ha sofocado en sí mismo el sentido del pecado y, por eso
mismo, se ha hecho incapaz de recibir a un Cristo Salvador, que viene como
Cordero inmaculado, para quitar el pecado del mundo con su muerte. Clemente de
Alejandría escribe:
«Nuestro buen Pedagogo, Él, que es la Sabiduría y el Logos del Padre,
y que ha creado al hombre, asume el cuidado de su criatura por entero. Él cuida
a un mismo tiempo del cuerpo y del alma, Él, el Médico de la humanidad, capaz
de curarlo todo. El Salvador dice al que está tendido: “levántate, toma tu
camilla y vete a tu casa” (Mt. 9, 6; Mc. 2, 1-12). Y al que ya está difunto le
dice: “Lázaro, sal fuera”, y el muerto sale del sepulcro, tal como estaba antes
de expirar, obrando así su resurrección (Jn 11,43-44). Cierto, Él cura
igualmente al alma, en sí misma, por sus preceptos y por sus gracias. Para
seguir los consejos, ella necesita tiempo; pero para recibir las gracias, Él es
lo bastante rico para decir a los pecadores, que somos nosotros: “tus pecados
te son perdonados”» (El Pedagogo 1,2,2-4).
Ciclo C
Si por la fe reconocemos a Dios como Padre nuestro; si por la
esperanza confesamos la bondad de Dios, que nos ha redimido a todos para una
vida común eterna; si por la caridad vivimos el mandato de Cristo Jesús, de
amarnos como Él mismo nos amó..., nuestra vida se hace un reflejo constante de
la misma bondad divina.
–1 Samuel 26,2.7-9.12-13.22-23: El Señor te puso hoy
en mis manos, pero yo no he querido atentar contra ti. David figura en la
historia de la salvación como un símbolo viviente de Cristo Rey. Su bondadosa magnanimidad
ante su enemigo Saúl es solo una sombra de la infinita caridad de Cristo para
con nosotros. Todos sabemos cómo es fácil caer en la tentación de la venganza,
del odio, de hacer la justicia por uno mismo, de responder con dureza a los
agravios recibidos. David, figura anticipadora de Jesús, sabe compadecerse y
perdonar. San Juan Crisóstomo dice:
«El amor que se tiene, cuando su motivo es Cristo, es un amor firme,
inquebrantable e indestructible. Nada, ni las calumnias, ni los peligros, ni la
muerte, ni cosa semejante, será capaz de arrancarlo del alma. Quien así ama,
aun cuando tenga que sufrir cuanto se quiera, no dejará nunca de amar, si mira
el motivo por el que ama. En cambio, al que ama por ser amado se le terminará
su amor apenas sufra algo desagradable. Pero quien está unido a Cristo jamás se
apartará de ese amor» (Homilía 60 sobre San Mateo).
–Con el Salmo 102 proclamamos: «El Señor es compasivo y
misericordioso. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él
perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de
la fosa y te colma de gracia y de ternura. El Señor es lento a la ira y rico en
clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según
nuestras culpas. Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros
nuestros delitos; como un padre siente ternura por su hijos, siente el Señor
ternura por sus fieles».
–1 Corintios 15,45-49: Nosotros, que somos imagen del
hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Oigamos a San
León Magno:
«Dice el Apóstol: “el primer hombre fue de la tierra, terreno; el
segundo fue del cielo. Cual es el terreno, tales son los terrenos; cual es el
celestial, tales son los celestiales. Y como llevamos la imagen del terreno,
llevaremos también la imagen del celestial” (1 Cor 15,47-49). Debemos
alegrarnos mucho de este cambio, que nos hace pasar de la oscuridad terrestre a
la dignidad celeste, por un efecto de la inefable misericordia de aquel que,
para elevarnos hasta sus dominios, ha descendido al nuestro, pues no ha tomado
sólo la sustancia, sino también la condición de la naturaleza pecadora, y ha
permitido que su inefable divinidad sufra todo lo que, en su extrema miseria,
experimenta la humana mortalidad» (Sermón 71).
–Lucas 6,27-38: Sed compasivos como vuestro Padre es
compasivo. La bondad y el amor, superando toda enemistad, odio o
indiferencia ante nuestros hermanos los hombres, nos hacen realmente semejantes
a nuestro Padre celestial. Nos hacen, como dice San Pablo, «hombres celestiales».
