Entrada: «Que se postre ante Ti, oh
Dios, la tierra entera; que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre» (Sal
65,4).
Colecta (Gregoriano): «Dios
todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente
la oración de tu pueblo, y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en
tu paz».
Ofertorio (Veronense): «Concédenos, Señor,
participar dignamente de estos santos misterios, pues cada vez que celebramos
este memorial del sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra
redención».
Comunión: «Preparas una mesa ante mí y mi
copa rebosa» (Sal 22,5). «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y
hemos creído en Él» (1 Jn 4,16).
Postcomunión (como las dos oraciones
anteriores, se encontraba en el Misal anterior, y ésta ha sido retocada según
el Veronense): «Derrama, Señor, sobre nosotros tu espíritu de caridad, para
que, alimentados por el mismo pan del cielo, permanezcamos unidos en el mismo
amor».
Ciclo A
La finalidad
de la Encarnación del Verbo se manifiesta en el ansia profunda del Corazón de
Cristo Redentor para llevar a los hombres, purificados de sus pecados, hasta la
condición de hijos de Dios. Para conseguirlo, los ilumina primero con su
palabra y su vida, y los santifica, al fin, con su propio sacrificio, como
Cordero destinado a expiar los pecados de todos los hombres. Así lo vemos en
las lecturas siguientes:
–Isaías
49,3.5-6: Te hago Luz de las naciones, para que seas mi salvación.
Todo hombre, de cualquier condición y origen, necesita de la salvación. Jesús
es el Siervo de Dios, que tiene poder para iluminar y reconciliar a todos los
hombres hasta el último confín de la tierra. El Siervo, en su condición
difícil, pero preciosa, experimenta la dureza del corazón del Pueblo elegido.
Pero sufre pacientemente, para que todos podamos ser como Él. Comenta San
Gregorio Nacianceno:
«Vengamos a
ser como Cristo, ya que Cristo es como nosotros. Lleguemos a ser dioses por Él,
ya que Él es hombre por nosotros. Él ha tomado lo que es inferior para darnos
lo que es superior. Se ha hecho pobre para que su pobreza nos enriquezca (2 Cor
8,9); ha tomado forma de esclavo (Flp 2,7) para que nosotros recobremos la
libertad (Rom 8,1); se ha abajado para alzarnos a nosotros; aceptó la tentación
para hacernos vencedores; ha sido deshonrado para glorificarnos; murió para
salvarnos y subió al cielo para unirnos a su séquito, a nosotros que estábamos
derribados a causa del pecado» (Sermón 1,5).
–Con el Salmo
39 unimos nuestra voz a la de Cristo y cantamos: «“Aquí estoy, Señor,
para hacer tu voluntad”. Yo esperaba con ansia al Señor: Él se inclinó y
escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro
Dios... He proclamado su salvación ante la gran asamblea».
–1
Corintios 1,1-3: Gracia y paz os dé nuestro Padre y Jesucristo,
nuestro Señor. Es por Cristo, Salvador por quien el Padre nos ofrece la
gracia que nos reconcilia y la paz que nos salva. En la Carta a Diogneto
leemos:
«Nadie jamás ha
visto ni ha conocido a Dios, pero Él ha querido manifestarse a Sí mismo. Se
manifestó a través de la fe, que es la única a la que se le concede ver a Dios.
Porque Dios es Señor y Creador de todas las cosas, que todo lo hizo y todo lo
dispuso con orden, no sólo amó a los hombres, sino que también fue paciente con
ellos. Siempre lo fue, lo es y lo será: bueno, benigno, exento de toda ira,
veraz; más aún Él, es el único bueno. Después de haber concebido un designio
grande e inefable se lo comunicó a su único Hijo.
«Mientras
mantenía oculto su sabio designio y lo reservaba para Sí, parecía abandonarnos
y olvidarse de nosotros. Pero, cuando lo reveló por medio de su amado Hijo y
manifestó lo que había establecido desde el principio, nos dio juntamente todas
las cosas: participar de sus beneficios y ver y comprender sus designios.
¿Quién de nosotros hubiera esperado jamás tanta generosidad?
«Dios, que
todo lo había dispuesto junto con su Hijo, permitió que hasta el tiempo
anterior a la venida del Salvador viviéramos desviados del camino recto,
atraídos por los deleites y concupiscencias, y nos dejáramos arrastrar por
nuestros impulsos desordenados... Nos dio a su propio Hijo como precio de
nuestra redención: entregó al que es santo para redimir a los impíos, al inocente
por los malos, al justo por los injustos, al incorruptible por los
corruptibles, al inmortal por los mortales...
«¡Oh admirable
intercambio, mediación incomprensible, beneficios inesperados: que la impiedad
de muchos sea cubierta por un solo justo, y que la justicia de uno solo
justifique a tantos impíos!» (Diogneto 8).
–Juan
1,29-34: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
Tras proclamar la necesidad de la penitencia y de la conversión, el Bautista
coronó su misión de Precursor, señalando en Jesús la presencia santificadora
del Cordero de Dios. Unas ocho veces ha comentado San Agustín este pasaje
evangélico :
«Demuestra que
tienes amor al Pastor amando a las ovejas, pues también las ovejas son miembros
del Pastor. Para que las ovejas se conviertan en miembros suyos, fue conducido
al sacrificio como una oveja (Is 53, 7); para que las ovejas se hicieran
miembros suyos, se dijo de Él: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo (Jn 1, 29). Pero, grande es la fortaleza de este Cordero. ¿Quieres
conocer cuánta fortaleza mostró tener? Fue crucificado el Cordero y resultó
vencido el león. Ved y considerad con cuánto poder rige el mundo Cristo, el
Señor, si con su muerte venció al diablo. Amémosle, pues; nada tengamos en
mayor aprecio» (Sermón 225,1-2).
Jesús es el
único justo en medio de aquella
muchedumbre que confesaba sus pecados. Él es «el Cordero de Dios». ¿A quién se
refiere esta imagen?: ¿Al cordero sacrificado en el templo?, ¿al cordero
pascual?, ¿al Siervo de Yahvé? A los tres al mismo tiempo. Y esa imagen
significa que Él es inocente, lleno de mansedumbre, de perfección ritual y de
santidad, y que será sacrificado en la Cruz para salvar a todos los hombres de
sus pecados, para irradiar en todas partes la Luz sin ocaso con su palabra y
con su vida.
