Entrada: «Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra.
Honor y majestad le preceden, fuerza y esplendor están en su templo» (Sal
96,1.6).
Colecta (del Misal anterior, y antes del Gregoriano): «Dios todopoderoso y
eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en
abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto».
Ofertorio (Veronense): «Señor, recibe con bondad nuestros dones, y haz que
lleguen a ser para nosotros dones de salvación».
Comunión cantamos: «Contemplad al Señor y quedaréis radiantes, vuestro rostro
no se avergonzará» (Sal 33,6). O bien: «Yo soy la luz del mundo el que me sigue
no camina vida» (Jn 8,12).
Postcomunión (del Misal anterior, y antes del Gelasiano): «Dios todopoderoso, que
cuantos hemos alcanzado tu gracia vivificadora, nos alegremos siempre de este
don admirable que nos haces».
Ciclo A
Nuestro Salvador comienza a evangelizar precisamente en Galilea,
región menospreciada desde Judea y tenida por escasamente religiosa.
–Isaías 9,1-4: En la Galilea de los Gentiles el
pueblo vio una luz grande. Isaías proclama la condición mesiánica del Emmanuel,
como Luz divina destinada a disipar las tinieblas de la vida humana. El tema de
la luz es de gran importancia en la Sagrada Escritura. Aquí el tema de la luz
anuncia la liberación ya próxima de las provincias caídas en manos de los
asirios. Se trata de una liberación vinculada a la persona del futuro Rey, que
no es otro que el Mesías.
La luz, elemento esencial de la felicidad futura, significa a la vez
salvación, liberación de la opresión y del pecado, participación en la gloria
del personaje mesiánico. Como veremos en la lectura evangélica, esa profecía la
ve cumplida San Mateo cuando comienza la predicación de Jesucristo en Galilea.–
Con razón, pues, cantamos con el Salmo 26: «El Señor es
mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la Casa
del Señor por todos los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor
contemplando su templo. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la
vida. Espera en el Señor, sé valiente, espera en el Señor».
–1 Corintios 1,10-13.17: Poneos de acuerdo y no
andéis divididos. Jesús sigue siendo en la Iglesia la única luz verdadera
que ilumina y salva. Los valores humanos pueden deslumbrar las conciencias, con
el riesgo de oscurecer en ellas la primacía absoluta de Cristo, la necesidad
del Salvador. El gran principio que surge de esta lectura paulina es el hecho
de la unidad de los cristianos en la única fe en Cristo, ya que los ministros
del Evangelio no son más que instrumentos de una única salvación, realizada por
Jesucristo. San Gregorio de Nisa dice que
«si tenemos en cuenta que Cristo es nuestra santificación (1 Cor
1,30), nos abstendremos de toda obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual
demostraremos que llevamos con sinceridad su mismo nombre, mostrando la
eficacia de esta santificación, no con palabras, sino con los actos de nuestra
vida» (Tratado sobre el perfecto modelo cristiano).
–Mateo 4,12-23: Vino a Cafarnaún para que se
cumpliera lo que había dicho el profeta Isaías. Al Corazón redentor de
Cristo se llega mediante una conversión que nos disponga a ser iluminados por
Él, y que nos permita seguirle con fidelidad de discípulos. Y no debe
maravillarnos que la luz del Salvador llegue a veces a hombres que están muy
lejos de Él. Así dice San Juan Crisóstomo:
«“El pueblo sentado en las tinieblas vio una luz grande”. Tinieblas
llama aquí el profeta no a las tinieblas sensibles, sino al error y a la
impiedad. De aquí que añade: “A los sentados en la región y sombras de la
muerte una luz les ha salido”. Para que os dierais cuenta de que ni la luz ni
las tinieblas son aquí las tinieblas y la luz sensibles, hablando de luz, no la
llamó así simplemente, sino “luz grande”, la misma que en otra parte llama la
Escritura “luz verdadera” (Jn 1,9); y, explicando las tinieblas, les dio el
nombre de “sombras de muerte”.
«Luego, para hacer ver que no fueron ellos quienes, por haberle
buscado, encontraron a Dios, sino que fue éste quien del cielo se les apareció,
dice: “una luz salió para ellos”, es decir, la luz misma salió y brilló para
ellos, no que ellos corrieran primero hacia la luz. Y ésta es la verdad, pues
antes de la venida de Cristo, la situación del género humano era extrema.
Porque no solamente caminaban los hombres en tinieblas, sino que estaban
“sentados” en ellas, que es señal de no tener ni esperanza de salir de ellas.
Como si no supieran por dónde tenían que andar, envueltos por las tinieblas, se
habían sentado en ellas, pues ya no tenían fuerza ni para mantenerse en pie» (Homilía
sobre San Mateo 14,1).
Ciclo B
El llamamiento a la salvación, garantizado por la presencia de Jesús
Redentor en medio de los hombres, no puede ser acogido sin un profundo cambio
personal y colectivo. No podemos alcanzar la salvación sin un cambio radical de
nuestra vida. El Hijo de Dios se ha hecho hombre para hacer de los hombres
hijos de Dios. Pero quiere una opción personal por parte de los hombres. Él no
coacciona. Nos deja en el uso pleno de nuestra libertad, que ha de ejercitarse
hacia el bien y no degenerar en el libertinaje. Se requiere una decisión vital,
un compromiso profundo de fidelidad al Corazón de Cristo Redentor, que cambia
toda nuestra vida interior y externamente. El encuentro con el Salvador ha de
producir en nosotros una «conversión», un cambio de vida, de mentalidad y de
costumbres.
–Jonás 3,1-5.10: Los ninivitas se convirtieron de su
vida. El libro profético de Jonás constituye todo él una parábola
reveladora. En él se manifiesta claramente la voluntad de Dios, que quiere que
todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Oigamos a
San Ireneo:
«Dios toleró con paciencia que Jonás fuese engullido por el cetáceo,
no para que fuese absorbido y destruido definitivamente, sino para que, una vez
arrojado de nuevo, fuera más sumiso a Dios y diese mayor gloria a aquél que le
había otorgado una salvación tan inesperada, induciendo a los ninivitas a una
firme penitencia y convirtiéndolos al Señor, que los había de librar de la
muerte, con el estupor que les causó aquel milagro de Jonás. Porque así dice de
ellos la Escritura: “todos se retractaron de sus malos caminos y de la
injusticia de sus manos, diciendo: ¿quién sabe si Dios se arrepentirá y
apartará de nosotros su ira, y así no pereceremos?”.