Enseña San Ambrosio:
«La virtud no sabe medir el beneficio que hace; en efecto, no se
contenta con dar lo que ha recibido, quiere acumular sobre lo que se le ha
dado, para no ser inferior en el beneficio, aunque sea igual en el servicio...
«El cristiano está formado en esta escuela, de tal modo que, no
contento con el derecho natural, busca la delicadeza [del amor]. Si todos, aun
los pecadores, están de acuerdo en corresponder al afecto, aquél cuyas
convicciones son de un orden más elevado, debe inclinarse más generosamente a
la virtud, hasta llegar a amar también a aquellos que no le aman... Así como te
avergonzaría no corresponder al que te ama, y así como el deseo de hacer un
beneficio hace nacer en ti el amor del que antes no amabas, así también debes
amar al que no te ama por amor a la virtud, de tal modo que, amando la virtud,
comenzarás a amar al que no amabas.
«Débil y caduco es, por otra parte, el salario del amor; y eterno el
premio de la virtud... “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo» (Tratado
sobre el Evangelio de San Lucas, lib. V,74-75).
Años impares
–Eclesiástico 1,1-10: La Sabiduría fue creada antes
que todo. La Escritura presenta y personifica a la Sabiduría junto a Dios,
como preexistente al mundo creado. La tradición cristiana ha visto en este
texto una revelación anticipada del Verbo de Dios, que está en el seno del
Padre desde toda la eternidad. San Agustín dice:
«El Verbo es el Hijo del Padre y su Sabiduría. ¿Qué maravilla, pues,
si ha sido enviado, no porque sea desemejante al Padre, sino porque es una
emanación pura de la claridad del Dios omnipotente (Sal 7,26)? Allí el caudal y
la fuente son una misma sustancia... Nuestra ciencia es Cristo; y nuestra
sabiduría es también Cristo. El plantó en nuestras almas la fe de las cosas
temporales y, en las eternas, nos manifiesta la verdad. Por Él caminamos hacia
Él, y por la ciencia nos dirigimos a la Sabiduría, pero sin apartarnos de la
unidad de Cristo, “en quien se hallan escondidos todos los tesoros de la
sabiduría y de la ciencia” (Col 2,3)» (Tratado sobre la Santísima Trinidad
4,20,27 y 13,19,24).
–En el Salmo 92 se canta el dominio cósmico de Dios, que
domina todas las fuerzas hostiles y establece un orden justo por medio de sus
mandatos. De este modo la Sabiduría cósmica de que habla el Eclesiástico queda
completada con la Ley. El temor de Dios hace guardar sus preceptos y conduce a
la suma sabiduría: «El Señor reina, vestido de majestad, el Señor vestido y
ceñido de poder; así está firme el orbe y no vacila. Tu trono está firme desde
siempre y Tú eres eterno. Tus mandatos son fieles y seguros, la santidad es el
adorno de tu casa, Señor, por días sin término».
Años pares
–Santiago 3,13-18: La Sabiduría que viene de arriba
es pura y amante de la paz. Otra hay que es terrena, animal, diabólica. Los
actos de cada uno muestran qué clase de sabiduría es la que los inspiran. Las
disensiones surgen de una sabiduría orgullosa, nacen del egoísmo y el desprecio
de los hermanos, e introducen la confusión y la desunión en la Iglesia. En
cambio, la verdadera sabiduría se otorga a los pequeños y se adquiere por don
de Dios, no por el esfuerzo humano. San León Magno dice:
«La sabiduría cristiana no consiste en la abundancia de palabras, ni
en la sutileza de los razonamientos, ni en el deseo de alabanza y gloria, sino
en la verdadera y voluntaria humildad que nuestro Señor Jesucristo, desde el
seno de su Madre hasta el suplicio de la Cruz,
eligió y enseñó como plenitud de fuerza» (Sermón 37).
«La sabiduría que viene de arriba, ante todo es pura y, además, amante
de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia»...
–La mejor sabiduría es la buena conducta, aquella que se ajusta al
cumplimiento fiel de los mandatos de Dios. Ella es alegría, luz y fuerza para
el hombre. En su fidelidad sencilla y alegre refleja al hombre la sabiduría que
le viene de arriba. Así lo cantamos en el Salmo 18: «Los mandatos
del Señor son rectos y alegran el corazón del hombre. La ley del Señor es
perfecta y descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al
ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del
Señor es límpida y da luz a los ojos. La voluntad del Señor es pura y
eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente
justos. Que te agraden las palabras de mi boca y llegue a tu presencia el
meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío».