Ciclo B
Dios nos ha
hablado con impresionante realismo en la Encarnación de su Verbo eterno, hecho
hombre como nosotros, igual a nosotros en todo, menos en el pecado. Por eso
todo diálogo auténtico entre el hombre y Dios se ha de hacer a través de
Jesucristo. Quien rechaza a Cristo, rechaza a Dios y se coloca fuera de la
salvación redentora.
–1
Samuel 3,3-10.19: Habla, Señor, que tu siervo escucha. El
episodio de la vocación del profeta Samuel es un claro exponente del derecho de
Dios a condicionar decisivamente la vida del hombre con su libre llamamiento. Y
es también un ejemplo de la auténtica respuesta humana ante la vocación divina.
Oigamos a Casiano:
«Hay tres
géneros de llamamiento. Uno cuando nos llama Dios directamente; otro, cuando
nos llama por medio de los hombres; y el tercero, cuando lo hace por medio de
la necesidad» (Colaciones 3).
«Muchos son
los caminos que conducen a Dios. Por eso, cada cual debe seguir con decisión
irrevocable el modo de vida que primero abrazó, manteniéndose fiel en su
dirección primera. Cualquiera que sea la vocación escogida, podrá llegar a ser
perfecto en ella» (ib. 14).
«Aquí estoy,
dice Samuel, porque me has llamado». San Jerónimo escribe al monje Heliodoro:
«Recuerda el
día en que entraste en filas, cuando sepultado con Cristo en el bautismo,
juraste las palabras del sacramento: que por el nombre del mismo Cristo, no
tendrías cuenta con padre ni madre. Mira que el enemigo tiene empeño en matar a
Cristo en tu pecho. Mira que el donativo o soldada que, al entrar en la
milicia, recibiste es codiciado por los campamentos contrarios... Secos los
ojos, vuela al estandarte de la cruz. En este caso, es verdadera piedad ser
cruel» (Carta 14).
–Con el Salmo
39 le decimos al Señor una vez más: «“Aquí estoy, para hacer tu
voluntad”. Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito; me
puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios... Dios mío, lo
quiero, llevo tu ley en mis entrañas».
–1
Corintios 6,13-15.17-20: Vuestros miembros son miembros de Cristo.
La vocación cristiana es integral. Afecta también a nuestro cuerpo para la
santidad. No se es cristiano con sólo el pensamiento y el alma. Dios llama al
hombre entero, le reclama hasta lo más íntimo de su corazón. Así lo explica San
Gregorio de Nisa
«Considerando
que Cristo es “la luz verdadera” (Jn 1,9), sin mezcla posible de error alguno,
nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los
rayos de la luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que
de Él emanan para iluminarnos; para que “dejemos las actividades de las
tinieblas y nos conduzcamos, como en pleno día, con dignidad” (Rom 13, 1) y,
apartando de nosotros las ignominias que se cometen a escondidas, obrando en
todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, como es propio de
la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras.
«Y si tenemos
en cuenta que “Cristo es nuestra santificación” (1 Cor 1,10), nos abstendremos
de toda obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual demostraremos que
llevamos con sinceridad su mismo nombre, mostrando la eficacia de esta
santificación, no con palabras, sino con los actos de nuestra vida.
«Además,
cuando decimos que Cristo es nuestra redención, lo consideramos como el precio
que nos gana la inmortalidad y nos hace posesión suya, comprados a la muerte
por su vida (1 Tim 2,6). Y si somos de Aquel que nos redimió, sigamos en todo
al Señor, de manera que ya no seamos dueños de nosotros mismos, sino que el
Señor es Aquel que nos compró (1 Cor 6,20) y nosotros somos sus siervos. Su
voluntad es, pues, para nosotros ley de vida» (Tratado sobre el perfecto
modelo de cristiano 4.6).
–Juan
1,35-42: Vieron donde vivía y se quedaron con El. En toda
vocación cristiana Cristo es el centro, y es quien pone al hombre en sintonía
garantizada con la voluntad de Dios, que así le elige y le llama. Jesús quiere
que los dos discípulos vean y contemplen personalmente. Lo que ellos «vieron»
debió de ser algo impresionante, según deducimos de lo que después «hicieron».
Estos apóstoles comunican a otros su inmenso gozo, para ganarlos también para
Jesucristo. Comenta San Agustín:
«Los dos
discípulos, al oírle hablar así, van en pos de Jesús. Se vuelve Jesús, ve que
le siguen y les dice: “¿qué buscáis?” Responden ellos: “Maestro, ¿dónde moras?”
Ellos todavía no le siguen, como para quedarse a vivir con Él... Pero Él les
muestra dónde vive, y ellos están con El. ¡Qué día tan feliz pasan y qué noche
tan deliciosa! ¿Hay quien sea capaz de decirnos lo que oyeron de la boca del
Señor?
«Edifiquemos
también nosotros mismos y hagamos una casa en nuestro corazón, adonde venga El
a enseñarnos y hablar con nosotros» (Sermón 203,2).
Ciclo C
La Iglesia nos
invita en estos domingos que hoy comienza a seguir al Corazón de Cristo en los
primeros pasos de su vida pública, y nos enseña a escuchar su palabra,
asimilarla y seguirla; y también a recibir sus hechos, es decir, a aprender
lecciones de vida y de santidad evangélica. Ser cristiano no consiste solamente
en recordar unos hechos y conocer unas doctrinas, sino en aprender a vivir una
vida nueva, la misma vida de Jesús, según el Evangelio, identificándonos con
Él.
–Isaías
62,1-5: El marido se alegrará con su esposa. Este texto ha sido
escogido en razón de la lectura evangélica: las bodas de Caná. La obra de la
salvación es fruto de una elección de Dios absolutamente libre y gratuita. El
Señor se eligió un pueblo, como el esposo elige a su esposa en una alianza
perpetua. Escribe Casiano:
«“La alegría
que encuentra el marido con su esposa, la encontrará Dios contigo”. Éste y
otros textos bíblicos, como los de Oseas y Jeremías, han sugerido a los
místicos el matrimonio espiritual del alma con Dios. Es una doctrina elevada a
la que todos estamos llamados. Es una intimidad perfecta con Dios.
