Julio Alonso Ampuero

Personajes bíblicos

 

Introducción

«Ese hombre eres tú»

Los personajes bíblicos y nosotros

En cierta ocasión el profeta Natán se presentó ante el rey David y le propuso un caso: había dos hombres, uno rico y otro pobre, el rico con muchos rebaños y el pobre que sólo tenía una corderilla; cuando el hombre rico recibió una visita, en vez de tomar un animal de sus rebaños para convidar a su huésped, cogió la cordera del pobre.

Ante tan clamorosa injusticia, David reaccionó con vehemencia y con furia: «¡Vive Dios, que el que ha hecho eso es reo de muerte! No quiso respetar lo del otro, pues pagará cuatro veces el valor de la cordera».

Lo que de ningún modo se esperaba el rey era la respuesta de Natán: «¡Ese hombre eres tú!» Lo que con tanta lucidez había juzgado y condenado en otro, no había sabido verlo en sí mismo. Sí, ese hombre era realmente él: para encubrir su adulterio, había hecho matar a Urías, y finalmente se había quedado con su mujer (2Sam 12,1-9). ¡Aquella historia era en realidad su propia historia!

Las siguientes páginas pretenden acercarse a diversos personajes bíblicos precisamente desde esta perspectiva: Ese hombre eres tú, esa mujer eres tú. Abraham eres tú, David eres tú, Saulo de Tarso eres tú, María Magdalena eres tú...

No se trata de una aplicación artificial. Todo lo contrario: «Todas estas cosas sucedieron para enseñanza nuestra» (1Cor 10,6). Cada vez estoy más convencido de que esta es la única perspectiva adecuada para entender la Biblia. Cada relato bíblico encierra una experiencia de fe que hay que saber descubrir. Cuando conecto con esa experiencia, la Biblia deja de parecerme un documento del pasado y se convierte en el relato vivo de mi propia historia.

Muchas personas me han dicho que la Biblia se les caía de las manos porque sólo encontraban en ella «historias» más o menos extrañas de un pasado remoto. Esta decepción tiene mucho que ver con las expectativas con las que uno se acerca al texto sagrado: encontrar un cuerpo de enseñanzas filosófico-teológicas y morales.

Pero el Espíritu Santo es incomparablemente mejor pedagogo que todos nosotros juntos. Él, que conoce perfectamente el corazón humano (cf. Jn 2,25), sabe qué necesitamos y cómo hemos de recibirlo. Él sabe que la inmensa mayoría de los hombres no somos filósofos ni teólogos, y en su infinita sabiduría se ha revelado precisamente así: en «historias». En su admirable condescendencia (cf. D.V. 13) ha tenido a bien ponerse al nivel de los que somos niños y ha preferido hablarnos en nuestro lenguaje, accesible a todos los humanos.

A mi juicio, no hemos tomado aún suficientemente en serio la historia de la salvación como categoría fundamental de la revelación bíblica. No, la Biblia no es un código ético ni un manual de teología. Nos transmite la vida real de un pueblo y la existencia concreta de hombres y mujeres dentro de él, desde la perspectiva de su relación con Dios. Por eso, porque es vida –no «ideas» o «teoría»– está llena de «historias».

Pienso que también en este aspecto hemos de tomar en serio la consigna evangélica de «hacernos como niños» (Mt 18,3). Nuestra cultura occidental está demasiado saturada de racionalismo e ideologías. El mensaje bíblico es más sencillo. Y al mismo tiempo más comprometido: las ideas las podemos discutir indefinidamente sin que rocen nuestra vida ni la transformen.

En el acercamiento a cada uno de los personajes he procurado ser muy fiel al sentido literal de los textos bíblicos –intentando evitar la tentación de tomar el texto como pretexto–, pero al mismo tiempo he estado muy atento a las situaciones que viven los hombres y mujeres de hoy, para permitir que la Palabra de Dios les hable de manera real y concreta. De este modo, al leer en la Biblia las experiencias de sus protagonistas –en toda su hondura y variedad– podremos comprobar cómo ellos iluminan nuestras propias experiencias de hombres y mujeres del siglo XXI.

Por lo demás, en estas breves páginas no he pretendido abarcar todas las facetas de cada personaje –algunos, de una riqueza extraordinaria–, ni mucho menos agotar la fecundidad de los textos bíblicos, sino sólo subrayar un rasgo significativo de cada uno de ellos.

 

El hombre que luchó con Dios

Hay un rasgo que llama la atención en la cultura occidental contemporánea: considerar a Dios como enemigo del hombre. En muchos casos no se afirma expresamente. Pero existe la idea difusa de que Dios limita la libertad y las posibilidades de realización del hombre.

Por otra parte, en los mismos creyentes se da una reacción sorprendente: una especie de resistencia sorda a Dios, inconsciente unas veces, consciente otras. Con frecuencia surge un cierto miedo a Dios, a sus planes, a lo que pueda pedirnos...

En la Biblia nos ha quedado el relato misterioso de un hombre que luchó con Dios (Gen 32,23-32). Jacob es testigo singular de este combate que todo hombre, antes o después, libra con Dios.

Jacob lucha en la soledad. El combate tiene lugar cuando ha hecho pasar a sus dos mujeres, a sus dos siervas y a sus once hijos. Siempre hay un momento en que el hombre se queda solo. Los demás pueden ayudarnos en algunas cosas y hasta cierto punto. Pero hay momentos en que uno se encuentra solo ante Dios. Suele ser la hora de la verdad, cuando de nada sirve la buena fama, ni los aplausos, ni el afecto, ni la estima de los demás. Hay batallas que nadie puede librar por nosotros. Nuestra libertad depende de nosotros en exclusiva, y a nosotros toca decidir a quién la entregamos.

Más aún, la lucha acontece cuando Jacob se encuentra despojado de todo: «hizo pasar todo lo que tenía». Muchas veces las cosas, las tareas, nos entretienen y nos distraen de lo esencial. Pero antes o después llega el momento en que todo desencanta, en que descubrimos el aspecto decepcionante de todo: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad» (Qo 1,2). Entonces surge la lucha. Pero sólo en esa dolorosa soledad y decepción podemos descubrir la verdad de nosotros mismos, de las cosas y tareas, y de Dios.

Todo el combate tiene lugar de noche. Lo queramos o no, mientras estamos en este mundo permanecemos en la noche de la fe. Una fe que a veces se hará luminosa, pero otras se tornará terriblemente oscura. Es el hecho de no saber, de no controlar, de no tener pleno dominio sobre nuestra vida. Y nuestra razón se rebela, porque quiere ver, quiere saber, quiere controlar.

Se pelea con Dios, pero su rostro no se ve. Y cuando Jacob le pide que le diga su nombre, que le manifieste quién es, Dios se niega. El misterio de Dios nos sobrepasa. El misterio de Dios es inviolable. No podemos controlar a Dios. Y esto nos molesta.

El combate dura hasta rayar el alba. Hay momentos más intensos de esta lucha, pero en cierto sentido dura toda nuestra vida. Sólo cuando raya el alba de la eternidad el combate cesa. Mientras permanecemos en la noche de este mundo hay combate. Ignorarlo es engañarnos a nosotros mismos. Sólo en el cara a cara del cielo no habrá lucha. Dios nos poseerá y nosotros le poseeremos. Y en eso residirá nuestro gozo.

Jacob se resiste. No se entrega. Y el relato nos dice que «el otro» tuvo que recurrir a una estrategia: «le tocó en la articulación femoral, y se dislocó el fémur de Jacob». Dios está dispuesto a vencer a toda costa. «Descoloca» al hombre hasta que se rinde del todo. Derrumba nuestras falsas seguridades, nos abaja de nuestras vanidades, para ponernos en verdad.

Esto se ve también cuando Dios le pregunta su nombre. En cierto modo le fuerza a reconocer su nombre, es decir, su identidad: Jacob quiere decir «el suplantador» (Gen 25,26; 27,36). Con ello, Dios provoca la confesión de su pecado. Así le pone en verdad.

Sólo cuando ha reconocido su pecado, Dios le dice: «ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado contra Dios y contra los hombres, y has vencido». Dios le cambia el nombre. Israel significa: «Dios se muestra fuerte». En el valle de Yabboq ha quedado enterrado el «estafador embustero» y ha surgido un hombre nuevo marcado por el signo del poder de Dios.

¿Quién ha vencido en este combate? El texto es paradójico. Nos dice que Jacob ha vencido a Dios. Y eso precisamente cuando queda cojeando y se ha puesto al desnudo su pecado. En realidad, Jacob vence cuando se deja vencer por Dios. La victoria de Dios es en realidad en nuestro favor. Parece que lucha contra nosotros, que es nuestro enemigo, que nos avasalla y nos coarta la libertad. Pero la verdad es muy distinta: Dios lucha en nuestro favor. Y cuando nos rendimos libremente a su amor experimentamos la libertad y la plenitud.

Sí, Dios se ha mostrado fuerte haciendo vencer a Jacob su mentira, su oscuridad, sus falsas pretensiones. Cuando Jacob ha aceptado a Dios, cuando ha dejado a Dios ser Dios en su vida, entonces la lucha termina. Y Jacob continúa su camino convertido en un hombre nuevo. Prosigue su peregrinación transformado por el poder de Dios. Ha terminado la lucha y sigue adelante mientras sale el sol…

Entendemos ahora el sentido de este combate. Desde que Adán y Eva pretendieron «ser como Dios» (Gen 3,5), el hombre siente a Dios como su rival. Tiene la impresión de que le impide ser él mismo y alcanzar su propia plenitud. Por eso lucha contra Dios. Se rebela contra sus planes.

También Dios lucha contra el hombre. Precisamente porque le ama, está empeñado en derribarle de su mentira, de su absurda pretensión de ser como Dios. Y se sirve de cualquier medio o circunstancia para que el hombre baje de su pedestal. Un fracaso, una enfermedad, cualquier experiencia de debilidad es buena para situarle en la verdad.

Y entonces ocurre el milagro. Dios se deja vencer por aquel que a su vez se rinde ante Dios. «Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes» (1Pe 5,5). Nos derriba para levantarnos, nos humilla para enaltecernos (Lc 1,52; 18,14). Sólo el humilde vence a Dios. Sólo de los pobres es el Reino de los cielos (Mt 5,3; Lc 6,24). Sólo cuando Jacob se deja vencer por Dios, Dios le bendice. Y continúa su camino cojeando, pues ha quedado situado en humildad. Pero ya no le importan sus heridas, ni que se descubra su debilidad. Ahora proclama dichoso: «He visto a Dios cara a cara y tengo la vida salva».

(Texto bíblico: Gen 32,23-32)

 

Desde el fondo de la decepción

Uno se llamaba Cleofás; el otro, no sabemos. Pero conocemos perfectamente su estado de ánimo después de los acontecimientos terribles de la pasión y muerte de Jesús (Lc 24,13-35).

Habían sido discípulos de Jesús. Habían sido testigos de su predicación, de las palabras increíbles del rabí de Nazaret que hablaba con autoridad y no como los escribas (cfr. Mc 1,22). Habían sido testigos de sus milagros. Nadie había hecho nunca nada semejante. Una y otra vez habían experimentado el asombro ante este Jesús que «fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo».

Todo ello les había hecho forjarse ilusiones. En una situación tan dura como la que atravesaba el pueblo de Israel bajo el yugo romano, seguramente había surgido por fin el liberador. Como había ocurrido antaño cuando la opresión de los israelitas en Egipto, Dios había vuelto a suscitar el hombre con el que sacudirse al opresor injusto: «Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel».

«Esperábamos...» No hace falta esforzarse mucho para percibir en estas palabras una enorme amargura y una profunda decepción. Había unas expectativas muy concretas que han quedado defraudadas. Estos dos hombres –quizá jóvenes llenos de ilusión por un futuro mejor– han quedado hondamente desilusionados... Se sienten decepcionados por el rabí de Nazaret en quien habían puesto todas sus esperanzas.

En efecto, Jesús no ha sido el libertador que ellos esperaban: «Nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron». El contraste entre sus expectativas y el resultado ha sido demasiado brusco: «llevamos ya tres días desde que esto pasó».

La decepción y la amargura son tan profundas que la noticia del sepulcro vacío y de la aparición de los ángeles les resulta imposible de creer. Para ellos la muerte de Jesús es irreversible: «pero a él no le vieron».

Por eso regresan a su pueblo y a sus ocupaciones. Quizá un día habían dejado sus cosas y tareas para seguir a Jesús, entusiasmados con Él. Hoy sólo existe el desencanto. Por eso vuelven a lo de antes. Ya no esperan nada. Piensan que no vale la pena volver a ilusionarse. Están de vuelta...

La experiencia de los de Emaús es quizá también la nuestra. Nos sentimos decepcionados por la Iglesia, que nos parece que no está a la altura debida. Nos ha defraudado tal grupo o comunidad o tal sacerdote en quien confiábamos. Hay quien siente incluso que le ha fallado el mismo Dios, porque parece que sus hermosas promesas no se cumplen...

A veces hay quien ha experimentado la decepción porque le falló su mejor amigo, o su marido, o su mujer... y ya no se fía de nadie. No quiere por nada en el mundo que le vuelvan a herir. No está dispuesto a sufrir de nuevo el mazazo de la frustración.

La decepción es una de las experiencias más duras del ser humano, porque corre el riesgo de destruir algo de lo más grande que hay en él: la esperanza. Y es tanto más dolorosa cuanto más esperábamos o cuanto más importante y sagrado es aquel en quien esperábamos; sobre todo si nos sentimos decepcionados por un sacerdote, o por la Iglesia, o por Dios mismo...

Sin embargo, si nos fijamos con atención, Cleofás y su compañero se sienten decepcionados porque han fallado sus expectativas. Las suyas. Jesús no les ha fallado: está vivo y camina con ellos mientras ellos siguen encerrados en su tristeza. Es su mismo abatimiento el que les impide reconocer que todo tenía un sentido.

Jesús mismo tiene que sacudirles para despertar sus mentes embotadas por la desesperanza: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera eso y entrara así en su gloria?»

«Era necesario que Cristo padeciera». Lo que constituía el motivo de su decepción concuerda, sin embargo, con los planes del Padre; más aún, es causa de gloria para Cristo y de salvación para ellos... Sus corazones, gélidos por la decepción, empiezan a calentarse. Dirán después: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino...?»

La decepción se supera cuando dejamos que Cristo nos explique las Escrituras mientras recorremos el camino de nuestra vida. Sí, aquel sufrimiento era «necesario», es decir, formaba parte de los planes del Padre para mi bien. «Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus justos mandamientos», había exclamado el Salmista (Sal 119,71). Aquella situación negativa tenía sentido...

El secreto está en no encerrarnos en nuestra lógica a ras de tierra y en dejarnos levantar a otra lógica superior. Varios siglos antes de Cristo, Isaías había proclamado de parte de Dios: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, mis caminos no son vuestros caminos. Como se levanta el cielo sobre la tierra, así mis caminos son más altos que los vuestros, mis pensamientos que vuestros pensamientos» (Is 55,8-9).