–Marcos 9,13-28: Tengo fe, pero dudo; ayúdame.
Con ocasión del relato de la curación de un niño epiléptico, Jesús recrimina la
falta de fe de los discípulos. Una oración de súplica, hecha con fe, consigue
del Señor lo que pide. Tertuliano exalta esta fuerza inmensa de la oración:
«¡Hemos leído tantos testimonios ciertos de la eficacia de la oración!
La oración antigua era capaz de salvar del fuego, de las fieras, del hambre; y
eso que aún no había recibido la forma que le dio Cristo. Y la eficacia de la
oración cristiana es ahora mucho mayor. Ella no envía ángeles que apaguen las
llamas, ni mantiene cerradas las fauces de los leones, ni trae pan a los
hambrientos, ni suprime ninguna impresión de los sentidos por un don de la
gracia. Ella concede la fe, que hace comprender lo que el Señor reserva a los
que sufren por Su nombre» (Sobre la Oración 28-29).
Y San Agustín:
«Si la fe falla, la oración es inútil. Por eso, cuando oremos, creamos
y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración, y la oración
produce a su vez la firmeza de la fe» (Sermón 243,2).
Hasta el fin de los tiempos la Iglesia dirigirá ese clamor suplicante a
Dios Padre, por medio de Jesucristo, en la unidad del Espíritu Santo, porque
son muchos los peligros y continuas las necesidades de sus hijos. Éste es el
primer oficio de la Iglesia y, por tanto, el primer deber de los sacerdotes,
religiosos y laicos.
Años impares
–Eclesiástico 2,1-13: Prepárate para las pruebas.
En el momento de la tentación es necesario ante todo desconfiar de uno mismo y
confiar en el Señor, pidiendo y esperando su misericordia. Comenta San Agustín.
«La paciencia no
parece necesaria para las situaciones prósperas, sino para las adversas. Nadie
soporta pacientemente lo que le agrada. Por el contrario, siempre que
toleramos, que soportamos algo con paciencia, se trata de algo duro y amargo;
por eso no es la felicidad, sino la infelicidad lo que necesita la paciencia» (Sermón
359, A, 2).
Y San Ignacio de Antioquía:
«Mantente firme como un yunque golpeado por el martillo. A un gran
atleta corresponde vencer a pesar de los golpes. Sobre todo soportándolos por
Dios, para que Él también nos soporte» (Carta a San Policarpo).
–Con el Salmo 36 proclamamos: «Encomienda tu camino al
Señor, y Él actuará. Confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y
practica la lealtad; sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón.
El Señor vela por los días de los buenos, y su herencia durará siempre; no se
agostarán en tiempo de sequía, en tiempo de hambre se saciarán. Apártate del
mal y haz el bien, y siempre tendrás una casa; porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles. Los inicuos son exterminados, la estirpe de los
malvados se extinguirá. El Señor es quien salva a los justos. Él es su alcázar
en el peligro. El Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y
los salva, porque se acogen a Él»
Años pares
–Santiago 4,1-10: Pedís y no recibís, porque pedís
mal. El Señor no escucha la súplica que no está inspirada por su Espíritu,
sino por el espíritu del mundo y por sus avideces. Comenta San Agustín:
«Como el hombre no puede servir a dos señores, así tampoco puede
gozarse al mismo tiempo en el mundo y en el Señor. Estos dos gozos son muy
diferentes y hasta totalmente contrarios. Cuando uno se goza en el mundo, no se
goza en el Señor, y cuando se goza en el Señor, no se goza en el mundo. Venza
el gozo en el Señor y disminuya continuamente el gozo en el mundo, hasta que
desaparezca» (Sermón 171,1).
Mala es la oración que va dominada por el egoísmo, y que no pretende
sino satisfacer los deseos terrenales.
–Después de la lectura de Santiago, nos invita el Salmo 54
a centrar en Dios nuestros esperanza. Aunque las dificultades sean muchas y
graves, y la tendencia al mal sea fuerte en el corazón humano, el cristiano
debe permanecer en una confianza serena en el Señor, que tiene sobre él una
especial providencia: «Pienso, ¿quién me diera alas para volar y posarme?