«Éste ha de
ser nuestro principal objetivo y el designio constante de nuestro corazón: que
nuestra alma esté continuamente unida a Dios y a las cosas divinas. Todo lo que
le aparte de esto, por grande que pueda parecernos, ha de tener en nosotros un
lugar puramente secundario o, por mejor decir, el último de todos. Inclusive
debemos considerarlo como un daño positivo» (Colaciones 1).
–Con el Salmo
95 proclamamos: «Contad a todos los pueblos las maravillas del Señor.
Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al
Señor, bendecid su nombre. Proclamad día tras día su victoria, contad a los
pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones. Familias de los
pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la
gloria del nombre del Señor. Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda. Decid a los pueblos: “el Señor es Rey,
Él gobierna a los pueblos rectamente”».
–1
Corintios 12,4-11: El mismo y único Espíritu reparte a cada uno como
a Él le parece. Dios mismo es quien, con la riqueza de su Espíritu y con la
variedad de sus dones, trata de hacer de la Iglesia su Esposa santa, la madre
única de todos los redimidos por Cristo. El Espíritu Santo ha obrado siempre en
la Iglesia de un modo nuevo, intenso y creativo. Así lo muestra la historia de
la Iglesia. Ministerios y carismas han sido siempre para ella un don continuo,
en medio de gozos y penalidades. Oigamos a San Juan Crisóstomo:
«El tiempo que
ha precedido al bautismo era un campo de entrenamiento y de ejercicios, donde
la caídas encontraban su perdón. A partir de hoy, la arena está abierta para
vosotros, el combate tiene lugar, estáis bajo la mirada pública, y no sólo los
hombres, también innumerables ángeles contemplan vuestros combates. Pablo
confiesa en su Carta a los Corintios: “nosotros hemos sido presentados como
espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres” (1 Cor 4,9). En efecto,
los ángeles nos contemplan y el Señor de los ángeles es el que preside el
combate. Para nosotros no sólo es un honor, sino también una seguridad. Cuando
el juez de estos asaltos es precisamente Aquel que ha entregado su vida por
nosotros ¿qué honor y qué seguridad no habremos de tener?» (Ocho catequesis
bautismales 3,8).
–Juan
2,1-12: En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos por intercesión
de la Virgen María. Jesús eligió, como marco de su primera manifestación
redentora, la ceremonia de unas bodas. Más tarde elevaría el matrimonio cristiano
a signo sacramental de la unión de Él mismo con su Iglesia. Éste es el primer
milagro público de Jesús. Oigamos el comentario de Fausto de Riez:
«Por obra de
Cristo se produce en Galilea un vino nuevo, esto es, cesa la ley y sucede la
gracia; es retirada la sombra y se hace presente la realidad; lo carnal viene a
hacerse espiritual; la antigua observancia se transforma en el Nuevo
Testamento. Como dice el Apóstol: “lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado”
(2 Cor 5,17). Y del mismo modo que el agua contenida en las tinajas, sin mermar
en su propio ser, adquiere una nueva entidad, así también la ley no queda
destruida con la venida de Cristo, al contrario, queda clarificada y
ennoblecida.
«Como faltase
el vino, Cristo suministra un vino nuevo. Bueno es el vino del Antiguo
Testamento, pero el del Nuevo es mejor. El Antiguo Testamento que observan los
judíos se diluye en la materialidad de la letra; mientras que el Nuevo, al que
pertenecemos nosotros, nos comunica el buen sabor de la vida y de la gracia» (Sermón 5 sobre la Epifanía).
Años impares
–Hebreos
5,1-10: A pesar a ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. La
perfecta humanidad de Cristo entre los hombres se subraya ahora con la
definición de «sacerdote», que solo en Él se verifica plenamente. En efecto,
Jesucristo, elegido por Dios entre los hombres, los representa en el culto a
Dios, y ofrece dones y sacrificios por los pecados. El sacrificio de Cristo fue
en realidad el que consiguió el perdón de los pecados, y Él no lo ofreció por
Sí mismo, pues no tenía pecado alguno. Oigamos a Orígenes:«Fijémonos en nuestro
verdadero y sumo sacerdote, el Señor Jesucristo. Él, habiendo tomado la
naturaleza humana, estaba con el pueblo todo el año, aquel año, a saber, del cual
dice Él mismo: “Me envió a evangelizar a los pobres y a proclamar el año de
gracia del Señor”. Y una vez durante este año, el día de la expiación, “entró
en el Santuario”; es decir, cumplida su misión, penetró en los cielos, y entró
en la presencia del Padre, para hacerle propicio al género humano y para
interceder en favor de todos los que creen Él...
«En el Antiguo
Testamento se celebraba el rito de la propiciación ante Dios; pero tú, que has
venido a Cristo, verdadero sumo sacerdote, que con su sangre te hizo a Dios
propicio y te reconcilió con el Padre, transciende con tu mirada la sangre de
las antiguas víctimas y considera más bien la sangre de Aquél que es la
Palabra, escuchando lo que Él mismo te dice: “Esta es mi sangre, que será
derramada por vosotros para el perdón de los pecados”.
«El hecho de
rociar el lado oriental tiene también su significación. De Oriente nos viene la
propiciación, pues de allí procede el varón cuyo nombre es Oriente, el que ha
sido constituido Mediador entre Dios y los hombres. Ello te invita a que mires
siempre hacia el Oriente, de donde sale para ti el sol de justicia, de donde te
nace continuamente la Luz para que no camines nunca en tinieblas, ni te
sorprenda en tinieblas aquel día último; para que no se apodere de ti la noche
y la oscuridad de la ignorancia, sino que vivas siempre en la Luz de la
Sabiduría, en el pleno día de la fe, bajo la Luz de la caridad y de la paz» (Homilía
9 sobre el Levítico 5,10).
–Con el Salmo
109 proclamamos el sacerdocio de Cristo. Constituido por Dios Sumo y
Eterno Sacerdote, Él ha realizado en su vida, compartida con la de sus
hermanos, los hombres, el puente de unión entre el cielo y la tierra. Él,
víctima de su propio ofrecimiento, se ha convertido para todos en autor de la
salvación eterna:
Dios le dice
por eso: «“tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec”. Desde Sión
extenderá el Señor el poder de su cetro: somete en la batalla a los enemigos.
