Entrada: «Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios» (Sal 9,6-7).
Colecta (del Misal
anterior, y antes del Gregoriano): «Vela, Señor, con amor continuo sobre tu
familia; protégela y defiéndela siempre, ya que ella sólo en ti ha puesto su
confianza».
Ofertorio (del Misal anterior, retocada con textos del Veronense): «Señor, Dios
nuestro, que has creado este pan y este vino para reparar nuestras fuerzas, concédenos
que sean también para nosotros sacramento de eternidad».
Comunión: «Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que
hace con los hombres. Calmó el ansia de los sedientos y a los hambrientos los
colmó de bienes» (Sal 106,8-9). «Dichosos los que lloran porque ellos serán
consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos
quedarán saciados» (Mt 5,5-6).
Postcomunión (del propio de los dominicos, e inspirada en textos del Nuevo
Testamento: Rom 12,5; 1 Cor 10,16; Jn 15,16; 17,11-21): «Oh Dios, que has
querido hacernos partícipes de un mismo
pan y de un mismo cáliz, concédenos vivir tan unidos a Cristo, que
fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo».
Ciclo A
Por el Bautismo pasamos de las tinieblas a la luz. Por eso siempre
hemos de ser luz para los demás, llevando una vida cristiana irreprochable.
-Isaías 58,7-10: Entonces nacerá tu luz como la
aurora. El profeta Isaías anuncia la regeneración mesiánica como una
irrupción en la vida de los hombres de la luz divina, que es capaz de
transformar toda su existencia. Cristo también se presenta como Luz, que
ilumina las tinieblas del mundo. El tema de la luz es riquísimo en la Sagrada
Escritura y en la doctrina patrística. En el prólogo del Evangelio de San Juan
el Verbo eterno del Padre es la Luz verdadera que ilumina a todo hombre.
Oigamos a San Agustín:
«El Verbo es el Hijo del Padre y su Sabiduría. Él ha sido enviado no
porque sea desemejante al Padre, sino porque es una emanación de la claridad de
Dios Omnipotente. El caudal y la fuente son una misma sustancia. No es como
agua que salta de los veneros de la tierra o de las hendiduras de la roca, sino
como “Luz de Luz”. Cuando se dice “esplendor de la Luz eterna”, ¿qué otra cosa
queremos significar sino que es Luz de Luz eterna? ¿Qué es el esplendor de la
luz sino luz?
El Verbo encarnado es, «en consecuencia, coeterno a la Luz de la que es el esplendor. Se dice “esplendor
de la Luz”, para que nadie crea más oscura la Luz que emana que la Luz de la
cual emana» (Tratado sobre la Santísima Trinidad 4, 20,27).
–El cristiano, viviendo en Cristo, vive en la Luz. Por eso con razón
cantamos el Salmo 111: «El justo brilla en las tinieblas como una
luz. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos. El
justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo. No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor...»
Nadie más justo que el Señor Jesús, nadie tan clemente ni tan
compasivo como Él. Por eso nadie brilla en las tinieblas con una Luz tan
esplendorosa como la Suya.
–2 Corintios 2,1-5: Os he anunciado a Cristo
crucificado. No es la filosofía humana, ni la filosofía de los hombres la
que puede iluminar nuestra vida para la salvación, sino el misterio de Cristo
crucificado y el poder renovador del Espíritu Santo, que nos transforma
profundamente, iluminándonos en la fe. Comenta San Agustín:
«Aunque sólo sepa esto [el misterio de la Cruz], nada le queda por
saber. Cosa grande es el conocimiento de Cristo crucificado, pero es mostrado a
los ojos de los pequeños como un tesoro encubierto... ¡Cuántas cosas encierra
en su interior ese tesoro...! ¡Cristo crucificado! Tal es el tesoro escondido
de la sabiduría y de la ciencia.
«Quieren engañarnos, pues, bajo el pretexto de la sabiduría... ¡Necio
filósofo de este mundo, eso que buscas es nada! ¿Cuál es el precepto [del
Señor], sino que creamos en Él y nos amemos mutuamente? ¿Creer en quién? Creer
en Cristo crucificado. Escuche, pues, la sabiduría lo que no quiere oír la
soberbia... Es éste el mandato: que creamos en Cristo crucificado. Pero el
hombre soberbio, erguida su cerviz, hinchada la garganta, con lengua orgullosa
y carrillos inflados, se burla de Cristo crucificado» (Sermón 160,3).
–Mateo 5,13-16: Vosotros sois la luz del mundo.
Las lecturas de este día tienen una gran unidad temática. El Nuevo Testamento
muestra al auténtico cristiano como un hombre iluminado por Cristo, esto es,
como un «hijo de la luz» (Lc 16,8; Jn 12,36; Ef 5,8; 1 Tes 5,5). Por tanto el
cristiano, con su conducta, ha de purificar e iluminar el mundo, glorificando a
Dios en medio de la humanidad. Comenta San Agustín:
«Cuando dije que vosotros erais luz, quise decir que erais lámparas.
Pero no exultéis, llenos de soberbia, no sea que se os apague la llama. No os
pongo bajo el celemín, sino en el candelabro, para que deis luz. ¿Y cuál es el
candelabro para la lámpara? Escuchad cuál. La Cruz de Cristo es el gran
candelabro. Quien quiera dar luz, que no se avergüence de ese candelabro de
madera...
«Si no habéis podido encenderos vosotros para llegar a ser lámparas,
tampoco habéis podido colocaros sobre el candelabro; sea glorificado quien os
lo ha concedido... Dice el Apóstol: “lejos de mí gloriarme, si no es en la Cruz
de Nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14). Por tanto, “esté crucificado el mundo
para vosotros, y vosotros para el mundo” (ib.)... Pon tu gloria en estar
en el candelabro [de la Cruz]. Conserva siempre, oh lámpara, tu humildad en ese
candelabro, para que no pierdas tu resplandor. Y cuida de que la soberbia no te
apague» (Sermón 289,6).
Ciclo B
Todos tenemos profunda necesidad de la redención de Cristo. Y esta
necesidad tiene sus raíces en nuestra propia condición humana: débil, limitada
y siempre amenazada por el misterio del pecado, del dolor y del sufrimiento.
Esto es un enigma, que sólo a la luz de la fe cristiana encuentra su
interpretación exacta y salvífica.
