Entrada: «Sálvanos, Señor Dios nuestro, reúnenos de entre los gentiles:
daremos gracias a tu santo nombre, y alabarte será nuestra gloria» (Sal
105,17).
Colecta (Veronense): «Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que
nuestro amor se extienda, en consecuencia, a todos los hombres».
Ofertorio (Veronense): «Presentamos, Señor, estas ofrendas en tu altar como
signo de nuestra servidumbre; concédenos que, al ser aceptadas por ti, se
conviertan para tu pueblo en sacramento de vida y redención».
Comunión: «Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia,
Señor, que no me avergüence de haberte invocado» (Sal 30,17-18). «Dichosos los
pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los
sufridos, porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5,3-4).
Postcomunión (del Misal anterior, inspirada en el Veronense): «Reanimados por los
dones de nuestra salvación, te suplicamos, Señor, que el pan de vida eterna nos
haga crecer continuamente en la fe verdadera».
Ciclo A
Las bienaventuranzas nos exhortan a una profunda regeneración
interior. Solo si las recibimos podremos «tener los mismos sentimientos que
tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5).
–Sofonías 2,3; 3.12-13: Dejaré en medio de ti un
resto pobre y humilde. Ya desde el Antiguo Testamento, y a pesar de la
universalidad de la Redención prometida, los destinatarios directos de la
salvación de Dios son los humildes de corazón. Ellos son ese «resto de Israel»,
que solo espera de Dios su salvación.
Todos los hombres estamos llamados a formar parte de ese pueblo de
quienes se reconocen pobres ante el Señor, según ese texto de Sofonías. Muchas
veces los Santos Padres llaman a la humildad, presentándola como la condición
primera de los que pertenecen a Cristo. Así lo hace San Juan Crisóstomo:
«Puesta la humildad por fundamento, el arquitecto puede construir con
seguridad sobre ella todo el edificio. Pero si ésta se pierde, por más que tu
santidad parezca tocar el cielo, todo se vendrá abajo y terminará
catastróficamente. El ayuno, la oración, la limosna, la castidad, cualquier
otro bien que juntes, si falta la humildad, todo se escurre como el agua y todo
se pierde» (Homilía sobre San Mateo 15, 2).
–Con el Salmo 145 proclamamos: «El Señor hace justicia a
los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos, abre los ojos
al ciego, ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y le
da vida... El Señor reina eternamente».
Adoptando esta actitud de humildad y de disponibilidad radical, el
creyente participa de la gloria de los tiempos nuevos. Cristo ha vivido esta
realidad. Él ha dicho: “aprended de Mí a ser mansos y humildes” (Mt 11,29). Él
es en la Cruz el representante por antonomasia del pueblo pobre y humilde. Resucitado,
es el centro vivificante para todo hombre y para todo pueblo, a condición de
que sigamos su camino, que entremos en su escuela de santidad, en la que Él nos
comunica la difícil fortaleza de su mansedumbre y la grandeza formidable de su
humildad.
–2 Corintios 1,26-31: Dios ha escogido lo débil del
mundo. Los criterios de Dios no son los criterios de los hombres (cf.
Is 55,8). Unas diez veces ha comentado San Agustín este pasaje paulino:
«Hemos dicho, hermanos, que el Dios humilde descendió hasta el hombre
soberbio. Reconózcase el hombre como hombre y manifiéstese Dios al hombre. Si
Cristo vino para que el hombre se humillara y a partir de esa humildad
creciera, convenía que cesara ya la gloria del hombre y se exaltara la de Dios,
de modo que la esperanza del hombre radicase en la gloria de Dios y no en la
suya propia, según las palabras del Apóstol: “quien se gloríe que se gloríe en
el Señor” (1 Cor 1,31)...
«He aquí, hermanos, que la gloria de Dios es nuestra propia gloria, y
cuanto más dulcemente se glorifique a Dios tanto es mayor el provecho que
obtendremos nosotros. Dios no ganará en excelsitud por el hecho de que le
honremos nosotros. Humillémonos y ensalcémoslo a Él... Confiese, pues el hombre
su condición de hombre; mengüe primero, para crecer después» (Sermón
380,6)
.–Mateo 5,1-12: Dichosos los pobres de espíritu.
La carta magna de la autenticidad cristiana ha quedado en el Evangelio con el
nombre de Bienaventuranzas. Ellas reflejan exactamente las maneras de
ser el Hijo de Dios, que se hace hombre para hacernos a los hombres hijos de
Dios. San Juan Crisóstomo comenta:
«Escuchemos con toda diligencia Sus palabras. Fueron pronunciadas para
los que las oyeron sobre el monte, pero se consignaron por escrito para cuantos
sin excepción habían de venir después. De ahí justamente que mirara el Señor,
al hablar, a sus discípulos, pero sin limitar a ellos sus palabras. Las
bienaventuranzas se dirigen, sin limitación alguna a todos los hombres. No dijo
en efecto: “bienaventurados vosotros, si sois pobres”, sino: “bienaventurados
los pobres”. Cierto que a ellos se lo dijo, pero el consejo tenía validez para
todos...
«Hay muchas maneras de ser humilde. Hay quienes son humildes
moderadamente, y hay quienes llevan la humildad a su último extremo. Ésta es la
humildad que alaba el bienaventurado profeta cuando, describiéndonos un alma no
contrita simplemente, sino un alma hecha pedazos por el dolor, nos dice: “mi
sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado Tú no
lo desprecias” (Sal 50,19). Ésta es la humildad que Cristo proclama ahora
bienaventurada» (Homilía 15,1).
También San Agustín ha comentado muchas veces las bienaventuranzas:
«Escucha y compréndeme, a ver si con Su ayuda consigo explicarme. Que
Él nos ayude a comprender los deberes y recompensas, de que hemos hablado, y a
entender cómo se corresponden entre sí. ¿Qué premio fue mencionado, en efecto,
[en cada bienaventuranza] que no vaya de acuerdo con la obligación respectiva?
Ved cómo, una a una, todas tienen el complemento apropiado, y nada se promete
como premio que no se ajuste al precepto.
«El precepto es que seas pobre de espíritu; el premio consiste
en la posesión del reino de los cielos. El precepto es que seas manso,
el premio consiste en la posesión de la tierra. El precepto ordena que
llores, el premio es ser consolado. El precepto es que tengas hambre y
sed de justicia, el premio es ser saciado. El precepto es que seas misericordioso,
el premio conseguir misericordia. Del mismo modo el precepto es que tengas el corazón
limpio, el premio es la visión de Dios» (Sermón 53).