“Eres príncipe desde el día de tu nacimiento; entre esplendores sagrados yo
mismo te engendré como rocío, antes de la aurora”», antes de la aurora del
mundo, desde toda la eternidad.
Cuanto más
miserables seamos por nosotros mismos, más debemos volvernos hacia Él, más
debemos unirnos a sus súplicas, a su alabanza, a su acción de gracias. Y el
Señor, haciéndonos suyos, nos escuchará y nos librará. Depositemos todo en Él:
nuestro yo, nuestra esperanza y nuestros temores, nuestro presente, nuestro
pasado y nuestro porvenir... Él es Sacerdote eterno.
Años pares
–1
Samuel 15,16-23: Obedecer vale más que un sacrificio. El Señor
rechaza como rey a Saúl, que le ha sido infiel. San Agustín dice:
«La obediencia
con toda verdad ha de decirse la virtud propia de la criatura racional, que
actúa bajo la potestad de Dios. Y también ha de decirse que el primero y el
mayor de todos los vicios es el orgullo, que lleva al hombre a querer más
potestad para su ruina, y tiene el nombre de desobediencia» (Tratado sobre
el Génesis 8).
El cristiano
ha de rechazar la tentación de
interpretar la obediencia como un sometimiento indigno del hombre, propio de
personas con escasa madurez. Quienes piensan así no han considerado que Cristo
«se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,8).
–La sinceridad
de vida es el mejor sacrificio. La Escritura y los Padres insisten una y otra
vez en que el culto externo sin interioridad de corazón no es por Dios querido,
sino rechazado. Por eso el Señor nos dice en el Salmo 49: «No te
reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante Mí. Pero no
aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños. ¿Por qué recitas
mis preceptos y tienes siempre mi alianza en tu boca, tú que detestas mis
enseñanzas y te echas a la espalda mis mandatos? Esto haces ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara. El que me ofrece
acción de gracias ése me honra; al que sigue el buen camino le haré ver la
salvación de Dios».
Es verdad que
nuestra ofrenda, Cristo, es infinitamente más preciosa que todos los costosos
sacrificios del Antiguo Testamento; pero no olvidemos aquellas palabras: «no
todo el que dice: “Señor, Señor”...» Hemos de sacrificar a Dios todo lo que no
sea compatible con Su voluntad. Hemos de ofrecerle sacrificios que nos cuesten
algo real y sensible. Hemos de morir a nosotros mismos, al pecado, y procurar
«tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5).
–Marcos
2,18-22: El novio está con ellos. La observancia de la ley
mosaica no está ya vigente para los discípulos de Cristo, que son amigos del
Esposo. El ministerio salvador de Jesús proclama unos principios fundamentales
de vida, que no encajan en el sistema religioso entonces vigente entre los
judíos.
La doctrina de
Jesús tiene una gran fuerza renovadora. Cristo declara aquí su divinidad y
llama a sus discípulos «los amigos del Esposo», sus amigos. Están con Él y por
eso no necesitan ayunar. Sin embargo, cuando no esté Él presente visiblemente,
será necesario el ayuno y la mortificación para poder verle con los ojos del
alma. Dice San Agustín:
«La penitencia
purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la propia carne al espíritu,
hace al corazón contrito y humillado, disipa las nebulosidades de la
concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones y enciende la verdadera Luz de
la castidad» (Sermón 73).
Y San Basilio:
«Al ser nocivo
para el cuerpo el demasiado cuidado y un obstáculo para el alma, es locura
manifiesta servirle y mostrarse sumiso con él» (Discurso a los jóvenes
3).
Con razón, pues, dice la Iglesia al Señor en un prefacio de Cuaresma: «con el ayuno corporal refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu, nos das fuerza y recompensa».
Años impares
–Hebreos
6,10-20: La esperanza que se nos ha ofrecido es para nosotros un
ancla segura y firme. Hemos de llevar una vida auténticamente cristiana,
pues Dios es fiel a sus promesas y nuestra esperanza es como un ancla que nos
aferra a él, Cristo Jesús, nuestro Sumo y Eterno Sacerdote. El ancla siempre ha
sido desde los primeros siglos del cristianismo un signo de la firmeza y
seguridad de la fe. Muchas veces aparece pintada en las catacumbas. Los
cristianos somos hombres que esperamos la futura gloria que se revelará en
nosotros. San Basilio dice:
«Un único
motivo te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza
consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo» (Homilía
20, sobre la humildad).
San Agustín
afirma que toda la esperanza del hombre
«estriba solo en la gran misericordia de Dios» (Confesiones 10). Y San
Juan Crisóstomo:
«No
desesperéis nunca. Os lo diré en todos mis discursos, en todas mis
conversaciones; y si me hacéis caso, sanaréis. Nuestra salvación tiene dos
enemigos mortales: la presunción, cuando las cosas van bien, y la
desesperación, después de la caída. Éste segundo enemigo es mucho más terrible»
(Homilía sobre la penitencia).
–Dios es
siempre fiel a sus promesas salvadoras. Él se ha comprometido y no miente. Por
eso, con gran ánimo y fortaleza, cantamos con el Salmo 110: «El
Señor recuerda siempre su alianza. Doy gracias al Señor de todo corazón, en
compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas
de estudio para los que las aman. El Señor ha hecho maravillas memorables, es
piadoso y clemente; Él da alimento a sus fieles, recordando siempre su alianza.
Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza; su nombre es
sagrado y temible; la alabanza del Señor dura por siempre».
Años pares
–1
Samuel 16,1-13: David es ungido y la acción del Espíritu le invade.
Dios muestra su benevolencia hacia David y su pueblo. Los planes de Dios no son
los de los hombres (Is 55,8), y así lo comprueba Samuel, que se ve obligado a
rechazar uno a uno todos los hermanos mayores de David. El cumplimiento de la
voluntad del Señor es siempre la guía más segura para el cristiano. Esta
voluntad de Dios, que se va manifestando a lo largo de la vida, puede ser
acogida con resignación, con generosidad o con pleno abandono en Él, que es lo
más perfecto.
«Cualquier
cosa que te suceda recíbela como un bien, consciente de que nada pasa sin que
Dios lo haya dispuesto» (Carta llamada de Bernabé 9). Y San Agustín: «El
Señor conoce mejor que el hombre lo que le conviene en cada momento» (Carta
138).