«De manera semejante, Dios toleró pacientemente en los comienzos que
el hombre fuese engullido por aquel gran cetáceo, que era el autor de la
prevaricación, no para que fuese absorbido y pereciese definitivamente, sino
estableciendo y preparando de antemano un medio de salvación, que fue llevado a
la práctica por el Verbo mediante “el signo de Jonás” (Lc 11,29-30), para
aquellos que tienen con respecto al Señor los mismos sentimientos que Jonás,
confesándolo con sus mismas palabras: “siervo del Señor soy yo, y adoro al Dios
Señor del cielo, que hizo el mar y la tierra” (Jon 1,9).
«De esta forma, el hombre, recibiendo de Dios una salvación
inesperada, resucita de entre los muertos y glorifica a Dios y pronuncia las
palabras proféticas de Jonás: “Grité al Señor mi Dios en mi tribulación y me
oyó desde el seno del infierno” (Jon 2,2). Así el hombre permanece para siempre
glorificando a Dios y le da gracias sin interrupción por la salvación que
obtuvo de Él» (Contra las herejías III,19,3ss).
–Con el Salmo 24 pedimos al Señor que nos instruya en
sus sendas, para que caminemos con lealtad. La ternura y la misericordia del
Señor son eternas. Él es bueno y recto y enseña su camino a los pecadores. Él
hace caminar a los humildes con rectitud.
–1 Corintios 7,29-31: La apariencia de este mundo se
termina. Para el verdadero creyente, la brevedad de la vida temporal no
significa sino la oportunidad de aceptar la gracia y llegar a esa salvación
próxima y definitiva que Cristo Jesús nos ofrece. Esa esperanza viva de los
bienes eternos inminentes es lo que permite a los fieles actuar con total
libertad de espíritu, y no como esclavos de las cosas temporales. Es verdad,
sin embargo, que en el camino de la vida presente hay muchos enemigos y
tentaciones. Escribe Casiano:
«Que estos enemigos se oponen a nuestro progreso lo decimos solamente
en cuanto nos mueven al mal, no porque creamos que nos determinen efectivamente
a él. Por lo demás, ningún hombre podría en absoluto evitar cualquier pecado,
si esos enemigos tuvieran tanto poder para vencernos, como lo tienen para
tentarnos. Si, por una parte, es verdad que tienen el poder para incitarnos al
mal, por otra, es también cierto que se nos ha dado a nosotros la fuerza de
rechazar sus sugestiones y la libertad de no consentir en ellas.
«Y si su poder y su ataques engendran en nosotros el temor, no
perdamos de vista que contamos con la protección y la ayuda del Señor. Su
gracia combate a nuestro favor con un poder incomparablemente superior al de
toda esa multitud de adversarios que nos acosan. Dios no se limita únicamente a
inspirarnos el bien, sino que nos impulsa a cumplirlo... Es, pues, un hecho
cierto que el demonio no puede reducir a nadie, si no es a aquél que libremente
le presta el consentimiento de su voluntad» (Colaciones 7,8).
–Marcos 1,14-20: Convertíos y creed la Buena Noticia.
El camino de salvación, que el Evangelio nos ofrece, exige una sincera renuncia
personal a nuestra anterior vida tarada o pagana, para seguir fielmente a
Cristo Salvador. La conversión evangélica es la apertura decidida del corazón
del hombre al Corazón de Jesucristo. San Clemente Romano escribe:
«Fijémonos atentamente en la sangre de Cristo, y démonos cuenta de
cuán valiosa es a los ojos de Dios y Padre suyo, ya que derramada por nuestra
salvación, ofreció a todo el mundo la gracia de la conversión.
«Recorramos todas las etapas de la historia, y veremos cómo en
cualquier época el Señor ha concedido oportunidad de arrepentimiento a todos
los que han querido convertirse a El. Noé predicó la penitencia, y los que le
hicieron caso se salvaron. Jonás anunció la destrucción a los ninivitas, pero
ellos, haciendo penitencia de sus pecados, aplacaron la ira de Dios con sus
plegarias y alcanzaron la salvación, a pesar de que no pertenecían al pueblo de
Dios.
«Los ministros de la gracia divina, inspirados por el Espíritu Santo,
hablaron acerca de la conversión. El mismo Señor de todas las cosas habló
también de la conversión, avalando sus palabras con un juramento: “por mi vida,
dice el Señor, no me complazco en la muerte del pecador, sino en que cambien de
conducta” [Ez 33,11]... Queriendo, pues, que todos los que Él ama se beneficien
de la conversión, confirmó aquella sentencia con su voluntad omnipotente.
«Sometámonos, pues, a su espléndida y gloriosa voluntad e, implorando
humildemente su misericordia y benignidad, refugiémonos en su clemencia,
abandonando las obras vanas, las riñas y las envidias, cosas que llevan a la
muerte. Seamos, pues, hermanos, humildes de espíritu; abandonemos toda soberbia
y altanería, toda insensatez [...] Recordemos las palabras del Señor Jesús con
las que enseña la equidad y la bondad» (Carta a los Corintios
VII,4–XIII,1).
Ciclo C
La Iglesia, ante todo por su acción litúrgica, renueva y verifica la
presencia viva de Jesús en medio de su pueblo. Cristo, después de treinta años
de vida oculta en Nazaret, se manifiesta públicamente para mostrar a los
hombres el camino de la salvación. Pero muchos no quisieron seguirlo; más aún
le contradijeron, le calumniaron y, al final, le dieron muerte.
También a nosotros nos puede suceder lo mismo, si no queremos secundar
los preceptos del Señor y preferimos seguir nuestros caprichos y malos deseos.
La Palabra de Dios proclamada en la liturgia nos interpela hoy, y pide nuestro
asentimiento de fe y también nuestra correspondencia a ella con una conducta
recta.
–Nehemías 2, 1-4.5-6.8-10: Leyeron el libro de la
ley, y todo el pueblo estaba atento. En la historia de la salvación Dios se
sirvió de Esdras y de Nehemías para reafirmar la fe y renovar la vida religiosa
de su pueblo, preparándolo para una Alianza nueva y definitiva, la perfecta
Alianza de salvación y de santidad que Cristo selló con su Sangre. San Efrén
afirma:
El Señor «escondió en su Palabra variedad de tesoros, para que cada
uno de nosotros pudiera enriquecerse. La Palabra de Dios es el árbol de la
vida, que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera de sus ramas, como
aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos sus lados una bebida
espiritual» (Comentario sobre el Diateseron 1).