Ciclo B
En este Domingo se considera a Cristo como Profeta, y ciertamente lo
fue de modo excepcional, verdadero, definitivo y único. Por eso su magisterio
es de supremo valor para todos los hombres, de todos los tiempos y de todas las
naciones y culturas. El profetismo, como medio de comunicación de los designios
divinos a los hombres, fue ya una institución querida por Dios en el Antiguo
Testamento. Así lo quiso Dios, a pesar del riesgo inevitable de los falsos
profetas, hijos de la presunción y de la osadía humana, que son posibles en
todos los tiempos.
Después del Concilio Vaticano II, concretamente, se ha utilizado mucho
el calificativo de «profeta», a veces exageradamente y sin fundamento. Para ser
profeta hace falta ser elegido, enseñado y enviado por el mismo Dios; hay que
saber interpretar la situación presente a la luz de la Palabra divina, y es
necesario también ser personalmente un ejemplo vivo y fidedigno de esa Palabra
divina, que viene ya expuesta por la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.
Son éstas las condiciones señaladas, por ejemplo, en el concilio Vaticano
II (Dei Verbum 10). Por eso, el
que se dice profeta, pero no reúne todas y cada una de esas condiciones, se
engaña a sí mismo y engaña a los demás. Es un falso profeta.
–Deutoronomio 18,15,20. Suscitaré un profeta y pondré
mis palabras en su boca. Es bueno tener presente lo que en el siglo primero
se decía ya en un documento venerable, la Didajé:
«Al que viniendo a vosotros os enseñare todo lo dicho, aceptadle. Pero
si el maestro, extraviado, os enseña otra doctrina para vuestra disgregación,
no le prestéis oído; si, en cambio os enseña para aumentar vuestra justicia y
conocimiento del Señor, recibidle como al mismo Señor.
«Con los apóstoles y profetas, obrad de la siguiente manera, de
acuerdo con la enseñanza evangélica: todo apóstol que venga a vosotros, sea
recibido como el Señor. No se detendrá sino un solo día, y, si fuere necesario,
otro más. Si se queda tres días, es un falso profeta. Cuando el apóstol se
vaya, no tome nada consigo, si no es pan hasta su nuevo alojamiento. Si pide
dinero, es un falso profeta.
«No pongáis a prueba ni a examen ningún profeta que habla en espíritu.
Porque todo pecado será perdonado, pero este pecado no será perdonado. Con
todo, no todo el que habla en espíritu es profeta, sino el que tiene el modo de
vida del Señor. En efecto, por el modo de vida se distinguirá el verdadero
profeta del falso... Todo profeta que predica la verdad, si no cumple lo que
enseña es un falso profeta...» (cp.11-12).
–A esta lectura conviene bien el Salmo 94: «Venid,
aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su
presencia, dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos. Entrad,
postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro; porque Él es
nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía. Ojalá escuchéis hoy
su voz: No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el
desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque
habían visto mis obras».
Dios nos sigue hablando por medio de su Palabra, proclamada en la
celebración litúrgica, en los documentos del Magisterio de la Iglesia, y
comunicada también por sus inspiraciones en lo más íntimo de nuestros
corazones. Escuchemos siempre con docilidad la voz del Señor.
–1 Corintios 7,32-35: El célibe se preocupa de los
asuntos del Señor. El don vocacional del celibato facilita en la Iglesia
una imitación más plena de Cristo, nuestro Salvador, y muestra un signo de la
dedicación personal al servicio evangélico de los demás. Comenta San Agustín:
«No es Dios capaz de dar riquezas al hombre exterior y dejar en la
miseria al interior; al invisible hombre interior le dio riquezas invisibles y
lo enalteció de forma invisible. Suspirando por estas joyas, las hijas de Dios,
las vírgenes santas, no desearon lo que les era lícito, ni dieron su
consentimiento a algo a lo que a veces se las obligaba. Muchas de ellas
vencieron con el fuego del divino amor
los esfuerzos en dirección opuesta de sus padres. El padre se llenó de ira y la
madre lloraba; pero esto a ella no le hizo desistir, pues tenía puestos sus
ojos en el más hermoso de los hijos de los hombres: Cristo. Pensando en Él,
deseaba verse embellecida para “preocuparse de las cosas del Señor” (cf.
1 Cor 7,34).
«Fijaos en lo que es el amor. No dice: “se preocupa de que no la
condene Dios”. Esto es todavía temor servil,
que guarda sin duda a los malos, para que se abstengan de obrar perversamente
y, absteniéndose, se hagan dignos de admitir en su interior la caridad. Pero
ellas no piensan en cómo evitar el castigo, sino en cómo agradarle con la
hermosura interior... con la belleza del corazón. Sean las vírgenes quienes
enseñen a los casados y casadas para no caer en el adulterio. ¡Al menos ellas!
Si ellas sobrepasan lo lícito, ellos no se salgan de lo lícito» (Sermón
161,11-12).
–Marcos 1,21-28: Les enseñaba con autoridad.
«Dios ha hablado a nuestros padres muchas veces y de muchos modos en el pasado
por el ministerio de los profetas. Ahora, en la plenitud de los tiempos, nos ha
hablado por su Hijo» (Heb 1,2). El Corazón de Cristo es la plena revelación del
Padre... Oigamos a Orígenes:
«Así, pues, quien investigue, y no de pasada, la naturaleza de las
cosas, no podrá menos de admirar profundamente a Jesús, que dejó atrás a
cuantos gloriosos en el mundo han sido. En efecto, han sido muy pocos los
hombres gloriosos que fueron capaces de ganar renombre por más de un concepto
al mismo tiempo. Unos han sido admirados y se han hecho gloriosos por su
ciencia; otros por el arte de la guerra; algunos bárbaros, por los prodigios
obrados en virtud de sus fórmulas mágicas; otros, en fin, por otros motivos que
nunca han sido muchos a la vez.
«Jesús, sin embargo, es admirado al mismo tiempo por su sabiduría, por
sus prodigios y por su inmensa autoridad. Y es así que Él no persuade a los
suyos, como lo hace un tirano, a que, como él, se aparten de las leyes, ni como
un forajido arma a sus bandas contra los hombres, ni como un ricachón provee a
cuantos se le acercan, ni es tampoco como alguno que, acusados por todos,
merecen reprobación. No. Jesús habló como Maestro de la doctrina acerca del
Dios supremo, del culto que se le debe y de toda la materia moral, que puede
unir con el Dios de todas las cosas a cualquiera que viva como Él enseña» (Contra
Celso 1,30).