Lo que constituía motivo de decepción para los de Emaús va a acabar constituyendo motivo de gloria y de salvación para ellos mismos. De hecho, Pablo exclamará: «¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!» (Gal 6,14), porque la cruz es «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1,24).

No, Dios no falla nunca. Fallan nuestras expectativas, fracasan nuestros planes, quedan defraudadas nuestras ilusiones. Pero Dios no falla. Ninguna de sus promesas deja de cumplirse (Jos 21,45; 23,14). Por eso, «la esperanza no defrauda» (Rom 5,5). «Los que esperan en el Señor no quedan defraudados» (Sal 25,3).

De hecho, los de Emaús comprueban que Jesús, lejos de fallarles, ha colmado de manera insospechada sus expectativas. Pero, eso sí, de otro modo muy distinto al que ellos esperaban. Por eso, a pesar de lo tardío de la hora y del cansancio del camino de ida, emprenden inmediatamente el camino de regreso a Jerusalén para hacer partícipes a los demás de su gozo.

En cierto modo es inevitable que surjan decepciones en nuestra vida. El secreto está en que no nos encerremos en la amargura que ellas producen. Si dejamos a Jesús Resucitado caminar con nosotros, Él mimo nos explicará las Escrituras, hará arder nuestro corazón y sanará la herida de la decepción. Entenderemos que «era necesario», que «tenía sentido», que «los planes de Dios no eran los nuestros»... Entonces sentiremos que la esperanza brota de nuevo en nosotros y nos inunda la alegría. Y correremos a hacer partícipes de ella a los demás...

(Texto bíblico: Lc 24,13-35)

 

Ajusticiado por méritos propios

Ha pasado a la historia como «el buen ladrón». Pero la realidad es muy distinta. De bueno no tenía nada. Era «un malhechor» con todas las de la ley. Había sido condenado a muerte con el suplicio cruel e ignominioso de la cruz. Y él mismo confiesa que ese castigo lo ha merecido con sus propios hechos (Lc 23,39-43).

No sabemos de él más que lo poco que nos cuentan estos escasos versículos. Tampoco sabemos qué tipo de delitos había cometido. En cualquier caso debían ser lo suficientemente graves como para merecer una condena semejante.

Menos aún conocemos de su interior. Quizá alguien pueda suponer que era realmente un buen hombre y que había llegado a esa situación por las circunstancias, por la falta de cariño en su infancia, por dejarse arrastrar por malas compañías...

Todo es posible. A mí, sin embargo, me parece que difícilmente una persona llega tan bajo sin haber realizado una serie de opciones personales. Que hayan sido más o menos conscientes, influidas por circunstancias más o menos favorables... todo eso es secundario. Lo cierto es que este hombre ha llegado a un estado personal de deterioro lamentable.

Nos encontramos ante un hombre degradado. Sus opciones personales y sus acciones delictivas le han ido degradando progresivamente. Poco a poco ha entrado en un callejón sin salida. Ha optado por la huida hacia delante a la desesperada. Es la desesperación lo que lleva a un hombre a cometer delitos particularmente graves. Cuando ya no espera nada y todo le da igual, es capaz de cualquier cosa.

No hay que idealizar a este personaje. Es uno de aquellos «tipos» de los que casi todo el mundo se apartaría por considerarle peligroso. Uno de aquellos a quienes la sociedad burguesa bienpensante y acomodada procura cuidadosamente poner al margen; eso sí, con guante blanco y con todas las garantías legales. Es un marginal, inadmisible en un mundo civilizado, rechazable por todos los conceptos.

Pues bien, a este hombre es a quien vemos que Jesús se dirige desde la cruz con unas palabras categóricas: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso». ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo es posible que este malhechor sea admitido inmediatamente junto a Cristo en su Reino?

Tanto él como su compañero sabían que Jesús había sido condenado por proclamarse Mesías y Rey. El motivo de la condena constaba en un letrero sobre la cabeza del reo. El otro condenado insulta a Jesús. Sus palabras expresan cinismo y desesperación. Quizá la vida y la gente le han tratado duramente y ahora está condenado a muerte y clavado en una cruz. Lo ha perdido todo y se encuentra lleno de rabia y resentimiento: «¿No eres tú el Cristo? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros».

También nuestro personaje lo ha perdido todo. La sensación de absurdo y sin sentido y la tentación de desesperación le acosan con insistencia.

Pero en las últimas horas de su vida sucede algo inesperado para él. No puede apartar su mirada de ese hombre que ha sido crucificado junto a él. Y no porque le intrigue la figura de ese Jesús de Nazaret, predicador itinerante y condenado por «revolucionario». Lo que le subyuga es su rostro: no hay en él el más leve signo de amargura o de odio, no se le ve desgarrado o abatido... Sufre, sí, indeciblemente; pero emana serenidad y confianza, irradia bondad y ternura... ¡Jamás ha visto cosa igual!

Del mismo modo que el centurión –testigo de muchas ejecuciones– viendo el modo de morir Jesús exclamará: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39), así también este malhechor –en medio de sus propios terribles dolores– viendo el modo de sufrir Jesús se siente conquistado por ese rostro.

A medida que pasan las horas experimenta su corazón anegado de confianza. No sabe por qué, pero en su interior se instala la certeza de que la muerte de ese hombre tiene que ver con él. Él sabe que ha merecido su condena. Pero ese hombre... Necesariamente un hombre que sufre así ha de ser inocente. Y proclama con energía: «Este nada malo ha hecho».

No cesa de mirar a ese hombre que acepta sin acritud todo tipo de insultos e injurias inmerecidos y que ha sido capaz de perdonar a sus asesinos. Y en su corazón surge una nueva certeza: «También mis delitos pueden ser perdonados». Lo que la justicia humana no ha logrado, podrá hacerlo ese Jesús. Y la confianza de su corazón estalla en sus labios: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino».

Ahora es Jesús quien le mira a él con infinita ternura y amor: «Yo te aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso». A diferencia de sus jueces humanos, la mirada de Jesús parece decirle algo similar a lo que un día dijo a una mujer a punto de ser apedreada por delito incontestable de adulterio: «Yo no te condeno...» (Jn 8,11). A este pobre malhechor despreciado de todos, Jesús no le da por perdido; él es el Buen Pastor que busca a la oveja perdida (Lc 15,4-7); y ha venido precisamente para eso: «a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10).

Han bastado pocas horas para que este hombre degradado se regenere, para que este malhechor pase del crimen a la santidad. Ahora es un hombre nuevo. A pesar del dolor físico, una alegría desconocida inunda su alma. Una alegría que es eco del gozo de ese hombre crucificado junto a él –y por él– que dice: «Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido» (Lc 15,9). Sí, ese malhechor tenía en realidad un valor inestimable y la sangre del Hijo de Dios lo ha demostrado. «¡Ha sido comprado a buen precio!» (1Cor 6,20).

Hasta los dolores físicos parecen ahora más leves. Ante sus ojos se abre el horizonte sin límites de la eternidad. Todo su ser rebosa agradecimiento. Podría repetir con el viejo Simeón: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz porque mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,29-30). Mira de nuevo al Nazareno. Como él, convierte sus torturantes dolores en ofrenda de amor al Padre (cfr. Rom 12,1). Como él, se abandona lleno de confianza entre las manos del Dios de las misericordias: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).

(Texto bíblico: Lc 23,39-43)

 

"Nada vale la pena"

Aunque se presenta a sí mismo como «hijo de David, rey en Jerusalén», los estudiosos coinciden en que se trata de una ficción literaria. Qohélet parece ser un judío que vivió en Palestina en el siglo III a.C. Al final del libro, un discípulo suyo le presenta como un hombre sabio, un investigador audaz, un maestro del pueblo (12,9-11).

Conocemos a este hombre no por cosas que haya realizado, sino por su experiencia personal que nos ha transmitido con enorme hondura y absoluta honestidad. Una experiencia que todo ser humano, antes o después, está llamado a vivir.

Sin embargo, a primera vista las palabras de Qohélet sorprenden y hasta desconciertan: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad». Da la impresión de ser un escéptico, un hombre que no cree en nada y está de vuelta de todo.

Pero si le escuchamos con más detenimiento, nos damos cuenta del valor y de la riqueza de su experiencia. Qohélet nos testimonia lo radicalmente inconsistente e insatisfactorio de toda actividad y situación humana sobre la tierra. Y eso que él no es un hombre probado por las desgracias y el sufrimiento, como Job.

Simplemente que Qohélet es profundamente honesto y no acepta engañarse a sí mismo con satisfacciones superficiales o falsas seguridades. Tiene amigos, posee dinero, ha experimentado el placer... Pero sabe por experiencia que nada de todo eso puede llenar su corazón. Todo, absolutamente todo, acaba resultando insatisfactorio, antes o después: «¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?»

Es esta constatación la que hace de Qohélet un verdadero sabio. El suyo es un corazón inquieto que no se contenta con respuestas mediocres, aunque la mayoría proclamen que esas respuestas acallan su sed. Él sigue buscando, porque en su corazón hay una sed de infinito que no puede ni quiere acallar.

Qohélet es enormemente actual. Hoy, quizá más que nunca, se siente ese profundo vacío existencial. Precisamente cuando más tenemos –más medios, más progreso técnico, más comodidad–, tanto más insatisfecho se experimenta el hombre. Sin saber por qué, se siente vacío. Le han prometido, le han asegurado mil veces que todo eso le iba a hacer feliz. Y sin embargo...

Esto ocurre a cualquier edad. No obstante, suele haber un momento de la vida en que se siente con más fuerza esta inconsistencia de todo. Hacia la mitad de la vida –los 40 ó 50 años–, la persona empieza a preguntarse para qué han servido todos sus esfuerzos. Mientras era joven, miraba el futuro con esperanza: la ilusión por sacar una carrera, por lograr un trabajo, por formar una familia, tal vez por mejorar el mundo... Pero ahora duda seriamente si ha valido la pena. Todos los logros son precarios, insignificantes, insatisfactorios...

Qohélet va repasando todos sus quehaceres y valores en que ha puesto su corazón y su empeño: trabajo, riqueza, hacienda, placeres, fama, justicia, religiosidad, búsqueda de sabiduría... Y constata que en nada de ello ha logrado provecho o felicidad. Todo es vanidad, vacío, absurdo.

Tal vez alguien pueda considerar esto demasiado radical y extremoso. Sin embargo, es así. Y quien no lo siente –al menos en algún momento de su vida– es que ha taponado en su corazón ese incontenible anhelo de infinito y ha pactado con la mediocridad, conformándose con las algarrobas de los puercos.

Esta experiencia se da. Sin embargo, la clave está en encontrar el secreto para vivirla adecuadamente. Porque llegar hasta ahí supone una dosis de sabiduría, pero no basta. Surge la tentación de detenerse, de no seguir buscando. Y entonces sí se forja una persona escéptica, convencida de que nada vale la pena, que no apuesta por nada, ni se entusiasma con nada, ni se compromete con nadie...

El mismo Qohélet tampoco ha encontrado una respuesta suficiente. Al final de su libro, temeroso de haber ido demasiado lejos, concluye: «Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser hombre cabal». Esto es verdad; pero da la impresión de demasiado simple y no responde a la hondura de su cuestionamiento.

No alcanza respuesta, porque había que esperar a Cristo para obtener una respuesta adecuada. Asumiendo la pequeñez y las limitaciones de la existencia humana, el Hijo de Dios ha roto esos límites dándoles un alcance y un valor de eternidad. Él ha llevado una vida corriente, como la nuestra, en su trabajo, en su vida familiar, en la amistad, en el descanso, en las ocupaciones cotidianas idénticas a las de cualquier hombre. Y sin embargo, ¡cuánta grandeza en los 30 años de vida oculta del Hijo de Dios!

Qohélet tenía razón: todo es vanidad... sin Cristo. Con Él todo cobra sentido. Sin Cristo, hasta las cosas grandes acaban hastiando. Con Cristo, hasta las cosas pequeñas se hacen grandes, porque Él les abre unos horizontes ilimitados. El que cree en Cristo tiene –¡ya ahora!– vida eterna (Jn 3,36) y todo adquiere una densidad incalculable.

Qohélet tenía razón: todo es vanidad... Sólo que la solución a esa insatisfacción y a ese vacío no es el escepticismo, que agosta por completo la vida del hombre. Ni lo es el cambiar constantemente en busca de nuevas experiencias: viajar por todo el mundo, cambiar de trabajo, cambiar de pareja, cambiar de residencia, probar con las drogas...

Qohélet tenía razón, porque aún no había venido Cristo. Sólo Cristo –Él personalmente– colma los anhelos más profundos del corazón humano, porque estamos hechos para Él. Desde que el Hijo de Dios entró en nuestra historia, nosotros hemos sido divinizados, han estallado los límites de todo lo humano, y todo tiene densidad divina. Por eso, nada es vano, nada es inútil. Y la misma muerte, que –como losa implacable– cerraba todo el horizonte, ha quedado definitivamente quebrantada en la resurrección del Señor...

Efectivamente, hay «tiempo de nacer y tiempo de morir», «tiempo de llorar y tiempo de reír», «tiempo de abrazarse y tiempo de separarse», «tiempo de guerra y tiempo de paz»... Pero para el que tiene a Cristo todo posee un sentido nuevo, del nacimiento a la muerte: la risa y el llanto, la paz y la guerra, la separación y el abrazo...

(Texto bíblico: Eclesiastés)

 

La prueba del desarraigo

Uno de los personajes más conocidos del A.T. es Abraham. También es de los más importantes. Y de los más antiguos. Su vida de sitúa hacia el año 1800 a.C. aproximadamente.

Originario de Ur de los Caldeos, en Mesopotamia, en la fértil cuenca de los ríos Tigris y Eúfrates (en el territorio del actual Iraq), su vida está marcada por sucesivos desplazamientos.

Su historia se abre, casi como «ex abrupto», con un mandato divino: «Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré» (Gen 12,1).

Quizá era el suyo un clan seminómada, pues ya su padre Téraj había emigrado de Ur a Jarán en el extremo opuesto del valle del Tigris y el Eúfrates. En todo caso, resulta llamativa esta invitación tan radical a salir.

En efecto, ese salir suponía una auténtica expropiación. Abraham deja todo lo que ha constituido su vida hasta ahora (su tierra, su patria, su familia, sus amigos...) y se pone en camino hacia lo desconocido. Deja sus seguridades, el ambiente en que es querido y valorado, los lugares, personas y costumbres que le son familiares... y emigra.

Abraham queda a la intemperie. Si en medio de su clan podía encontrar protección frente a peligros y agresores, ahora queda a merced de la buena o mala voluntad de quien encuentre en su camino. Por donde quiera que pase será un extranjero, un forastero, un extraño a quien se mirará con distancias y con reservas.

¡Cuántos emigrantes a lo largo de los siglos han experimentado y continúan experimentando esto mismo! El cambio externo de lugar es también un desarraigo. Se conmueven las raíces más hondas de la propia persona. Como un árbol que fuera arrancado de raíz para ser transplantado a otra tierra, a otro clima...