Una concepción racionalista de la vida no hace más que aumentar el
dolor y la angustia del hombre e, incluso, puede llevarle hasta la
desesperación. Por el contrario, la Iglesia nos enseña, como hoy lo hace en su
liturgia, a iluminar el problema del dolor a la luz de la revelación divina. El
Vaticano II dice:
«Éste es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana
esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y
de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad.
Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida» (Gaudium
et spes 22).
Job 7,1-4.6-7: Me asignan noches de fatiga y mis días se consumen sin esperanza.
El libro de Job proclama la trascendencia de Dios eterno sobre las limitaciones
de la vida humana en el tiempo. El dolor y el sufrimiento son, para el hombre,
un signo de sus limitaciones y de su debilidad, y al mismo tiempo una llamada
providencial, para purificar su vida y buscar en Dios la salvación. Comenta San
Agustín:
«... Viéndose en el padecimiento de tantos males, dice Job: “¿acaso no
es la vida humana una milicia sobre la tierra?” (7,1). Hallándose, pues, Job en
esta vida humana, se halla, sin duda, en medio de la tentación. Y quiere verse
libre de tal prueba. Hasta él echa de menos la vida en que no existe tentación.
Si la echa de menos, eso significa que aún no es feliz.
«En consecuencia, tampoco es feliz ningún hombre que puedas imaginar,
describir, diseñar o desear. No lo encontrarás. En esta tierra nadie puede ser
feliz... Y qué gran bien hay en la paciencia... Resistimos en esta vida terrena
gracias a ella. Quien no la tenga desfallecerá y quien desfallezca no llegará a
la patria deseada» (Sermón 396 A, 6-7).
–El Señor es roca en nuestra debilidad y alegría en nuestras penas.
Por eso en el Salmo 146 proclamamos: «Alabad al Señor que sana
los corazones quebrantados. Alabad al señor que la música es buena; nuestro
Dios merece una alabanza armoniosa. El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los
deportados de Israel. Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre. Nuestro
Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida. El Señor sostiene a
los humildes»...
–1 Corintios 9,16-19.22-23: ¡Ay de mí, si no anuncio
el Evangelio! La Iglesia, responsable y depositaria de la obra redentora de
Cristo, siente a diario hondamente la necesidad que todos los hombres tienen
del Evangelio de salvación. Y la evangelización es misión de todos los cristianos,
cada uno según su vocación y circunstancia. Dice San Gregorio Nacianceno:
«Jesús, que desde el principio acogió a los pecadores, va de un lugar
a otro (Mt 19,1). ¿Con qué fin? No sólo para ganar un mayor número de hombres
para el amor de Dios, frecuentando su trato, sino también, a mi parecer, para
santificar un mayor número de lugares. Se hizo judío para el judío, para ganar
a los judíos. Para rescatar a los que estaban bajo la Ley, se sujetó a la Ley.
Con los débiles se hizo débil, a fin de salvar a los débiles; se hizo, en fin,
todo a todos, para ganar a todos (1 Cor 9,19-23)» (Sermón 37,1).
Y San Gregorio de Nisa:
«Considerando que Cristo es la Luz verdadera, sin mezcla posible de
error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar
iluminada con los rayos de la Luz verdadera. Los rayos del Sol de justicia son
las virtudes que de Él emanan para iluminarnos... y para que, obrando en todo a
plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, según es propio de la
luz, iluminemos a los demás con nuestras obras» (Tratado sobre la
ejemplaridad cristiana).
–Marcos 1,29-30: Curó de diversos males a muchos
enfermos. Cristo Jesús, el Siervo de Dios, padeciendo por los pecados de
los hombres (Is 52,13ss.), ha tomado sobre su Corazón redentor nuestras
miserias y debilidades, y ha orientado eficazmente nuestras vidas hacia la
salvación definitiva y eterna. San Cirilo de Alejandría escribe:
Jesús, «una vez vencido Satanás, y coronada la naturaleza humana con
la victoria conseguida sobre él, volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu,
utilizando su poder para obrar milagros varios y causando gran admiración.
Obraba milagros, recibiendo la gracia no del exterior y dada por el Espíritu,
como ocurría en los otros santos, sino porque es el Hijo natural y verdadero de
Dios Padre, y heredero de todo lo que le es propio» (Comentario al Evangelio
de San Lucas).
Ciclo C
La liturgia de este Domingo, a través de las tres lecturas propone un
idéntico tema: los creyentes forman una comunidad de enviados, es decir, de
apóstoles. Dios se ha revelado a ellos. Ellos lo han conocido, han sido
llamados y han sido enviados. Todo cristiano ha de transmitir ante todo lo que
él mismo ha recibido. El bien es difusivo de sí mismo.
En la asamblea litúrgica de cada domingo es donde el cristiano se ha
de preparar y encender para difundir después el mensaje de salvación por todas
partes, según sus propias circunstancias y posibilidades, con su palabra, con
su ejemplo y con su oración. «Salvado para salvar». Eso es el creyente. Ésa es
la vocación cristiana. Por iniciativa divina fuimos elegidos para injertarnos
en el misterio de Cristo y servir, así, de testigos y de continuadores de la
obra de la salvación sobre otros hombres. La vocación cristiana es por su
naturaleza una vocación apostólica.
–Isaías 6,1-2.3-8: Aquí estoy, envíame. Toda
vocación, aunque nace de iniciativa divina, supone en el elegido una actitud de
disponibilidad generosa ante la voluntad de Dios. Yavé tiene su trono en el
cielo, pero también establece su sede en medio de su pueblo. San Jerónimo dice:
«Hay cuatro clases de apóstoles: una que no es por los hombres ni por
el hombre, sino por Jesucristo y Dios Padre; otra, que ciertamente es por Dios,
pero también por el hombre; la tercera que es por el hombre, no por Dios; la
cuarta, ni por Dios ni por el hombre, sino por sí mismo.
«Al primer grupo pueden pertenecer Isaías (Is 6,8), los demás profetas
y el mismo Pablo, que fue enviado no por los hombres ni por un hombre, sino por
Dios Padre y por Cristo. Del segundo grupo, Josué, hijo de Nun, que fue
constituido apóstol por Dios ciertamente, mas por medio de un hombre, Moisés
(Dt 34,9). La tercera clase, cuando alguno se ordena por el favor o la astucia;
como ahora vemos que muchos han venido al sacerdocio no por voluntad de Dios,
sino habiéndose ganado el favor del vulgo. El cuarto, es el gremio de los
pseudoprofetas y pseudoapóstoles, de los que dice el Apóstol: “esos individuos
son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, disfrazados de apóstoles de Cristo”
(2 Cor 11,13)» (Comentario a la Carta de los Gálatas 2,43).