–Cantamos la
elección y unción de David con el Salmo 88. En lo más pequeño se
ha revelado el poder del Señor. Así se ve más claro que es Dios el que da la
fuerza, el valor y la victoria a los que siguen plenamente su voluntad:
«He ceñido la
corona a un héroe, he levantado a un soldado sobre el pueblo. Encontré a David,
mi siervo, y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con
él, y mi brazo lo haga valeroso. Él me invocará: “Tú eres mi Padre, mi Dios, mi
Roca salvadora”, y yo lo nombraré mi primogénito, excelso entre los reyes de la
tierra».Como es obvio, David es figura de Cristo, y lo que dice el Señor de
aquél lo dice más plenamente de Cristo,
Rey del universo. Él es el cumplidor exacto de la voluntad del Padre, como lo
confesó varias veces: «mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y
acabar su obra» (Jn 4,34). El camino que Él nos señaló es el cumplimiento de la
voluntad divina: oír la palabra de Dios y practicarla. Es ahí donde se
demuestra realmente el amor a Dios, y donde se expresa de verdad nuestro grado
de unión con El: «no el que dice: “Señor, Señor”..., sino el que hace la
voluntad de mi Padre» (Mt 7,21).
–Marcos
2,23-28: El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el
sábado. La salvación, tema central del mensaje de Jesús, no es cuestión de
antiguas observancias legales, sino de relación personal con Dios, que sólo es
posible por el camino del amor. Cristo, como Hijo de Dios, es «Señor del
sábado». A la nueva alianza entre Dios e Israel ha sucedido una alianza nueva
entre Dios y la humanidad. Esta alianza, nueva, perfecta y definitiva, está
fundada en Cristo Jesús. Comenta San Ambrosio:
«No sólo por
la ternura de sus palabras y por el ejemplo de su actos, el Señor Jesús comenzó
a despojar al hombre de la observancia de la ley antigua y a revestirlo del
nuevo vestido de la gracia. Así lo conduce ya en día de sábado por los
sembrados, es decir, lo aplica a obras fructuosas. ¿Qué quiere decir sábado,
mies, espigas? No se trata de un misterio sin importancia. El campo es todo el mundo
presente; la mies del campo es, por la semilla del género humano, la cosecha
abundante de los santos; las espigas del campo son los frutos de la Iglesia,
que los apóstoles remueven por su actividad, nutriéndose y alimentándose de
nuestros progresos.
«Se levantaba
ya la mies, fecunda de virtudes, con muchas espigas, a las cuales son
comparados los frutos de nuestros méritos; pues, como a ellas, el mal tiempo
los deteriora, o los quema el sol, o los humedecen las lluvias, o los destrozan
las tempestades, o bien los segadores los amontonan en los depósitos de los
graneros dichosos.
«La tierra ha recibido ya la palabra de Dios, y sembrada con la semilla celestial, ha producido en el campo ubérrimo una mies abundante. Los discípulos tenían hambre de la salvación de los hombres, y [arrancando espigas] parecían extraer el alimento de las almas y atraer a la luz de la fe por los prodigios deslumbrantes que realizaban. Pero los judíos pensaban que “eso no estaba permitido en sábado”. Cristo, sin embargo, por un nuevo beneficio de su gracia, subraya la ociosidad de la ley y la acción de la gracia» (Comentario al Evangelio de San Lucas 5, 28-29).
Años impares
–Hebreos
7,1-3.15-17: Tú eres sacerdote para siempre según el rito de
Melquisedec. Quedan perfilados los rasgos del sacerdocio de Cristo: será el
suyo un sacerdocio totalmente nuevo, cuya imagen puede ser la figura misteriosa
de Melquisedec. De éste no se conoció su ascendencia ni su descendencia (Gen
14,17-20). Por eso es tipo del sacerdocio eterno de Cristo. Era rey de Salén,
esto es, rey de paz. Abrahán lo considera superior.
Todo esto es
propio de Cristo. Por Él, que es nuestro Mediador, nuestro Sumo y Eterno
Sacerdote, la Iglesia puede ofrecer y ofrece al Padre una acción de gracias,
una eucaristía, perfecta y digna de Él. En la maravilla sagrada de la
Eucaristía se actualiza sacramentalmente el sacrificio único de Cristo. Oigamos
a San León Magno:
«Está presente
el Señor Jesucristo en medio de los creyentes. Por eso nuestra confianza no es
temeraria, sino fiel. Pues, aunque Él está sentado a la derecha de Dios Padre,
hasta que ponga a todos sus enemigos por escabel de su pies (Sal 109,1), sin
embargo, no falta nunca el Sumo Pontífice de la asamblea de sus pontífices, y
con razón se le canta por boca de toda la Iglesia y de todos los sacerdotes:
“Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”.
«Él mismo es
Aquel cuya figura presignificaba el pontífice Melquisedec, que no ofrecía las
oblaciones judaicas, sino que inmoló el sacrificio de aquel sacramento que
nuestro Redentor consagró en su Cuerpo y en su Sangre. Él mismo es aquel cuyo
sacerdocio no había de pasar con el tiempo de la ley, como pasó el establecido
según el orden de Aarón, sino que fue instituido con la firmeza de un juramento
indisoluble, que había de celebrarse perennemente según el orden de
Melquisedec. Pues, así como entre los hombres el juramento que se presenta con
estas fórmulas queda sancionado como pacto perpetuo, así también la declaración
del juramento divino, que se encuentra en estas promesas, fijadas en decretos
inconmovibles. Y puesto que el arrepentimiento indica el cambio de voluntad,
Dios no se arrepiente en aquel en que, según el beneplácito eterno, no puede
querer otra cosa distinta de lo que quiso...
«Honramos,
pues, el día en que fuimos consagrado obispo, ya que piadosa y verdaderamente
confesamos que, en todas las cosas que hacemos rectamente, Cristo es quien
realiza la obra de nuestro ministerio» (Sermón 5, 3-4).–Volvemos a
cantar el sacerdocio de Cristo con el Salmo 109: «“Tú eres
sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec”. Oráculo del Señor a mi Señor:
“siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies”... El Señor
lo ha jurado y no se arrepiente: “Tú eres sacerdote eterno, según el rito de
Melquisedec”».