Ciclo C
Cristo es el gran Profeta. En Él culmina el profetismo del Antiguo
Testamento. Hemos de escucharle con amor y humilde obediencia. Su palabra es
vida para todos los hombres. Muchos, sin embargo, permanecen sordos a sus
enseñanzas. No quieren oír su voz, que es la del Buen Pastor. Los que somos de
su rebaño, oímos su voz, y así, dirigidos por Él, podemos caminar con seguridad
en medio de tantas dificultades y errores que nos acechan en el mundo.
–Jeremías 1,4-5.17-19: Te nombré profeta de los
gentiles. En el Antiguo Testamento el profeta es el prototipo perfecto del
hombre elegido, por iniciativa divina, para transmitir a su pueblo los
designios de Dios. Por eso es figura simbólica del verdadero y definitivo
profeta: Cristo Jesús. La revelación del misterio de Cristo está, pues,
realizada en un contexto profético. Como enseña el Vaticano II, todo el Antiguo
Testamento es una revelación profética que lleva a Cristo (Dei Verbum
2,3,14-15). Dice San León Magno:
«Nada hay, amadísimos, en la religión cristiana que sea diverso de las
antiguas promesas, y los justos de los tiempos pasados no esperaron la
salvación más que en el Señor Jesucristo. La economía salvífica, cierto, ha
variado, según lo ha dispuesto la voluntad divina; mas sobre Él proyectan su
luz los testimonios de la Ley, los oráculos de los profetas y los sacrificios
de las víctimas
«Convenía, pues, que estos pueblos fuesen instruidos de tal manera,
que lo que ellos no podían conseguir en su plena luz, lo recibiesen bajo el
velo de las figuras, y de este modo fuese aumentada la autoridad del Evangelio
por el hecho de que las páginas del Antiguo Testamento hubiesen puesto a su
servicio tantos símbolos y misterios» (Sermón 66,2).
–Con el Salmo 70 proclamamos el verdadero profetismo
querido por Dios: «Mi boca anunciará tu salvación. A Ti, Señor, me acojo: no
quede yo derrotado para siempre; Tú, que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído y sálvame. Sé Tú mi roca de refugio, el alcázar donde me
salve, porque mi peña y mi alcázar eres Tú, Dios mío, líbrame de la mano
perversa. Porque Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza desde mi juventud... Mi boca
cantará tu auxilio, y todo el día tu salvación. Dios mío, me instruiste desde
mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas».
–2 Corintios 12,32-13-13: Quedan la fe, la esperanza
y el amor; pero la más grande es el amor. En el Nuevo Testamento el Corazón
de Cristo, en su condición de profeta, nos ha revelado la ley de la caridad
como nunca se había hecho hasta entonces, como plenitud de todos los carismas y
dones divinos. Comenta San Agustín:
«Si de ti mismo te viene la caridad, ¡qué lejos te hallas de la divina
dulzura! Te amarás a ti mismo, porque a la fuerza has de amar a la fuente de tu
amor. Pero, en tal caso, yo te pruebo que no tienes caridad, y prueba de que no
la tienes es que te atribuyes un bien de tanto valor. Si la tuvieses realmente,
sabrías de dónde la tienes. ¿Tan leve cosa, tan de poco más o menos es la
caridad, que la tienes de tu propia cosecha?...
«¡Qué valor el de la caridad, que sin ella nada vale nada! ¿No es
empequeñecer a Dios pretender que sea tuya esta caridad que sobresale por
encima de todo?... ¿“Qué tienes tú que no lo hayas recibido” (cf. 1 Cor
4,7)? ¿Quién es mi dador y el tuyo? Dios. Reconócele dador, para que no tengas
que sentirle condenador. Si damos fe a la Escritura, es Dios quien te dio la
caridad, don sublime, superior a todo (cf. 1 Cor 13)» (Sermón
145,4).
–Lucas 4,21-30: Jesús, como Elías y Eliseo, no es
enviado sólo a los judíos. Cristo es el Profeta definitivo del Padre ante
los hombres creyentes, y como ya profetizó Simeón (Lc 2,34), es al mismo tiempo
«signo de contradicción» para cuantos se niegan a aceptar su testimonio y su
mensaje de salvación. Comenta San Ambrosio:
«La envidia no se traiciona medianamente: olvidando el amor, convierte
en odios crueles las causas del amor. Tú esperas en vano el bien de la
misericordia celestial, si no quieres los frutos de la virtud en los demás;
pues Dios desprecia a los envidiosos y retira las maravillas de su poder a los
que fustigan en otros los beneficios divinos. Los actos del Señor en su carne
son la expresión de su divinidad, y “lo que es invisible en Él nos lo muestra
por las cosas visibles” (Rom 1,20).
«El Señor se disculpa de no haber hecho milagros en su patria, para que nadie piense que el amor a la patria ha de ser en nosotros poco estimado: Él, amando a todos los hombres, no podía dejar de amar a sus compatriotas. Pero fueron ellos los que, por su envidia, renunciaron al amor de su patria... Cuando distribuía sus beneficios entre los hombres, ellos [los judíos] lo llenaban de injurias. No es sorprendente que, habiendo perdido ellos la salvación, quisieran desterrar de su territorio al Salvador. El Señor se modera sobre su conducta: Él ha enseñado con su ejemplo a los apóstoles cómo hacerse todo a todos» (Comentario a San Lucas IV,46 y 55).
Años impares
–Hebreos 11,32-40: Por medio de la fe subyugaron
reinos. Dios tiene preparadas maravillas para nosotros. La historia de los
jueces y profetas de Israel se propone como modelo para los cristianos, quienes
han obtenido el cumplimiento de la promesa divina. De nuevo la Carta a los
Hebreos encarece el valor de la fe. Es lo que enseña San Ambrosio:
«Si el Señor se cuida de las aves, animales de escaso valor, y de los
hombres malvados, haciendo que les nazca el sol y la tierra les sea fructífera;
y si reparte con largueza el don de su misericordia a todos, en modo alguno se
puede dudar que tiene en una consideración muy presente los méritos de sus
fieles. Por eso admirablemente construyó su doctrina, poniendo como cúspide la
fe, al mismo tiempo que la colocó como fundamento de las virtudes; porque así
como la fe es estímulo de la virtud, así también la virtud constituye la
firmeza de la fe» (Comentario a San Lucas VII,118).