Emigraría lejos, habitaría en el desierto. Me pondría enseguida a salvo de la
tormenta, del huracán que me devora, Señor, del torrente de sus lenguas. Veo en
la ciudad violencia y discordia: día y noche hacen la ronda sobre sus murallas.
Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará; no permitirá jamás
que el justo caiga».
«Cualquier cosa que te suceda, recíbela como un bien, consciente de
que nada pasa sin que Dios lo haya dispuesto» (Carta de Bernabé 19).
Cuando el cristiano vive de la fe —con una fe que no sea mera palabra,
sino realidad de oración personal—, la seguridad del amor de Dios se manifiesta
en alegría, en libertad interior, en paz, en gozo espiritual, en confianza
segura.
–Marcos 9,29-36: El Hijo del Hombre va a ser
entregado y lo matarán. Quien quiera ser el primero, que sea el último. Jesús llega a Cafarnaúm, y después de anunciar su Pasión por segunda vez, enseña a
sus discípulos que el servicio a los demás es la única grandeza verdadera. Ese
servicio, además, ha de ser especialmente solícito con los pobres, con los
menores, con los niños.
Por eso, en la comunidad cristiana el puesto de mayor honor es el de
mayor servicio a los demás. Mantener en ella puestos honoríficos, basados en
clases sociales, riquezas o cargos, daña directamente el corazón mismo de la
comunidad. Como enseña San Gregorio Magno,
nada agrada a Dios si no va hecho con humildad:
«Aun las buenas acciones carecen de valor cuando no están sazonadas
por la virtud de la humildad. Las más grandes, practicadas con soberbia, en vez
de ensalzar, rebajan. El que acopia virtudes sin humildad, arroja polvo al
viento, y donde parece que obra provechosamente, allí incurre en la más
lastimosa ceguera. Por tanto, hermanos míos, mantened en todas vuestras obras
la humildad» (Homilía sobre los Evangelios 7).
Lo mismo dice Casiano:
«Nadie puede alcanzar la santidad si no es a través de una verdadera
humildad» (Instituciones 12,23).
Es el camino andado por Cristo, el que mismo que siguió la Virgen
María y por el que han marchado los santos.
Años impares
–Eclesiástico 4,12-22: Dios ama a los que aman la
sabiduría. Ella es manantial de vida y felicidad para los que la sirven. La
Sabiduría, en lugares de la Escritura como éste, se muestra personificada, como
un Maestro que llama hijos a sus discípulos. Altísimos son los bienes que ella
ofrece: favor, bendición, amor del mismo Dios. Actúa como mediadora para
conducir y levantar al hombre hacia Dios.
Ser sabio es aceptar los propios límites, sin cegarse con falsas
soluciones, ni dormirse con seguridades falsas. En lugar de amilanarse en cada
contratiempo, el sabio ejerce con humildad la prudencia. La Sabiduría es
anterior a él, y nunca le faltará a aquél que le guarda fidelidad. Más que en
los libros y en los maestros de este mundo, el cristiano aprende la Sabiduría
en su propia fuente, que es Cristo Jesús, el Verbo divino encarnado, que nos ha
dejado en los Evangelios unos mensajes de vida, y nos ha comunicado palabras de
vida eterna, que no pasan y que superan toda sabiduría mundana.
–Una vez más el Salmo 118, el más largo de todo el
Salterio, nos ofrece versos preciosos para meditar en la Sabiduría. Aprendemos
en él que la voluntad de Dios, hecha Palabra, guía al hombre en el camino de la
vida, es decir, en Cristo, pues Él es el Camino verdadero: «Mucha paz tienen
los que aman tus leyes, y nada los hace tropezar. Guardo tus decretos, y Tú
tienes presentes mis caminos. De mis labios brota la alabanza, porque me
enseñaste tus leyes. Mi lengua canta tu fidelidad, porque todos tus preceptos
son justos. Ansío tu salvación, Señor; tu voluntad es mi delicia. Que mi alma
viva para alabarte, que tus mandamientos me auxilien».