El sacrificio
de la Misa es una reactualización sacramental del sacrificio redentor del
Calvario. Jesús en él se da a Sí mismo y se entrega sin límites a los hombres,
como Sacerdote y Víctima. Toda su vida ha sido una donación continuada. Él
«vino para dar su vida» (Mt, 20,28), y en la hora suprema consumó su donación
en el sacrificio de la Cruz.
Años pares
–1
Samuel 17,32-33.37.40-51: David venció al filisteo Goliat.
Comenta San Agustín:
«El enemigo te
da la muerte con tu misma espada; con tus mismas armas te vence y te asesina.
Acepta el precepto, sabiendo que no es un arma con la que el enemigo te da
muerte, sino con la que tú se la das a tu enemigo. Pero no presumas de tus
fuerzas. Contempla al joven David contra Goliat: contempla al pequeño contra el
grande; pequeño pero presumiendo del nombre de Dios: “Tú con escudo y lanza; yo
en nombre del Señor omnipotente”. Así, así y no de otra manera has de luchar;
no hay otra manera de derrotar al enemigo. Quien presume de sus fuerzas, antes
de la lucha ya está derrotado» (Sermón 153,11).
–David es
pequeño e insignificante, pero va hacia el enemigo «en el nombre del Señor de
los ejércitos». Dios que es Roca, Alcázar, Baluarte, Escudo y Refugio, es el
único que da la victoria. Esto se cumple siempre, pero más en el Reino de
Cristo, en la Iglesia. Los que confían en el Señor alcanzan la salvación. Pasan
los perseguidores, pasan los herejes, pasan los que niegan a Cristo, pero Él
sigue reinando y reinará siempre, y con Él también su Iglesia. Lo proclamamos
con el Salmo 143:
«Bendito el
Señor, mi Roca, que adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la
pelea. Mi Bienhechor, mi Alcázar, Baluarte donde me pongo a salvo, mi Escudo y
mi Refugio, que me somete los pueblos. Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para Ti el arpa de diez cuerdas; para Ti, que das la victoria a los
reyes y salvas a David, tu siervo. Defiéndeme de la espada cruel».
–Marcos
3,1-6: ¿Está permitido en sábado salvar a un hombre o dejarlo
perecer? Sigue el problema de la legislación mosaica ante el mensaje de
Cristo, que viene a salvar a todos los hombres. Los contemporáneos de Jesús no
quieren recibir la verdad, no aceptan el verdadero sentido de la ley, no
reconocen la hora del amor supremo que Cristo viene a instaurar. No entienden
que Jesucristo, con su doctrina y con su conducta, aunque aparentemente rompe
el orden religioso de Moisés, «no viene a abrogar la Ley, sino a consumarla» en
el amor (Mt 5,17). Es ésta una de las características más auténticas de la vida
cristiana. Dice San Bernardo:
«El amor basta
por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se
identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni
tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque
amo, amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal que se recurra a su principio
y origen, con tal que vuelva siempre a su fuente y sea una misma emanación de
sí mismo» (Sermón 83).
San Agustín decía: «cuanto más amo, me siento todavía más deudor» (Carta 192).
Años impares
–Hebreos
7,25–8,6: Cristo, ofreciéndose a sí mismo, ofreció su sacrificio de
una vez para siempre. En clara distinción respecto del sacerdocio del
Antiguo Testamento, Jesús, único y eterno Sacerdote, que vive por siempre junto
al Padre para interceder en favor de nosotros, ofreció un sacrificio único, la
ofrenda que hizo de sí mismo en el Calvario. San Fulgencio de Ruspe dice muy
bellamente:
«Él es quien
en Sí mismo hace lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención.
Es decir, Él mismo es el sacerdote y el sacrificio; es Dios y templo; es el
sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos y el Dios con quien nos hemos
reconciliado. Ten, pues, por absolutamente seguro y no dudes en modo alguno,
que el mismo Dios unigénito, Verbo hecho carne, se ofreció por nosotros a Dios
en olor de suavidad, como sacrificio y hostia.
«El mismo, en
cuyo honor, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas,
profetas y sacerdotes ofrecían en tiempos del Antiguo Testamento sacrificio de
animales; Él mismo es aquél a quien ahora, en el tiempo del Nuevo Testamento,
en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, con quienes comparte la misma y
única divinidad, la santa Iglesia católica no deja nunca de ofrecer por todo el
universo de la tierra, como sacrificio del pan y del vino, con fe y caridad» (De
fide ad Petrum 22).
–Como en días
anteriores, también hoy empleamos el Salmo 109: Oh Cristo, «tú
eres sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec».
Años pares
–1
Samuel 18,6-9; 19,1-7: Mi padre, Saúl, te busca para matarte.
Saúl siente envidia del éxito logrado por David entre el pueblo. Pero Jonatán,
su hijo, que es amigo íntimo de David, le previene del peligro. Sobre la
amistad nos ofrece el Beato Elredo estas palabras:
«Esta es la
verdadera, perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja
corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se
disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba, no cede; la que a pesar de
tantos golpes, no cae; la que batida por tantas injurias, se muestra
inflexible» (Tratado sobre la amistad espiritual 3).
Y San León
Magno:
«Amándonos
Dios, nos restituye a su imagen. Y para que halle en nosotros la imagen de su
bondad, nos concede que podamos hacer lo que Él hace, iluminando nuestras
inteligencias e inflamando nuestros corazones, a fin de que no solamente le
amemos a Él, sino también a cuanto Él ama. Si entre los hombres se da una firme
amistad cuando los ha unido la semejanza de costumbres (aunque sucede muchas
veces que la conformidad de costumbres y deseos conduce a malos afectos),
¡cuánto más debemos desear y esforzarnos por conformarnos con aquellas cosas
que Dios ama!» (Sermón 12, 1 sobre el ayuno del mes de diciembre).
–Por muy
grande que sea la persecución y por mucho que aumenten las dificultades, el
alma piadosa confía siempre en Dios. Confesamos, por eso, con el Salmo 55:
«En Dios confío y no temo. Misericordia, Dios mío, que me hostigan, me atacan y
me cercan todo el día; todo el día me hostigan mis enemigos, me atacan en masa.
Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío...