Y San Agustín dice:
No os descarriéis entre la niebla, escuchad más bien la voz del
Pastor. Retiraos a los montes de las Santas Escrituras; allí encontraréis las
delicias de vuestro corazón, y nada hallaréis allí que os pueda envenenar o
dañar, pues ricos son los pastizales que allí se encuentran» (Sermón 46
sobre los Pastores).
–Con el Salmo 18 bendecimos a Dios, que con su Palabra
luminosa nos reveló los caminos que llevan a la vida eterna: «Tus palabras,
Señor, son espíritu y vida. La ley del Señor es perfecta y es descanso del
alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del
Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a
los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos
del Señor son verdaderos y enteramente justos».
–1 Corintios12,12-30: Vosotros sois el Cuerpo de
Cristo, y cada uno es su miembro. Llegada la plenitud de los tiempos,
Cristo mismo fue el autor y el consumador de la Nueva Alianza, santificando a
su Iglesia con los dones y gracias de su Espíritu. San Agustín ha comentado
este texto paulino en sus sermones unas diecisiete veces. Escogemos aquí un
párrafo:
«“Nadie sube al cielo, sino quien bajó del cielo, el Hijo del Hombre,
que está en el cielo”. Parece que estas palabras se refieren únicamente a El,
como si ninguno de nosotros tuviese acceso a Él. Pero tales palabras se dijeron
en atención a la unidad que formamos, según la cual Él es nuestra Cabeza y
nosotros su Cuerpo.
«Nadie, pues, sino Él, puesto que nosotros somos Él, en cuanto que Él
es Hijo del Hombre por nosotros y nosotros hijos de Dios por Él. Así habla el
Apóstol: “de igual manera que el Cuerpo es único y tiene muchos miembros, y
todos los miembros del Cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así
también Cristo” (1 Cor 12,12). No dijo: “así Cristo”, sino “así también
Cristo”. A Cristo lo constituyen muchos miembros, que son con Él un único
Cuerpo» (Sermón 263,A,2).–
Lucas 1,1-4: 4,14-21: Hoy se cumple esta Escritura. En
la Nueva Alianza es Jesús, personalmente, la última Palabra viva del Padre y la
plenitud definitiva de la Revelación divina para los hombres. En la sinagoga de
Nazaret nos da Jesús un solemne testimonio del valor profético de la Palabra de
Dios. Comenta San Ambrosio:
«Tomó después el libro para mostrar que Él es el que ha hablado en los
profetas y atajar las blasfemias de los pérfidos, los que enseñan que hay un
Dios del Antiguo Testamento y otro del Nuevo, o bien que Cristo comenzó a
partir de la Virgen. ¿Cómo Él toma origen de la Virgen si antes de la Virgen Él
hablaba?
«“El Espíritu está sobre Mí”. Descubre, pues, aquí la Trinidad
perfecta y coeterna. La Escritura nos afirma que Jesús es Dios y hombre,
perfecto en lo uno y en lo otro. Él también nos habla del Padre y del Espíritu
Santo... ¿Qué testimonio podemos encontrar más grande que el de Él mismo, que
afirma haber hablado por los profetas? El fue ungido con un óleo espiritual y
una fuerza eclesial, a fin de inundar la pobreza de la naturaleza humana con el
tesoro eterno de la resurrección, para eliminar la cautividad del alma, para
iluminar la ceguera espiritual, para proclamar el año del Señor, que se
extiende sobre los tiempos sin fin y no conoce las jornadas de trabajo, sino
que concede a los hombres frutos y descanso continuos» (Comentario a San
Lucas IV, 44-45).
Años impares
–Hebreos 9,15,24-28: Él se ha ofrecido una sola vez
para quitar los pecados. La segunda vez se aparecerá a los que lo
esperan. La Nueva Alianza, de la que Cristo es el Mediador, es una Alianza
eterna, no sólo por ser interminable, sino porque pertenece a la eternidad del
Santuario divino. En el sacrificio de la Nueva Alianza, se ofreció Cristo para
nuestra salvación, y ahora quiere ofrecernos también a nosotros, que somos los
miembros de su Cuerpo. Así lo explica Orígenes:
«Si yo renuncio a todas las cosas que poseo y tomo mi cruz y sigo a
Cristo, ofrezco el holocausto en el altar de Dios. Si castigo mi cuerpo, de
modo que esté encendido en el fuego de la caridad, o si alcanzo la gloria del
martirio, me ofrezco a mí mismo como holocausto en el altar de Dios. Si amo a
mis hermanos hasta entregar mi vida por ellos y lucho hasta morir en aras de la
justicia y de la verdad, ofrezco un holocausto en el altar de Dios. Si
mortifico mis miembros de toda concupiscencia, y el mundo está crucificado para
mí y yo para el mundo, ofrezco un sacrificio en el altar de Dios.
«Así es como yo me hago sacerdote de mi propia ofrenda. De este modo
se ejerce el sacerdocio en la primera estancia y se ofrecen sacrificios. Desde
ella, el pontífice, revestido con los ornamentos sagrados, se adelanta y entra
en lo interior del velo, según las palabras de San Pablo citadas anteriormente:
“pues no entró Jesús en un santuario hecho de mano humana, sino en el cielo mismo,
para presentarse ahora en el acatamiento de Dios a favor nuestro” (Heb 9,24).
Así es como los cielos y el trono mismo de Dios están prefigurados por la
imagen de la estancia interior» (Homilía sobre el Levítico 16,9).
–Jesucristo resucitado, Mediador de todos los hombres, cancelando el
pecado mediante su muerte, se ha constituido en el «ahora» de la salvación. Al
librarlo por la resurrección de todo lo caduco, Dios en Él ha hecho a todos
posible vencer las ataduras del pecado y del tiempo, y abrirse así a la última
venida gloriosa del Salvador, en la que se establecerá plenamente una salvación
en la que ya estará definitivamente ausente el pecado.
Por eso cantamos jubilosos con
el Salmo 97: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho
maravillas: su diestra le ha dado la victoria. El Señor da a conocer su
victoria, revela a las naciones su justicia; se acordó de su misericordia y su
fidelidad en favor de la casa de Israel. Los confines de la tierra han
contemplado la victoria de nuestro Dios».