Años pares
–Santiago 4,13-17: Debéis decir: «si el Señor lo
quiere». ¿Quiénes somos nosotros para disponer de nuestra vida, como si
fuera nuestra propia, y no de Dios? Comenta San Agustín:
«¿Qué consejo puedo daros?... ¿He de presentaros acaso libros para
mostraros cómo las cosas son inciertas, pasajeras, casi nada y cuán cierto es
lo que está escrito? “¿Qué es vuestra vida? Un vapor, que aparece un instante,
y pronto se disipa” (Sant 4,15). Ayer vivía, hoy ya no existe; hace poco que se
le veía, pero ahora no hay nadie a quien ver. Se conduce al sepulcro a un
hombre; los acompañantes vuelven tristes, y en seguida se olvidan. Se dice:
“¡Qué poca cosa es el hombre!” Y esto lo dice el hombre mismo, pero no se
corrige, a fin de ser algo y dejar de ser nada» (Sermón 302,7).
–A esa lectura de Santiago le conviene bien el Salmo 48,
que en tono sapiencial medita sobre la suerte de ricos y pobres a la luz del
común destino: la muerte. Ante lo provisional de la vida, lo más cuerdo es
adherirnos a la voluntad de Dios con toda confianza: «Oíd esto, todas las
naciones, escuchadlo, habitantes del orbe; plebeyos y nobles, ricos y pobres.
¿Por qué habré de temer los días aciagos, cuando se acerquen y acechen los
malvados que confían en su opulencia y se jactan de sus inmensas riquezas? ¿Si
nadie puede salvarse ni dar a Dios un rescate? Es tan caro el rescate de la
vida, que nunca bastará para vivir perpetuamente, sin bajar a la fosa. Mirad:
los sabios mueren lo mismo que perecen los ignorantes y necios, y legan sus
riquezas a extraños».
–Marcos 9,37-39: El que no está contra nosotros está
a nuestro favor. El seguir a Jesucristo y cumplir la misión que nos
encomienda no da ningún derecho a privilegio alguno. No podemos apropiarnos el
Evangelio con criterios partidistas, ni mirando propios intereses humanos.
Nuestra entrega al mensaje salvífico de Cristo ha de brotar de un amor puro a
su persona, a su obra y a las almas, a las que procuramos que llegue por todos
los medios a nuestro alcance, buscando su plena incorporación a la Iglesia de Jesucristo
y su salvación.
Hemos de tener amplitud de miras en toda obra apostólica. Hemos de
vivir fraternalmente unidos, y desear que sean muchos los que trabajen en el
apostolado de la Iglesia. Sería absurdo tirar piedras al propio tejado. Hemos
de alegrarnos del éxito de todas las empresas apostólicas de la Iglesia. San
Gregorio Magno dice:
«Examine cada uno lo que hace, y vea si trabaja en la viña del
Sembrador. Porque el que en esta vida procura el propio interés no ha entrado
todavía en la viña del Señor. Pues para el Señor trabajan quienes buscan no su
propia ganancia, sino la del Señor..., aquellos que se desvelan por ganar
almas, y se dan prisa por llevar a otros a la viña del Señor» (Homilía sobre
los Evangelios 19).
Años impares
–Eclesiástico 5, 1-10: No tardes en volver al Señor.
No hay que fiarse de las riquezas ni de las apariencias exteriores. Es
necesario por encima de todo dar de lado a los razonamientos engañosos sobre
las consecuencias del pecado.
Hay dos formas de presunción: la confianza arrogante del hombre en las
riquezas y el poder que acumula, y la presunción de apoyarse en la misericordia
de Dios para seguir pecando. Es algo increíble, pero hasta ahí llega la miseria
del hombre. Comenta San Agustín:
«No queráis ahogar con las codicias y cuidados seculares la buena
semilla que nuestro ministerio va sembrando en vosotros. Sed tierra buena...
Hoy me dirijo a la cizaña; también hay ovejas que son cizaña. ¡Oh, cristianos
malos! Con vuestro número y mala vida oprimís a la Iglesia. Corregíos antes de
que llegue la siega. “No digáis: pequé, ¿y qué me ha sucedido?” (Eclo 5,4).
Dios no ha perdido su potencia, pero exige de ti la penitencia. Esto lo digo a
los malos, aunque son cristianos» (Sermón 73,3).
–El Salmo 1 nos ofrece una meditación adecuada a la
lectura anterior: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni
entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos,
sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Será como un
árbol plantado al borde que la acequia; da fruto en su sazón y no se marchitan
sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin. No así los impíos, no así; serán
paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal».