–La lectura anterior nos ha mostrado los frutos de la fe. Ha resaltado
su grandeza, capaz de las más grandes conquistas y de los más extremados
sacrificios. Y en el Antiguo Testamento, toda esa vivencia de fe apunta a
Cristo. Pensando en Él cantamos el Salmo 30: «Los que esperáis en
el Señor sed fuertes y valientes de corazón. Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles y concedes a los que a Ti se acogen a la vista de
todos. En el asilo de tus presencia los escondes de las conjuras humanas; los
ocultas en tu tabernáculo, frente a las lenguas pendencieras. Bendito el Señor
que ha hecho por mí prodigios de misericordia en la ciudad amurallada... Amad
al Señor, fieles suyos; el Señor guarda a su leales».
Años pares
–2 Samuel 15,13-14.30; 16,5-13: Dejad que me maldiga.
El brillante reinado de David se ensombrece con la insurrección. Pero David es
fuerte en la humildad: «dejad a Semeí, que me maldiga, porque quizá se lo
mandado el Señor»... San Jerónimo escribe:
«Nada tengas por más excelente, nada por más amable que la humildad.
Ella es la que principalmente conserva las virtudes, pues es una especie de
guardiana de todas ellas. Nada hay que nos haga más gratos a los hombres y a
Dios como ser grandes por el merecimiento de nuestra vida, y hacernos pequeños
por la humildad» (Carta 148,20).
Y Orígenes:
«El humilde, según el profeta, no obstante caminar en cosas grandes y
maravillosas, que están por encima de él, como son los dogmas verdaderamente
grandes y los maravillosos pensamientos, “se humilla bajo la poderosa mano de
Dios” (1 Pe 5,6)... Y es tan grande esta doctrina de la humildad que por
maestro de ella tenemos no a cualquiera, sino a nuestro Salvador mismo, que
dijo: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso
para vuestras almas”» (Mt 11, 29) (Contra Celso 6,15).
–Ante los insultos, David no se ha tomado la justicia por su cuenta.
Con actitud humilde confía al Señor su defensa. Se mantiene humilde, confiando
en Él. También nosotros, en medio de injurias y contrariedades, hemos de rezar
con ese mismo espíritu el Salmo 3: «Levántate, Señor, sálvame,
Señor. Cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí, cuántos dicen
de mí: “ya no lo protege Dios”. Pero, Tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, Tú
mantienes alta mi cabeza. Si grito invocando al Señor, Él me escucha desde su
monte santo. Puedo acostarme y dormir y despertar: el Señor me sostiene. No
temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor».
Tengamos en el Señor una confianza sin límites. San Juan Crisóstomo,
que en medio de muchos sufrimientos y persecuciones mantuvo esa confianza,
afirma:
«Las oleadas son numerosas, y peligrosas las tempestades, pero no
tememos el naufragio. Estamos consolidados sobre la Roca, y aunque el mar se
enfurezca, no demolerá la Roca. Aunque las olas se agiten, no podrán hundir la
barca de Jesús» (Homilía antes del exilio).
–Marcos 5,1-20: Espíritu inmundo, sal de este hombre.
La lepra, los demonios, todas las miserias que puedan oprimir a los hombres,
todas son vencidas por Cristo Salvador con suprema facilidad. San Máximo el
Confesor escribe:
«La fuerza de los demonios disminuye cuando la práctica de los
mandamientos debilita en nosotros las pasiones; y es eliminada cuando, por
efecto de la libertad interior, estas pasiones desaparecen finalmente del alma;
porque ellos no encuentran ya en ella las complicidades que sirven de base a
sus ataques» (Centurias sobre la caridad 2,22).
Siempre estamos nosotros expuestos a las tentaciones del diablo. Por
eso San León Magno nos exhorta:
«Fundados, amadísimos, en esta esperanza [en el triunfo de Cristo],
guardaos de todos los artificios del
diablo, que no sólo busca sorprender por los placeres corporales, sino que
también siembra la cizaña de la mentira en el buen trigo de la fe, e intenta
profanar el campo de la verdad, para hacer caer por los errores malvados a los
que no ha podido corromper por sus malas acciones... Nosotros, libertados de
estos peligros por el Señor Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida,
soportemos con una fe gozosa todas las pruebas y todos los combates de la vida
presente» (Homilía 69,5).
Años impares
–Hebreos 12,1-4: Corramos la carrera que nos toca,
sin desfallecer. Con «los ojos fijos en Jesús», corramos en el estadio de
esta vida, sin retirarnos. Progresemos con la gracia divina cada día en nuestra
vida interior. San Cipriano dice:
«Pedimos y rogamos por nosotros, que fuimos santificados en el
bautismo, para que perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo
pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, esta santificación cotidiana, ya que
todos los días delinquimos, y por esto necesitamos cada día ser purificados
mediante esta continua y renovada santificación» (Tratado sobre la oración
11-12).
Y Casiano afirma:
«Éste debe ser nuestro principal objetivo y el designio constante de
nuestro corazón: que nuestra alma esté continuamente unida a Dios y a las cosas
divinas. Todo lo que aparte de esto, por grande que pueda parecernos, ha de
tener en nosotros un lugar puramente secundario o, por mejor decir, el último
de todos. Incluso debemos considerarlo como un daño positivo» (Colaciones
1).
–Animados por «la cantidad ingente de testigos» que nos contempla, nos
vemos en el estadio muy estimulados en nuestra carrera hacia la perfección
cristiana. Corremos confiando plenamente en Dios, y así lo proclamamos con el Salmo
21:
«Te alabarán, Señor, los que te buscan. Cumpliré mis votos delante de
tus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo
buscan: viva su corazón por siempre. Lo recordarán y volverán al Señor hasta de
los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los
pueblos... Me hará vivir para Él». Éste ha de ser nuestro deseo constante.
Años pares
–2 Samuel 18,9-10.14.24-25: ¡Hijo mío, Absalón,
¡ojalá hubiera yo muerto en vez de ti!. Grande es el dolor de David por la
muerte de su hijo Absalón, que se había rebelado contra él. ¡Y grande es
también la lección que nos da sobre el perdón de las injurias! San Cipriano
dice:
«Es imposible alcanzar el perdón de los pecados si nosotros no
actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna injuria. Por ello
dice también el Señor en otro lugar: “con la medida que midáis se os medirá a
vosotros” (Mt 7,2). Aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado
toda la deuda y que no quiso luego perdonar a su compañero, fue arrojado a la
cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la
indulgencia que había conseguido de su amo» (Tratado sobre la oración 23-24).