Años pares
–2 Samuel 5,1-7.10: Tú serás el pastor de mi pueblo
Israel. David es proclamado rey de Israel. Ya lo era de Judá. No logró esa
ampliación de su poder real sin derramamiento de sangre: Saúl, Jonatán,
Isabael... Estas muertes favorecían a David, pero él no tuvo parte en ellas.
Los planes de Dios se cumplen, no obstante las ignorancias y los errores de los
hombres. Por eso nosotros hemos de estar siempre dispuestos a cumplir la
voluntad de Dios con todo amor y confianza. San León Magno nos asegura que la
voluntad de Dios es siempre buena, y no puede dejar de serlo:
«Dios todopoderoso y clemente, cuya naturaleza es bondad, cuya
voluntad es poder, cuya acción es misericordia, desde el mismo instante en que
la malignidad del diablo nos hubo emponzoñado con el veneno mortal de la
envidia, señala ya los remedios con que su piedad se proponía socorrer a los
mortales. Esto lo hizo desde el principio del mundo...
«Ha sido, pues, amadísimos, el plan de un profundo designio, en el que
un Dios, que no se muda, y cuya voluntad no puede dejar de ser buena, ha
cumplido, mediante un misterio aún más profundo, la primera disposición de su
bondad, de manera que el hombre, arrastrado hacia el mal por la astucia y
malicia del demonio, no pereciese, trastornando el plan divino» (Sermón
22,1).
Y en otra ocasión añade: «El
diablo y sus ángeles dirigen sus insidias y se aplican a tentar de innumerables
maneras al hombre que tiende hacia las alturas, ya sea amedrentándole en lo
adverso o corrompiéndole en la prosperidad. Pero “el que está con nosotros es
mayor que el que está contra nosotros” (1 Jn 4,4). A los que están en paz con
Dios y que continuamente dicen de todo corazón a su Padre: “hágase tu
voluntad”, no podrá vencerlos ningún combate ni dañarlos ningún conflicto» (Sermón
26,4).
–David ha comenzado a actuar, y la mano del Señor está con él. Pronto
se convierte en signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Por eso,
su victoria y su fuerza salvadora nos llevan a cantar con el Salmo 88
la misericordia y la fidelidad de Dios, que ha hecho maravillas con nosotros
por la salvación realizada en Cristo, figurado siglos antes por David:
«Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán. Un día hablaste en visión
a tus amigos: “He ceñido la corona a un
héroe, he levantado a un soldado sobre el pueblo. Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi
brazo lo haga valeroso... Por mi nombre crecerá su poder: extenderé su
izquierda hasta el mar y su derecha
hasta el Gran Río”».
La autoridad que el Señor confiere a ciertos hombres ha de ser siempre
un servicio de amor, como San Agustín dice:
«En la casa del justo, que vive de la fe y peregrina aún lejos de la
ciudad celeste, sirven también los que mandan a aquellos a quienes parecen
dominar. Y es que no les mandan por deseo de dominio, sino por deber de
caridad; no por orgullo de reinar, sino por bondad de ayudar» (Ciudad de
Dios 19,14).
–Marcos 3,22-30: El corazón endurecido, bajo el
influjo de Satanás, blasfema contra el Espíritu Santo. San Agustín explica
en que consiste esa blasfemia:
«La caridad perfecta es el don del Espíritu Santo. Pero antes de todo
está el perdón de los pecados. Por este beneficio somos sacados del poder de
las tinieblas, y “el príncipe de este mundo es arrojado fuera” por la fe, pues
en los hijos de la infidelidad obra precisamente con la fuerza que tiene por la
ligadura del pecado. Y en el poder de ese Espíritu Santo, por el que el pueblo
de Dios es congregado en la unidad, es arrojado el príncipe de este mundo, que
contra sí mismo se divide.
«Pues bien, contra este don gratuito, contra esta gracia de Dios,
habla el corazón impenitente. Y esa misma impenitencia es el espíritu de
blasfemia, que no se perdona ni en este siglo ni en el futuro. Es así como
pronuncia una palabra muy mala, demasiado impía, contra el Espíritu Santo, en
el que son bautizados aquellos cuyos pecados son perdonados. La Iglesia, en
cambio, recibe ese Espíritu para que le sean perdonados los pecados a aquel a
quien ella los perdona.
«Por el contrario, aunque la paciencia de Dios llama a penitencia, el
pecador, por la dureza de su corazón, por su corazón impenitente, atesora ira
para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual
pagará a cada uno según sus obras. Con este especial nombre de impenitencia
podemos designar de algún modo a la blasfemia y a la palabra contra el
Espíritu Santo, que nunca será perdonada. Es la impenitencia final. El pecador
no ha querido arrepentirse» (Sermón 71).
Años impares
–Hebreos 10,1-10: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu
voluntad. Desde la Encarnación Cristo ha llevado a la práctica estas
palabras del salmista (39,7-8), en las que se anuncia que Él había de cumplir
en todo la voluntad de Dios, en lo cual consiste el sacrificio perfecto. Así
establece Jesucristo un nuevo y definitivo culto, en el que hay ofrenda de la
voluntad interna y oblación externa. Una vez más, la Antigua Alianza aparece
como figura de la Nueva. Cristo es la Víctima perfecta por la oblación total de
su naturaleza humana. San León Magno enseña:
«Para reconciliar a los hombres había de ser ofrecida una víctima que
fuera de nuestra raza, pero ajena a nuestra corrupción. Por eso, el plan de
Dios, que era borrar el pecado del mundo, había de extenderse a todas las
generaciones, a todos los siglos y a los misterios, según las diversas épocas»
(Sermón 23,3).
«La sangre inocente vertida en favor de los culpables fue, en efecto,
tan poderosa para conseguir la gracia, tan rica para pagar la deuda, que, si
todos los cautivos creyesen en su Redentor, ninguno se vería retenido por las
cadenas del tirano... Digan ellos con qué sacrificio han sido reconciliados,
con qué sangre han sido redimidos... ¿Qué sacrificio fue alguna vez más sagrado
que aquel que el auténtico Pontífice realizó sobre el altar de la cruz,
inmolando sobre ella su propia carne?... Podemos, pues, gloriarnos del poder
del que, en la debilidad de nuestra carne, se ha enfrentado con un enemigo
soberbio, y ha hecho partícipe de su victoria a aquellos en cuyo cuerpo ha
triunfado» (Sermón 64,3).