–Con el Salmo 137 proclamamos: «Delante de los ángeles
tañeré para Ti, Señor. Te doy gracias, Señor, de todo corazón; me postraré
hacia tu santuario. Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y lealtad.
Cuando te invoqué me escuchaste, acreciste el valor de mi alma... Señor, tu
misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos».
–1 Corintios 15,1-11: Esto es lo que predicamos; esto
es lo que habéis creído. El verdadero cristiano es el hombre elegido por
Dios para configurarse a la imagen del Hijo (Rom 8,29), de modo que venga a ser
así en medio de los hombres testigo de la nueva vida pascual. San Agustín
predica en un sermón:
«Contempla a Pablo, una partecita de esa heredad [del Señor}, míralo
enflaquecido, diciendo: “no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a
la Iglesia de Dios”. ¿Por qué entonces apóstol? “Por la gracia de Dios soy lo
que soy”. Enflaqueció Pablo, pero Tú lo perfeccionaste. Y pues es lo que es por
la gracia de Dios, mira lo que sigue: “y su gracia en mí no fue vana, sino que
trabajé más que todos ellos”. ¿Comienzas a atribuir a ti mismo lo que antes
atribuías a Dios? Atiende lo que sigue: “pero no yo, sino la gracia de Dios
conmigo”. Bien, hombre débil. Serás engrandecido en la
fortaleza, ya que eres agradecido. Tú eres Pablo, pequeño en ti, grande en el
Señor. Tú eres quien rogaste tres veces al Señor que retirase de ti el aguijón
de la carne, el ángel de Satanás, que te abofeteaba. Y ¿qué se te dijo? ¿Qué se
te respondió cuando esto pedías? “Te basta mi gracia, pues la fuerza se
perfecciona en la debilidad” (2 Cor 12,7-9)» (Sermón 76,7).
–Lucas 5,1-11: Dejándolo todo, lo siguieron. La
vocación cristiana, como respuesta fiel a la llamada de Cristo, exige siempre
un cambio de vida personal, que convierta a quienes la reciben en auténticos
testigos del Evangelio. Oigamos a San Agustín:
«Recibieron de Él las redes de la palabra de Dios, las echaron al
mundo, cual a un hondo mar, y capturaron la muchedumbre de cristianos que vemos
y que nos causa admiración. Aquellas dos barcas simbolizaban los dos pueblos:
el de los judíos y el de los gentiles, el de la Iglesia y el de la Sinagoga...
«¿Y qué hemos escuchado? Que entonces las barcas amenazaban hundirse por la muchedumbre de peces. Lo mismo sucede ahora: los muchos cristianos que viven mal oprimen a la Iglesia. Y esto es poco: también rompen las redes, pues si no se hubiesen roto las redes no hubiesen existido cismas» (Sermón 248,2).
–Génesis 1,1-19: Dijo Dios y así fue. Ninguna
cuestión más fascinante que el del origen del mundo y de la humanidad. Los
hombres sin fe siguen torturados por él. Nosotros, los cristianos, tenemos la
respuesta en las primeras páginas de las Sagradas Escrituras. El Libro de los
orígenes, al comienzo de la Biblia, presenta, dentro de un magnífico poema
litúrgico, el misterio de la creación del mundo. Todo cuanto existe es obra de
la Palabra de Dios y expresión de su voluntad. San Agustín ha comentado este
pasaje bíblico muchas veces:
«Hermoso es el mundo, pero más hermoso Aquél por quien el mundo fue
hecho. Suave es el mundo, pero más suave es Aquél por quien fue hecho el mundo.
¿Cómo es que el mundo es malo, siendo bueno quien hizo el mundo? ¿No hizo Dios
todas las cosas y “eran todas buenas”?... ¿Cómo, pues, es malo ahora el mundo y
bueno quien hizo el mundo? Porque “el
mundo fue hecho por Él, pero el mundo no le conoció” (Jn 1,10). Por Él fue
hecho el mundo, es decir, el cielo y la tierra, y todo cuanto hay en ellos.
Pero el mundo no lo conoció, es decir, los amantes del mundo, los que aman al
mundo y desprecian a Dios: éste es el mundo que no lo conoció. Por tanto, el
mundo es malo, porque son malos los que prefieren el mundo a Dios» (Sermón
96,4-5).
–Contemplando la creación, brota de nuestros labios una gran alabanza
a Dios, la del Salmo 103: «Bendice, alma mía, al Señor. ¡Dios mío
qué grande eres! Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un
manto. Asentaste la tierra sobre sus cimientos, y no vacilará jamás; la
cubriste con el manto del océano, y las aguas se posaron sobre las montañas. De
los manantiales sacas los ríos, para que fluyan entre los montes... ¡Cuántas
son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría, la tierra está llena
de tus criaturas! ¡Bendice, alma mía, al Señor!»
Años pares
–1 Reyes 8,1-7.9-13: Llevaron el Arca al Santuario, y
la nube llenó el Templo. La gloria divina llena el templo del Señor. La
gloria es Dios mismo, en cuanto que se revela habitando entre los suyos. Cristo
es el resplandor de la gloria del Padre (Heb 1,3). Su presencia es, por tanto,
protección y salud para los que a Él acuden.
También hemos de considerar la dignidad sublime del templo cristiano,
donde se reactualiza sacramentalmente el sacrificio redentor del Calvario,
donde se guarda la Eucaristía y se administran los sacramentos... Y no hemos de
olvidar tampoco que el cristiano en gracia es templo vivo de Dios. Por eso todo
en él debe ser santo: santos los pensamientos, deseos, afectos, palabras,
obras... santa toda su vida. Exhorta San León Magno:
«Reconoce, oh cristiano, tu dignidad, pues participas de la naturaleza
divina (2 Pe 1,4), y no vuelvas a las antiguas vilezas con una vida depravada.
Recuerda de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro. Ten presente que,
arrancado al poder de las tinieblas, has sido trasladado al reino luminoso de
Dios (Col 1,13). Por el sacramento del bautismo te convertiste en templo del
Espíritu Santo. No ahuyentes, pues, a tan excelso huésped con acciones
pecaminosas; no te entregues otra vez como esclavo al demonio, pues has costado
la sangre de Cristo, quien te redimió según su misericordia y te juzgará
conforme a la verdad» (Sermón 21,3).