–El drama del corazón de David, en cuanto padre, pone en nuestros
labios el Salmo 85, que es la oración de un desgraciado que pide
la protección de Dios ante una prueba extrema. El Señor, que es bueno y
misericordioso, escucha la oración de los humildes que lo invocan: «Inclina tu
oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado, protege mi vida que soy
un fiel tuyo, salva a tu siervo que confía en Ti. Tú eres mi Dios, piedad de
mí, Señor, que a ti estoy llamando todo el día. Alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia Ti. Porque Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en
misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la
voz de mi súplica». Sigue San Cipriano:
«“Perseveraban unánimes en la oración” (Hch 2,42), manifestando con
esta asiduidad y concordia de su oración que sólo Dios admite en la Casa divina
y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu» (Tratado sobre la
oración 8-9).
–Marcos 5,21-43: Jesús resucita a la hija de Jairo y
cura a la mujer enferma. Ninguno de los males del hombre puede resistirse
al poder maravilloso de Cristo Salvador. Los milagros que realiza son los
signos de su mesianismo, de su bondad, de su misericordia, de su amor. Comenta
San Jerónimo:
El Señor «pregunta, mirando en derredor, para descubrir a la que lo
había tocado. ¿O sabía el Señor quién lo había tocado? Entonces, ¿para que
preguntaba por ella? Lo hacía como quien lo sabe, pero queriendo ponerlo de
manifiesto. Si no hubiese preguntado y hubiese dicho: “¿quién me ha tocado?”,
nadie hubiera sabido que se había realizado un signo. Habrían podido decir: “no
ha hecho ningún signo, sino que se jacta y habla para gloriarse”. Por ello
pregunta, para que aquella mujer confiese y Dios sea glorificado...
«Cristo es la Verdad. Y como había sido curada por la Verdad, la mujer
confesó la verdad... Resucitó la Iglesia y murió la Sinagoga. Aunque la niña
había muerto, le dice, no obstante, el Señor, al jefe de la sinagoga: “no
temas, ten sólo fe”. Digamos también nosotros hoy a la Sinagoga, digamos a los
judíos: “ha muerto la hija del jefe de la Sinagoga, mas creed y resucitará”...
Dice el Maestro: «“la niña que ha muerto para vosotros, vive para Mí: para vosotros está muerta, para Mí duerme. Y el que duerme puede ser despertado”... He aquí que Cristo, cuando iba a resucitar a la hija del jefe de la sinagoga, echa fuera a todos, para que no pareciera que lo hacía por jactancia. Y “la niña se levantó inmediatamente y echó a andar”. Que nos toque también a nosotros Jesús y echaremos a andar. Aunque seamos paralíticos, aunque poseamos malas obras y no podamos andar, aunque estemos acostados en el lecho de nuestros pecados y de nuestro cuerpo, si nos toca Jesús, al instante quedaremos curados» (Comentario al Evangelio de San Marcos 5,21).
Años impares
–Hebreos 12,4-7.11-15: Dios reprende a los que ama.
El sufrimiento ha de ser considerado como una prueba pasajera, como una
corrección medicinal que Dios procura a sus hijos buscando su bien. Nosotros,
imágenes Suyas, también en esto debemos imitar a nuestro Padre al procurar el
bien de nuestros hermanos. Así lo enseña San Agustín:
«Para que no se moleste el hijo pecador de ser corregido con azotes,
también Él, el Hijo único sin pecado, quiso ser azotado. Por tanto aplica tú el
correctivo, pero evitando la ira del corazón. El Señor mismo, refiriéndose a
aquel deudor al que exigió de nuevo toda la deuda por haber sido despiadado con
su consiervo, dice así: “del mismo modo obrará vuestro Padre celestial con
vosotros, si cada uno no perdona de corazón a su hermano” (Mt. 18,35)
«Por tanto, [...] sin perder la caridad, practica tú una saludable
severidad. Ama y castiga, ama y azota. A veces acaricias, y actuando así te
muestras cruel. ¿Cómo es que acaricias y te muestras cruel? Porque no recriminas
los pecados, y esos pecados han de dar muerte a aquel a quien amas
perversamente, perdonándole. Pon atención al efecto de tu palabra, a
veces áspera, a veces dura y que ha de herir. El pecado desola el corazón,
destroza el interior, sofoca el alma y la hace perecer. Apiádate, pues, y
castiga» (Sermón 114,A,5).
–Con el Salmo 102 cantamos la misericordia paternal del
Dios, que dura siempre con sus hijos, también en la corrección: «Bendice, alma
mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor y no
olvides sus beneficios. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el
Señor ternura por sus fieles; porque Él conoce nuestra masa, se acuerda de que
somos barro».
Años pares
–2 Samuel 24,2.9-17: Soy yo el que he pecado, haciendo
el censo de la población. ¿Qué han hecho estas ovejas? Tras el pecado viene
el castigo. En esta ocasión, David, compadeciéndose de su pueblo, quiere sufrir
él solo el castigo por su pecado, para expiarlo. Esta historia nos muestra la
misteriosa solidaridad de unos con otros tanto en el pecado como en la gracia.
El pecado de uno solo puede causar la desgracia de muchos; pero también la
oración y la expiación de uno solo puede ser suficiente para evitar el castigo
de todos. San Agustín dice:
«Padece enfermedad el género humano; no tanto enfermedad de cuerpo,
sino de pecados. Yace en toda la redondez de la tierra, de oriente a occidente,
el gran enfermo. Y para curar al gran enfermo descendió el Médico omnipotente.
Se humilló hasta su carne mortal, o digamos, hasta el lecho del enfermo» (Sermón
87).
Los cristianos somos solidarios con Cristo Redentor, que se anonadó,
se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, para curarnos y para
salvarnos. También nosotros hemos de ser solidarios con el mal físico y moral
de nuestros hermanos, procurando siempre su sanación o su alivio. »
-Cuando existe el reconocimiento humilde del pecado, Dios da su
perdón, y en seguida viene el gozo y la dicha de sentirse perdonado. Y a veces
el arrepentimiento procede de la experiencia de algún sufrimiento. Confesamos
este misterio de gracia con el Salmo 31: «Perdona, Señor, mi
culpa. Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su
pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Había pecado,
lo reconocí, no te encubrí mi delito. Propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y
Tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Por eso, que todo fiel te suplique en el
momento de la desgracia: la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará. Tú
eres mi refugio; me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación».