–Oremos, pues, con Cristo las palabras del Salmo 39: «Yo
esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito: me puso en la
boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Tú no quieres sacrificios ni
ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: “Aquí estoy”. He proclamado tu salvación ante la gran
asamblea; no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. No he guardado en el
pecho tu defensa, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu
misericordia y tu lealtad, ante la gran asamblea. Aquí estoy, Señor, para hacer
tu voluntad». Éste Salmo señala el que es también nuestro camino. Así seguimos
a Cristo en todo, para hacer en todo la voluntad del Padre.
Años pares
–2 Samuel 6,12-15.17-19: Iban llevando los israelitas
el arca del Señor entre vítores a la Ciudad de David. Por el camino van
ofreciendo muchos sacrificios. Y el mismo rey David danza ante el arca... Si
esto se hizo ante el arca, ¿qué no hemos de hacer ante la sagrada
Eucaristía?... Dice Orígenes:
Conocéis vosotros, los que soléis asistir a los misterios divinos,
cómo cuando recibís el Cuerpo del Señor lo guardáis con toda cautela y
veneración, para que no caiga ni un poco de él, ni desaparezca algo del don
consagrado. Pues os creéis reos, y rectamente por cierto, si se pierde algo de
él por negligencia» (Homilía 13 sobre el Exodo).
Lo mismo dicen también Tertuliano, San Gregorio de Nisa, San Cirilo de
Jerusalén, San Agustín y otros muchos Padres. Todos muestran gran veneración
por el Cuerpo y la Sangre del Señor, por su presencia eucarística. ¿Y nosotros?
–Con el Salmo 23 cantamos la gloriosa presencia del
Señor, que invade el Santuario. Si el arca era signo de esa presencia, mucho
más aún lo es la sagrada Eucaristía: «¿Quién es ese Rey de la gloria? Es el
Señor en persona. ¡Portones! alzad los dinteles, que se alcen las antiguas
compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El
Señor, héroe valeroso, el Señor, héroe de la guerra. ¡Portones! Alzad los
dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la
gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos: Él es
el Rey de la gloria».
Esta devota veneración por lo sagrado, tan propia de Israel, hemos de
tenerla nosotros, cristianos, por todo lo sagrado, pero muy especialmente por
la Eucaristía, la suprema sacralidad cristiana, que contiene al Santo de los
Santos, el mismo Jesucristo, nuestro Señor. San Juan Crisóstomo decía:
«Los ángeles rodean al sacerdote. Todo el Santuario y el espacio que
circunda al altar están ocupados por las potencias celestes, para honrar a
Aquél que está presente en el altar» (Homilía
6 sobre el sacerdocio).
–Marcos 3,31-35: El que cumple la voluntad de Dios
ése es mi hermano y mi hermana y mi madre. Éste fue un elogio grande que
Jesús hizo de la Virgen María, pues ninguna persona humana ha cumplido la
voluntad de Dios como Ella. Su fiat fue sumamente meritorio y eficaz
para la salvación de los hombres. Dice San Bernardo:
«Ya que en Su voluntad está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de
que nada encontraremos que nos sea más útil y provechoso que aquello que
concuerda con el querer divino. Por tanto, si en verdad queremos conservar la
vida de nuestra alma, procuremos con solicitud no desviarnos en lo más mínimo
de la voluntad de Dios» (Sermón 5)
Y San Agustín afirma:
«El Señor conoce mejor que el hombre lo que conviene en cada momento,
lo que ha de otorgar, añadir, quitar, aumentar, disminuir, y cuándo lo ha de
hacer» (Carta 138).
El abandono en Dios lleva consigo una confianza en Él sin límites. Por
él se ve a Dios, como un Padre providente, en todos y en cada uno de los
momentos de la propia existencia, también en la cruz y en la tribulación. Eso
es lo único que puede guardar siempre nuestras vidas en una gran paz y alegría.
Años impares
–Hebreos 10,11-18: Cristo ha perfeccionado para
siempre a los que van siendo consagrados. El sacrificio único ofrecido por
Jesucristo, aceptado por el Padre, que le glorifica en la resurrección, obtiene
para los hombres el perdón de los pecados. En esto consiste la nueva y
definitiva Alianza. Nada entendemos de la Carta a los Hebreos si no tenemos una
conciencia muy profunda de la malicia del pecado, como muerte que separa de
Dios, fuente de la vida. Dice San Agustín:
«Se ofrece al Padre un sacrificio nuevo y verdadero de reconciliación,
no en el Templo, cuya dignidad ha ya terminado, ni dentro de los muros de la
ciudad, que en castigo de su crimen ha de ser destruida, sino en el exterior,
“fuera de las puertas de la ciudad” (Heb 13,12), para que, en lugar del
misterio abolido de las antiguas víctimas, fuese presentada una nueva hostia
sobre un nuevo altar, y fuese la cruz de Cristo no un altar del templo, sino
del mundo» (Sermón 59,5).
Esta imagen bellísima indica bien la universalidad del sacrificio
redentor de Cristo, expresado ya en la Escritura y muy difundido en la doctrina
de los Santos Padres, desde los Padres Apostólicos. Uno de los textos más elocuentes en este sentido es el de Mario
Victorino:
«Fue asumido todo el hombre, asumido y liberado. Y en éste fueron
liberadas todas las cosas universales, toda la carne, toda el alma, y en la
cruz se quitaron y purificaron por Dios Salvador, Palabra Universal de todos
los universales» (Contra Arrio 4).
–De nuevo nos trae la liturgia de hoy el Salmo 109: «Tú
eres sacerdote según el rito de Melquisedec», que ya rezábamos en el miércoles
de la semana segunda.
Años pares
–2 Samuel 7,4-17: Consolidaré tu reino. Es el
oráculo del profeta Natán sobre el futuro Mesías. El reino del Mesías será
eterno. Cristo vino para fundar el Reino de la verdad y de la vida, el Reino de
la gracia y de la santidad, el Reino de la justicia, del amor y de la paz.
