Capítulo VI. LOS INCONVENIENTES DE LAS NUEVAS TEORIAS

Pero hablemos ahora de los inconvenientes que encierran las nuevas teorías y que son, a mi modo de ver, sumamente graves.

1) La llamada antropología unitaria, lejos de ser un esfuerzo que facilita la fe, la desfigura gravemente, toda vez que cae en el fideísmo en el más allá, al perder la certeza en la inmortalidad natural del alma y la objetividad de las apariciones de Cristo. Es paradójico, pero es así: deja a la fe en el más allá totalmente indefensa, de modo que, creyendo en él sin motivación racional e histórica alguna, apreceríamos ante el agnóstico de hoy como el fideísta que se refugia fácilmente en su torre de marfil.

2) Se trata de salvar el realismo cristiano de la resurrección de los cuerpos, tema que paradójicamente olvidan los llamados enemigos del platonismo, pues en realidad caen en un cierto docetismo al despreciar el cuerpo real con el que hemos vivido y luchado en esta vida. No deja de ser paradójico que los modernos antropólogos, que tanto insisten en el valor del cuerpo, en realidad lo abandonan en el sepulcro vencido por la muerte, y defienden más bien, como recuerda Ratzinger sagazmente, la idea de la inmortalidad del alma, toda vez que se ven obligados a mantener la continuidad de un yo que posibilite la recepción de una nueva corporalidad en el momento de la muerte, pues sin esa continuidad, habría que hablar de una recreación (21).

3) Con la doctrina de la espiritualidad y de la inmortalidad del alma no sólo se sustenta racionalmente la fe en el más allá, sino que se ponen las bases de una verdadera antropología y de una fundamentación de la ética. El cristiano tiene una visión trascendente del hombre y tiene que dar razón de ella, sin recurrir al postulado. Esto no significa que se defienda un dualismo, pues hay que distinguir siempre entre dualidad y dualismo.

4) Finalmente, no podemos deshistorizar el cristianismo. La resurrección de Cristo es algo que ha tenido ya lugar, pues ha dejado huellas en la historia; no así la parusía que coincidirá con la transformación final del cosmos. Entre ambos acontecimientos hay un tiempo (para vivos y para muertos), hasta que llegue la consumación del Reino con la venida última del Señor.

Conclusión

El Catecismo para la Iglesia católica ha trazado las líneas fundamentales de la existencia del alma y sus implicaciones teológicas. Ha mantenido los datos básicos sin los cuales uno no se puede decir en comunión con la fe católica: El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, posee una unidad personal en una dualidad de principios: el cuerpo, que proviene de los padres, y el alma, que es directamente creada por Dios. En su carácter trascendente se basa su dignidad espiritual y sagrada, base y fundamento de toda ética. Siendo el alma espiritual e inmortal, subsiste después de la muerte hasta unirse al mismo cuerpo que tenemos y que resucitará al final de la historia. El hombre resucitará con el mismo cuerpo con el que ha vivido, a semejanza de Cristo resucitado.

La transfiguración del Cuerpo de Jesús no es sino una situación cualitativa que presupone la identidad del mismo cuerpo. De igual manera, nuestros cuerpos transformados en gloria, seguirán siendo los mismos cuerpos con los que hemos vivido. A Dios, creador de todo, le sobra poder para salvar nuestros cuerpos históricos.

No se puede decir que el Catecismo haya dado preferencia teológica a una línea en contra de otras, pues el Catecismo metodológicamente no ha querido entrar en cuestiones teológicas; lo que hace sencillamente es recoger los datos de la Tradición que toda explicación teológica tiene que tener en cuenta como punto de partida. Tampoco se puede afirmar que el Catecismo sea simplemente un nivel de afirmación de la fe distinto del teológico, de modo que éste pudiera contradecir lo que el Catecismo enseña. Es cierto que son dos niveles diferentes: la regula fidei y la intelligentia fidei. Uno se limita a exponer los datos básicos de la fe y el otro trata de profundizar teológicamente en ellos; pero no constituyen una doble verdad, como si uno pudiera contradecir al otro.

El Catecismo deja abierta la posibilidad de una ulterior profundización del tema en aras a explicar adecuadamente esa unidad personal en la dualidad de principios. Personalmente, estoy convencido de que la solución teológica al problema deberá inspirarse en la cristología. En el campo de la cristología ocurría que, mientras la escuela de Antioquía distinguía bien la naturaleza divina y la humana de Cristo, sin saber unirlas adecuadamente, la escuela de Alejandría conseguía esta unidad en detrimento siempre de la integridad de la naturaleza humana. Calcedonia mantiene la integridad de ambas naturalezas en una unidad de persona, que hace de bisagra de las mismas, como único sujeto gestor de ambas. ¿No podríamos pensar también en algo análogo en el campo antropológico? ¿Por qué no buscar la solución que trate de mantener la integridad del cuerpo y del alma en la unidad personal de un único sujeto que gestione ambos? Ante el dualismo de un cuerpo y alma separados, no vale como solución conseguir la unidad a base de sacrificar la naturaleza y la integridad del alma espiritual e inmortal. Aquí, como en cualquier otro problema teológico, es sumamente saludable el uso de la analogía de la fe.

Pensamos por lo tanto que hay aquí una tarea apasionante que, sabiendo dar cuenta de todos los datos de la fe, no sacrifique ninguno de ellos.