–Desde Efrata el Arca es llevada y establecida en una mansión
definitiva. El Salmo 131 repite toda la liturgia de la
entronización: gala de los sacerdotes, aclamación del pueblo, lugar prominente
del rey, el Ungido, que viene en presencia de Yavé y del Arca: «Levántate,
Señor, ven a tu mansión. Oímos que estaba en Efrata, la encontramos en el Soto
de Jaar: entremos en su morada, postrémonos ante el estrado de su pies... Ven
con el arca de tu poder; que tus sacerdotes se vistan de gala, que tus fieles
vitoreen. Por amor a tu siervo David, no niegues audiencia a tu Ungido»
Para nosotros el Ungido por antonomasia es Cristo. Dice San Ambrosio:
«Cristo es la luz eterna de las almas, ya que para esto lo envió el
Padre al mundo, para que, iluminados por su rostro, podamos esperar las cosas
eternas y celestiales, nosotros que antes nos hallábamos impedidos por la
oscuridad de este mundo» (Comentario al Salmo 43).
–Marcos 6,53-56: Los que tocaban a Jesús se ponían
sanos. Después de la multiplicación de los panes y de sosegar la tempestad,
un nuevo resumen nos describe la actividad de Jesús en una serie de milagros.
En muchos de ellos se da un encuentro personal de Jesús con los hombres, y por
parte de éstos, vemos una aceptación de la persona de Jesús, el Salvador, a
cuyo encuentro salen. San Juan Crisóstomo observa:
«Ya no se le acercan como al principio: no le obligan a que vaya a sus
propias casas, ni a que impongan las manos a los enfermos, ni a que lo mande de
palabra. Ahora se ganan la curación de modo más elevado, más sabiamente por
medio de una fe mayor. La mujer del flujo de sangre les había enseñado a todos
esta sabiduría. Por lo demás, el mismo Evangelista nos da a entender que, de
mucho tiempo atrás, había estado el Señor en aquellas partes... Sin embargo, no
sólo no había el tiempo destruido la fe de aquella gente en el Señor, no sólo
la había mantenido viva, sino que la había aumentado.
«Toquemos también nosotros la orla de su vestido; más aún, pues la
verdad es que su Cuerpo mismo está ahora puesto delante de nosotros. No
toquemos solo su vestido, sino su Cuerpo. No solo está presente para tocarle,
sino para comerle y hartarnos de su carne. Acerquémonos, pues, a Él con viva
fe, llevando cada uno nuestra enfermedad» (Homilías sobre San Mateo
50,2).
Años impares
–Génesis 1,20–2,4: Hagamos al hombre a nuestra imagen
y semejanza. La obra de Dios llega a su culmen en la creación del hombre.
El Señor, por una decisión especial, lo hace a su imagen y lo establece como
rey de la creación. Comenta San Agustín:
«Amadísimos, mucho nos insiste Dios en la unidad entre todos. Fijaos
bien en que al principio de la creación, cuando hizo todas las cosas, los
astros en el firmamento y en la tierra las hierbas y los árboles, Dios dijo:
“produzca la tierra, y aparecieron los árboles y cuanto verdea”... Pero llegó a
la creación del hombre, y creó solo uno, y de ese uno, todo el género humano. Y
ni siquiera quiso hacer dos, varón y mujer, por separado, sino uno solo, y de
ese primer hombre hizo una sola mujer.
«¿Por qué así? ¿Por qué el género humano tomó comienzo de un solo
hombre, sino porque así se intima la unidad del género humano? También Cristo,
el Señor, nació de solo una mujer, pues la unidad es virginal: conserva la
unidad y se mantiene incorruptible» (Sermón 268,3).
–Entre todas las obras de la creación sobresale el hombre. Así lo
proclamamos con el Salmo 8: «¡Señor, dueño nuestro, qué admirable
es tu nombre en toda la tierra! Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes
de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus
manos, todo lo sometiste bajo sus pies».
Años pares
–1 Reyes 8,22-23.27-30: Dios no puede ser encerrado
en un lugar, por muy digno que éste sea. Dios lo trasciende todo. Salomón
suplica al Señor que escuche benigno las súplicas y oraciones que le dirija su
pueblo en el Templo. Clemente de Alejandría escribe:
«Dice Juan el apóstol, refiriéndose al invisible e inexpresable seno
de Dios: “a Dios nadie le vio jamás, pero el Dios unigénito, que está en el
seno del Padre, éste lo manifestó” (Jn 1,18). Por eso algunos lo llamaron
Abismo, pues aunque abarcando y conteniendo en su seno todas las cosas, es en
sí mismo ininvestigable e interminable.
«Que Dios es sumamente difícil de aprehender se muestra en el discurso
siguiente: si la causa primera de cualquier cosa es difícil de descubrir, la
causa absoluta y suprema y más originaria, siendo la causa de la generación y
de la continuada existencia de todas las demás cosas, será muy difícil de
describir. Porque, ¿cómo podrá ser expresable lo que no es ni género ni
diferencia, ni especie, ni individuo, ni número, así como tampoco accidente o
sujeto de accidentes?
«No se le puede llamar adecuadamente el Todo, porque el todo se aplica
a lo extenso, y Él es más bien el Padre de todo. Ni se puede decir que tenga
partes, porque lo Uno es indivisible, y por ello es también infinito, no en el
sentido de que sea ininvestigable al pensamiento, sino en el de que no tiene
extensión o límites. Como consecuencia, no tiene forma ni nombre. Y aunque a
veces le demos nombres, estos no se aplican en el sentido estricto: cuando le
llamamos Uno, Bien, Inteligencia, Ser en sí, Padre, Dios, Creador, Señor, no le
damos propiamente un nombre, sino que, no pudiendo hacer otra cosa, hemos de
usar esas apelaciones honoríficas a fin de que nuestra mente pueda fijarse en
algo y no ande errante en cualquier cosa. Cada una de estas apelaciones no es
capaz de designar a Dios, aunque tomadas todas ellas en su conjunto muestran la
potencia del Omnipotente.
«Las descripciones de una cosa se dicen con referencia a las
cualidades de la misma, o a las relaciones de ésta con otras; pero nada de esto
puede aplicarse a Dios. Dios no puede ser aprehendido por ciencia demostrativa,
porque ésta se basa en verdades previas y ya conocidas, pero nada es previo al
que es ingénito. Sólo resta que el Desconocido llegue a ser conocido por la
gracia divina y por la Palabra que de Él procede» (Stromata 5,12,81).