Escribe San Juan Crisóstomo:
«Ya nos ha preparado el Señor para la guerra con el recuerdo de
nuestro enemigo, ya ha eliminado de nosotros toda indolencia; ahora nos anima y
nuevamente levanta nuestros pensamientos al recordarnos al Rey bajo cuyas
órdenes luchamos y al mostrarnos que Él es más potente que todos. Porque, dice,
“tuyo es el reino y el poder y la gloria”.
«Por tanto, si Suyo es el reino, a nadie hay que temer, como quiera
que nadie puede enfrentarse con Él, ni interferir en el mando. Porque cuando se
dice: “Tuyo es el reino”, ponemos de manifiesto que también el enemigo que nos
hace la guerra le está sometido, por más que aparentemente se le enfrente, en
cuanto así lo permite Dios temporalmente. Pero en realidad, también él es uno
de sus siervos, aunque de los deshonrados y reprobados, y no se atrevería él
jamás a atacar a ninguno de los que son siervos Suyos, como él lo es, de no
recibir para ello potestad de lo alto» (Homilías sobre San Mateo 19,6).
–Cantamos con el Salmo 88 la alianza de Dios con David.
La misericordia del Señor jamás le retirará su favor. Pero esto se realiza
plenamente en Cristo, y en los miembros de su Cuerpo místico: «Le mantendré
eternamente mi favor. Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi
siervo. “Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las
edades”. Él me invocará: “Tú eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora”. Y yo
lo nombraré mi primogénito, excelso entre los reyes de la tierra. Le mantendré
eternamente mi favor; y mi alianza con él será estable, le daré un trono
duradero como el cielo».
Nuestro Señor Jesucristo es Rey, «Rey del Universo». Él dirige y
gobierna con poder su reino, la santa Iglesia, nuestra almas. Todo será
finalmente sometido a Él. Seamos fieles súbditos de este Reino, sirvamos a
nuestro Rey, vivamos para Él. Reconozcamos con gozo que Jesús es nuestro Señor.
Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.
–Marcos 4,1-20: Salió el sembrador a sembrar.
Todo cuanto se menciona en esta parábola es muy valioso: el Sembrador, la semilla
que se siembra, que es la Palabra de Dios, y la forma y generosidad con que es
acogida en el corazón humano. Comenta San Agustín en un sermón, al comienzo de
su episcopado:
«Ved cómo salió el sembrador a sembrar. Sale el sembrador y siembra
sin pereza. Pero ¿cómo es que parte cae en el camino, parte en tierra
pedregosa, parte entre las espinas? Si hubiera temido a esas tierras malas, no
hubiera venido tampoco a la tierra buena. Por lo que toca a nosotros, lo único
que nos atañe es no ser camino, no ser piedras, no ser espinas, sino tierra
buena, para dar el treinta, el sesenta, el ciento, el mil por uno. Sea más, sea
menos, pero siempre demos fruto de trigo.
«No seamos camino, donde el enemigo, cual ave, arrebata la semilla
pisada por los transeúntes; ni seamos pedregal, donde la escasez de tierra hace
germinar pronto lo que luego no puede soportar el calor del sol; ni seamos
espinas, que son las ambiciones terrenas y los cuidados de una vida viciosa y
disoluta. ¿Y qué cosa peor que la preocupación por la vida no permita llegar a
la Vida? ¿Qué cosa más miserable que perder la Vida por preocuparse por la
vida? ¿Hay algo más desdichado que caer, por temor a la muerte, en la misma
muerte?
«Extírpense las espinas, prepárese el campo, siémbrese la semilla,
llegue la hora de la recolección, suspírese por llegar al granero y desaparezca
el temor del fuego» (Sermón 101,3).
Años impares
–Hebreos 10,19-25: Llenos de fe, mantengámonos en la
esperanza que profesamos. Ayudémonos los unos en los otros, para
estimularnos a la caridad. Siguiendo la ruta trazada por Cristo, Sumo y Eterno
Sacerdote, acerquémonos a Dios por el camino de la sinceridad y de la fe. San
Clemente Romano nos invita a no apartarnos nunca de esa esperanza en las
promesas del Señor:
«Tomemos ejemplo de los frutos: ¿Cómo y en qué forma se hace la
sementera? Sale el sembrador y lanza a la tierra cada una de las semillas, las
cuales, cayendo sobre la tierra seca y desnuda, empiezan a descomponerse; y una
vez descompuestas, la magnanimidad del Señor las hace resucitar, de suerte que
cada una se multiplica en muchas, dando así fruto...
«Si así obra Dios en la naturaleza, ¿vamos a tener por cosa
extraordinaria y maravillosa que el Artífice del universo resucite a los que le
sirvieron santamente, apoyando su esperanza en una fe auténtica?... Apoyados,
pues, en esa esperanza, únanse nuestras almas a Aquel que es fiel en sus
promesas y justo en su juicios. El que nos mandó no mentir, mucho menos será Él
mismo mentiroso, ya que nada hay imposible para Dios excepto la mentira.
Reavivemos en nosotros la fe en Él, y pensemos que todo está cerca de Él...
Todo lo hará cuando quiera y como quiera, y no hay peligro de que deje de
cumplirse nada de lo que Él ha decretado...» (1 Carta a los Corintios
24-27).
–El Sacerdocio de Cristo es en favor de nosotros, y nos posibilita la
entrada en el Santuario. La senda se inicia en el bautismo. La gracia del
Salvador nos va comunicando las cualidades requeridas para entrar en el Templo
y servir en su culto. Así lo cantamos en el Salmo 23: «Éstos son
los que buscan al Señor. Del Señor es la tierra y cuantos la llenan, el orbe y
todos sus habitantes. Él la fundó sobre los mares, Él la afianzó sobre los
ríos. ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto
sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los
ídolos. Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de
salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios
de Jacob».
Años pares
–2 Samuel 7,18-19.24-29: ¿Quién soy yo, mi Señor, y
qué es mi familia? Ciertamente es un altísimo honor el que Dios hace a
David al prometerle que su Casa permanecerá para siempre y que el Mesías nacerá
de su linaje. Estas promesas grandiosas suscitan en David un acto de profunda
humildad y acción de gracias.
Los santos Padres tratan muchas veces de la humildad. Así lo hace en
una exposición San Agustín:
«Son “pobres de espíritu” los humildes y temerosos de Dios, es decir,
los que no tienen el espíritu inflado. No podían empezar de otro modo las
bienaventuranzas, porque ellas deben hacernos llegar a la suma sabiduría, pues
“el principio de la sabiduría es el temor de Dios” (Eclo 21,16), mientras que,
por el contrario, el primer origen del pecado es la soberbia (ib.10,13ss).