Años pares
–Santiago 5,1-6: El jornal defraudado a los obreros
está clamando contra vosotros ante el Señor. El apóstol advierte a los
ricos sobre lo precario de sus bienes materiales, y les pide que recuerden el
juicio de Dios, ante el que han de dar cuenta. San León Magno dice:
«Amar la justicia no es otra cosa sino amar a Dios. Y como este amor
de Dios va siempre unido al amor que se interesa por el bien del prójimo, el
hambre de justicia se ve acompañada de la virtud de la misericordia» (Sermón
95).
Y San Gregorio Magno:
«Si queréis, dejáis lo que tenéis, aun reteniéndolo, siempre que
administréis lo temporal aspirando con toda vuestra alma hacia lo eterno» (Homilías
sobre los Evangelios 36).
–Las apariencias engañan. Los que parece que lo poseen todo y de todo
disfrutan, están muchas veces pobres, miserables y orientados a la propia
destrucción. Es lo que medita el Salmo 48, exhortando a no poner
la confianza en el dinero: «Éste es el camino de los confiados, el destino de
los hombres satisfechos: son un rebaño para el abismo; se desvanece su figura,
y el abismo es su casa. Pero, a mí Dios me salva, me saca de las garras del
abismo y me lleva consigo. No te preocupes si se enriquece un hombre y aumenta
el fasto de su casa; cuando muera no se llevará nada, su fasto bajará con él.
Aunque en vida se felicitaba: “ponderan lo bien que lo pasas”, irá a reunirse
con sus antepasados, que no volverán nunca a la luz».
Oigamos a San Basilio:
«Se ven gentes que arrojan sus fortunas a los luchadores, a los
comediantes, a repugnantes gladiadores, en los teatros, por la gloria de un
momento y por ruidoso aplauso del pueblo. Y a ti ¿te preocuparán unos gastos
con los que puedes ganar una gloria tan grande? Será Dios el que te aplaudirá,
serán los ángeles los que te aclamarán, serán todos los hombres que han
existido desde la creación los que celebrarán tu dicha: recibirás una gloria
imperecedera, una corona de justicia: el Reino de los cielos, tal será el premio
que tú recibirás por haber administrado bien tus bienes perecederos» (Homilía
sobre la caridad).
–Marcos 9,40-49: Más te vale entrar manco en la vida,
que ir con las dos manos al abismo. Cristo hace resaltar la gravedad del
escándalo, que el discípulo debe evitar cueste lo que cueste. Estar con Cristo
supone estar con todos los hombres. Su amor lleva siempre a una solidaridad
humana. Todo amor al Señor y al prójimo se han de traducir en un espíritu de
servicio a todos. Hay que sacrificar todo al Amor divino. Hay que hacer un
sacrificio agradable a Dios. El discípulo de Cristo y candidato al Reino ha de
ser despiadado consigo mismo, si advierte que existe en él un obstáculo que
impide el fin para el que ha sido llamado por Dios desde toda la eternidad. San
Basilio hablaba así a los jóvenes:
«No hay que buscar lo superfluo, ni se debe mimar al cuerpo más de lo
necesario, para que sirva al alma... Si un cuidado excesivo del cuerpo es
nocivo y perjudicial para el alma, es una locura manifiesta servirle y mostrarse
sumiso a él» (Discurso a los jóvenes).
Años impares
–Eclesiástico 6,5-17: Un amigo fiel no tiene precio.
Es necesario guardarse de la falsa amistad; pero ¡dichoso el que tiene un amigo
fiel! Los Santos Padres han tratado muchas veces sobre la falsa y verdadera
amistad. El Beato Elredo tiene un Tratado sobre la amistad espiritual,
en el que dice:
«Ésta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la
que no se deja corromper por la envidia, la que no se enfría por las sospechas,
la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba, no cede; la
que, a pesar de muchos golpes, no cae; la que, batida por muchas injurias, se
muestra inflexible» (3).
Y San Juan Crisóstomo:
«Si una desatención, un perjuicio en los intereses, la vanagloria, la
envidia o cualquier otra cosa semejante, bastan para deshacer la amistad, es
que esa amistad no dio con la raíz sobrenatural» (Homilía 60 sobre San Mateo).
San León Magno:
«Una amistad fundada en deseos pecaminosos, en pactos que arrancan de
la injusticia, y en el acuerdo que parte del vicio, nada tiene que ver con el
logro de la paz» (Sermón 95).