En Dios, cuya promesa alabo, en Dios confío y no temo. ¿Qué podrá hacerme un
hombre? Te debo, Dios mío, los votos que hice; los cumpliré con acción de
gracias».
Esa confianza
inalterable, aún en medio de las mayores angustias, se fundamenta en la amistad
del alma con Dios. Así dice San Gregorio Magno:
«¡Qué grande
es la misericordia de nuestro Creador! Ni siquiera somos siervos dignos suyos,
y nos llama amigos. ¡Qué grande es la dignidad del hombre al ser amigo
de Dios! » (Homilía 27 sobre los Evangelios).
–Marcos
3,7-12: Los espíritus inmundos gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios».
Aquellos espíritus, reconociendo su derrota, manifestaban el poder salvífico de
Jesucristo. ¿Reconocen ese poder cuando nos tientan a nosotros? ¿Por qué
permite Dios nuestras tentaciones? Porque nos son útiles. Oigamos a San Juan
Crisóstomo:
Permite Dios
que seas tentado, «primero, para que te des cuenta de que ahora eres ya más
fuerte. Luego, para que tengas moderación y humildad y no te engrías por los
dones recibidos, pues las tentaciones pueden muy bien reprimir tu orgullo.
Además de eso, la malicia del demonio, que acaso duda de si realmente le has
abandonado, por las pruebas de las tentaciones puede tener certidumbre plena
que te has apartado de él definitivamente. Hay un cuarto motivo: las
tentaciones te hacen más fuerte que el hierro mejor templado. Y un quinto: te
hacen comprobar mejor lo preciosos que son los tesoros que se te han confiado,
porque si no viera el demonio que estás ahora constituido en más alto honor, no
te hubiera atacado» (Homilía 13 sobre San Mateo).
El Pastor de Hermas
dice que
«el diablo no
puede dominar a los siervos de Dios que de todo corazón confían en El. Puede,
sí, combatirlos, pero no derrotarlos» (Hermas 2).
Nosotros no
confiemos en sus halagos y fascinaciones. A veces «el mismo Satanás se disfraza
de ángel de luz» (2 Cor 11,14).
Años impares
–Hebreos
8,6-13: Cristo es Mediador de una alianza mejor. El tema de la
alianza es central en la Carta a los Hebreos. Allí se encuentra esa palabra más
veces que en los demás libros del Nuevo Testamento. La comparación entre las
dos alianzas, la Antigua, dada a Moisés y grabada en piedra, y la Nueva, dada
por Cristo y grabada en la inteligencia y en el corazón de los fieles por el
Espíritu Santo, desarrolla el texto de Jeremías (Jer 31,31-34), donde el
profeta anuncia la alianza interior de Yavé con su pueblo. Orígenes comenta:
«Todos los que
hemos recibido la palabra del Señor somos “linaje escogido, sacerdocio real,
nación santa, pueblo adquirido” (1 Pe 2, 9). Si, pues, alguno de nosotros, que
hemos sido constituidos en el orden de la estirpe real, ha sido llevado por el
diablo cautivo, sin duda ha sido trasladado del cortejo real a Babilonia y hace
alianza con Nabucodonosor porque despreció la alianza con Dios.
«Es imposible
que el hombre viva sin una u otra alianza. Si mantienes en ti el testamento de
Dios, Nabucodonosor no puede hacer alianza contigo. Y si rechazaste el
testamento de Dios, por la prevaricación de sus mandatos, has hecho pacto con
Nabucodonosor. Pues está escrito: “hizo con él un pacto” (Ez 17,13), y “se
vistió como un traje la maldición”» (Sal 108,18) (Homilía 12,17 sobre
Ezequiel).
–Lo que fue
promesa se ha hecho ahora realidad en Jesucristo, y lo que fue anuncio de la
constante misericordia de Dios se ha manifestado plenamente en Cristo con el
carácter de lo definitivo. Él es al mismo tiempo misericordia y fidelidad.
Celebramos orantes ese misterio de gracia con el Salmo 84:
«Muéstranos,
Señor, tu misericordia y danos tu salvación. La salvación está ya cerca de sus
fieles y la gloria habitará en nuestra tierra... La justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo».
Años pares
–1
Samuel 24 3-21: No extenderé la mano contra él, porque es el ungido
del Señor. Saúl persigue a muerte a David. Y cuando éste lo encuentra solo
y lo tiene a su merced, sin embargo, no levanta la mano contra él por respeto
al ungido del Señor. No se venga. Saúl conoce por esto y por otros signos que
David es el elegido del Señor, pero no por eso cambia hacia él sus
sentimientos. Pueden más en él la envidia y la soberbia. El perdón otorgado por
David a su mayor enemigo es un ejemplo perfecto. Pudo vengarse y no lo hizo,
guardado del mal por temor de Dios. También San León Magno exhorta al perdón:
«Amadísimos,
acordándonos de nuestras debilidades, que nos han hecho caer en toda clase de
faltas, guardémonos de descuidar este remedio primordial [del perdón] y este
medio tan eficaz en la curación de nuestras heridas. Perdonemos, para que se
nos perdone; concedamos la gracia que nosotros pedimos. No busquemos la
venganza, ya que nosotros mismos suplicamos que se nos perdone. No nos hagamos
el sordo a los gemidos de los pobres; otorguemos con diligente benignidad la
misericordia a los indigentes, para que podamos encontrar también nosotros
misericordia el día del juicio» (Sermón 39,6).
–El ejemplo de
David, acosado y salvado, nos mueve a elevar a Dios un canto de confianza con
el Salmo 55. La fuerza protectora de Dios es más poderosa que la
acción de los enemigos: «En Dios confío y no temo. Misericordia, Dios mío, que
me hostigan, me atacan y me acosan todo el día; todo el día me hostigan mis
enemigos, me atacan en masa. Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis
lágrimas en tu odre. Que retrocedan mis enemigos cuando te invoco y así sabré
que eres mi Dios. En Dios, cuya promesa alabo, en el Señor, cuya promesa alabo,
en Dios confío y no temo; ¿qué podrá hacerme un hombre? Te debo, Dios mío, los
votos que hice; los cumpliré con acción de gracias».