Y, sin embargo, Abraham nos muestra una faceta fundamental de todo ser humano: su condición de peregrino. Está hecho para ir siempre adelante, sin instalarse. Cuando se instala, deja de crecer; se anquilosa, se empobrece... se esteriliza.

Este desarraigo es en Abraham tanto más hondo cuanto que ignora el futuro. No sabe lo que le espera, no tiene seguridades o garantías, no controla nada. Vive a la intemperie.

Y se añade, además, su edad avanzada. Aunque los 75 años que se nos dice tenía cuando salió de Jarán sean en realidad menos, porque siguen un cómputo diverso, lo que parece cierto es que Abraham no era precisamente un joven. Y sabemos que si en la juventud puede haber gusto por la aventura, no suele ser así en absoluto en la edad madura.

«Sal de tu tierra». Esta invitación nos es dirigida constantemente a cada uno de nosotros. Somos llamados a no conformarnos con lo ya logrado, a no anclarnos en lo conocido y experimentado, a remar mar adentro. Conformarnos con lo que ya vivimos es negarnos a crecer. Y por eso –como a Abraham– Dios de vez en cuando nos desestabiliza, para obligarnos a ir adelante.

Pero en cierto modo, el proceso de desarraigo nunca se completa del todo en la vida de una persona. Abraham era de edad avanzada, y su mujer era estéril. Le dolía en lo más profundo del corazón morir sin descendencia. Era como acabarse, pues los hijos eran el futuro del padre; la vida del padre se prolongaba, se perpetuaba en ellos.

Milagrosamente, sin embargo, Sara llega a ser madre. Isaac es la «sonrisa de Dios» que alegra el corazón de Abraham en su camino hacia la vejez y hacia la muerte. Ahora tiene futuro.

Y sin embargo... Dios le pide que le sacrifique su hijo. Sí, Isaac, el hijo querido, el que Dios mismo le había prometido, el que había recibido como regalo gratuito de Dios en su ancianidad, aquel en quien depositaba todas sus esperanzas e ilusiones...

No podemos imaginar lo que supuso para Abraham esta prueba. Se sintió morir. Pues Isaac era todo: su presente y su futuro. Más aún: estaban en juego las promesas de Dios. Él estaba seguro que Isaac era el cumplimiento de esas promesas: ¿cómo podía Dios desdecirse?

Sin embargo, Abraham acepta también este despojamiento. Ahora su desarraigo es completo. Ha aceptado perderlo todo. Porque por encima de todo se fía de su Dios. Sabe que de ningún modo puede fallarle. No sabe nada. No entiende. No puede explicarse cómo Dios cumplirá sus promesas. Pero no duda. Y acepta este último desarraigo, el que más hondas raíces tiene en su corazón.

Abraham se encuentra totalmente desposeído. Aunque con dolor, ha aceptado desprenderse de todo. Lo ha entregado todo. Y es libre. Libre para Dios. Libre para los proyectos grandes de Dios. Ya no está encerrado en sus propios planes, por hermosos e interesantes que fueran. Ahora puede volar, libre como el viento. Es libre para dejarse llevar... por encima de sí mismo.

Dios le reserva a su hijo. Quería su corazón, no su hijo. Quería su libertad. Le quería libre de sí mismo, de sus miras y proyectos, de sus concepciones limitadas... Con el dolor del desarraigo Abraham ha sido ensanchado. Su capacidad se ha hecho en cierto sentido ilimitada.

Gracias a los sucesivos despojamientos Abraham alcanza una fecundidad ilimitada. Ya no será sólo padre de un pueblo a través de su hijo Isaac. Será padre de multitudes como las estrellas del cielo y la arena de las playas marinas. De él nacerá el Mesías. Y se convertirá en padre de todos los creyentes. Su fe será referencia y motivación a lo largo de los siglos y en todos los pueblos de la tierra.

Al aceptar perderlo todo, Abraham ha ganado infinitamente más de lo que podía anhelar o desear. Con su apertura ilimitada se ha convertido en cauce de vida para generaciones y generaciones. Su desarraigo se ha convertido en fuente de bendición. Y todo en silencio, porque Abraham es hombre de pocas palabras.

Sólo poseemos lo que aceptamos perder. Sólo tenemos vida y nos convertimos en fuente de vida cuando aceptamos morir. Sólo en el desarraigo y en el desprendimiento hay fecundidad.

(Texto bíblico: Génesis 12-25)

 

Voluntarista agraciado

Sin duda alguna, una de las personalidades más ricas e influyentes en la historia de la humanidad ha sido Saulo de Tarso. Hombre apasionado como pocos, luchador incansable y a la vez honradamente reflexivo, viajero hasta la extenuación, directo e incisivo, capaz de ternura y de amor, y, sobre todo, fiel a sí mismo, coherente, hombre de una pieza.

Coetáneo de Jesús de Nazaret, no parece haberle conocido durante su vida terrena. Saulo vivía en la diáspora judía, concretamente en Tarso de Cilicia, y no debió coincidir con el Rabbí de Galilea.

Había sido educado con todo esmero en las tradiciones religiosas de los padres. Aun viviendo fuera de Palestina, su familia era profundamente religiosa y practicante, y Saulo recibió ese contagio en su infancia. No podía entender la vida de otra manera.

Al llegar a la edad juvenil decidió ser rabino y se preparó a conciencia con el estudio de las Escrituras y de las aportaciones de los rabinos anteriores a él. Llegó a viajar incluso a Jerusalén, donde se formó junto al gran Gamaliel.

Más aún. Dentro del judaísmo optó por la rama farisea. Los fariseos tienen por lo general mala prensa. Sin embargo, eran el grupo más piadoso y cumplidor. Saulo no se andaba con medias tintas, y se une a aquellos que han elegido el camino de la «estricta observancia». No sólo se une: lo sigue con escrupulosa fidelidad. Un día dirá de sí mismo: «En cuanto a la justicia de la Ley, intachable». Siendo aún joven, se había colocado entre la élite espiritual y religiosa del pueblo de Israel.

Lejos de toda mediocridad y en absoluta coherencia con sus principios fariseos, no dudará en perseguir a la Iglesia naciente. No podía tolerar aquella secta de los nazarenos que amenazaba los fundamentos de la fe judía. Había que extirparla de inmediato. Y ahí le vemos: asistiendo a la ejecución de Esteban y buscando por todas partes a los que se habían hecho cristianos, para denunciarlos y presentarlos al Sanedrín.

En esas actividades persecutorias andaba, cuando un día, en el camino de Damasco, se le presentó Jesús, el que había sido ajusticiado y que para Saulo sólo era un personaje rechazable del pasado. Desde ese día su vida dio un vuelco total.

No nos detenemos en estos pocos párrafos en todo lo que implicó para Pablo ese acontecimiento. Sólo nos fijaremos en un aspecto de la revolución interior que se desató en su alma.

En un instante se vio agraciado de manera sorprendente e inesperada. El amor salvador de Cristo se volcó sobre él provocando una transformación tan honda que Pablo la llamará más tarde «nueva creación». Saulo ha sido alcanzado en el camino de Damasco por Cristo, que ha hecho de él un hombre nuevo.

Esto no significa que cambiase totalmente en un instante. Pero sí ha cambiado radicalmente su visión de sí mismo y de su relación con Dios. Lo que ha recibido de manera gratuita es tan profundo que necesitará años para asimilarlo y entenderlo. Y no podrá hacer otra cosa que empeñar toda su vida para transmitir a los más posibles esta Buena Noticia tan nueva como gozosa.

Hemos dicho que Saulo era un hombre moralmente intachable y religiosamente ferviente. ¿En qué consiste entonces su conversión?

A la luz de la experiencia del camino de Damasco comprende que era un voluntarista autosuficiente. Hasta ahora había puesto todo su empeño en conquistar la salvación y en ganarse la amistad con Dios mediante sus buenas obras. Era él quien se salvaba a sí mismo cumpliendo con todo detalle las acciones prescritas por la Ley judía y sólo tenía que presentarse ante Dios para recibir la aprobación y el premio por lo conseguido.

Ahora, en cambio, entiende que la salvación es don gratuito de Dios. Lo entiende porque lo experimenta en lo más hondo de su ser. Todo es gracia. El hombre no puede salvarse a sí mismo. Herido por el pecado en las raíces de su ser, sólo puede ser salvado por Cristo.

En el camino de Damasco Saulo ha sido derribado. Pero derribado sobre todo de su orgullo. Ahora reconoce la verdad de su condición de hombre pecador: «no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero» (Rom 8,19). Radicalmente esclavo del pecado (Rom 6,20), sólo puede ser liberado por aquel que le amó y se entregó a la muerte por él (Gal 2,20).

Ahora –sólo ahora– entiende la inutilidad de sus enormes esfuerzos como fariseo para conquistar la santidad. Ve con toda claridad que aquello sólo era soberbia disfrazada de religiosidad.

Ahora entiende por experiencia que el amor gratuito de Cristo puede colocarle en un solo instante en la santidad que él mismo no ha conseguido en años interminables de lucha.

Entiende que lo que ha acontecido en la muerte y resurrección de Cristo es tan radicalmente nuevo como para dividir la historia de los hombres en un antes y un después. Esta novedad no puede ser callada. Hay que gritarla. Hay que hacerla llegar a todos los hombres. Y Pablo se convierte en misionero infatigable por los caminos del mundo.

Ya no se avergüenza de su debilidad, no se rebela contra las limitaciones ni contra las dificultades. Ha escuchado en el fondo de su corazón la voz de Cristo: «Te basta mi gracia», y puede proclamar en tono casi desafiante: «Con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo... pues cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Cor 12,9-10).

La cruz de Cristo es infinitamente más fuerte que toda fuerza de los hombres (1Cor 1,24-25). En la resurrección del Señor se ha desplegado un poder inimaginable (Ef 1,19-20) que él mismo experimenta personalmente como energía que le transforma (Fil 3,10). Y se experimenta a sí mismo como nueva creación (2Cor 5,17), capaz de vivir lo que por sus solas fuerzas jamás hubiera logrado.

He ahí el milagro del camino de Damasco: Pablo ha sido agraciado con un don de lo alto inmerecido. Ya no tiene motivo para enorgullecerse. Todo es gracia. Ante Dios sólo cabe recibir, sólo tiene sentido dejarse transformar. Dios es quien da y actúa. El hombre es quien recibe y acoge.

Pablo no sólo ha sido liberado del pecado. Sobre todo, ha sido liberado de sí mismo, de su vivir desde sí y para sí. Y sus horizontes se dilatan sin límite...

(Textos bíblicos: Cartas de san Pablo, en particular Gálatas y Romanos)

  

Una mujer que supo arriesgarse

A veces se dan situaciones en la vida de una persona en que hay que realizar opciones de una trascendencia enorme. La persona se encuentra ante circunstancias en las que se juega mucho –para sí mismo o para otros– y no puede eludir la necesidad de optar. Es como una encrucijada de consecuencias incalculables según se tome un camino u otro. En esos casos se precisa lucidez para discernir, pero sobre todo valentía para arriesgar.

Este fue el caso de Ester, una de las mujeres más conocidas de la Biblia.

Su historia está ambientada en la época de domino persa, concretamente en tiempo del rey Asuero (Jerjes I: 486-465 a. C.). El hecho de que este marco histórico pudiera ser una ficción literaria para aludir en realidad a la situación de persecución religiosa bajo Antíoco IV Epífanes, no quita nada de valor a la vivencia de nuestro personaje.

Al caer en desgracia la reina Vasti, Asuero designa en su lugar a Ester, una judía de la diáspora que reside en Susa junto a su tío Mardoqueo, el cual es también empleado de la corte real.

Contemporáneamente, Amán es elevado al rango de ministro plenipotenciario del rey Asuero y los funcionarios de palacio tienen el deber de saludarle doblando ante él su rodilla.

Mardoqueo, el tío de Ester, se niega por motivos de conciencia, por fidelidad a su fe judía. Y esto ocasiona que Amán decida vengarse no sólo de él, sino del pueblo al que pertenece. En consecuencia, planea –con el consentimiento del rey– el exterminio del pueblo judío en todo el imperio.

A Ester se le da a conocer la situación y Mardoqueo la apremia a intervenir ante el rey Asuero. Sin embargo, sólo puede hacerlo si es invitada por el rey; pues quien se acerque al trono sin llamada expresa del soberano es reo de muerte.

La nueva reina se encuentra así ante un dilema doloroso: por un lado, el exterminio de su pueblo –incluida en primer lugar la muerte de su propio tío, que la ha criado y a quien tanto debe–; por otro, el riesgo de su propia vida (al elegirla reina, Asuero le ha demostrado evidente simpatía, pero desconoce hasta dónde llega el favor del rey, sobre todo cuando está por medio la desobediencia explícita a una orden suya).

Ester sufre lo indecible en su corazón. Debe optar, y cualquiera de las opciones conlleva riesgos. Más aún, de ningún modo puede eludir la opción: dejar de intervenir ante el rey equivale en realidad a aceptar el exterminio de su pueblo.

Comprende que se encuentra en un momento decisivo de su vida. Se da cuenta que no es casual que haya sido elegida reina precisamente en el momento en que se decreta la aniquilación de su propio pueblo, el pueblo de Dios. Y Mardoqueo se encarga de recordárselo: «¡Quién sabe si precisamente para esta ocasión has llegado a ser reina!» (Est 4,14).

Ve que debe arriesgar. Pero se siente débil. El paso que ha de dar le hiela la sangre. La posibilidad real y cercana de la muerte la paraliza... Ella es joven, y se trata de una muerte fácilmente evitable para ella: simplemente callar. La tentación de lavarse las manos debió ser muy fuerte para Ester.

Se siente débil e incapaz. Por eso pide que oren y ayunen por ella. Y ella misma se hunde en la oración: tres días enteramente dedicados a la oración y al ayuno. El texto bíblico nos dice que «la reina Ester se refugió en el Señor, presa de mortal angustia» (4,17k).

Hay decisiones que el hombre es incapaz de tomar sin la fuerza de Dios. Hay riesgos que es impotente para asumir si no es sostenido por el poder de su Creador.

Ester va a la oración para presentar a su Dios una situación que la desborda. Su pueblo se encuentra en gran aflicción y a la desesperada. Pero ella se encuentra llena de temor, porque su vida también está seriamente amenazada.

Pero el sentimiento que más capta su corazón en esas circunstancias es la soledad. Más aún que el miedo: dos veces expresa en su oración este sentimiento de estar sola. Y es que cuando el hombre debe tomar decisiones de tanto riesgo y trascendencia experimenta más que nunca la soledad. Entonces de nada sirven la presencia de los demás, ni su afecto o su compasión. Entonces sólo Dios es apoyo adecuado. Sólo en la oración se experimenta la presencia y la fuerza de Aquel que es capaz de sostenernos cuando está en juego la vida propia y la de los demás.

Y Ester decide arriesgar. Sin dejar de sentir miedo, pero sostenida por la oración –la suya y la de su pueblo–, asume finalmente la decisión que compromete su vida: «A pesar de la ley, me presentaré ante el rey; y si tengo que morir, moriré» (4,16).