–Marcos 6,1-6: No desprecian a un profeta más que en
su tierra. La culpa principal de los nazarenos, entre otras, está en que no
reconocen el valor trascendente de la humanidad de Jesús. Esa actitud les hace
imposible recibir al Salvador y entrar en su camino de salvación, que es Él
mismo. Así lo afirma San Agustín,
«Hombre verdadero y Dios verdadero... Ésta es la fe católica; quien
ambos términos confiesa, es católico, que tiene [en Cristo] una patria y un
camino. Él es la patria a donde vamos. Y Él es el Camino por donde vamos.
Vayamos por Él a Él, y no nos extraviaremos» (Sermón 93).
Jesús es la fuente de vida. Su santa Humanidad es instrumento,
perfectamente unido a su divinidad, para comunicarnos la vida sobrenatural.
Incluso para comunicarnos su vida divina ha utilizado su santa Humanidad. Más
aún, esa misma Humanidad santísima, unida al Verbo, es también para nosotros
fuente de vida corporal. El Evangelio, en efecto, nos dice que de Él salía una
virtud que sanaba a todos (Lc 6,17-18). San Agustín dice:
«¿Qué felicidad más segura que la nuestra, siendo así que el mismo que
ora con nosotros es el que da lo que pide? Porque Cristo es Hombre y Dios. Como
hombre pide; como Dios otorga» (Sermón 217).
Hemos de tener hacia la Humanidad sagrada de Jesucristo una gran fe y devoción. Así la tuvieron los santos, como San Bernardo, San Francisco de Asís o Santa Teresa.
Años impares
–Hebreos 12,18-18.21-24: Os habéis acercado al monte
Sión, ciudad del Dios vivo. Los creyentes de la Nueva Alianza no se acercan
ya a la montaña humeante y terrible del Sinaí, sino a «la Jerusalén celeste»,
llamada «visión de paz», a la esplendorosa «ciudad del Dios vivo».
Oigamos a Orígenes que habla de la Iglesia. Si la reina de Sabá
buscaba la ciencia en Salomón, la Iglesia la busca en Cristo Maestro, nuevo
Salomón:
«En realidad, cuando esta negra y hermosa (Cant 1,5) llegue a la
Jerusalén celeste (Heb 12,22), y entre en la visión de paz, contemplará muchas
más cosas y mucho más magníficas de las que ahora se le prometen. Pues ahora ve
como en un espejo y en enigma, pero entonces verá cara a cara (1 Cor 13,12),
cuando consiga aquello que “ni ojo vio, ni oído oyó, ni logró entrar en el
corazón del hombre” (1 Cor 2,9). Entonces verá que lo que oyó mientras estaba
en la tierra no llegaba a la mitad de la realidad» (Comentario al Cantar de
los Cantares 2).
–Con el Salmo 47 cantamos a la Jerusalén del cielo, a la
que nos dirigimos con nuestros hermanos de la Iglesia terrestre: «Oh Dios,
meditamos tu misericordia en medio de tu templo. Grande es el Señor y muy digno
de alabanza en la ciudad de nuestro Dios. Su monte santo, una altura hermosa,
alegría de toda la tierra. El monte Sión, vértice del cielo, ciudad del gran
Rey. En tus palacios, Dios descuella como un alcázar. Lo que habíamos oído lo
hemos visto en la ciudad del Señor de los Ejércitos, en la ciudad de nuestro
Dios, que Dios ha fundado para siempre... Como tu renombre, oh Dios, tu alabanza
llega al confín de la tierra; tu diestra está llena de justicia».
Años pares
–1 Reyes 2,1-4.10-12: Yo emprendo el viaje
definitivo. ¡Ánimo, Salomón, sé un hombre!. Son las últimas exhortaciones
de David a su hijo Salomón antes de morir. Le recomendó sobre todo que
permaneciera fiel a la Ley de Moisés, observando exactamente los mandatos del
Señor. Así dice San León Magno:
«Sabéis, pues os lo enseña Dios, que la observancia de los
mandamientos os aprovechará para el gozo eterno. En el cumplimiento de los
cuales, el Señor, clemente y misericordioso, nos ha dado remedio y ayuda para
que podamos obtener el perdón, ya que la fragilidad humana se cansa muchas
veces y ofende en muchas cosas a causa de su debilidad. ¿Quién podrá evadir
tantos engaños del mundo, tantas insidias del diablo y tantos peligros de su
volubilidad, si la clemencia del Rey eterno no quisiese más bien socorrernos
que perdernos?» (Sermón 15,1).
–Con el Libro I de las Crónicas confesamos el poder
soberano de Dios: «Tú eres Señor del universo. Bendito eres, Señor, Dios de
nuestro Padre Israel, por los siglos de los siglos. Tuyos son, Señor, la
grandeza y el poder, la gloria, el esplendor, la majestad, porque tuyo es
cuanto hay en el cielo y en la tierra. Tú eres el Rey soberano de todo; de Ti
viene la riqueza y la gloria. Tú eres Señor del universo, en tu mano está el
poder y la fuerza, Tú engrandeces y confortas a todos».
Todo esto es verdad. Pertenecemos a Dios con todo cuanto somos y
poseemos. Nuestra vida está completamente en sus manos, y permanece siempre
dulcemente sometida a su omnipotente providencia. Él es nuestro Creador. Así
dice Orígenes:
«De la misma manera que confesamos que Dios es incorpóreo,
omnipotente, invisible, confesamos también, como dogma seguro e
incontrovertible, que Él tiene cuidado de las cosas humanas, y que ninguna se
señala en el cielo ni en la tierra fuera del alcance de su providencia.
«Recuerda que hemos dicho que ninguna cosa se cumple sin su
providencia, no sin su voluntad. Ya que muchas cosas se hacen sin su voluntad,
pero ninguna sin su providencia
«En efecto, mediante la providencia que Él procura, provee las cosas
que se suceden; mientras que, mediante su voluntad, quiere o no quiere alguna
cosa» (Homilía 3, 2 sobre el Génesis).