Apetezcan, pues, y amen los soberbios el reino de la tierra; mas
“bienaventurados son los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los
cielos” (Mt 5,3)» (Sermón de la Montaña 1,1,3).
–La elección de David, no obstante sus muchas miserias, fue una
predilección por parte de Dios. También tuvo grandes virtudes, entre ellas la
humildad, como lo hemos visto, y una profunda devoción religiosa. Con el Salmo
131 decimos: «Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes, como
juró el Señor e hizo voto al Fuerte de Jacob. “No entraré bajo el techo de mi
casa, no subiré al lecho de mi descanso, no daré sueño a mis ojos, ni reposo a
mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el
Fuerte de Jacob”. El Señor ha jurado a David una promesa que no retractará: “a
uno de tu linaje pondré sobre tu trono. Si tus hijos guardan mi alianza y los
mandatos que les enseño, también sus hijos por siempre se sentarán sobre su
trono. Porque el Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella. Ésta es mi
mansión por siempre; aquí viviré porque lo deseo”».
En realidad, algunos de los descendientes de David se apartaron del
Señor. A pesar de eso, Dios fue fiel a su promesa, y Cristo nació en Belén de
Judá, del linaje de David.
–Marcos 4,21-25: La luz sobre el candelero. La medida
que usaréis la usarán con vosotros. Dos ideas principales: el cristianismo
ha de ser proclamado. Y no hemos de hacer a los demás lo que no queremos que se
haga con nosotros. Las dos cosas vienen impulsadas por la caridad. Sobre ella
dice San Agustín:
«Vino el Señor mismo, como doctor de la caridad, rebosante de ella,
llevando a plenitud la palabra divina sobre la tierra, y puso de manifiesto que
tanto la ley como los profetas radican en los dos preceptos de la caridad. Así
pues, hermanos, recordad conmigo aquellos dos preceptos. En efecto, tienen que
sernos en extremo familiares, y no han de venirnos a la memoria solamente
cuando ahora los recordamos, sino que deben permanecer siempre grabados en nuestros
corazones. Nunca olvidéis que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo
el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a uno mismo.
«He aquí lo que hay que pensar y meditar, lo que hay que mantener vivo
en el pensamiento y en la acción, lo que hay que llevar hasta el fin. El amor a
Dios es el primero en la jerarquía del precepto, el primero en el rango de la
acción. Pues el que te puso ese amor en dos preceptos no había de proponerte
primero al prójimo y luego a Dios, sino al revés, a Dios primero y al prójimo
después. Pero tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces mérito
para verlo. Con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios, como
claramente dice San Juan: “quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar
a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20). Al amar al prójimo y cuidarte de él vas
haciéndote capaz de amar a quién tenemos que amar con todo el corazón, con toda
el alma, con todo el ser.
«Es verdad que no hemos llegado todavía hasta nuestro Señor, pero sí
que tenemos con nosotros al prójimo. Ayuda, por tanto, a aquel con quien
caminas, para que llegues hasta a Aquel con quien deseas quedarte para siempre»
(Tratado sobre el Evangelio de San Juan 17,7-9).
Años impares
–Hebreos 10,32-39: Soportasteis múltiples combates
con gran valentía. No desfallezcáis en ella. El motivo para
perseverar en la lucha es la seguridad que tenemos de que la Promesa de Dios se
cumplirá, y se cumplirá pronto. Es la eternidad divina la que sostiene y dirige
el curso de los tiempos. Por tanto, valentía y confianza en el Señor. Dice
Orígenes:
«Lo que falta a causa de la debilidad humana, lo completa Dios, que
“hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman” (Cf.
Rom 7,28) (Tratado sobre la oración 29,19).
Y San Bernardo:
«Entre los éxitos y fracasos de los momentos inestables, conservarás,
como imagen de la eternidad, una sólida ecuanimidad. Bendecirás al Señor en
todas las ocasiones y así, en medio de un mundo vacilante, encontrarás la paz,
una paz inquebrantable» (Sermones sobre el Cantar de los Cantares
21,4-6).
–Con el Salmo 36 proclamamos que toda nuestra fuerza
viene de Dios: «El Señor es quien salva a los justos. Confía en el Señor y haz
el bien, habita tu tierra y practica la lealtad; sea el Señor tu delicia, y Él
te dará lo que pide tu corazón. Encomienda tu camino al Señor, confía en Él y
Él actuará, hará tu justicia como el amanecer, tu derecho, como el mediodía. El
Señor asegura los pasos del hombre, se complace en sus caminos; si tropieza no
caerá, porque el Señor lo tiene de la mano. El Señor es quien salva a los
justos. Él es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los
libra de los malvados y los salva, porque se acogen a Él».
Años pares
–2 Samuel 11,1-4.5-10,13-17: Te has burlado de Mí
casándote con la mujer de Urías. Ha pecado David gravemente. Observa San
Agustín:
«Todo lo que quieres y deseas es bueno. No quieres tener una bestia
mala, un siervo malo, un vestido malo, unos hijos malos. Pues si tú todo lo
quieres bueno, sé tú también bueno, que todo lo quieres bueno. ¿Dónde has
tropezado para que, entre todas las cosas buenas que quieres, tú solo quieres
ser malo?» (Sermón 297).
Y San Basilio:
«En esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y
contrario a la voluntad de Dios de las facultades que Él nos ha dado para
practicar el bien» (Regla monástica, resp. 2,1).
–Al pecado de David le siguió el arrepentimiento, como veremos mañana.
Pero ya hoy, ante nuestros muchos pecados, pedimos perdón a Dios con el Salmo
50, que el mismo David compuso después de haber pecado: «Misericordia,
Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión limpia mi pecado. Pues yo
reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra Ti, contra Ti sólo
pequé, cometí la maldad que aborreces. En la sentencia tendrás razón. Mira en
la culpa nací, pecador me concibió mi madre. Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en
mí toda culpa».
El Señor nos devuelve en el sacramento de la penitencia todo lo que
culpablemente hemos perdido por el pecado: la gracia y la dignidad de hijos de
Dios. Es un don inmenso el que ha hecho Jesucristo a su Iglesia: le ha dado
poder de perdonar los pecados de los hombres.