Una vez tomada la decisión, los acontecimientos siguen su curso. Fortalecida por la confianza en Dios, se siente capaz de abordar al rey. Sabe que debe actuar, y actúa. Pero a la vez espera todo del único que puede volver del revés los acontecimientos. Y todo acaba bien, tanto para ella como para su pueblo.

Pero hay un último detalle que conviene resaltar: ahora Ester se siente plenamente solidaria de su pueblo. Antes había visto un dilema: la salvación de su pueblo o su propia seguridad. Ahora se ve unificada con su pueblo, y por eso pide al rey su vida y la vida de su pueblo, pues «yo y mi pueblo hemos sido vendidos para ser exterminados, muertos y aniquilados» (7,3-4). Aunque la decisión le haya costado, sabe que su vida es inseparable de la de su pueblo; por eso no oculta su condición de judía. En realidad, la disyuntiva era falsa: el egoísmo siempre destruye, tanto la vida propia como la de los demás. Sólo el amor que está dispuesto a dar la vida es el que redime y salva.

(Texto bíblico: Libro de Ester)

  

Rebelde e inconformista

Los estudiosos han llegado a la conclusión de que el libro de Job no relata una historia realmente sucedida, sino que nos encontramos ante un escrito de tipo didáctico que transmite unas enseñanzas a través de una ficción literaria.

Sin embargo, podemos afirmar que Job es un personaje real. Me explico. Aunque Job sea un personaje literario, sí existió el autor del libro de Job. Por tanto, lo que ese libro enseña nos está hablando de una persona real –fuese cual fuese su nombre, que desconocemos– que realmente pensó y sintió lo que acabó plasmando en el personaje literario Job.

Por otra parte, el título de este capítulo puede extrañar. Se suele hablar de «la paciencia del santo Job». No queremos quitar a Job su fama de santidad ni de paciencia. Sin embargo, quien lea con atención este libro verá que los tiros van por otro sitio.

El libro no nos ofrece datos de tipo cronológico. Sin embargo, quizá podamos situar a Job a principios del siglo V antes de nuestra era.

Job es un hombre que ha experimentado duramente en su propia carne el dolor y el sufrimiento. Después de años de prosperidad económica y familiar, pierde todo: sus ganados, sus hijos, su salud... Parece que la desgracia se ceba en él, y además de manera repentina.

Sin embargo, el sufrimiento mayor no es el físico, sino el moral. En esa época se consideraba que Dios bendecía al hombre justo y castigaba al pecador. Hasta ahora Job había comprobado en cierto modo la validez de esta afirmación: él era un hombre religiosa y moralmente íntegro y todo le iba muy bien. Pero ahora...

Job experimenta una lucha interior tremenda. Por un lado, él tiene conciencia cierta de su fidelidad a su Dios. Pero según el criterio vigente en su época, esto llevaba a considerar injusto a Dios, pues no recompensaba a quien se había comportado rectamente, sino que más bien le afligía con sufrimientos. No había término medio: o Job había fallado, o Dios le estaba fallando a él.

Cuando llegan sus amigos para compadecerse de él, repiten los mismos principios. Elifaz, con la moderación del anciano; Sofar, con la impetuosidad del joven; y Bildad con su estilo equilibrado. Pero los tres reafirman idéntica convicción: si Job sufre, es que ha pecado; y aunque él crea lo contrario, Dios mismo le considera pecador.

Es entonces cuando Job protesta y se rebela. Su sufrimiento es evidente. Pero para él no menos evidente es su inocencia. Es un hecho irrefutable: Job sufre siendo inocente.

Sus amigos contraatacan, insistiendo en sus posturas, haciéndole ver que está dejando mal a Dios al hacerle pasar por injusto y cruel, por un Dios que maltrata al inocente. Pero Job no cede. Se aferra al hecho –para él evidente– de su inocencia y a los hechos que ha visto a lo largo de su vida también en otros. Esta insistencia en su inocencia hace que Job nos parezca orgulloso y arrogante. Pero es que él no puede ceder ante lo que considera un hecho probado.

Elihú interviene entonces para suavizar un poco las cosas: Dios a veces castiga para hacer expiar pecados inadvertidos o para prevenir otros más graves y curar de antemano el orgullo.

Pero tampoco esto convence al inconformista Job, que llega incluso a retar a Dios. No entiende, no sabe el porqué de sus males, pero no cesa de indagar. No se conforma con las soluciones simplistas y se rebela contra ellas, pero no encuentra otras. No le valen los convencionalismos, las soluciones prefabricadas que –aunque aceptadas por la mayoría– en realidad no solucionan nada. Y acude a Dios mismo, el único que puede responder al porqué de su sufrimiento.

Y Dios responde. Le hace entender a Job que no es él quién para pedir cuentas a Dios. No puede juzgar a Dios, porque supera infinitamente su razón, es incomparablemente más sabio y poderoso que Job y que lo que Job pueda pensar.

Dios responde. Pero no da una solución. Job reconoce que ha hablado neciamente en su pretensión de acaparar a Dios: «Era yo el que empañaba el Consejo con razones sin sentido. Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro» (42,3).

Job se ha encarado con Dios buscando de él mismo una respuesta. Y Dios le responde haciendo callar a Job y haciéndole entrar en su misterio. Debe fiarse de Él, aunque no entienda. Debe arrojarse entre las manos de Aquel que sabe lo que es bueno para el hombre, aunque este no comprenda.

Con ello Job no claudica de su inconformismo. No reniega de su empeño de encontrar un porqué. Más bien, se ha abierto a la luz superior de la fe. Ha superado la estrechez de su razón humana para zambullirse en el misterio de Dios. Y este misterio le libera, porque le catapulta a regiones ignotas, le levanta por encima de sí mismo.

En este forcejeo en la oscuridad Job ha acabado reconociendo que Dios es siempre más, que no se deja encerrar en fórmulas y conceptos y desborda nuestra lógica. Rebelde e inconformista, y aun pecando de orgulloso y arrogante, Job ha destrozado con su fe el techo de la sabiduría de este mundo. Aunque su sufrimiento siendo inocente permanece inexplicado, nos impresiona su profundo y radical acto de fe:

«Yo sé que mi Defensor está vivo

y que él, al final, se alzará sobre el polvo;

y después que mi piel se haya consumido,

con mi propia carne veré a Dios.

Yo mismo lo veré,

lo contemplarán mis ojos,

no los de un extraño» (19,25-27).

Todavía no hay respuesta. Esta aparecerá cuando en Jesús veamos al totalmente inocente sumergido en el máximo sufrimiento. Aparecerá cuando se abra el horizonte de la eternidad y entendamos que «los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelará» (Rom 8,18).

Todavía no hay respuesta. Pero Job no ha aceptado encerrarse en los estrechos límites de la lógica humana. Con su inconformismo y su búsqueda ha acabado abriéndose al misterio de Dios. El sufrimiento de este mundo no es castigo por pecados propios. Pero tampoco proviene de un Dios injusto que hace sufrir al hombre arbitrariamente. El sufrimiento tiene un sentido. Aunque él desconozca cuál.

Job no ha cesado de buscar y de indagar. Ha rechazado las respuestas simples y convencionales. Ha preguntado una y mil veces «por qué». Ha llegado a pecar de arrogancia, pero no se ha conformado con lo establecido, con lo de siempre.

Por lo demás, también sus amigos pecan de arrogancia. Aparentemente dejan bien a Dios al evitar tenerle por injusto. Pero en realidad le dejan mal, pues pecan contra la verdad. Al trivializar la verdad, al negarse a reconocer la realidad, al quedarse tranquilos en sus pobres concepciones, se cierran a Dios, que es la verdad, y deforman su imagen.

Job en su inconformismo pregunta sin cesar. Pregunta a Dios. Y Dios abre su mente. Sus amigos, en cambio, no preguntan, no buscan, se dan por satisfechos con lo sabido. Pero, por eso mismo, no preguntan a Dios. Al no abrirse a la verdad, no se abren a Dios.

El inconformismo de Job le ha liberado, pues «la verdad hace libre» (Jn 8,32). Le ha liberado de sí mismo y le ha hecho capaz de encontrar respuesta en el misterio trascendente de Dios. Y su inconformismo nos libera también a nosotros...

(Texto bíblico: Libro de Job)

  

Sorprendido por la alegría

Lo había conseguido con mucho esfuerzo y no pocos sacrificios. Tenía fama y dinero. Había amasado una importante fortuna y era rico. Poco importaba que eso hubiera ocurrido a costa de los demás. Robar cobrando impuestos era legal. Los romanos lo permitían y él conocía bien las reglas del juego. Después de todo, había tenido que pagar su tributo de impopularidad, pues los judíos odiaban a los recaudadores de impuestos.

En efecto, los publicanos eran considerados pecadores públicos. Estaban al servicio del poder romano, pagano y explotador a la vez. Y ellos mismos aprovechaban para explotar a su propio pueblo, incluidos los pobres. Por eso eran totalmente impopulares y odiados de corazón.

Pero la vida es la vida. Al fin y al cabo, algún precio había que pagar para triunfar. Además, había valido la pena, pues había llegado a ser jefe de publicanos. Claro que tampoco entre sus colegas era estimado, pues la envidia y la avaricia corroían las relaciones entre ellos. Sin embargo, era jefe y era rico: ¿qué más podía pedir? Cierto que su corazón no estaba satisfecho, pero tampoco la vida podía dar más de sí.

Un día Jesús visitó Jericó, su ciudad. Tal vez Zaqueo había oído hablar de ese galileo que decía cosas novedosas y realizaba curaciones llamativas. Fue sólo la curiosidad lo que le movió a salir a la calle y a mezclarse entre el gentío para ver quién era ese hombre, qué hacía cuando se acercaba a un enfermo, cómo hablaba... Quizá ese poso de insatisfacción que llevaba en su corazón le impulsaba a buscar, sin saber en realidad qué.

Sin embargo, ese día le aguardaba una sorpresa totalmente inesperada. El galileo fija su mirada en él y le pide que le aloje en su casa. El corazón le dio un vuelco. Bajó inmediatamente y le recibió en su casa (Lc 19,1-10).

Pero la sorpresa fue mayor al comprobar que la alegría inundaba su corazón. Jamás había experimentado semejante gozo. Ni cuando llenaba sus arcas, ni cuando fue ascendido a jefe de publicanos... No, nada era comparable a esta alegría intensa que ahora le colmaba. Era un gozo de una calidad nueva que penetraba por todos los poros de su ser y le saciaba. Sí, realmente le saciaba. Jamás había creído que fuera posible tal grado de felicidad en este mundo...

Era un amor inmenso e incondicional lo que le producía esta alegría. Él, tan habituado a ser despreciado por unos, adulado interesadamente por otros, envidiado por los más, ahora se sentía amado y querido por sí mismo. Él, precisamente él. Sí, porque «el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

La alegría era tal que ni se percataba de los comentarios y murmuraciones de la gente: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».

Era tan intenso su gozo que sin saber cómo ni por qué sus riquezas habían empezado a parecerle basura despreciable. ¡Qué pena haber puesto en esa miseria tan deleznable su corazón! ¡Qué pena haber gastado su vida para acumular montañas de basura!

Cuando un día escuche de labios de Jesús la parábola del tesoro escondido (Mt 13,44), reconocerá en ella su propia experiencia. En verdad, ha encontrado el auténtico tesoro, y lleno de alegría es capaz de vender todo. Pues es este gozo nuevo y sorprendente el que le lleva a decir a Jesús: «Mira, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más».

En realidad, todo ha sido muy sencillo. Ha bastado recibir a Jesús. Él era el verdadero tesoro. Él era el portador de la alegría que siempre había anhelado pero que le parecía imposible alcanzar en esta vida. Bastaba con recibir a Jesús; lo demás se le dio por añadidura. También las renuncias fueron motivadas por ese gozo. Y no le costaron. Pues había encontrado el tesoro.

Sin embargo, tuvo que bajarse de la higuera. Esta simboliza las riquezas que había ido amasando y en las que se había encumbrado en busca de seguridad, de prestigio, de dicha. Pero él seguía siendo pequeño... Jesús le mandó bajar y le puso en la verdad.

De no haber obedecido le habría ocurrido como a otro que también era rico; al oír la invitación de Jesús, prefirió no hacerle caso y marchó «muy triste» (Lc 18,23)...

(Texto bíblico: Lc 19,1-10)

  

Testigo de un amor inmortal

Sin duda, uno de los sufrimientos mayores que una persona puede experimentar es que su amor no sea correspondido; más aún, que aquel a quien ha entregado su corazón, su persona entera, su vida... le traicione. El amor es lo más grande y lo más hermoso que posee una persona; por eso, no hay dolor semejante al de un amor traicionado. Esto sucede sobre todo en el ámbito matrimonial (la traición al amor conyugal), pero también se da respecto de un hermano, de un amigo, de los propios padres o de los hijos...

También esta dolorosa experiencia humana es iluminada por un personaje bíblico. Oseas vivió en Israel en el siglo VIII a.C. y su experiencia personal es asombrosa, de una hondura inigualable.

Como en el caso de otros personajes bíblicos, no conocemos demasiados detalles de su vida, pero sí los suficientes para acercarnos a la densidad increíble de su personal vivencia.

Oseas se enamoró de una prostituta. No sabemos si Gomer ya lo era desde el principio o bien se manifestó después. Lo cierto es que Oseas decide desposarla y convertirla en su mujer.

Pero la historia no termina ahí. Porque después del matrimonio Gomer sigue prostituyéndose y comete repetidamente adulterio.

La reacción que parecía más lógica es romper con ella. Cualquier persona «sensata» hubiera repudiado sin más a una mujer absolutamente incapaz de ser y fiel y que traiciona reiteradamente.

Sin embargo, Oseas no actúa así. El amor que ha prendido en su corazón es fuerte y violento y actúa queriendo a pesar de todo a esta mujer indigna y degradada.

Eso no quiere decir que le dé igual la fidelidad o la infidelidad de ella. A Oseas le duele la traición en lo más hondo y le sangra el corazón. Pero no puede dejar de amar.

Es este amor el que le lleva a repudiarla, el que hace que le retire todo sustento y todo regalo, el que le impulsa a castigarla, a cerrar sus caminos con espinas y a «hacerle la vida imposible».

No es el despecho o la ira el motivo de tal conducta. No es el enfado o los deseos de venganza. No es tampoco el egoísmo de quien busca su interés aun a costa del otro. No. Es el amor.

Lo que impulsa a Oseas a actuar así es un amor enérgico y apasionado, un amor que supera toda «lógica» para seguir la suya propia, la lógica del amor. Sí, porque «el amor es fuerte como la muerte», porque «las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni anegarlo los ríos» (Ct 8,6-7).

Lo que impulsa a Oseas a actuar así es el bien de su esposa. Si le retira todo sustento y le hace pasarlo mal, es para que recapacite y comprenda y vuelva a su marido y se dé cuenta de que sólo con él le va a ir bien.