–Marcos 6,7-13: Jesús llama a los Doce para enviarlos
de dos en dos. Ellos se dedicarán a prolongar la actividad profética de su
Maestro. Todo lo van haciendo bajo el signo de la pobreza, de la que han de dar
testimonio la Iglesia y todos y cada uno de sus hijos. Así dice San Ambrosio:
«Los preceptos del Evangelio indican qué debe hacer el que anuncia el
reino de Dios: “sin báculo, sin alforja, sin calzado, sin pan, sin dinero”, es
decir, no buscando la ayuda de los auxilios mundanos, abandonado todo a la fe y
pensando que, mientras menos anhelemos los bienes temporales, más podremos
conseguirlos.
«Este pasaje parece tener por fin formar un estado de alma enteramente
espiritual, que parece se ha despojado del cuerpo como de un vestido, no sólo
renunciando al poder y despreciando las riquezas, sino también apartando aun
los atractivos de la carne» (Comentario a San Lucas VI,65).
Y San León Magno:
«Que los falsos placeres de la vida presente no frenen el empuje de
aquellos que vienen por el camino de la verdad, y que los fieles se consideren
como viajeros en el itinerario que siguen hacia su patria; que comprendan que
en el uso de los bienes temporales, si a veces hay algunos que agraden, no
deben apegarse bajamente, sino continuar valientemente la marcha» (Sermón
72).
Y San Beda:
«Se equivoca quien se figura que podrá encontrar paz en el disfrute de los bienes de este mundo y en las riquezas» (Homilía 12, sobre la Vigilia de Pentecostés).
Años impares
–Hebreos 13,1-8: Jesucristo es siempre el mismo, ayer,
hoy y siempre. Los fieles han de brillar en el amor, la pureza, el
desprendimiento de los bienes materiales, «sin ansias de dinero», en la
presencia de Jesucristo, que vive para siempre. En efecto, el Cristo histórico
vive ya en un eterno «hoy», y Él es al mismo tiempo el objeto de la fe y el
autor de la salvación. Así escribe Clemente de Alejandría:
«Todos los poderes del Espíritu, unificados en un solo ser, se
consuman en Él mismo, en el Hijo; pero Él es irreductible a un límite definido,
si se intenta dar noción de cada uno de esos poderes. Por eso, el Hijo no es el
Hijo sino en cuanto uno, no múltiple como partes, sino uno, como unión de todas
las cosas. Por donde viene a ser también todas las cosas. En efecto, Él mismo
es como un círculo de todos los poderes, que se resuelven y unifican en uno.
«Con razón el Logos se dice “Alfa y Omega” (Ap 1,8). Por Él solo el
fin viene a ser principio, y vuelve de nuevo al principio inicial, sin permitir
ninguna interrupción. Por eso creer en Él y por Él significa fundarse en la
unidad, uniéndose en Él, sin distanciamiento alguno (1 Cor 7,35). Y no creer
significa estar en la ambigüedad, estar desunido y dividido» (Stromata
4,25, 156-157).
Difícilmente podemos encontrar un comentario más profundo y bello a la
expresión: «Cristo, ayer, hoy y siempre».
–Todo nuestro auxilio y apoyo lo encontramos en el Señor. Así lo
confesamos en el Salmo 26: «El Señor es mi Luz y mi salvación, ¿a
quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Si un
ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me
siento tranquilo. Él me protegerá en su tienda el día del peligro; me esconderá
en lo escondido de su morada, me alzará sobre la roca. Tu rostro buscaré,
Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que Tú eres
mi auxilio; no me deseches».
Años pares
–Eclesiástico 47,2-13. De todo corazón amó David a su
Creador, entonando salmos cada día. Esta Escritura hace el elogio de David,
y celebra sus grandes hazañas. En la tradición
cristiana los Salmos se llaman «Salmos de David». Aunque no los compuso
todos, es cierto que compuso algunos, y que los usaba para cantar al Señor. El
mejor recuerdo que nos ha quedado de David son los Salmos. En ellos está la
gloria de David, más que sus victorias guerreras. Escribe San Ambrosio:
«¿Qué cosa más hermosa que los salmos? Como dice bellamente el
salmista: “Alabad al Señor, que la música [los salmos] es buena: nuestro Dios
merece una alabanza armoniosa”. Y con razón: Los salmos, en efecto, son la
bendición del pueblo, la alabanza de Dios, el elogio de los fieles, la
aclamación de todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia, la profesión
armoniosa de nuestra fe, la expresión de nuestra entrega total, el gozo de
nuestra libertad, el clamor de nuestra alegría desbordante.
«Los salmos calman nuestras iras, rechazan nuestras preocupaciones,
nos consuelan en nuestras tristezas. De noche son un arma, de día una
enseñanza; en el peligro son nuestra defensa, en las festividades nuestra alegría.
Ellos expresan la tranquilidad de nuestro espíritu, son prenda de paz y
concordia, son como la cítara que aúna en un sólo canto las voces más diversas
y dispares. Con los salmos celebramos el nacimiento del día y con los salmos
celebramos su ocaso. En los salmos rivalizan la belleza y la doctrina; son a la
vez un canto que deleita y un texto que instruye» (Comentario al Salmo
1,9-12).
El Salmo 17 es como un canto del rey David por su
liberación y su victoria sobre los enemigos. David, como en su tiempo Abrahán,
ha recibido una promesa de Dios y vive de la fe en esa promesa. En su propia
vida puede ir descubriendo el cumplimiento sucesivo de dicha promesa por
caminos extraños y maravillosos. Su vida, iluminada por la promesa, se hace así
una «teofanía», es decir, una manifestación continua de Dios. Su camino es el
camino de Dios.
Pero la promesa desborda la persona histórica de David, avanza en la
historia por la dinastía davídica, hasta que se cumple de modo desbordante en
el descendiente de David, nuestro Señor Jesucristo: «Sea ensalzado mi Dios y
Salvador. Perfecto es el camino de Dios, acendrada es la promesa del Señor, Él
es escudo para los que a Él se acogen. Viva el Señor, bendita sea mi Roca... Te
daré gracias entre las naciones, Señor, y tañeré en honor de tu nombre. Tú
diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido, de David, y su
linaje por siempre».
El Mesías, Cristo, que nace del linaje de David, reza con frecuencia
los Salmos, y da a su canto acentos nuevos y bellísimos.