–Dios, que no cabe en el cielo ni en la tierra, ha querido manifestar
algo de su gloria en el antiguo templo de Jerusalén, y de un modo más especial
en nuestras iglesias, con la Eucaristía. El Salmo 83 nos ofrece
ideas sublimes sobre esta realidad: «¡Qué deseables son tus moradas, Señor de
los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor; mi corazón y
mi carne retozan por el Dios vivo. Hasta el gorrión ha encontrado una casa y la
golondrina un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los
ejércitos, rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote
siempre. Fíjate, oh Dios, en nuestro escudo, mira el rostro de tu Ungido. Vale
más un día en tus atrios que mil en mi casa, y prefiero el umbral de la casa de
Dios a vivir con los malvados».
Todo esto se realiza más exactamente en nuestras iglesias, con la
presencia real de Cristo Sacramentado,
con la celebración de la Eucaristía y los demás sacramentos, con la oración
litúrgica y extralitúrgica.
–Marcos 7,1-13: Dejáis a un lado el mandamiento de
Dios para aferraros a la tradición de los hombres. La base de la
religiosidad está en la limpieza del corazón, en el amor al Padre y en la
expresión de este amor en la convivencia humana. Dice San Juan Crisóstomo:
«Cuando escribas y fariseos quieren presentar a los discípulos como
transgresores de la ley, Él les demuestra que son ellos los verdaderos
transgresores, mientras que sus discípulos están exentos de toda culpa. Porque
no es ley lo que los hombres ordenan. De ahí que Él la llama “tradición”, y
tradición de hombres transgresores de “la ley”. Y como no lavarse las manos no
era realmente contrario a la ley, les saca a relucir otra tradición de ellos
que era francamente opuesta a ella. De este modo viene a decirles que, bajo
apariencia de religión, ellos enseñaban a los jóvenes a despreciar a sus
padres...
«Habiendo, pues, demostrado el Señor a escribas y fariseos que estaban
acusando sin razón [a sus discípulos] de transgredir la tradición de los
ancianos –ellos, que pisoteaban la ley de Dios–, les demuestra ahora lo mismo
por el testimonio del profeta. Ya les había rebatido fuertemente, y ahora
prosigue adelante. Es lo que hace siempre, aduciendo también el testimonio de
las Escrituras, y demostrando de este modo su perfecto acuerdo con Dios.
«¿Y qué es lo que dice el profeta? “Este pueblo me honra con sus
labios, pero su corazón está lejos de mí”
(Is 29,13). ¡Mirad con qué precisión concuerda la profecía con las
palabras del Señor, y cómo ya desde antiguo denuncia la maldad de escribas y
fariseos!» (Homilías sobre San Mateo 51, 2).
Años impares
–Génesis 2,4-9.15-17: El Señor Dios tomó al hombre y
lo colocó en el jardín del Edén. Situado en el jardín paradisíaco, el
hombre es rey de todo. Así lo quiso el Señor; pero, al mismo tiempo, lo quiso
dependiente de Él, como no podía ser menos, pues era criatura suya. Dice San
Gregorio Nacianceno:
«Dios puso al hombre en el paraíso, cualquiera que éste fuera,
considerándolo digno del libre albedrío; para que el bien permaneciera en quien
lo elige, como quien ha puesto en él capacidad de hacerlo. Lo hizo hortelano de
árboles inmortales, los pensamientos divinos, los más simples y los más
perfectos. Estaba desnudo por su sencillez y forma de vida sin artificio, lejos
de todo encubrimiento y recelo. Pues así era conveniente que fuera quien había
sido creado en el principio.
«Y le fue dada la ley, que es el objeto sobre el que ejercitar la
libertad. Le dió, en efecto, el mandato de “no comer del árbol de la ciencia
del bien y del mal” (Gén 2,16); no porque éste hubiera sido mal plantado, y
tampoco porque se le prohibiera por envidia –no desaten aquí sus lenguas los
enemigos de Dios, imitando a la serpiente–, sino porque comer de él era bueno
sólo en el momento oportuno. Este árbol, creo yo, representaba la contemplación
de Dios, cuya posesión era solo conveniente para quienes tuvieran una
conveniente disposición...» (Sermón 38,12).
–La grandeza de la creación no se agota en el acto creador, sino que
se continúa en la conservación y en el cuidado que Dios dispensa a sus
criaturas. Este cuidado llegó a su más alta expresión en el hombre. Toda la
narración de la colocación del hombre en el jardín del Edén es una imagen
expresiva y fuerte del Dios cercano y amigo.
Ante este designio amoroso de Dios, brota la alabanza del Salmo
103: «Bendice, alma mía, al Señor. ¡Dios mío, qué grande eres! Te
vistes de belleza y de majestad, la luz te envuelve como un manto. Todos ellos
aguardan a que les eches la comida a su tiempo. Abres tu mano, y se sacian de
bienes. Le retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo. Envías tu
aliento, y los creas y repueblas la faz de la tierra».
Años pares
–1 Reyes 10,1-10: La reina de Sabá vio la sabiduría
de Salomón. La crónica del reino de Salomón describe admirativamente la
sabiduría, la magnificencia, la justicia y la fama del rey. En realidad, lo que
se intenta mostrar es que es Dios quien se ha complacido en Salomón y, por amor
a su pueblo, le ha dado sabiduría y riquezas. Y Cristo es más que Salomón (Mt
12,42). Escribe San Ambrosio:
«Todo lo tenemos en Cristo; Cristo es todo para nosotros. Si quieres
curar tus heridas, Él es médico; si estás ardiendo de fiebre, Él es manantial;
si tienes necesidad de ayuda, Él es fuerza; si temes la muerte, Él es vida; si
deseas el cielo, Él es el camino; si buscas refugio de las tinieblas, Él
es Luz; si buscas manjar, Él es
alimento» (Sobre la virginidad 19,99).
–La proverbial sabiduría de Salomón se refleja bien en el Salmo
36: el fiel cumplimiento de la alianza nos guarda en la verdadera
sabiduría. La mayor prudencia se da en el cumplimiento de la voluntad del
Señor: «Encomienda tu camino al Señor y Él actuará: hará tu justicia como el
amanecer, tu derecho, como el mediodía. La boca del justo expone la sabiduría,
su lengua explica el derecho; porque lleva en el corazón la ley de su Dios, y
sus pasos no vacilan. El Señor es quien salva a los justos, El es su alcázar en
el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los
salva, porque se acogen a El».