Es el amor ardiente a Gomer lo que lleva a Oseas a intentar regenerarla, a hacerla fiel, a devolverle su dignidad. Porque no ha dejado de amarla, anhela seducirla y reconquistarla. Cuando ella lo está pasando mal vuelve con inmensa ternura a hablarle al corazón.

Oseas es testigo de un amor traicionado, de un amor fiel que ama a pesar de todo, un amor que es capaz de inclinarse sobre la amada indigna para levantarla y dignificarla, un amor firme que vence el mal con el bien.

Un amor así, parece increíble, y sin embargo es posible.

Pero hay más. La grandeza sobrehumana de este amor le ha llevado a Oseas a entender el amor de Dios. Comprobando cómo él –limitado y egoísta– era capaz de amar, ha descubierto el inmenso amor de Dios. Ha comprendido que Dios ama así: no por las cualidades, los méritos o las respuesta de la persona amada, sino porque Él es amor, y no puede dejar de amar a pesar de las traiciones e infidelidades.

Dios ama a un pueblo que se ha prostituido intentando conciliar el amor a Él con otros amores espúreos, que adultera sin cesar al entregar a otras personas, tareas o cosas la parte de su corazón y de su vida que sólo a Dios pertenece.

Así es Dios. No se cansa de amar a pesar de las negativas, a pesar de que sus dones son continuamente malgastados –incluso para apartarse de Él– y su amor incesantemente despreciado y pisoteado.

Así ama Dios. Con un amor tan inmenso que es capaz de regenerar a la prostituta y de perdonar a la adúltera. Con un amor que a pesar de las traiciones sigue derramando ternura, que a pesar de las infidelidades sigue siendo capaz de hablar al corazón, y a pesar de los rechazos anhelando seducir a la amada para hacerla feliz.

De este modo, la dolorosa experiencia de Oseas se ha convertido en revelación de Dios. Su matrimonio ha quedado como signo y paradigma del amor infinito de un Dios que ama de manera increíble, superando toda lógica racional. El amor testimoniado por Oseas permanecerá hasta el fin de los tiempos como reflejo de ese amor divino que es más fuerte que el pecado.

Y este amor divino, infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom 5,5), nos enseña y capacita para vivir y amar así. Enseña y capacita a los esposos para amar de esta manera, para perdonar y renovar cada día su amor. Enseña y capacita a todo aquel –hermano, amigo, vecino...– cuyo amor ha sido traicionado, para vencer el mal con el bien y el odio con amor. Enseña y capacita a todo discípulo de Cristo para vivir la lógica de la novedad de este amor traído al mundo como fruto de su pasión.

(Texto bíblico: Oseas 1-2)

  

La prostituta convertida en esposa

No es difícil suponer lo que hay en el corazón de una mujer prostituta. Al vender su cuerpo dilapida su dignidad. Tira a la basura algo muy sagrado. Se convierte en puro objeto de uso y consumo. Es difícil imaginar una degradación mayor.

Y lo peor de todo es la sensación de que esa pérdida es irreparable, la convicción de que ya nunca podrá recobrar su dignidad de mujer, la certeza de que nadie podrá restituirle su mayor tesoro.

Tal era probablemente la situación de aquella mujer de Magdala. Había aprendido bien su oficio. Conocía todas las artes para seducir a los hombres. Pero había quedado atrapada en ellas. Era esclava de sí misma. Ahora sólo experimentaba vacío y horror; un horror insuperable respecto de sí misma y de todo lo que hacía; un asco indecible de su propio cuerpo…

Abominaba de los hombres. Cada hombre era un cliente potencial, pero también alguien que le ayudaría a hundirse más en su propio fango; alguien que al utilizarla una vez más la hacía más despreciable. Por eso los odiaba.

Sin embargo, su corazón albergaba aún ese deseo incontenible de ser amada. Por eso le dio un vuelco el corazón al descubrir que aquel hombre la miraba de manera distinta. Sentía que aquella mirada la dignificaba, la elevaba.

No le costó averiguar dónde se hospedaba el rabí de Nazaret. Y corrió hacia allí. No acababa de entender lo que pasaba en su interior. Sentimientos contradictorios de alegría y dolor bullían en ella con fuerza. Un gozo nuevo inundaba su ser: la alegría de sentirse amada por sí misma. Pero también la anegaba un dolor inmenso: el haber pisoteado el amor.

Las lágrimas fluían de sus ojos y experimentaba con gratitud que este llanto la regeneraba. Sí, las lágrimas parecían lavarla y convertirla en una mujer nueva. Era bautizada en sus lágrimas. Y en lo profundo de su corazón emergía la paz; una paz nueva, desconocida…

Por eso no le sorprendió cuando el Maestro le dijo: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz». Era justamente eso lo que estaba experimentando: salvación y paz, mucha paz. De ella habían salido siete demonios. El amor gratuito e incondicional del rabí de Nazaret la había liberado para siempre.

A partir de ese día María conoció el amor. Experimentó la dicha de ser amada y de amar. Su corazón quedó adherido indefectiblemente al Maestro y le seguía por los pueblos y ciudades de Galilea. Y le acompañó hasta el Calvario…

Había conocido al Esposo. Un canto de júbilo brotaba de las raíces más profundas de su ser: «Mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado». Sentía el corazón henchido. Jamás había soñado que fuera posible tanta dicha. Su ser regenerado exultó al reconocer al Resucitado: «¡María!» «¡Maestro!» La llamaba por su nombre y la desposaba para siempre. Sellaba su corazón con un compromiso definitivo. Como la esposa del Cantar, había encontrado por fin al Amado y no le soltaría jamás.

(Lc 7,36-50; Jn 20,11-18)

 

Esperar por otro

Uno de los relatos más sorprendentes del evangelio es el del paralítico llevado por cuatro hombres. Sorprendente en muchos aspectos. Ante todo, por la singularidad de introducir el camastro por el techo de la casa.

Es verdad que las casas de Palestina en el siglo I eran fáciles de «desmontar». Pared de adobe y tejado de cañas y barro. Nada tenían que ver con nuestras modernas construcciones de hormigón. Bastaba levantar unas cañas… y ahí estaba el enfermo, a los pies de Jesús. Si no había manera de entrar por la puerta, se hacía por el techo. El caso era llegar al Maestro.

Como en tantos episodios evangélicos, desconocemos el nombre del enfermo y de sus porteadores. Pero sabemos algo esencial de ellos: tenían fe. Una fe capaz de subirse al tejado, desmontarlo y hacer bajar al paralítico justo delante de Jesús.

El propio evangelista lo dice: «Viendo Jesús la fe de ellos…» ¿También del paralítico? No lo sabemos. El «ellos» puede incluir a los cinco o sólo a los camilleros. En todo caso, el plural nos indica que son más de uno los que creen.

El paralítico no podía hacer nada. Tampoco ellos podían curarle. Pero podían hacer una cosa: ponerle a los pies de Jesús. Él se encargaría de lo demás.

El hecho de transportarle hasta Jesús y la fe con que lo hacen nos insinúa que esperaron por él. Tuviera o no él esta misma fe, en todo caso ellos confiaron este hombre a Jesús.

Y se desencadenó el milagro. Porque la fe es la puerta que deja libres las manos a Dios para hacer cosas grandes.

Lo que ocurre supera con creces lo que ellos esperaban. No sólo la sanación física, sino sobre todo la sanación espiritual («Hijo, tus pecados quedan perdonados»). Con gran escándalo de los fariseos de turno, por cierto.

Ellos no han curado al enfermo. Menos aún han perdonado sus pecados. Pero le han puesto ante Jesús. Han esperado por él.

Esto es interceder. Hay mucha gente paralítica en su alma. Agarrotada por el pecado, por la pereza, por la indolencia. Nosotros no podemos cambiarlos. Pero podemos presentarlos a Jesús. Podemos esperar por ellos. Llevándolos en nuestro corazón, lleno de fe y amor. De fe y confianza en Jesús como aquellos cuatro, aunque haya que superar dificultades.

Y también lleno de amor, como el de aquella otra gran intercesora, la mujer cananea, que sentía como propio el mal de su hija: «Señor, ten compasión de mí; mi hija tiene un demonio muy malo» (Mt 15,22).

Muchas veces se piensa –y se dice– que ante determinadas situaciones no hay nada que hacer. Esto indica falta de fe, pues «para Dios nada hay imposible» (Lc 1,37). Siempre podemos hacer algo: interceder, esperar por otro. Eso está al alcance de cualquiera que tenga fe. No todos podemos predicar o realizar grandes proyectos de caridad. Pero todos podemos interceder. Y entonces acontece el milagro, porque es Dios quien lo realiza… aunque haya que desmontar algún tejado.

(Texto bíblico: Mc 2,1-12)

  

La fuerza de los débiles

A muchos les sonará a historieta de cómic o a película de dibujos animados. Sin embargo, la batalla de David contra Goliat encierra una de las enseñanzas más profundas de la revelación bíblica.

Los filisteos, con todo su poderío militar, tenían atemorizado al pueblo de Israel. Su superioridad era enorme y su actitud para con los israelitas, despectiva e insultante. Llevaban ya demasiado tiempo en esta situación e impedían que el pueblo elegido viviera con paz y libertad.

David apareció en el campo de batalla casi por casualidad. Era todavía un muchacho y su padre le envió a llevar alimentos a sus hermanos mayores, que estaban enrolados en el ejército de Saúl.

Una vez allí, se percató de la situación. Goliat, un guerrero fornido y corpulento, armado hasta los dientes, despreciaba a los «esclavos israelitas», y proponía una lucha entre él y un representante del ejército de Israel.

Sus hermanos querían alejarlo cuanto antes del campo de batalla, por considerarlo temerario y que sólo estaba allí por curiosidad. Debía volver a lo suyo: a cuidar el rebaño familiar en Belén.

Sin embargo, sorprendentemente, David se ofreció al rey para luchar contra el filisteo. Tan convencido debió de verle Saúl, que accedió a su ofrecimiento y le revistió de su propio armamento. Pero era imposible moverse con todo aquello: más que ayudar, estorbaba. Y decidió salir a pecho descubierto, sin más armas que las del pastor: la honda y unas piedras en su zurrón.

Goliat le despreció una vez más. Pero entonces David esgrimió su verdadera arma: «Tú vienes a mí armado de lanza y jabalina, pero yo voy a ti en nombre del Señor de los ejércitos, cuyas huestes has desafiado». Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: contra todo pronóstico derribó al filisteo con una piedra y lo remató con su propia espada.

En este sencillo relato está compendiada la historia entera del pueblo de Israel: minúsculo e insignificante en medio de los grandes imperios que se fueron sucediendo (Egipto, Asiria, Babilonia…), pero contando con el poder de Dios.

Con demasiada frecuencia los cristianos olvidamos que Cristo –el verdadero David– ha vencido al Maligno en la debilidad, que todo el nuevo Israel –la Iglesia– hemos sido liberados de la tiranía del pecado y de la muerte gracias a la muerte de Cristo. Como David, Jesús venció –para sí mismo y para toda la humanidad– dejándose matar. Porque «lo débil de Dios es más fuerte que los hombres, y lo necio de Dios más sabio que los hombres (1Cor 1,25).

Como Israel, también la Iglesia experimenta cotidianamente el ataque de los poderes de este mundo (políticos, económicos, militares, mediáticos…). Con demasiada frecuencia, la arrogancia y agresividad del mal parece imponerse.

Y también, como Saúl poniendo su armadura a David, la Iglesia experimenta la tentación de vencer al mundo con sus propias armas, de igual a igual. Y claro, el mundo tiene más medios.

Esta actitud es signo siempre de falta de fe y confianza. Porque la fuerza de la Iglesia está en otra parte. «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad… Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Cor 12,9–10).

David venció en la debilidad por su fe en Dios, siendo un muchacho. De ahí la insistencia de Jesús en «hacernos como niños» (Mt 18,3-4). Sólo desde la conciencia –y experiencia– de no poder es como realmente lo podemos todo. Sólo una Iglesia indefensa e inerme, pero enraizada en el poder de Dios, es capaz de vencer al mundo. Sólo en pobreza y persecución somos «supervencedores» gracias a Aquel que nos ha amado (Rom 8,37).

(Texto bíblico:1Samuel 17)

  

Víctima y vencedor de la injusticia

Se trata, sin duda, de una de las historias más conocidas de la Biblia. La historia de José está llena de colorido y de intriga. Y además, acaba bien.

José era el preferido de su padre Jacob. Con razón o sin ella. Lo cierto es que esta predilección suscita la envidia de sus hermanos, que deciden quitarlo de en medio; la cordura y sensatez de Rubén impide que sea asesinado y deciden venderlo como esclavo a unos mercaderes amalecitas.

Estos, a su vez, le venden a un egipcio. José se gana la confianza de su señor. Pero la mujer de éste se ha prendado de José; al permanecer José en su honradez y no consentir a las proposiciones deshonestas de ella, la mujer se venga calumniándole, afirmando que era José quien quería abusar de ella. José termina en la cárcel.

Estando prisionero, interpreta unos sueños del Faraón, que llega a encumbrarle al cargo de visir o primer ministro. Será entonces –José había anunciado siete años de cosechas abundantes a los que seguirían otros siete de escasez– cuando sus propios hermanos acudan a Egipto en busca de víveres.

Disimulando al principio, dándose a conocer después, José proporciona alimento para sus hermanos y las familias de ellos, convirtiéndose así en el «salvador» de todo el clan.

José ha sido víctima de la injusticia: envidias y odio, intento de matarlo, hecho esclavo, calumniado, encarcelado sin motivo… Como tantas y tantas personas en este mundo. Como nosotros mismos, que de vez en cuando sufrimos pequeñas injusticias.

Pero a la vez ha sido vencedor de la injusticia. No, desde luego, empleando las mismas armas de sus enemigos. Al contrario, José se mantiene íntegro, porque «temía al Señor», es decir, tenía una actitud de respeto y sumisión ante su Dios y de fidelidad a sus mandamientos.

Dios es, una vez más, el personaje principal de esta historia. Oculto, invisible, pero ocupándose efectivamente de los suyos y guiando con sabiduría los hilos de la historia y de cada acontecimiento.

José vence la injusticia porque se fía de Dios, que saca bienes de los males y que integra en sus planes incluso la mala voluntad de los hombres: «aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir, como hoy ocurre, a un pueblo numeroso» (Gén 50,20); «no fuisteis vosotros los que me enviasteis acá, sino Dios, y él me ha convertido en padre de Faraón, en dueño de toda su casa y en amo de todo Egipto» (Gén 45,8).

Porque confía en Dios, Dios le enaltece de manera insospechada y le convierte en instrumento de su salvación para muchos: «El que se humilla, será enaltecido» (Lc 18,14).

Y vence también gracias al perdón. Tenía la oportunidad de haberse vengado de sus hermanos (es lo que ellos temen, y con sobrados motivos). Pero entonces lo hubiera echado todo a perder. El mal sólo se vence con el bien (Rom 12,17-21).