–Marcos
3,13-19: Llamó a los que quiso y los hizo sus compañeros. Jesús
elige a sus apóstoles para que estén siempre con Él y para enviarlos a
predicar. No es posible ser apóstol de Cristo si no se está unido íntimamente a
Él. Difícilmente se podrá misionar si no estamos llenos de Cristo por la
oración. San Agustín insiste en ello con frecuencia:
«Antes de
permitir a la lengua que hable, el apóstol debe elevar a Dios su alma sedienta,
con el fin de dar lo que hubiese bebido y esparcir aquello de que le haya llenado»
(Doctrina Cristiana 1,4). El cristiano, «para que aprenda a amar a su
prójimo como a sí mismo, debe antes amar a Dios como a sí mismo» (Comentario
al Salmo 118).
Y San
Ambrosio:
«Recibe a
Cristo para que puedas hablar a los demás. Acoge en ti el agua de Cristo...
Llena, pues, de esta agua tu interior, para que la tierra de tu corazón quede
humedecida y regada por sus propias fuentes» (Carta 2,1-2).
En fin, San
Gregorio:
«San Juan
Bautista escuchaba en su interior la voz de la Verdad para manifestar al
exterior lo que oía» (Homilía 20 sobre los Evangelios).
Ésta ha sido
la doctrina constante de la Iglesia: de la unión vital con Cristo depende la
fecundidad de todo apostolado. Si no «estamos con Él», no podemos ser «enviados
a predicar».
Años impares
–Hebreos
9,2-3.11-14: Entró una vez para siempre en el Santuario con su
sangre. Gran diferencia entre el sacerdocio de Cristo y el sacerdocio de
Aarón: no hay en la Cruz sangre de cabritos, sino la suya; no se ofrece muchas
veces el sacrificio, sino una sola vez. Es la eficacia infinita del sacerdocio
y sacrificio de Cristo. Comenta San León Magno:
«Oh admirable
poder de la Cruz... En ella está el tribunal del Señor, el juicio del mundo, el
poder del Crucificado. En ella “atrajiste a todos hacia Ti”, Señor, a fin de
que el culto de todas las naciones del orbe, celebrara, mediante un sacrificio
pleno y manifiesto, lo que se realizaba en el Templo de Judea como sombra y
figura. Ahora, en efecto, es más ilustre el orden de los levitas, más alta la
dignidad de los ancianos, más sagrada la unción de los sacerdotes; porque tu
Cruz es la fuente de toda bendición, el origen de toda gracia. Por ella, los
creyentes reciben de la debilidad la fuerza, del oprobio la gloria y de la
muerte la vida» (Sermón octavo sobre la Pasión 4).
–La lectura
anterior nos mueve a cantar con el Salmo 46 la exaltación de
Cristo en la Cruz. Es el Misterio Pascual: Pasión, Muerte, Resurrección y
Ascensión del Señor a los cielos. Jesús se anonadó y Dios lo exaltó: «Dios
asciende entre aclamaciones, al son de trompetas... Pueblos todos, batid
palmas, aclamad a Dios con grito de júbilo; porque el Señor es sublime y
terrible, emperador de toda la tierra..., porque el Señor es el Rey del mundo:
tocad con maestría. Dios reina sobre las naciones. Dios se sienta en su trono
sagrado».
Años pares
–2
Samuel 1,1-4.11-12.19.23-27: Lealtad de David ante la muerte de Saúl
y Jonatán. Emotiva y bella elegía de David: «¡cómo cayeron los valientes!»...
Saúl es y sigue siendo el ungido del Señor, y es gravemente escandaloso que un
hombre elegido por Dios tenga semejante destino. Serán necesarios todavía
muchos siglos antes de que la humanidad aprenda a unir en Jesucristo unción
divina y muerte escandalosa. Pero, en realidad la muerte de Jesús no es
vergonzosa, sino sublime. Reina Cristo desde la Cruz. Destruye en ella el
pecado y la muerte. San Teodoro Estudita escribe:
La Cruz es el
madero al cual subió Cristo, como un Rey a su carro de combate, para desde
allí, vencer al demonio, que ostentaba el poder de la muerte, y librar al
género humano de la esclavitud del tirano» (Sobre la Cruz).
–Israel
entendió siempre sus desgracias como castigo de Dios por sus infidelidades. La
voz de los elegidos se alza entonces en un grito de socorro. El mismo pueblo,
aunque humillado y castigado, continúa siendo el pueblo de Dios. La
misericordia de Dios prevalecerá sobre la miseria de su pueblo, y lo sacará de
la desgracia. Su misericordia y fidelidad son eternas, como lo cantamos en el Salmo
79:«
Que brille tu
rostro, Señor, y nos salve. Pastor de Israel, escucha; Tú que guías a José como
a un rebaño; Tú que te sientas sobre querubines, resplandece, ante Efraín,
Benjamín y Manasés. Despierta tu poder y ven a salvarnos. Señor, Dios de los
Ejércitos ¿hasta cuándo estarás airado mientras tu pueblo te suplica? Le diste
a comer llanto, a beber lágrimas a tragos: nos entregaste a las contiendas de
nuestros vecinos, nuestros enemigos se burlan de nosotros».
Así oraba Israel.
Pero nosotros sabemos que Cristo vence y que con Él venceremos también nosotros
en todos nuestros peligros.
–Marcos
3,20-21: Su familia decía que no estaba en sus cabales. Un grupo
de familiares de Jesús sale a su encuentro, porque corría la voz de que estaba
loco. Esa misma calumnia vuelve a ser aludida en ese mismo Evangelio. Oigamos a
San Gregorio Magno:
«Un sector del
pueblo enjuicia peyorativamente la obra y el mensaje de Cristo. Al no aceptar
con sencillez su excelsa doctrina lo juzgan como a un iluso. Hasta allí llegó
la humillación del Salvador, que se agrandará en la hora de la Pasión y Muerte.
Hemos de aprender de la entereza de Cristo al sufrir tan gran difamación y
calumnia.
«¿Qué importa
que los hombres nos deshonren, si nuestra conciencia nos defiende? Sin embargo,
de la misma manera que no debemos excitar intencionadamente las lenguas de los
que injurian para que no perezcan, debemos sufrir con ánimo tranquilo las
movidas por su propia malicia, para que crezca nuestro mérito. Por eso se dice:
“gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es muy grande en los cielos” (Mt
5,12)» (Sermones sobre el Evangelio 17).