–Marcos 7,14-23: Lo que sale de dentro es lo que hace
impuro al hombre. La enseñanza de Jesús sobre lo puro e impuro es una
aplicación de su principio general sobre la verdadera religiosidad. San Juan
Crisóstomo comenta:
«El Señor, tanto en lo que afirma, cuanto en lo que legisla, se apoya
en la verdad misma de las cosas. Por eso sus enemigos no se atreven a
replicarle, y no le arguyen: “¿pero qué es lo que dices? ¿Dios nos manda tantas
cosas acerca de la observancia de los alimentos, y tú nos vienes ahora con esa
ley?” Y es que el Señor los había enmudecido eficazmente no sólo por sus
argumentos, sino haciendo patente su mentira, sacando a pública vergüenza lo
que ellos ocultamente habían hecho, y en fin, revelando los íntimos secretos de
su alma. Por eso ellos, sin chistar, optan por la retirada. Pero considerad
aquí, os ruego, por otra parte, cómo todavía el Señor no estima prudente romper
abiertamente con la ley de los alimentos, y se limita a decir: “no es lo que
entra en la boca lo que mancha al hombre”» (Homilía sobre San Mateo 51,3).
De dentro del corazón salen los malos propósitos, las
fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes,
desenfrenos, envidia, difamación, orgullo, frivolidad... Todas las maldades
salen de dentro, y eso es lo que hace impuro al hombre. Pero esto no querían
verlo los fariseos, sino que se aferraban a sus tradiciones, que miraban sobre
todo a lo exterior del hombre.
Años impares
–Génesis 2,18-25: Dios presentó la mujer al hombre.
Y serán los dos en una sola carne. El relato de la creación de la mujer
pone de manifiesto su relación originaria con el hombre. La mujer es un don de
Dios al hombre, una criatura no idéntica a él, pero sí complementaria; y lo
mismo el varón para la mujer. Fundándose Jesús en este pasaje, proclamará la
indisolubilidad del matrimonio, establecida por Dios desde el principio.
Comenta San Agustín:
«“Serán dos en una sola carne”; no son ya dos, sino una sola carne, se
entiende según esa realidad que se da en Cristo y en la Iglesia. Como se habla
de esposo y de esposa, así también de Cabeza y de Cuerpo, puesto que el varón
es la cabeza de la mujer. Sea que yo hable de cabeza y cuerpo, sea que hable de
esposo y de esposa, entended una misma cosa» (Sermón 341,12).
–La creación de la mujer nos lleva a cantar la bienaventuranza de la
vida familiar, que expresa el designio de Dios sobre la vida del hombre, y lo
hacemos con el Salmo 127: «Dichoso el que teme al Señor, y sigue
sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Tu
mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de
olivo, alrededor de tu mesa. Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos
los días de tu vida».
Es ocasión de orar por las familias del mundo, llamadas por Dios a un
ideal tan alto y hermoso, y tan amenazadas por tantos peligros.
Años pares
–1 Reyes 11,4-13: Por haber sido infiel al pacto, voy
a arrancar el reino de tus manos; pero dejaré a tu hijo una tribu, en
consideración a David. Es la tragedia constante del Antiguo Testamento: la
Alianza quebrantada tantas veces por la infidelidad, y siempre renovada por la
misericordia de Dios. Por sus pecados, Salomón se precipita en su ruina; pero
el Señor guarda su reino para un descendiente suyo, Jesucristo. Veamos lo que
dice San Atanasio sobre el pecado:
«El primer hombre, que se llama en hebreo Adán, al principio, según
las Sagradas Escrituras, conservaba su espíritu vuelto hacia Dios, en la
libertad más limpia, y vivía con los santos en la contemplación de las cosas
inteligibles, de las que gozaba en el lugar que el santo Moisés ha llamado en
figura el paraíso. Porque la pureza del alma le hacía capaz de
contemplar a Dios en ella misma, como en un espejo...
«Pero el alma humana, sin contentarse con haber encontrado el mal,
poco a poco se fue precipitando en lo peor... Así, desviada del bien y
olvidando que ella es la imagen del Dios bueno, el poder que hay en ella no ve
ya al Dios Verbo, a cuya semejanza ella misma fue hecha; y saliendo de sí
misma, no piensa ya ni imagina sino la nada. Porque ella ha escondido en los
repliegues de los deseos corporales el espejo que hay en ella, por el que sólo
podía ver la imagen del Padre. Y así ya no ve más aquello en que un alma debe
pensar; al contrario, vuelta hacia los lados, sólo ve aquello que cae bajo los
sentidos.
«Así, llena de toda suerte de deseos carnales, y ofuscada por la falsa
opinión que de ellos se ha hecho, acaba por imaginarse al modo de las cosas
corporales y sensibles a Dios, de cuyo pensamiento se ha olvidado, y da a las
apariencias el nombre de Dios. Ella ahora no aprecia más que aquello que ve y
contempla como algo agradable. Ése es, pues, el mal, la causa y el origen de la
idolatría» (Tratado contra los paganos 2 y 8).
–En el corazón de Salomón se introdujo la malicia y fue infiel al
pacto, caminando tras otros dioses. Es el gran pecado del pueblo, la idolatría:
dar culto a dioses extraños, pero también dar culto al dinero, a la ambición,
al poder, a la violencia, al placer... Pero Dios misericordioso se compadece
siempre de la miseria del hombre.
A Él acudimos, pues, con el Salmo 105: «Acuérdate de mí,
Señor, por amor a tu pueblo. Dichosos los que respetan el derecho y practican
siempre la justicia... Visítame con tu salvación. Emparentaron con los
gentiles, imitaron sus costumbres; adoraron sus ídolos, y cayeron en sus lazos.
Inmolaron a los demonios sus hijos y sus hijas; la ira del Señor se encendió
contra su pueblo, y aborreció su heredad».
Sin embargo, triunfa la misericordia del Señor sobre nuestro pecado,
pues se compadece de su pueblo, del hombre que Él creó. Dios se acuerda siempre
de nosotros con bondad, pero nosotros tenemos siempre necesidad de
arrepentimiento.