Alguien podrá pensar que no siempre es así, que muchas veces el mal parece imponerse de forma absoluta y que Dios aparenta desentenderse de nuestra historia y de nuestros sufrimientos…

Es verdad. No siempre es así. La historia de José tiene un final feliz. Pero Jesús acabó en el patíbulo y en el sepulcro. Humanamente su vida terminó en fracaso. Su Padre parecía esconderse mientras sus enemigos parecían vencer en todos los frentes…

Sin embargo, Dios siempre tiene la última palabra. Dios no puede ser vencido. Su Hijo padeció la injusticia mayor de toda la historia de la humanidad: el inocente calumniado y condenado, crucificado y cubierto con la piedra de la sepultura como una garantía de sellarse la victoria definitiva del mal. Pero el Padre le resucitó y le constituyó Señor del universo y Salvador de toda la humanidad.

La Iglesia –y cada cristiano en ella– camina por el mundo de humillación en humillación, de persecución en persecución. Pero ahí está su victoria. La confianza en Dios y el perdón al enemigo son el arma de la Iglesia en espera de la victoria final. El testimonio de los mártires lo certifica elocuentemente. «Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe» (1Jn 5,4)

(Texto bíblico: Génesis 37-50)

  

La formación de un líder

Uno de los personajes más conocidos de la Biblia es Moisés. Sus acciones y enseñanzas ocupan muchos capítulos. Moisés fue el hombre que realizó la gran proeza de sacar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, de entregarle la Ley por la que debería regirse en adelante, y de conducirlo a la Tierra prometida. Moisés es el gran líder de Israel, y su memoria se mantendrá de generación en generación.

Sin embargo, el gran Moisés no surge de la nada. Ha necesitado una preparación, que Dios mismo se encarga de realizar a través de personas y circunstancias.

Ante todo, Moisés está condenado a muerte antes de nacer. Todo hebreo varón debía ser eliminado. Él salva su vida milagrosamente: de forma paradójica es adoptado por la hija del Faraón, el mismo que había decretado exterminar a los israelitas. El futuro de Israel (es decir, el instrumento de Dios para la salvación de su pueblo) ha debido antes que nada ser salvado.

Cuando crece y ve la opresión de sus hermanos, mata a un egipcio y pretende poner en paz a dos hebreos que discutían entre sí. Resultado: tiene que salir huyendo, porque el Faraón le busca para matarle, y refugiarse en el desierto. Ha tomado la iniciativa de salvar por su cuenta, y termina en el fracaso: en el desierto, donde no hay nada, donde no tiene protección y está a la intemperie, donde no significa nada para nadie.

Pero es precisamente ahí, en el desierto, donde Dios le espera para manifestarse a él y para revelarle su Nombre. Moisés tiene una experiencia intensa del Dios vivo, que le da a conocer sus planes y le envía a salvar a su pueblo. Pero antes ha tenido que descalzarse. Moisés ha entrado en terreno sagrado. Ya no es dueño de la situación como creía serlo cuando mató al egipcio para hacer de salvador. Ahora está sometido a Otro y a sus planes, que son misteriosos, como misterioso es el fenómeno de la zarza ardiendo sin consumirse.

Moisés acepta la misión, apoyado en la promesa del Dios que le ha dicho: «Yo estaré contigo». Y, sin embargo, no le vemos convencido del todo. Se va a resistir y por razones que nosotros consideraríamos muy válidas: se le encarga hablar al Faraón siendo tartamudo. Dios parece usar de la ironía. Pero el texto bíblico nos dice que el Señor se indignó por esta objeción: revelaba falta de fe. Y es que Moisés no ha cambiado del todo: el que se creía capaz de salvar a su pueblo apoyado en sus dotes y buena voluntad, ahora se siente incapaz al ver sus limitaciones. En el fondo sigue pensando que el éxito depende de él y de sus cualidades.

Por tanto, la educación debe proseguir. Cuando inicia su misión –esta vez en nombre de Dios– vuelve a fracasar. Faraón no le hace caso y la situación empeora, recrudeciéndose la opresión contra el pueblo elegido. Las cosas parecen salir al revés y el mismo pueblo –amargado por la situación– no le escucha y hasta le recrimina sus intentos de salvar.

Moisés ha tocado fondo. Moisés se queda solo. Solo ante el Dios que le ha enviado y parece que no responde. Solo ante el pueblo que le rechaza. Solo ante el Faraón que le acusa de soliviantar al pueblo. Ha tocado fondo y Dios tiene que renovarle la certeza de su vocación.

Y ahora sí, este Moisés desposeído de sí mismo será el instrumento de Dios para realizar grandes signos (las famosas plagas). No es su poder, sino el de Dios, de quien él se percibe instrumento inútil.

Pero las plagas no significan éxito inmediato. Al contrario, el Faraón se obstina y se resiste; las dificultades no cesan. Moisés tiene que ser educado en la fe y en la paciencia.

Así, cuando llegue el momento del éxodo, será el hombre de la fe. Frente a la dificultad objetiva (cerrados entre el mar Rojo y el ejército poderoso del Faraón) y frente al desaliento del pueblo (que ve todo perdido), Moisés se mantiene firme: «El Señor peleará en vuestro favor». «Se mantuvo firme como viendo al Invisible» (Hb 11,27). Y gracias a esta fe y a esta firmeza se realizó el milagro del éxodo.

Ante un mundo que valora mucho el liderazgo, la Iglesia se siente tentada a hacer lo que cualquier empresa comercial: adiestrar líderes mirando sus cualidades humanas, enseñándoles técnicas adecuadas, utilizando resortes psicológicos… La historia de Moisés nos muestra las cualidades del verdadero líder cristiano y de los caminos por lo que Dios le forma: despojado totalmente de sí y apoyado exclusivamente en la fuerza de su Dios.

(Texto bíblico: Éxodo 1-15)

  

Profeta a pesar suyo

Muchas veces he oído este comentario a propósito de jóvenes que seguían el camino del sacerdocio o la vida consagrada: «Bueno, si le gusta…» Muchos ignoran que la vocación no es iniciativa propia, sino de Dios, que irrumpe en la propia vida, y que a veces lo hace contrariando los propios planes y apetencias.

Tal es el caso de Jeremías. Nacido hacia el año 645 a.C. en una aldea a unos 12 Km. al nordeste de Jerusalén, recibió la vocación en una situación difícil: el pueblo había multiplicado sus infidelidades y se abocaba a la ruina. El imperio babilónico surge en el horizonte y a Jeremías le toca ir contracorriente: frente al optimismo irreal e ingenuo de los judíos, tiene que predicar que Jerusalén será destruida.

Lo mismo las autoridades que el pueblo, los sacerdotes y los demás profetas, le acusan de derrotista, de desmoralizar al pueblo. Sobre todo cuando predica la destrucción del templo de Jerusalén –lugar sagrado para los judíos, y por tanto inviolable, apoyo de las falsas esperanzas del pueblo–, y ello ¡a las puertas mismas del templo!

Nada fácil. Y menos para un hombre profundamente sensible como Jeremías. Como consecuencia, le hacen el vacío y sufre el aislamiento más cruel; llega a ser perseguido y hasta torturado…

Jeremías se queja al Dios que le ha llamado para realizar esta vocación tan a contrapelo: «Todos me maldicen» (15,10); «he sido la irrisión cotidiana… pues cada vez que hablo es para clamar “atropello”…» (20,7-8).

El Señor le manda no tomar mujer ni tener hijos: su vida sin descendencia se convierte en símbolo de este pueblo infiel que por abandonar a su Esposo va a quedar estéril…

Y para colmo, él –que se había opuesto con todas sus fuerzas a la alianza con Egipto– acabará sus días en ese país, conducido a la fuerza por un grupo de fanáticos que se habían trasladado allí tras haber asesinado al gobernador establecido por los babilonios.

Jeremías se desahoga con el Dios que se le ha impuesto de manera tan abrupta: «Me sedujiste y me dejé seducir, me forzarte y me pudiste» (20,7). Llora y se lamenta. El corazón le sangra. Llega a maldecir el día en que nació (20,4). Siente incluso la tentación de renegar de esta vocación que tanto sufrimiento le ha acarreado…

Pero no puede. Hay algo superior a sus gustos y a sus planes. Hay una fuerza incontenible a la que no puede resistir: «Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo no podía» (20,9).

El profeta sensible ha sido hecho fuerte por Dios mismo con la fuerza de su llamada. Ha sido convertido «en plaza fuerte, en pilar de hierro, en muralla de bronce» (1,18). Y por eso, Jeremías resiste.

Y cuando finalmente sus predicciones se cumplan y Jerusalén y su templo sean destruidos, la gente entenderá que es profeta verdadero, porque su palabra –la Palabra de Dios a través de él– se ha realizado.

No ha sido fácil. Pero todo ese sufrimiento le ha acrisolado. Jeremías ya no es un individuo más: se ha convertido en la boca de Dios (15,19). Sus labios, purificados por el dolor, son los labios de Yahveh, a través de los cuales ha hablado y seguirá hablando…

Y el hombre que sólo había profetizado ruina y destrucción, que había llamado sin cesar –y sin ser escuchado– a la conversión y al cambio de corazón, el profeta que había denunciado y desenmascarado las falsas esperanzas del pueblo… él mismo se convertirá –cuando todo esté perdido y el desastre sea total– en el profeta de la esperanza…

En efecto, Jeremías anuncia –en uno de los textos más vigorosos y clarividentes del A.T.– una nueva alianza (31,31ss): la que se realizará en Cristo mediante el don del Espíritu y de un corazón nuevo.

Profeta a pesar suyo. Pero profeta verdadero. A diferencia de los falsos profetas que sólo auguraban cosas halagüeñas. Ha sido alto el precio. Pero ha valido la pena. Jeremías se ha convertido en boca de Dios para todos los pueblos y para los siglos venideros, hasta el fin del mundo. También para nosotros…

(Texto bíblico: libro de Jeremías, especialmente capítulos 1, 7, 15, 20, 31)

 

La mujer de cinco maridos

A pesar de las apariencias, no era una mujer frívola. Es verdad que el de ahora no era su marido. Pero es que su corazón buscaba, anhelaba. Tenía un ansia incontenible de ser amada y de amar. Un ansia permanentemente insatisfecha…

Y ahora este judío le dice cosas sorprendentes. No sólo le adivina todo lo que ha hecho. No sólo se ha saltado las costumbres establecidas (judíos y samaritanos no se hablaban, más aún, se odiaban). No sólo se manifiesta libre de convencionalismos (un hombre hablando con una mujer a solas en pleno campo). Es que además ha comenzado pidiendo de beber y ha terminado prometiendo un agua viva…

La mujer samaritana –cuyo nombre desconocemos– tiene experiencia de la vida. Más aún, tiene experiencia de trato con hombres: ¡ha tenido ya cinco maridos! Pero este hombre es diferente: ¿será un profeta?

Este judío que tiene frente a ella le ha hecho ilusionarse de nuevo. Su existencia rutinaria y anodina ha comenzado a dar un vuelco. No sabe por qué, pero sus palabras despiertan su corazón, han tocado la fibra más profunda de su ser.

No entiende muy bien, pero intuye que esas palabras sobre el agua viva y sobre el manantial que salta para la vida eterna conectan con sus anhelos más profundos. Esos que siempre se han mantenido insatisfechos: la sed de Infinito que arde en su alma. ¿Será el mesías esperado?

El corazón tiene razones que la razón no comprende. Por eso, ante las palabras «si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú», ella responde con ímpetu: «Señor, dame de esa agua».

Seguramente no ha entendido mucho, pero ha comenzado a experimentar que ese manantial de agua viva brota incontenible en su corazón. Las palabras de este hombre, cansado y sediento junto al pozo de Jacob, comienzan a surtir efecto dentro de ella.

Un efecto tan intenso y profundo que no puede callarlo. Necesita correr a contarlo a sus paisanos, para que también ellos experimenten la dicha que ha comenzado a inundarla. ¡Y con qué poder de convicción lo hace! Muchos creyeron por sus palabras y otros muchos la siguieron para conocer a aquel hombre que prometía algo tan inusual.

Su sed inmensa ha comenzado a ser satisfecha. Y en ese mismo instante la mujer samaritana se convierte en testigo del don de Dios. Nadie se lo impone. Pero ella no puede no contarlo. Lo que este judío sorprendente dice y promete es verdad: ¡ella ha comenzado a experimentarlo!

(Texto bíblico: Juan 4,1-42)

  

Cuando el creyente se queda solo

En el siglo IX a.C. los israelitas se habían dejado llevar masivamente por el culto a los baales. Frente al Dios de Israel –invisible, trascendente– era muy fácil ceder al culto de los cananeos: su dios Baal garantizaba la lluvia y la fertilidad del suelo, y por tanto la cosechas. La tentación de aceptar un dios a su alcance, fácilmente manipulable mediante ciertos ritos, era fuerte. Porque el Dios de Israel, soberano y majestuoso, no se dejaba manejar en absoluto.

El culto a Baal era además propiciado por el poder político. Ajab, el rey de Israel, casado con Jezabel –una siro-fenicia–, propició la existencia de baales y astartés. La inmensa mayoría del pueblo, si no abandonó del todo la fe en Yahveh, sí al menos aceptó un sincretismo: intentó combinar el culto a Yahveh con el de Baal, que parecía asegurarles la fertilidad de sus campos.

En este contexto surge un hombre que no tolera ambigüedades y quiere defender a toda costa la pureza de la fe: Elías. Su mismo nombre –literalmente Eliyahu– es una declaración de guerra: «Mi Dios es Yahveh».

Pero no se conformó con las palabras. Pasó a los hechos. Y retó al pueblo que de debatía en esta ambigüedad: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yahveh es Dios, seguidle; si Baal, seguid a Baal» (18,21). La interpelación era clara y tajante: no se puede jugar a dos cartas. Estaba en juego la verdad, y por tanto el bien del pueblo. Si seguían a un Dios falso, eso significaba vivir en la mentira y acabar en el fracaso. Estas palabras parecen anticipar las de Jesús: «No podéis servir a dos señores… No podéis servir a Dios y la Dinero» (Mt 6,24).

El pueblo no respondió nada. Sabían que Elías tenía razón. Pero estaban demasiado comprometidos con los baales, que les proporcionaban cierta seguridad…

Elías había quedado solo frente a los 450 profetas de Baal. Y realizó una propuesta audaz: ofrecer sendos sacrificios a los respectivos dioses, y el que hiciera bajar fuego del cielo sobre la ofrenda demostraría ser el verdadero Dios.

Elías estaba solo, pero le sostenía una fe inquebrantable en el Dios de Israel. Por eso se dirigió a Él suplicándole que actuase con hechos: «Yahveh, que se sepa hoy que tú eres Dios… respóndeme, y que todo este pueblo sepa que tú eres Dios que conviertes los corazones» (18,36-37).

Y Dios respondió. Y actuó una vez más, como ya lo había hecho tantas veces en la historia del pueblo. Y mostró con su actuación su realidad, su presencia, su poder.