–Una vez más el Salmo 118 nos señala que el camino a
seguir es la voluntad de Dios: «Bendito eres, Señor, enséñame tus leyes. Tu
voluntad es mi delicia, no olvidaré tus palabras. Ábreme los ojos y contemplaré
las maravillas de tu voluntad. Instrúyeme en el camino de tus decretos, y
meditaré tus maravillas. Enséñame a cumplir tu voluntad, y a guardarla de todo
corazón. Guíame por las sendas de tus mandatos, porque ella es mi guía».
«Esforcémonos en guardar sus mandamientos para que su voluntad sea
nuestra alegría» (Carta de Bernabé 2).
Años pares
–Santiago 5,9-12: Mirad que el juez está a la puerta.
Ante la venida del Señor, que puede venir cuando menos lo pensemos, Santiago
exhorta al amor fraterno y a la paciencia. No es perfecto el amor si todavía
hay tensiones y conflictos entre los hombres. El amor que Cristo quiere
comunicarnos va mucho más allá que la mera simpatía de los paganos. Aviso
semejante da San Gregorio Magno:
«Ved cómo va pasando todo cuanto hacéis cada día. Queráis o no, os
aproximáis más al juicio. El tiempo no perdona. ¿Por qué, pues, amar lo que se
ha de abandonar? ¿Por qué no prestar más atención al fin a donde se ha de
llegar?» (Homilía 15 sobre los Evangelios).
–Con el Salmo 102 entonamos un himno a la misericordia
de Dios: «Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Él perdona
todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura. El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando, ni guarda rencor
perpetuo. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre
su fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros
delitos». Dice San Agustín:
«Oye cómo fuiste amado, cuando no eras amable; oye cómo fuiste amado,
cuando eras torpe y feo; cómo fuiste amado antes, en fin, de que hubiera en ti
cosa digna de amor. Fuiste amado primero, para que te hicieses digno de ser
amado» (Sermón 142). Y el mismo Doctor: «Ningún pecador, en cuanto tal,
es digno de amor; pero todo hombre, en cuanto tal, es amable» (Sobre la
doctrina cristiana 1).
–Marcos 10,1-12: Lo que Dios ha unido, que no lo
separe el hombre. Jesús, respondiendo a una pregunta formulada por los
fariseos para tenderle una trampa, condena el divorcio. Jesucristo, por encima
de las concesiones hechas por la ley de Moisés, restaura la pureza original de
la ley conyugal: no se atreva el hombre a separar lo que Dios ha unido.
Atenágoras, apologista del siglo III, escribe:
«Teniendo, pues, esperanza de la vida eterna, despreciamos las cosas
de la vida presente y aun los placeres del alma. Cada uno de nosotros tiene por
mujer a la que tomó según las leyes que nosotros hemos establecido, y aun ésta
en vistas a la procreación. Porque así como el labrador, una vez echada la
semilla en la tierra, espera la siega y no sigue sembrando, así para nosotros
la medida del deseo es la procreación de los hijos. Y hasta es fácil hallar
entre nosotros muchos hombres y mujeres que han llegado célibes hasta su vejez,
con la esperanza de alcanzar así una mayor intimidad con Dios» (Súplica en
favor de los cristianos 33).
El texto de Atenágoras refleja una concepción muy ascética y
espiritual del matrimonio, vigente en su tiempo. San Pablo, en 1 Corintios 7,
da sobre estos temas una doctrina más exacta y autorizada.
Años impares
–Eclesiástico 17,1-13: Dios hizo el hombre a su
imagen. El texto comenta la creación del hombre, que es grande, como imagen
de Dios, y al mismo tiempo pequeño, por la limitación de la vida, que es breve
y mortal. En todo caso, recibe de Dios el hombre un poder sobre el mundo
visible, y ha de rendir cuenta del ejercicio de su señorío al mismo Dios que le
constituyó señor, al Dios Creador de todo cuanto existe y del mismo hombre. El
hombre, creado a imagen de Dios, está llamado a entrar en la amistad del Señor,
y al mismo tiempo, ha de permanecer en su obediencia. San Ireneo dice:
«Así como en nuestra creación original en Adán, el soplo vital de
Dios, infundido sobre el modelo de sus manos, dio la vida al hombre y apareció
como viviente racional, así también en la consumación, el Verbo del Padre y el
Espíritu de Dios, unidos a la sustancia modelada en Adán, hicieron al hombre
viviente y perfecto, capaz de alcanzar al Padre perfecto.