–Marcos 4,26-34: De día y de noche, la semilla va
creciendo sin que el sembrador sepa cómo. La obra de Dios se realiza no
obstante las limitaciones humanas. Tiene fuerza eficaz por sí misma. ¿Cómo es
posible que la Iglesia se extienda rápidamente por todo el mundo a través de
medios personales e instrumentales tan pobres? ¿De dónde le viene su fuerza
para resistir y vencer tan grandes persecuciones como las que en un principio
sufre de los judíos, luego de los romanos y ahora de tantos enemigos del
Evangelio de Cristo? Responde San Ambrosio:
«Es cosa normal que, en medio de este mundo tan agitado, la Iglesia
del Señor, edificada sobre la piedra de los Apóstoles, permanezca estable y se
mantenga firme sobre esta base inquebrantable contra los furiosos asaltos de la
mar (Mt 16,18). Ella está rodeada por las olas, pero no se bambolea, y aunque
los elementos de este mundo retumban con un inmenso clamor, ella, sin embargo,
ofrece a los que se fatigan la gran seguridad de un puerto de salvación» (Carta
2,1-2).
Y San Juan Crisóstomo:
«La nave de Jesús no puede hundirse... Las olas no quebrantan la roca,
sino que ellas mismas se convierten en espumas. Nada hay más fuerte que la
Iglesia... Es inútil pelear contra el cielo. Dios es siempre el más fuerte» (Homilía
antes del exilio).
Años impares
–Hebreos 11,1-2.8-19: Esperaba la ciudad cuyo
arquitecto y constructor iba ser Dios. Abrahán y Sara permanecen en la fe y
por ellos son recompensados. Perseveremos en la fe a toda costa. San Ireneo:
«En Abrahán estaba prefigurada nuestra fe: él fue el patriarca y, por
decirlo así, el profeta de nuestra fe, como lo enseña claramente el Apóstol en
su Carta a los Gálatas (3,5-9)... El Apóstol no sólo lo llama profeta de la fe,
sino padre de aquellos de entre los gentiles que creen en Cristo Jesús. La
razón es que su fe y la nuestra son la misma y única fe: él, en virtud de la
promesa de Dios, creyó en las cosas futuras como si ya se hubieran realizado; y
nosotros, de manera semejante, en virtud de la promesa de Dios, contemplamos
como en un espejo por la fe aquella herencia que tendremos en el reino» (Contra
las herejías IV, 21,1).
–La fe de Abrahán, la promesa de Dios, el cumplimiento de todas las
promesas en Jesucristo..., son, con tantos otros, signos formidables de la
visita de Dios a su Pueblo. Abrahán creyó a Dios y por su fe fue justificado, y
toda su descendencia sigue perseverando en la fe, ahora en la plena fe de
Jesucristo. Recitamos por eso el Cántico del Benedictus (Lc
1,69-75):
«Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo.
Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo; según
lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la
salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos
odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su
santa alianza. El juramento que juró a nuestro padre Abrahán, para concedernos
que libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con
santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días».
Años pares
–2 Samuel 12,1-7.10-17: Arrepentimiento de David: He
pecado contra el Señor. Tertuliano dice de la conversión y la penitencia:
El Señor «ha prometido que todos los pecados, ya fueren cometidos por
la carne o por el espíritu, ya de obra o de intención, pueden alcanzar perdón
por la penitencia. Lo ha prometido el mismo que fijó la pena por el juicio,
pues dice al pueblo: “haz penitencia y te daré la salvación” (Ez 18,21). Por
tanto, la penitencia es vida cuando antecede a la muerte. Tú, pecador,
entrégate, pues, a la penitencia, abrázala como el náufrago que pone su
confianza en una tabla; ella te levantará cuando estés para ser hundido en las
olas de los pecados, y te llevará al puerto de la divina clemencia... Arrepiéntete
de tus errores, una vez que has descubierto la verdad. Arrepiéntete de haber
amado aquello que Dios no ama, cuando ni siquiera nosotros toleramos que
nuestros esclavos no odien aquello que nos molesta... Te preguntas: ¿me será
útil la penitencia, o no? ¿Por qué le das vueltas a eso? Es el mismo Dios quien
manda que la hagamos...» (Sobre la penitencia 4).
–Seguimos con el Salmo 50, en el que David confiesa su
pecado y pide la misericordia de Dios. Sin ese reconocimiento de la culpa y esa
vuelta suplicante a la misericordia de Dios, no hay salvación para el hombre.
Pero si el hombre admite la gracia de la humilde contrición, entonces Dios le
perdona, y el pecador vuelve a nacer. Triunfa en él así la misericordia de
Dios:
«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con
espíritu firme: no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo
espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu
generoso. Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a Ti. Líbrame
de la sangre, oh Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia. Señor, me
abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza». San Agustín comenta:
«¡Qué cercano está Dios de quien se confiesa a su misericordia! Sí,
Dios no anda lejos de los contritos de corazón» (Sermón 11).
Y San Gregorio Magno:
«Consideremos cuán grandes son las entrañas de Su misericordia, que no
solo nos perdona nuestras culpas, sino que promete el reino celestial a los que
se arrepienten de ellas» (Homilías sobre los Evangelios 19)
–Marcos 4,35-40: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y
las aguas le obedecen! En este milagro los Padres han visto siempre
figurada la protección de Cristo sobre su Iglesia. Las olas de la persecución
tienden a hundirla, pero Cristo está con ella y no lo consiente. Es claro,
pues, que la razón de la indestructibilidad de la Iglesia está en su íntima y
sustancial unión con Cristo, que es su
fundamento primario.
Jesucristo edificó su Iglesia sobre roca viva, y desde el principio
prometió a su Esposa que los poderes del infierno no prevalecerían contra ella
(Mt 16,18). La fe nos atestigua que esta firmeza en la constitución de la
Iglesia y en la veracidad de su doctrina durará siempre. San León Magno dice:
»«Sobre esta piedra firme edificaré un templo eterno, y la alta mole
de mi Iglesia, llamada a penetrar en el cielo, se apoyará en la firmeza de esta
fe. Los poderes del infierno no podrán impedir esta profesión de fe, los
vínculos de la muerte no la sujetarán, porque estas palabras son palabras de
vida. Ellas introducen en el cielo a los que la aceptan, y hunden en el
infierno a los que la niegan» (Sermón 4,2-3).