Pero a Elías le tocó huir: se había opuesto a la reina. Y ésta juró que exterminaría a aquel hombre que osaba interponerse a su autoridad. Más aún cuando Elías denuncia al rey su abuso de poder al llegar a mandar –siempre bajo el consejo de su esposa Jezabel– que fuera asesinado un hombre del pueblo –Nabot– para quedarse con la viña que se le había negado a venderle (c.21).

Elías es perseguido a muerte y tiene que ocultarse y huir. Llega a experimentar el cansancio y el desaliento, llega incluso a desearse la muerte… Pero el Dios que se ha mostrado vivo y verdadero le sostiene y le cuida. Y en la intimidad de Horeb reanima sus fuerzas, reaviva su fe, le inunda de fortaleza y le capacita para seguir llevando adelante la misión confiada.

Cuando el creyente se queda solo es el momento de la prueba. Pero también es el momento de la fe que mueve montañas (Mt 17,20). Es el momento de la confianza que posibilita que Dios demuestre con los hechos que es real y verdadero (frente a los falsos dioses que el hombre, hoy como ayer, se construye). Es el momento de la fortaleza ante la persecución, incluso arriesgando la propia vida. Y, sobre todo, es el momento en que Dios actúa, realizando prodigios y maravillas, y llevando adelante su plan de salvación…

(Texto bíblico: 1 Reyes 17-22; 2 Reyes 1-2)

  

«Tu pueblo será mi pueblo»

No suelen tener buena prensa las relaciones entre nueras y suegras, y viceversa. Y, sin embargo, en la Biblia encontramos una historia bellísima a este respecto.

Debido al hambre, Elimelek y Noemí han tenido que emigrar a un país extranjero –Moab– con sus dos hijos. Cuando muere Elimelek sus hijos se casan con dos mujeres moabitas. Pero también ellos mueren y queda Noemí sola con sus dos nueras.

Al oír que la situación en Judá ha mejorado, Noemí decide regresar a su tierra. Pero invita a sus dos nueras a quedarse con su familia en Moab: ellas son aún jóvenes y fácilmente podrán casarse de nuevo con uno de su propio pueblo.

A diferencia de su cuñada, Rut se opone rotundamente, diciendo a Noemí: «No insistas que te abandone y me separe de ti, porque donde tú vayas yo iré, donde habites habitaré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras moriré y allí seré enterrada».

Sólo quien vive o ha vivido en un país extranjero puede medir el alcance del sacrificio de Rut: renunciar a lo conocido, a las propias costumbres, a la propia lengua… para ser considerado en la nueva residencia un extraño. Pero a la vez, al decir «tu Dios será mi Dios», Rut ha elegido al Señor y se ha puesto bajo el influjo del Todopoderoso, bajo el dominio del Dios de la vida.

De regreso a Belén –pueblo natal de Noemí– Rut halla gracia a los ojos de Booz, con el que terminará contrayendo matrimonio.

Pero lo de Booz no es un simple enamoramiento. El derecho israelita pedía que si un varón moría sin descendencia, el pariente más próximo se casase con la viuda para dar descendencia al difunto. Booz no es el más cercano, pero acepta desposar a Rut.

De este modo al sacrificio de Rut renunciando a su patria se une el de Booz: el hijo que nazca no será legalmente hijo suyo, sino del difunto Majlón.

La abnegación de Rut y Booz convierten a Noemí en abuela del rey David y ellos entran en la genealogía del Mesías (Mt 1,1-16). Una extranjera –de fuera del pueblo de Israel y extraña a las promesas– se convierte en ascendiente según la carne de Cristo, el Salvador del mundo.

Una vez más se comprueba la fecundidad ilimitada de la abnegación y el sacrificio. Sin esta generosidad Rut y Booz hubieran quedado perdidos en el mar de la historia; gracias a ella han entrado de lleno como un eslabón en la gran historia de la salvación. «Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará» (Lc 17,33). Verdaderamente, sólo poseemos aquello que entregamos…

(Texto bíblico: Libro de Rut)

  

Condenado por desconfiado

La Iglesia no ha afirmado nunca de nadie en concreto que esté condenado. A lo largo de los siglos ha canonizado y beatificado miles de fieles, hombres y mujeres, sacerdotes y casados, laicos y consagrados, jóvenes y adultos, e incluso niños… Pero de nadie ha dicho que se haya condenado.

Es cierto que hay que evitar la idea equivocada de que nadie se condena. El Nuevo Testamento está lleno de advertencias muy serias e insistentes, que avisan del riesgo de una condenación eterna. Dios propiamente no condena a nadie. Por el contrario, ha llegado a entregar a su Hijo para que todos se salven y nadie perezca (Jn 3,16-17). Pero el hombre puede rechazar el amor y la vida que Dios le ofrece y deslizarse por el camino de la perdición (Jn 3,36; 12,47-48).

De los signos externos no podemos concluir nada. El corazón de cada ser humano es un misterio al que sólo Dios tiene acceso. Y siempre cabe el arrepentimiento en el último instante. Por eso la Iglesia no condena a nadie. Ni siquiera a Judas.

La vida de este hombre resulta sorprendente. Es uno de los doce que Jesús elige «para que estuvieran con Él y enviarlos a predicar con poder para expulsar demonios» (Mc 3,14-15). Por tanto, es uno de los predilectos, escogido de entre la multitud de discípulos y seguidores de Jesús. Durante tres años ha sido testigo ocular de sus milagros, ha escuchado sus confidencias, ha comprobado el entusiasmo y la alegría con que la gente seguía y aclamaba al rabí de Nazaret…

Y sin embargo… ¿Qué ha ocurrido en el corazón de Judas para llegar a traicionar a Jesús? Algunos suponen que había quedado defraudado de que quien él consideraba mesías no aniquilase a los enemigos de Israel ni liberara al pueblo del dominio romano. San Juan nos dice que era ladrón y amigo del dinero (Jn 12,4-6).

En todo caso, quien ha estado tan cerca de la Luz parece haberse cerrado a ella. Es significativo el comentario del evangelista Juan cuando Judas sale del cenáculo para entregar a Jesús: «Era de noche» (Jn 13,30). La expresión no se refiere sólo a la hora en que partió, sino a la situación del alma de Judas: «Es vuestra hora y la del poder de las tinieblas» (Lc 22,53).

A pesar de todo, hay que reconocer que la acción de Judas es en sí menos grave que la de Pedro. Al fin y al cabo, lo único que hizo Judas fue facilitar el prendimiento de Jesús por parte de los guardias del Sanedrín en un momento en que no hubiera gente, para evitar que se produjera un tumulto entre sus discípulos y seguidores. Y ello a cambio de unas miserables monedas…

En cambio Pedro negó a Jesús, afirmó que no le conocía, que no tenía nada que ver con Él. Y lo hizo insistentemente y hasta perjurando.

Pero Pedro quedó desarmado ante la mirada de Jesús. Lloró amargamente y se arrepintió profundamente de su pecado. Y después de la resurrección reparó su pecado con un triple e intenso acto de amor, que le llevaría a acabar entregando la vida por fidelidad a su Maestro.

Judas también reconoció que había obrado mal. Pero huyó de la presencia y de la mirada de ese Jesús que estaba pidiendo perdón para sus asesinos (Lc 23,34). Se encerró en sí mismo. No se perdonó a sí mismo. Se mantuvo en la noche y en las tinieblas. No se abrió al único que podía salvarle de sí mismo. Se encerró en la desesperación.

Hemos tenido en estas páginas la ocasión de contemplar la conversión de grandes pecadores. Todos ellos han acogido la mirada y la luz de Jesús que, al tiempo que hace ver la gravedad inmensa del pecado, muestra su amor incondicional y ofrece la salvación. El Maligno, en cambio, intenta llevar al hombre por el camino de la desesperanza para conducirlo a la desesperación. Mientras hay un hilo de esperanza nada ni nadie está definitivamente perdido.

(Textos bíblicos:  Mc 3,13-19; 14,17-21; Jn 12,4-6; 13,21-30; Lc 22,1-6.47-48; Mt 27,3-5)

 

Cuando el dinero se convierte en dios

No sabemos su nombre. Pero conocemos bastantes datos de su vida. Era joven. Y sobre todo tenía una gran rectitud moral y un gran interés por las realidades espirituales.

Probablemente había oído hablar del rabí de Nazaret. Alguien le dijo que estaba cerca, y cuando Jesús se ponía ya en camino corrió a su encuentro.

Más aún, se arrodilló ante Él y fue directo al grano: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» Jesús le enumeró los mandamientos.

Y aquel hombre dijo con sencillez que todo aquello lo había cumplido desde su juventud. Indudablemente era un hombre bueno. Y aspiraba a lo mejor. Según el evangelista Mateo, preguntó de nuevo: «¿Qué me falta?»

Por su parte, el evangelista Marcos nos refiere un gesto conmovedor de Jesús: se le quedó mirando con cariño y probablemente manifestó este afecto con un gesto externo. La invitación que le dirige a continuación es únicamente expresión de este amor personal: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres, y así tendrás un tesoro en el cielo, luego ven y sígueme».

Pero aquel hombre no esperaba estas palabras. Buscaba, sí, un perfeccionamiento moral y espiritual. Pero aquello… era demasiado. Y no supo disimularlo: puso mala cara y marchó entristecido.

La reacción de este hombre remite –por contraste– a una de las parábolas más expresivas de Jesús: la del hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo, y lleno de alegría vende todo lo que tiene y compra el campo aquel (Mt 13,44).

La tragedia de este joven es que teniendo delante el Tesoro ha preferido sus miserables «tesoros» (pues era muy rico). Y se ha perdido la alegría de que nos habla la parábola: marchó entristecido.

Pues Jesús no disimula las renuncias que conlleva el seguirle. Pero su invitación no es para hundir al hombre. Al contrario, todo el que deja casa, hermanos, padres, hacienda… por Cristo recibe ya en este mundo el ciento por uno –aun con persecuciones– y en el mundo venidero vida eterna (Mc 10,28-31).

Lo decisivo es descubrir el verdadero Tesoro y saber invertir. En efecto, se trata de saber invertir en el único «banco» que no quiebra, donde no llegan los ladrones… ni afectan las crisis económicas o financieras (Lc 12,33).

El problema del joven rico es demasiado frecuente: cuánta gente buena y cumplidora que no se atreve a apostar por Cristo, a estar dispuesto a perder todo por Él, como Pablo (Fil 3,8).

Dos personas discutían acerca de la existencia de Dios. En un momento de la conversación, una de ellas tomó un papel y escribió la palabra Dios; luego la cubrió con una moneda. «¿Qué ves?», preguntó a la otra. Era incapaz de descubrir la presencia de Dios, porque su corazón estaba puesto en el dinero.

Es cuestión de sabiduría. Descubrir el verdadero Tesoro. Entonces lo demás nos parecerá «basura», «estiércol», «pérdida» (Fil 3,7ss). Y no costará renunciar a nada. Y tendremos un tesoro en el cielo. Y no nos tocará machar tristes y apesadumbrados como el joven rico. Y experimentaremos que es verdad lo del ciento por uno. Y nos inundará –ya ahora– una alegría nueva, inmensa, desconocida…

(Textos bíblicos: Mc 10,17-22; Mt 19,16-22; Lc 18,18-23)

  

Una amistad sin fisuras

Saúl, el primer rey de Israel había caído en desgracia. Había desobedecido el encargo que el Señor le había hecho a través del profeta Samuel, y Dios le había retirado su elección.

Aunque aún no estaba instaurado el criterio hereditario en cuanto a la sucesión del rey, parecía lo más normal que le sucediera su hijo Jonatán; esta era, al menos, la costumbre generalizada en los pueblos de alrededor.

Mientras tanto, había comenzado a subir la figura de David. Había vencido en repetidas ocasiones a los filisteos y de ese modo había contribuido a afianzar el reino de Saúl.

Sin embargo, frente al carácter agrio y voluble de Saúl, David tenía un carácter amable y bondadoso (había sido pastor). Caía muy bien entre la tropa y entre el pueblo. Y además tenía madera de líder.

Todo ello, en lugar de alegrar a Saúl, provocó en él la envidia. El hijo de Jesé empezaba a hacerle sombra. Y pensó: «Ya sólo le falta ser rey». Y de los pensamientos pasó a los hechos: intentó eliminar a David.

Por su parte, Jonatán y David habían hecho una buena amistad. Se entendían bien, compartían la vida en la corte, se querían como hermanos y habían llegado a sellar su amistad con un pacto sagrado ante Yahveh.

Frente al acoso de Saúl, Jonatán defiende a su amigo ante su padre. Intenta hacerle entender que es un servidor leal y que no tiene sentido matarle. Y cuando se convence de que el rey ha decidido la ruina de David, Jonatán avisa a su amigo para que se esconda y se ponga a salvo.

Saúl pretende despertar la envidia de Jonatán: «Mientras el hijo de Jesé esté vivo sobre la tierra, tu reino no estará seguro».

Lo pretende sin conseguirlo, pues ve que la actuación de su padre es injusta. Más aún, también él intuye que David será el sucesor de su padre. Pero Jonatán, que «le amaba como a sí mismo», renueva su compromiso con él y le desea que Dios esté con él cuando llegue al trono. Una cosa le pide: que si entonces él vive, tenga consideración con él y si ha muerto use de bondad con su familia.

Ante la injusta persecución, David le dice: «Si he actuado mal, mátame tú mismo». También él es consciente de que no ha fallado al pacto sagrado con su amigo del alma.

Y cuando Saúl y Jonatán mueren en la batalla en los montes Gelboé, David –que ve que le ponen la corona en bandeja– no se alegrará, sino que llorará y se lamentará por la muerte trágica y prematura del amigo extremadamente querido, cuyo amor le resultaba más delicioso que el amor de las mujeres.

Una amistad sin fisuras, que ama al otro por sí mismo y busca su bien. Una amistad que no se deja corromper por la envidia ni por la ambición: tanto Jonatán como David podían haber caído fácilmente en ellas. Una amistad que no se deja enturbiar por las sospechas: era muy comprensible que en el corazón de Jonatán se hubieran deslizado las que su propio padre intentaba inculcarle. Una amistad hecha de fidelidad: especialmente en la prueba, en la persecución injusta, en la muerte del amigo. Una amistad en la que cada uno no tiene inconveniente en permanecer en segundo plano. Una amistad, en fin, que nada tiene que ver con muchas de las adulteraciones a las que se da este mismo nombre…

Verdaderamente, «quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro» (Sir 6,14; ver vv 5-17).

(Textos bíblicos: 1 Samuel 19-20; 2 Samuel 1)

  

La importancia de un papel secundario

Si preguntamos por san Pablo todo el mundo sabrá contarnos algo de él (su conversión, sus viajes, sus cartas…). En cambio, a la inmensa mayoría de los cristianos probablemente no les dice nada el nombre de Bernabé. Y sin embargo, en buena medida Saulo llegó a ser lo que fue gracias a Bernabé.

Era levita y natural de Chipre. No sabemos si llegó a conocer y a escuchar a Jesús en su existencia terrena. En todo caso, pronto quedó fascinado por el atractivo que el Resucitado y su Evangelio desplegaban en la primera comunidad cristiana de Jerusalén. Y se adhirió a ella. Con tal decisión y radicalidad que incluso un campo que poseía lo vendió y entregó el importe a los apóstoles.