–Marcos 7,24-30: Los perros, debajo de la mesa, comen
las migajas que tiran los niños. Jesús sana a la hija de la cananea, mujer
de fe sumamente admirable. Comenta San Agustín:
«Esta mujer cananea nos ofrece un ejemplo de humildad y un camino de
piedad. Nos enseña a subir desde la humildad hasta la altura. Al parecer, no
pertenece al pueblo de Israel, al que pertenecían los patriarcas, los
profetas... y también la Virgen María, que dio a luz a Cristo. La cananea no
pertenece a este pueblo, sino a los gentiles... Ella gritaba, ansiosa de
obtener el beneficio, y llamaba con fuerza. Él disimulaba, pero no para negar
la misericordia, sino para estimular el deseo; y no sólo para acrecentar el
deseo, sino también para tener ocasión de ensalzar la humildad.
«Clamaba, pues, ella al Señor, que no escuchaba, pero que planeaba en
silencio lo que iba a realizar... Tengamos, pues, humildad, y si aún no la
tenemos, aprendámosla. Si la tenemos, no la perdamos. Si no la tenemos,
adquirámosla, para ser injertados; si la tenemos, retengámosla, para no ser
amputados» (Sermón 77,2 y 15).
Oigamos el sumo elogio que de la humildad hace Casiano:
«La humildad, maestra de todas las virtudes, es, a la par, el
fundamento inconmovible del edificio sobrenatural, el don por antonomasia y la
gracia más excelsa del Salvador» (Colaciones 15,7).
Años impares
–Génesis 3,1-8: Seréis como Dios en el conocimiento
del bien y del mal. No tiene por qué Dios deciros qué es lo bueno y qué lo
malo. Vosotros mismos tenéis capacidad y autoridad para discernirlo. Ésta, la
soberbia, es la tentación fundamental de los primeros padres, pero también de
los hombres de todos los siglos. Comenta San Agustín:
«La soberbia es gran malicia, la primera de todas, el principio y el
origen, la causa de todos los pecados. Ella arrojó a los ángeles del cielo e hizo
al diablo. Éste, arrojado de allí, dio a beber el cáliz de la soberbia al
hombre, que aún se mantenía firme; elevó hasta la soberbia a quien había sido
hecho a imagen y semejanza de Dios, que ahora ya se hace indigno, por la
soberbia. El diablo sintió envidia de él, y lo convenció para que despreciara
la ley de Dios y disfrutara de su propio poder autónomo. ¿Y cómo lo convenció?
“Si coméis [de ese fruto], les dijo, seréis como dioses”. Ved, pues, si no los
persuadió por la soberbia.
«Dios hizo al hombre, y él quiso ser dios; tomando lo que no era,
perdió lo que era; no digo que perdiera la naturaleza humana, sino que quedó
privado de la felicidad presente y futura. Perdió aquello hacia lo que había de
ser elevado, engañado por quien de allí había sido expulsado» (Sermón
340,A,1).
–Nuestra actitud después de pecar no ha de ser como la de nuestros
primeros padres, «escondernos» de Dios. Sería tan perjudicial como inútil. Por
el contrario, con toda humildad y confianza, hemos de reconocer ante el Señor
nuestra culpa. De este modo obtendremos Su perdón.
Así lo cantamos con el Salmo 31: «Dichoso el que está
absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a
quien el Señor no le apunta el delito. Había pecado, lo reconocí; no te encubrí
mi delito; propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y Tú perdonaste mi culpa y
mi pecado. Por eso que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia; la
crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzarán. Tú eres mi refugio; me libras
del peligro, me rodeas de cantos de liberación».
Años pares
–1 Reyes 11,29-32; 12,19: Se separó Israel de la casa
de David. Un profeta anuncia a Jeroboán, de una manera pública, la
disolución del reino unificado por David. Las tribus del norte reivindicarán su
autonomía. Pero aunque parezca derrumbarse la casa de David, la fidelidad de
Dios a sus promesas permanecerá para siempre, y de esa casa y linaje nacerá el
Salvador de los hombres. Él es la Luz del mundo, el que iluminando a todos los
pueblos, congrega a todos en un solo Reino. Escuchemos a Clemente de
Alejandría:
«¡Salve, luz! Desde el cielo brilló una luz sobre nosotros, que
estábamos sumidos en la oscuridad y encerrados en la sombra de la muerte; luz
más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo. Esta luz es la vida
eterna, y todo lo que de ella participa vive, mientras que la noche teme a la
luz y, ocultándose por el miedo, deja el puesto al día del Señor. El universo
se ve iluminado por la luz indefectible, y el ocaso se ha transformado en
aurora... Cristo fue el que transformó el ocaso en amanecer, quien venció la
muerte con la vida por la resurrección, quien arrancó al hombre de su perdición
y lo levantó al cielo... Él es quien diviniza al hombre con una enseñanza celeste»
(Exhortación a los paganos 11,114,1-5).
–La división del reino fue fruto de la infidelidad. Ésta es la lectura
sapiencial de la historia. La gran tentación de Israel, siendo la nación que
Yavé se había escogido como heredad, fue siempre la de asemejarse a las demás
naciones. Y entonces, cuando Israel se aparta del plan salvífico de Dios,
experimenta la ruina, el exilio, el desastre.
Pero la fidelidad de Dios permanece para siempre, como lo confiesa el Salmo
80: «Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz. No tendrás un dios
extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor, que te sacó de
Egipto. Pero mi pueblo no escuchó mi voz. Israel no quiso obedecer. Los
entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos. Ojalá
me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino: en un momento
humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios».
–Marcos 7,31-37: Hace oír a los sordos y hablar a los
mudos. Jesús llega a la Decápolis, donde cura a un sordomudo. Su fama se
difunde por doquier. La muchedumbre lo glorifica. Este milagro de sanación nos
hace recordar el rito sacramental de la iniciación cristiana: por él se nos
abren los oídos para oír la palabra de Dios, y se nos desata la lengua para
proclamar su gloria.
La Escritura relaciona el mutismo con la falta de fe (Ex 4,10-17; Is
6; Mc 4,12). Y a esa luz se nos muestra la curación del mudo como un bien
mesiánico. En efecto, los últimos tiempos nos sitúan en un clima de relaciones
filiales con Dios, nos capacitan para oír su palabra, para responderla y
también para hablar de Él a los demás.