«De esta suerte, de la misma manera que todos sufrimos la muerte en el
hombre animal, también hemos recibido la vida en el hombre espiritual. Porque
no escapó Adán jamás de las manos de Dios, a las que el Padre decía: “hagamos
al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gén 1,26). Y por esta misma razón, en
la consumación, también sus manos vivificaron al hombre, haciéndolo perfecto,
no por voluntad de la carne ni por voluntad del hombre (Jn 1,3), para que Adán,
el hombre, fuera hecho a imagen y semejanza de Dios» (Contra las herejías
5,1,3).
–Con el Salmo 102 cantamos el amor inmenso de Dios, su
paternal comprensión respecto al hombre. Sin ella, la existencia del hombre
sería una gran tragedia: «Como un padre siente ternura por su hijos, siente el
Señor ternura por sus fieles; porque Él conoce nuestra masa, se acuerda de que
somos barro. Los días del hombre duran lo que la hierba, florecen como flor del
campo, que el viento la roza y ya no existe, su terreno no volverá a verla.
Pero la misericordia del Señor dura siempre, su justicia pasa de hijos a
nietos: para los que guardan la alianza».
Años pares
–Santiago 5,13-20: Mucho puede hacer la oración del
justo. San Agustín escribe:
«Cuando hablamos con Dios en la oración, el Hijo está unido a
nosotros; y cuando ruega el Cuerpo del Hijo, lo hace unido a la Cabeza. De este
modo, el único Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ora por
nosotros, ora en nosotros, y al mismo tiempo es a Él a quien dirigimos la
oración. Ora por nosotros como Sacerdote nuestro; ora en nosotros, como nuestra
Cabeza; recibe nuestra oración, como nuestro Dios» (Comentario al Salmo 85).
De esa unión nuestra con Cristo procede el poder de nuestra oración.
La oración que nace del altar sagrado de nuestro corazón, se eleva con toda
pureza, como el incienso, hasta el corazón de Dios.
–Es lo que oramos en el Salmo 140: «Señor, te estoy
llamando, ven deprisa, escucha mi voz cuando te llamo. Suba mi oración como el
incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.
Coloca, Señor, una guardia a mi boca, un centinela a la puerta de mis labios.
Señor, mis ojos están vueltos a Ti, en Ti me refugio, no me dejes indefenso».
Dice San Juan Crisóstomo:
«La oración es perfecta cuando reúne la fe y la confianza. El leproso
del Evangelio demostró su fe postrándose ante el Señor con sus palabras» (Homilía
25 sobre San Mateo).
Y San Cipriano:
«Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y
respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradecer a Dios
con la actitud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque así como es
propio del falto de educación hablar a gritos, así, por el contrario, es propio
del hombre respetuoso orar con tono de voz moderado... Y cuando nos reunimos
con los hermanos para celebrar los sagrados misterios, presididos por el sacerdote
de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación» (Tratado sobre la
oración 4-6).
–Marcos 10,13-16: El que no acepte el reino de Dios
como un niño, no entrará en él. Hemos de aceptar el mensaje de Cristo con
sencillez de corazón, con la docilidad propia de un corazón humilde, pobre de
espíritu, y como don que el Padre da a los hombres. Comenta San Agustín:
«La inocencia de vuestra santidad, puesto que es hija del amor..., es
sencilla como la paloma y astuta como la serpiente, no la mueve el afán de
dañar, sino de guardarse del que daña. A ella os exhorto, pues de los tales es
el reino de los cielos, es decir, de los humildes, de los pequeños en el
espíritu. No la despreciéis, no la aborrezcáis. Esta sencillez es propia de los
grandes; la soberbia, en cambio, es la falsa grandeza de los débiles que,
cuando se adueña de la mente, levantándola, la derriba; inflándola, la vacía; y
de tanto extenderla, la rompe. El humilde no puede dañar; el soberbio no puede
no dañar. Hablo de aquella humildad que no quiere destacar entre las cosas
perecederas, sino que piensa en algo verdaderamente eterno, a donde ha de
llegar no con sus fuerzas, sino ayudada» (Sermón 353,1).