Cuando el convertido Saulo llegó a Jerusalén, intentaba juntarse a los discípulos. Pero éstos –conociendo su pasado de perseguidor furioso– no se fiaban de él; le tenían miedo, pues dudaban de que su conversión hubiera sido real; temían que se tratase de una estratagema para introducirse entre los discípulos y así poder espiarlos, denunciarlos y conducirlos a la cárcel.

En esas circunstancias Bernabé resultó providencial. Fue él quien acogió a Saulo, le presentó a los apóstoles de Jerusalén y le introdujo en la comunidad cristiana. Saulo –marcado por la experiencia de encuentro con el Resucitado– se integraba así en la Iglesia: participaba en sus reuniones de oración, escuchaba la enseñanza de los apóstoles, vivía con ellos la celebración de la eucaristía y experimentaba la profunda unión de corazones que reinaba entre ellos, así como el espontáneo compartir los bienes, tanto materiales como espirituales. Más aún, se lanzó a realizar en la capital religiosa de Israel lo que ya había hecho en Damasco con entusiasmo y valentía: predicar el nombre de Jesús.

Bernabé era hombre de plena confianza para los apóstoles. Por ello, cuando surja un gran número de discípulos en Antioquía de Siria –primera gran comunidad cristiana fuera de tierra santa– no dudarán en enviarle para supervisar lo que estaba ocurriendo.

Bernabé discernió rápidamente la acción de Dios entre aquellos paganos. Más aún, su presencia contribuyó al crecimiento de la comunidad y su docilidad al Espíritu Santo acrecentó considerablemente el número de conversiones.

Era evidente que la gracia del Resucitado actuaba con poder. Pero era necesario formar e instruir a toda esa masa de recién convertidos que provenían del paganismo. Y entonces tuvo una intuición genial: incorporar a esa labor apostólica al converso Saulo. Bernabé había descubierto en él dotes muy notables; además, su condición de rabino versado en las Escrituras le predisponía para esta labor catequética. Y partió en su busca a su ciudad natal, Tarso, en donde había tenido que refugiarse por las amenazas de muerte recibidas tanto en Jerusalén como en Damasco.

Durante un año entero instruyeron a una gran muchedumbre en Antioquía. Ese fue un tiempo de entrenamiento para Pablo. Al lado de Bernabé fue aprendiendo las tradiciones cristianas primitivas y el modo como leían las Escrituras referidas a Jesús.

Juntos Bernabé y Saulo subieron a llevar socorros materiales a los hermanos de Jerusalén. Y a su regreso a Antioquía fueron enviados a la primera gran misión organizada para llevar el Evangelio a nuevas regiones. Pablo ya estaba capacitado y partió con Bernabé. En este primer viaje misionero Pablo pudo desplegar toda su capacidad de predicador y juntos fueron testigos de las maravillas que Dios realizaba por medio de ellos convirtiendo a los gentiles y suscitando nuevas comunidades cristianas por doquier.

También juntos sufrieron la persecución por Cristo y el Evangelio; y juntos defendieron en la asamblea de Jerusalén, frente a los judaizantes, que a los nuevos cristianos provenientes del paganismo no había que imponerles el cumplimiento de la Ley de Moisés.

A la vuelta de la asamblea de Jerusalén decidieron emprender un nuevo viaje misionero. Surgió entonces una tirantez que hizo que se separasen: Bernabé partió con Juan Marcos hacia Chipre, y Pablo, tomando como nuevo compañero de misión a Silas, partió hacia el Asia Menor.

Al parecer, Bernabé murió en su tierra natal. Pero Pablo siguió predicando por los caminos interminables del Imperio romano. Ya podía volar solo. Y llegaría a ser el gran san Pablo, «el primero después del Único». Gracias a aquel hombre que había confiado en él y le había capacitado para ser el gran Apóstol de los gentiles. Como Juan Bautista ante Jesús, Bernabé podía exclamar: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya».

(Textos bíblicos: Hch 4,36–37; 9,26-30; 11,19-30; 13-15)

  

Sucederá a un gran líder

Moisés lo había sido todo en la formación del pueblo de Israel: era el caudillo que había capitaneado la salida de Egipto, el juez que había dirimido los pleitos de los israelitas entre sí, el legislador que había transmitido la voluntad de Dios al pueblo, el guía que había llevado a Israel por las diversas etapas a través del desierto, que había realizado numerosas señales y prodigios…

Sobre todo era el hombre de Dios por excelencia, el que hablaba con Dios cara a cara, como un hombre con su amigo. Había sido el mediador gracias al cual había quedado sellada la alianza de Yahveh con su pueblo. Y había sido el intercesor ante el Señor a favor de los israelitas cuando estos pecaban…

Pero Moisés no era eterno. Realizaba su misión, llegaba al final de su vida. El propio Moisés había elegido como sucesor suyo a Josué, a quien había instruido adecuadamente y había impuesto las manos, transmitiéndole sus poderes. Sin duda, le consideraba el más idóneo para continuar guiando al pueblo.

Sin embargo, la situación no era fácil. Quedaba en cierto sentido lo más difícil: introducir al pueblo en la tierra prometida, ocupada por pueblos fuertes y belicosos. Y su propio pueblo no era en absoluto dócil: si se había rebelado contra el propio Moisés, ¡cuánto más contra él! Josué debió sentir vértigo ante la situación que se le avecinaba.

De hecho, Dios mismo interviene para alentarle: «Lo mismo que estuve con Moisés estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré… Sé valiente y firme… No tengas miedo ni te acobardes, porque Yahveh tu Dios estará contigo dondequiera que vayas».

 Era comprensible que tuviera miedo. Sin embargo, es significativo que en las palabras de aliento no se mencionan ni sus cualidades ni su preparación. Se le invita a vivir de la fe, a apoyarse en la confianza. No debe sentirse seguro por las cualidades que posee ni acobardarse por aquellas de las que carece. Se le transmite una única certeza: Dios estará con él como estuvo con Moisés. Ahí se apoya la seguridad de conquistar para Israel la tierra prometida.

Únicamente se le impone una condición: Ser fiel a la Ley, es decir, a la voluntad de Dios, sin apartarse un ápice de ella, ni a derecha ni a izquierda. Confiando en Dios y obedeciendo a su Palabra todo irá bien.

Pienso que la experiencia de Josué es también la nuestra. No todos hemos de suceder a un gran líder. Pero a todos nos llega –antes o después– el momento de asumir responsabilidades decisivas en los diversos ámbitos de nuestra vida: la familia, el trabajo, la sociedad, la Iglesia…

Y podemos caer en el craso error de sentirnos muy capaces. Pero también en la tentación del desaliento ante las dificultades objetivas o ante nuestras propias limitaciones.

En Josué encontramos la respuesta. Confianza absoluta en la presencia y la asistencia del Señor, que nos encomienda tal misión. Desconfianza en nosotros mismos, ante una tarea que sobrepasa ilimitadamente nuestras cualidades. Y compromiso decidido de vivir el encargo según la voluntad de Dios, según sus enseñanzas y sus inspiraciones, que no faltarán porque Él es fiel. No se nos ahorrarán las dificultades, como a Josué, pero en medio de ellas nos sentiremos sostenidos por el Dios que camina con nosotros y va delante de nosotros abriendo camino…

(Textos bíblicos: Dt 31 y 34; Jos 1)

  

No dar a nadie por perdido

Lo hacemos con frecuencia: «Este no tiene remedio»; «no hay nada que hacer»; «es un caso perdido»… Muchas personas son consideradas perdidas por los que se consideran a sí mismos «buenos» y «normales».

Era el caso de Leví. Había conseguido un puesto económicamente ventajoso y lucrativo. Era recaudador de impuestos. Y no en cualquier sitio: precisamente en Cafarnaúm, que se encontraba en la ruta comercial entre Damasco y Cesarea y en el que había aduana en la que se pagaba la tasa de la pesca y el impuesto de las mercancías trasportadas por la Vía maris entre Damasco y el Mediterráneo.

Los recaudadores de impuestos eran considerados pecadores por definición. Sus ganancias las conseguían con frecuencia por medios ilícitos, con usura (cf. Lc 3,12-13). Además eran colaboracionistas de los romanos, los paganos que dominaban la tierra santa y oprimían injustamente al pueblo elegido. Se habían granjeado el desprecio público. Eran despreciados y despreciables. Un fariseo misericordioso podía como mucho acoger a un publicano en su mesa, pero jamás osaría ser invitado a la mesa de los pecadores… (cf. Lc 18,9-12; 15,1-2).

Pues bien, en la vida de Leví irrumpe Jesús, el rabí de Galilea. Jesús no le da por perdido. Y toma la iniciativa sorprendente de llamarle de manera directa y personal: «Sígueme». El pecador público y oficial se va a convertir en discípulo y seguidor fiel e incondicional del Salvador y terminará siendo una de las doce columnas sobre las que se edificará la Iglesia…

La iniciativa de Jesús le lleva a cambiar su nombre: Leví se convierte en Mateo, que significa «don del Señor». El que se dedicaba a apropiarse de los dones materiales de los demás (incluso abusando de ellos) se convierte él mismo en don de Dios para el mundo. Y lo hará hasta el sacrificio de sí mismo mediante el martirio. Como tantas y tantas veces ocurrirá a lo largo de la historia de la Iglesia, el pecador recalcitrante y perdido a los ojos de todos se transformará en apóstol y evangelista.

Mateo es don de Dios de manera inmediata. Porque no tarda en reunir a otros muchos publicanos y pecadores –a otros muchos perdidos– para contarles lo que le ha sucedido y para presentarles a aquel hombre que le resultaba cada vez más fascinante. El Maestro, por su parte, tendrá la osadía de sentarse a la mesa con todos aquellos pecadores y perdidos, precisamente porque «el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10), a recuperar a la oveja extraviada (Lc 15,4-7).

Desde que el Hijo de Dios vino al mundo no tenemos derecho a dar a nadie por perdido. El mayor pecador es potencialmente un santo. Basta con que proyectemos sobre él la mirada de Cristo. Basta con que le amemos con el amor de Dios que regenera y reconstruye. Basta con que esperemos –con verdadera esperanza teologal– su transformación…

Porque –paradójicamente– el más perdido es con frecuencia el que con más prontitud y entrega acoge la Buena Noticia del amor de Dios. Y porque el corazón de Dios se alegra indeciblemente cuando recupera a uno de sus hijos que estaban perdidos (Lc 15,5-7. 20-24).

(Textos bíblicos: Mc 2,13-17; Mt 9,9-13; Lc 5,27-32)

  

Las cuentas de Dios no son las nuestras

Hay muchos textos sorprendentes en la Biblia. Entre ellos el relato de la victoria de Gedeón.

Vivió en la época de los jueces (entre 1200 y 1025 a.C.), en un momento en que los israelitas se encontraban duramente oprimidos por los madianitas.

La primera sorpresa es la elección del hombre destinado a ser el instrumento de la liberación de su pueblo. Dios se fija en una de las tribus más insignificantes (Manasés); dentro de ella, en el clan más pobre; y dentro de éste elige al último de la familia: Gedeón. Como tantas veces a lo largo de la historia de la salvación, Dios le da una única seguridad: «Yo estaré contigo».

A Gedeón le cuesta creer que Dios va a salvar al pueblo por su mano. Pide diversos signos, a los que Dios condesciende benévolamente. Y cuando ya está convencido de la misión recibida, se dispone a cumplirla.

Y lo hace según le inspira su lógica. Los de Madián habían pedido ayuda a sus aliados amalecitas y de otros pueblos, reuniendo un ejército numeroso. Así que Gedeón hizo lo mismo: envió mensajeros por las demás tribus de Israel pidiendo ayuda militar para combatir a Madián. Logró reunir un ejército numeroso: 32.000 hombres daban una garantía fundada para afrontar la batalla con éxito.

Pero la sorpresa mayor surge cuando entran en juego las matemáticas de Dios y Yahveh comienza a descartar: «Demasiado numeroso es el pueblo que te acompaña para que ponga yo a Madián en tus manos». Gedeón invita a retirarse a los que tengan miedo y quedan sólo 10.000. Pero el Señor insiste: «Hay todavía demasiada gente». Al final sólo quedan ¡trescientos! Con ese pequeño grupo Gedeón vencerá a Madián.

Realmente, Dios es sorprendente. Sus matemáticas no son las nuestras. Nuestros cálculos no coinciden con los suyos: «Mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos» (Is 55,8-9).

El hombre calcula constantemente las posibilidades de éxito según sus fuerzas, de acuerdo con los medios de que dispone. Dios desbarata esos cálculos para mostrar que es Él que hace inclinarse decisivamente la balanza.

Cuando planteamos las batallas desde nuestras posibilidades, inevitablemente nos atribuimos el triunfo a nosotros mismos. En cambio, cuando la desproporción entre el peso de las dificultades, la fuerza del enemigo, y nuestras propias fuerzas y medios es absolutamente inadecuada, entonces es claro que el triunfo es de Dios. Al hombre no le queda mérito alguno para atribuirse, y toda la gloria es de Dios.

Y parece que a Dios le gusta emplear esta lógica y estos cálculos. Toda la historia de la salvación está cuajada de casos similares que nos incitan a contar con Dios. Él no sólo actúa e interviene, sino que es el protagonista absoluto y decisivo. Dios pide al hombre el acto de fe en su poder: «Para Dios nada hay imposible» (Lc 1,37). Absolutamente nada. En cambio, los medios humanos son completamente relativos. Dios no es como nosotros pensamos ni actúa según nuestros criterios: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad» (2 Cor 12,9).

Decididamente, la lógica de Dios no es la nuestra. Ante la inmensa multitud reunida, Felipe exclama: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco» (Jn 6,7). Y tenía razón. ¿Tenía razón? Con cinco panes y dos peces comerá una muchedumbre de 5.000 hombres hasta quedar saciados, y sobrarán doce canastos llenos (Jn 6,9-13). Las matemáticas de Dios no son las nuestras.

(Texto bíblico: Jueces 6-8)

 

Conclusión. La Biblia, maestra de vida

Nos hemos acercado a 26 personajes de la Biblia. Cada uno nos ha iluminado un aspecto, una faceta de la existencia humana. Como estos, hay muchos otros en la revelación bíblica. Y como las experiencias por ellos iluminadas hay muchas otras en la existencia del creyente que pueden ser vivificadas por la Palabra.

Se suele decir que la historia es maestra de la vida. Esto es particularmente verdadero cuando se trata de la historia sagrada, recogida en la Santa Biblia. La Biblia nos enseña a vivir. En ella encontramos la verdadera sabiduría para la vida.

Deliberadamente hemos seleccionado personajes sin un orden predeterminado, del Antiguo y del Nuevo Testamento. No hemos agotado la fuente: continúa manando para que todo caminante sediento pueda acercarse a ella a beber. Confronta tu vida con la Palabra y encontrarás la verdadera sabiduría.