El cristiano que vive estos últimos tiempos se convierte así en
profeta, experto en la Palabra divina, apóstol, misionero, catequista; más aún,
en familiar y amigo de Dios. Eso implica que puede escuchar la Palabra,
responderla y proclamarla a los hombres. Necesita, pues, los oídos y los labios
de la fe. Y la fe, como dice San León Magno, es don de Cristo:
«No es la sabiduría terrena quien descubre esta fe, ni la opinión
humana quien puede conseguirla; el mismo Hijo único es quien la ha enseñado y
el Espíritu quien la instruye» (Sermón 75).
Dios es la luz sobrenatural de los ojos del alma, que sin ella
permanece en tinieblas.
Años impares
–Génesis 3,9-24: El Señor los expulsó del jardín del
Edén para que labrasen el suelo. Los progenitores de la humanidad se ven
excluidos de la felicidad, a la que en su origen los había destinado el
Creador. Pero el Señor no los abandona. Ya entonces les anuncia una salvación
por gracia: la que ofrece Cristo Jesús.
Las consecuencias del pecado tienen siempre forma de rupturas: ruptura
del hombre con Dios, ruptura del hombre consigo mismo, ruptura con la creación.
Todo esto desbarata el estado anterior de la armonía primera. Todo queda dañado,
menos el amor de Dios. Los descendientes de Adán nacemos con ese pecado,
llamado original, y sufrimos todas sus consecuencias. Pero el amor de Dios, en
la plenitud de los tiempos, resplandeció en Cristo, el nuevo Adán, el Redentor,
el Reconciliador, el Mediador y Pontífice. Dice San Agustín:
«Cuando vencemos en nosotros mismos las apetencias de los bienes
temporales, vencemos en nosotros a aquel que reina mediante esas apetencias del
hombre. Cuando le dijeron al diablo: “tierra comerás”, le dijeron al pecador:
“tierra eres y en tierra te convertirás” (Gén 3,14-19). El pecador fue hecho
así alimento del diablo. No seamos, pues, tierra, si no queremos ser devorados
por la serpiente» (El combate cristiano 2).
–Hasta en el momento más ruinoso de la historia de la humanidad brilla
la luz de la salvación, la fidelidad de Dios, su amor misericordioso. Así lo
proclamamos con el Salmo 89: «Señor, Tú has sido nuestro refugio
de generación en generación. Antes que naciesen los montes o fuera engendrado
el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre Tú eres Dios. Tú reduces el
hombre a polvo, diciendo: “retornad, hijos de Adán”. Mil años en tu presencia
son un ayer que pasó, una vela nocturna. Los siembras año por año, como hierba
que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la
siegan y se seca. Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un
corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos».
Años pares
–1 Reyes 12,26-32–13,33-34: Jeroboán hizo dos
becerros de oro, y puso uno en Betel y otro en Dan. Pretende así asegurar
la división entre los reinos de Israel y de Judá, no solo en lo político, sino
también en lo religioso. Otra vez, como había sucedido en el Éxodo, las tribus
del Norte representan a Yavé como un «becerro» de oro. Recayendo así en la
idolatría, son infieles a la alianza, y se apartan de Yavé.
También ahora muchos miembros del Pueblo de Dios se fabrican no pocos
«becerros» de oro: el poder, la ambición, las riquezas, los placeres... La vida
de muchos bautizados se cierra así a los designios de Dios, queda sorda a la
Palabra de Dios, encarnada y escrita en Cristo. Los bautizados infieles se
hacen dioses a su medida. La fe de los cristianos, como dice San León Magno, puede
corromperse:
«En esta misericordia de Dios, cuya grandeza no podemos explicar, los
cristianos deben tener mucho cuidado de no dejarse atrapar por los lazos del
demonio y envolverse de nuevo en los errores a los que han renunciado (cf.
2 Pe 2,20). En efecto, el antiguo enemigo, “transfigurándose en ángel de luz”
(2 Cor 11,14), no cesa de tender por todas partes las redes de sus engaños y
trabaja sin descanso para corromper de todas formas la fe de los creyentes...
Sabe a quién conturbar con la tristeza, a quién engañar con la alegría, a quién
abatir con el temor, a quién seducir con la adulación...
«Engaña también a los que afirman mentirosamente que toda la vida
humana depende de la influencia de las estrellas, y a los que atribuyen a una
inevitable fatalidad lo que solo ha sido hecho por voluntad de Dios o de la
nuestra. Para causar mayor daño, promete que las circunstancias pueden ser
cambiadas mediante plegarias a los astros adversos... Arrojen de sí los fieles
la costumbre de esta condenable perversidad, y guárdense de mezclar el honor
debido solo a Dios con los ritos de los hombres, que son esclavos de las
criaturas» (Sermón 27,4-5).
–El pecado de Jeroboán ha sido grande: ha incitado al pueblo a la
infidelidad y a violar su alianza con Él. Es un episodio más en la historia de
la prevaricación y del pecado, que se prolonga, ciertamente, en nuestros días.
Volvámonos, pues, a Dios, rezando el Salmo 105, perfectamente
actual:
«Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo. Hemos pecado con
nuestros padres, hemos cometido maldades e iniquidades. Nuestros padres en
Egipto no comprendieron tus maravillas. En Horeb se hicieron un becerro de oro;
adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro
que come hierba. Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios
en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos junto al Mar Rojo».
Quien habiendo llegado a la fe en Jesucristo, se deja después dominar
por la avaricia, se enaltece con los falsos honores, se abrasa con la envidia,
se contamina con los deleites inmundos, y se goza con las prosperidades
mundanas, renuncia a seguir a Cristo, en quien creyó.
–Marcos 8,1-10: La gente comió hasta quedar
satisfecha. Segunda multiplicación de los panes y peces. Muchos autores ven
en este prodigio un símbolo anticipador de la Eucaristía. En el acto de la
sagrada comunión se realiza una inefable, íntima, viva y fecunda unión del
hombre con Cristo Salvador. San Cirilo de Jerusalén describe así esta maravillosa
unión:
«Mezclad dos gotas de cera derretida y ambas se fundirán en una sola.
De igual modo, cuando nosotros recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se
realiza entre Él y nosotros tal unión que Él se encuentra en nosotros y
nosotros en Él» (Catequesis 23,4).
Y San León Magno:
«La comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, la sagrada
Comunión, no aspira sino a que nos transformemos en lo que recibimos, a que
llevemos en el alma y en el cuerpo a Aquél con quien hemos muerto, con quien fuimos enterrados y con quien hemos
resucitado» (Homilía 24,2).