–Marcos 6,14-29: Es Juan, a quien yo decapité, que ha
resucitado. Eso es lo que llega a pensar el brutal rey Herodes. Comenta San
Agustín:
«La lectura del Santo Evangelio presentó ante nuestros ojos un cruel
espectáculo: la cabeza de Juan en una bandeja. Él, testimonio de la crueldad de
una bestia, fue decapitado por el odio a la verdad. Danza una joven, su madre
siente rebosar crueldad, y entre los placeres y lascivias de los comensales el
rey jura tremendamente e impíamente cumple lo jurado.«
Así vino a realizarse en Juan lo que él mismo había predicho:
“conviene que Él crezca y que yo mengüe” (Jn 3,30). Juan menguó al ser decapitado y Cristo
creció levantado en la Cruz. La verdad suscitó el odio. No podían soportarse
con ánimo sereno los reproches de aquel santo hombre de Dios, que ciertamente
buscaba la salvación de aquellos a quienes los dirigía. Ellos le devolvieron
mal por bien. ¿De qué podría hablar él sino de lo que estaba lleno? ¿Y qué
podían responderle ellos sino de lo que estaban llenos?» (Sermón 307,1).
«La boca mentirosa da muerte al alma» (Sab 1,11). El Bautista tenía que hablar rectamente y dar «testimonio de la verdad» (Jn 5,33), como Jesús (Jn 18,37), aunque tuviera que sufrir, aunque hubiera de morir. Nada tiene que ver con esto, ni siquiera lo entiende, un espíritu frívolo y una vida mundana.
Años impares
–Hebreos 13,15-17.20-21: Que el Dios de la paz, que
hizo subir de entre los muertos al gran Pastor, os haga perfectos en todo bien.
Comenta San Agustín:
«En todas mis palabras presento un espejo. Y no son palabras mías,
sino que hablo por mandato del Señor, por cuyo temor no callo. Pues, ¿quién
preferiría callar y no dar cuenta de vosotros? No. Ya que aceptamos la carga,
ni podemos ni debemos sacudirla de nuestros hombros.
«Escuchasteis, hermanos, cuando se leía la Carta a los Hebreos
(13,17)... ¿Cuándo velamos por vosotros con gozo? Cuando vemos a los hombres
progresar por el camino de la palabra de Dios. ¿Cuándo trabaja con alegría el
labrador en su campo? Cuando mira el árbol y ve sus frutos; cuando mira la
cosecha y ve la abundancia cosechada en la era. No fue en vano su trabajo, no
dobló los riñones en vano, no fue inútil el que sus manos estén encallecidas,
no resultó inútil el frío y el calor soportado...
«Pues a los superiores les conviene entristecerse a causa de vuestras
maldades. Esa misma tristeza a ellos les resulta provechosa; pero a vosotros no
os conviene... No queremos nada que nos convenga a nosotros, si no os conviene
también a vosotros. Por tanto, hermanos, hagamos el bien al mismo tiempo en el
campo del Señor, para que disfrutemos juntos de la recompensa» (Sermón
82,15).
–La vida cristiana, y concretamente el ministerio pastoral, puede
implicar no pocas penalidades. Pero todas las sobrellevamos con buen ánimo,
fiados en Cristo, el Buen Pastor, y por eso cantamos con el Salmo 22:
«El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar, en verdes praderas me hace
recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por
sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo... Preparas una mesa ante mí [la
Eucaristía]... Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi
vida. Habitaré en la Casa del Señor por años sin términos».
Años pares
–1 Reyes 3,4-13: Da a tu siervo un corazón dócil para
gobernar a tu pueblo. En respuesta a la desinteresada oración de Salomón,
Dios promete al nuevo rey la sabiduría, junto con la riqueza y la gloria. Una
vez más se manifiesta el gran poder de la oración. Así lo enseña San Juan
Crisóstomo:
«La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora
entre Dios y los hombres. Por ella, nuestro espíritu, elevado hasta el cielo,
abraza a Dios con abrazos inefables; por ella nuestro espíritu espera el
cumplimiento de sus propios anhelos, y recibe unos bienes que superan todo lo
material y visible» (Homilía 6 sobre la oración).
Y Orígenes:
«Quien siempre ora, es siempre escuchado» (Tratado sobre la oración
13).
–La oración del joven rey Salomón, pidiendo a Dios inteligencia y
prudencia para saber gobernar, nos hace cantar las maravillas de la ley del
Señor con el Salmo 118,9-14: «Enséñame, Señor, tus leyes, ¿Cómo
podrá un joven andar honestamente? Cumpliendo tus palabras. Te busco de todo
corazón, no consientas que me desvíe de tus mandamientos. En mi corazón escondo
tus consignas, así no pecaré contra Ti. Bendito eres, Señor, enséñame tus
leyes. Mis labios van enumerando los mandamientos de tu boca. Mi alegría es el
camino de tus preceptos, más que todas las riquezas». El cumplimiento de la
voluntad de Dios es la norma de la sabiduría y de la prudencia. Observar sus
mandatos es causa de alegría y fuente de la más alta riqueza.
–Marcos 6,30-34: Jesús sintió lástima de la muchedumbre,
viendo que andaban como ovejas sin pastor. Esta visión tan angustiosa del
Corazón de Cristo le lleva a hacerse Él mismo Buen Pastor, que da la vida por
sus ovejas. Y el distintivo del Pastor bueno es su abnegada e incansable
solicitud por el rebaño. Así escribe San Gregorio de Nisa:
«¿Dónde pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a
toda la grey? Toda la humanidad que cargaste sobre tus hombros, es, en efecto,
como una sola oveja. Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo;
llámame por mi nombre, para que yo escuche tu voz y tu voz me dé la vida
eterna... Enséñame, pues –dice el sagrado texto–, dónde pastoreas, para que yo
pueda hallar los pastos saludables y saciarme del alimento celestial, que es
necesario comer para entrar en la vida eterna; para que pueda allí mismo acudir
a la fuente y aplicar mis labios a la bebida divina que brota de tu costado,
fuente de agua abierta por la lanza, que se ha convertido para todos los que de
ella beben en “un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14).
»«Si de tal modo me pastoreas, me harás recostar al mediodía, sestearé
en paz y descansaré bajo la luz, sin mezcla de sombra... Enséñame, pues, cómo
tengo que recostarme y pacer, y cuál es el camino del reposo a mediodía, no sea
que, por ignorancia, me sustraiga de tu guía y me junte a un rebaño que no sea
el tuyo» (Homilía 2 sobre el Cantar de los Cantares).